Una cuestión de tiempo

La vida es tiempo, solemos olvidarlo, creemos incluso poseerlo; y la expresión ‘no tengo tiempo’ es francamente un postulado más que un cliché. Carlos recordaba ese pensamiento, se le había ocurrido por primera vez en la universidad, leyendo un libro quizá, oyendo una canción tal vez, no recordaba con precisión, pero la imagen pronto comenzó a aparecer frente a él.

Diana estaba ahí, su piel blanca, muy blanca, había olvidado lo mucho que su piel contrastaba con la ropa y lo mucho que eso le gustaba. Estaba también Rafa, con los dedos anaranjados por la nicotina, casi tanto como el pelo de Diana, había olvidado lo mucho que fumaba, y supo, aunque sentía que estaba reviviendo el momento que todo eso era real, era presente, no recuerdo. Así también se percató de que quizá ese año Rafa había empezado con esa tos que tres años más tarde terminaría con su vida; Rafa salía de la escena presente, se despedía. Quedaba a solas con Diana, ella le había dicho que la persona que más conocía en el mundo quería darle un beso, recordó que había creído que era la mejor amiga de Diana y había dejado pasar el momento, sin embargo, tenía la certeza de que esa mordida de labio, esa forma en cómo se ruborizaba mientras se lo decía había sido una señal clara y directa, y tenía la corazonada que siempre iba a arrepentirse de ese momento.

Cucú – cucú

Repicó a lo lejos, al fondo de sí mismo. En un pestañeó Diana sonrojada, Diana y su piel, Diana y su color de zanahoria desaparecieron frente a él, lentamente. Sí, era sin duda uno de sus mayores lamentos, por estar pensando en Violeta nunca pudo besar esa boquita alegre, con esa sonrisa elocuente que tiempo después notó que deseaba. Tristemente supo que la amaba cuando a través de un débil cristal y maquillaje la vio por ultima vez con los ojos cerrados, más blanca que de costumbre, pálida, fría y ausente. Esta vez era consciente del dolor que ese conocimiento traería consigo e iba a vivir momentos únicos con otras, no iba a tener más que ese primer momento con ella, ese del beso que no dio y éste en el que enterraba su amor.

Cucú – cucú

Volvió a sonar. Esta vez eran las lágrimas las que diluían la imagen y tras una corta oscuridad estaba al frente su perro, le lamía el rostro, y él abría los ojos aletargado, con la visión borrosa, con el sabor a licor en la boca, con la mente nublada y embotada. Fue en su año de divorcio, pensó, ese día fue importante, Violeta lo había abandonado, se había llevado a los gatos y lo había dejado solo. Un año después de su partida había adoptado por fin a su perro, y en ese momento, en que le lamía el rostro había por fin llorado su partida, y él había sentido por qué este ser era el mejor amigo del hombre.

Cucú – cucú

Repicó de nuevo, seco, fuerte. Ahora veía sus manos reuniendo la tierra y poniendo un pequeño collar sobre ésta. Balú, su perro, había muerto, era el día de su despedida. Fue un mal año también, justo esa época empezaba su cáncer y estuvo todo claro muy pronto.

Luz, la enfermera le había dicho —sí, es cierto, la vida nos pasa frente a los ojos cuando vamos a morir, pero no es de golpe y no es toda.  Los hombres viven en promedio 84 años las mujeres 86, cada uno vive 735840 y 753360 horas respectivamente, de esas, son muy pocas las que vivimos de una manera consciente sabe, dormimos 245.280 o 251.120 según sea el caso, así que hemos perdido casi un cuarto de éstas dormidos, frente a las pantallas 26.280 horas cuando somos niños y 218.452 cuando somos adultos, lo crea o no Don Carlos son horas perdidas, muertas, y ya vamos por dos terceras partes de su vida, ¿lo entiende? Al final su vida puede irse en dos o tres momentos, donde está usted realmente presente. Cuando recordó estás palabras escuchó un cucú – cucú que venía dentro de él y se repitió 15 veces.

Cucú – cucú

Sonó de nuevo y Carlos comprendió que estaba muriendo. Que éste había sido su cuarto momento y que aún le quedaban doce. Mientras la imagen se formaba frente a sus ojos, soñó de nuevo con estar frente al Bosco, a su primer gran libro, soñó con volver a ver sus viejos, y cerró los ojos viendo un Carlos joven brindando con un amigo, por que el mundo era suyo y el futuro incierto.

Luz lo encontró con una sonrisa al amanecer. —Ha sido feliz, los que han sido felices se despiden sonriendo.

Mala suerte

Es un pequeño ataque de pánico, la imagen puede cambiar, pero lo que genera es lo mismo. Es un zarpazo que destroza todo el pecho y que rasga desde afuera hacia el centro, luego hacia arriba, el corazón se desprende, las manos pesan, y es imposible pensar si quiera una idea. Sabes que estás acabado y que no importa lo que sepas, lo que haces, eres común y mortal, eres estúpidamente humano, todos somos genios en la ducha e imbéciles tullidos en el inodoro.

Lo sabía bien y lo confirmaba justo ahora, a la media noche, al sentarse en el baño de la oficina donde había decidido quedarse a trabajar para evitar las ganas de sexo de su mirado. El llanto de los niños y la bulla de los vecinos. Necesitaba de alguien, quien fuera, pero no tenía nadie a quien acudir.

Su falda de marca de colección, su ropa interior de marca, sus medias invisibles con tiras de silicona, de marca, su camisa, de marca, y su diminuto bralett era la único que la acompañaba. El celular estaba apagado así que la idea de despertar en medio de la noche a su practicante y hacer que fuera hasta la oficina a llevarle un poco de papel, aunque buena, era inútil. Podría gritar y esperar ayuda de uno de los vigilantes de la ronda, pero se había quejado de ellos y había hecho que cancelaran las duchas por lo que ahora no podían ir en bicicleta al trabajo y sabía que ellos lo sabían, así que pedirles ayuda no era una opción.

La felicidad del estreñimiento terminado la hizo salir corriendo sin su bolso, donde tenía su papel higiénico húmedo de marca. Pensó también en usar el informe de aprovechamiento que recursos humanos le había dejado en su escritorio sobre los comportamientos que debía modificar dado las observaciones presentadas por sus subalternos, pero está lejos, no va a caminar sosteniendo sus nalgas abiertas y en tacones hasta su escritorio como un pato, ni mucho menos como puta barata en fiesta de narco.

La sola imagen de que quede alguna prueba la atormentaba, así que se desnudó por completo y caminó inclinando su cuerpo mientras halaba sus nalgas evitando tocar o tocarse, baño a baño, pero no encontró papel, ni rastro de éste en ninguno de las cabinas. De noche los guardan, recordó; ella había corrido el rumor meses atrás y apenas ahora lo recordaba, había convencido a Felipe el bigotón de administración de que en las noches los celadores venían a robar papel, y pese a la molestia de hacer que la última empleada de servicio generales los recogiera cada noche y que el primer empleado de la misma área tuviera incluso que llegar una hora antes que el resto para volverlos a poner, lo pidió. Ahora estaba ella ahí, en medio del baño, levantando las nalgas para no embarrarse en tacones y desnuda. Era una imagen patética.

Como pudo intentó acercarse al lavabo y tomando agua del grifo intentaba limpiarse sin hacer mucho desorden. Pero el piso mojado y los tacones de agua no eran compatibles, y en un movimiento brusco la punta de goma perdió la fricción, y ella el control, cayó de nalgas, embarró el piso, y al intentar pararse se resbaló de nuevo, con tan mala suerte que esta vez se dio de cara contra la loza.

A las 5 de la mañana Gustavo, el joven celador la encontró desmayada sobre un rastrillón de mierda seca.

Dos tazas

A ella nunca le ha gustado lavar la loza después de comer, pero hoy no quiere dejar de hacerlo. Lava su vida un poco en ese acto; es como si en un tupper que tiene entre las manos estuvieran pegadas las ilusiones con las que se mudó con Juan Carlos al apartamento. Y como una costra la lava, sin mirar, pero sintiendo, golpeando contra la yema de sus dedos, la superficie irregular del recuerdo no la engaña, está ahí la promesa de un amor para siempre, está ahí el sí acepto. Está ahí todo: la propuesta de matrimonio junto al mar como siempre soñó, el vestido de novia que deseaba, la fiesta perfecta y envidiable, está todo ahí, menos él, menos su amor, menos los buenos días amor. Y aunque sabe que ya no está todo eso, lava, frota, recorre ese recipiente, nada encuentra.

Esa vasija ya no tiene nada de suciedad, traía solo una ensalada. Solo trae ensalada desde que Carlos hizo sus maletas y se fue, pero ella estrega como si hubiera quemado una teriyaki ahí. La fila se extiende tras ella, y cuando los demás notan que sigue lavando y llora, cambian de fregadero, avanzan, continúan, como la vida sin ella, como Carlos sin ella. No lo sabe, pero llora, con la mirada perdida, con el corazón cansado y hecho pedazos.

El sábado firmé, le dice por fin a Natalia que está a su lado, a quien nunca le habla, a quien en más de una vez dejó con el saludo en el aire. —Carlos se queda con el apartamento yo tengo el carro. Parece que le habla a ella, pero no la mira, parece que se habla a sí misma para salir del shock. Carlos no está, su hombre perfecto se cansó de las rabietas de niña mimada, de los sueños sin acciones, de las promesas sin comienzos; sabe bien que a Carlos se le acabó la paciencia y no el amor, y por eso sufre, porque no pudo con ella misma, con su egoísmo, con su calle y con su mundo.

—Hoy iba a ver a las amigas del colegio, no las veo hace mucho, bueno no, no hace tanto, en mi cumpleaños, pero no hemos hablado desde lo que pasó este año. Natalia se da cuenta que solo necesita su presencia, ni siquiera tiene que oírla, ella necesita hablarle a alguien, para que no parezca locura; pero lo parece, porque no deja de estregar lo mismo, tiene aún al lado el termo, los cubiertos, pero no suelta ese recipiente, siente aún la costra gratinada en sus bordes, siente aún la ausencia de los besos, los te quiero, y siente sobretodo su cobardía, la que le impidió perderse unos miedos y seguirle el juego a Carlos; está ahí, completamente fusionada con los bordes, estregándolos.

Necesita dejarlos limpios, necesita quitarlos, sentir que se despegan, pero nada pasa. No quiero hablar de eso, dice, y agacha la mirada, no quiero hablar de cómo perdí a Carlos, no quiero inventar más mentiras de cómo dejó de amarme, no quiero más decir que fue su culpa y su cansancio; fui yo, la que lo alejó, la que nunca quiso el perro ni lo dejó hacerse la vasectomía, fui yo la que siempre se negó a explorar sus juegos, su sexo, sus sueños, fui yo, la que lo hastié con los melindres del yo quiero, la que nunca le preguntó por nada, la que siempre creí que era todo. Ahora él tiene el apartamento, un gato y un perro, refunfuña en voz alta…

—Disculpa

Sí, contesta ella distraída.

—Es mi tupper, dejaste el tuyo en la mesa. Le dice Martha y le entrega el suyo sucio, le arrebata el suyo limpio. Ay, y a mí que no me gusta lavar dice ella, dolida, adolorida, a la que no quiere le dan dos tazas.

Tienda de juguetes

El reflejo desgastado y cansado, contenido en el cristal, era un juez grotesco y desalmado, era el reflejo de un hombre triste y acabado. Tenía una barba corta y desorganizada, ropa de otra época y su figura había sido tallada buscando mostrar lo mejor de otros tiempos, pero con el paso de los años y con el olvido de la moda que había revivido sus mejores temporadas, lucía ahora envejecido y fuera de forma.

Dicen que lo retro no pasa de moda; bueno, no es del todo cierto, siempre está de moda revivir una moda, pero usar algo que no es una convención siempre te hace lucir anticuado, fuera sitio, de tiempo… dislocado. Y las personas que se visten suelen decir que no importa, creer que pueden con eso, que están preparados para ir contra corriente. Necios, los hombres así son necios. Y se les nota que su aislamiento no es voluntario, incluso en el reflejo, porque esos hombres tristes nunca se miran directamente a los ojos así mismos. Quizá es miedo, quizá intuyen que si lo hacen encontrarán tan solo un abismo…

El hombre que evitaba su reflejo, miraba con tristeza la marioneta empolvada y descuidada; no se pude caer más bajo, algo sucio y triste en la exhibición de una tienda de juguetes, es una desfachatez, pensaba. Comenzó a caminar, a alejarse de aquel lugar, y con cada paso sentía la necesidad de volver a verla sin estar seguro de por qué. Llegó a casa, soltó el morral que le pesaba en la espalda y sintió el alivio del peso, se quitó los zapatos, y sintió el mundo expandirse en sus pies, el piso bajo su piel. Caminó hacia la cafetera, olió los granos y se concentró en el aroma, sintiendo alivio en sus hombros. Sacó la picadura de su pipa –ese acto siempre lo hacía sonreír-, pero hoy no, de alguna manera la imagen de la marioneta lo hacía sentirse mal.

Es solo un juguete olvidado, pensaba mientras caminaba por las estanterías de su cuarto junto a los juguetes coleccionados, los libros, los discos; y sin verlos todos, sin leerlos o escucharlos, pensaba: es solo un pedazo de madera vacía, nada es particular en él, nada salvo su contexto, quizá sólo una juguetería que ha perdido su interés en vender juguetes.

Continuaba pensando mientras se acercaba a su escritorio y alistaba las herramientas, estiraba los brazos falsos, alineaba las lupas y sacaba la caja de pinturas. Y comenzaba a tallar, ausente como estaba, actuó por reflejo. No recordaba haber empezado a modelar, y el trabajo fluyó con una memoria muscular prodigiosa, evitó el filo de la cuchilla, y pulió sin notar el polvillo de la madera invadiendo la luz como una tormenta de arena. Tampoco se percató del olor de la pintura, ni de que habían transcurrido casi cuatro horas desde que había vuelto a casa y el tiempo se lo había consumido. Sintió el cansancio justo cuando el reloj de la sala dio la última campanada como cada día; abrumado además, por cómo se va el tiempo.

Se levantó sin notar que había terminado una marioneta igual a él. Con lentes, con un bigote delgado, con una contextura delgada y vientre prominente, que le había pintado sus lunares y sus pecas, y que lo había sentado como él. Caminó rumbo al comedor, comió un sánduche preparado con lo poco que quedaba dentro del refrigerador, y para hacer el té, tuvo que recurrir a la misma bolsa que había usado en la mañana. No eran días fáciles, no eran días ni siquiera, eran semanas, a nada le supo, y entonces durmió.

El titiritero soltó su comando. La figura del titiritero perdió toda la vida, todo el dolor y toda la frustración que su voz había contado, desgonzado. Y sin ningún hilo de voluntad que los sostuviera en pie, se desplomó.

Saber vivir

Hay hombres y mujeres, entre los hombres y las mujeres, que saben, y quiero decir, realmente saben lo que es el placer. Ellos poseen una ventaja, algo que los epicúreos intentaron definir seducidos justamente por éstos, por su imagen, pero nunca pudieron dilucidar bien. No respetan cánones, para ellos el statu quo es una mera casualidad, porque no precisan de lo más costoso o exclusivo, son hombres y mujeres que saben disfrutarse, onanistas en el sentido profundo de la palabra, personas que saben complacerse, que se exploran en gusto, sabor y textura. Tienen pulso se saben vivos y más que eso, es como si conocieran el momento justo en el que van a morir.

Jorge lo sabe, Jorge ama el arte, Jorge ama estar vivo. Desde que su ojo se acercó al visor de la cámara de su papá sabe que a él le parecen más hermosas las fachadas rústicas, los colores quemados por la luz, la fuerza de los motores; a Jorge le gustan las cosas por lo que generan, por la experiencia que brindan, las betas de los techos de madera, las betas de los pisos de madera. Y Jorge no puede dejar de ver a Smith comer, dos mesas a lo lejos, un irlandés calvo que le recuerda a Humpy Dumpty.

—Lleva cinco postres y no ha repetido ninguno, dice, lo envidio, dice.

Jaime mira por encima del hombro -es normal es gordo-, responde con una simplicidad pragmática -y es turista- añade. Como si de repente quisiera justificar que la experiencia de estar en una mesa en un restaurante y pedir cinco postres, antes de cualquier otra cosa, se debiera a las nacionalidades o las divisas.

No se trata de eso, dice Marcela, un arrebol de ojos grandes y labios gruesos. — ¡Já! Ese hombre tiene todo lo que a muchos les falta, él sabe que va a morir, un nihilista; si nada importa, que todo sepa rico, dice con una risita pícara mientras le mete el dedo a su postre y le lame la crema de él. Nada de poseer verdades, él sabe experimentar vidas, es un anárquico, abajo la imposición de entrada, menú y postre, él ha hecho del menú una azucarada delicia, lo mira, y ríe. Aunque bueno, es gordo, y sí, cada postre para él vale centavos.

Desfilan hacia la mesa del huevo gigante mermeladas de fresa, cupcakes de frambuesa, galletas de melocotón, porciones de torta. Es un glotón, dice Jaime. No, dice Jorge, él sabe a qué vino, primero el postre, mierda vamos a comer todos, así que primero el postre, la salud se va a acabar igual, así que primero el postre, el amor se va a acabar igual, así que primero el postre, el sueño no va a alcanzar, primero el postre, no todo es posible y la vida es un sofisma, te levantas, trabajas por necesidad o por gusto, pero trabajas, no tenés tiempo y si tenés no sabés qué hacer con él, querés siempre lo que tenés, deseas algo que no existe. Todo espejismo se pierde al acercarse, así que primero el postre.

Ya saben qué van a ordenar. —Pregunta el mesero

Sí, un pie de limón, una fiesta de frutos rojos y un cheescake de mora.

Día de pago

María recordaba el sabor de la sangre en la boca, el mordisco que había recibido de Alberto no sólo la había inflamado, sino que la había cortado, y fluía como su propia humedad, libre y sin contención. Con él terminaba su venganza, habían sido cinco en total las humillaciones que Mario le había hecho cuando estaban casados, y había prometido cobrárselas, con intereses, por eso uno a uno, Jair, Camilo, Alex, Javier y Alberto pasaron por su cama y por sus piernas, de todos grabó videos y tomó fotografías, a todos los grabó diciendo cosas como ¡Qué imbécil Marito, perderse semejante catre!, ¡Ay mamita querida lo que se perdió Marito!, ¡Jueputa increíble que Marito te haya dejado escapar!, ¡Pobre imbécil y ahora que anda con Estela una frígida que sólo le gusta follar a oscuras y en la cama!

Jadeantes habían caído en su juego, sin saber que eran grabados, risueños habían hablado de su nueva esposa, una secretaria bonita y joven pero fría mentirosa, que se vendía como muy muy pero que no tenía ni idea de cómo usar los dotes que tenía. Así, con cada confesión María sintió su deuda saldada, su orgullo recuperado, Jair y Alex además no follaban nada mal, pero incluso ellos habían dejado su cama agotados y doloridos.

—Decile lo que quieras a todos, tus amigos van a saber que mal cogido no estabas y dos de ellos saben además lo mal cogido que estás.

Ese mismo placer que sentía María al enviarle ese mensaje lo sentía Lucecita cada noche mientras leía sobre dominación, mientras aprendía cómo convertirse en una dominatrix, mientras tomaba las medidas del cuero, y soñaba con los juguetes que iba a utilizar con Armando, su profesor de educación sexual que cada que hablaba de vírgenes la miraba, que cuando quería llamar la atención caminaba hasta su puesto y entonaba los discursos de mojigatería y morronguería apoyándose en su silla.

Y por eso cuando lo contactó a través de una aplicación de citas. Tras calentarlo y contactarlo, tras vestirlo de muñeca, depilarlo y amordazarlo usando su antifaz, tras golpear sus huevos con una fusta y hacerlo llorar como niñita, acercó a sus nalgas peludas un ariete sexual, y paseó frente a él un dildo, el mismo que le habían regalado todos en su curso, el mismo tamaño y el mismo color, pero no lo reconoció, hasta le dijo: ¡sonría para la cámara, mojigato!, y sin una gota de lubricante y máxima velocidad sintió el rencor de Lucecita tocarle dentro.

Lo mismo que cuando Ernesto fue nombrado obispo, y confesor del gobierno. Porque al fin su día llegaba, y tras 15 años de celibato, tras 15 largos años de guardar confesiones y pecados, escribía ahora su libro Un gobierno arrodillado y publicaba develando las confesiones. Transcritas de cada uno de los ministros, senadores y del presidente mismo, sus matanzas, sus adulterios, sus humillaciones, narraba el arrepentimiento inicial y luego la naturalidad gélida con la que contaban todo.

Así supo Jaime que su mujer, actriz, había estado en la alcoba presidencial. Como anestesiólogo se las arregló para ingresar al staff médico del gobierno, logrando simular una peritonitis en el presidente, y tras anestesiarlo falsamente pudo abrir, cortar, raspar y maltratar el cuerpo del presidente sin que este pudiera defenderse ni impedirlo, tuvo que sentir cómo revolvían sus vísceras, tuvo que sentir cómo era aprisionado con odio y sin esperanza alguna.

—Tranquilo presidente, no va a morirse, solo a desearlo, mucho gusto, y muchas saludes le manda Albita, considere nuestra deuda saldada, hoy es día de pago, dijo sonriente al notar que los labios del presidente no podían ya delatarlo.

Reglas

Ángela nació bajo reglas, no había otra forma, el tiempo de su madre era escaso, demasiados sueños, pocas horas en el día, para colmo el único día en que se había olvidado de sus reglas Ángela había sido concebida y aunque no tuvo ningún reparo en hacerla suya, como suyo había sido el error, la enseño a vivir de la única manera en que podía hacerlo.

Las conversaciones eran largas, y nunca terminaban, —Angelita, mamá es pobre, pero no boba, el gobierno es injusto pero no infranqueable, —así que no hubo cuentos antes de dormir, sino pappers, desde pequeña angelita había escuchado sobre Shoppenhauer, Kant, Marco Aurelio… sí su madre no era boba, pero Ángela comprendería años después que su madre era ingenua, soñadora pero aún así admirable.

Le llegó de golpe el recuerdo, cuando Gabito se convirtió en su padre, nunca le dijo padrastro, su madre nunca le había dicho esa palabra, total, el puesto de su padre siempre estuvo vacante, no reemplazaba a nadie, el puesto nunca había tenido dueño y por eso jamás tuvo problema para aceptarlo, tenía 7 años, era abril, —Ángela, ven pequeña —La llamó su mamá en un tono cordial, hablaba con ella como si hablara con un adulto y en muchos aspectos lo era, Ángela había crecido con Filosofía, Leyes, Derecho Romano, Memorias de Marco Aurelio, porque su madre había decidido estudiar derecho, y en su vida solo la razón era posible. Necesitaba la lógica, necesitaba un mundo gobernable y predecible, las ciencias le parecían frías, inútiles, no quería definir la naturaleza, quería comprenderla, la razón está tan vacía que eligió la voluntad.

—Él es Gabo, Gabriel, no el famoso del que te he leído, Gabriel es mi profesor de derecho romano y a mamá le gusta mucho y a él también le gusto mucho yo, y yo te lo quiero presentar porque pronto vamos a vivir juntos los tres.

—La noticia no le impactó, no entendía a su edad el concepto, pero la soledad no combinaba con su mamá, ella necesitaba alguien a quien querer, y Manchas no era suficiente para las dos —Cuando recordó a manchas pudo verla, sus parches amarillos, negros, blancos, acostada en esas sillas de tela y tubos de pvc, la ensoñación terminó pronto y volvió a su otro recuerdo.

—Recordé las 5 preguntas que le hice, las 5 preguntas que Gabito dulcemente le recordaba cada que escribía. Podés jugar con mamá pero antes, podés responder a estar preguntas.

—¿Vas a leerme antes de dormir? —Por supuesto, cada que quieras.

—¿Cuándo volvas a casa cada día vas a traerme un dulce? —Siempre, del sabor que te gusta.

—¿Si tengo preguntas, vos podés responderlas? —Sí, incluso cuando la respuesta sea no

—¿La mesada se duplica? —No lo sé, no sé cuanto es tu mesada actual, pero podemos analizarlo

—¿Y quién tiene la última palabra? —Tú

Madre nunca había merecido tanto, Gabo fue una madre para las dos, un gato para las dos, Gabo supo darnos la humanidad que las reglas de mamá habían enterrado, por eso hoy que venimos todos aquí para despedirlo, quiero pedirles algo.

Rompan las reglas, todas, si tiene un poco de suerte, podría llegar un Gabo a sus vidas. Al terminar de leer el discurso Ángela lo rompió, se acerco al féretro abierto y besó el cuerpo en la frente, gracias papá, me hiciste humana.

Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Todos los relojes están corriendo.

—Se nos acaba el tiempo, sabes —dijo con una cierta sorpresa

—No solo éste —le respondí exasperado

Sí era cierto que a las 15 horas que nos habían dado para reunir el dinero ya no quedaba mucho, también era cierto que sin el dinero no solo nuestra vida sino el páncreas que mamá necesitaba iba ser imposible de conseguir, pero no podíamos hacer nada. Preocuparse por el tiempo ahora, justo ahora que ya no quedaba, era una tontería; todo el universo, todo el tiempo y el espacio tienen los relojes corriendo, marcha atrás todos esperando llegar a cero.

¡Vaya insensatez! Lamentarse por el tiempo es estúpido, esas tontas crisis de edad, esa Narcisa obsesión por conservarse. Desde que nacemos los relojes están corriendo, antes de que naciéramos ya lo estaban haciendo. En cuanto conocemos a alguien el segundero despega, tic, tac, tic, tac sumando, sumando, fatigando los materiales, las emociones, los pensamientos, estresando los resortes, la paciencia, tic tac. Cada experiencia inicia un reloj, el mundo está corriendo, pero el tiempo ya ganó, la gente intenta darles cuerda, extenderlos, mantenerlos en movimiento, pero es inútil.

—A qué te refieres —Me interrumpió ella sin saber nada de lo que pensaba, imaginando seguro que otra vez hablaba del dinero, o de mi relación con Helena; a la mierda Helena, pensé, con ella también se me acaba el tiempo, y la paciencia, ya queda poco, casi puedo escuchar la fractura del tiempo bajo nuestros ideales, la expectativa corre más rápido que el segundero, la pobre quiere, pide, reclama, pero no da; la convivencia debe ser horrible, no lava un plato, no cocina un huevo, no necesito que lo haga, pero llegar cansado y descubrir que nada hay esperándote, ni un detalle, ni un  déjame hacerlo; si hubiéramos podido vivir juntos seguro el tiempo se hubiera acabado, pero no, ya tampoco hay que preocuparse por Helena, y si Héctor no llega pronto con noticias de la apuesta, todo carecerá de sentido, estallará nuestro reloj, no podremos pagar la deuda, mamá no recibirá su páncreas, y Helena, Helena no tendrá quien más le cumpla sus caprichos.

—Me refiero a que creo que hay poco tiempo en general, al final no importa que tan larga haya sido tu vida, podrías haber vivido otro día, comido otro bocado de esa comida que tanto te gustaba, follado una vez más, dormido una siesta extra, no hay manera formal de afrontarlo. Cuando el final llega, pensamos: se me ha acabado el tiempo, anhelando un poco más, un abrazo más, un beso más, un baño más; y siempre, sí, queda el recuerdo al que volver en el último minuto, pero recordar el último polvo no es lo mismo que tirarse un último polvo, no es lo mismo recordar el sabor, ni el olor de Helena que sentirlo.

—Calla, si es verdad que el tiempo se acaba, no quiero desperdiciarlo imaginándote a ti y a Helena… no debimos hacerlo.

—No teníamos otra opción, mamá no quería irse aún, incluso si llega el dinero, si podemos pagar nuestra deuda y el páncreas, si la operan puede que muera, pero habremos sabido que hicimos hasta lo imposible, nos jugamos la vida por lograrlo, por eso lo hicimos, para extender el reloj de mamá, para no pensar qué pasaría si lo hubiéramos intentado, es mejor esto que eso, es decir, es mejor morir si no llega el dinero, que vivir sabiendo que no nos arriesgamos y que ahora mamá está muerta.

—Es cierto, tienes razón, no es común, pero cuando la tienes es precisamente en las cosas más tristes, en las decisiones más difíciles, en los peores momentos

—Se me da natural, distingo los patrones, por eso te dije que era una buena idea hacerlo, sin mamá. No, déjame decirlo mejor, sin hacer esto por mamá ninguno seguiría vivo realmente, así que era mejor tasar nuestros órganos, pedir un préstamo vasados en ese premio y apostarlo todo en una sola pelea.

—¿Y si perdemos? Qué piensas ahora

—Pienso igual, ya hemos ganado, al no tener que vivir bajo la duda.

—Todos los relojes estaban corriendo, cuando mamá nos dijo lo del cáncer, yo sentí el tic tac dentro, todo está muriendo constantemente, continuamente, tic, tac. También nosotros.