Simple.

Ella habla, él la escucha. Ella juzga, él es juzgado. Hay algo siempre un poco oculto entre lo que se dicen dos personas, un lenguaje enmascarado en otro: lo que se dice, cómo se dice, cuándo se dice, no es siempre solo lo que se dice. El contexto, el tiempo, la cadencia, el tonito —como dirían las abuelas—, todo suma. Y aún así, se habla con tanta ligereza la mayor parte del tiempo, que todos saben todo, dicen, que está implícito de manera tácita y que no se requiere más. El idioma es uno, el lenguaje es otro.

Él solo raya un tomate y disfruta de la pulpa deshaciéndose contra esos orificios metálicos. Lo siente replegarse hacia la piel, la misma que antes protegía su interior y que ahora cuida de sus dedos y su palma, mientras que ella lo apremia.

—Algo simple te dije, que quería algo simple, y a vos te da por sacar unos aros de calamar y empezar con tus pasos y tus recetas —dice ella, visiblemente agitada por las verduras salteadas.

Él se repliega.

—No es complicado —asegura—. Espera —dice.

No es ingenuo, no traga entero discursos, pero algunas cosas simples simplemente no le atraen.

—Fácil, simple y simplón no son sinónimos —dice, aunque sabe que ella no lo escucha. No es un debate ni de argumentos ni de cocina, no para ella. Él lo intuye, pero no la confronta.

En otra sartén, ya caliente, lanza los aros de calamar. Los jugos se desparraman y acumulan en la sartén y, cada cierto tiempo, los retira y reserva. Toma su tiempo saber algunas cosas: cuándo hacer qué, cuándo cortar, cuándo mezclar, cuándo revolver. Si se miden los tiempos, todo está justo a tempo y se evitan contratiempos —piensa y sonríe—. Resuena, y eso lo hace sonreír.

Por fortuna, ella no nota su sonrisa. Es una lástima que no lo haga. Se pierde el goce genuino de quien disfruta lo que hace. Calentar una arepa tardaría lo mismo, unas pastas con atún similar. Sí, tienen más tiempos muertos, más momentos llenos de nada: de calentar el agua, de voltear la masa, de no estar presente en la cocción ni el hervor. Eso él prefiere evitarlo. Así que usa tres estaciones al tiempo, retira los calamares ya cocidos y agrega las verduras a la misma sartén. Busca ahora el arroz, lo arroja sobre la colorida alfombra de vegetales salteados, lo echa en cruz y deja que dore un poco. Sabe que la receta no lo pide, pero a él le gusta: una simple cuestión de gustos.

Ella camina de un lado a otro, mira el reloj, lo mira a él y lo culpa, lo responsabiliza. Mira el celular. Él está en calma. Agrega al arroz y a las verduras dos tazas de jugo de calamar y una taza de agua. Esparce, casi decorando. Alza el fuego y el aroma llena la casa. Va ahora a la poceta, comienza a lavar los platos, los bowls, el cuchillo y los cucharones. Es cuestión de optimizar el tiempo, de darles vida sin verlo pasar. Espera. Se devuelve al fogón, baja el fuego y agrega de nuevo las gomas blancas del calamar. Regresa a lavar. Estriega, refriega, jabona, enjuaga y a secar.

Termina con el delantal empapado. Es pésimo lavando, lo sabe. Trapea y vigila, camina y vigila su sartén. Ella no lo nota, pero no quiso usar la paellera para no molestarla. Es una lástima, porque ella ya está molesta. Le queda mejor en paellera, pero no tiene duda del sabor. Camina al fogón y lo apaga. Salta a la nevera, toma un poco de perejil liso y de cilantro. Los enjuaga y el aroma se alborota. Los pica y los esparce.

12:30 en punto. A tiempo. Justo a tiempo. El mismo que le hubiera tomado integrar la salsa con la pasta, con el atún en lata. Mira su obra, satisfecho. Ella lo mira y lo recrimina.

—Hubiéramos almorzado hace 10 minutos si hubieras hecho algo simple.

Y esa última palabra resuena, sus ojos se abren, el sonríe, sirve y lo lleva a la mesa; le pone en frente un salero y dice ahí está como lo querías, simple.

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