Es fácil creer; no requiere de mucho. En la expresión de una creencia no hay convicción; es más algo social, pensaba sin decirlo, cuando escuchó que le preguntaban si creía lo que acababa de escuchar.
—Podría creerte —contestó—, podría decidir afirmar que lo hago, pero no es una buena pregunta.
Creer, cuando uno pronuncia esa palabra, admite que solo la convicción, muchas veces ni siquiera personal, soporta esa elección. “Yo creo”, dice el que piensa que la Tierra es plana, o el que habla de Tartaria. Los conspiranoicos creen, y los mediocres… a esos les encanta creer, porque el que cree delega su fracaso y su triunfo. El que cree abdica su juicio y reparte las culpas.
No es creer lo que importa, más aún teniendo en cuenta lo que se había dicho. Creer no existía en el dialecto extinto de la civilización que allí habitó alguna vez. Ellos no creían en nada: ni en demonios, como aseguraron sus conquistadores, ni en ídolos, como afirmaban sus evangelizadores. Ellos sentían. No creían en un Dios; sentían a su Dios. No era un sistema argumentativo el que le daba nombre y forma. Era una convicción simple y sencilla, algo que podía intuirse, algo que daba fuerza y espacio, norte, significado. Una brújula que siempre enmarcaba aquello que hacían. Uno puede fingir creencias, pero no se puede fingir un sentimiento. Al final siempre se nota cuando algo se siente.
“Tiene sentido, es decir, puedo sentir que es coherente y tiene sentido de verdad. Siento que, al compararlo con lo que sé y con lo que he vivido, puedo aceptarlo”. Asiento, aunque no lo explico. Tan solo digo: es más difícil sentir que creer. La idea no me suelta, ni yo a ella.
Camino por sus templos y por sus pasos. Camino sobre ellos, intentando recorrer algunas de sus ideas. Subo a sus dioses, sus montañas. Busco su reflejo en sus lagos, en aguas espejadas, y sudo para lograrlo. Tiene mérito buscarlos. Se siente en el aire pesado y en la rítmica circulación que se apodera de mi cabeza al hacerlo. Tum, tum, tum, tum, retumba al caminar mi cabeza.
—¿No siente frío? —pregunta otro guía en otro lado—. Parece que viene a veranear —afirma.
No lo culpo. Subir a 4,000 metros de altura con una camisa de las Tortugas Ninja no es muy adecuado. Pero no pienso desgastarme contándole que el frío no me da frío, no con facilidad, y que además llevo una camisa térmica por debajo. No vale la pena. Él no podría sentirlo, y no me interesa que diga que me cree solo para no discutir. Además, es su trabajo: recordarle a la gente que el frío es real. Supongo que hay también algo de premonición. Él lo ha sentido. Ha visto, seguramente, a muchos sentir a los vientos helados y la neblina morderlos, y verlos devolverse hasta el carro a buscar abrigo. Quizá ha tenido él que prestarles algo para poder continuar a tiempo. Lo siento, lo entiendo.
—Soy bueno para el frío —digo y camino, digo y subo, hasta que él siente y asiente. Es cierto, lo es.
Al final, se trata de eso: de sentir, de encontrarle sentido, de que los detalles encajen, de sentir que todo está en su lugar, de que estamos donde debemos estar, haciendo lo que, por alguna razón, deberíamos estar haciendo. Sin justificarnos ante otros, sin intentar explicarles por qué en lo que creen no deberían creer. Quizá llegue el día donde algo se mueva y sientan ese hueco que nada de lo que creen puede llenar, y tengan que buscar hasta que dejen de sentirlo y empiecen a sentirlo.