Los hombres son así, dice Leonor indignada y molesta, no son del todo hombres, no como los de antes mientras recuerda a Roberto, hace 20 años no lo ve, curiosamente en esa época eran niños, él tendría 17 o 18 años, pero era un hombre, grande fuerte, estéticamente rústico, era viril, eso es lo que quería decir Leonor, que en esa época tenía 22 un corazón arrugado por el despecho y un sexo caliente solitario, él estaba primer semestre, ella en 8, era monitora y cada que él aparecía a buscar alguna tutoría, los labios se le humedecían, con solo verlo sentía una corriente eléctrica que la hacía contraer las nalgas, morderse los labios.
Recuerda la ropa que usaba, simplemente eso, para él no era decoración, era un hombre, no necesitaba que lo validaran, su valor estaba en su trabajo, en lo que hacía y en hacerlo bien, se notaba que en eso creía, en las cosas prácticas y pragmáticas, tantas veces lo imaginó apretándola, acercándosele, susurrándole al oído las cosas que quería oír, pero nunca le pasó, Roberto era tímido y ella aunque caliente como sol de verano no dejaba de ser una mujer de su época, mayor que el hombre que le gustaba, había que guardar alguna y decidió guardarse las ganas, esas que la consumían, esas que cada que se topaba con un nuevo amante o un nuevo novio la consumían.
Es que la calle está dura mija dice lucía y se ríe, Leonor toma su té, lo huele, piensa: la calle está dura y se ríe, cada vez ellos son menos Roberto piensa, no tiene honor ni palabra, comen mejor, se visten mejor, hablan mejor, pero en el fondo, en el fondo les falta, no tienen raíces, crecen frondosos pero no son firmes, no tienen la madera adecuada para hacer un buen catre, buscan los espejos, no porque quieran verle la cara mientras que le dicen lo rica que está, o mientras la aprietan o juegan no porque quieran calentarla y avivarle la pasión, hacerla sentir sexy o fuerte, o sumisa y subyugada, no, buscan el espejo porque quieren verse a sí mismos, no saben ver nada que no sea así mismos.
Tenés razón dice ella al terminar su trago de té, no están a la altura, no tienen para dar mucho, cada vez menos, ya no se hacen hombres como antes, me entendés, antes se hacían, al crecer se hacían, la vida los formaba y los forjaba, les quitaba los pantalones cortos y les vestía de traje, les quitaba las pavas y les daba sombrero, ya no tienen clase, ya no son esa clase de hombres que uno veía y sabía que iban a temblarle las piernas, ahora vienen desarmados, con piezas intercambiables.
Lucía ríe, piensa en Andrés, su marido, hoy no ha querido salir de casa y por eso escucha a Leonor, mientras que su marido espera en casa, cocina y arregla un poco el desorden, espera hoy un paquete, uno que pagó desde hace 4 meses cuando se anunció, unas cartas, cuando se lo contó estaba emocionado, le brillaban los ojos, sonreía como lo hacía cada 3 o 4 meses, esos días son especiales para él, revive algo que no está ahí todos los días, como Leonor cuando habla de hombres, como ella cuando va al cine, o cuando compra zapatos, como su mamá cuando compraba bailarinas de porcelana, como su papá cuando pegaba estampillas y coleccionaba monedas, abre los labios y devastadora como siempre dice y como siempre aunque son palabras a Leonor se le revuelca estómago, somos niños leoncita, todos y todos tenemos un juguete favorito, pero algunos creen que el suyo es el mejor de todos y entonces se olvidar de jugar y les basta con tener, no se trata de los juguetes querida, se trata del juego, de saber jugar, entonces calla, y sonríe, porque sabe que al llegar a casa Andrés se sentirá tan feliz que cambiara de juguete, guardará su cartas y jugará con ella hasta hacerle temblar las piernas.
Leonor calla, odia que haga eso, pero sabe que a ella le gusta jugar con las palabras, aún así algo le resuena, saber jugar el juego, se relame los labios, ya está grande, ya es otra epóca, 4 o 5 años no se deben notar tanto, quizá ahora pueda sentirse una muñequita de juguete en las manos de Roberto, y mientras lo piensa comienza a escribir su nombre en el buscador de facebook.