Hasta sentirlo

Es fácil creer; no requiere de mucho. En la expresión de una creencia no hay convicción; es más algo social, pensaba sin decirlo, cuando escuchó que le preguntaban si creía lo que acababa de escuchar.
—Podría creerte —contestó—, podría decidir afirmar que lo hago, pero no es una buena pregunta.

Creer, cuando uno pronuncia esa palabra, admite que solo la convicción, muchas veces ni siquiera personal, soporta esa elección. “Yo creo”, dice el que piensa que la Tierra es plana, o el que habla de Tartaria. Los conspiranoicos creen, y los mediocres… a esos les encanta creer, porque el que cree delega su fracaso y su triunfo. El que cree abdica su juicio y reparte las culpas.

No es creer lo que importa, más aún teniendo en cuenta lo que se había dicho. Creer no existía en el dialecto extinto de la civilización que allí habitó alguna vez. Ellos no creían en nada: ni en demonios, como aseguraron sus conquistadores, ni en ídolos, como afirmaban sus evangelizadores. Ellos sentían. No creían en un Dios; sentían a su Dios. No era un sistema argumentativo el que le daba nombre y forma. Era una convicción simple y sencilla, algo que podía intuirse, algo que daba fuerza y espacio, norte, significado. Una brújula que siempre enmarcaba aquello que hacían. Uno puede fingir creencias, pero no se puede fingir un sentimiento. Al final siempre se nota cuando algo se siente.

“Tiene sentido, es decir, puedo sentir que es coherente y tiene sentido de verdad. Siento que, al compararlo con lo que sé y con lo que he vivido, puedo aceptarlo”. Asiento, aunque no lo explico. Tan solo digo: es más difícil sentir que creer. La idea no me suelta, ni yo a ella.

Camino por sus templos y por sus pasos. Camino sobre ellos, intentando recorrer algunas de sus ideas. Subo a sus dioses, sus montañas. Busco su reflejo en sus lagos, en aguas espejadas, y sudo para lograrlo. Tiene mérito buscarlos. Se siente en el aire pesado y en la rítmica circulación que se apodera de mi cabeza al hacerlo. Tum, tum, tum, tum, retumba al caminar mi cabeza.

—¿No siente frío? —pregunta otro guía en otro lado—. Parece que viene a veranear —afirma.

No lo culpo. Subir a 4,000 metros de altura con una camisa de las Tortugas Ninja no es muy adecuado. Pero no pienso desgastarme contándole que el frío no me da frío, no con facilidad, y que además llevo una camisa térmica por debajo. No vale la pena. Él no podría sentirlo, y no me interesa que diga que me cree solo para no discutir. Además, es su trabajo: recordarle a la gente que el frío es real. Supongo que hay también algo de premonición. Él lo ha sentido. Ha visto, seguramente, a muchos sentir a los vientos helados y la neblina morderlos, y verlos devolverse hasta el carro a buscar abrigo. Quizá ha tenido él que prestarles algo para poder continuar a tiempo. Lo siento, lo entiendo.

—Soy bueno para el frío —digo y camino, digo y subo, hasta que él siente y asiente. Es cierto, lo es.

Al final, se trata de eso: de sentir, de encontrarle sentido, de que los detalles encajen, de sentir que todo está en su lugar, de que estamos donde debemos estar, haciendo lo que, por alguna razón, deberíamos estar haciendo. Sin justificarnos ante otros, sin intentar explicarles por qué en lo que creen no deberían creer. Quizá llegue el día donde algo se mueva y sientan ese hueco que nada de lo que creen puede llenar, y tengan que buscar hasta que dejen de sentirlo y empiecen a sentirlo.

Pasa la página

2024; Si fuera un boleto de lotería, pensé, no lo hubiera comprado. No es un número bello, no me despierta nada. No tiene la magia del 87 ni la del 26; le falta la simpleza del 07. Por fortuna, no era un boleto de lotería. Por fortuna, no era una opción. La suerte estaba hecha, los dados lanzados, la ruleta girando. El 2024 iba a suceder a pesar de mi falta de afinidad numerológica con él.

Es curioso hablar del tiempo como algo relativo, cuando es una medida exacta. Las percepciones personales o las creencias no lo afectan y, sin embargo, no dejaba de pensar en lo largo que se había hecho. Había escrito poco, leído poco, dormido poco. El año fue largo, pero qué poco de mí había en él. Costaba encontrar los pasos; la imagen en el retrovisor era difusa.

Había cosas buenas, grandes, pero qué poca constancia. Un año típico, bisiesto para colmo: un día más, pero tan poco. No fue malo, aclaró su pensamiento. Fue un buen año: hubo abrazos, besos, polvos. Pero no estaba acostumbrado a tanta quietud, y menos a una quietud sin calma. No era lógico. El año había sido una puta turbulencia en un cielo tranquilo, una tormenta sin viento en medio del mar. Un año raro. No tenía la magia del 48 —el número que usaba cuando jugaba por la banda derecha— ni la gracia del 19, uno de los mejores años de su vida, ni tampoco la del 15, ese que vivió al sur. Qué raro había sido.

Pensaba eso mientras acomodaba un par de papeles, mientras escribía un par de sueños: qué dejar atrás y a qué provocar. Quería desprenderse del tedio, del cansancio. Escribía prometiéndose que el futuro se distanciara del pasado, como si no creyera que ese era solo una consecuencia del otro. Ahora que estaba viejo frente al papel, se sentía como cuando era joven y mareado frente a los espejos. Se confrontaba escribiendo, ya no bebiendo; su hígado ya no estaba para eso. No en cualquier derrota ni victoria se malgastan las resacas. Ya no son tantas, tampoco, y sonrió al pensarlo: ya no necesitaba tantas. Es cosa del tiempo, dejar de buscar mucho, apreciar lo poco, entender lo poco. Sonrió con ese pensamiento. No era nuevo, no le servía de nada, pero recordó que no era nuevo, que constantemente hacía eso: encontrar causas evidentes a problemas que ya había previsto. Qué inútil se sentía cuando veía venir la caída y no adoptaba la postura correcta para amortiguar. Sonreía porque era un poco lo suyo: dudar tanto de todo que evitaba incluso hacerse caso. Lo sabía, pensaba mientras escribía, lo sabía.

Lo sabré ahora. El 2025 tampoco era un número con el que resonara. No había nada en él que llamara su atención. Quizá tampoco tuviera mucho para él. Y el sentimiento de antes volvió: no hay mérito en la cantidad, no hay éxito en ella. Mucho, poco, no importa. Pienso mientras escribo: el 2024 no lo hubiera jugado, no lo hubiera elegido, no lo hubiera perseguido ni querido. No existe el «hubiera», porque si mi tío tuviera tetas sería mi tía. Es como en el fútbol: ganar da tres puntos por uno o por diez, y la única forma de perder es perderse. Sonrío de nuevo y bebo. Sonrío de nuevo viendo las luces a lo lejos. No me veo siempre, pero hay rastro. No es fácil de seguir, pero se nota por dónde he caminado. No he ido todo de frente, pero aquí estoy: un poco más al frente. No está mal. No todos los que deambulan están perdidos. Sigue tu nariz, pienso, y me río. Nadie le quita a uno lo leído, ni siquiera en los años donde se lee poco. Escribo, entonces, porque tampoco nadie me quita lo «escribido», ni siquiera el derecho a escribirlo mal. Sonrío mientras pienso en «escribido». Resisto el impulso de tacharlo, de corregirlo. Lo sabía, pienso. Hay cosas que simplemente no quiero evitar, ni siquiera cuando son un error.

Simplemente paso la página. Enciendo el fósforo y me pierdo viendo el azul convertirse en naranja con cresta amarilla: el olorcito a quemado, el humo, la ceniza. Simplemente otro año, otro número. Simplemente, pasar la página.

Contraluz

La hoja en blanco, la garganta llena, los párpados pesados, la boca seca, las ganas agotadas, la rabia distraída, los ojos perdidos…

—Escribí, se dice. Escribí. ¿Sos un escritor, no? ¿Qué te cuesta, si es lo que sos? ¿Lo perdiste? ¿Te perdiste?

El silencio no ayuda. Me escucho, más fuerte, y me duele un poco el vientre. Me caigo pesado, tengo el estómago sensible. No puedo conmigo, con tanta mierda. No mientras estoy sobrio. No tengo la fuerza. Nadie tiene la fuerza. Y lo peor de todo: no soy yo. Yo soy solo la gota que derrama el vaso. Afuera ya hay demasiado como para sumarle lo de adentro. No tengo lo que hace falta para vivir así. Así no puedo. Sobrio, no puedo.

—Escribí, escritor. Sacá las palabras. Jugá con ellas. Llevan mucho ahí, demasiado tiempo guardadas. Están sucias, huelen un poco a humedad, apestan a miedo. Vos tenías tufo casi siempre, pero nunca miedo. Tenías por lo menos eso: agallas. No te callabas, ni siquiera cuando hubieras debido hacerlo. Ladrabas fuerte. Y, cuando hacía falta, mordías. Sabías morder. Pero ahora tenés miedo. Y no de los demás: de vos. De volver a ser vos, de tu voz, de perderla y de usarla. Puedo olerlo.

Sniffffffffff, suena en su cabeza. Snif, snif. Apestás. Apestás a derrota sin riesgo. Apestás a miedo. Sí, tenés tanto miedo que no has vuelto a leer. Sabés que leer te provoca, que encontrar eso que otros no dijeron es gasolina. Lo evitás, pero las imágenes son fuertes y cada vez más constantes: unos zapatos de charol negro con medias con boleros y una falda negra; unas manos sobre un piano presionando las teclas y una melodía intensa; un violín estridente; un saxo profundo. Esas cosas te duelen. El viento y las cuerdas siempre te han hecho eso. Necesitás escribir o emborracharte, pero tenés miedo de ambas. Lo sabés, lo pensás. Pensás que los mareos son en parte eso. Sos una olla a presión y sentís que algo está por estallar: tu corazón o tu cerebro. No sabés qué, pero algo va a estallar.

Mientras se escucha frente a la pantalla en blanco, frente a la hoja en blanco, siente su circulación, su cuerpo, su mareo casi constante, su miedo casi constante.
—¿Será que me voy a morir, joven y sin obra, sin nombre, sin mí?
Piensa, contrariado y distraído. Piensa en esos puntos donde tomó decisiones, en esos pasados donde se vio a los ojos. Ninguna parece causa suficiente para este atragantamiento de palabras, para esta represa de letras. Culpó al cansancio, a la ocupación, pero tiempo ha perdido de otras maneras. Sabe que, al final, no hay excusa.

Así comienza a martillar letras. Comienza a repasar imágenes.

—¿Se siente bien, verdad? Te gusta.

Tiemblan sus manos, y lucha por volver a acomodarlas en el escritorio. Se siente extraño. Ha perdido esa posición que antes le salía natural. Pero, si recuerda eso, puede buscarla. Quizá mejorarla: un lugar donde la tabla no talle, donde sus dedos no tiemblen. Siente el óxido y la torpeza. Martilla donde no van las letras. Llena las páginas de erratas, pero no importa. Puede editar después. Sabe que lo importante es perseguir esa letra siguiente. No es tan diferente de una IA después de todo. Un borracho, un escritor, hace lo mismo que ese estúpido algoritmo: intentar predecir la palabra siguiente, intentar ser el mono infinito. Sonríe. Le gusta la idea. Se siente bien. No sabe de qué va a hablar. Quizá su detective favorita vuelva. Quizá su Sherlock del Magdalena. Quizá hasta él mismo vuelva a la página en blanco.

Los ojos arden de ver el blanco de la pantalla, pero se consuelan con haberlo cubierto un poco. Quizá esa sea la función de un escritor cerca de los cuarenta: eclipsar un poco esa pureza ingenua, oscurecer lo suficiente para que la pupila se acostumbre, para que el destello mengüe, para poder ver las formas y los contornos. Quizá sea eso. Quizá siempre se haya tratado de eso.

—No desvaríes, escritor. No hay un fin en el arte, y mucho menos en la escritura. No hay un porqué ni un para qué. Lo sabés. No existe una razón. Lo que hay es un impulso, una idea. Una que hay que perseguir como un perro loco a los carros, como un fanático a su equipo. Una emoción, una sensación. Sabés que estás vivo por ese deseo de perseguirla, por esa intención de alcanzarla. Porque te impulsa, porque te obliga a incomodarte. Necesitás esa sensación de estar tras de algo, de no perderle el rastro, de sentir su aroma, imaginar su aroma, la temperatura, el roce. Necesitás evocar. Todos necesitamos intuir un poco nuestro futuro para tenerlo presente. Sin eso, el ser humano no es humano. Sin eso, no despierta. Sin eso, no hay más que una hoja en blanco.

No se trata de eclipsar la pureza. Se trata de llenarla, de perderla, de existir, de escribir. Ese es el único ritual. Lo sabés, ¿no? Lo intuís. Bienvenido a casa y a las letras.

Humo

Por donde camina hay humo, humo blanco de carbón mojado, de brasa menguada, humo de parrillas que intenta con su olor a madera quemada esconder el que emanan de sus parrillas, parrillas ennegrecidas por los años de uso, y abultadas por la carne carbonizada que se ha solidificado sobre ellas, mira el humo pero intenta no olerlo, sabe bien a lo que huele, toda su vida ha podido reconocer ese olor, piensa en el humo, en la señales de humo, en como el humo cuenta una historia, una cortina de humo hecha de humo, solo identificable para él y para los que son como él.

Le molesta el humo, pero no en los ojos, no en la ropa, lo molesta el humo por todas las veces que pensó que ese era el olor real del humo, de la carne asada, de las reuniones, le molesta porque por ser quien es, por crecer donde creció, lo hizo pensando que así debía oler siempre, por ir a los lugares que iba, los estadios, las afueras de los conciertos, siempre el mismo humo y el mismo olor.

Camina enojado, hace solo un par de años que ha empezado a notar que el humo que conoce miente, está enojado con su ingenuidad y al mismo tiempo con su pasión, su nariz, la que hoy lo saca a flote, también es la que desde hace un par de semanas lo tiene sumido en el aroma de la derrota, siempre tuvo buen olfato pero poco instinto, sabía a qué olían las cosas que conocía, pero no era capaz de intuir de dónde venían los olores, su Cheff le había dicho que tener una buena nariz no era lo mismo que tener un buen olfato y eso lo había dejado realmente dolido, tenía razón, lo que más duele es cuando se tiene todo a la mano, pero nada detrás de los ojos para verlo, el hombre es lo que ve, lo que piensa, y jamás se lo había cuestionado, jamás se había dado cuenta que el hombre, el chef es lo huele, por eso lo sorprendían esas preparaciones de olores sutiles que evocan jardines y perfumes…

Estaba ciego ante sus olores, ante el mundo, el conocía el olor a carbón, a harina de trigo quemada, a maíz con manteca o mantequilla asada, tenía ese toque rústico que lo hacía diferente en la alta cocina, pero tenía también una ausencia, lo delicado estaba en un espectro que desconocía, que escapaba a sus matices… era como ser una mujer bonita que desconoce cómo ser sensual o sexy, incapaz de ser pícara, de provocar…

Era un cocinero no un chef, conocía recetas, pero no sabores, su condición, su vida, su barrio, su paladar era pesado, y había honrado y dignificado lo que conocía, su historia, había potenciado sus sabores, pero ignoraba demasiados matices, estaba frustrado, su nariz estaba abrumada, su paladar hostigado, como un niño gordo que encuentra las galletas que han escondido y no puede parar de masticarlas, lo motiva el recuerdo del sabor, pero no saborea ya entre mordisco y mordisco, un acto reflejo, no es especial, en el fondo es lo que le molesta, aunque ha logrado sobresalir, aunque es diferente, no es especial, aunque superó lo que de él se esperaba, aunque desafió lo que el presente le arrojaba y no le bastaron las migajas, no es especial, no está tocado, ni ungido, no ha sido elegido.

—Qué va a llevar le dicen de una manera brusca y seca

—Qué tiene

—Chuzo de res, cerdo y de mil

—De qué es el de mil

—De mil le responde

Sonrío, qué espero por mil, qué más podrían darme por mil, este es mi menú, mi calle, ese olor, ese humo con este olor a carne quemada por el frío, a res que ha empezado a acercarse peligrosamente al final del camino, alimento de carroña, y entonces lo tengo claro, soy carroña, no hace mucho salió una película donde una rata inofensiva abre su restaurante, no somos tan distintos cuando el humo se desvanece.

Ecos

Cuando camina cada paso resuena, y eso la hace sonreír, muchos años caminó en silencio, fuera de foco y de escena, sabía pasar desapercibida, pero no le gustaba, sin embargo era más fácil hacerlo que asumir lo que conllevaría hacerse pública, no lo sabía, ni lo entendía, pero era algo que intuía, que dar un paso al frente es adictivo, que tener una visión exige compromiso, fue en un café y como canta Fito que se vieron por casualidad, era un poco verse a un espejo, un tipo frío y aburrido sobre los que cantaba Maná, lo reconoció con facilidad en medio del bullicio porque estaba en lugar que ella hubiera elegido, sentada en la posición que ella hubiera escogido… eso fue devastador, ella era una tipa igual de fría y aburrida, se acercó a él con una pregunta de la cuál ya sabía la respuesta:  ¿No te cansa un poco estar siempre en la parte de atrás de la foto, que tu risa nunca sea una carcajada, no te duele un poco estar en silencio?

Él la miró, trató de encontrarle sentido a la pregunta, la vio bien, vestida para no ser vista, su tono de voz, igual, ella había aprendido a no estar presente para todos, a no ser recordada, a caminar con cautela y pasar desapercibida, aunque su pregunta había quebrado su papel, algo la incomodaba por dentro, y entendió que ella venía a él porque parecía ser igual a ella, en la mesa lejos de los parlantes y la pista de baile, con una naturaleza que no encajaba en el lugar, vestido para no ser ni señalado ni admirado, solo un extra de película, alguien normal, en situaciones normales, con comportamientos normales, si le preguntaras que música oye diría de todo un poco, que qué le gusta hacer, diría que salir y conocer lugares… así lucía, pero no era lo que había… la vio triste así que decidió ser honesto en su respuesta.

­—No, lo que ves no es todo lo que soy, lo que ves es lo que oculta lo que soy, lo que pienso, no me aparto solo para no mezclarme sino para poder tener privacidad querida, no es todo calma bajo el agua, yo vengo a aquí a que me vean, pero deber saber qué estás buscando para encontrarme, no trato de disimularme, simplemente soy.

­­­Ella lo escucha, pero no lo entiende, porque él puede estar en calma siendo tan ausente, tan lleno de silencios, porqué él puede sentirse bien siendo ignorado, tan extranjero en el mundo, porqué ella no puede alejarse de lo que piensa.

­—No te entiendo le dice, ¿no escondes nada entonces?

—No es eso, pero no creo que seamos los únicos que lo hacen, todos aquí escondemos algo, incluso los que bailan, siempre hay segundas intenciones, unos buscan la libertad de la que se privan a diario, otros la fantasía que nunca han cumplido, quela anhelan pero que los confronta, vos detrás de esa ropa casual esconde una mujer cansada de andar en la punta de los pies, quieres hacer ruido, pero quieres hacerlo por ti y no para que ellos te noten, en eso te equivocas, es cuando estás frente al espejo cuando quieres tocarte, sentirte, reconocerte, no aquí y para ellos, quieres ponerte una boticas con adornos de metal y que tus pasas resuenen pero no para ellos sino para escuchar tú el tintineo, con un tacón firme, ahora te confundes y crees que la libertad está en que te vean, pero la libertad está en verte a ti misma y gustarte.

Ella lo mira y asiente, la idea le gusta, pero no lo reconoce, —quizá te equivocas le dice, —quizá, le responde él, hace una pausa bebe un poco de cerveza, pero vale la pena intentar equivocarse, ella sonríe, él continúa, pero aún así, sentemos un terreno en común, ¿crees que la vida tiene sentido?

—Sí, responde ella vacilante

—Uno solo? La pregunta cala, ella lo mira y piensa, pero no responde, —Yo creo que hay dos opciones, que no lo tiene o que ninguno es el correcto, tanto ellos como nosotros escondemos algo, y no es un secreto ni algo turbio, es que ninguno sabe lo que está haciendo, y que no tiene certeza de hacerlo bien, eso hace que busquemos pares, personas que validen aquello que hacemos y en consecuencia se crean bandos, en los que se vinculan y se niegan, vos y yo por ejemplo, “solos” pero a lo lejos alguien nos ve y nos envidia, capaces de encontrar calma incluso aquí, siempre en el centro, y ambos sabemos que es mentira, pero los demás ven lo que quieren ver, yo podría estar usando un plug anal mientras hablo con vos…

—Lo estás usando? —jajajajajaja No, pero podría —Ella se ríe, yo también podría dijo ella, —Sí también podrías y tampoco lo sabría, no a ciencia cierta, y quizá hay en la multitud alguien que lo ha imaginado, pero se trata un poco de esa ausencia de seguridad, nada de lo que ves es real, quizá todos podrían estar usando un plug, y pensar que somos el único distinto que lo tiene.

—Tenés razón, dice, mientras bebé y sonríe, se siente ligera, tranquila, la pregunta no era para vos, dice, la primera pregunta era para mí le dice. —Lo pensé dice, pero es una buena pregunta y brinda con ella. Ya tienes una respuesta, —Sí, lo que decís resuena conmigo, —Y qué vas a hacer, ahora que tienes la respuesta. —Usar una boticas negras con cadenitas que hagan eco al caminar.

La casa de los espejos

Las épocas cambian, las historias cambian, Mary lo sabía, y el negocio familiar lo resentía, ella había heredado de sus padres y ellos de sus abuelos el negocio del miedo, los  sustos, al comienzo fue fácil, cuando la gente leía imaginaba, se podía usar eso en su contra, la mitad del trabajo la hacía la ignorancia, sus tatarabuelos simplemente contaban historias, basta hablar en cada pueblo de criaturas extrañas, de hombre lobo, vampiros, chupacabras, del Sombrerón, la madre monte o de cualquier bruja, la gente tenía miedo de lo que desconocía y en su cabeza, esas palabras hacían eco y retumbaban, demasiado pueblo y demasiada misa, el mal personificado, el castigo de sus pecados.

Esos eran buenos tiempos, ahora la gente ha olvidado sus temores originales, ahora le temen a sus conversaciones, a su historial de búsqueda, sus demonios tienen otros nombres, Fomo, Ghosting… la última es curiosa ahora nadie le tiene miedo a que algo se aparezca sino a que se desaparezcan, la gente está loca, dice Mary mientras instala otro espejo y un parlante, habla sola, mientras que camina, habla pensando en sus padres, en su abuelo y su abuela, no habla, se queja… pero así va, de unidad en unidad, agregando humo y sonido a cada espejo.

Esta es su última idea, la última posibilidad de salvar el negocio de la familia es volver a lo básico, piensa mientras continúa haciendo los arreglos, los miedos deben venir de adentro, afuera nada asusta, lo artificial no arrebata el sueño, sorprende sí, genera adrenalina, pero no te hace pensar ni cuestionar nada, no te hace dudar de la realidad, el sobresalto se supera con facilidad, pero los miedos deben atormentarte, consumirte, sabes mamá, dice para sí misma mientras trabaja, la agente ya no entiende la diferencia entre una emoción fuerte y el miedo, creen que aman el terror, pero lo que les gusta es la adrenalina, solo que la mayoría son demasiado cobardes para intentar el paracaidismo o el salto en caída libre, buscan un reemplazo que se los brinde, pero no respetan el concepto del miedo, evitan confrontarse así mismo, ver el monstruo que llevan dentro, el abuelo sabía bien que para asustar realmente a alguien se necesitaba cierta complicidad, cierta aceptación de lo que iba a suceder, una historia en la que cada persona pudiera reconocerse tanto en la presa como en el predador, en el científico loco y el monstruo carente de afecto, entre la virgen y el vampiro, entre la soledad y el deseo de ser amado, entre poseer la fuerza bruta para partir en dos a un ser humano y el miedo de ser ese ser humano…

Pero el negocio debe continuar, se dijo a sí misma y siguió instalando uno a uno los parlantes en cada unidad, convencida de que el miedo era necesario, ese pensamiento la había consumido en los últimos año, se había planteado de si su relación con él era lo que la motivaba a que los demás lo sintieran, quizá era solo una venganza personal, quizá si ella tenía miedo de perder su propósito era injusto que las demás personas vivieran sin esos miedos, quizá porque nadie había entendido nunca la esquizofrenia que había llevado a sus padres al suicidio ni a sus abuelos al manicomio, quizá todo este plan validaba su autodiagnóstico, seguía viva porque en ella la locura era discreta, una sociopatía simple, una falta de empatía y emociones que le permitía continuar con su obsesión, pero quería compartirla, expandirla, quería ver los rostros desfigurados por la angustia, palidecer, quería ver el sudor en sus rostros y con esa imagen en su mente iba estación por estación agregando parlantes a cada una, convencida de que iba a funcionar, de que había descubierto un miedo real para una generación llena de mentiras, algo de lo que no podrían correr, ni refugiarse de nuevo.

Durante meses había estudiado a sus vecinos, recopilado las historias que sobre ellos se decían, generado teoría y rumores que se expandían lentamente pero que para esta altura del año ya sin duda alguna cada uno de ellos debía haber escuchado al menos una vez, era simple, ellos mismos, sus inseguridades devaladas, cada uno llevándose a casa una imagen de la que nunca podrían liberarse, un reflejo que se encontrarían cada día frente al espejo.

Sonrió mordiéndose los labios, la idea la excitaba, tecleó en el letrero luminoso: Función de terror en la casa de los espejos, única función.

Cerca

Estar cerca duele más, eso se decía  así mismo, y lo decía con conocimiento de causa, sé de lo que hablo, se decía, he estado ahí muchas veces, sé lo que duele porque lo he vivido, porque la desilusión pesa, porque estar cerca, sentir la respiración cerca de los labios, verlo entre abiertos, tocar lentamente las comisuras y hacer parte y sentirse parte de siembra una duda, estar demasiado cerca crea un pensamiento del que no es fácil desprenderse, qué me falta, nadie que haya estado cerca se pregunta o enorgullece de lo que tiene, es más fácil hacer eso a lo lejos, sentir que quien observa es abiertamente miope, y ah pasado por alto de nosotros entre tantos, ah pero cuando te miran con detalle, cuando sientes que te han olido, saboreado, cuando sientes que han pasado sobre ti con lupa y cinta métrica, prestando atención a los detalles, tocando con la puntal de un lapicero, golpeando con suavidad con los nudillos, extendiendo los brazo mientras murmuran y toman algunas notas, cuando sientes que hablan de ti, sobre ti y no contigo a pesar de tenerte de cerca, es ahí cuando el miedo asoma.

Estando tan cerca debían haberte visto, respirando tan encima de ti debían ser certeros, encontrar tus virtudes, notar tu valor, estando tan cerca debería besarte, elegirte, estando tan cerca el ascenso debería ser tuyo, estando tan cerca no deberían darte la espalda, no deberían poderse ir sin decirte nada, el ghosting… sabe a mierda.

Estando tan cerca, escuchando ese ahí, ahí, ahí, ahí ahí que nunca se convierte en ahhhhhhhhhh, en uñas en tu espalda, en dientes en tu clavícula, escuchando a lo lejos a alguien más gritar BINGO cuando te falta un número, después de escuchar que anuncian la letra en donde te falta el número… mierda si duele más y sabe más a mierda el que pase cuando estés cerca.

—Mi padre solía decírmelo jugando canicas, cerca de ese agujero donde debía llevar la bola para estar seguro, en la puerta del horno se quema el pan decía, y con una puntería criminal, con una precisión quirúirjica lamía la comisura de su boca, se ría entrecerraba los ojos, con la pericia de un topógrafo que se gana la vida midiendo distancias a cientos de kilómetros calculaba el viento, el peso del cristal en los dedos y lanzaba con una fuerza sobrehumana, como la de todo padre enfrente de sus hijos, y golpeaba fuerte y seco, luego se reía, a carcajadas, nunca comprendí la lección jugando canicas, no era sobre un juego, era más sobre la vida, nunca estás a salvo, no del todo, esa sensación es falsa, eso quería decirme, no te confíes, no estás seguro, eso era lo que debía aprender, ni siquiera el padre tendrá piedad del hijo, eso debía haberme quedado claro cada domingo viendo al primero de los cristianos clavado a una cruz.

De cerca muchas cosas pierden su brillo, había entendido ya al crecer, de cerca las mujeres tienen boso, de cerca, hasta a la mejor depilación se le escapan vellos, de cerca todo es distinto, de cerca nada es lo que parece y por eso duele más cuando te has acercado lo suficiente y escuchas —No cuando estás de cerca y ves de cerca la puerta cerrarse justo en frente de tus narices, ahí entiendes, sientes que entiendes, que papá tenía razón, ahí te das cuenta que las excusas no aguantan un portazo en el rostro, que la verdad es otra y prevalece, al menos para los demás parece serlo.

Estuviste cerca, te dicen cerca sin entender lo que se siente, sin reflexionarlo, creyendo que haberse acercado era la meta, como si no supieran, como si ignoraran que en alguno momentos perder, es un tema más de dignidad que de ego, porque cuando todo ha sido tan cerca solo hay una respuesta posible, ser lo que se es, hacer lo que sabe hacerse… no ha sido suficiente.

Una casualidad persistente

La vi a lo lejos y no pude evitarlo, sentí esa gravedad que me llevaba hacia ella, camine despacio tomando un poco de Jack, y cuando estuve frete a ella simplemente comencé a hablarle: Hay algunas cosas en la vida que parecen gravitar a nuestro alrededor, comportamientos, tipos de personas, vicios que atraen, llaman, tienen una afinidad que no puede negarse, sino fuera como soy diría que estamos destinados a toparlos, pero no creo en el destino, y ese es precisamente el problema, me obsesiona el funcionamiento de las cosas, no puedo dejarlo pasar, necesito saber cómo funciona algo, qué lo detona, vivo constantemente en búsqueda de patrones y opciones, y no es voluntario, no puedo, simplemente no puedo pasar por alto algunas cosas, no es natural, y cuando esa fuerza me atrae hacia algo, simplemente no puedo parar. Necesito la explicación.

No puedo negar ni demostrar el porqué, porque no es tan aleatorio como debería… no hay explicación social, filosófica o física, los argumentos flaquean y eso me rompe, me cuesta, me pesa, no puedo dejarlo pasar, no puedo, no quiero; es un poco esa ausencia de sentido que no puedo justificar; sí existen las coincidencias, pero una ausencia de sentido casual, sobre estoy hay algo más, algo que parece intencionado, causal… no es solo una casualidad, son muchas, una casualidad persistente, a eso precisamente a eso se le llama un patrón y no, no es suficiente con encontrar el resultado, no me gusta ser ligero, no puedo serlo, quiero más que estar consciente del suceso es entenderlo, la diferencia podría llegar a ser nula para los pragmáticos, pero entender algo y saber que ocurre son dos cosas muy diferentes.

Tampoco se corresponden por completo entre sí, los físicos y los economistas son la prueba de ella, gente que dice entender algunas leyes universales, planteamientos lógicos de movimientos bursátiles, teorías sobre la oferta y la demanda sobre el valor y la utilidad, gente que conoce pero que no entiende las implicaciones de nada, tienen el instinto dormido o el ego muy despierto, algo hace que pese a que conozcan la información y los datos obvien la humanidad detrás de los comportamientos, demasiadas certezas y pocas dudas, a ellos les basta la simpleza de una complejidad teórica para hacer las paces con el mundo, ciencias exactas, saben que tienen razón porque un libro les dice que tiene razón. Operativos, algorítmicos, eficientes… robóticos, a ellos les basta con decir una anomalía, una casualidad; los envidio profundamente.

Los prefiero sin embargo a los esotéricos y a los hippies hedonistas, tan desprendidos de sí mismos, tan extranjeros en el presente, tan enajenados que no pueden ver siquiera su propia sombra, van por el mundo persiguiendo experiencias que dicen hacerlos sentir vivos, pero han perdido a tal punto la noción de realidad que más que hablar de experiencias, recitan los consensos, hablan de una espiritualidad que nunca han experimentado, de una paz que nunca ven pero que siempre buscan, su propósito no es diferente al de un perro que ladra a las llantas de los carros junto a la avenida. Tienen miedo a estar solos frente al espejo, miedo de las preguntas que los mantienen despiertos en las noches, miedo a su forma y a la realidad que los soporta, intentan huir soltarse, quieren aparentar que levitan, pero la realidad es que no tienen el suelo bajo los pies.

Pero ellos tienen algo que a los pesados, que a mí me falta, la paz de la certeza, la seguridad de la ignorancia, los primeros por omisión, los segundos por temor, para lo otros, para nosotros, para mí, el mundo es más complejo por que aparte de lidiar con el mundo debo lidiar con su falta de interés por él, es como vivir en una pecera, hay quienes no notan que su universo está contenido por un cristal, lo peor de todo es que por eso son felices, hay otros que saben a qué horas llega la comida, a qué horas cambia la temperatura y nada bien con la corriente, y son felices, y están los imbéciles, como yo, los limpiavidrios que no pueden desprenderse del cristal, que saben que existe algo ahí, que sienten y lo atrapan aunque desconozcan bien de qué se trata, pero no dejan de sentir que hay algo que los atrapa, que los contiene.

Al terminar su discurso, levantó su mirada y encontró la de ella, yo sé que ahí dentro del vidrio la felicidad es posible, pero que también sé que fuera está la respuesta, que es mucho más que una coincidencia recurrente encontrarte tan cerquita y de frente.

Ella sonríe me mira a los ojos y dice: Me gusta tanto que encontrés la forma de ser romántico, me besa y susurra, feliz aniversario, yo también tengo un guion para ti, pero ese es encasa y sonríe con esa mirada pícara de quien ha encontrado en menos palabras un regalo perfecto.

Salir del túnel.

Desde pequeño, me han gustado los túneles. Eran puntos de referencia desde la ciudad; estábamos a solo un túnel de visitar a mis abuelos, a dos túneles de los primos y del campo, las vacas, los lagos de pesca, a dos túneles de amigos, frutas, olores y colores diferentes, agua de otros colores, colores de otros colores, más pálidos, más curtidos por el polvo…

Con el tiempo, aprendí a distinguirlos: estaban los que recordaba con cariño, los físicos que atraviesan montañas, y los que como raíces se esconden en las ciudades. También los temporales, los metafóricos y los espaciales; los focales, aquellos que hacen que la vida desaparezca a su alrededor, que el tiempo vuele; esos que a veces parecen eternos, perfectos, en los que más que perderte, pareces encontrarte.

Con el tango, el vino y el tinto, con el pucho, la birra y el corazón roto, entendí que hay unos demasiado oscuros, demasiado profundos; unos que atraviesan las convicciones y socavan las promesas; uno que toma lo que se pensó eterno y lo deja atrás, las amistades eternas, las ideas y los ideales. Y cuando vuelves, cuando atraviesas ese túnel y ves ese pasado, el día se va un poco a la mierda, te deja un saborcito en la boca como el que deja una tortilla quemada, solo lo malo de algo que pudo ser bueno. Exagero un poco, siempre me pasa eso cuando el túnel me lleva a esos momentos que duelen, a esas ciudades a las que sé que nunca podré volver, a esos días más felices, a esos polvos más chimbas, a esas ganas, a esas bocas, a esas otras alegrías que hoy ya ni me alegran ni me mueven, pero que me recuerdan quién fui, y también qué tan lejos estoy de donde alguna vez quise estar…

Y aun así, los túneles me siguen gustando. Incluso aquellos que duelen. Hay otros que abruman, unos que no se visitan de manera personal sino contextual, unos en los que el mundo te monta sin desearte buena suerte, uno en el que te vas sin despedirte, uno en el que te quedas solo porque alguien no llegó a la cita pactada, uno en el que sientes que te empujan a un viaje donde no quieres estar. Esos hacen daño, no solo duelen; esos rompen, no solo aprietan, y parecen eternos.

Al igual que los túneles físicos, hay señales de cuándo alguno se acerca: el tráfico se reduce, la señal de radio se pierde, la brisa se corta y se suben las ventanillas. La oscuridad te rodea y el bullicio natural se reemplaza por un zumbido constante. Afuera, el smog, la vida, los colores; adentro, una sombra, el ronroneo de un motor acondicionado, la vida misma en pausa. Atrás, un pasado pesado; adelante, un futuro incierto. Pero ahí solo estás tú, los que están contigo en ese momento, pero nada puede penetrarlo. Un accidente allí dentro es más grave. Aún así, hay quienes lo transitan en bicicleta, en moto; esa gente sonríe en las tristezas, esa gente está hecha de otra cosa. Uno no, uno va ahí como una maleta en una bodega, con el corazón embalado; a veces, el mismo túnel puede sentirse corto o infinito.

Pero al final del túnel, siempre estás tú. Al final de todo, uno siempre sonríe al verse de nuevo, colorido, al reconocerse. Y no es el ruido o el aire menos denso, no es la música ni la algarabía de la vida, ni siquiera la velocidad que vuelve a ser una opción, ni la brisa que te vuelve a despeinar al abrir las ventanas. No es la luz al final lo que hace que pase, es simplemente saber que de nuevo está todo ahí, todo presente, incluso uno mismo. Al final de cada túnel está su reflejo.