Culpables

Todos somos culpables hasta que se nos demuestre lo contrario, culpable de intentar, de ser y estar, culpables sin querer queriendo, culpables por egoístas y por humildes, culpables de las ausencias y las saturaciones, culpables de las decisiones y las omisiones, de las tentaciones y de los tentados.

Los amo a todos, a los culpables, a los que no les tienta la mano ni el pulso para declararse culpables, para afrontar consecuencias, los que no huyen de su sombra, ni de su miedo, ni de su tiempo, los que aceptan, los que miran a los ojos sin bajar la vista, los que se sienten, se palpan y se reconocen, nada de héroes, ni de santos, me cansan, para esos cobardes no tengo paladar.

Las personas así son interesantes casi todas, astutas casi todas, buenas amantes casi todas, esclavas de su ego, lo suficiente para querer ser complacientes y al mismo tiempo indiferentes, escucharse bien, verse bien, sentirse bien, la vanidad es un arma de doble filo porque empodera y esclaviza, porque la atención es una droga fuerte para el que la consume, quieren ser siempre jóvenes, siempre cool, no quieren perder, pero no saben estregar, desean ser vistos, notados, anotados, remarcados, pero cada vez les cuesta más sostenerse y entonces ceden a sus propios miedos, sucumben ante la necesidad, quieren mantener el poder, las riendas, el poder está solo en aceptar que delante no hay nada, nada que valga la pena, nada extraordinario, nada permanente, por el contrario, es solo lo absurdo, los profano lo inútil, aquello que se da natural y sin esfuerzo, el primer vuelo, el primer beso, el primer polvo.

Recuerdo muchas y muchos, capaces de abrirse, de destacar un segundo en el tiempo, de hacerse un lugar, de asegurarse un lugar para siempre en el camino de los culpables, los culpables de las malas decisiones, de las resacas, de las risas, las culpables de los orgasmos de los desvelos y los corazones rotos, los culpables de las mentiras, de las cínicos, los manipuladores y los desesperanzados, los vacíos y los rotos, los culpables del daño, del duelo, del pasado, de cada pasado, lo rayones en más de uno, los nombres tatuadas en la espalda, las del miedo a estar solas, las de la ingenuidad falsa, las que se aburren.

Los culpables, las culpables, si saben que son culpables, si aceptan que son culpables, valen la pena, hay que rodearse de gente capaz de reconocer que son un desastre, parte de un problema, porque algunos de ellos, pocos entre ellos y ellas cuentan con un hastío genuino, con un corazón sin fronteras ni fondo, con un pensamiento ajeno a sí mismos, y esos, son los mejores culpables, los que evocan, los que te joden, lo que tocan los huevos, los que dicen sí y qué, qué vas a hacer, porque ante esos, solo se puede despertar, y dar las gracias, porque al final, al final también nosotros somos culpables, tanto más por habernos sentido inocentes.

Sueños de segunda

Desde que tenía memoria o mejor consciencia de ella, había querido escribir, creía como cree todo el mundo en la infancia que hacer lo que le gustaba depararía felicidad, era un pensamiento ingenuo, estaba en la edad de serlo y para colmo tenía la mala fortuna de crecer en medio de otros niños, ningún alma vieja que pudiera sacudirles un poco el mundo, lo más cercano era Pablito el triste, lo habían disfrazado de payaso triste hace un año y jamás había podido librarse del apodo, le venía bien, sobre todo desde que se enteró que sus padres se separaban y que además su mamá esperaba otro bebé, ya no era el hijo único, ya no tenía una familia, Pablito no se había autoinfligido dolor por medio del razonamiento, la vida se lo había hecho todo muy rápido como para asimilarlo, así que ahora solo era el triste, el niño que no sonreía, el que lloraba o tenía siempre ojeras de llorar a escondidas; y como no era suficiente la tristeza no podían despertar ante la realidad, no había nadie que les advirtiera, ninguno leía, ninguno tenía la suficiente vida para saber que después de los 20 la vida son más recuerdos que anhelos, y que estar seguro de algo era un privilegio guardado solo para los imbéciles.

Ahora tenía 22, trabajaba en una litografía a 20 cuadras del parque donde se emborrachaba con vino barato y donde fumaba sus puchos sin filtro, en donde la adolescencia rebelde le había dicho que el arte no se vendía, que más valía morir de hambre que en venta, que hacer lo que uno soñaba y quería era felicidad, así fuera en la miseria.

Creciendo había aprendido que nada que se ame te hace feliz, la escritura le dolía, su trabajo era agotador, la vida se había muerto un poco después de los 20, recordaba los sueños de todos y todos le parecían ahora ridículos, futbolista, cantante, reina de belleza, bomberos, astronautas, algunos tenía al menos el refugio cotidiano de pensar que si la vida les hubiera permitido alcanzar su sueño, sería diferente, serían diferentes, más exitosos, más felices, pero para mucho Wilde tenía razón, saber lo que quieres ser te lleva a la irremediable situación de convertirte en ello, destruyendo consigo todo, el pasado con los recuerdos sobre anhelos soñados, el presente porque nada más es posible y sobre el futuro, ni hablar, ninguno fuera de sí mismo. Escribiente, mal escribiente, jamás cazador de gorilas ni domador de serpientes, nunca filósofo ni cuentero de reyes, fuera de toda posibilidad galán de telenovela o actor de clown en los semáforos, nada, ninguna posibilidad es posible, ninguna alternativa una variable.

Solo él ahí frente a un computador, con una fila de señoras y señores viejos, diciendo que quieren decirle a sus hijos, sus sobrinos, sus nietos, sus ahijados, y él allí dispuesto a malgastar su escritura en una tarjeta, un recuerdo, una celebración, siempre a familias ajenas, siempre en victorias tan pequeñas como respirar o graduarse desde el preescolar hasta la universidad, tanta mediocridad celebrada por él, tanta cotidianidad exaltada, tanta realidad y ningún sueño propio por cumplir.
Ningún sueño de segunda al cual volver los ojos y las memorias.

Los inocentes

Hacen lo que tienen que hacer, dicen lo que les digan que deben decir, en términos prácticos son absolutistas, en términos humanos sin embargo no hay nada que les pertenezca, ni nada que los haga mover, siempre he pensado que la ingenuidad es algo bello en la infancia, algo torpe en la adolescencia, pero en la adultez es sin duda un estorbo, a los inocentes los detesto.

Mientras piensa en ellos Cristina camina lento frente a cada uno, son su responsabilidad cada uno de ellos, pero son tan poco, todos tan obedientes, tan dóciles, sus errores son suyos, ninguno piensa, solo asienten y ejecutan, nadie refuta, ahorren tela, corten tela, usen esa fileteadora y no la otra, becerritos, redondeen los bordes, pulan, remuevan las hebras,

Cristina camina, lento, siempre con gracia, siendo diseñadora siempre odio que le dijeran que no daba puntada sin dedal, siendo pianista le parecía más que lógico que debiera cuidarse los dedos, con el tiempo había entendido que un buen toque, preciso, certero, en la cadencia adecuada, el ritmo necesario no venía de cualquier mano, pero al verlos tan muertos se recordaba porque debía ser siempre así, porque con ellos no podía contarse, ninguno era viable y solo ella imprescindible.

Los inocentes, volvía de nuevo los ojos a su diseño, caminaba y jugaba con el jabón en la mano, figurín por figurín dibujando líneas y contornos, tarareando el scherzo número 3, le recuerda que está viva, la pequeña pastilla se desliza en sus dedos, caos y claridad, ideas y calma, fuego e ideación, sexo y orgasmo, actividad y descanso, el scherzo siempre saca lo mejor de ella.

La ira mengua, camina hacia su oficina, al papel, al diseño, al juego, al piano, quiere tocarlo, tocarse, callarlo todo, silenciarse en un espasmo fuerte e intenso, el sexo es solo sexo, pero también es tan aclarador, tan certero para dejarlo todo a un lado, también el piano, cierra los ojos, siente las teclas en sus dedos, y  también sus dedos, recuerda y recrea sus dedos, y de repente imagina los de él, en su teclado, martillando las pequeñas teclas de contacto, débiles ante su machaqueo, tan diferente a sus teclas, tan fuertes, tan sensibles a la presión, ella y sus teclas, él y sus dedos, él tocando justo donde ella quiere, con la fuerza justa… él tan culpable de desconcentrarla, de estar ausente, de permanecer distante, él culpable y sonriente, él culpable, y sonríe, caos y juego, fuego y tiempo, sexo y orgasmo.

Tantos inocentes cercas y dispuestos, tantos fáciles de gobernar, tranquilos y obedientes, tantos mansos y sumisos y él, el culpable tan fresco y tan lejos, sus manos comienzan a tocar el piano, y ella no deja de imaginar sus manos ya no sobre las teclas, sino sobre ella, un roce, un apretón, un movimiento, ahora dentro de ella, lento y constante, sus manos fuertes, sus dedos largos y gruesos, se humedece solo de pensarlo, sus manos en su cuello, sus manos en su cuerpo… sonríe. Toca su piano, en silencio, y lo anhela y en su ausencia no le queda más que despreciar a todos los que teniéndola cerca, no se atreven a tocarla.

Otra vida

En la jarra que hay en medio de la mesa queda aún suficiente cerveza para un vaso más, rojiza, amarga y fría, refleja un poco la luz del bar y crea esa red de luz que se mueve un poco cada que alguien se apoya en la mesa y la hace tambalear, yo no puedo quitarle los ojos de encima, esas cosas siempre han capturado mi atención, las motas de polvo en medio de un rayo de luz, y esas pequeñas chispas que hay en medio de una fogata, como pequeñas estrellas fugaces que salen disparadas del fuego, por alguna razón todas logran abstraerme de la realidad.

En medio de esa ausencia presente todo alrededor se aleja un poco, es como si lo vieja en un ojo de pez, distorsionado y distante, el ruido y las conversaciones del ambiente se transforman en un murmullo lejano, y yo no dejo de sentir que caigo un poco más dentro de mí mismo.

Afuera el mundo continúa igual, los compañeros del trabajo hablan un poco de la semana, sí, no, jajajajajaja contesto en piloto automático, soy bueno disociándome, también ayuda que no he tomado más de medio vaso de cerveza, así que la mente aún no está nublada, comienzo a servir un poco más de cerveza, pido otra jarra, tengo una conversación pendiente conmigo mismo, no quiero soluciones, quiero respuestas, no me interesa un acuerdo, necesito llegar al fondo del asunto, de la jarra, de mi mismo.

Estoy un poco al fondo detrás de las metas y los sacrificios, hay que empujar un poco los fracasos para verme, pero allá al fondo siento que todavía estoy, al que nada le importa, el hastiado, ese que desconoce cualquier autoridad, un recuerdo lejano de mi mismo, pero ya no soy ese, aunque lo extraño, siento que me acerco y que casi puedo tocarlo, pero es imposible, ya no está y no existe, sus sueños ya no son los míos, sus amores ya me rompieron el corazón o los desperdicié algún motel, ya grité sus silencios, ya calle sus lamentos, él, él ya no soy yo, aunque no sé bien cuando empecé a perderlo, cuando algo empezó a importar un poco, hay cosas que se aprenden y otras que se enseñan, por eso aunque quisiera enseñarle sé que él debe aprenderlo solo y lo hará, y va a dolerle y va a morirse. Quizá por eso lo veo pienso, quizá yo también me estoy muriendo y está naciendo otro. Quizá aunque siento que aún soy este.

La espuma turbia se mueve de un lado a otro en la jarra y luego crece en cada vaso, Daniel, escucho por fin a lo lejos, Isabela me llama, me conoce, lo sabe, al verme la mirada con los ojos un poco ausentes -volvé volvé, está muy temprano pa´ que andes perdido adentro tuyo.

-No estoy, le digo burlón, ya no estoy repito pero está vez lo digo para mí, me mira y sabe que algo me pasa, -no pasa nada le digo, piensa que miento, pero es cierto, no estoy donde me deje, no existe adentro mío, soy otro y no me conozco tan bien, supongo que quiero decirle eso, pero no puedo, hay demasiada gente y eso aún lo tengo en común con el muerto, detesto estar rodeado de gente y no poder ser, restringirme, callarme, odio las multitudes, los tiranos existen gracias a los cobardes pienso, tomo cerveza, la miro y brindo… soy un cobarde pienso y brindo, brindo porque empiezo a conocerme, a entenderme, a escucharme, me levanto camino hacia ella y recordando las ganas que le tengo desde la u la beso, me voy digo, te venís conmigo? Quiero empezar otra vida y la mesa queda en silencio, el novio de ella sigue en el baño y yo lo digo enserio.

Llegar

Empujó la puerta y entró casi en automático, era su día libre, pero no lo quería libre, demasiadas cosas en qué pensar, la libertad sienta bien, pero también abruma, necesitaba un lugar seguro, un escenario que conociera, no llevaba ropa de trabajo, por el contrario, lucía orgullosa sus piernas trabajadas, su cintura enmarcada, su piel suave, sus brazos y espalda delineados y potentes, era una potra, lo sabía y él se lo perdía, por eso prefería estar ahí, lejos de él, no caer en él, ni pensar en él, quería ser admirada y deseada, quería recordarse lo que se decía al espejo desnuda cada mañana, qué rica estoy, necesitaba oírlo de otros labios, porque solo escucharlos de los suyos ya la cansaba.

Pidió sin mirar mucho la carta, era cantinera, conocía las opciones de un lugar, aquí no habían muchas, además el calor hacía que fuera una decisión fácil, cerveza, fría, y tomó mirando un cuadro de un hombre que le daba la espalda y miraba al horizonte sobre las nubes, lo miraba con algo de recelo, no confiaba en aquellos que parecían orgullosos al estar en la cima, entre trago y trago vio a un hombre, mayor, pero familiar, uno de esos que se presienten, un borracho sabio, de esos que siempre tienen algo que decir.

También está triste, le preguntó solo para provocarlo, sabía que no lo estaba -me basta muy poco para irme, para perseguir una idea y abandonarlo todo, decía cuando uno le preguntaba por qué, -soy un ni un hombre triste ni entristecido, pero me aburre estar solo aquí, en lo real, el presente es un dictador y yo, yo soy la resistencia, y por eso escapo de todo a donde llego, de todo lo que me contiene, de cualquier espacio, no estoy aquí sino quiero, yo voy con mi mente donde me place.

-Preguntarle no era mi obligación, no hoy, hoy no era ni la encargada de la barra, ni la mesera, hoy era otra clienta, otra bebedora sin un lugar a donde ir, pero los hábitos son difíciles de olvidar y el hábito hace al monje, el borracho a la cantinera y ninguna cantinera decente dejaría de asegurarse que un bebedor esté al mando de su sed, que sepa por qué o quién bebe, nos gustan los borrachos, sí, claro que sí, pero los lúcidos, esos que tienen el alma despierta, los que alegran y contagian, esos hacen que otros beban, es bueno para el negocio, los tristes en cambio; son peligrosos, los tristes ocupan una mesa toda la noche y a menudo hasta el amanecer, alejan a todos un poco, no sueles perder un sitio en la barra sino 3, o una zona completa del bar; pero no era eso lo que quería saber, era egoísta, quería solo saber si podía acercármele, si me contagiaría un poco de alegría, más que la costumbre, fue el interés, siempre el interés y por fortuna, este pagaba con creces, era guapo, no mucho pero lo suficiente para llamarlo guapo, era fuerte, no como ella, no fuerte de entrenar, sino uno de esos hombres que puede caminar con el mundo en la espalda, de esos que podía darle pelea sin perder el aliento.

-Y dónde está ahora, en la cima con él, le preguntó para saber.

-La cima?, le devolvió él la pregunta, y luego continuó, no hay nada allá arriba, su mirada me dice que lo sabe, no lo envidia, hay desconfianza en sus ojos, sí, son dignos de atención, pero no de admiración, es solo curiosidad, cuando uno ve un esperpento de esos trepado a lo lejos es inevitable preguntarse, valdría la pena haber cambiado a ese trabajo, dejar ese amante, dicho o hecho eso que uno sabe que hizo o dijo y que cerró la puerta a ciertas oportunidades, uno tiene que huir del presente tiránico, pero no se quiere estar allá, sin un lugar a donde ir, sin nada más que el pasado para contemplar, no es allá a donde quiero llegar, en la sima de su entrepierna señorita hay más gloria que en la cúspide de una piedra o de cualquier pirámide organizacional.

Sonrió al escucharlo, era subido de tono, sí, pero nada irrespetuoso, a su manera le decía eso que ella se repetía al espejo, qué rica que estás, pero en esa lengua ágil y un poco pesada se escuchaba mejor, ayudaba que era algo guapo, sí, ayudaba también que en medio de su pensamiento y su conversación todo salía como ella lo planeaba, sin duda alguna, -me gusta su lengua, lo suficiente para invitarle una cerveza, solo por favor no se la vaya a morder, que lo que más necesito es ver de qué es capaz, le dijo sonriéndole y guiñándole un ojo.

-Pierda cuidado señorita, tenga la certeza de que sé como usarla, dijo él mientras levantaba su botella, mientras levantaba la lengua y pasaba suavemente sobre el pico para luego retraerse y esconderse en la boca. Un buen bebedor sabía cuando había juego y cuando faena, aquí todo podía decirse, era una oponente digna, la tarde estaba salvada, no había que llegar a ningún lado, solo se trataba de escapar del presente.

Ella sonreía al escucharlo, parecía haber entendido, el viejo le serviría un rato para ahuyentar todo lo demás.

Menú

No sabía muy bien cuando, ni cómo, no era tonto, no tanto al menos, pero no era tan listo, no había sido una trampa, él quería su iniciativa, su deseo hecho carne, su sexo hecho humedad, estaba cansado de los juegos, Y no iba a esperar ni a dar otra oportunidad y por alguna razón sentir que no tenía nada que perder lo llevaba a ser impulsivo e irracional, por eso cuando en la segunda cerveza ella le pregunto que deseaba él no vaciló se acercó a ella y comenzó a susurrarle—A ti, pero no seducirte, ni embaucarte, no quiero ser yo el que busque, sino el encontrado, te quiero a ti sobre mí, arrodillada frente a mí, debajo de mí, te quiero sudorosa, disfónica, te quiero a vos persiguiéndome, le dijo susurrándole al oído mientras la apretaba del cuello, y al terminar de hacerlo se separó y tomó su cerveza con la fiel convicción de haber perdido, ella lo miraba tenía en sus ojos una pequeña duda, era cierto, acababa de decirle todo eso, y ahora sin inmutarse, incluso parecía que ni siquiera sin interesarse mucho en su respuesta se alejaba a tomar de su cerveza.

No tenía idea de como actuar ahora, ella venía precisamente con la idea de sorprenderlo, de coquetearle, de fingir ser seducida, quería, pero no contaba con esa idea de ser la incitadora y la ejecutora, no había juego, y lo deseaba, sentir sus manos en las tetas, en las nalgas, sus labios en la clavícula, sus dientes en el abdomen, en los muslos, sentir su aliento recorriéndole la piel, el cuello, las tetas, sentir su lengua jugando en sus pezones, esos pequeños lametazos en círculos lentos en su sexo, y esos movimientos ascendentes y decentes, de sentir sus dedos entrando en ella, los dos del medio y lentamente acariciándola contra su vientre, mientras con su lengua continúa su vaivén.

Pensarlo la humedece, lo mira con hambre y con deseo, piensa en todas las veces donde ha sido esa putica incontrolable y se muere de ganas, en los cines con falda, en los baños de los bares donde se ha arrodillado, piensa en esa calentura torpe y pobre de adolescente, en las escaleras de los edificios llegando a casa, en los taxis donde la han manoseado, en los rapiditos en la cocina mientras su papá veía televisión en el cuarto, o la mamá iba a la tienda, piensa en cuantas veces ha querido hacer y deshacer pero ha dejado todo en manos del otro y entonces nada ha sido como ella ha querido, piensa en tener el control, piensa dominar, en mandar y se excita más, piensa en las veces que amaneciendo sola en un hotel o motel no tuvo a quien llamar y piensa, hoy no cariño, hoy no me quedo con las ganas.

—No nene, dice, mientras que con la mano corre un poco su camisa, dejando entrever un bralette morado, con algunas transparencias y encajes, —ves esto le dice mientras lo señala, hace juego le dice, le muestra sus uñas, están recién hechas y las de los pies igual, huele tu mano, sientes el perfume que tengo en el cuello, es el bueno, —luego toma su bolso y lo extiende, mete tu mano, sientes eso, el terciopelo es un antifaz, y la cuerda, la sientes, el otro es un pequeño vibrador, entiendes?

Ahora ella se levantó sonriendo, y le dijo despacito al oído —Tú no estás viendo la carta, tú eres el menú y camino despacio hacia al baño, desde allí le mando una foto de lo mojada que estaba y al volver, le entregó el panti empapado…

Podía sentir el corazón palpitándole con furia, arrítmico mientras que jadeaba, el aire no parecía quedarse el tiempo suficiente, cada bocanada la dejaba sin aliento al igual que la anterior y la siguiente, fura de sí, dos segundos balbuceaba, dos segundos mientras intentaba sentarse, mientras las piernas le temblaban. —Vos, dijo por fin al recuperarse de un orgasmo intenso, vos no me hiciste mujer, pero sí una putica, y cerro los ojos por un momento.

Llega

Cuando tiene ganas de llegar, llega sin avisar, enajenada, con la mirada hecha deseo, con la entrepierna hecha fuego, golpea un poco acelerada, apretando los muslos, queriendo disimular esa descarga de electricidad, ese pequeño impulso la controla, se muerde los labios y aprieta los que no puede toca la puerta de nuevo, una botella de vino en la mano.

Al tocar presiento, siento, como toda presa a su predador, algo en el aire te hace sentir parte de algo más, de una acción, uno no está ya en ese lugar sino donde el otro quiere, uno no está detrás de la puerta sino debajo de su falda, o dentro de ella, sus piernas ya no están en el piso sino alrededor de tu cintura, es como decía Benedetti, la caricia anuncia otra caricia y algo en ese ambiente, en esa pequeña separación de los espacio enuncia que detrás hay una leona que quiere arrancarte a mordidas el sueño, el cansancio, se intuye detrás de ese pedazo de madera que ella sediente, hambrienta, un poco ebria y grotesca quiere sentarse en tu cara, acabar en tu boca, halarte del cabello mientras la besas en medio de las piernas… se siente cerca aunque no sabes qué es todo eso, que es avalancha está a punto de caerte encima.

Detrás de la puerta ella piensa, imagina, desea, anhela, planifica… intenta, al menos intenta porque su deseo de poseer, de adueñarse, de arrebatar cualquier conciencia es más grande que su capacidad de concentrarse, está mojada, empapada, siente las gotas asomarse, siente el ritmo de la descarga eléctrica aumentar, quiere sentir sus manos fuertes en su cuello, halarle el cabello, desea, desea, desea, no piensa, no sueña, se ruboriza, se huele, huele a sexo, sabe que huele a sexo, baila, baila con la piernitas ansiosas, baila con la torpeza involuntaria que un niño hace fila en el baño; toma vino y la puerta se abre.

Suda sobre y jadea, se entrega, se doblega, abre las piernas, y cabalga, de frente y de espaldas, sobre la mesa, en la sala, en el piso, suda, suda y jadea, tiembla… en medio de eso a veces piensa, recuerda que hay otro, que estoy yo, y coquetea, que no solo arrebata sino que entrega, es como decía facundo, el conquistador esclavizado de conquista, ya tuvo su orgasmo y ahora quiere el mío, aumenta el ritmo y el movimiento, la fricción, susurra al oído lo que quiere, como lo quiere y dónde lo quiere, y se mueve para conseguirlo, me mira a los ojos y como diciéndome lo rico que se siente, se muerde el labio para que la vea, se agarra las tetas para que la vea, deja que la vea, porque sabe que quiero verla, que deseo verla, que puedo sentirla, probarla, tocarla, arañarla, morderla, pero quiero ver cómo lo hago, me gusta verme y verla, vernos.

Algo en eso la provoca, hay poder también en la entrega, comienza a sentirlo, a disfrutarlo y entonces el ritmo aumenta, la humedad aumenta, los gemidos aumentan, las uñas, la perspectiva cambia, arriba, abajo, de lado, arrodillada, su espalda, el ritmo se intensifica, el aire falta, los cuerpos suenan, chocan, se marcan el paso y entonces los dientes destruyen el interior de mis labios, sus dientes mi clavícula, sus uñas mis nalgas, no me deja huir, y llego…

Ella se viste, voltea hacia la cama, sonríe y se va.

Resaca

La Luz roja al fondo, la musica lentamente se silencia hasta convertirse en casi un zumbido distante, El mood cambia, casi levita, todo sigue igual fuera pero dentro es diferente… En la venas, el cuarto de papel termina de diluirse y la música, la vibración de la musica lo absorbe, nada fuera del ritmo existe.

A su alrededor la gente habla, los labios se mueven, hay amigos, viejos amantes, polvos prometidos, de esas personas que bailan solo porque no pueden follarse, que les gusta la energía, el cuerpo, el olor del cuerpo, la pasion, la fuerza, la sumisión, todo tan cerca de ser un folle perfecto y aún así solo baile, novios, ex novios, de testigo el mundo, hijos, matrimonios agonizantes y drogas contemplativas cobrando efecto al igual que en él, sintiendo el cosquilleo en la comisura de los labios, el rush de adrenalina, y de repente, todo alrededor cobra vida, casi mecanica, casi intuitivos, casi suficiente para olvidar que es tan gay que se nota, que es en lo que las mujeres piensn cuando tienen una fantasia lésbica.

Pero él casi, es sufiente, alcanza para follarse en la pista, para tocarse sin incomodarse, cada tacto es un ojalá fuera real, pero basta, es suficiente sentirse como un casi, no son diferentes, la mojigata que se humedece bailando, que se confezará arrepentida al descubrirse dispuesta, al sentirse realmente tentada, o como el rockerito que bailan, en silencio y descordinado.

Y todos por un segundo se congelan, y todo son solo instinto, y todos son solo animales, un jardin de las delicias, unos labios mordiéndose, un sexo empapado, una verga cobrando vida, una vieja rabia, una nueva traición, las personas desaparecen, las emociones reinan, lo inevitable se aproxima, la razón mengua, la niña buena descubre que no es buena por voluntad sino por falta de tentación, las mascaras se quiebran y ellos nacen, animales, solo animales.

La resaca será incredible la noche también, pero nadie podrá recordarla, será casi una promesa, casi un final feliz.

Fatiga

Hola, decía el mensaje, era corto pero bastaba para saber que todo había valido la pena, él, era paciente, sabía que debía serlo, durante mucho tiempo había dedicado su vida a comprender que la presión adecuada en el punto adecuado era más contundente y eficiente que la fuerza bruta, más limpia, más elegante, era superior en todo sentido, tenía además de su parte la sorpresa, y a él le encantaba ver la cara de sorprendidos de todos.

No solo era paciente, era constante, como una gotera, frecuente como una angustia, era en pocas palabras peligroso, podía y sabía esperar, pasar inadvertido para el mundo y mantenerse en pie el suficiente tiempo para fundirse con el ambiente.

Era ese tipo callado que en medio de una multitud desaparece, tan ordinario, tan irrelevante, tan invisible, y si no fuera por su mirada tan inofensivo, pero los ojos nunca estaban apagados, contrario a su imagen sus ojos ardían, había un deseo fuerte en ellos, no variaba, no desprendía la vista de su objeto de deseo, sin importar lo que fuera, cuando avanzas lento, no parece que te movieras, pero él sabía que bastaba, un saludo, un café, una insinuación, luego otra, un mensaje que la cogiera con la sorprendiera con la guardia baja, luego otro y otro, un tiempo de calma, y luego esperaba que el viento soplara con fuerza, que el oleaje subiera y entonces cediera, a sus deseos que no eran ajenos, sino a ella misma, a sus propias ganas, él no podía inventar el deseo ajeno, solo cultivar esas pequeñas ganas, esa posibilidad que se cruzaba a veces en la mente de una mujer al verlo, que tendrá este que algo tiene… bastaba, era cuestión de tiempo, de tomarse el tiempo, y de aguardar.

Sería ella quien tomaría la iniciativa, la que un poco por curiosidad, un poco por saber que podía quien caminaría hasta tenerlo cerca y quien propondría de una manera fuerte y clara sus intenciones, no importaba que lo dejaran después por volver con sus exnovios, o que lo bloquearan para siempre, que lo olvidaran, o fingieran olvidarlo, porque él sabía también por experiencia propia que a veces los recuerdos tenían vida propia, también él había recordado momentos, deseos, palabras, cuerpos, también en él habitaban pequeñas hogueras, pero era eso precisamente lo que buscaba, llenarse de fueguitos, arder mil veces y nunca consumirse, en su piel tenía mordiscos, arañazos que le marcaban la piel y también la memoria, por eso no le importaba que lo dejaran a un lado, él siempre iba a recordar la primera vez que lo habían abofeteado mientras lo cabalgaban, o la vez que arrodillada frente a él le habían escupido antes de succionarle las ganas, o esa vez en donde sin previo aviso el placer le había llegado a chorros empapándolo por completo, las convulsiones que solo una mujer le había provocado con su boca, recordaba tantas primeras veces que su corazón se agitaba y la bragueta comenzaba a saltarle, imaginaba tantas otras que no podía parar de coleccionarlas, las quería, las deseaba las necesitaba, a la pianista, la barista, la mixóloga y la relacionista pública, la bailarina, la punketa, la ciclista, la tejedora, la que tenía ojitos de monte… todas siempre, en cualquier momento, a cualquier hora, y aunque sabía que era cuestión de tiempo para que cada una cediera… y un día, un día cualquiera, común y corriente él dejó de sentirse él, y sintió el propio peso acumulado en un solo tornillo, en un solo lugar, el tedio mordiéndole las ganas, el hastío cerrándole la garganta, el pulso temblándole para arrebatar un ingenuidad más e intuyó lo temido, podía, pero estaba muy cansado para hacerlo.

La fatiga lo alcanza todo, y él al igual que ella no podía escaparse. Así que dio un paso al costado y con la mirada en el camino prendió un pucho, miró su celular y no respondió ninguno mensaje, sacó los audífonos y comenzó a pensar en otra cosa.

De otros.

Cuando terminó de firmar el olor a pintura aún no desaparecía, miraba la frase con un poco de tristeza en los ojos, va a ser malinterpretada pensaba, y agitaba un poco la lata al hacerlo, él sabía que necesitaba expandir su idea para que fuera comprendida, pero al mismo tiempo, no deseaba que cualquiera pudiera beneficiarse de ella, era más un código secreto, un guiño, un saludo a otro nihilista cínico, un, ey no está solo para esos que como él estaban solos.

No para los que iban por ahí buscando señales divinas si no para esos que iban por ahí desestimándolas, encontrando lo humando donde otros hablaban de lo divino, del azar y la suerte, aunque sabía también que, si había algo divino en el mundo, con seguridad era azaroso, nada más puede hacerse con el poder absoluto sino absolutamente nada.

El grafiti, ese pequeño aforismo a lo que el flaco llamaba grafiti estaba ahí, plasmado en la pared exhibiéndole al mundo una verdad que ignoraba, cuando el flaco pensaba así, retrocedía un par de pensamiento y se alejaba, odiaría convertirse en uno de los otros, de esos arrogantes que piensan que tienen razón o mucho peor, en uno de esos imbéciles que piensan que el otro está equivocado, de los que no hayan certeza en los argumentos sino en la desacreditación de los demás simplemente porque es incapaz de comprenderlos, los conocía bien, mucho tiempo los había escuchado, y de esos nunca quería hacer parte.

Agitaba un poco la lata aún, le daba un par de toque a la válvula y medía la presión, pensaba si valía la pena firmarlo, no porque le importara la calidad de su contenido, era consciente de su significado, eso era lo importante, solo pensaba si de verdad era el fin del texto, si no podría convertirlo en un cuento, en una novela, en un personaje que la escribe y la mira y piensa… así la veía, un poco con la intención de conocer sus posibilidades, y luego miraba la lata, la agitaba, miraba su mano, pensaba en él y medía las suyas…

¿Estaba listo..?, de verdad estaba listo, muchos años en la academia, muchos años pensando si ese verbo decía realmente lo que los demás debían entender, si esa palabra describía de la manera adecuado, eso que él necesitaba contar, no era cualquier cosa como un paper, o una tesis, era algo serio, algo digno… ¿lo era?, de nuevo agitaba y medía el peso de la lata, de nuevo probaba la presión de la boquilla, alcanzaba, sabía que alcanzaba, pintura tenía de sobra, era él el que se pesaba un poco, habrá suficiente de mí, tendré suficientes letras…

Se agachó un poco más de lo necesario, pero lo justo para aún considerarse parte de la misma obra, y comenzó a rayar, mientras lo hacía pensaba en cuantas veces le habían negado ese lugar que ahora ya no lo llenaba, antes y ahora, parecían también otro momentos diferentes aunque uno de esos estuviera en el presente y aunque en los dos estuviera él, ahora parecía también distante como ayer, incluso un poco más triste porque antes estaba la posibilidad, pero ahora era cierto., también el ahora era de otros.

De otros es la culpa, el pasado y el futuro, de otros el presente y de otros otros las victorias. El flaco