«A donde quiera que miro me espejo,
me encuentro con una mirada fría mirándome directo a los ojos.» El Flaco.
Milena y Gabriela son amigas, tienen el título, me refiero, pero se comportan de una manera rara: no saben estar sin competir, no saben alegrarse la una por la otra, necesitan de alguna manera compararse y ganarse; tienen esa amistad linda de los 80, esa emoción pasivo-agresiva que ha convertido el trauma en humor y que intenta doblegar al otro haciéndole un daño controlado; hablan de nada mientras se quejan de todo, y se echan en cara todo lo que pueden… Milena sabe que Gabriela quiere un espejo nuevo, uno donde alcance a verse porque el estúpido del Flaco con el que anda está puesto a 1.85 centímetros del piso y, como lo sabe, la jode y la provoca.
—No entiendo cómo podés vivir en la casa de un hombre que no es capaz ni siquiera de darte un lugar para verte; si a una no le ponen al menos un espejo en el cuarto o en el baño, una es una arrimada más, una visita con llaves, con derechos, pero sin ninguna propiedad ocupacional —le dice, queriendo herirla, porque Milena sabe qué fibras son sensibles, sabe cómo hacerle daño y no duda en hacerlo.
—Gabriela no es tonta, sabe lo que su amiga le hace, pero sonríe provocadora y dolida; responde sin gracia y sin elegancia: lo bueno de ser linda es que uno no necesita tanto maquillaje, querida, y además, si quisiera, es fácil hacerlo. Al Flaco ya me lo conozco de memoria y eso me viene bien de vez en cuando; sé que hay unos momentos en los que él no se reconoce ni se gobierna, que se escapa de su propio poder y pensamiento. Por eso lo obsesiona esa novela… esa del tiempo perdido, del francés ese. Nunca pude leerla; no superé esa sensación de leer 200 páginas sobre el momento donde alguien se despierta, como si no tuviera mejores cosas en qué malgastar mi tiempo.
Lo dice sabiendo que a él, los reflejos le molestan; que su Flaco entiende a los vampiros que se niegan a verse a sí mismos en una superficie; que odia a Nietzsche y a su eterno retorno porque le han negado la posibilidad de ser y lo han condenado a simplemente repetirse, una vuelta más en esa progresión de Fibonacci, una caída al vacío en esa espiral infinita; y, sin embargo, está dispuesta a torturarlo por demostrarle a esa que no sabe lo que dice, aunque al hacerlo ella fracture y maltrate lo que tiene.
Para hacerlo aceptar solo necesita dos botellas de vino, la lencería de encaje negra o roja que tiene… un hilito que se le hunda entre las nalgas y un gemido al oído mientras lo cabalga en medio de un espasmo intenso y bullicioso, al Flaco le encanta ese momento donde el cuerpo se tensiona tanto que parece entumirse y los ojos, completamente perdidos en la nada… completamente abstraído, sabe que le gusta hallarse en otros cuerpos, viéndose de frente, recordándose que somos tan poca cosa.
Sí, puede hacerlo: puede agarrarlo con la guardia baja, con el cuerpo rendido; basta eso para decirle que quiere un nuevo espejo, uno en el cuarto donde puedan verse mientras se revuelcan la vida, mientras sudan las rabias; un espejo para temblar juntos, para morirse un poco debajo y sobre el otro… pensarlo la hace humedecer, le recuerda que lo que siente por él es parecido al amor, que quizá no debería, pero la idea de verse directo a los ojos antes de un orgasmo la enciende.—No va a ser uno —dice—, en cada cuarto va a haber uno, en cada pared… haré un castillo de espejo —le dice a Milena con una sonrisa en el rostro y el flaco aceptará gustoso.