Empezar de 0

Van tres semanas sin dormir desde el nuevo año. El médico de TI psiquiátrico dice que es normal, que los eventos de una memoria corrompida son causantes de que los condensadores del sistema de hibernación se alteren y no permite una correcta ejecución del reposo. Yo intento guardar silencio, entiendo perfectamente el razonamiento técnico y comprendo el por qué las alteraciones en un módulo corrupto de memoria son las responsables, pero el conocimiento solo es poder si es aplicado; no quiero discutir con él, estoy cansado y el problema de que un módulo de memoria se haya averiado no se limita al sueño, la afección en la cache es evidente, he olvidado cada atajo y respuesta personalizada, detesto hablar desde hace tres semanas porque tengo que componer cada idea por separado y luego conjugarla.

No es sólo un módulo de memoria, además el sistema genera reinicios involuntarios, y, sumado a la falta de carga producida por el daño en la suspensión, hace que deba elegir muy bien cuándo utilizar los periféricos de salida. La energía en estos casos es vital, no quieres quedarte sin batería en un lugar peligroso y levantarte con una tarjeta remplazada o una rom alterada, podrías perder tu identidad o con tus crypto cuentas alteradas, las bandas de malware se han especializado en la instalación de hardware y software cada vez más difícil de identificar, y cuando el sistema de alerta se activa ya mucha de la data está comprometida.

Miro al Médico TI psiquiatra y le pregunto qué puede hacerse usando una proyección en mis lentes, es la única interacción que puedo permitirme para no descargarme. Debemos hacer un reset de la memoria, dijo con un tono frío. Y uno no puede dejar de preguntarse, una clínica técnica con tanto renombre en la simulación de empatía cómo puede permitirse que un médico técnico dé una noticia de esa manera.

Un volcado de memoria puede generar una pérdida completa acumulativa de personalidad. En mi caso podría considerarse que es poca la información que resguardo, pero por otro lado fuera de su precio comercial, el costo personal es absoluto; este nuevo hardware almacena 3 ciclos, es decir 50 años y apenas han pasado 15 desde que transferí mi memoria a este trasto. Lo peor es que no reuní suficiente dinero para tener una copia en la nube con actualización fuera del mantenimiento, así que perderé 15 años…, son solo 15, aunque también han sido importantes.

Me perderé la evolución de este ciclo y quién sabe si alcance a reunir los suficiente para comprar el próximo upgrade. Quizá sea el momento de pensar en una última vida, 150 años, bueno en total 185 años, parece una buena vida, larga, y la verdad es que ya estoy cansado de ser un fusionador de culturas, han sido demasiados años en este negocio, la publicidad, el marketing, la filosofía, la antropología de datos y la minería de recuerdos a la que tengo acceso demuestran que no falta mucho para requerir de una nueva interfaz de integración, que vendrá en otro lenguaje de programación y posiblemente sea incompatible con mi hardware.

El médico técnico me interrumpe, y, ¿cuál es su respuesta?

Me pide que lo olvide todo.

Le digo cuál es la única forma de corregir su problema con el módulo de memoria. La buena noticia es que aún tiene garantía y el cambio podría ser compensado en créditos de descuentos para su upgrade.

¿Lo cubre la garantía? Pregunto entusiasmado.

Sí, un 70% es reembolsabe en crypto currency, o puede tener un 100% del valor si decide postergarlo hasta la actualización de hardware. Eso sí, tiene una cláusula, si decide aceptarla tiene que dejarnos probar un nuevo sistema de compilación de data en la transfusión para la reducción de peso de su memoria por medio de una nueva compilación de data.

Ya había firmado la forma que me había extendido, y el muy mezquino mencionó solo la cláusula mientras la retiraba.

¿Algún efecto colateral? Pregunté cansado, sí podría averiarse todo su servidor en el proceso.

Empezar de 0, proyecté con la batería cada vez más baja. Completamente de 0, dijo mientras se levantaba y tomaba el enchufe de carga.

Cargando data, por favor inserte nombre de usuario…

En venta

Esta es la casa, dijo con un tono jovial la vendedora, y continuó —¡Vamos, vamos, por aquí, es una unidad muy bonita! Hablaba mientras movía sus manos y hacía gestos teatrales, improvisados y sobre todo innecesarios. Hans, el comprador extranjero hablaba perfectamente español, pero no se lo había dicho ya que disfrutaba mucho esa mímica histriónica que se apodera de las personas cuando hablaban con él.

—Esta es una casa acogedora, familiar, ya va a ver Mr. Jams que es hermosa, yo hasta he pensado en dejarla para mí. Hablaba siempre con ese entusiasmo vacío, caminaron por una escalera en un notable deterioro, y con paredes llenas de humedad que Hans miraba, pero no señalaba, era un observador, un naturalista, así que solo iba viéndolo todo, feliz de verlo todo.

Tocaron una puerta de metal ligero, casi una lata vacía que producía un eco desafinado debido al óxido que empezaba a dañar su resonancia. Detrás de la puerta se escuchaba una música ahogada, y tras tocar un par de veces, por fin se abrió una chica alta, con la piel brillante por el sudor, con un top marcado, los pezones parados, con una cara de excitación frustrada, ruborizada y al mismo tiempo furiosa.

La casa tenía esa calentura, ese vaho a calor, a cuerpo, muy lento pero evidentemente su acaloramiento pasó de ira a vergüenza, el incienso no podía sofocar el olor a sexo que había guardado la casa. Se abanicó sugiriendo que tenía calor y ella salió del apartamento, notablemente incómoda y el tour comenzó. —Es un apartamento muy bello Hans, mire, aquí está la sala y ella la tiene muy organizada, es muy creativa, aquí hizo un armario, y mire la pintura. Hans veía que era creativa, las fisuras y grietas las había camuflado con una pintura con un patrón irregular y si no hubiera sido él tan buen observador no las hubiera detectado. Tampoco pasó desapercibido el hecho de que en unos 5 metros de largo había una cocina, zona de ropas y secado, donde no cabían dos adultos al tiempo, fue entonces cuando la vendedora entró y como instructor de pista, de vuelo, hacía señas para indicar cada lugar, y trataba de sobre dimensionarlo. Hans dejó de mirarla, dio la espalda y caminó hacia los cuartos, eran dos espacios, solo la sala era presentable, los pasillos eran pequeños, la casa tenía cámaras, dos cuartos, los niños adormilados arreglaban sus camas, y en la alcoba principal el olor era más fuerte.

¡Pssssss Psssssss! La creatividad llegaba tarde, seguro un desodorante o talco en aerosol por fin disminuía el olor a fluidos, los niños sospecharán, se preguntaba Hans, les importará si quiera, o será esta la normalidad de todos. Había cambio de pisos en cada cuarto, las paredes estaban en mal estado, todo demasiado junto, cosa sobre cosa, pero más que un espacio pequeño es un espacio mal utilizado, no había forma de disfrutar la visita porque todo se achiquitaba en presencia de una persona, más ahora que habían dos recorriéndola.

Solo la dueña sentía vergüenza, el hombre, menor que la dueña se sentía un león en exhibición; huele a mi mujer, decía su sonrisa, huele a sus ganas, huele a esa hembra furiosa y llena de ganas. La vendedora creía que todo lo que era evidente ella podía ocultarlo y entonces hablaba, y se contoneaba tratando de distraer a Hans, y los niños no sabían que pasaba, solo que tenían sueño, era sábado, eran vacaciones, no habían entendido lo importante que era para su madre dar una buena impresión, a falta de un buen polvo, y ella sabía que todo lo había perdido, que no estaba presentable el apartamento, que tampoco lo estaban los cuartos, ni los hijos, que a ella las ganas la habían traicionado y tampoco había podido contener las ganas.

—Gracias, dijo Hans y salió sonriendo. Nadie sabía que él había viajado por primera vez, en sus palabras, a un país donde pasaban cosas. Y como no quería pagar por tours se le ocurrió una forma de conocer los barrios, los alrededores y tener una experiencia personalizada. No quería solo ver los monumentos, sino la intimidad de la ciudad, y ciudadanos, sus habitantes, sus familias, hablar con la gente, ver la gente, experimentarla y conocer los lugares desde adentro, así que después de recorrer la ciudad por google maps y elegir los sitios que quería visitar, agendó citas con agencias inmobiliarias para cada día.

Este era su primer día, este era su primer apartamento y él estaba feliz. —Esta ciudad será grandiosa, dijo en voz alta, y la vendedora sonrió, ¡Oh! Apenas empezamos Hans, ya verá los otros y le van a encantar todavía más.

Caminaron rumbo a las afueras mientras ella hacía un despliegue de movimientos pintorescos y le enseñaba los alrededores aprovechando que debían ir al auto para su segunda cita.

¡Vacaciones!

—La gente no lo entiende, decía Sebas mientras estaba boca abajo, extrañamente a gusto, en la camilla del consultorio clínico, mientras la enfermera lo miraba un poco extrañada. El hombre de 35 años acababa de ingresar caminando, visiblemente lastimado; era cierto que sus heridas no eran graves, no corría riesgo de morir y no tenía ningún órgano comprometido, pero parecía un puercoespín, y no le importaba.

—Discúlpeme ¿Qué le resulta divertido? Le preguntó finalmente la enfermera, ¿qué es lo que no entendemos?

—Las vacaciones, todo el concepto. Ve a la rubia afuera en la sala de espera, la que está fúrica, debe estar roja de gritar por el teléfono, quizá frente a la ventana, o afuera caminando frente a la entrada. Bueno, ella es mi esposa, y como puede ver, cree que acabo de arruinar las vacaciones, pero la verdad es que acabo de salvarlas

—¿Salvarlas? Tiene más de mil espinas clavadas en la espalda, vamos a pasar toda la tarde aquí extrayéndole cada una de ellas y créame, va a dolerle. Es como si hubiera saltado sobre un campo de cactus con la intención de que esto pasara, dijo ella en un tono atónito, visiblemente sobresaltada e indignada. Alguien más podría necesitar nuestra ayuda, alguien más podría necesitar nuestra camilla, somos un pueblo chico, no hay mucho personal y para colmo, ni siquiera se ve apenado o arrepentido.

—Esa la parte que quizá no entienden. Usted creció acá, ya sé que siempre debe haber escuchado de los accidentes que tienen las personas haciendo sandboard en las dunas de cactus, y seguro que siempre escuchó que un imbécil, un turista, un idiota o un borracho se habían accidentado, siempre le han contado lo malo, conoce solo la consecuencia y la acepta como el resultado total, está mal, todo está mal.

—No es el resultado lo que importa. No es este momento. Está mal verlo en el corto plazo, piense, en mañana, en el domingo, dentro de un mes, quiero que piense en los próximos seis meses cuando esté junto a sus familiares y amigos y estén sin mucho que contar, piense en esa vida cotidiana en la que la monotonía se apodera hasta de sus historias, en ese momento, en un silencio incómodo usted recordará verme llegar, en bermudas, descalzo, con pequeñas hilachas de sangre y sonriendo, podrá hablar de cómo mi amabilidad le pareció sospechosa, de cómo la tranquilidad la hizo pensar que estaba drogado, hablará del regaño que me dio y de todas las otras cicatrices que tengo, de las fracturas que mostraron las radiografías, son 26 en total hasta ahora, y podrá rescatarlos a todos del tedio, estarán todos muertos de risa, cuando usted hable de cómo voy a gritar con cada espina, hasta el número de espinas, hablará de las que tenía más enterradas, de la que casi se les escapa, quizá hablemos de esa que vamos a olvidar y que van encontrar cuando al pasar los días pesista el dolor.

Quizá hablemos de las que están en las nalgas, o no si usted no prefiere mencionar detalles. Quizá y con un poco de suerte haya alguna que haya atravesado el tatuaje de corazón con el nombre de mi esposa, ¿entiende?, un corazón flechado en un trasero con forma de corazón, es un chiste fácil.

Yo estoy salvando al mundo del aburrimiento enfermera, mi esposa contará esta historia durante años y será la graciosa del grupo. Yo seré un subnormal y ella compasiva, responsable, estoy también salvando mi mundo, porque mi trabajo exige que la vida sea seria, calculada, ordenada, mi vida cotidiana implica orden y disciplina y fuerza. ¡Ah! Pero mis vacaciones… son vacaciones. No más de lo mismo, y sí a todo lo que sea ridículamente divertido, mejor si es peligroso y mucho más si tiene consecuencias.

La enfermera sonreía. —En algo tiene razón, la historia voy a contarla, salvará reuniones, pero la historia de la nalga y el corazón no será la mejor, dijo mientras empuñaba las pinzas, porque hoy empezaban mis vacaciones, justo en el momento que usted entraba, ahora tendré que trabajar toda la tarde.

Inoportunos

Eran las cuatro de la tarde, la ciudad estaba recalentada por el sol del día y había terminado por generar un desespero generalizado, el ambiente era molesto, el sudor inevitable y te hacía sentir sucio, además hacía mucho más desagradable de lo normal estar rodeado de personas en el transporte público y para colmo el tránsito en época de fiestas terminaba por generar un embotellamiento infernal.

Era el caldo de cultivo ideal para tener a todos al borde de un día de furia al igual que Michael Douglas o Dave Grohl en su parodia. Y después de transitar ese infierno nada bueno puede venir, así, con la esperanza vencida o acalorada entró Carlos a su casa, y al ver la luz en la contestadora palpitando supo que las malas experiencias no terminaban.

Carlos era un hombre supersticioso, su estado de ánimo nunca le pertenecía, estaba condicionado por el clima, por el tráfico, él tenía todo claro: nada es súbito, todo está encadenado aquello que nos sorprende solo demuestra la poca atención que hemos prestado a los detalles, lo egoístas que hemos sido, o lo ingenuos, quizá y a lo sumo como verdadera excusa, lo ignorantes que éramos ante la realidad, nada pasa de la noche a la mañana, TODO se está siempre desencadenando, en movimiento, y por ende en un día así, era normal que ese mensaje fueran más malas noticias.

Pensó en todo lo que podría ser, su abuelo en el hospital, la discusión con su jefe, su relación que tras una serie de malos meses se sentía fría, distante, y pese a que intentaba, no lograba sentirse de nuevo bien, la decisión de los jurados sobre su ensayo, y claro el incidente en esas breves semanas de separación en las que había despertado en medio de un hotel cerca a una zona de veraneo después de una noche en la que no recordaba nada… todo lo martirizaba hoy.

Caminó lleno de tedio y desazón hacia la pequeña luz verde que palpitaba sobre el botón reproducir y tomó aire, durante largos segundos pensó en los desenlaces, y finalmente lo presionó.

Una voz fría, impersonal y muy coherente con su día comenzó a hablar: —Buenas tardes Carlos nos estamos comunicando desde el laboratorio clínico Hematológico por favor devuelva esta llamada urgentemente.

El mensaje había terminado y el seguía allí, de pie, frío, aterrado, había olvidado que hace unos días se había hecho los chequeos de rutina, las discusiones con su novia habían empezado porque él sospechaba que lo engañaban y se había hecho exámenes de control para asegurarse que estuviera bien, había esperado con ansiedad esta llamada, pero que fuera justo hoy cuando la realizaban… palideció, no iba a ser la muerte de abuelo, ni el despido de su trabajo, tampoco iba a dejarlo ella, mucho peor, ella iba a matarlo, SIDA, Sífilis, Gonorrea pensó angustiado y lleno de ira, buscó el teléfono en el identificador de llamadas y llamó tan rápido como pudo, cada tono de espera para que contestaran le carcomía: ¡tuuuuu! ¿SIDA, Sífilis, Gonorrea?, ¡tuuuuuu! ¿Herpes, Clamidia?, podían estos identificarse por un exámen de sangre, no lo sabía, no le importaba, pero con cada repicada de ese horrible ¡tuuuuu! Carlos se moría de algo distinto ZORRA, ZORRA, ZORRA gritaba dentro de su cabeza hasta que finalmente le atendieron.

—Laboratorío Clínico Hematológico buenas tardes, en qué puedo ayudarlo.

—Hola, —dijo con la voz entrecortada, —Soy Carlos y he recibido un mensaje de ustedes pidiéndome que comunicara urgentemente.

—Déjeme buscar… Ah sí Don Carlos, buenas tardes, —Dijo una voz tan jovial que le pareció irrespetuoso, a quién se le ocurre comunicarle a un enfermo su enfermedad con una sonrisa, pero solo dijo —sí cuénteme

—Don Carlos usted está en nuestra lista de donantes frecuentes de sangre y en este momento las reservas de sangre de la ciudad están bastante bajas, y aprovechando que sus exámenes salieron muy bien, queríamos preguntarle si puede pasar a donarnos sangre antes de este viernes

—La noticia si bien era positiva, no le cayó nada bien —Le parece que bajo alguna circunstancia era necesario dejar semejante mensaje, sabe señorita lo que piensa un hombre que se ha hecho exámenes de sangre cuando recibe una voz grave, fría e impersonal con un llámenos urgentemente… es una sociópata, una cruel y malintencionada y además, tiene usted el don de los inoportunos, ah, muchas gracias.

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…

Cotidianos

No ha salido el sol aún, pero los relojes ya cantan, canciones favoritas, alarmas nucleares, gritos de caricaturas o silbidos de pájaros gritan para despertar a la gente, sincronizados, pero no juntos, responden orquestados desde las 4:am hasta las 7:am sin parar, sin interrumpirte, cada 10 minutos suena una tanda de alarmas. Y tras cada una comienza una carrera, las duchas son largas y también cortas, las temperaturas varían, algunos se queman otros se congelan, los desayunos van de lo práctico a lo elegante; se rompen los huevos, se sirve cereal de la manera correcta -el cereal primero- y también de la equivocada, la leche primero; están los que antes de levantarse pueden revolcarse y echarse un mañanero delicioso, aun cuando por comerse se queden sin tiempo de comer.

Después corren, al ascensor, por las escaleras, a la parada de autobús donde todos se encuentran y represan, un río de gente, un mar de gente, que, en pocos minutos, con suerte, estarán reunidos como peces en un barco de pesca, juntos, tan juntos que parecerán íntimos, sentirán el sudor del otro, el aliento del otro, a veces con gusto y en la mayoría de los casos con asco. Afuera, individuos encapsulados viajan solos y se consideran más afortunados que las sardinas enlatadas de los autobuses, los colectivos, los transportes públicos en general; sin embargo su autonomía vale, vale horas en familia, con amigos, vale un seguro, y nafta, gasolina, gas… vale oxígeno, pero no importa, lo vale, no tener una gota de sudor ajeno e indeseable corriendo por la piel, no tener que sentir un pene flácido o tieso en un bus o en un metro, lo vale, no tener que sufrir porque entre tanta gente es imposible evitar el roce de sus penes o sus tetas contra espaldas, cabezas, nucas, culos ajenos, lo vale no tener que angustiarse por ser tildado de depravado cuando tan solo se está enlatado.

Están los otros, los aventureros, forajidos que escapan de los embotellamientos, como serpientes se desplazan por los canales, los espacios, serpentean el tráfico, y se burlan de los hombres pecera en sus carros y de las sardinas en sus transportes públicos, ellos, en su afán avanzan solos hasta que llueve y entonces como pequeños peces asustados se reúnen bajo arrecifes de pavimento, bajo puentes, techos, almacenes, se reúnen y se escampan, se esconden.

Ahí puedes ver a los audaces, mojado un dedo, mojado la nalga. Y caminan, o montan sus bicicletas sin inmutarse, crustáceos y moluscos son, indiferentes a toda vicisitud, continúan su camino como animal sin predador, inmutables, viéndose tan lejos de todo como se sienten, orgullosos de una rebeldía justificada pero insignificante, y aunque intentan ser imitados, lo cierto es que su comportamiento y su credo exige tanto y da tan poco, que, en lugar de compartirse, repele.

Las luces cambian lentamente, y los peatones se atropellan entre ellos, cuando hace sol aún con más fuerza. Hormiguitas angustiadas, corren con el peso de una lupa imaginaria, de una amplificación social sobre sus hombros, sintiendo el peso de lo que demandan de ellos; tengo que ser, tengo que llegar, tengo que estar, tengo que ir. Tienen todo menos opciones o decisiones. Hormiguitas y abejitas que más que obreras se esclavizan, y luego los zánganos, otros que disfrutan más su labor, se llenan de placer en su repetición, en sus embestidas orgásmicas, en su labor reproductiva, creativos monoproductores que se excitan con su día a día polvo tras polvo, adictos, todos adictos, al tabaco, al licor, a la adrenalina, al deber cumplido y los encontrás en todas las ramas, y en todas las profesiones, las horas trascurren, rápido y lento dependiendo de cada uno. Porque solo la percepción altera el paso del tiempo.

Al final retornan, agotados todos, agobiados, desmoralizados, descremados, desindividualizados, sintiéndose un cualquiera, uno más… y antes de dormir, programan sus alarmas.

Sazón

Prólogo de cocina.

El que sabe, sabe que todo sabe. Es una cuestión de tacto, intuición. No hay caldo, ni guiso ni arroz en el mundo que pueda repetirse o copiarse. Es, en cada uno, en cambio, una reversión, una reinterpretación del sabor que se busca, de la receta en la que las variables son, si bien no infinitas, sí incontrolables, por eso la cocina empieza en el caso de los más metódicos en la siembra, y de los más pragmáticos en el mercado.

No es lo mismo un tomate viajado, que fresco, ni en conservas que orgánicos. No es lo mismo uno grande a uno chiquito, mucho menos pueden igualarse verdes, rojos y pintones. No es lo mismo madurarse en el árbol que en papel periódico, se pierde algo vaya a saber si en la esencia o en la voluntad al madurarse biche. Incluso vaya uno a saber si lo bueno o lo malo viene de allí; lo cierto es que el cocinero debe intuirlo, debe notar las bondades de cada producto que trae, probarlo y olerlo, él más que nadie debe conocerlo porque está a punto de transformarlo, de darle otra voluntad. Pero las cosas cuando se sobreponen pesan y dañan. Quien cocina sabe, y sabe que todo debe integrare con sutileza, no solo añadirse, no es una suma, es más místico, es una alquimia donde se transmutan los ingredientes, donde se cambian y se alteran para darle un nuevo valor, un nuevo sabor, una nueva jerarquía a su composición.

Los comensales, si saben, saben que en la cocina hay mucho más que un procedimiento, que hay una idea sobre su plato, que hay una intención que varía entre cada estación de cocina, que muta en cada reinterpretación del menú. Por eso cuando se come, se hace mucho más que masticar.

Eso que el comensal disfruta y eso que el cocinero intenta, los une o los separa. Y es lo mismo que todos buscan en lugares diferentes, en un spa, en una noche de rumba, en un concierto, en un museo, en una noche de folle intenso, en un porro, en una cerveza, en un retiro espiritual, en una misa dominical, la confirmación, la esperanza de que todo ha valido la pena, los sacrificios, los esfuerzos.

Eso, ese no sé qué, que tienen las personas que nos gustan o no, ese me da buena espina, esa intuición que te recorre y te hace confiar, esa elegancia natural que hace que una persona muestre clase y no solo plata, eso que se llama porte, aura, karma. Eso es sazón, la capacidad de darle alma a un ingrediente, el poder de darle sentido a algo que de lo contrario sería un orden mecánico, caprichoso y a veces aleatorio en la preparación de la comida.

Es necesario y el que sabe, entiende, que no solo es por su juicio sino por una lógica mayor, un orden ancestral y astral, un postulado físico espaciotemporal inviolable. Todos tenemos sazón, criterio alimenticio, y este puede variar, pero aquellos que saben concuerdan en las reglas básicas, en los patrones, en los deberes. Porque cuando todo es percepción la realidad se desdibuja, por eso es necesario comprender que la ley de los números grandes no busca acercarse a la realidad sino alejarse del error, pero para que sea funcional las sutilezas son contundentes; al final siempre lo son, como el emplatado, como la pizca de sal, de gusto, de sabor y de buen tino, sin esa sazón, nada es posible, ni tiene sentido, sin esa base TODO se pierde.

El que sabe, sabe que tengo razón. El que sabe, sabe que el cereal va primero y la leche después, que la sal al gusto no contempla la hipertensión, que el azúcar nunca debe endulzar la comida sino desamargarla, que el romero y el tomillo acompañan para aromatizar, pero no para esconder ni mermar, que el toque, es solo un toque, que todo lo que es mucho no marida, sino que satura.

La sazón es gusto, pero no al gusto.

Enzimáticos

Dicen que los instintos se despiertan, y que están en el cuerpo, la mente, en el ADN esperando el estímulo adecuado. El destino entonces nos es más que una secuencia enzimática porque el valor no vendrá de los actos sino de las entrañas, el liderazgo no surgirá frente a las adversidades como se ha planteado, sino que vendrá desde una enzima que condicionará un sustrato para que libere las moléculas encargadas de accionar la idea, la acción y con ella los músculos para darle movimiento. No será valiente quien tenga la oportunidad de serlo, sino la cantidad de azúcar justa en la sangre.

El destino no está escrito en el futuro, sino en nuestras células, la sagacidad, los nervios, lo buen catre viene de adentro. Así que, si buscan la verdad de sí mismos, más que una carta astral se necesita desarrollar un análisis que permita encontrar los patrones internos, las constelaciones glaseadas de nuestras partículas. Por supuesto que nada de esto le resta ni interés ni importancia a otras cosmologías, pero si aprendimos a leer patrones comportamentales debido a los ciclos astrales, ¿no estaría bien tener una carta enzimática?

Las personas al fin y al cabo nacemos perdidas, algunos piensan que, al poder transmitir conocimiento basado en experiencias de personas diferentes, civilizaciones diferentes y poder establecer o adaptarnos a comportamientos culturales, nos convierte en seres más evolucionados. Pero hay algo claro, nos hemos olvidado de entender más allá de lo práctico, el aprendizaje más allá de lo productivo, no se trata solo de enseñar a hacer zapatos, o a sumar vectores, ni a programar códigos ni mucho menos, y dios nos libre de enseñar solo cosmologías ciegas y sordas que no entienden de hechos ni razones.

Acción y reacción como credo bíblico, pero ¡venga! Semejante desfachatez tiene un límite. La acción es un impulso, un detonante y no me interesa solo registrar el resultado, sino comprender la cadena de factores que condicionan los tiempos. Si vamos a creer en algo que sea en el azúcar y en la armonía porque si hay algo cierto es que el animal vive en todos, que el miedo, el deseo, las ganas, el sexo, el buen sexo, el odio, el tedio y la monotonía nos habita y si no lo entendemos termina por dominarnos, buscando la solución de un problema que no comprendemos en su planteamiento, y ahí todo mal.

Por eso es necesario creer si se quiere creer, sabiendo que tan solo se está creyendo por elección, pero olvídense de las pretensiones que les hace sentirse dueños de la verdad, y peor aún, de que pueden alcanzarla. Porque hay dos tipos de hombres a los que hay que temerles, a los que están seguros de todo lo que tienen y a los que sienten que están cerca de poseerlo todo, porque esos hombres son los únicos ingenuos que suelen apartarse de lo más importante, la experiencia en sí misma, y de nada sirve el sexo sin pasión, incluso si es bueno, de nada sirve la forma sin el contenido.

Y no se trata de ser serios, únicamente serios, ni frívolos y únicamente frívolos. Sino de saber que todo al final es solo un pedacito estimulando un puntico que desencadena otro pedacito de nosotros, y que hay en todos la posibilidad de ser todo y nada, y nunca perder de vista que estamos a un estímulo de serlo.

Cuando terminó de hablar soltó una bocanada grande de humo, de un porro electrónico que pegaba delicioso. Juan la mirada alelado, lo rico que gemía, lo rico que veía, lo rico que la recordaba, y todavía estaba allí después de follar, sudadita, oliendo a un sexo provocativo y hablando de una manera en la que no podía dejar de verla.

—Vos sos una chimba de enzima, le dijo recibiéndole el porro y mordiéndole la boca.

Rastros

Cuando un carro va rápido y frena, la armonía de la velocidad se interrumpe y las llantas dejan de girar para aferrarse al suelo. Milímetro a milímetro se queman, se graban en el pavimento poroso y quedan visibles, humeantes. El ruido que provoca la fricción del derrape rasguña el silencio, y en cualquiera que lo haya escuchado, se graba estruendoso y sorpresivo; si te acercas lo suficiente esas marcas sobre el asfalto tienen también olor, caucho quemado.

La taza que sostienes en las manos tiene una línea gris que recorre de manera anecdótica los pedazos que se separaron de ella antes de volver a pegarlos. Una cicatriz que de manera curiosa la hace un poco más interesante, una pista a seguir, una historia a preguntar, mala, pero aún así una historia.

El sonido de un plato de cerámica, de una copa de cristal o un vaso de vidrio, el sonido de un carro pitando, de un lazo golpeando el piso, el llanto de un niño o de un perro, el maullido de un gato, un halo de luz, una estela de frío, una Estela, un orgasmo de Estela, un gemido de Estela, un grito de Estela, los de Lina, Laura, los ocurridos y los imaginados, las canciones, las madrugadas, los ‘salud’, y los ‘no vuelvo a beber’, los bajones, las elevadas, la salsa regándose en la cara, la risa, el picante del picante, los domingos con vos, y los domingos sin vos. Todos dejan un rastro, las palabras, y si tienes buena memoria cada palabra.

Por eso lo que vos me pedís no es cuestión de voluntad, si no de física, de metafísica, y hasta la patafísica. Esta última porque quizá sugiera que lo más importante para olvidar algo es evitar que ocurra, o inventar un recuerdo alterno que sobreescriba cada estímulo. Es decir que lo mejor para olvidar sea, quizá, en lugar de vivir un hecho traumático, recrear uno mejor. Simplemente imposible es que, TODO marca, nada desaparece, la energía se transforma, nada pasa sin hacer estragos, los daños colaterales son incontenibles, tenemos el cuerpo hecho cicatrices, pecas, lunares, dolores… recuerdos.

Que más somos sino un rostro del rastro que nos contiene, una cicatriz físico emocional que se escarifica sobre sí misma y adquiere forma, formas, de continuar. Las ciudades tienen sus edificios viejos, las calles sus huecos, y cada uno de nosotros su universo dentro, adentrico de sí mismo, y vos venís aquí, me tomas las mano, me miras a los ojos y me pedís que no recuerde los recuerdos, que me olvide de todo lo malo, como si lo malo existiera sin lo bueno, que sea selectivo en la forma en cómo te pienso, como si fuera cuestión de voluntad y no de acción, como si mía fuera la culpa por no omitir el daño, como si el pecado fuera mío en pensamiento palabra y falta de resignación. NO, NO y NO. Es por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa que estamos en esto, aquí no voy yo a ganarme padrenuestros con acciones ajenas, faltaba más.

Los errores también tienen consecuencias. Aunque posen de santitos junto a sus amiguitos los atenuantes, aunque frente a las excusas quieran ponerse y levantarse las banderas del perdón. Aquí no hay perdón ni olvido, aquí no hay tregua, esto es la guerra.

Mariana miraba con una abrumada expresión. —De qué estás hablando, preguntó al fin.

De tu egoísmo, de tu falta de consciencia, de tu comodidad.

¿Qué? ¡Qué!

Que no has puesto el bizcocho del baño y por tu culpa me fui de culos en la taza.

Ilusiones modernas

Cano era relojero, pasaba sus días dando cuerda y reemplazando piñones diminutos de hombres elegantes y damas refinadas con una sonrisa sarcástica en el rostro. Era además un viejo enojado, experto en relojes, le daba lo mismo un Rolex, un Cartier, un Casio o un reloj de muñequitos. Todo se podía resolver, el tiempo solo se marca, el tiempo solo corre, no se domestica ni puede enmarcarse, aunque esté prisionero en un cristal. El tiempo es un concepto curioso, infinito si se piensa de manera colectiva, pero, de manera individual se está agotando. Cada día no solo cuenta, resta, es fútil intentar conservarlo, es imposible seguirle el rastro, es temperamental y selectivo, muy selectivo.

Todo eso, claro, desde la percepción, porque el tiempo no tiene conciencia de sí mismo, no es moral ni inmoral, es un fenómeno y no necesita ni testigos, transcurre, así. Por eso las marcas, las corbatas, y los sentimientos son solo ideas que se tejen sobre él a su alrededor con la intención de abordarlo, de domesticarlo, pensaba. Mientras tanto mantenía la lupa apretada y el entrecejo fruncido intentando recuperar el mecanismo de un Patek Philippe, regalo de un abuelo que seguramente lo había conseguido en la guerra, y por «conseguido» realmente pensaba y entendía que pudo ser robado, sí seguro fue así, por que por más dinero que tuvieran, un Patek Philippe de 1929 con calendario perpetuo es una joya, un objeto de colección, el imbécil que lo tiene no sabe la perfección que carga.

Pensativo Cano rumiaba la idea de cómo el tiempo aumenta el precio de las cosas, pero disminuye su valor. —Este reloj, por ejemplo, ya nadie valora lo que significa, ni lo que logró en su momento, es un reloj caro, pero ya no es un invento revolucionario, y ahora para colmo se desconoce su historia; la gente los conserva sin entenderlos, como aves enjauladas, con alas coloridas y bellas, pero sin uso alguno. Antigüedades, recuerdos, herencias, tienen si acaso un valor emocional, quizá alguien les dijo: qué buen reloj y solo por eso lo usan, pero ven la hora en su celular, es solo una prenda más, decoración, centro de mesa, una distracción. Nadie debería usar algo que sea más interesante que el mismo, pensó y asintió, siempre asentía cuando pensaba una de esas frases que se decía que eran frases para libro, incendiarias cargadas de sentido, palabras llenas, y reía, reía en silencio y cómplicemente, una risa de relojero, de Gioconda, una risa de cirujano, de neurocirujano.

Mientras tanto continuaba, levantaba piezas, soplaba partes, encajaba engranajes y estiraba resortes, el tiempo se enreda en las partes, se graba en ellas las desgasta, las envejece, el tiempo es eso, un cincel que crea los surcos por donde fluye, y marca, marca y desgasta. El dueño del reloj nunca lo ha pensado, jamás ha reflexionado sobre eso, no entiende la pieza que lleva, no sabe que al usarlo se transforma en algo como usar el marco de las meninas para sostener un trapo de estadio.

Ilusiones modernas, poder, tiempo, dinero, ¡bah! Solo los imbéciles creen que pueden de verdad poseer algo, que la moda, la ropa, la posición vale más que la libertad, la libertad de hacer lo que quieran de verdad, de morirse de hambre arreglando relojes por ejemplo, y al pensarlo sonrió de nuevo, sonrió con esa risa de relojero.