Valores Perdidos

Por definición Francisco era un hombre sin moral. —Las leyes de otros, decía, no pueden gobernarme, mucho menos aquellas que han sido pactadas bajo una dinámica social cambiante. La moral ha permitido cosas intolerables, la moral ha permitido el racismo, el sexismo, el acoso y la opresión de los empleados, la violencia intrafamiliar y doméstica, incluso la violencia física y callejera, la moral es una ley bastarda que no defiende como piensan las señoras católicas las buenas costumbres, solo aboga por el status quo y apela a un concepto estúpido para su definición del bien; son normas dictadas por gente más temerosa de dios, pero también lo fueron dictadas y modificadas por cada hombre y mujer con miedo a perder el poco poder que tienen.

Ese era su pensamiento y por eso escupía literal y continuamente. Escupo en su moral de moda, pensaba, escupo en su moda, en sus actos benévolos, que no eran más que costumbres, en sus alegrías impuestas, en sus deberes castrantes, escupo en su silencio cómplice y en sus risas burlonas, en su principio de incertidumbre y en su miedo auto propagado como pandémica enfermedad de la que solo puede curarnos la moral.

Además, era un hombre sin moral, porque era un ladrón. No de los simpáticos y graciosos, no era filósofo ni escritor, era un ladrón recio, de vieja usanza, un hombre que robaba según su propia idea bajo la única ley posible, al que tiene mucho hay que desocuparle las manos para que pueda rascarse la nariz, un equilibrado social, uno de esos hombres que en tiempos de nómadas más que cazador sería carroñero, un hombre al que le bastan las sobras, pero solo de aquellos que tenían para sobrar.

Un ladrón ético pensaba, no un Robin Hood porque robaba solo para él, solo lo justo y necesario, y si tenía suerte, dejaba de robar por días, que el trabajo más allá de lo necesario lo consideraba también una fuente de corrupción para el hombre, y él solo tenía su credo, después de eso, era solo carne y harapos. En ninguno de sus robos había arrebatado una vida, no usaba armas, le bastaba su fuerza tosca para reducir e incapacitar a los elegidos, nunca a mujeres ni a hombres que no pudieran defenderse, nunca a ancianos ni a niños, un ladrón con honor y dignidad, pensaba.

Por eso cuando un trabajo incompleto lo llevó a prisión se indignó a rabiar. Él era un ladrón honorable y entregado a su trabajo, un hombre que, aunque detenido muchas veces jamás había sido condenado a un solo día de cárcel, sus hurtos jamás habían superado los montos punibles, él jamás había causado lesiones de gravedad ni traumas, era un fenómeno extraño, un hombre carismático y tras ser atrapado era generalmente perdonado por las personas y siempre quedaba en libertad.

Pero tuvo mala suerte, esta vez el hombre al que había asaltado había presentado cargos, un instructor de gimnasio, culturista humillado presa de la vergüenza y de sus músculos atrofiados. Lo acusó de haberlo drogado para poder vencerlo, por eso lo había sorprendido, y al agarrarlo con la guardia baja después de un día de fuerte entrenamiento, ya no le quedaban fuerzas para defenderse de un asalto a traición… el problema estuvo en que, al escuchar las razones, Francisco perdió los estribos, lo había llamado mentiroso, se había soltado de los guardias, y propinado una golpiza tan grande que tuvieron que detenerlo por lesiones por personales.

Era la primera vez que pisaba un patio de cárcel, y por lo simple de su incidente lo había llevado al patio de los estafadores y eso era lo peor que podía pasarle, durante muchas noches Francisco escuchó a estos hombres engatusar a los necesitados, a los hambrientos:

 «Sí, así es, felicitaciones, el trabajo es suyo, consigné tanta plata en tal cuenta porque es necesario pagar el curso de alturas y mañana mismo puede empezar.»

«Ha sido elegida para acompañarnos en los procesos de duelo generados por la pérdida de pacientes en el quirófano. Son solo 4 horas al día, y necesitamos que vaya a esta dirección para que le hagan sus exámenes médicos y lleve tanta plata que se los reembolsamos en la quincena.»

Francisco se paseó por los patios memorizando los rostros, las cuentas, conociéndolos. Porque era inmoral pero no era estúpido. En los patios estaba en su territorio y no podía hacer nada, pero él sabía que saldría y arreglaría las cuentas, no podía dejar que hombres tan torpes y faltos de escrúpulos se hicieran llamar ladrones, ¡Faltaba más! Durante una semana se paseó cerca de los celulares clandestinos, oyéndolos estafar y robar personas, luego, finalmente, las puertas se abrían para él.

Por tedio de continuar la demanda, el culturista había faltado a la sesión de imputación de cargos, y ahora quedaba en libertad, y tenía algo por hacer, tomó su lista negra y rastreó a los encargados de recibir el dinero. Por primera vez había usado más fuerza de la necesaria, reventado narices y bocas, por primera vez era violento, y tras cada asalto escribía una carta sin nombre a los estafadores, un reclamo airado donde les advertía que se retiraran o habría consecuencias.

En solo tres meses había dejado fuera de operación a todos los de su lista. Y él había creado cooperativa contra estafas, con la plata que les había quitado a los secuaces, y a cualquiera que podía probar que había sido asaltado en su buena fe, él le devolvía el dinero.

—Que se pierda todo, menos los valores, decía. Y cerraba las puertas de su pequeña oficina para ir a asaltar a alguien y conseguir lo suyo, porque la plata de los estafadores era solo para los estafados. Ladrón sí y a mucho honor, pensaba, pero nunca una rata estafadora.

Una buena mano

Los buenos conceptos son universales, pueden variar en composición, pero nunca lo harán en significado. Por ejemplo, según el juego, la profesión, una buena mano tiene una connotación inmutable: una buena mano de pintura es prolija, firme, y no deja lugar a espacios. Una buena mano jugando a las cartas te brinda una composición de números, formas y colores que opacan a las demás, una buena mano te pone la inyección y se siente como una caricia, una buena mano te corta el cabello y lo hace crecer grueso, fuerte y rápido, una buena mano tiene buena sazón, una buena mano enciende rápido el carbón, una buena mano, simplemente mejora lo que toca.

Lo bueno de la buena mano no yace en los dedos, ni en las articulaciones, su secreto no está en la falange ni en los músculos que les permite realizar un agarre, ni siquiera para los masajistas, no se trata de la fuerza que pueden generar para desatar un nudo en la espalda, el cuello, tampoco en la suavidad de la yema de sus dedos ni en lo tersa de sus palmas. No.

Hacen los mismos movimientos la buena y la mala mano, pero al mismo tiempo lo hacen diferente. Tiene sentido, cuando se ve a esa distancia tiene sentido. Una buena mano no habla ni siquiera de la mano sino de la realización en sí de una tarea, de su desarrollo y si se quiere de su voluntad.

Es primordialmente eso, el deseo de hacerlo, de tomarse el tiempo de hacerlo de disfrutarlo mientras se hace, de redescubrir que se ama hacerlo mientras se lo está haciendo, eso es todo. No hay secreto más evidente ni explicación menos innecesaria, una buena mano ha sido la forma de crear un mito alrededor de las ejecuciones, quizá creado también para no igualarlos a los máximos dones, una palabra para describir el talento nato en oficios sin artistas, en obreros prescindibles de tareas cotidianas donde lo bueno se aprecia, pero no se requiere.

Ningún mal peluquero se ha muerto de hambre, tampoco ningún pintor, y ni a los malos jugadores que escogen siempre las malas manos para apostar y que ganan solo por cuestión de suerte se les prohíbe jugar. Ellos existen en un mar de abundancia sin nombre, en una mediocridad universal e indiferente, las malas manos existen, son mayoría, están en personas que están donde están porque jamás han tenido ningún interés en su oficio, porque actúan bajo un lógica predecible y sobretodo ajena, porque pese a que fueron libres para tomar las decisiones que los llevaron a ocupar el lugar que tienen, se lamentan por haberlo hecho, porque no se realizaron sino que se resignaron, a hacer algo en lugar de a ser algo.

—Pero una buena mano, Carlota, no es lo que buscamos en este negocio. Aquí no buscamos las cualidades de esas buenas manos, porque las buenas manos tienen callos, lesiones, cicatrices, las buenas manos han golpeado y amasado la tierra, las buenas manos han dado todo su potencial en el trabajo y nada se han reservado para ellas mismas, las buenas manos no son delicadas, porque tienen un propósito y una vocación, no saben actuar delicadamente, ni lucir relajadas, son manos obreras. Ah, pero tus manos, son perfectas, perfectas.

Tras terminar de hablar, Wilson acomodó la posición de las muñecas, agarró el dorso de la mano derecha con los dedos de la mano izquierda y cargó el flash tsuuuuuuuuu y clic. El flash encegueció el fondo rojo, resaltó el blanco pálido y realzó el contraste de las uñas negras. —Para mí las buenas manos, son las que son inútiles sin propósito, las maleables, las que sirven para fingir que hace… así como las tuyas, dos lindos juguetes.

Corotos

Joe era un muñeco de plástico que tenía una camisa polo amarilla, cabello castaño y un jean azul. Andrés lo recordaba con el cariño que se suele tener por aquellas cosas inventadas, por esas a las que se les controla todo, la historia, el futuro. Joe no era realmente un GI.Joe, para Andrés era evidente que no, tenía ropa de civil como la de su padre; quizá fue eso, nunca podría ver a su papá en un traje de comando, o que la camisa mostaza de Duke guardara cierta similitud en tonalidad y forma con la camisa de su muñeco y la de él. Allí, lo mejor de ambos. Su héroe de acción, y el hombre fuerte y tierno que podía a su voluntad bajar y subir su bicicleta tres pisos todo el día, repararla; el hombre que inflaba globos sin marearse y silbar como un huracán usando solo sus manos.

Lo recordaba justo hoy que había escuchado una expresión que su padre solía utilizar: recoja sus corotos. Se la decía cuando dejaba sus juguetes por ahí regados, la ropa en el lugar que no era. Tenía una sonoridad que le gustaba, corotos, servía para designar ropa, juegos, juguetes. -Corotos-, pensaba y le causaba cierta gracia, precisamente con sus muñecos era con lo que más la oía.

Habían pasado muchos años y esa imagen se había disuelto, pero recordarla hoy le hacía bien, hoy pensaba en su padre en su mejor momento, hoy pensaba en su padre y lo recordaba fuerte e invencible, y eso le hacía bien. Ese hombre había vivido siempre con una sonrisa; sabía ahora que muchas veces esa sonrisa era falsa, que era solo para tranquilizarlo, que su padre sentía miedo, zozobra, pánico, hambre, que había llorado, que nada estuvo nunca bien, aunque él nunca lo había sabido.

Le venía bien el recuerdo y empacaba con una sonrisa y sin notarlo, tranquilo, con una calma ajena a la situación. Los que lo veían a la distancia pensarían que tenía todo solucionado, que no necesitaba el trabajo, o que ya tenía una oferta de algún lado; pero Andrés no tenía ni idea de que iba a hacer, sin embargo, había entendido que nadie nunca lo había sabido. Y cuando escuchó: —¡Es una orden López, y si no le gusta pues coja sus corotos y lárguese con su metodología y procesos a otro lado!, pensó que su vida se acababa, creyó que sería difícil mirar a los ojos a sus amigos, a su mujer, creyó que hasta el gato lo miraría con una reprobación mayor a la cotidiana. Pero no, nadie, absolutamente nadie podría decirle nada, ni siquiera Joe; curiosamente hoy vestía una polo amarilla, un jean, como él, tal y como lo hacía su padre. Al igual que ellos sabía que pasaría lo que tuviera que pasar, pero que él estaría de su lado, el mundo puede estar en contra, es más, el mundo lo estaba, pero no él.

Agendas, calculadoras, algunos elementos de decoración iban entrando a su caja de cartón. Fotos, cables -todo sonriendo- abre los cajones y empaca sus libros, sus ideas, sus benditos papelitos llenos de rayones, sus juegos. Sonríe y tiene la mirada alta.

El jefe pasa, ve lo que pasa y no lo cree. ¿Todavía está acá, López? Grita al sentirse desafiado, al sentir la correa suelta, a López libre.

— Sí, tengo muchos corotos, dijo. Y continuó guardando recuerdos. Sin inmutarse por el presente.

Empezar de 0

Van tres semanas sin dormir desde el nuevo año. El médico de TI psiquiátrico dice que es normal, que los eventos de una memoria corrompida son causantes de que los condensadores del sistema de hibernación se alteren y no permite una correcta ejecución del reposo. Yo intento guardar silencio, entiendo perfectamente el razonamiento técnico y comprendo el por qué las alteraciones en un módulo corrupto de memoria son las responsables, pero el conocimiento solo es poder si es aplicado; no quiero discutir con él, estoy cansado y el problema de que un módulo de memoria se haya averiado no se limita al sueño, la afección en la cache es evidente, he olvidado cada atajo y respuesta personalizada, detesto hablar desde hace tres semanas porque tengo que componer cada idea por separado y luego conjugarla.

No es sólo un módulo de memoria, además el sistema genera reinicios involuntarios, y, sumado a la falta de carga producida por el daño en la suspensión, hace que deba elegir muy bien cuándo utilizar los periféricos de salida. La energía en estos casos es vital, no quieres quedarte sin batería en un lugar peligroso y levantarte con una tarjeta remplazada o una rom alterada, podrías perder tu identidad o con tus crypto cuentas alteradas, las bandas de malware se han especializado en la instalación de hardware y software cada vez más difícil de identificar, y cuando el sistema de alerta se activa ya mucha de la data está comprometida.

Miro al Médico TI psiquiatra y le pregunto qué puede hacerse usando una proyección en mis lentes, es la única interacción que puedo permitirme para no descargarme. Debemos hacer un reset de la memoria, dijo con un tono frío. Y uno no puede dejar de preguntarse, una clínica técnica con tanto renombre en la simulación de empatía cómo puede permitirse que un médico técnico dé una noticia de esa manera.

Un volcado de memoria puede generar una pérdida completa acumulativa de personalidad. En mi caso podría considerarse que es poca la información que resguardo, pero por otro lado fuera de su precio comercial, el costo personal es absoluto; este nuevo hardware almacena 3 ciclos, es decir 50 años y apenas han pasado 15 desde que transferí mi memoria a este trasto. Lo peor es que no reuní suficiente dinero para tener una copia en la nube con actualización fuera del mantenimiento, así que perderé 15 años…, son solo 15, aunque también han sido importantes.

Me perderé la evolución de este ciclo y quién sabe si alcance a reunir los suficiente para comprar el próximo upgrade. Quizá sea el momento de pensar en una última vida, 150 años, bueno en total 185 años, parece una buena vida, larga, y la verdad es que ya estoy cansado de ser un fusionador de culturas, han sido demasiados años en este negocio, la publicidad, el marketing, la filosofía, la antropología de datos y la minería de recuerdos a la que tengo acceso demuestran que no falta mucho para requerir de una nueva interfaz de integración, que vendrá en otro lenguaje de programación y posiblemente sea incompatible con mi hardware.

El médico técnico me interrumpe, y, ¿cuál es su respuesta?

Me pide que lo olvide todo.

Le digo cuál es la única forma de corregir su problema con el módulo de memoria. La buena noticia es que aún tiene garantía y el cambio podría ser compensado en créditos de descuentos para su upgrade.

¿Lo cubre la garantía? Pregunto entusiasmado.

Sí, un 70% es reembolsabe en crypto currency, o puede tener un 100% del valor si decide postergarlo hasta la actualización de hardware. Eso sí, tiene una cláusula, si decide aceptarla tiene que dejarnos probar un nuevo sistema de compilación de data en la transfusión para la reducción de peso de su memoria por medio de una nueva compilación de data.

Ya había firmado la forma que me había extendido, y el muy mezquino mencionó solo la cláusula mientras la retiraba.

¿Algún efecto colateral? Pregunté cansado, sí podría averiarse todo su servidor en el proceso.

Empezar de 0, proyecté con la batería cada vez más baja. Completamente de 0, dijo mientras se levantaba y tomaba el enchufe de carga.

Cargando data, por favor inserte nombre de usuario…

En venta

Esta es la casa, dijo con un tono jovial la vendedora, y continuó —¡Vamos, vamos, por aquí, es una unidad muy bonita! Hablaba mientras movía sus manos y hacía gestos teatrales, improvisados y sobre todo innecesarios. Hans, el comprador extranjero hablaba perfectamente español, pero no se lo había dicho ya que disfrutaba mucho esa mímica histriónica que se apodera de las personas cuando hablaban con él.

—Esta es una casa acogedora, familiar, ya va a ver Mr. Jams que es hermosa, yo hasta he pensado en dejarla para mí. Hablaba siempre con ese entusiasmo vacío, caminaron por una escalera en un notable deterioro, y con paredes llenas de humedad que Hans miraba, pero no señalaba, era un observador, un naturalista, así que solo iba viéndolo todo, feliz de verlo todo.

Tocaron una puerta de metal ligero, casi una lata vacía que producía un eco desafinado debido al óxido que empezaba a dañar su resonancia. Detrás de la puerta se escuchaba una música ahogada, y tras tocar un par de veces, por fin se abrió una chica alta, con la piel brillante por el sudor, con un top marcado, los pezones parados, con una cara de excitación frustrada, ruborizada y al mismo tiempo furiosa.

La casa tenía esa calentura, ese vaho a calor, a cuerpo, muy lento pero evidentemente su acaloramiento pasó de ira a vergüenza, el incienso no podía sofocar el olor a sexo que había guardado la casa. Se abanicó sugiriendo que tenía calor y ella salió del apartamento, notablemente incómoda y el tour comenzó. —Es un apartamento muy bello Hans, mire, aquí está la sala y ella la tiene muy organizada, es muy creativa, aquí hizo un armario, y mire la pintura. Hans veía que era creativa, las fisuras y grietas las había camuflado con una pintura con un patrón irregular y si no hubiera sido él tan buen observador no las hubiera detectado. Tampoco pasó desapercibido el hecho de que en unos 5 metros de largo había una cocina, zona de ropas y secado, donde no cabían dos adultos al tiempo, fue entonces cuando la vendedora entró y como instructor de pista, de vuelo, hacía señas para indicar cada lugar, y trataba de sobre dimensionarlo. Hans dejó de mirarla, dio la espalda y caminó hacia los cuartos, eran dos espacios, solo la sala era presentable, los pasillos eran pequeños, la casa tenía cámaras, dos cuartos, los niños adormilados arreglaban sus camas, y en la alcoba principal el olor era más fuerte.

¡Pssssss Psssssss! La creatividad llegaba tarde, seguro un desodorante o talco en aerosol por fin disminuía el olor a fluidos, los niños sospecharán, se preguntaba Hans, les importará si quiera, o será esta la normalidad de todos. Había cambio de pisos en cada cuarto, las paredes estaban en mal estado, todo demasiado junto, cosa sobre cosa, pero más que un espacio pequeño es un espacio mal utilizado, no había forma de disfrutar la visita porque todo se achiquitaba en presencia de una persona, más ahora que habían dos recorriéndola.

Solo la dueña sentía vergüenza, el hombre, menor que la dueña se sentía un león en exhibición; huele a mi mujer, decía su sonrisa, huele a sus ganas, huele a esa hembra furiosa y llena de ganas. La vendedora creía que todo lo que era evidente ella podía ocultarlo y entonces hablaba, y se contoneaba tratando de distraer a Hans, y los niños no sabían que pasaba, solo que tenían sueño, era sábado, eran vacaciones, no habían entendido lo importante que era para su madre dar una buena impresión, a falta de un buen polvo, y ella sabía que todo lo había perdido, que no estaba presentable el apartamento, que tampoco lo estaban los cuartos, ni los hijos, que a ella las ganas la habían traicionado y tampoco había podido contener las ganas.

—Gracias, dijo Hans y salió sonriendo. Nadie sabía que él había viajado por primera vez, en sus palabras, a un país donde pasaban cosas. Y como no quería pagar por tours se le ocurrió una forma de conocer los barrios, los alrededores y tener una experiencia personalizada. No quería solo ver los monumentos, sino la intimidad de la ciudad, y ciudadanos, sus habitantes, sus familias, hablar con la gente, ver la gente, experimentarla y conocer los lugares desde adentro, así que después de recorrer la ciudad por google maps y elegir los sitios que quería visitar, agendó citas con agencias inmobiliarias para cada día.

Este era su primer día, este era su primer apartamento y él estaba feliz. —Esta ciudad será grandiosa, dijo en voz alta, y la vendedora sonrió, ¡Oh! Apenas empezamos Hans, ya verá los otros y le van a encantar todavía más.

Caminaron rumbo a las afueras mientras ella hacía un despliegue de movimientos pintorescos y le enseñaba los alrededores aprovechando que debían ir al auto para su segunda cita.

¡Vacaciones!

—La gente no lo entiende, decía Sebas mientras estaba boca abajo, extrañamente a gusto, en la camilla del consultorio clínico, mientras la enfermera lo miraba un poco extrañada. El hombre de 35 años acababa de ingresar caminando, visiblemente lastimado; era cierto que sus heridas no eran graves, no corría riesgo de morir y no tenía ningún órgano comprometido, pero parecía un puercoespín, y no le importaba.

—Discúlpeme ¿Qué le resulta divertido? Le preguntó finalmente la enfermera, ¿qué es lo que no entendemos?

—Las vacaciones, todo el concepto. Ve a la rubia afuera en la sala de espera, la que está fúrica, debe estar roja de gritar por el teléfono, quizá frente a la ventana, o afuera caminando frente a la entrada. Bueno, ella es mi esposa, y como puede ver, cree que acabo de arruinar las vacaciones, pero la verdad es que acabo de salvarlas

—¿Salvarlas? Tiene más de mil espinas clavadas en la espalda, vamos a pasar toda la tarde aquí extrayéndole cada una de ellas y créame, va a dolerle. Es como si hubiera saltado sobre un campo de cactus con la intención de que esto pasara, dijo ella en un tono atónito, visiblemente sobresaltada e indignada. Alguien más podría necesitar nuestra ayuda, alguien más podría necesitar nuestra camilla, somos un pueblo chico, no hay mucho personal y para colmo, ni siquiera se ve apenado o arrepentido.

—Esa la parte que quizá no entienden. Usted creció acá, ya sé que siempre debe haber escuchado de los accidentes que tienen las personas haciendo sandboard en las dunas de cactus, y seguro que siempre escuchó que un imbécil, un turista, un idiota o un borracho se habían accidentado, siempre le han contado lo malo, conoce solo la consecuencia y la acepta como el resultado total, está mal, todo está mal.

—No es el resultado lo que importa. No es este momento. Está mal verlo en el corto plazo, piense, en mañana, en el domingo, dentro de un mes, quiero que piense en los próximos seis meses cuando esté junto a sus familiares y amigos y estén sin mucho que contar, piense en esa vida cotidiana en la que la monotonía se apodera hasta de sus historias, en ese momento, en un silencio incómodo usted recordará verme llegar, en bermudas, descalzo, con pequeñas hilachas de sangre y sonriendo, podrá hablar de cómo mi amabilidad le pareció sospechosa, de cómo la tranquilidad la hizo pensar que estaba drogado, hablará del regaño que me dio y de todas las otras cicatrices que tengo, de las fracturas que mostraron las radiografías, son 26 en total hasta ahora, y podrá rescatarlos a todos del tedio, estarán todos muertos de risa, cuando usted hable de cómo voy a gritar con cada espina, hasta el número de espinas, hablará de las que tenía más enterradas, de la que casi se les escapa, quizá hablemos de esa que vamos a olvidar y que van encontrar cuando al pasar los días pesista el dolor.

Quizá hablemos de las que están en las nalgas, o no si usted no prefiere mencionar detalles. Quizá y con un poco de suerte haya alguna que haya atravesado el tatuaje de corazón con el nombre de mi esposa, ¿entiende?, un corazón flechado en un trasero con forma de corazón, es un chiste fácil.

Yo estoy salvando al mundo del aburrimiento enfermera, mi esposa contará esta historia durante años y será la graciosa del grupo. Yo seré un subnormal y ella compasiva, responsable, estoy también salvando mi mundo, porque mi trabajo exige que la vida sea seria, calculada, ordenada, mi vida cotidiana implica orden y disciplina y fuerza. ¡Ah! Pero mis vacaciones… son vacaciones. No más de lo mismo, y sí a todo lo que sea ridículamente divertido, mejor si es peligroso y mucho más si tiene consecuencias.

La enfermera sonreía. —En algo tiene razón, la historia voy a contarla, salvará reuniones, pero la historia de la nalga y el corazón no será la mejor, dijo mientras empuñaba las pinzas, porque hoy empezaban mis vacaciones, justo en el momento que usted entraba, ahora tendré que trabajar toda la tarde.

Inoportunos

Eran las cuatro de la tarde, la ciudad estaba recalentada por el sol del día y había terminado por generar un desespero generalizado, el ambiente era molesto, el sudor inevitable y te hacía sentir sucio, además hacía mucho más desagradable de lo normal estar rodeado de personas en el transporte público y para colmo el tránsito en época de fiestas terminaba por generar un embotellamiento infernal.

Era el caldo de cultivo ideal para tener a todos al borde de un día de furia al igual que Michael Douglas o Dave Grohl en su parodia. Y después de transitar ese infierno nada bueno puede venir, así, con la esperanza vencida o acalorada entró Carlos a su casa, y al ver la luz en la contestadora palpitando supo que las malas experiencias no terminaban.

Carlos era un hombre supersticioso, su estado de ánimo nunca le pertenecía, estaba condicionado por el clima, por el tráfico, él tenía todo claro: nada es súbito, todo está encadenado aquello que nos sorprende solo demuestra la poca atención que hemos prestado a los detalles, lo egoístas que hemos sido, o lo ingenuos, quizá y a lo sumo como verdadera excusa, lo ignorantes que éramos ante la realidad, nada pasa de la noche a la mañana, TODO se está siempre desencadenando, en movimiento, y por ende en un día así, era normal que ese mensaje fueran más malas noticias.

Pensó en todo lo que podría ser, su abuelo en el hospital, la discusión con su jefe, su relación que tras una serie de malos meses se sentía fría, distante, y pese a que intentaba, no lograba sentirse de nuevo bien, la decisión de los jurados sobre su ensayo, y claro el incidente en esas breves semanas de separación en las que había despertado en medio de un hotel cerca a una zona de veraneo después de una noche en la que no recordaba nada… todo lo martirizaba hoy.

Caminó lleno de tedio y desazón hacia la pequeña luz verde que palpitaba sobre el botón reproducir y tomó aire, durante largos segundos pensó en los desenlaces, y finalmente lo presionó.

Una voz fría, impersonal y muy coherente con su día comenzó a hablar: —Buenas tardes Carlos nos estamos comunicando desde el laboratorio clínico Hematológico por favor devuelva esta llamada urgentemente.

El mensaje había terminado y el seguía allí, de pie, frío, aterrado, había olvidado que hace unos días se había hecho los chequeos de rutina, las discusiones con su novia habían empezado porque él sospechaba que lo engañaban y se había hecho exámenes de control para asegurarse que estuviera bien, había esperado con ansiedad esta llamada, pero que fuera justo hoy cuando la realizaban… palideció, no iba a ser la muerte de abuelo, ni el despido de su trabajo, tampoco iba a dejarlo ella, mucho peor, ella iba a matarlo, SIDA, Sífilis, Gonorrea pensó angustiado y lleno de ira, buscó el teléfono en el identificador de llamadas y llamó tan rápido como pudo, cada tono de espera para que contestaran le carcomía: ¡tuuuuu! ¿SIDA, Sífilis, Gonorrea?, ¡tuuuuuu! ¿Herpes, Clamidia?, podían estos identificarse por un exámen de sangre, no lo sabía, no le importaba, pero con cada repicada de ese horrible ¡tuuuuu! Carlos se moría de algo distinto ZORRA, ZORRA, ZORRA gritaba dentro de su cabeza hasta que finalmente le atendieron.

—Laboratorío Clínico Hematológico buenas tardes, en qué puedo ayudarlo.

—Hola, —dijo con la voz entrecortada, —Soy Carlos y he recibido un mensaje de ustedes pidiéndome que comunicara urgentemente.

—Déjeme buscar… Ah sí Don Carlos, buenas tardes, —Dijo una voz tan jovial que le pareció irrespetuoso, a quién se le ocurre comunicarle a un enfermo su enfermedad con una sonrisa, pero solo dijo —sí cuénteme

—Don Carlos usted está en nuestra lista de donantes frecuentes de sangre y en este momento las reservas de sangre de la ciudad están bastante bajas, y aprovechando que sus exámenes salieron muy bien, queríamos preguntarle si puede pasar a donarnos sangre antes de este viernes

—La noticia si bien era positiva, no le cayó nada bien —Le parece que bajo alguna circunstancia era necesario dejar semejante mensaje, sabe señorita lo que piensa un hombre que se ha hecho exámenes de sangre cuando recibe una voz grave, fría e impersonal con un llámenos urgentemente… es una sociópata, una cruel y malintencionada y además, tiene usted el don de los inoportunos, ah, muchas gracias.

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…

Cotidianos

No ha salido el sol aún, pero los relojes ya cantan, canciones favoritas, alarmas nucleares, gritos de caricaturas o silbidos de pájaros gritan para despertar a la gente, sincronizados, pero no juntos, responden orquestados desde las 4:am hasta las 7:am sin parar, sin interrumpirte, cada 10 minutos suena una tanda de alarmas. Y tras cada una comienza una carrera, las duchas son largas y también cortas, las temperaturas varían, algunos se queman otros se congelan, los desayunos van de lo práctico a lo elegante; se rompen los huevos, se sirve cereal de la manera correcta -el cereal primero- y también de la equivocada, la leche primero; están los que antes de levantarse pueden revolcarse y echarse un mañanero delicioso, aun cuando por comerse se queden sin tiempo de comer.

Después corren, al ascensor, por las escaleras, a la parada de autobús donde todos se encuentran y represan, un río de gente, un mar de gente, que, en pocos minutos, con suerte, estarán reunidos como peces en un barco de pesca, juntos, tan juntos que parecerán íntimos, sentirán el sudor del otro, el aliento del otro, a veces con gusto y en la mayoría de los casos con asco. Afuera, individuos encapsulados viajan solos y se consideran más afortunados que las sardinas enlatadas de los autobuses, los colectivos, los transportes públicos en general; sin embargo su autonomía vale, vale horas en familia, con amigos, vale un seguro, y nafta, gasolina, gas… vale oxígeno, pero no importa, lo vale, no tener una gota de sudor ajeno e indeseable corriendo por la piel, no tener que sentir un pene flácido o tieso en un bus o en un metro, lo vale, no tener que sufrir porque entre tanta gente es imposible evitar el roce de sus penes o sus tetas contra espaldas, cabezas, nucas, culos ajenos, lo vale no tener que angustiarse por ser tildado de depravado cuando tan solo se está enlatado.

Están los otros, los aventureros, forajidos que escapan de los embotellamientos, como serpientes se desplazan por los canales, los espacios, serpentean el tráfico, y se burlan de los hombres pecera en sus carros y de las sardinas en sus transportes públicos, ellos, en su afán avanzan solos hasta que llueve y entonces como pequeños peces asustados se reúnen bajo arrecifes de pavimento, bajo puentes, techos, almacenes, se reúnen y se escampan, se esconden.

Ahí puedes ver a los audaces, mojado un dedo, mojado la nalga. Y caminan, o montan sus bicicletas sin inmutarse, crustáceos y moluscos son, indiferentes a toda vicisitud, continúan su camino como animal sin predador, inmutables, viéndose tan lejos de todo como se sienten, orgullosos de una rebeldía justificada pero insignificante, y aunque intentan ser imitados, lo cierto es que su comportamiento y su credo exige tanto y da tan poco, que, en lugar de compartirse, repele.

Las luces cambian lentamente, y los peatones se atropellan entre ellos, cuando hace sol aún con más fuerza. Hormiguitas angustiadas, corren con el peso de una lupa imaginaria, de una amplificación social sobre sus hombros, sintiendo el peso de lo que demandan de ellos; tengo que ser, tengo que llegar, tengo que estar, tengo que ir. Tienen todo menos opciones o decisiones. Hormiguitas y abejitas que más que obreras se esclavizan, y luego los zánganos, otros que disfrutan más su labor, se llenan de placer en su repetición, en sus embestidas orgásmicas, en su labor reproductiva, creativos monoproductores que se excitan con su día a día polvo tras polvo, adictos, todos adictos, al tabaco, al licor, a la adrenalina, al deber cumplido y los encontrás en todas las ramas, y en todas las profesiones, las horas trascurren, rápido y lento dependiendo de cada uno. Porque solo la percepción altera el paso del tiempo.

Al final retornan, agotados todos, agobiados, desmoralizados, descremados, desindividualizados, sintiéndose un cualquiera, uno más… y antes de dormir, programan sus alarmas.

Sazón

Prólogo de cocina.

El que sabe, sabe que todo sabe. Es una cuestión de tacto, intuición. No hay caldo, ni guiso ni arroz en el mundo que pueda repetirse o copiarse. Es, en cada uno, en cambio, una reversión, una reinterpretación del sabor que se busca, de la receta en la que las variables son, si bien no infinitas, sí incontrolables, por eso la cocina empieza en el caso de los más metódicos en la siembra, y de los más pragmáticos en el mercado.

No es lo mismo un tomate viajado, que fresco, ni en conservas que orgánicos. No es lo mismo uno grande a uno chiquito, mucho menos pueden igualarse verdes, rojos y pintones. No es lo mismo madurarse en el árbol que en papel periódico, se pierde algo vaya a saber si en la esencia o en la voluntad al madurarse biche. Incluso vaya uno a saber si lo bueno o lo malo viene de allí; lo cierto es que el cocinero debe intuirlo, debe notar las bondades de cada producto que trae, probarlo y olerlo, él más que nadie debe conocerlo porque está a punto de transformarlo, de darle otra voluntad. Pero las cosas cuando se sobreponen pesan y dañan. Quien cocina sabe, y sabe que todo debe integrare con sutileza, no solo añadirse, no es una suma, es más místico, es una alquimia donde se transmutan los ingredientes, donde se cambian y se alteran para darle un nuevo valor, un nuevo sabor, una nueva jerarquía a su composición.

Los comensales, si saben, saben que en la cocina hay mucho más que un procedimiento, que hay una idea sobre su plato, que hay una intención que varía entre cada estación de cocina, que muta en cada reinterpretación del menú. Por eso cuando se come, se hace mucho más que masticar.

Eso que el comensal disfruta y eso que el cocinero intenta, los une o los separa. Y es lo mismo que todos buscan en lugares diferentes, en un spa, en una noche de rumba, en un concierto, en un museo, en una noche de folle intenso, en un porro, en una cerveza, en un retiro espiritual, en una misa dominical, la confirmación, la esperanza de que todo ha valido la pena, los sacrificios, los esfuerzos.

Eso, ese no sé qué, que tienen las personas que nos gustan o no, ese me da buena espina, esa intuición que te recorre y te hace confiar, esa elegancia natural que hace que una persona muestre clase y no solo plata, eso que se llama porte, aura, karma. Eso es sazón, la capacidad de darle alma a un ingrediente, el poder de darle sentido a algo que de lo contrario sería un orden mecánico, caprichoso y a veces aleatorio en la preparación de la comida.

Es necesario y el que sabe, entiende, que no solo es por su juicio sino por una lógica mayor, un orden ancestral y astral, un postulado físico espaciotemporal inviolable. Todos tenemos sazón, criterio alimenticio, y este puede variar, pero aquellos que saben concuerdan en las reglas básicas, en los patrones, en los deberes. Porque cuando todo es percepción la realidad se desdibuja, por eso es necesario comprender que la ley de los números grandes no busca acercarse a la realidad sino alejarse del error, pero para que sea funcional las sutilezas son contundentes; al final siempre lo son, como el emplatado, como la pizca de sal, de gusto, de sabor y de buen tino, sin esa sazón, nada es posible, ni tiene sentido, sin esa base TODO se pierde.

El que sabe, sabe que tengo razón. El que sabe, sabe que el cereal va primero y la leche después, que la sal al gusto no contempla la hipertensión, que el azúcar nunca debe endulzar la comida sino desamargarla, que el romero y el tomillo acompañan para aromatizar, pero no para esconder ni mermar, que el toque, es solo un toque, que todo lo que es mucho no marida, sino que satura.

La sazón es gusto, pero no al gusto.