Comienza 1932… las cuerdas se rasgan un poco y la melodía comienza a animarse, un acordeón rompe con todo y una voz aguardientosa lanza la promesa: Solía hablarle de ti, de tus ojos al anochecer… Cierro los ojos y me pierdo un poco en una calada profunda, retengo con un poco de tristeza y soledad el humo, lo dejo salir en una bocanada fuerte y alzo el vaso y lo llevo a la boca sin abrir los ojos. La memoria muscular no es privilegio de los deportistas, también lo es de los borrachos.
El equilibrio falla, pero la mente está despierta. La canción la aviva: Jamás pensamos en ser nada más que jóvenes, vimos los barcos partir…, y llega la frase que teje y un poco amarra, como si fuéramos sueños dentro de botellas, a mi alrededor siento los hilos, de ellas, de sus perfumes, de sus aromas, de mis derrotas. Son claras ahora las veces que pude escapar, pero todos somos generales después de la guerra. Era diferente estando allí: se creía de la única forma que puede creerse, con fe ciega. Habría que haber desconfiado más, habría que haber sido más instinto e intuición, pero el habría no existe.
Más allá de la nariz la visión se torna difusa. Nadie tiene una imagen real de sí mismo, estamos un poco condenados a ver al otro; aunque eso que vemos no es tan diferente de lo que él ve de sí: una idea de quién es, una que le es por completo ajena, que intenta construir desde lo que hace, pero que resulta tan lejana como inconsistente. Vemos generalmente a dónde queremos llegar, pero nos es imposible medir la distancia desde donde estamos, establecemos puntos de referencia que nos halan siempre hacia lo que deseamos, lo que esperamos, pero que inevitablemente obliga a aligerar equipaje para acercársele.
Y Parece que lo hacemos, que nos acercamos porque algunas cosas se alejan y se dejan atrás. Podría uno pensar que: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.” Todos somos un poco caballero de la triste figura. Es fácil sentirse fuerte ante leones cansados, por eso tendemos a validarnos por medio del otro. Lo que somos, quienes somos, está mediado por nuestras interacciones con el mundo que nos rodea, y eso es peligroso, porque las redes son buenas trampas precisamente por eso: porque amarran sin darte cuenta. Le ocurre a los peces, a las moscas y a las personas. Es fácil evitar las paredes, los precipicios, pero las redes son distintas: yacen justo en frente con hilos delgados, se extienden alrededor sin ejercer mucha fuerza y se tensan cuando es el momento adecuado. Cuando las notamos, es demasiado tarde…
Todo distrae: la espuma, las burbujas, los aromas, el sol que enceguece, la brisa que obliga a achinar un poco los ojos sin dejar de avanzar. Hay que ser pequeño para evitarlas, hacerse pequeño para colarse entre sus vacíos, para saber rodearlas, o alejarse. Y a veces parecen extenderse tanto que simplemente te cansas. Y cuando notas que el mundo se cierra un poco alrededor, es porque otros cuerpos comienzan a acercarse demasiado. Desconfía de las masas, ese siempre ha sido un buen consejo. Sigue tu instinto. Algo sabe mal, algo huele mal, algo no parece encajar. Si lo ignoras, caerás en esas delgadas que ahogan y asfixian. Deja que otros avancen siguiendo a otros que avanzan, que otros te pierdan de vista, pero nunca renuncies a sentir ese magnetismo que parece llevarte a otro lugar. Se puede perder la vista, pero nunca la mirada. Seguí las conversaciones, la nariz… el secreto de un buen beso es una buena nariz. Al pensarlo, sonrío. Ese momento donde otro dice algo que ya he pensado, que ya he vivido, que ya he intuido, ratifica que hay camino aún por evadir.
Abro los ojos, la luz regresa. Alzo la mano y señalo el vaso. La mesera viene, deja la botella sobre la mesa y se va. No voltea, no me ve ni me escucha. Los puntos ciegos son difíciles de evadir, le susurro al alcanzarla. Y para los dos la suerte está echada. La red un poco nos atrapa. La huelo. Quiero conocerla, pero no olvidé nunca que le tengo ganas. Ella sonríe. —Me gusta que el sol me queme la piel —le digo—. Me gusta sin trampas, sin puntos ciegos.