Está adolorido, visiblemente cansado, se mueve buscando esas que los médicos conocen como posturas de alivio; se estira tratando de llevarle un poco más de sangre a los músculos y se inclina liberando presión de los lugares donde se había concentrado el peso. A su alrededor hay ruido, siempre hay ruido. No es el momento de escucharlo, de perder el foco; hacerlo es recordar que duele, que el cuerpo ya no aguanta. Hay que evitarlo a toda costa, hay que esquivar, hay que creer que el cuerpo no siente lo que siente, que el tiempo no ha pasado y que se acaba. No se acaba, no aún. No duele, no es cierto que sea el fin, piensa sin darse cuenta; cree en eso sin saber que lo cree, y le cuesta creer que aún no se haya dado el momento. Aprieta, aguante, espere, se dice para sí mismo. Se puede, se intenta, ya llega, se repite sin menguar la intención, sin sentir el pecho frío o frío en el pecho.
Afuera, el mundo es hostil. La silla le aprieta y no hay suficiente espacio entre sus pies y la siguiente silla. No importa, nunca importa. El dolor pasa, tiene que pasar, debe pasar; el dolor no puede evitar que pase. Se gira, se truena la espalda, siente crujir el espacio entre sus vértebras, siente el descanso, el cosquilleo y ese pequeño dolor punzante. Le gusta, le gusta ese dolor que siente cuando el dolor pasa. Sabe que es pasajero, que volverá, pero le sirve y lo toma. Solo un imbécil rechaza lo poco porque piensa que, si no es todo, nada le sirve. Con suficientes ganas, de lo poco se hace mucho; de tripas, corazón, decían; del ahogado, el sombrero; caer de pie, pero nunca de rodillas. Hay que tener clase para saberlo; por eso sonríe en las malas.
Conoce el juego, respeta sus reglas. Está abajo y abajo se sufre, se recibe el desdén y se recarga. Ladran, ladran los perros en sus potreros como si quisieran arrastrarnos hasta ellos, pero ladran a lo lejos y sus fauces no nos tocan. Avanzamos, piensa, avanzamos. Atrás se quedan sus improperios. Conocemos el juego, somos buenos en el juego; no vamos a perder la cabeza por eso, no ahora, no en este momento. Se balancea en su silla, aprieta las manos y hace fuerza, y se esfuerza. Tiene aguante, y tiene hambre, y tiene ganas; lo sabe y espera, sabe que con eso basta.
No tiene miedo; del infierno ya viene, el dolor ya lo atraviesa, la tristeza ya la ha llorado muchas veces. Aquí no cabe esa tristeza, no ahora; en el presente ni en el futuro tiene espacio. Aquí solo cabe una idea: se puede. En el futuro caben la rabia, la impotencia; no ahora. Ahora se puede. En el futuro cabe mucha bronca; en el ahora, el aguante.
Eso no entienden, piensa, sin saber que lo piensa. Esa emoción lo viste y lo recubre sin saber que la lleva encima, que los demás la ven, que los demás se divierten con su sufrimiento. Quieren que caigan los que están abajo, tan pequeñitos que no sueñan con ser grandes, sino con empequeñecer a los demás. Tienen tanto miedo de la atención que les parece impensable que otros no se achiquen; necesitan verlos pequeños para no sentirse ellos diminutos.
Pero no hoy, no ahora. Ese pensamiento no lo atraviesa, es ajeno. Él y todos simplemente observan, conocen el juego, lo han visto; saben que hay oportunidad, saben cazarla, saben estar donde deben estar. Ninguno piensa de otra manera, ninguno agacha la cabeza, ninguno rezonga ni se queja; no ahora, no en este momento. Aquí solo cabe hinchar, aquí solo se puede tener fe y seguirlo intentando, estirar los brazos y las piernas, dejar atrás a todos los que no quieren que pase lo que en su cabeza es inevitable.
Otros creen que juegan mejor el juego, otros creen que ya todo ha terminado, y ahí pasa, ahí los cogen con la guardia baja porque no entendieron que ellos conocen el juego y, aunque a veces parezca que no sepan jugarlo, es en esos momentos donde muestran algo más importante… saben ganarlo.