Buses y cebollas

Prefacio: No sé que relación tiene el transporte y el llanto, pero qué fácil es llorar en los buses

El flaco

Un hombre que ríe no es una imagen tan fuerte como uno que llora, no sé por qué, ambos sentimientos son similares, me refiero a los que ocasionan la risa o el llanto, la felicidad y el dolor no están en escalas diferentes, sin embargo la segunda acción tiene de su parte el misterio. Creemos que sabemos porque ríen los hombres, pero siempre nos intriga el por qué lloran, por eso el llanto debe ser de un hombre adulto, uno que luzca fuerte, tosco, uno que sufre tanto por llorar y ser visto como por la razón que lo doblega.

Las puedo contar en los dedos de las manos las veces que he visto hombre deshacerse en el llanto, corriente buenos aires 2015, frente a mi camina un hombre alto, odio un poco cruzarme con personas más altas que yo, odio que me vean desde arriba porque sé que con el tiempo me verán con desprecio, pero cuando pueden mirarte desde arriba y con desprecio, me jode, en fin, el hombre alto camina con el celular pegado a su oreja, la voz engreída,  muy porteña de repente pierde su tono canchero, escucho el cambio y pienso, le sacaron la pelota, no sabe jugar sin ella:

—pero, —y se calla, se muerde el dedo índice y merma el ritmo de su caminada

—pará, pará —y es él el que se detiene, al que se le agota la prisa

— no, no es así, —lanza comienzos pero no puede desmarcarse, lo incomoda la situación pero no tiene escapatoria, está jugado, pero no se da cuenta, no tiene juego, le ganaron la espalda y desde atrás ahora lo atraviesan. Se desploma en la vereda, se sienta en un pórtico de un negocio, se descompone, se desconfigura su rostro pero aguanta, la gente lo ve y él lo sabe, llega su colectivo y se sube, subo con él, no voy  hacia allá, pero quiero verlo llorar, angustiado, quiero ver la evolución de su mueca y tratar de clasificarlo, no fue explosiva, nadie ha muerto, pero él se está muriendo, usa su sube, 4.25 marca, vamos lejos, pongo mi sube -6.25 estoy cerca del límite, tendré que caminar si no comienza a llorar al pasar por la última estación del subte, por fortuna el dolor le gana, y con solo sentarse pierde su armadura, llora con una cara de niño ridículo, llora con una mueca de ego herido, llanto de abandono, a este lo dejaron, los escucho sorberse los mocos y cada que se controla marca desde su celular y con cada llamada rechazada llora de nuevo.

Barajas 2018, un hombre zapatea en la fila, está pálido, tiene miedo, sabe algo que los demás ignoran, él ay sabe cómo va acabar todo, en el fondo lo sabe, pero allí continúa, no hay esperanza, pero es terco, necesita escucharlo de la voz de alguien más, se agita, la respiración se acelera, pregunta con desesperanza.

—Mi vuelo sale a las 8 am, pero no puedo hacer check in para regresar, mi vuelo es ida y vuelta con ustedes, pero tuve que viajar una semana antes y no pude cambiar la fecha…

—¿No viajó con nosotros?

—No responde seco

—Bueno, no hay nada que pueda hacer dice pegando la lengua a los dientes frontales superiores, al no viajar con nosotros dice empujando la lengua contra los dientes frontales inferiores, el vuelo se cancela.

—Alega, manotea y finalmente llora, pregunta por otro vuelo, 5.000 euros en clase ejecutiva, al parecer no hay más y por esa cantidad el hombre seguro prefiere ser un migrante más y quedarse Madrid, a este no lo dejaron regresar.

Medellín 2013 fumo, fumo con rabia, estoy en un bar, un parche cervecero, hay ley cervecera, un extra evento en el que después de una ley seca, la cerveza es a mitad de precio, la cervecería quiere alcanzar metas numéricas aunque deba sacrificar facturación, quiere apoderarse de la noche, quiere demostrar que la cerveza también emborracha, la rabia es personal, conmigo mismo, por confiado, por pendejo, acabo de graduarme como filósofo y pronto terminaré las suficiencias para recibir el grado de filólogo, tantos títulos pero tan poca inteligencia práctica pienso, termino el cigarrillo y me monto a un taxi, abro el celular y leo de nuevo —perdón, creí que era mañana, lloro, a mí me plantaron.

—Sí, siempre se me graban más los llantos que las alegrías, pienso al ver el hombre vendiendo dulces subirse al bus, con los ojos rojos, como si hubiera estado picando cebolla.

Al aire

La luz se enciende, y un letrero desgastado pareciese que fuera a cobrar vida, aunque flaquea, su plástico desgastado, curtido hace que sea imposible mirarlo con algo que no sea lástima, las cortinillas corren, las personas dentro de la cabina acercan o alejan su micrófono, y el escenario se transforma.

Cuando está en silencio es una cabina pequeña, vieja, la decoración delata que ha visto pasar por sus micrófonos alrededor de tres o cuatro generaciones y que está lejos incluso de lograr pasar por vintage, su vestidura es anticuada, seguro estrella en otra época, pero lejana de cualquier atisbo de modernidad, los equipos son contemporáneos salvo algún remplazo, un micrófono último modelo y tres conversores para poder conectarlo a una consola envidiada por los museos, un contraste, un viaje en el tiempo. Pero cuando ese letrero moribundo avisa que se acerca la hora, el ambiente es otro, ella brilla, se llena de magia, de las luces amarillas de las bombillas de la consola, hipnotiza con facilidad a los invitados… se sienten transportados a su edad de oro y embelesados hablan.

Los locutores, las locutoras lo saben, lo aprovechan, la sala sigue en pie porque ellos lo piden, pero no es ruedo para cualquiera, hay quienes no comprenden su poder, su lógica, y se intimidan por el show que ofrece, se incomodan por su falta de ergonomía, por su humedad y olor a moho, los incapaces no viajan, se quedan atascados en su apariencia, en su brusquedad estética y caen sin conocer su gloria.

Hoy no parecía que fuera a ser un día diferente, Gabriela saluda, Jorge contesta, la música de fondo comienza a acompañar sus tonos de voz y las bombillas brillan anaranjadas, con una luz que se transforma, parece un día prometedor, las líneas se abren y las llamadas comienzan, el invitado es medianamente célebre y parece estar en su mejor momento, un activista defensor de las nuevas posturas, un tema de esos difíciles de moda, uno de esos que vive más de los escándalos que de los argumentos.

La sorpresa llega cuando la voz que está detrás de la línea saluda a Gabriela e ignora a Jorge y al invitado, algo ocurre, Jorge lo nota por su mirada, está nerviosa, el invitado intuye que algo está fuera de control, que la atención que busca va a serle negada, faltan 15 minutos para los próximos comerciales, quien llamó lo hizo sabiendo que no es posible interrumpir, que está presa del letrero, de su rol y el de su voz.

-Tienes alguna pregunta para el invitado

-No cambies el tema, responde una voz ronca femenina y familiar, familiar para ella, para los oyentes, incluso Jorge puede entenderla, ahora que la reconoce el escalofrío ya no solo lo intuye, lo siente, quien habla aún los atemoriza

-No por la él, para ustedes

-Su respuesta los pone contra la pared, la magia se escapa, la cabina dorada se oculta, cae por su peso, y los viajeros son devueltos a su línea temporal, hay una pesadilla peor que la de escuchar a tu ex productora en la línea, a la persona a la que moviste cielo y tierra por remover de su posición, por arrebatarle el poder, ser expulsado de la gloria, perder el hilo y volver a sentirse humano.

Nacen, no se hacen.

Las facciones de su rostro dejaban ver que algo había cambiado, el semblante era diferente, pálido y cansado como todo editor de estudio, pero esta vez se veía agraviado; un poco derrotado y en él eso era extraño, no porque fuera contra su inexistente jovialidad cotidiana, sabíamos que no ganaría el premio a la sonrisa del año, pero era un hombre optimista, hasta la noche de ayer, lo era… hoy era otra cosa.

Así camino pesadamente hasta la silla y dijo: —nacen, no se hacen. —

No entendíamos bien de qué hablaba, tomó asiento y sacó una cerveza, la destapó sin mirar a nadie, sin agradecer a nadie, y comenzó a hablar.

—Ayer cuando terminaba de animar esas golosinas me golpeó el cansancio, el estrés de la semana, salí de aquí hecho una mierda, me refiero a transformado, sintiéndome una mierda, sintiendo que me fallaba, que la vida la estoy dejando acá a cambio de nada, lo de siempre, —dijo bromeando y continuó, salí a esperar el autobús, y comenzó a llover de una manera violenta, intenté abrir la sombrilla que tenía conmigo, y por el desespero la agité y bloquee el mecanismo dejándola inservible, así que me mojé, el agua se metió hasta dentro de los zapatos y el embotellamiento del tránsito me convenció de ir caminando en esa horrible laguna que se crea en las medias inundadas hasta el tranvía.

En cada paso sentía como la tela gruesa de las medias escurría el agua que había absorbido, la gente con paraguas grandes caminaban sin ofrecer resguardo a los que como yo empezaban a parecer ropa recién lavada, el tiquete que llevaba en el bolsillo se destruyó por la humedad y la máquina que habilitaba la función de mi tarjeta débito para ingresar al sistema de transporte estaba averiada, así que tuve esperar a que llegara un supervisor… que no llegó porque se negaba a salir de su oficina con tanta lluvia. Ttuve que caminar hasta un cajero, retirar dinero y al volver ya era demasiado tarde, ya no llegaría a tiempo para alcanzar el último viaje de la línea férrea desde el teleférico municipal, así que la única opción era ir a la estación de transporte y esperar un bus. —Mientras hablaba la voz le temblaba, daba sorbos largos a la cerveza para calmarse, parecía que huía de su propio recuerdo, que le dolía ver su propia imagen.

—Al llegar al terminal todo estaba agobiantemente lleno, la lluvia hace eso, logra que cualquier lugar con techo se convierte en un campo de concentración, así estaba la terminal con una multitud represada, la mayoría secos, esperando para irse a sus casas, solo los desesperados como yo, los que iban se aproximaban empapados a las ventanillas, y como a mí me gustaría pensar que los atendieron de mala gana, no es un secreto que no les caen bien las personas que mojan los asientos y por eso como a mí les dieron el peor de los puestos junto al baño del bus… necesito creerlo para que al menos sea justa la injusticia.

Fui luego a la cafetería con la esperanza de un trago caliente, un poco de pan fresco, pero estaba viejo, uno dos días habían pasado desde que fue horneado, duro como la calle, frío como la noche, y el café, daba asco el café, en esa derrota constante, llamaron al bus y la primera en levantarse fue una madre joven, con un bebé en brazos, digo bebé pero ya no lo era tanto, era un niño se veía simpático, unos 2 o 3 años, estaba alegre, le sonreía a todo quien iba subiendo y aligeraba el peso de cada uno de ellos, tenía la esperanza de verlo a los ojos y sentir ese alivio que solo los niños y las mascotas pueden brindar, esa tregua que calma al mundo y cuando por fin fue mi turno, cuando subí los escalones, el niño alegre me miró diferente, con una mueca impropia, como si comprendiera mi cansancio, mi dolor y entonces sonrió como sonríen los porteros cuando no te dejan pasar, como sonríen los taxistas cuando dicen que no van por allá, como sonríen detrás de las ventanillas los oficinistas de los edificios públicos cuando te dicen que te falta un documento, como tu jefe cuando dice que lamenta decirte que el aumento no fue aprobado, como los padres y las madres cuando te preguntan si mamá o papá aceptaron, como los veterinarios cuando dan un bosal grande a u dueño sabiendo que el perro podrá soltarse y morderlos; así sonrío y comenzó a llorar, hizo que todo el puto mundo creyera que le había hecho algo… y cuando lo hizo lo supe, los hijos de puta nacen, no se hacen.

Interrupciones

La vida pasa entre pequeños momentos casi imperceptibles, se abre paso como una gotera entre los horarios y las responsabilidades, agrieta la cotidianidad y reclama un espacio para ella, porque la vida pasa incluso cuando uno no está preparado.

Alberto era consciente de eso, le gustaba pensar que lo era, que era consciente de todo, incluso de que, en su control, en su inmenso poder, el azar lo gobernaba todo, era controlador aéreo por sus manos pasaban cada día entre 50 y 100 vuelos al día, cada uno con capacidad mínima para 100 personas, e incluso con ese inmenso poder, con tantas vidas entre sus manos sabía lo insignificante que era, lo minúscula de su existencia.

Sentirse diminuto era la forma como había encontrado para manejar el estrés que puede ocasionar su profesión, y para recordárselo sobre el tablero de control en la torre de operaciones habían hecho pintar un mural de constelaciones, un cúmulo de estrellas, para los demás controladores incluso para él al comienzo era solo un recordatorio de los primeros instrumentos de control, inspiración si se quiere ver de esa manera, pero mientras lo pintaban se había acercado a uno de los artistas y le había preguntado al verlo perdido en su obra -¿todo bien maestro?, ¿todo en orden?

-Me abruma

-Lo abruma, le preguntó Alberto

-Sí, es inmenso, me gusta un poco la astronomía y entre más aprendo, más me inquieta, es un poco como leer a Love Craft a sus dioses antiguos a Cthulhu, es enloquecer un poco ¿no cree?, en esta pequeña representación, en esta diminuta fracción del espacio que estamos pintando, la tierra no es más grande que esta moneda, le dijo, y en esta moneda estamos todos nosotros, los aviones que usted dirige, las pirámides, la gran muralla china y para el universo, nada de eso importa, por eso me abruma me entiende, sé que soy insignificante, pero al ver esta pintura es mucho peor, confirmo siempre que veo imágenes así que al universo le soy indiferente, bueno le somos, y disculpe la franqueza, pero ni usted ni yo le importamos algo al mundo.

Desde ese día, el estrés de su trabajo había disminuido, pero también su interés y su tolerancia a los idiotas, por eso de vez en cuando abría un su canal de comunicaciones e invadía la frecuencia de los audífonos Bluthooth y les recordaba por un par de segundos a los cerdos engreídos que su vida podía terminar en un segundo…

May day, may day, torre de control a 9351, vuela muy bajo, desaparece del radar, may day may day, reporte su problema a torre de control…

Nunca estuvo presente para ver las caras pálidas durante los breves segundos en que su canal de comunicación les llegaba como un balde de agua fría a interrumpirles su día y su vida con un mensaje claro… no sos nada.

Triage

La sala es grande, pero hay tantas personas que se ve pequeña, justa, estrecha, nadie que no lo necesite está aquí, nadie viene aquí a pasar el rato, del otro lado hay pequeñas oficinas, cubículos separados por drywall donde 4 o 5 médicos cansados y mal pagados están frente a un computador, uno lento, con una pantalla a la que le falta brillo, no cuida sus ojos y lo cansa casi tanto como su labor… para poder llegar a ellos hay uno más, un filtro previo, una técnica inhumana como todo lo que venga de la guerra fuera de la guerra, un médico que se encarga solo de valorar las dolencias y los pacientes. 

En la guerra era necesario, había pocos medicamentos, gente muriendo, a los soldados se trataba de salvarles primero la vida a costo de la vida misma, un herido grave con pocas probabilidades de sobrevivir, pero no nulas, se dejaba morir para atender a los otros, se reservaba la anestesia para los casos más graves, miembros que podían salvarse con trabajos dedicados y dosis de medicamentos que escaseaban se amputaban. En la guerra era salvaje, aquí era inhumano. Pero necesario, los borrachos buscaban incapacidades para sus guayabos, los malos estudiantes prórrogas para sus exámenes… no quedó otra opción más que deshacerse de la humanidad.

En la sala hay enfermos leves, personas que no soportan un dolor de cabeza, también hay los que tienen esas migrañas que los dejan ciegos, les inducen nauseas… esos que son torturados en vida por culpa de vegetales alterados, estaban los accidentados, una cortada, un golpe, una caída, un vibrador o una botella atorados…

Todos ellos aguardan, luego estoy yo, esperando mi turno será largo, nada me duele, me siento bien pero no lo estoy, y tendré que convencer de eso a los dos médicos que tengan que verme, tendré que fingir alguna dolencia, saco el celular y busco los síntomas, etapas iniciales, molestias, descripciones y videos, debe hacer un buen trabajo necesito que me crean.

Tengo una bolsa caliente adaptada al abrigo de cuero que llevo puesto, y gracias a la gente que hay en la sala la sudoración no será un problema, debo alcanzar los 38 grados en temperatura corporal, con es mismo efecto bebo un té caliente, para asegurarme que mi boca también lo esté al momento de usar el termómetro, conozco bien el oficio, fui durante muchos años en la escuela de teatro paciente falso, era bueno además, aunque no nunca tuve un papel tan grande, con tantos síntomas difíciles de simular, aún así conozco los trucos, y hoy necesito que todos resulten.

El malestar no es suficiente, debe trascender, debe ser más evidente que algo no está bien, si hay algo peor que vivir del arte, es enfermarse cuando se vive del arte, así que necesito que la medicina pública diagnostique la enfermedad que sé que tengo para que mande los exámenes y puedan atenderme a tiempo, para que cubra los medicamentos y las cirugías, para que pague las hospitalizaciones, solo tengo una oportunidad para convencerlos de que necesito los exámenes, si fallo escribirán en la historia médica que el paciente cree tener, hipocondríaco o alguna cosa por el estilo y mi suerte estará sellada, nadie me creerá hasta que sea muy tarde.

No puedo decirles la verdad, no me creerían que Andrea ha soñado durante cuatro días con un círculo negro que me quema las entrañas, nadie aceptaría como evidencia el hecho de que desde que ella tiene 7 años ha soñados con todas las enfermedades de las personas que conoce, pulmones colapsados, hígados grasos, corazones entumecidos, sería más fácil si me creyeran, tendría más esperanza de vida si pudieran creer mi truco o confiar en la palabra de ella. Pero allá donde le creen no hay hospital, ni consultorio, solo un puesto de salud itinerante donde reciben las excursiones médicas y que tiene alguna utilidad gracias a que para su visita semestral todos los pacientes cuenten ya con su diagnóstico, el que ella les da, pero para ellos su don no es ciencia, y por eso mi vida no está en riesgo.

No van a tomar en cuenta mi palabra ni los sueños de Andrea, odian a los curanderos y más si son mujeres, y con mi pasado actoral, de estafador no me bajarían, así que no tengo más remedio que hacer que funcione… Múnera llaman de recepción, me levanto nervioso, camino al mostrador, se me nubla la vista y caigo con un dolor punzante en las entrañas, sudo un poco, llaman la camilla… quizá ya sea tarde.

Propósito

No tengo abuelos, parece extraña la afirmación, todo quien tiene un padre tiene abuelos, aunque esté muerto, siempre y cuando no sean ellos los que te hayan criado. Mi infancia no fue parecida a la de mis primos, soy el mayor de todos los hijos de los hijos de los viejos, ellos me criaron, y por ende me tratan a veces como un hijo más, con esa frialdad tosca de su generación, mientras que todos los demás disfrutan de ese cariño alcahueta que da quien malcría y no quien cría.

Cada año, mejor cada final de año nos reunimos en su apartamento, es atípico, los apartamentos actuales son pequeños, diminutos, el de ellos esa una casona en una torre vieja como ellos, queda en el centro de la ciudad y aunque afuera en la ciudad hay ruido, alegría y fiesta, adentro los vidrios anti ruidos lo opacan todo, por eso adentro solo hay silencio, para mí fue siempre así un lugar de orden y sacrificio las risas llegaron con esos otros hijos tardíos de sus hijos, esos que los cogieron jubilados… muy bien jubilados. A lo lejos las luces estallan adentro las risas de ellos.

Esa escena tan amena es una tortura porque para los nietos todo es fiesta, pero para los hijos es una rendición de cuenta, hora de pagar el tributo de la realización y de recibir el abrazo orgulloso, ese símbolo de la deuda moral saldada, ese al igual que sus mimos y consentimientos alcahuetas solo lo he visto a la distancia, los aplausos siempre se los llevan las mujeres, algunas tías me cuentan que mi mamá era siempre la favorita, hasta hace 28 años, sí, los mismos que yo tengo, hoy ella tendría 45, quizá es eso, que mi existencia les recuerda que su mayor alegría era humana tenía deseos también de esos que no se cuentan y no pudo resistirse a su profesor de filosofía, quizá es el hecho de que mi nacimiento acabó con su vida, literalmente, mi papá no tuvo forma ni ganas de enfrentarlo y desapareció de la sala de partos, fueron ellos los que a pesar de haberla echado de casa meses antes tuvieron que ir por mí, y entrar a reconocer a su hija en una bandeja fría.

Mi infancia, no, mejor mi vida, no ha sido digna, nací en deuda, por desgracia e, bicho de la literatura vino conmigo y ese horrible gesto de leer parece que les recuerda a ese hombre desgonzado y débil, nunca lo he visto, no conozco sus fotos pero siempre se refirieron así a mi padre, como un remedo de hombre, delgado, cara triste, cabello desordenado y barba desalineada, no tengo aprecio por él, así que no me molesta que hablaran mal de él, pero no lo conozco ni me educó, y por eso odio que me digan que soy su viva imagen, no solo les recuerdo a su hija muerta, a sus ojos soy también el hombre que causó su muerte, lo cual es difícil porque eso también es cierto.

La abuela saca un pergamino especial, cada año lo trae de Jerusalén, quiere que escribamos los propósitos, a los que más los defraudamos nos entrega un pedazo de papel y una notita al pie, “una sugerencia amorosa” increíble que pasados tantos años sigan tratando de convertirnos en sus modelitos.

Recibo el papel lo leo: 1) estudia, 2) abandona la lectura inútil, mi abuelo fue ingeniero en los 20 en la década del 70, si un hombre ahora cree que la literatura y la filosofía son estúpidas e innecesarias, para un hombre de su época es lo mismo que un porro, 3) deja las drogas Ja me equivoco pero que las droga 4) Cásate, esta es nueva, ahora según se ve, creen que una mujer podría obligarme a abandonar las letras 5) Motílate y peínate , esta si es una vieja conocida, aunque me gusta mucho ver como ha perdido en el ranking de los 15 a los 19 siempre fue la prioridad. Dejo de leer y arrugo el papelito, escribo mis propósitos:

1) No volver la siguiente navidad (esta también es una vieja recurrente, pero ya terminé la u y ya no los necesito)
2) Cortar comunicación con ellos (este es nuevo, lo pensé mucho, no puedo avanzar si ellos siguen juzgando cada paso)
3) Cuidar más de mí (Esta está de moda, es una frase vacía, pero me gusta, quiero lo que mis pri-sobrinos sí han tenido, cuidado)
4) Un trío… soy hombre algo malo tengo.

No escribo más deseos, ahora debemos ponerlos en un tallo de galletas, lo echo deseando que alguien lo lea, que pueda ver uno o dos deseos, es nuestra última medianoche de fin de año junta, y ellos no lo saben, pero quisiera que lo supieran.

Nadie los ve, el papel arde, los niños ríen con sus colores, la mirada de mi abuelo ya no duele, pero incomoda, sigue siendo afilada, sigue juzgando, salud le digo estirando una cerveza, quiero que sepa que sé que me mira con desprecio; aparta la mirada y toma una copa de vino.

Bebo un trago largo, me pierdo en el naranja y el rojo, en el humo, feliz año pienso y sonrío.

Presentes

Jorge se mueve con fluidez entre la gente, no corre de manera agitada, no parece si quiera que esté corriendo, su cabello no se agita, no se revuelve, algo que sería extraño en cualquier otro ser humano, en él es usual, siempre se ve en control, siempre. No empuja ni apresura nadie, esquiva, se adelanta a los hechos y avanza con una facilidad aterradora, yo estoy atrás atrapado en tráfico humano, en este caos indescifrable de compras de último minuto, de centros comerciales atestados de gente, cuánto lo envidio… no solo por moverse más rápido que yo, sino por esa puta costumbre de adelantarse a todo. Un puto enfermo que no puede solo estar aquí y ahora.

La gente me choca y yo les devuelvo el cariño, después de todo soy grande, pesar 120 kilos y medir 1.85 me permite salir sin dolores, no tumbo a nadie, no molesto a nadie, pero a esos que no tropiezan, a eso que tienen afán y que intentan incomodarme, a esos no trato de evadirlos, los busco y los atropello, con fuerza, que reboten, que entiendan que su prisa no es una razón para incomodar al mundo, odio a los egocéntricos, a los impertinentes y los desconsiderados, a todo el que no piensa en el otro, a todos ellos, quiero llevármelos por delante. Evitarlo me dotaría de nobleza, soy capaz de forzarlos, intento no hacerlo, pero estoy cansado de verlos, de permitirles creer que tienen el control y el poder, Jorge es sutil, los esquiva, no se inmuta, fui como el mucho tiempo, pero ya soy incapaz de hacerlo, quizá él siga mis pasos, quizá yo los suyos, pero por ahora no quiero evadirlos, quiero mandarlos a la puta lona donde deberían estar.

Necesito 3 presentes, el centro comercial parece decidido a retrasarme, a negármelos, pero es mi culpa, sé que es mi culpa, soy terco, no aprendo las lecciones, los perfume no combinan conmigo, mi cuerpo no los absorbe bien, pero me gustan, los perfumes tienen cierta magia, crean ambientes, imágenes, hay elevadores que quedan impregnados de aromas e imagino a las personas que los usan, quiero ser esa imagen en la mente de alguien, así que demoro más de lo debido y la hora pico llega antes de terminar las compras, Jorge las tiene listas desde la última semana de noviembre, tiene gusto, mucho gusto, sus regalos nunca dependen de las ofertas de temporada, no son costosos pero son exquisitos, serenos como él, saberlo me recuerda que soy un desastre… quizá el siga mis pasos, quizá yo los de él. Por ahora lo veo escabullirse y llevarme a los almacenes que le gustan. Son comunes, casi invisibles, en ellos no hay filas ni aglomeraciones, el gusto, el buen gusto es así, difícil de encontrar para quienes no reconocemos las señales, son económicos por fortuna, y estando allí no hay pierde.

Encuentro con facilidad lo que necesito, me abruma saber que hay un mundo que no puedo ver, secretos frente a mis narices, quizá él deje de ver el mundo con esos ojos, quizá yo aprenda a ver el mundo como él lo hace, quizá pueda ignorar a aquellos que me roban la paz, la tranquilidad, pero eso implicaría dejarlos ser, y no quiero, necesito darles algo que los despierte, un regalo que les abra los ojos, un derechazo a la quijada…

Él se rie, presiento que sabe lo que pienso, no lo hace, pero pasa con todos los que aprenden a fluir en el mundo, no con el mundo, no mezclan, son como un velero, encuentran las corrientes que los benefician, leen el viento y el mar, saben cómo cruzarlo para aprovecharlo y alejarse de la vida turbia, de las tormentas, están meciéndose en la cresta de la ola, y encuentran en las estrellas, en su instinto ese norte que los lleva siempre a buen puerto.

Yo en cambio me siento como un carguero, pequeño, fuerte y capaz de arrastrar a estos hijos de puta lejos de la orilla. Sí quizá aprenda a ver ese mundo que ve Jorge, mientras tanto a los hijos de puta tengo muchos presentes para darles.

Interrupciones

La vida pasa entre peque

re pequeños momentos casi imperceptibles, se abre paso como una gotera entre los horarios y las responsabilidades, agrieta la cotidianidad y reclama un espacio para ella, porque la vida pasa incluso cuando uno no está preparado.

Alberto era consciente de eso, le gustaba pensar que lo era, que era consciente de todo, incluso de que, en su control, en su inmenso poder, el azar lo gobernaba todo, era controlador aéreo por sus manos pasaban cada día entre 50 y 100 vuelos al día, cada uno con capacidad mínima para 100 personas, e incluso con ese inmenso poder, con tantas vidas entre sus manos sabía lo insignificante que era, lo minúscula de su existencia.

Sentirse diminuto era la forma como había encontrado para manejar el estrés que puede ocasionar su profesión, y para recordárselo sobre el tablero de control en la torre de operaciones habían hecho pintar un mural de constelaciones, un cúmulo de estrellas, para los demás controladores incluso para él al comienzo era solo un recordatorio de los primeros instrumentos de control, inspiración si se quiere ver de esa manera, pero mientras lo pintaban se había acercado a uno de los artistas y le había preguntado al verlo perdido en su obra -¿todo bien maestro?, ¿todo en orden?

-Me abruma

-Lo abruma, le preguntó Alberto

-Sí, es inmenso, me gusta un poco la astronomía y entre más aprendo, más me inquieta, es un poco como leer a Love Craft a sus dioses antiguos a Cthulhu, es enloquecer un poco ¿no cree?, en esta pequeña representación, en esta diminuta fracción del espacio que estamos pintando, la tierra no es más grande que esta moneda, le dijo, y en esta moneda estamos todos nosotros, los aviones que usted dirige, las pirámides, la gran muralla china y para el universo, nada de eso importa, por eso me abruma me entiende, sé que soy insignificante, pero al ver esta pintura es mucho peor, confirmo siempre que veo imágenes así que al universo le soy indiferente, bueno le somos, y disculpe la franqueza, pero ni usted ni yo le importamos algo al mundo.

Desde ese día, el estrés de su trabajo había disminuido, pero también su interés y su tolerancia a los idiotas, por eso de vez en cuando abría un su canal de comunicaciones e invadía la frecuencia de los audífonos Bluethooth y les recordaba por un par de segundos a los cerdos engreídos que su vida podía terminar en un segundo…

May day, may day, torre de control a 9351, vuela muy bajo, desaparece del radar, may day may day, reporte su problema a torre de control…

Nunca estuvo presente para ver las caras pálidas durante los breves segundos en que su canal de comunicación les llegaba como un balde de agua fría a interrumpirles su día y su vida con un mensaje claro… no sos nada, recordándoles que la vida pasa incluso cuando ellos no quieren.

Delicadezas

—Detesto los miércoles, son días de terapia, el nuevo sicólogo es un snob pretensioso, un don nadie con ínfulas de poderoso, es política de la firma y no tengo palabra sobre la decisión, debo ir, debe ser real, no solo sonar real, ellos tienen accesos a toda mi historia, así que saben bien que botones apretar, tampoco tengo forma de evadirlo si quisiera.

Estoy dolorido, cansado, tengo miedo, el síndrome del impostor, nada especial, pero además temo estar envejeciendo y cada vez es más evidente, no es una crisis ridícula, no me estoy vistiendo diferente, ni más a la moda, no quiero un deportivo rojo ni una escapada a Europa, pero la confianza ha disminuido, no tengo claro si aún está vigente mi visión del mundo.

Todo iba a bien hasta hace un par de semanas, tuve un ataque de pánico y por primera vez no llegué a una reunión, un cliente importante, una condena importante, sabía que no debía salir y salí, perdí el foco, el paso del tiempo, la audiencia…

Y eso me tiene frente a este cretino, hablándole de cosas de las que, para ser sincero, aún no tengo claras. No lo digo todo, solo lo suficiente, tengo miedo, ataques de pánico, no quiero dejar de ser yo.

Su discurso comienza —Cualquiera lo sabe, si de verdad se quiere comprender la dimensión de algo, el bocado debe ser pequeño, un trozo basta, mucho, abrumaría las papilas gustativas, desbordarían la atención, por eso es necesario el control, no morder más de que lo se puede tragar.

Lo que no te dicen es que es así para todo, que excede a la cocina, y que de la misma manera en que de niño te llenaban la boca de papillas y purés, la vida lo hace de mierda, de decepciones y golpes bajos… en la cocina aprendes por elección, tienes que interiorizar esos sabores para buscar nuevas oportunidades, para comprender sus matices; en la vida no te da más opción, no hay menú a diseñar, ni otro plato para degustar, la vida simplemente te lo sirve y a veces tiene el olor y la textura que te ofrece, otras lo dosifica como brujería homeopática y te llena de pequeños momentos de mierda, pequeños pero poderosos que terminan por arruinarte el gusto.

Por eso lo más importante en la vida es saber catar, primero un bocado lento, saber ir despacio, analizar las cosas, ya deberías de saberlo, y también tener presente que no se trata de ti, nada hay de especial en ti querido, —Dice eso con un acento argentino que me molesta, un dejo memorizado y no aprendido, sé que vivió en Argentina, pero no lo suficiente para que haya sido algo que se quedara, no es involuntario, por el contrario, es su propio deseo de conservarlo.

Detesto su condescendencia, su falsa empatía, su amor por el dinero, siempre he odiado eso, la gente que habla con tanta seguridad de todo me genera aversión, maquinitas programas sin miedos, autómatas lógicos, incapaces de pensar en posibilidades fuera de las acordadas, cuando están oprimidos me dan pena, pero cuando en puesto de poder los aborrezco, personas llenas de oportunidades pero incapaces de cuestionar, de cuestionarse, tan planos y racionales, tan muertos por dentro.

Nota que me he distraído, ha leído el expediente, revisa sus notas, refuerza su postura, me mira a los ojos y busca afirmación, asiente, intenta inducir el movimiento en mí, quiere de nuevo el control, sabe que no lo tiene —Debo pensarlo, le digo porque quiero que sepa que lo escucho, pero también que lo rechazo, no es fácil, agrego, ya sé que el universo no conspira ni a favor ni en contra de nadie, que no sabe de mí, mi problema no es que me crea especial, ya se lo he dicho, tampoco que sea malo o que me sienta obsoleto, es solo que algo cambió, el mundo no es ya el mismo, los ingredientes son ligeramente distintos si quiere llevarlo a la cocina, ya no hay normal, solo marina rosada del himalaya, no me va a superar tampoco, solo tengo probar y entender cuanto es una pizca con ella.

Asiente pero tiene rabia, —Eso, dice y dejar de beber agrega, también tomarse estas pastillas y 1 sesión más cada semana por 3 meses.

Asiento, pero estoy agobiado, ahora serán dos días los que odie a la semana, y él y yo estaremos frente a frente en juego de ajedrez plago de delicadezas.

Cauchito

Los mejores apodos tienen historias, esta es la mía pero para entenderla habría que contar un poco más, algo así:

Ese día mientras que almuerzo frente a mí se encuentran dos personas, las conozco, somos compañeros de trabajo y amigos, hablamos de algo, un almuerzo cotidiano, sin tensiones, y de repente sus ojos se abren, las caras cambian, los rasgos se tensan y sus cuerpo se mueven un poco hacia adelante, no sabría bien expresar lo que me dicen sus gestos, es obvio que pasa algo, hay angustia, su rostro no dice, GRITA que algo ocurre, el momento pasa rápido, y por eso las palabras no se articulan, de repente el suelo sobre el que estamos se estremece, hay sonidos de platos y vasos golpeando el suelo, platos finos y pesados, vasos robustos… nada se quiebra, son golpes secos y sonoros.

Me cubro la cabeza, tengo miedo, aunque el sonido es distante, pero al instinto, la razón le habla en otro idioma. Imagino que lo que ellos ven es parecido a lo que yo veo pero diferente, mis ojos nerviosos entrecerrándose, mis manos que intentan convertirse en un escudo se cierran sobre mi cabeza, la boca torcida, patética, una imagen patética si se tiene en cuenta que mido 1.90 y peso 110 kilos no debería temer a los golpes, incluso si son inesperados.

A mi espalda dos meseros han tropezado, sus piernas han olvidado la sincronía y el espacio cerrado los ha puesto en una situación impensable; generalmente los restaurantes delimitan zonas, territorios, y como todo territorio el conflicto suele darse en las fronteras, en esos espacios donde la silla de la mesa 8 está muy cerca de la mesa 9, los meseros son recelosos con sus espacios, un solo tropezón puede costarles todas sus propinas, y arruinar su noche y dependiendo de lo que lleve en sus manos o su bandeja quizá todo su mes…

Por alguna razón la idea de cuanto dice un rostro, de que tanto narra… pienso en las veces que la cara me ha arruinado la mentira, los momentos donde el cerebro de alguien que me mira a los ojos dice: no es cierto, no se cree, no le caigo bien, sí me rompiste el corazón…

Los gestos, la gestualidad marca, un buen orgasmo, una buena noche, una decepción… todo se graba por medio de ellos.

Pasan las horas y la idea me abandona, estamos en una reunión, estoy inquieto, no tenemos todo lo que el cliente espera ver, estamos tratando de solucionarlo en caliente, como si fuéramos una puta cocina y no un estudio de arquitectos, cuando eso ocurre pierdo la capacidad de estar tranquilo, el cuerpo se mueve solo, y en medio de esa ansiedad voraz meto la mano al jean, siento las gomas de los frenos y pienso que mientras que los demás terminan esta horrible presentación debo ponérmelos antes de que terminen, engancho el canino izquierdo inferior con el incisivo superior izquierdo, uno más y todo está listo, lo tomo lo engancho en el canino derecho inferior y cuando lo estiro se suelta y sale volando, veo el rostro de todos, se descomponen, el caucho vuela, los rostros tienen una mirada de compasión premonitoria, una vergüenza entretejiéndose, una burla lastimera que me acompañará toda la vida, el caucho sigue volando y golpea al cliente justo en el ojo, su rostro desconcertado y asqueado congela el tiempo.

-Ojalá se haya cepillado cauchito, dice… el sobrenombre nunca va a olvidarse, todos contarán una historia divertida al llegar casa y yo, una humillante.