Sin seguro

La única forma de saber si una puerta está cerrada es tocando.
“El flaco”

—¿No vas a echar llave? —le pregunta ella, desnuda en la silla, mientras se recuesta sobre su pecho. Y él piensa, con un pucho en la mano, con la cabeza borracha de orgasmo y un poco de vino…
—Es difícil animarse, juntar valor, hacer de tripas corazón y tocar una puerta. Es difícil, quizá porque aprendimos de niños que la vergüenza está en quedarse en frente. Aprendimos como acto reflejo que, cuando uno toca una puerta en la que no lo esperan, corre, lleno de adrenalina y de miedo, que ser descubierto acababa el juego y desencadenaba en el regaño.

Quizá lo sea porque crecimos acá, porque no es lo mismo crecer viendo cómo una puerta se trancaba con dos o tres seguros de llave y dos pasadores que bloqueaban cualquier intento del afuera, porque el afuera, al parecer, es peligroso. Porque crecimos pensando que en la noche, que en la oscuridad y la calle, deambulan patasolas, madremontes, sombrereros, curas sin cabeza y lloronas. Quizá sea porque, más tarde, entrados en años, aprendimos que había balas perdidas buscando gente inocente, y gente inocente con amigos culpables, y culpables con un hambre alimentada de envidia, envidia de los tenis que no podían tener y les decían que debían tener. Teniendo rabia de las ventanillas que se suben mientras ellos se la rebuscan, de los cambios de acera al cruzarlos caminando, caminando al único destino posible en su falta de visión: violar puertas, violar sueños, violar vidas para hacerse a esos tenis, a esa ropa, a esas cadenas, a esas chimbitas, a los bolsos que les gustan a las chimbitas, a esos hombres que huelen a dinero y no a sudor de pobre como sus hombres, a los que hablan raro pero bonito.

Quizá por eso trancamos las puertas, y también por eso es difícil abrirlas.

Eso pensaba el Flaco, un poco alicorado, en la sala de su casa, mientras pensaba si debía o no cerrar la puerta. Le era extraña la idea, aunque no las razones. Y aun así meditaba, dudaba. Él también era afuera, y no quería negar su calle. En muchas casas trancarían las puertas si me vieran a mí deambulando, aunque no sea patasola, ni madremonte, ni sombrerero, ni cura sin cabeza, ni llorona, ni culpable, ni puta, ni putamierda. Aunque sea solo un poco humo y un poco alcohol. Porque nos enseñaron a temerle al afuera, al otro, a dejarlo fuera…

Soy una casa de puertas abiertas, pensaba el Flaco. No me ocupa afán de dejar por fuera a nadie. Cuesta mucho tocar una puerta como para blindarla. Aquí hay café y muebles dispuestos para atender, libros que pueden ser prestados. No necesito de una puerta para demarcar un límite. En eso soy como un gato que se deja acariciar cuando a él le da la gana. El afuera puede entrar cuando quiera. Es mi gesto íntimo hacia la posibilidad: cuando entras por mi puerta te brindo lo que soy, lo que tengo, pero nada le pertenece, sobre nada tiene derecho. Una casa de puertas abiertas que cierra solo para que no salga el gato. Soy esa casa que no se oculta del afuera, lo celebra y lo reproduce un poco, que lo protege al no salir.

No cierro con llave, no encierro con llave. Valoro las libertades propias y ajenas, mucho más a las que se renuncia por voluntad, pero desprecio a los que imponen ausencias dictatoriales, los que prohíben. Aquí dentro se está a gusto, pero puedes irte cuando quieras, cuando gustes o cuando ya no te guste ni mi café, ni mis libros, cuando sientas que no soy lo que quieres tener dentro ni adentro de tu casa o de ti…

—No, no cierro la puerta. Me gusta ser una casa de puertas abiertas —le dice mientras besa su cuello y su clavícula, mientras le pellizca las tetas—, porque tú también eres libre de irte y yo no tengo derecho alguno a encerrarte.

Papelitos

Facu rasga papelitos con la mano, se corta los dedos en el proceso y los mancha con sangre, sin quererlo, sin intentar evitarlo tampoco. Solo sucede. Trabaja en el taller de su padre, con los ojos cansados, las manos torpes, agotado físicamente pero incendiado por la idea que lo mantiene despierto, casi susurrándole que recorte papelitos; con hambre por haber comido solo lo que a los demás les sobraba o le donaban, con rabia por haber tenido que comer sobras, con la meta clara: una idea para probar que vale la pena comer tanta mierda rompiendo papelitos…

Es un hombre aparentemente en calma, ensimismado si se quiere. Camina con la espalda recta, la frente en alto, orgulloso de sí mismo sin llegar a ser pedante ni arrogante. Habla de su vida y de esta vida que estamos eligiendo, habla de la pasión y de la entrega con un tono de familiaridad en la voz. Sabe de lo que habla, no es un discurso vacío ni obligatorio. Él cree en lo que dice; pasarán años antes de entender lo importante que es eso, la gran diferencia que hace en un ser humano tener convicción. Por ahora escuchamos con interés y sentimos esa calidez que brinda la buena fe, de compartir una experiencia sin ánimo de aleccionar, de dar un consejo… Uno solo puede compartir lo que sabe, pero nunca pretender que se está en lo correcto o que deba seguirse lo que se sugiere. Él lo sabe, algunos de nosotros lo intuimos. Por eso Pessoa decía que solo la gente muy ingenua da consejos, porque hay que ser un enfermo mental para creer que se sabe qué puede hacer otro en una situación.

Facu habla con su padre los fines de semana, y como si intuyera que esos momentos son memorables, se graban charlando, con la excusa de algún trabajo universitario pero con la certeza de intentar repasarlas y encontrar esas cosas que dicen los padres y que los adolescentes solemos pasar de largo con la idea de que nuestro presente y nuestras angustias sobrepasan el entendimiento arcaico de nuestros padres… La ingenuidad, como ya dije, es una afección mental, pero la pedantería y la arrogancia juvenil es igual o peor. Quizá la locura es solo una faceta de la edad. Se necesita la soberbia y la rebeldía juvenil para desafiar y transformar el presente heredado, la confianza de los ingenuos, el egoísmo e individualismo de los ambiciosos. Quizá todo sea necesario. El problema es cuando una enfermedad se encuentra con otra. Facu lo sospecha, pero no tiene idea de cómo saberlo. Así, simplemente las graba para su universidad, pero las volverá a ver toda la vida.

Mientras tanto, recorta papelitos, y juega como científico loco a darle vida a una idea llena de papelitos, de hambres, de sangre, de desvelos. Una idea, su idea. Papelitos llenos de pasión, la misma pasión con la que se lanzan en cada cancha, con la que cada marco alegra y da vida al cuadro de su corazón. Sabe que es fuerte, que es potente, sabe que tiene el poder de mover a las masas, así como las masas los avientan porque confían en que tienen el poder de inspirar a esos que alguna vez estuvieron también en las gradas, siendo parte de algo más grande que ellos. Con esa intuición persigue su idea, crea su idea y corta papelitos mientras se corta los dedos porque sabe que al final vale la pena, aunque al final ni le guste tanto el fútbol, ni le guste tanto la industria en la que trabaja. Pero las ideas hay que respetarlas. Su padre le enseñó eso, su padre que habla con él mientras talla maderas y da formas a figuras en barro, y suelda, y pinta. Su padre, que conoce bien la obsesión que es para quien crea el crear. Y por eso lo hace. Por eso intuye que es suficiente.

En medio de la conversación que nos muestra, alguien comienza a verlo diferente:

—¿Vos hiciste papelitos?

La pregunta atropella la charla y el video de la charla que nos muestra.

—¿No te anotaron en la idea?

Él se ríe, con esa risa con la que se enfrentan los déjà vu, no es la primera vez que le pasa y se nota.

—Sí, pero no importa. Uno crea porque puede, para satisfacer un deseo personal, chicos —nos dice, y sus palabras tienen esa misma calidez de antes—. Lo cree. Y continúa—: Yo soy el de papelitos, pero más importante que eso es que era cierto. Los papelitos eran un reflejo de una pasión que podía despertar inspiración para muchos. Y el placer de la idea está en descubrirla, aunque para algunos el mérito de llegar a la luna sea de Armstrong y no del hombre que hizo la idea. La fama es del que pisa y pone la bandera, pero la alegría de crear algo, la paz de estar en paz con la idea soñada, vale más. Al final, vale más —dice tranquilo, inmutable, dice en calma como el mar abierto—, porque al crear, chicos, se conoce la profundidad que los habita… Vayan ahora ustedes y creen, eso es lo único que importa, no lo que dicen los papeles, sino la alegría de los papelitos.

Simple.

Ella habla, él la escucha. Ella juzga, él es juzgado. Hay algo siempre un poco oculto entre lo que se dicen dos personas, un lenguaje enmascarado en otro: lo que se dice, cómo se dice, cuándo se dice, no es siempre solo lo que se dice. El contexto, el tiempo, la cadencia, el tonito —como dirían las abuelas—, todo suma. Y aún así, se habla con tanta ligereza la mayor parte del tiempo, que todos saben todo, dicen, que está implícito de manera tácita y que no se requiere más. El idioma es uno, el lenguaje es otro.

Él solo raya un tomate y disfruta de la pulpa deshaciéndose contra esos orificios metálicos. Lo siente replegarse hacia la piel, la misma que antes protegía su interior y que ahora cuida de sus dedos y su palma, mientras que ella lo apremia.

—Algo simple te dije, que quería algo simple, y a vos te da por sacar unos aros de calamar y empezar con tus pasos y tus recetas —dice ella, visiblemente agitada por las verduras salteadas.

Él se repliega.

—No es complicado —asegura—. Espera —dice.

No es ingenuo, no traga entero discursos, pero algunas cosas simples simplemente no le atraen.

—Fácil, simple y simplón no son sinónimos —dice, aunque sabe que ella no lo escucha. No es un debate ni de argumentos ni de cocina, no para ella. Él lo intuye, pero no la confronta.

En otra sartén, ya caliente, lanza los aros de calamar. Los jugos se desparraman y acumulan en la sartén y, cada cierto tiempo, los retira y reserva. Toma su tiempo saber algunas cosas: cuándo hacer qué, cuándo cortar, cuándo mezclar, cuándo revolver. Si se miden los tiempos, todo está justo a tempo y se evitan contratiempos —piensa y sonríe—. Resuena, y eso lo hace sonreír.

Por fortuna, ella no nota su sonrisa. Es una lástima que no lo haga. Se pierde el goce genuino de quien disfruta lo que hace. Calentar una arepa tardaría lo mismo, unas pastas con atún similar. Sí, tienen más tiempos muertos, más momentos llenos de nada: de calentar el agua, de voltear la masa, de no estar presente en la cocción ni el hervor. Eso él prefiere evitarlo. Así que usa tres estaciones al tiempo, retira los calamares ya cocidos y agrega las verduras a la misma sartén. Busca ahora el arroz, lo arroja sobre la colorida alfombra de vegetales salteados, lo echa en cruz y deja que dore un poco. Sabe que la receta no lo pide, pero a él le gusta: una simple cuestión de gustos.

Ella camina de un lado a otro, mira el reloj, lo mira a él y lo culpa, lo responsabiliza. Mira el celular. Él está en calma. Agrega al arroz y a las verduras dos tazas de jugo de calamar y una taza de agua. Esparce, casi decorando. Alza el fuego y el aroma llena la casa. Va ahora a la poceta, comienza a lavar los platos, los bowls, el cuchillo y los cucharones. Es cuestión de optimizar el tiempo, de darles vida sin verlo pasar. Espera. Se devuelve al fogón, baja el fuego y agrega de nuevo las gomas blancas del calamar. Regresa a lavar. Estriega, refriega, jabona, enjuaga y a secar.

Termina con el delantal empapado. Es pésimo lavando, lo sabe. Trapea y vigila, camina y vigila su sartén. Ella no lo nota, pero no quiso usar la paellera para no molestarla. Es una lástima, porque ella ya está molesta. Le queda mejor en paellera, pero no tiene duda del sabor. Camina al fogón y lo apaga. Salta a la nevera, toma un poco de perejil liso y de cilantro. Los enjuaga y el aroma se alborota. Los pica y los esparce.

12:30 en punto. A tiempo. Justo a tiempo. El mismo que le hubiera tomado integrar la salsa con la pasta, con el atún en lata. Mira su obra, satisfecho. Ella lo mira y lo recrimina.

—Hubiéramos almorzado hace 10 minutos si hubieras hecho algo simple.

Y esa última palabra resuena, sus ojos se abren, el sonríe, sirve y lo lleva a la mesa; le pone en frente un salero y dice ahí está como lo querías, simple.

Punto ciego

Comienza 1932… las cuerdas se rasgan un poco y la melodía comienza a animarse, un acordeón rompe con todo y una voz aguardientosa lanza la promesa: Solía hablarle de ti, de tus ojos al anochecer… Cierro los ojos y me pierdo un poco en una calada profunda, retengo con un poco de tristeza y soledad el humo, lo dejo salir en una bocanada fuerte y alzo el vaso y lo llevo a la boca sin abrir los ojos. La memoria muscular no es privilegio de los deportistas, también lo es de los borrachos.

El equilibrio falla, pero la mente está despierta. La canción la aviva: Jamás pensamos en ser nada más que jóvenes, vimos los barcos partir…, y llega la frase que teje y un poco amarra, como si fuéramos sueños dentro de botellas, a mi alrededor siento los hilos, de ellas, de sus perfumes, de sus aromas, de mis derrotas. Son claras ahora las veces que pude escapar, pero todos somos generales después de la guerra. Era diferente estando allí: se creía de la única forma que puede creerse, con fe ciega. Habría que haber desconfiado más, habría que haber sido más instinto e intuición, pero el habría no existe.

Más allá de la nariz la visión se torna difusa. Nadie tiene una imagen real de sí mismo, estamos un poco condenados a ver al otro; aunque eso que vemos no es tan diferente de lo que él ve de sí: una idea de quién es, una que le es por completo ajena, que intenta construir desde lo que hace, pero que resulta tan lejana como inconsistente. Vemos generalmente a dónde queremos llegar, pero nos es imposible medir la distancia desde donde estamos, establecemos puntos de referencia que nos halan siempre hacia lo que deseamos, lo que esperamos, pero que inevitablemente obliga a aligerar equipaje para acercársele.

Y Parece que lo hacemos, que nos acercamos porque algunas cosas se alejan y se dejan atrás. Podría uno pensar que: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.” Todos somos un poco caballero de la triste figura. Es fácil sentirse fuerte ante leones cansados, por eso tendemos a validarnos por medio del otro. Lo que somos, quienes somos, está mediado por nuestras interacciones con el mundo que nos rodea, y eso es peligroso, porque las redes son buenas trampas precisamente por eso: porque amarran sin darte cuenta. Le ocurre a los peces, a las moscas y a las personas. Es fácil evitar las paredes, los precipicios, pero las redes son distintas: yacen justo en frente con hilos delgados, se extienden alrededor sin ejercer mucha fuerza y se tensan cuando es el momento adecuado. Cuando las notamos, es demasiado tarde…

Todo distrae: la espuma, las burbujas, los aromas, el sol que enceguece, la brisa que obliga a achinar un poco los ojos sin dejar de avanzar. Hay que ser pequeño para evitarlas, hacerse pequeño para colarse entre sus vacíos, para saber rodearlas, o alejarse. Y a veces parecen extenderse tanto que simplemente te cansas. Y cuando notas que el mundo se cierra un poco alrededor, es porque otros cuerpos comienzan a acercarse demasiado. Desconfía de las masas, ese siempre ha sido un buen consejo. Sigue tu instinto. Algo sabe mal, algo huele mal, algo no parece encajar. Si lo ignoras, caerás en esas delgadas que ahogan y asfixian. Deja que otros avancen siguiendo a otros que avanzan, que otros te pierdan de vista, pero nunca renuncies a sentir ese magnetismo que parece llevarte a otro lugar. Se puede perder la vista, pero nunca la mirada. Seguí las conversaciones, la nariz… el secreto de un buen beso es una buena nariz. Al pensarlo, sonrío. Ese momento donde otro dice algo que ya he pensado, que ya he vivido, que ya he intuido, ratifica que hay camino aún por evadir.

Abro los ojos, la luz regresa. Alzo la mano y señalo el vaso. La mesera viene, deja la botella sobre la mesa y se va. No voltea, no me ve ni me escucha. Los puntos ciegos son difíciles de evadir, le susurro al alcanzarla. Y para los dos la suerte está echada. La red un poco nos atrapa. La huelo. Quiero conocerla, pero no olvidé nunca que le tengo ganas. Ella sonríe. —Me gusta que el sol me queme la piel —le digo—. Me gusta sin trampas, sin puntos ciegos.

Lo que no se le ha perdido

Al césar lo que es del césar, a mí déjeme sano.
El Flaco

Los viejos recuerdos, las sombras partidas, los espejos rotos, el fuego y la brasa, todos tienen algo que me gusta. Son imágenes difusas, representaciones imaginarias, nebulosas. Me gustan porque —así como tratar de recordar el perfume de la profesora de inglés que se conoció en sexto grado cuando ya no recuerdas en qué año cursaste sexto grado porque han pasado casi 20 años desde que te graduaste de la universidad—, así de ausente, de impreciso, de fuera de lugar me he sentido yo toda la vida. Un poco soy esa incomodidad con la que he crecido, con la firme intuición de que faltan cinco centavos pa’l peso, siempre. Por eso, esas cosas que se sienten incompletas —y más que incompletas, imposibles de completar— me gustan.

Por la misma razón, ni los sudokus ni los crucigramas me gustan completos, y siempre busco los que tienen erratas. Cada año los recopilo, los encuaderno: aunque se tengan las respuestas, no se tienen los espacios. Es bella esa certidumbre de que, aun con todo, no alcanza. Me ayuda a sentirme bien saber que no soy solo yo, que al cuerpo aturdido y desgonzado no le falta nada, pero con eso tampoco le alcanza. Esa tristeza cercana y familiar lo hacía sonreír, le recordaba la angustia de su madre ante las neveras grandes, la ilusión que había en sus ojos al abrirlas, soñando con tenerla, pero no solo con tenerla, sino con tener cómo llenarla, rebosarla, sin tener que descongelar. Esa ilusión pobre de tener lo que se considera riqueza, esa riqueza de creer que todo lo que falta es solo una nevera grande que nunca esté vacía…

Sin embargo, hay vacíos más difíciles de llevar, de sostener, de sopesar. Es fácil saber cuánto dinero falta: se mira la cartera y basta con restar. Pero cuando el precio es el espejo y uno se esculca los bolsillos —al principio con desesperación, luego con resignación y finalmente sin intención— porque sabe que no hay con qué, que no alcanza con un par de sueños rotos, y que los centavos de las promesas vacías ni con un par de ideas arrugadas alcanzan, se trata entonces, con cierta dignidad, de mirar los sueños por vitrinas, preguntar por ellos y decir:
—Gracias, voy a dar una vuelta y más tarde vuelvo—
sabiendo que no hay vuelta atrás y sabiendo también que quien te responde sabe que es una frase vacía, pero elástica y pegajosa, que sostiene la dignidad, el respeto, la autoestima.

Lo peor de esta ausencia no es una pérdida, sino una condena sentenciada y perpetuada, casi genética: falta alguna encima en algún cromosoma. No se puede ser feliz cuando se entiende que la felicidad se transita, que es independiente y azarosa. No se puede tener esperanza cuando se juega con las cartas sobre la mesa. Hay algo en la ignorancia que es casi una recompensa, mientras que el saber, el conocer, el cuestionar… pensar, pasa factura.

Algo similar a los animales que nacen en los criaderos: tienen algo muerto en ellos, un instinto inútil, atrofiado y lerdo, una pulsión latente de que algo falta, una comprensión de que el presente está diezmado y el futuro prohibido, ausente… Es difícil sentirse así completo. Por eso el Flaco a veces tomaba malas decisiones con hielo, y las pasaba con brumas de humo, porque sentía —desde el fondo hasta la superficie— que los dados estaban arreglados, que veía claramente la verdad. La suerte estaba echada y en su contra. Y eso lo hacía doblemente miserable.

Después de todo, cuando se crece como el Flaco creció, la sabiduría popular brinda algunas luces casi esotéricas: no piense que se enloquece, decían los abuelos, tanto libro no le va a ayudar a buscar lo que no se le ha perdido… Él mismo era una sombra difusa, una sombra partida por una escala o esquina, un espejo roto, una posibilidad deformada por una perspectiva sesgada.

—Flaco, ¿todo bien?
—Nah, qué va… pero no importa, no tiene solución, uno es dueño de lo que tiene y esclavo de lo que le falta.

Cosas en común

Jose, se llamaba Jose y eso le molestaba, en primer lugar porque era agnóstico, en segundo porque para él la ortografía importaba, y llamarse Jose, sabiendo que en verdad debería haberse llamado José, le parecía una doble ofensa, uno de esos secretos que uno lleva consigo y que le pesa y lo jode, como los calvos que desprecian ser calvos, o como casi todos que odiamos el hecho de que nunca alcance para lo que queremos que alcance. Así el nombre lo jodía a él: tener uno de los nombres más comunes del mundo por culpa de un carpintero cornudo al que le trabajó la mujer una paloma, y dos, porque además debía ser José. ¿Cómo era posible que hubiera tantos notarios sin respeto por las letras en el mundo, que se llamaran notarios además y que no notaran la ausencia de una tilde? Cuando ese pensamiento aparecía, se volvía un poco loco.

Caminaba la calle un poco víctima de esa neurosis, intentando evidenciar que era diferente a los 29.946.426 Joses que estaban registrados sobre la faz de la Tierra. Una guerra desgastante y silenciosa, como casi todas las que se libran por convicciones personales de un solo hombre. Valoraba demasiado lo individual como para sentirse parte de un colectivo, y esto al final pasaba factura a la cordura.

Pero así como hallaba razones para impacientarse en cosas absurdas, encontraba también paz en ellas. Le gustaban esas pequeñas rebeldías naturales que le permitían hacer las paces consigo mismo. Ser de clase media ayudaba. Los barrios de clase media tienen un gustito a caos que es difícil de perder y de olvidar; en esos barrios aún hay suficientes niños como para que las calles no estén silenciosas, y suficientes árboles para que las aves tengan ganas de cantar. Hay también otros cantos: gatos callejeros, perros callejeros, borrachos callejeros, y una sinfonía de ollas a presión que, siempre desincronizadas, ablandan carnes, guisos, huesos, granos, y perfuman con un infaltable e indudable toque de comino la mesa de todos. Había razones para disfrutar lo cotidiano; en el barrio de clase media el presente se disfruta… sobre todo porque se está a una mala racha de perdérselo. Todo similar y diferente.

La naturaleza también le brindaba esa idea de asimetría voluntaria: los árboles filados y plantados con intención quirúrgica que crecían extendiendo las ramas buscando rayitos de sol que evadían la autoritaria intención de crecer iguales e igualados; los vuelos de bandadas de pájaros como las golondrinas, más parecidos a enjambres de zancudos o de abejas; y el gusto humano que hacía de las fachadas un popurrí de colores, materiales, revoques, de las ganas de parecer más, de ser más, de alejarse de lo poco que fueron o simplemente de seguir la corriente de lo que los une. Un espectáculo visual que le permitía pensar: así como esos, él; así como él, ellos. Ellas dando una batalla sin enemigo visible, un enfrentamiento al espejo, a veces inconsciente pero gratificante. El único lugar donde todos son felices e iguales son los aquelarres en los que se transforman las visitas de viejas chismosas que fanfarronean con relaciones perfectas inexistentes, y las iglesias donde las santurronas hipócritas alardean de familias perfectas y unidas por voluntad y por fe, aunque no sepan nada de los dolores de sus hijos ni de los miedos de sus maridos.

Toda abundancia es una carencia, por eso ser parte de la mayoría, aunque fuera de manera involuntaria, era algo que lo azuzaba de manera constante hacia los bordes de lo cotidiano y de lo absurdo. A toda costa, alejarse del centro. Por eso fumaba, pero encendía sus cigarrillos con fósforos; dudaba de todo, incluso constantemente de sí mismo. Ante cualquier comodidad aparecía la sospecha. Era necesario para evadir las trampas de la resignación, porque hay movimientos que implican vivirse más que capitalizarse. Uno no puede vivir de escribir, pero puede vivir escribiendo, incluso si escribe mal, pensaba. Ese era su único credo, y por eso su presencia a ella le resultaba tan incómoda. Por eso, cuando encontró su carta sobre la mesa con una frase le bastó:

Ya lo único que tenemos en común es que nos disgusta incluso tu nombre.

Aprender

Luzco como mi padre. Bueno, lucía como mi padre. De niño, al parecer, siempre fui un poco su fotocopia: los ojos muy grandes, las orejas también —por fortuna, al crecer han logrado disimularse y casi pasar por orejas comunes—, la nariz aporriada como la punta de un zapato trompón, y las manos fuertes y rápidas.

Camino como él, dicen muchos, ahora que nos hemos distanciado en rasgos. Pero fumo y bebo, cosas que a él nunca se le dieron bien. Quizá un poco para guardar las distancias. No es fácil vivir a la sombra, mucho menos ser la sombra de alguien. Pero nunca hice nada de manera consciente para alejarme: me gustaban otras cosas, y cuando coincidimos en gustos nos distanciamos en las aproximaciones.

A él el boxeo le gustaba dentro del ring; a mí, un poco más afuera. Su jab era infalible, mi gancho demoledor. A él le gustaba ablandar pómulos; a mí, costillas. En el fútbol le iba a los recuerdos de su infancia; yo, al presente de la mía. Pero los dos al paladar negro: él a los recuerdos del ballet, y yo a la maña y saña de los puros criollos. A él “Samba pa ti”, de Carlos Santana; a mí, “La Balsa”, de Los Gatos. Me alejé lo suficiente para no ser su sombra, pero me quedé cerca, lo suficiente para ser como esa otra sombra difusa que proyectan las botellas cuando están llenas de agua.

Tengo el cabello de mi madre, un poco ondulado y blanco como el suyo debajo de las tinturas. Un poco también su voluntad y corazón. Pero soy consciente de que eso suelen usarlo para sacar ventaja. Cuando pasa, pasa que me muerdo la boca, me reviento la boca, me sangra la boca. Ya lo dijo El Padrino: “nunca dejes que un hombre sepa lo que estás pensando”. Así que se lo impido. Le niego la alegría de verme perderme. La mirada se me torna vacía, animal de presa, presa de la ira.

De un par de amigos tengo los vicios, las letras, los juegos de palabras, la sed extraña e inagotable de alcohol y la risa casi muda y un poco atragantada. Las cortinas de humo que me salen de la boca, los abrazos sinceros, los juegos y las ganas de jugar, el gusto por matar el tiempo, por el sol en la cara y el pasto en la espalda… como estudiante el día de la primavera.

A mentir aprendí el día que me dijeron —siendo muy chico— que alguien había muerto, y, sumido en la total impotencia de sentir algo —porque desconocía quién era—, golpeé con rabia una puerta haciendo que todos aquellos que estaban allí creyeran que me importaba. La verdad era que estaba fúrico por no sentir nada parecido a su tristeza, por no poder llorar en comunión. Y como ya había aprendido que lo extraño se desprecia, y que lo extraño es no hacer lo que otros hacen, no quería que mi familia me diera la espalda. No a esa edad, por lo menos. No por no entender las acciones ni sus consecuencias.

Se vale perder, pero si uno va a perder, tiene que hacerlo en la suya: consciente y diligentemente. Perder dándose la oportunidad de ganarlo todo. Cualquier otra forma de derrota es tan amarga como hacerse rico por una herencia. Quizá es porque aprendí de mi abuelo que el trabajo es en sí mismo un triunfo, que la vida es un cruce de caminos y que ahí, andando, se arreglan las cargas.

Del Flaco aprendí a reírme de mí, a desfigurarme; del papel, a escucharme; del silencio, a gritarme. El camino sigue y sigue, y se enreda y se tuerce y se endereza. El camino se camina y se levanta la cabeza, para mirar hacia atrás y agradecer por todo lo aprendido, por los maestros que uno se cruza en el camino.

Otra ronda

Un hombre muere muchas veces, pero si lo hace por las razones correctas, el espíritu siempre renace.
El Flaco.

Pasa cada tanto, comienzo a intuirme, a encontrarme, a presentirme, a sentirme preso de una anticipación, la de que voy a sorprenderme justo a la vuelta de la esquina, que voy a encontrarme de nuevo en la tienda del Mocho extinguiendo cervezas y cigarrillos, en la isla más larga escuchando una salsa, un bolero y dejando caer la ceniza dentro de la botella; en esos días miro de reojo los charcos de la calle, el reflejo en los vidrios de los edificios y en los espejos dentro de cualquier baño y cualquier bar… con algo de suerte puedo ver qué parte de mí vuelve… qué parte perdida regresa para abrazarme, para hacer las paces conmigo, a decirme al oído: qué onda guacho, ¿cómo va?

Creo que un hombre puede dejar de creer en sí mismo o al menos en algunas versiones de sí; a veces he dejado atrás al de las revoluciones personales, a ese que no se deja domar y rehuye en silencio del confort y el poder, pero siempre vuelve. He dejado atrás varias veces al loco que piensa que vale la pena ser una causa perdida, pero de alguna manera siempre encuentra su camino y me toca un poco las pelotas: al incómodo, al perdido, al inquieto. Pero comienzo a creer que no toman más que vacaciones de mí, que se hastían —como yo de ellos— y se ausentan para volver después con nuevos cuentos.

El hombre es en sí mismo su propio templo, incluso para mí, que dejo constantemente de creer en mí. Así como mi madre necesita de las mismas misas que se repiten de forma cíclica cada ocho días, yo regreso a los libros, a los juegos, al humo, al silencio, a las ideas y los amigos. Los borrachos vuelven a los bares, los locos a las calles, los insensatos al estadio. Se necesita creer en algo, y cuando se hacen bien las cosas a uno mismo —aunque ninguno de los que vuelve, vuelva intacto—.

Se vuelve a la tierra, al barro, a la cancha, al cuadro, se vuelve siempre a donde la vida cobra otro matiz y otro sentido, donde se nota más el pulso. Se despierta de esos largos comas donde puede meterte la idea de haber crecido, de haber madurado, de haber cambiado. Se vuelve y se recupera ese tufito alcoholizado, ese aroma de profesor de filosofía, esa fiebre constante al perseguir un par de piernas, a las ganas, a la Plaza Cortázar, a pedir shots de Bukowski, a colgarse como un espantapájaros de Girondo y a elevar la mirada buscando las que vuelan.

El corazón se acelera cuando pasa, la fuerza se recupera. Se siente bien volver a lo que fue la casa, a la que permitió construirse en un hogar. Se vuelve a crear y a creer en viejos ideales, que por alguna razón envejecen con gracia, no de esos que envejecen con espumas y colores ocres. No, es más como que estás a punto de levantarte de una silla, algo cruje, algo de pintura del alma se rompe y allí hay un corroído exquisito de falsas expectativas, de futuros inconclusos. Y para otros, que podrían no racionalizarlo mucho, pasan desapercibidos y se asustan al verse de frente, frente a cosas que se creían superadas. Pero yo los escucho quebrarse, los veo recuperar un poco el control de las articulaciones, de las papilas gustativas, de las emociones, del dolor de espalda, de la paz en medio de la nada: el hastío como colonia, el tedio como religión…

Y canta como cantaba Mercedes:

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas,
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Pero el dolor pasa y se sonríe, nostálgico, recordando poemas escritos hace 10 o 20 años, propuestas indecentes y sueños apáticos. Y entonces uno sigue cantando:

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,
Por eso, muchacho, no partas ahora soñando el regreso,
Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo…

Y uno camina con la cabeza baja en signo de respeto, recorre sus templos, sus juegos, sus tiempos, toma su lugar y su cuerpo, se sirve un poco de disculpas, escarcha de fracasos un vaso y agrega un poco de rabias, otro poco de tristezas, y extiende su brazo mientras brinda. Porque para los necios, siempre hay dos tazas, dos botellas, dos puchos… otra ronda lista de lamentos.


Tacto e instinto

Se miran, los dos se miran a los ojos, sin darse tregua; se miran los labios, se tocan las manos. Si no hubiera una mesa en medio ni gente alrededor, podría brincar sobre él y pegarme a su pecho, sentir sus manos apretándome, agarrándome las tetas y las nalgas. Podría morderle la boca y, con algo de suerte, entienda el juego y el gusto que tengo por sentir sus labios desgarrándome los míos. Si tengo suerte, puede que sea un buen amante, tal y como lo he imaginado: apasionado, de esos que me hacen perder el control, de esos que saben escuchar, de los que se dejan llevar de las ganas y entonces se gana un amante mitad animal, mitad instinto, con un tacto certero, con una hambre voraz. De esos que te lamen, te chupan, te muerden, te cargan y te besan de forma frenética, y te hacen sentir la mujer más chimba del mundo.

Se sonríen como quienes se invitan y se imitan, un espejo de deseo, de gustos compartidos. Él la escucha reírse, una risa fuerte, armónica, una risa afinada, de esas que solo produce alguien que es feliz. Eso le gusta. Ella le gusta. Sus ojos acaramelados, su piel acaramelada le confirman lo que piensa: ella es un dulcecito, un confitico, un mecatico que alegra la vida. Sus manos, sus labios, la curva de su nariz, sus colores, todo en ella le es apetecible. Sucita en él cierto descontrol. Si no tuvieran una mesa de por medio, se abalanzaría sin duda, sentiría la temperatura de su piel, pondría su mano firmemente en su garganta, sin presionarla demasiado, lo suficiente para robarle el aliento, y comenzaría a besarla, a morderla, a susurrarle al oído que le tiene ganas. La invitaría a jugar un juego: le propondría, entre gemidos y jadeos, que solo va a responder “sí” y “no” a lo que él va a irle diciendo al oído, y que él obedecerá cada respuesta, que luego nunca hablarán de esas respuestas ni de esas preguntas, y que incluirán cosas que ha hecho, cosas que quiere hacer y cosas que él quiere hacerle. Imagina cierta complicidad en ella, desea y anhela que sea de las que juega, no de las que espera. A través de la mesa la mira deseando que la química trascienda la conversación, que sea física, que sea hormonal, que sea altiva, grotesca y descarada…

Comparten un café y juegan mientras hablan, mientras se miran, mientras se sonríen. Ella deseándolo, él anhelándola, invocando en el otro ese deseo propio que une a los buenos amantes. Quieren poseerse, entregarse, quieren quererse y parecen hacerlo, quieren juntarse y parecen unidos. Disfrutan de ese juego, bajan sus cartas y se cuentan cosas, se entregan cosas. Hay algo en ellos que hace que se vean bien juntos.

El mesero los visita, les trae un par de cervezas. Charlan, toman y se miran. Aún juegan, aún se tientan. Todo hay que decirlo: son pacientes, saben esperarse. Es importante que eso ocurra, que manejen los tiempos y no caigan en ese intento de controlarse. Es mejor perderse juntos en el momento que atarse al futuro aún incierto, aún nublado. Es normal, el fuego solo es fuego cerca al origen, la temperatura es fuerte solo cuando se está presente: ahí consume, abrasa. Con un poco más de distancia es cálido y cobija, pero a la distancia es solo humo. Si se mira demasiado lejos, el fuego tiende a proponer una oscuridad asfixiante, nada alentadora, nada que provoque adentrarse. Así que hacen bien en concentrarse solo en lo que tienen en frente. Verlos tan de cerca es casi provocativo, lo hace a uno desear ser ellos, ser aún una promesa, una posibilidad, ser aún presas del tacto y del instinto, tener frente a ellos la posibilidad de conocerse y disfrutarse. No son su pasado, y son lo suficientemente cautos para no caer en la trampa de prenderse de una imagen del futuro difusa. Son y están ahí, no se han hecho daño, no se han dejado a un lado, se nota que aún tienen muchas primeras veces por delante.

Se levantan, se toman de las manos y caminan. Hay cierta ternura en la imagen, y entonces ella baja su mano y le agarra el culo con tacto, él da un pequeño salto por instinto y yo en el café viéndolos partir brindo en silencio por ellos, envidiándolos, recordándo lo rico que se siente cuando a uno le pasa.

Miserable

El aroma del pesto invade la cocina, señal de que todo va bien. El aceite hace su fiesta y él sonríe. Ella no sabe bien por qué él hace ese tipo de cosas. “Piensa mal y acertarás”, piensa. “El que a solas se ríe de sus pilatunas se acuerda”, sentencia. Se enfurruña y se aleja. Él no lo nota: cocina. Cocinar le gusta, no lo distrae, lo abstrae, de la misma manera en que leer lo lleva a otro mundo. Él huele, se unta los dedos y saborea. Añade sal y pimienta. No nota su ausencia. En la cocina, su presencia siempre le ha sido esquiva. Quizá porque él no nota que ella nota cómo sonríe. Quizá porque ni siquiera es consciente de que lo hace. Él simplemente está en su salsa, y cuando está así, no nota nada. Le pasa en la cocina, en el trabajo, cuando juega, cuando lee, cuando contempla a sus gatos, cuando es feliz. Quizá ese es el problema: que cuando no está, es feliz. Y su felicidad ausente, lejos de todo, a ella le molesta.

Para él es instintivo: un flujo de movimientos. Pica el ajo, lo añade al aceite y disfruta del sonido. Agrega la cebolla, los pimientos, ralla el tomate. Lo hace con ritmo y sin cortarse, sin empujar de más, sin lastimarse. Es algo que domina. Hay en su ejecución una memoria muscular que suple la técnica. No agarra bien el cuchillo. No puede. Los amola en la piedra que su padre recibió como herencia de su madre, y lo hace mal. Por eso siempre se comban hacia dentro del filo, imitan un poco la curvatura de una garra. Por eso debe inclinar los vegetales y no puede crear cortes pequeñitos, al menos no con ese cuchillo… Su torpeza, como casi todas las repetitivas, tiene algo de gracia, algo que uno no puede dejar de ver cuando puede verlo.

Ella lo ve, pero no ve eso. No lo ve a él en su entrega abnegada, ni el resultado de su repetición. No ve la torpeza, ve solo la frialdad que imagina. Se siente excluida, mientras que él parece perseguir una musa juguetona, construir un mundo aparte y distante. Si le habla, solo encuentra respuestas automáticas, preprogramadas: sí, no, ajam, ujm…
—Ushhhhh… miserable —piensa ella mientras él, embelesado, prueba su salsa, sella sus carnes y dora sus hongos.
—Miserable —piensa de nuevo al verlo ir tras las especias y el vino.

Huele bien. El fondo se desglasa, el vino golpeando el sartén suena y resuena. Hay burbujas. El alcohol se evapora. El aroma embriaga y provoca.
—Le va a encantar —piensa—. Tiene ese toque que a ella le encanta, tiene ese color que vibra y resalta cuando se le escurra un poco por la comisura de los labios, tiene el aroma que la hace bailar antes de provocar bocado. —Piensa y va tras esa sonrisa al cocinarle. Intenta improvisar un poco, seguir también lo que su instinto y apetito le indican: un poco de soya o de salsa inglesa. Se debate mientras que llega a ellas. Un poco de aceite de oliva y pimienta. Toma un poco y lo prueba, degusta, le gusta…
—Prueba —le ofrece. Y entonces lo nota: el rostro le cambia. Lo aprueba, pero está molesta, le deja la espátula para que disfrute.
—Seguro fue un día largo —piensa. Y sin preguntarle, redobla sus esfuerzos: un poco de tocino, algo de mejorana… El fuego en bajo y salta a otra estación…

El sabor un poco le adormece la ira.

—Es un miserable, pero cocina rico —piensa mientras lo mira. Suda. El calor del horno. Ese baile tonto que hace mientras cocina, esa entrega estúpida con la que se entrega a todo lo que no es ella. Esa felicidad fuera de ella la pone celosa y la humilla. Le recuerda que es feliz también sin ella y eso la enciende de nuevo. Eso y el aroma del habanero tatemado que la obliga a toser y la saca de la barra. Es un pimiento antimotín, una nube natural de gas pimienta que la lleva a alejarse y enojarse. Se repliega, pero resiste.

Emplata, decora y quiere hacer un pequeño corazón en el plato, celebrarla, mostrarle que todo ha sido hecho pensando en ella… no tiene la espátula a la mano, la tiene ella en la mano, la ve distraída y le hable.

—La miserable —dice él mientras le señala la mano.
—La miserable —repite él, extendiéndole la mano.
Ella lo oye, pero no lo escucha. “Miserable” es lo único que se queda en sus oídos…
—¡Miserable vos! —le grita y azota la puerta al salir.