Viento a favor

A los cuarenta, el cuerpo parece más plástico de burbuja que carne y huesos: donde se toca algo cruje, algo suena; el exterior se sacrifica para proteger lo que hay dentro, pero no queda intacto en su heroica labor, se siente y resiente. Las semanas duras, el estrés lo tensa al máximo y, con cualquier presión extra, revienta: la bolsa de aire cede y el cuerpo canta su dolor y da testimonio de su esfuerzo.

Esta ha sido extenuante: la rodilla cruje, el trapecio está contraído y rígido, el cuello parece estar al límite; inclina la cabeza un poco hacia atrás y lo comprueba. La sobredosis de cortisol y adrenalina que lo tuvo alerta todo el día ahora entumece el cuerpo; necesita algo que lo aligere: una cerveza, un pucho, un polvo, algo que lo desconecte y le reinicie la vida, al menos por un rato; dejar atrás todo, al menos por un rato.

Levanta la vista y busca, busca un poco de entretenimiento gratuito y de calidad: pasear la vista y la imaginación en búsqueda de colores, de gestos, de expresiones faciales… cualquier cosa que le permita ausentarse de su cabeza, de sus dolores, de su día y su semana; pero no hay nada donde posar los ojos, salvo un par de mallas y transparencias, aunque ninguna logra atraparlo lo suficiente.

De repente, ve hojas moverse en su dirección y extiende las manos como un gallinazo al sol. La corriente es ligera pero efectiva; se cuela por entre los botones y dentro de la camisa, acaricia los vellos del cuerpo y refresca la tela, la piel… se erizan los poros: es una especie de caricia que recibe con los ojos cerrados, que se agradece porque desentumece el cuerpo y resquebraja la tensión muscular acumulada. La semana ha sido larga, pesada y mezquina; la brisa, por alguna razón, hace que todo pase, que se olvide de la tensión que parecía secuestrarle el cuerpo.

Ya era hora, piensa; a los cuarenta no puede tardar tanto la tregua: a ese ritmo no hay quien pueda aguantar lo que viene ni lo que vendrá. El presente y el futuro no deben amangualarse tanto; sin una fuente de escape, el mundo explota… o implosiona, y cada uno es difícil. Es difícil llevar el mundo a cuestas; uno ya no está para jugar a ser Atlas, piensa; por algo las labores titánicas se diseñaron para ellos y no para nosotros. Uno no tiene por qué andar empujando cuesta arriba piedras todo el día; zapatero a tus zapatos y Sísifo lo que es de Sísifo.

De nuevo parece que está a punto de empezar a ventear; parece que el viento trae lluvia. Un doble alivio se acerca: la brisa que refresca y el agua que ahuyenta gente. Sonríe y levanta la cabeza; siente las gotitas chocando: no son grandes ni fuertes, su cadencia es muy espaciada; la lluvia no llegará como esperaba, pero aun así espera que sea suficiente para asustar a las que se preocupan por el frizz y a los que vienen con ellas.

En los días así, lo innecesario debería quedarse en casa. De todas formas, sonríe: la brisa y el frío merman la calentura; las gotas, aunque fugaces, también ayudan. A los cuarenta uno ya no puede ir alterándose por todo, piensa; es necesario que mengüe, es menester que se sea flexible y se estiren los límites, que se acepten los parecidos y no los originales, porque hay que maximizar lo bueno para no naufragar en el cuerpo hecho pedazos. Por eso es una buena noche, aunque haya sido una semana tormentosa: porque hay brisa, porque hay viento y sopla a favor.

No hay barranco que lo ataje

Uno está condenado a repetirse, al fuera de lugar y el destiempo. Uno no tiene otra posibilidad que la de llegar tarde a su propia vida. Bueno, no llegar, sino hacer bien las cosas, es más una cuestión de suerte que de voluntad. Uno acierta por intuición y falla por lo mismo. No hay un conocimiento previo para los momentos importantes, para elegir las palabras correctas… Acertar es una lotería que ganamos sin darnos cuenta siquiera. Astutos nos sentimos, pero no suertudos ni agradecidos, a pesar de que hayamos encontrado la respuesta perfecta a una pregunta imposible. No somos conscientes ni consecuentes con el azar. Somos afortunados de que a él no le sorprendan las probabilidades, que, aunque pequeñas, sabe que siempre juegan.

De los triunfos somos responsables; de los fracasos, en cambio, lo son todos: el caos, la ausencia de conocimiento, de consejos, aunque nunca falte quien dé consejos, aunque nunca esté ausente quien desde la distancia y con mucha condescendencia puede ver la estupidez que estamos a punto de hacer, sin importar cuál sea… Es curioso: nuestra propia historia lo vive, otro indicio quizá de que todos los hombres somos el mismo hombre, el mismo idiota que juega a esconderse del amor, a temer al miedo, a rechazar el rechazo, a callar frente al silencio, y al mismo tiempo —en otro tiempo, en otro momento— a salirle al ruedo a un animal bravísimo que de amor no quiere ni escuchar, a ignorar las señales y mirar a los ojos, justo en medio, y sonreírle de manera descarada y grotesca al final de los tiempos, a abrazar el tedio y el repudio y gritarle cuántos pares son tres moscas a los que escuchan sin inmutarse.

Timing is the answer to success, canta Kevin Johansen después de haberse comido la mierda que todos nos hemos comido.

Así que seguimos temiendo a destiempo, callando a destiempo… La idea se entiende, ¿no? Tarde y en fuera de lugar, quedándonos con cosas por decir, con minutos por correr, con llaves en el bolsillo por entregar, recados por decir, abrazos por dar. Una mezcla de timing y de avaricia, porque hay momentos donde hemos sido todo para todos, para alguien, para quien queríamos serlo, hasta que alguien pensó que quizá lo quería diferente: el beso menos mojado, el mordisco menos duro, el amor más empalagoso y menos libre… Ahí todo se rompe y nada alcanza, y como mudanza de apartamento quedan expuestas y abiertas todas las heridas y los remiendos.

Si vinieran de a una las desgracias y las desgraciadas, si se filaran, si tuvieran orden… Nos gusta pensar que tendríamos oportunidad. Pero la verdad es que cuando la primera aparece, el impacto es devastador: se rompe el piloto del gas, se rompe la ilusión de la suerte, el pago se retrasa, el envío no aparece, los fríjoles se secan, la garganta se seca, las lágrimas se secan, las ganas… El corazón se acurruca en posición fetal e intenta abrazarse sin éxito alguno, sin poder consolarse, sin encontrar una pizca de tranquilidad. Pero no es cierto: cuando hay cagada tras cagada, no hay pañito que no raspe.

También es probable. El azar no se ensaña, no nos determina, ni nos mira a los ojos con una sonrisita burlesca como lo hacemos nosotros cuando nos llamamos astutos por ganarle una mano. No encuentra alegría alguna en la victoria, porque, al igual que en la derrota, era una probabilidad. Y una tras otra, tras otra, tras otra, en fila india e incluso haciendo distancia, parecen filarse para romperme la geta, y entonces uno recuerda que sabios eran los viejos cuando decían:

—Mijo, pise firme, porque cuando uno va de culo, no hay barranco que lo ataje.

Presente

No vivo en el presente, me es esquivo. Aprendí de chico que la realidad es una posibilidad pero no una camisa de fuerza, que Dios es una costumbre y que nada tenía mucho, que nadie estaba obligado a ser quien decía ser, ni los buenos eran buenos y, en el fondo, los malos no lo eran tanto. Todos simplemente estaban demasiado presentes en sí mismos, en sus talentos, en sus problemas, en sus carencias, en sus dolores, en sus tiempos… y en realidad ni eran sus talentos, ni sus problemas, ni sus carencias: todas ajenas, todas prestadas, todas dictaminadas y recetadas por terceros.

Yo, en cambio, me ausentaba con regularidad, y dejaba ser al niño tímido que era, al niño débil que era, al niño callado que era, al niño tranquilo que era, al niño asustado. Cuando llegaba alguno de esos niños que era siendo niño, simplemente empacaba maletas y corría a una hoja en blanco, trazaba un par de líneas, un par de frases, cantaba un par de canciones inventadas y todo con la mirada al frente, ausente de mí mismo, pero con un as bajo la manga: una memoria muscular precisa para levantar la mano al escuchar mi nombre.

Ausente, siempre ausente. Si se concentrara más, si escuchara más, si prestara más atención… Aprendí que cuando algo cansa, agota, hastía, siempre se le adjudica a una carencia. Pero entendí que en realidad es porque se le da demasiado espacio en el presente a algo, por lo general al anhelo ajeno. Nunca dejaron de ser más que opiniones ajenas sus mandatos. No los incluí en mis miedos: de esos conservo solo los originales, a las alturas y a los ruidos. Por eso me alejo de quienes no escuchan más que su voz y de los que han perdido la posibilidad de verse los pies.

Demasiado ajenos, demasiado enajenados, es mucho un tercer «demasiado». No tengo más que decirles a ellos. El truco está en saber volver, en tener una línea a tierra. No siempre se puede estar ausente: hay que tomar buses, cruzar calles, “te amos” que decir, que sentir, partidas a las que hay que asistir. Hay que atender ciertos momentos, pero nunca quedarse. No siempre, no todo el tiempo. La vida es imposible si se vive de esa manera: solo es tolerable por islas de lucidez, por travesías de olvido.

Un poco como turnarse la conciencia entre todas las posibilidades, pero nunca aceptar solo una, jamás ser solo una cosa. Y menos cuando es la que te han dicho que deberías ser. Yo no estoy para eso. Me niego a ser solo lo que otros esperan que sea. Yo quiero irme de mí y volver a otro yo. Quiero verme llegar y abrazarme porque aún me extraño, y celebrarme las partidas: las de jetas, las de corazón y las de madre, porque ahí se encuentran cosas a las cuales se desea partir.

Ese es otro secreto: estar presente, hoy, aquí, siempre es en el fondo un acto cobarde de quien teme a dónde pueda llegar. Perfecto para esas personas que piden siempre lo mismo en el mismo lugar. De todo puedo ausentarme, de todo puedo perderme, menos de esas ganas de estar en todo lado, de ir, de llegar, de probar y de volver.

“El presente es un regalo”, dice una tortuga con un bastón, jugando con un panda en un lago. Solo uno de ellos. Porque el pasado y el mañana también lo fueron a su debido momento. La cosa es de timing. Uno puede huir a su pasado, escaparse a su futuro y disfrutar de estar presente frente a la alucinación. Por eso nadie está obligado a ser eso que dice ser. No siempre, no todo el tiempo. Hay que escapar, al menos a ratos, de uno mismo y de ese que todos quieren que seas. Ya vendrá otro presente donde ser otro ausente que presencia mi partida.

A fuego lento

—¿Ya sabe qué va a ordenar? —me pregunta ella.
—No levanto la vista, simplemente le digo que aún no.
—Está bien —dice ella con una voz dulce. Escucho sus pisadas alejarse, y entonces la miro, la miro irse…

Vuelvo los ojos a la carta, la miro de arriba abajo y pienso: me tomo mi tiempo. Cuando disfruto de algo —me refiero a cuando de verdad lo disfruto—, me tomo mi tiempo. Juego en mi mente, le doy vueltas al asunto buscando lo posible y lo imposible. Quiero, previo a disfrutarlo, recrearlo, adueñarme en el imaginario de lo probable, contemplarlo y simplemente degustar el momento.

Hago una pausa, me muevo alrededor y me acerco, acecho, sonrío, entrecierro los ojos, me saboreo. Puedo intuir la textura, la temperatura, el sabor. Puedo escuchar la brasa crujir, casi puedo sentir el tejido contrayéndose y reduciéndose al sudar sobre ella. Eso debe pasarle a todos: al delantero que pone el balón en el piso y retrocede tomando impulso, imaginando el balón yendo adentro; al clavadista que observa un muro de agua extenso frente a la punta de los dedos de los pies; al artesano que soba la madera o la piedra, palpando y evocando lo que siente; a la enfermera que hace bíceps y entrena para las jornadas de vacunación en los colegios. Todos se relamen los labios, anticipan, al igual que yo, aquello que desean. No me cabe duda: salivan, por dentro salivan. El instinto nervioso llama desde adentro. Ballenas blancas a estribor, ballenas blancas a babor. Aguardan, silenciosos aguardan. Porque vale la pena se contienen, porque vale la pena sentirlo.

Uno no se apresura ni se abalanza, es una cuestión de tacto. Hay que acercarse con cuidado, como un jugador de billar a la posición adecuada, al centímetro exacto de la banda donde debe golpear para que la bola vaya a donde él quiere, para que haga lo que él quiere. Es una cuestión de método. Hay que tomarse las cosas con ganas y con calma; aunque convengamos que el punto es subjetivo y no más que una convención. Pero a mí me gusta lo que me gusta jugoso, con un sabor que se concentra. Me gusta disfrutar del momento antes de que todo suceda. A veces es incluso más fuerte el recuerdo del deseo que el del consumo; la pulsión y el antojo que lo sigue, la tensión es más alta, el anhelo más intenso. Poseer sin adueñarse, diría Pessoa. Extraer de lo que se quiere la esencia que lo compone, abstraerlo y prenderse no de la forma sino del fondo.

No es casual que los perros den vueltas antes de echarse. Es que en el más animal de los instintos se intuye que hay momentos donde todo se potencia. Una fruta pintona sabe diferente a madura, la textura cambia, la acidez, todo influye, y uno por alguna razón lo sabe. Uno conoce sus ritmos. A los demás pueden parecerles ajenos. El que espera desespera, dicen algunos, pero es porque esperan en ritmos distintos. También porque a veces se comienza la espera cuando el otro ya lleva mucho esperando. La sincronización es clave. La temperatura debe ser correcta: no es lo mismo 4 horas a 180 grados que 2 horas a 360…

Tampoco es lo mismo algo que se toma el tiempo de elegirse que simplemente el de consumirse. A veces todo se pone en movimiento desde antes. No es cuestión ni de signos ni de números, sino de reconocimiento, de verse, de cruzarse los caminos. Sí es de gustos, pero yo prefiero esperar ese llamado para ordenar, no solo para pedir, sino para poner en orden los pensamientos, los antojos, los deseos. Para hacerlo bien, para saber por qué lo hago. Así que tomo la carta y comienzo a mirar y a leer, plato a plato, a imaginarlo, a intentar comprenderlo.

La mesera se acerca, me mira mirar la carta. Es la tercera vez que viene a la mesa.
—¿Encontraste ya algo que te guste? —me pregunta.
—La miro a los ojos, asiento.
—Sí —respondo mirándola y sonriendo de un solo lado—, pero aún nada en la carta —le digo.

La leña está puesta y comenzará a arder a fuego lento, justo como me gusta.

Mil palabras

La imagen es poderosa, dicen, que vale más que mil palabras repiten, repiten sin pensar cómo se dicen tantas cosas, la imagen significa, simboliza, representa, pero solo cuando está presa de una mirada activa, solo cuando que quien mira, busca, porque el que busca encuentra, los gestos ofician casi como susurros y permiten intuir contextos, identificar emociones, el lenguaje del cuerpo sujeto a la eternidad.

Sí, una buena imagen es poderosa si se tiene la perspectiva adecuada, la paciencia suficiente y el instinto del momento justo, alguien puede ver una foto y no notar lo que realmente importa, una mirada perdida, una espalda encorvada… hay espacios que no pueden llenarse en los ojos incorrectos, pasa lo mismo con los libros, un gran hombre me dijo un día, un libro puede solamente responder las preguntas que nos hemos hecho, aunque contenga mil respuestas más, si la duda no nos ha visitado, la respuesta no podrá encontrarnos, debe ser por eso que dicen que las respuestas que buscamos suelen estar dentro de nosotros, la dificultad para hallarlas es solo falta tino al cuestionarnos.

Las imágenes son iguales, no solo iguales a lo que retratan, sino iguales a los libros, en esa caso las palabras y las imágenes parecerían ser equivalentes, y aún así la reputación de unas supera a la otras, no hay comparación para la mayoría y quizá se deba a que la imagen simplifica, visibiliza las metáforas aunque engendre otras en su composición, Fibonacci, por ejemplo, establece una perfección estética imposible de aplicar a la escritura, en la imagen podría deducirse entonces que es más intuitiva, un magnetismo que puede volcarte en la imagen más fácil que en la lectura.
Puede ser también que se deba al hecho en que la imagen no se descompone ni se recrea, solo se intuye, pero en el texto la imagen se recrea, cada palabra debe ser precisa para evocarla, un hombre como descriptor carece de fuerza y de sentido único, mientras que la imagen de un hombre es clara para todos, entonces no basta con decir un hombre, hay que decir que es un en un gesto aniñado, sentado en una tarima de madera donde le cuelgan los pies, con la mirada gacha, con los hombros distendidos y con arrugas llenándole el rostro que sugieren que sonríe, aunque la imagen se potencia, aún es pobre, la sonrisa, como bien sabe Leonardo, es poderosa aunque sea sutil, es cómplice y complaciente, es sarcástica y evocativa, puede ser punzante, malvada, puede ser tan diferente una sonrisa de otra que habría que pensar mejor cómo describirla para hacerla clara en la mente, saber qué tanto achina los ojos quién sonríe, qué mira el hombre que sonríe, y qué relación puede tener el objeto con el hombre con el contexto.

Lo baña una luz azulada, su camisa es negra, su postura es ligera aunque él es a todas luces un hombre pesado, extenso y algo parece sostener entre sus manos, será eso que sostiene aquello puede hacerlo aniñarse tanto, al lado hay una copa de vino pero aún así la imagen de ese hombre no disminuido, no achicado sino enniñecido es poderosa, tiene esa fuerza devastadora que a veces tiene el silencio, esa basta intensidad que a veces tiene una idea, ese hombre en esa posición con esa copa de vino, que juega con algo entre sus manos, con su cabello recogido, con sus lentes gruesos ligeramente inclinados, con sus ojos abiertos aunque esquivos, grande y atentos, esa imagen es su idea, o quizá la mía que lo observa, se intuye algo fuerte en ese hombre, algo le pasa, algo lo atraviesa, y es difícil saber porqué pero no puedo dejar de ver la fotografía, de pensar en el hombre de la fotografía, de entender al hombre en la fotografía, soy yo ese hombre me pregunto, no soy yo acaso todos los hombres? Me respondo con otra pregunta, no somos todos un autorretrato del sufrimiento, del llanto, del dolor, de la felicidad, del orgasmo, no somos un tanto todos el mismo hombre, la misma mujer, el mismo niño, al menos en algún momento de nuestras vidas, no somos acaso tan solo un recipiente de una mirada llena que complemente nuestra existencia vacía al llenarla de sí? ¿Aumenta, crece, es poderosa la imagen y poderosa la pregunta, me alejo, un poco, solo un poco, busco otra luz, otro ángulo, busco otro hombre en ese hombre, a otro que no sea yo, se sentiría así el axolotl de Cortázar al verse en el espejo hecho hombre, o al haber visto tantos ojos negros posarse sobre él, seré yo ese axolotl hecho hombre?

Las miradas pesan, siento el peso que despierta mi interés la imagen que me interesa, puedo sentir la intriga de los intrigados por mi intriga despierta, qué mira piensan, por qué lo mira tanto, de tantas maneras, ahora ellos son también un poco yo, y eso me hermana más con el hombre que está sentado en esa tarima un poco sonriente con los ojos esquivos pero atentos al menos a eso que tiene entre sus manos.

Sería difícil retratarlo con palabras pienso, describirlo con palabras, encontrar las palabras adecuadas, las correctas, pero no dejo de pensar en ellas, en él, en mí, en los que ahora son también un poco yo viéndolo a él, algo de especial tiene la imagen que no para de llevarme a su juego a su tiempo que no parece tan lejano.

Intento irme, pero hay algo me llama de nuevo, una sensación de haber dejado algo en esa foto, pero no, no nada se queda, por el contrario, siento que quizá es que yo llevo algo conmigo que antes no tenía, el alma, le estaré robando el alma a ese hombre de la foto, a la foto, estaba acaso mi alma atrapada en la fotografía de un hombre aniñado en una tarima que mira sonriente algo que sostiene entre las manos, busco el nombre de la obra, mil palabras dice.

Sin seguro

La única forma de saber si una puerta está cerrada es tocando.
“El flaco”

—¿No vas a echar llave? —le pregunta ella, desnuda en la silla, mientras se recuesta sobre su pecho. Y él piensa, con un pucho en la mano, con la cabeza borracha de orgasmo y un poco de vino…
—Es difícil animarse, juntar valor, hacer de tripas corazón y tocar una puerta. Es difícil, quizá porque aprendimos de niños que la vergüenza está en quedarse en frente. Aprendimos como acto reflejo que, cuando uno toca una puerta en la que no lo esperan, corre, lleno de adrenalina y de miedo, que ser descubierto acababa el juego y desencadenaba en el regaño.

Quizá lo sea porque crecimos acá, porque no es lo mismo crecer viendo cómo una puerta se trancaba con dos o tres seguros de llave y dos pasadores que bloqueaban cualquier intento del afuera, porque el afuera, al parecer, es peligroso. Porque crecimos pensando que en la noche, que en la oscuridad y la calle, deambulan patasolas, madremontes, sombrereros, curas sin cabeza y lloronas. Quizá sea porque, más tarde, entrados en años, aprendimos que había balas perdidas buscando gente inocente, y gente inocente con amigos culpables, y culpables con un hambre alimentada de envidia, envidia de los tenis que no podían tener y les decían que debían tener. Teniendo rabia de las ventanillas que se suben mientras ellos se la rebuscan, de los cambios de acera al cruzarlos caminando, caminando al único destino posible en su falta de visión: violar puertas, violar sueños, violar vidas para hacerse a esos tenis, a esa ropa, a esas cadenas, a esas chimbitas, a los bolsos que les gustan a las chimbitas, a esos hombres que huelen a dinero y no a sudor de pobre como sus hombres, a los que hablan raro pero bonito.

Quizá por eso trancamos las puertas, y también por eso es difícil abrirlas.

Eso pensaba el Flaco, un poco alicorado, en la sala de su casa, mientras pensaba si debía o no cerrar la puerta. Le era extraña la idea, aunque no las razones. Y aun así meditaba, dudaba. Él también era afuera, y no quería negar su calle. En muchas casas trancarían las puertas si me vieran a mí deambulando, aunque no sea patasola, ni madremonte, ni sombrerero, ni cura sin cabeza, ni llorona, ni culpable, ni puta, ni putamierda. Aunque sea solo un poco humo y un poco alcohol. Porque nos enseñaron a temerle al afuera, al otro, a dejarlo fuera…

Soy una casa de puertas abiertas, pensaba el Flaco. No me ocupa afán de dejar por fuera a nadie. Cuesta mucho tocar una puerta como para blindarla. Aquí hay café y muebles dispuestos para atender, libros que pueden ser prestados. No necesito de una puerta para demarcar un límite. En eso soy como un gato que se deja acariciar cuando a él le da la gana. El afuera puede entrar cuando quiera. Es mi gesto íntimo hacia la posibilidad: cuando entras por mi puerta te brindo lo que soy, lo que tengo, pero nada le pertenece, sobre nada tiene derecho. Una casa de puertas abiertas que cierra solo para que no salga el gato. Soy esa casa que no se oculta del afuera, lo celebra y lo reproduce un poco, que lo protege al no salir.

No cierro con llave, no encierro con llave. Valoro las libertades propias y ajenas, mucho más a las que se renuncia por voluntad, pero desprecio a los que imponen ausencias dictatoriales, los que prohíben. Aquí dentro se está a gusto, pero puedes irte cuando quieras, cuando gustes o cuando ya no te guste ni mi café, ni mis libros, cuando sientas que no soy lo que quieres tener dentro ni adentro de tu casa o de ti…

—No, no cierro la puerta. Me gusta ser una casa de puertas abiertas —le dice mientras besa su cuello y su clavícula, mientras le pellizca las tetas—, porque tú también eres libre de irte y yo no tengo derecho alguno a encerrarte.

Papelitos

Facu rasga papelitos con la mano, se corta los dedos en el proceso y los mancha con sangre, sin quererlo, sin intentar evitarlo tampoco. Solo sucede. Trabaja en el taller de su padre, con los ojos cansados, las manos torpes, agotado físicamente pero incendiado por la idea que lo mantiene despierto, casi susurrándole que recorte papelitos; con hambre por haber comido solo lo que a los demás les sobraba o le donaban, con rabia por haber tenido que comer sobras, con la meta clara: una idea para probar que vale la pena comer tanta mierda rompiendo papelitos…

Es un hombre aparentemente en calma, ensimismado si se quiere. Camina con la espalda recta, la frente en alto, orgulloso de sí mismo sin llegar a ser pedante ni arrogante. Habla de su vida y de esta vida que estamos eligiendo, habla de la pasión y de la entrega con un tono de familiaridad en la voz. Sabe de lo que habla, no es un discurso vacío ni obligatorio. Él cree en lo que dice; pasarán años antes de entender lo importante que es eso, la gran diferencia que hace en un ser humano tener convicción. Por ahora escuchamos con interés y sentimos esa calidez que brinda la buena fe, de compartir una experiencia sin ánimo de aleccionar, de dar un consejo… Uno solo puede compartir lo que sabe, pero nunca pretender que se está en lo correcto o que deba seguirse lo que se sugiere. Él lo sabe, algunos de nosotros lo intuimos. Por eso Pessoa decía que solo la gente muy ingenua da consejos, porque hay que ser un enfermo mental para creer que se sabe qué puede hacer otro en una situación.

Facu habla con su padre los fines de semana, y como si intuyera que esos momentos son memorables, se graban charlando, con la excusa de algún trabajo universitario pero con la certeza de intentar repasarlas y encontrar esas cosas que dicen los padres y que los adolescentes solemos pasar de largo con la idea de que nuestro presente y nuestras angustias sobrepasan el entendimiento arcaico de nuestros padres… La ingenuidad, como ya dije, es una afección mental, pero la pedantería y la arrogancia juvenil es igual o peor. Quizá la locura es solo una faceta de la edad. Se necesita la soberbia y la rebeldía juvenil para desafiar y transformar el presente heredado, la confianza de los ingenuos, el egoísmo e individualismo de los ambiciosos. Quizá todo sea necesario. El problema es cuando una enfermedad se encuentra con otra. Facu lo sospecha, pero no tiene idea de cómo saberlo. Así, simplemente las graba para su universidad, pero las volverá a ver toda la vida.

Mientras tanto, recorta papelitos, y juega como científico loco a darle vida a una idea llena de papelitos, de hambres, de sangre, de desvelos. Una idea, su idea. Papelitos llenos de pasión, la misma pasión con la que se lanzan en cada cancha, con la que cada marco alegra y da vida al cuadro de su corazón. Sabe que es fuerte, que es potente, sabe que tiene el poder de mover a las masas, así como las masas los avientan porque confían en que tienen el poder de inspirar a esos que alguna vez estuvieron también en las gradas, siendo parte de algo más grande que ellos. Con esa intuición persigue su idea, crea su idea y corta papelitos mientras se corta los dedos porque sabe que al final vale la pena, aunque al final ni le guste tanto el fútbol, ni le guste tanto la industria en la que trabaja. Pero las ideas hay que respetarlas. Su padre le enseñó eso, su padre que habla con él mientras talla maderas y da formas a figuras en barro, y suelda, y pinta. Su padre, que conoce bien la obsesión que es para quien crea el crear. Y por eso lo hace. Por eso intuye que es suficiente.

En medio de la conversación que nos muestra, alguien comienza a verlo diferente:

—¿Vos hiciste papelitos?

La pregunta atropella la charla y el video de la charla que nos muestra.

—¿No te anotaron en la idea?

Él se ríe, con esa risa con la que se enfrentan los déjà vu, no es la primera vez que le pasa y se nota.

—Sí, pero no importa. Uno crea porque puede, para satisfacer un deseo personal, chicos —nos dice, y sus palabras tienen esa misma calidez de antes—. Lo cree. Y continúa—: Yo soy el de papelitos, pero más importante que eso es que era cierto. Los papelitos eran un reflejo de una pasión que podía despertar inspiración para muchos. Y el placer de la idea está en descubrirla, aunque para algunos el mérito de llegar a la luna sea de Armstrong y no del hombre que hizo la idea. La fama es del que pisa y pone la bandera, pero la alegría de crear algo, la paz de estar en paz con la idea soñada, vale más. Al final, vale más —dice tranquilo, inmutable, dice en calma como el mar abierto—, porque al crear, chicos, se conoce la profundidad que los habita… Vayan ahora ustedes y creen, eso es lo único que importa, no lo que dicen los papeles, sino la alegría de los papelitos.

Punto ciego

Comienza 1932… las cuerdas se rasgan un poco y la melodía comienza a animarse, un acordeón rompe con todo y una voz aguardientosa lanza la promesa: Solía hablarle de ti, de tus ojos al anochecer… Cierro los ojos y me pierdo un poco en una calada profunda, retengo con un poco de tristeza y soledad el humo, lo dejo salir en una bocanada fuerte y alzo el vaso y lo llevo a la boca sin abrir los ojos. La memoria muscular no es privilegio de los deportistas, también lo es de los borrachos.

El equilibrio falla, pero la mente está despierta. La canción la aviva: Jamás pensamos en ser nada más que jóvenes, vimos los barcos partir…, y llega la frase que teje y un poco amarra, como si fuéramos sueños dentro de botellas, a mi alrededor siento los hilos, de ellas, de sus perfumes, de sus aromas, de mis derrotas. Son claras ahora las veces que pude escapar, pero todos somos generales después de la guerra. Era diferente estando allí: se creía de la única forma que puede creerse, con fe ciega. Habría que haber desconfiado más, habría que haber sido más instinto e intuición, pero el habría no existe.

Más allá de la nariz la visión se torna difusa. Nadie tiene una imagen real de sí mismo, estamos un poco condenados a ver al otro; aunque eso que vemos no es tan diferente de lo que él ve de sí: una idea de quién es, una que le es por completo ajena, que intenta construir desde lo que hace, pero que resulta tan lejana como inconsistente. Vemos generalmente a dónde queremos llegar, pero nos es imposible medir la distancia desde donde estamos, establecemos puntos de referencia que nos halan siempre hacia lo que deseamos, lo que esperamos, pero que inevitablemente obliga a aligerar equipaje para acercársele.

Y Parece que lo hacemos, que nos acercamos porque algunas cosas se alejan y se dejan atrás. Podría uno pensar que: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.” Todos somos un poco caballero de la triste figura. Es fácil sentirse fuerte ante leones cansados, por eso tendemos a validarnos por medio del otro. Lo que somos, quienes somos, está mediado por nuestras interacciones con el mundo que nos rodea, y eso es peligroso, porque las redes son buenas trampas precisamente por eso: porque amarran sin darte cuenta. Le ocurre a los peces, a las moscas y a las personas. Es fácil evitar las paredes, los precipicios, pero las redes son distintas: yacen justo en frente con hilos delgados, se extienden alrededor sin ejercer mucha fuerza y se tensan cuando es el momento adecuado. Cuando las notamos, es demasiado tarde…

Todo distrae: la espuma, las burbujas, los aromas, el sol que enceguece, la brisa que obliga a achinar un poco los ojos sin dejar de avanzar. Hay que ser pequeño para evitarlas, hacerse pequeño para colarse entre sus vacíos, para saber rodearlas, o alejarse. Y a veces parecen extenderse tanto que simplemente te cansas. Y cuando notas que el mundo se cierra un poco alrededor, es porque otros cuerpos comienzan a acercarse demasiado. Desconfía de las masas, ese siempre ha sido un buen consejo. Sigue tu instinto. Algo sabe mal, algo huele mal, algo no parece encajar. Si lo ignoras, caerás en esas delgadas que ahogan y asfixian. Deja que otros avancen siguiendo a otros que avanzan, que otros te pierdan de vista, pero nunca renuncies a sentir ese magnetismo que parece llevarte a otro lugar. Se puede perder la vista, pero nunca la mirada. Seguí las conversaciones, la nariz… el secreto de un buen beso es una buena nariz. Al pensarlo, sonrío. Ese momento donde otro dice algo que ya he pensado, que ya he vivido, que ya he intuido, ratifica que hay camino aún por evadir.

Abro los ojos, la luz regresa. Alzo la mano y señalo el vaso. La mesera viene, deja la botella sobre la mesa y se va. No voltea, no me ve ni me escucha. Los puntos ciegos son difíciles de evadir, le susurro al alcanzarla. Y para los dos la suerte está echada. La red un poco nos atrapa. La huelo. Quiero conocerla, pero no olvidé nunca que le tengo ganas. Ella sonríe. —Me gusta que el sol me queme la piel —le digo—. Me gusta sin trampas, sin puntos ciegos.

Lo que no se le ha perdido

Al césar lo que es del césar, a mí déjeme sano.
El Flaco

Los viejos recuerdos, las sombras partidas, los espejos rotos, el fuego y la brasa, todos tienen algo que me gusta. Son imágenes difusas, representaciones imaginarias, nebulosas. Me gustan porque —así como tratar de recordar el perfume de la profesora de inglés que se conoció en sexto grado cuando ya no recuerdas en qué año cursaste sexto grado porque han pasado casi 20 años desde que te graduaste de la universidad—, así de ausente, de impreciso, de fuera de lugar me he sentido yo toda la vida. Un poco soy esa incomodidad con la que he crecido, con la firme intuición de que faltan cinco centavos pa’l peso, siempre. Por eso, esas cosas que se sienten incompletas —y más que incompletas, imposibles de completar— me gustan.

Por la misma razón, ni los sudokus ni los crucigramas me gustan completos, y siempre busco los que tienen erratas. Cada año los recopilo, los encuaderno: aunque se tengan las respuestas, no se tienen los espacios. Es bella esa certidumbre de que, aun con todo, no alcanza. Me ayuda a sentirme bien saber que no soy solo yo, que al cuerpo aturdido y desgonzado no le falta nada, pero con eso tampoco le alcanza. Esa tristeza cercana y familiar lo hacía sonreír, le recordaba la angustia de su madre ante las neveras grandes, la ilusión que había en sus ojos al abrirlas, soñando con tenerla, pero no solo con tenerla, sino con tener cómo llenarla, rebosarla, sin tener que descongelar. Esa ilusión pobre de tener lo que se considera riqueza, esa riqueza de creer que todo lo que falta es solo una nevera grande que nunca esté vacía…

Sin embargo, hay vacíos más difíciles de llevar, de sostener, de sopesar. Es fácil saber cuánto dinero falta: se mira la cartera y basta con restar. Pero cuando el precio es el espejo y uno se esculca los bolsillos —al principio con desesperación, luego con resignación y finalmente sin intención— porque sabe que no hay con qué, que no alcanza con un par de sueños rotos, y que los centavos de las promesas vacías ni con un par de ideas arrugadas alcanzan, se trata entonces, con cierta dignidad, de mirar los sueños por vitrinas, preguntar por ellos y decir:
—Gracias, voy a dar una vuelta y más tarde vuelvo—
sabiendo que no hay vuelta atrás y sabiendo también que quien te responde sabe que es una frase vacía, pero elástica y pegajosa, que sostiene la dignidad, el respeto, la autoestima.

Lo peor de esta ausencia no es una pérdida, sino una condena sentenciada y perpetuada, casi genética: falta alguna encima en algún cromosoma. No se puede ser feliz cuando se entiende que la felicidad se transita, que es independiente y azarosa. No se puede tener esperanza cuando se juega con las cartas sobre la mesa. Hay algo en la ignorancia que es casi una recompensa, mientras que el saber, el conocer, el cuestionar… pensar, pasa factura.

Algo similar a los animales que nacen en los criaderos: tienen algo muerto en ellos, un instinto inútil, atrofiado y lerdo, una pulsión latente de que algo falta, una comprensión de que el presente está diezmado y el futuro prohibido, ausente… Es difícil sentirse así completo. Por eso el Flaco a veces tomaba malas decisiones con hielo, y las pasaba con brumas de humo, porque sentía —desde el fondo hasta la superficie— que los dados estaban arreglados, que veía claramente la verdad. La suerte estaba echada y en su contra. Y eso lo hacía doblemente miserable.

Después de todo, cuando se crece como el Flaco creció, la sabiduría popular brinda algunas luces casi esotéricas: no piense que se enloquece, decían los abuelos, tanto libro no le va a ayudar a buscar lo que no se le ha perdido… Él mismo era una sombra difusa, una sombra partida por una escala o esquina, un espejo roto, una posibilidad deformada por una perspectiva sesgada.

—Flaco, ¿todo bien?
—Nah, qué va… pero no importa, no tiene solución, uno es dueño de lo que tiene y esclavo de lo que le falta.

Cosas en común

Jose, se llamaba Jose y eso le molestaba, en primer lugar porque era agnóstico, en segundo porque para él la ortografía importaba, y llamarse Jose, sabiendo que en verdad debería haberse llamado José, le parecía una doble ofensa, uno de esos secretos que uno lleva consigo y que le pesa y lo jode, como los calvos que desprecian ser calvos, o como casi todos que odiamos el hecho de que nunca alcance para lo que queremos que alcance. Así el nombre lo jodía a él: tener uno de los nombres más comunes del mundo por culpa de un carpintero cornudo al que le trabajó la mujer una paloma, y dos, porque además debía ser José. ¿Cómo era posible que hubiera tantos notarios sin respeto por las letras en el mundo, que se llamaran notarios además y que no notaran la ausencia de una tilde? Cuando ese pensamiento aparecía, se volvía un poco loco.

Caminaba la calle un poco víctima de esa neurosis, intentando evidenciar que era diferente a los 29.946.426 Joses que estaban registrados sobre la faz de la Tierra. Una guerra desgastante y silenciosa, como casi todas las que se libran por convicciones personales de un solo hombre. Valoraba demasiado lo individual como para sentirse parte de un colectivo, y esto al final pasaba factura a la cordura.

Pero así como hallaba razones para impacientarse en cosas absurdas, encontraba también paz en ellas. Le gustaban esas pequeñas rebeldías naturales que le permitían hacer las paces consigo mismo. Ser de clase media ayudaba. Los barrios de clase media tienen un gustito a caos que es difícil de perder y de olvidar; en esos barrios aún hay suficientes niños como para que las calles no estén silenciosas, y suficientes árboles para que las aves tengan ganas de cantar. Hay también otros cantos: gatos callejeros, perros callejeros, borrachos callejeros, y una sinfonía de ollas a presión que, siempre desincronizadas, ablandan carnes, guisos, huesos, granos, y perfuman con un infaltable e indudable toque de comino la mesa de todos. Había razones para disfrutar lo cotidiano; en el barrio de clase media el presente se disfruta… sobre todo porque se está a una mala racha de perdérselo. Todo similar y diferente.

La naturaleza también le brindaba esa idea de asimetría voluntaria: los árboles filados y plantados con intención quirúrgica que crecían extendiendo las ramas buscando rayitos de sol que evadían la autoritaria intención de crecer iguales e igualados; los vuelos de bandadas de pájaros como las golondrinas, más parecidos a enjambres de zancudos o de abejas; y el gusto humano que hacía de las fachadas un popurrí de colores, materiales, revoques, de las ganas de parecer más, de ser más, de alejarse de lo poco que fueron o simplemente de seguir la corriente de lo que los une. Un espectáculo visual que le permitía pensar: así como esos, él; así como él, ellos. Ellas dando una batalla sin enemigo visible, un enfrentamiento al espejo, a veces inconsciente pero gratificante. El único lugar donde todos son felices e iguales son los aquelarres en los que se transforman las visitas de viejas chismosas que fanfarronean con relaciones perfectas inexistentes, y las iglesias donde las santurronas hipócritas alardean de familias perfectas y unidas por voluntad y por fe, aunque no sepan nada de los dolores de sus hijos ni de los miedos de sus maridos.

Toda abundancia es una carencia, por eso ser parte de la mayoría, aunque fuera de manera involuntaria, era algo que lo azuzaba de manera constante hacia los bordes de lo cotidiano y de lo absurdo. A toda costa, alejarse del centro. Por eso fumaba, pero encendía sus cigarrillos con fósforos; dudaba de todo, incluso constantemente de sí mismo. Ante cualquier comodidad aparecía la sospecha. Era necesario para evadir las trampas de la resignación, porque hay movimientos que implican vivirse más que capitalizarse. Uno no puede vivir de escribir, pero puede vivir escribiendo, incluso si escribe mal, pensaba. Ese era su único credo, y por eso su presencia a ella le resultaba tan incómoda. Por eso, cuando encontró su carta sobre la mesa con una frase le bastó:

Ya lo único que tenemos en común es que nos disgusta incluso tu nombre.