Aprender

Luzco como mi padre. Bueno, lucía como mi padre. De niño, al parecer, siempre fui un poco su fotocopia: los ojos muy grandes, las orejas también —por fortuna, al crecer han logrado disimularse y casi pasar por orejas comunes—, la nariz aporriada como la punta de un zapato trompón, y las manos fuertes y rápidas.

Camino como él, dicen muchos, ahora que nos hemos distanciado en rasgos. Pero fumo y bebo, cosas que a él nunca se le dieron bien. Quizá un poco para guardar las distancias. No es fácil vivir a la sombra, mucho menos ser la sombra de alguien. Pero nunca hice nada de manera consciente para alejarme: me gustaban otras cosas, y cuando coincidimos en gustos nos distanciamos en las aproximaciones.

A él el boxeo le gustaba dentro del ring; a mí, un poco más afuera. Su jab era infalible, mi gancho demoledor. A él le gustaba ablandar pómulos; a mí, costillas. En el fútbol le iba a los recuerdos de su infancia; yo, al presente de la mía. Pero los dos al paladar negro: él a los recuerdos del ballet, y yo a la maña y saña de los puros criollos. A él “Samba pa ti”, de Carlos Santana; a mí, “La Balsa”, de Los Gatos. Me alejé lo suficiente para no ser su sombra, pero me quedé cerca, lo suficiente para ser como esa otra sombra difusa que proyectan las botellas cuando están llenas de agua.

Tengo el cabello de mi madre, un poco ondulado y blanco como el suyo debajo de las tinturas. Un poco también su voluntad y corazón. Pero soy consciente de que eso suelen usarlo para sacar ventaja. Cuando pasa, pasa que me muerdo la boca, me reviento la boca, me sangra la boca. Ya lo dijo El Padrino: “nunca dejes que un hombre sepa lo que estás pensando”. Así que se lo impido. Le niego la alegría de verme perderme. La mirada se me torna vacía, animal de presa, presa de la ira.

De un par de amigos tengo los vicios, las letras, los juegos de palabras, la sed extraña e inagotable de alcohol y la risa casi muda y un poco atragantada. Las cortinas de humo que me salen de la boca, los abrazos sinceros, los juegos y las ganas de jugar, el gusto por matar el tiempo, por el sol en la cara y el pasto en la espalda… como estudiante el día de la primavera.

A mentir aprendí el día que me dijeron —siendo muy chico— que alguien había muerto, y, sumido en la total impotencia de sentir algo —porque desconocía quién era—, golpeé con rabia una puerta haciendo que todos aquellos que estaban allí creyeran que me importaba. La verdad era que estaba fúrico por no sentir nada parecido a su tristeza, por no poder llorar en comunión. Y como ya había aprendido que lo extraño se desprecia, y que lo extraño es no hacer lo que otros hacen, no quería que mi familia me diera la espalda. No a esa edad, por lo menos. No por no entender las acciones ni sus consecuencias.

Se vale perder, pero si uno va a perder, tiene que hacerlo en la suya: consciente y diligentemente. Perder dándose la oportunidad de ganarlo todo. Cualquier otra forma de derrota es tan amarga como hacerse rico por una herencia. Quizá es porque aprendí de mi abuelo que el trabajo es en sí mismo un triunfo, que la vida es un cruce de caminos y que ahí, andando, se arreglan las cargas.

Del Flaco aprendí a reírme de mí, a desfigurarme; del papel, a escucharme; del silencio, a gritarme. El camino sigue y sigue, y se enreda y se tuerce y se endereza. El camino se camina y se levanta la cabeza, para mirar hacia atrás y agradecer por todo lo aprendido, por los maestros que uno se cruza en el camino.

Otra ronda

Un hombre muere muchas veces, pero si lo hace por las razones correctas, el espíritu siempre renace.
El Flaco.

Pasa cada tanto, comienzo a intuirme, a encontrarme, a presentirme, a sentirme preso de una anticipación, la de que voy a sorprenderme justo a la vuelta de la esquina, que voy a encontrarme de nuevo en la tienda del Mocho extinguiendo cervezas y cigarrillos, en la isla más larga escuchando una salsa, un bolero y dejando caer la ceniza dentro de la botella; en esos días miro de reojo los charcos de la calle, el reflejo en los vidrios de los edificios y en los espejos dentro de cualquier baño y cualquier bar… con algo de suerte puedo ver qué parte de mí vuelve… qué parte perdida regresa para abrazarme, para hacer las paces conmigo, a decirme al oído: qué onda guacho, ¿cómo va?

Creo que un hombre puede dejar de creer en sí mismo o al menos en algunas versiones de sí; a veces he dejado atrás al de las revoluciones personales, a ese que no se deja domar y rehuye en silencio del confort y el poder, pero siempre vuelve. He dejado atrás varias veces al loco que piensa que vale la pena ser una causa perdida, pero de alguna manera siempre encuentra su camino y me toca un poco las pelotas: al incómodo, al perdido, al inquieto. Pero comienzo a creer que no toman más que vacaciones de mí, que se hastían —como yo de ellos— y se ausentan para volver después con nuevos cuentos.

El hombre es en sí mismo su propio templo, incluso para mí, que dejo constantemente de creer en mí. Así como mi madre necesita de las mismas misas que se repiten de forma cíclica cada ocho días, yo regreso a los libros, a los juegos, al humo, al silencio, a las ideas y los amigos. Los borrachos vuelven a los bares, los locos a las calles, los insensatos al estadio. Se necesita creer en algo, y cuando se hacen bien las cosas a uno mismo —aunque ninguno de los que vuelve, vuelva intacto—.

Se vuelve a la tierra, al barro, a la cancha, al cuadro, se vuelve siempre a donde la vida cobra otro matiz y otro sentido, donde se nota más el pulso. Se despierta de esos largos comas donde puede meterte la idea de haber crecido, de haber madurado, de haber cambiado. Se vuelve y se recupera ese tufito alcoholizado, ese aroma de profesor de filosofía, esa fiebre constante al perseguir un par de piernas, a las ganas, a la Plaza Cortázar, a pedir shots de Bukowski, a colgarse como un espantapájaros de Girondo y a elevar la mirada buscando las que vuelan.

El corazón se acelera cuando pasa, la fuerza se recupera. Se siente bien volver a lo que fue la casa, a la que permitió construirse en un hogar. Se vuelve a crear y a creer en viejos ideales, que por alguna razón envejecen con gracia, no de esos que envejecen con espumas y colores ocres. No, es más como que estás a punto de levantarte de una silla, algo cruje, algo de pintura del alma se rompe y allí hay un corroído exquisito de falsas expectativas, de futuros inconclusos. Y para otros, que podrían no racionalizarlo mucho, pasan desapercibidos y se asustan al verse de frente, frente a cosas que se creían superadas. Pero yo los escucho quebrarse, los veo recuperar un poco el control de las articulaciones, de las papilas gustativas, de las emociones, del dolor de espalda, de la paz en medio de la nada: el hastío como colonia, el tedio como religión…

Y canta como cantaba Mercedes:

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas,
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Pero el dolor pasa y se sonríe, nostálgico, recordando poemas escritos hace 10 o 20 años, propuestas indecentes y sueños apáticos. Y entonces uno sigue cantando:

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,
Por eso, muchacho, no partas ahora soñando el regreso,
Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo…

Y uno camina con la cabeza baja en signo de respeto, recorre sus templos, sus juegos, sus tiempos, toma su lugar y su cuerpo, se sirve un poco de disculpas, escarcha de fracasos un vaso y agrega un poco de rabias, otro poco de tristezas, y extiende su brazo mientras brinda. Porque para los necios, siempre hay dos tazas, dos botellas, dos puchos… otra ronda lista de lamentos.


Tacto e instinto

Se miran, los dos se miran a los ojos, sin darse tregua; se miran los labios, se tocan las manos. Si no hubiera una mesa en medio ni gente alrededor, podría brincar sobre él y pegarme a su pecho, sentir sus manos apretándome, agarrándome las tetas y las nalgas. Podría morderle la boca y, con algo de suerte, entienda el juego y el gusto que tengo por sentir sus labios desgarrándome los míos. Si tengo suerte, puede que sea un buen amante, tal y como lo he imaginado: apasionado, de esos que me hacen perder el control, de esos que saben escuchar, de los que se dejan llevar de las ganas y entonces se gana un amante mitad animal, mitad instinto, con un tacto certero, con una hambre voraz. De esos que te lamen, te chupan, te muerden, te cargan y te besan de forma frenética, y te hacen sentir la mujer más chimba del mundo.

Se sonríen como quienes se invitan y se imitan, un espejo de deseo, de gustos compartidos. Él la escucha reírse, una risa fuerte, armónica, una risa afinada, de esas que solo produce alguien que es feliz. Eso le gusta. Ella le gusta. Sus ojos acaramelados, su piel acaramelada le confirman lo que piensa: ella es un dulcecito, un confitico, un mecatico que alegra la vida. Sus manos, sus labios, la curva de su nariz, sus colores, todo en ella le es apetecible. Sucita en él cierto descontrol. Si no tuvieran una mesa de por medio, se abalanzaría sin duda, sentiría la temperatura de su piel, pondría su mano firmemente en su garganta, sin presionarla demasiado, lo suficiente para robarle el aliento, y comenzaría a besarla, a morderla, a susurrarle al oído que le tiene ganas. La invitaría a jugar un juego: le propondría, entre gemidos y jadeos, que solo va a responder “sí” y “no” a lo que él va a irle diciendo al oído, y que él obedecerá cada respuesta, que luego nunca hablarán de esas respuestas ni de esas preguntas, y que incluirán cosas que ha hecho, cosas que quiere hacer y cosas que él quiere hacerle. Imagina cierta complicidad en ella, desea y anhela que sea de las que juega, no de las que espera. A través de la mesa la mira deseando que la química trascienda la conversación, que sea física, que sea hormonal, que sea altiva, grotesca y descarada…

Comparten un café y juegan mientras hablan, mientras se miran, mientras se sonríen. Ella deseándolo, él anhelándola, invocando en el otro ese deseo propio que une a los buenos amantes. Quieren poseerse, entregarse, quieren quererse y parecen hacerlo, quieren juntarse y parecen unidos. Disfrutan de ese juego, bajan sus cartas y se cuentan cosas, se entregan cosas. Hay algo en ellos que hace que se vean bien juntos.

El mesero los visita, les trae un par de cervezas. Charlan, toman y se miran. Aún juegan, aún se tientan. Todo hay que decirlo: son pacientes, saben esperarse. Es importante que eso ocurra, que manejen los tiempos y no caigan en ese intento de controlarse. Es mejor perderse juntos en el momento que atarse al futuro aún incierto, aún nublado. Es normal, el fuego solo es fuego cerca al origen, la temperatura es fuerte solo cuando se está presente: ahí consume, abrasa. Con un poco más de distancia es cálido y cobija, pero a la distancia es solo humo. Si se mira demasiado lejos, el fuego tiende a proponer una oscuridad asfixiante, nada alentadora, nada que provoque adentrarse. Así que hacen bien en concentrarse solo en lo que tienen en frente. Verlos tan de cerca es casi provocativo, lo hace a uno desear ser ellos, ser aún una promesa, una posibilidad, ser aún presas del tacto y del instinto, tener frente a ellos la posibilidad de conocerse y disfrutarse. No son su pasado, y son lo suficientemente cautos para no caer en la trampa de prenderse de una imagen del futuro difusa. Son y están ahí, no se han hecho daño, no se han dejado a un lado, se nota que aún tienen muchas primeras veces por delante.

Se levantan, se toman de las manos y caminan. Hay cierta ternura en la imagen, y entonces ella baja su mano y le agarra el culo con tacto, él da un pequeño salto por instinto y yo en el café viéndolos partir brindo en silencio por ellos, envidiándolos, recordándo lo rico que se siente cuando a uno le pasa.

Miserable

El aroma del pesto invade la cocina, señal de que todo va bien. El aceite hace su fiesta y él sonríe. Ella no sabe bien por qué él hace ese tipo de cosas. “Piensa mal y acertarás”, piensa. “El que a solas se ríe de sus pilatunas se acuerda”, sentencia. Se enfurruña y se aleja. Él no lo nota: cocina. Cocinar le gusta, no lo distrae, lo abstrae, de la misma manera en que leer lo lleva a otro mundo. Él huele, se unta los dedos y saborea. Añade sal y pimienta. No nota su ausencia. En la cocina, su presencia siempre le ha sido esquiva. Quizá porque él no nota que ella nota cómo sonríe. Quizá porque ni siquiera es consciente de que lo hace. Él simplemente está en su salsa, y cuando está así, no nota nada. Le pasa en la cocina, en el trabajo, cuando juega, cuando lee, cuando contempla a sus gatos, cuando es feliz. Quizá ese es el problema: que cuando no está, es feliz. Y su felicidad ausente, lejos de todo, a ella le molesta.

Para él es instintivo: un flujo de movimientos. Pica el ajo, lo añade al aceite y disfruta del sonido. Agrega la cebolla, los pimientos, ralla el tomate. Lo hace con ritmo y sin cortarse, sin empujar de más, sin lastimarse. Es algo que domina. Hay en su ejecución una memoria muscular que suple la técnica. No agarra bien el cuchillo. No puede. Los amola en la piedra que su padre recibió como herencia de su madre, y lo hace mal. Por eso siempre se comban hacia dentro del filo, imitan un poco la curvatura de una garra. Por eso debe inclinar los vegetales y no puede crear cortes pequeñitos, al menos no con ese cuchillo… Su torpeza, como casi todas las repetitivas, tiene algo de gracia, algo que uno no puede dejar de ver cuando puede verlo.

Ella lo ve, pero no ve eso. No lo ve a él en su entrega abnegada, ni el resultado de su repetición. No ve la torpeza, ve solo la frialdad que imagina. Se siente excluida, mientras que él parece perseguir una musa juguetona, construir un mundo aparte y distante. Si le habla, solo encuentra respuestas automáticas, preprogramadas: sí, no, ajam, ujm…
—Ushhhhh… miserable —piensa ella mientras él, embelesado, prueba su salsa, sella sus carnes y dora sus hongos.
—Miserable —piensa de nuevo al verlo ir tras las especias y el vino.

Huele bien. El fondo se desglasa, el vino golpeando el sartén suena y resuena. Hay burbujas. El alcohol se evapora. El aroma embriaga y provoca.
—Le va a encantar —piensa—. Tiene ese toque que a ella le encanta, tiene ese color que vibra y resalta cuando se le escurra un poco por la comisura de los labios, tiene el aroma que la hace bailar antes de provocar bocado. —Piensa y va tras esa sonrisa al cocinarle. Intenta improvisar un poco, seguir también lo que su instinto y apetito le indican: un poco de soya o de salsa inglesa. Se debate mientras que llega a ellas. Un poco de aceite de oliva y pimienta. Toma un poco y lo prueba, degusta, le gusta…
—Prueba —le ofrece. Y entonces lo nota: el rostro le cambia. Lo aprueba, pero está molesta, le deja la espátula para que disfrute.
—Seguro fue un día largo —piensa. Y sin preguntarle, redobla sus esfuerzos: un poco de tocino, algo de mejorana… El fuego en bajo y salta a otra estación…

El sabor un poco le adormece la ira.

—Es un miserable, pero cocina rico —piensa mientras lo mira. Suda. El calor del horno. Ese baile tonto que hace mientras cocina, esa entrega estúpida con la que se entrega a todo lo que no es ella. Esa felicidad fuera de ella la pone celosa y la humilla. Le recuerda que es feliz también sin ella y eso la enciende de nuevo. Eso y el aroma del habanero tatemado que la obliga a toser y la saca de la barra. Es un pimiento antimotín, una nube natural de gas pimienta que la lleva a alejarse y enojarse. Se repliega, pero resiste.

Emplata, decora y quiere hacer un pequeño corazón en el plato, celebrarla, mostrarle que todo ha sido hecho pensando en ella… no tiene la espátula a la mano, la tiene ella en la mano, la ve distraída y le hable.

—La miserable —dice él mientras le señala la mano.
—La miserable —repite él, extendiéndole la mano.
Ella lo oye, pero no lo escucha. “Miserable” es lo único que se queda en sus oídos…
—¡Miserable vos! —le grita y azota la puerta al salir.

All in

Tavo y Teo están casados, no entre ellos, me refiero a que cada uno está casado; son profesionales, buenos profesionales, y fuman recostados en una pequeña pared. Tienen los ojos cansados y algo perdidos, no se miran pero hablan entre ellos, entre calada y calada. Tienen ese lenguaje que usan los hombres cuando algo duele adentro. Su cuerpo lo habla, los hombros les pesan, hay algo de derrota, de miedo. Las palabras son suaves y al mismo tiempo gritos. Gritarían si tuviéramos el derecho a sufrir. No lo tienen, son de esa generación que no lo tiene, de esa generación que aguanta, que llora hacia dentro, esa que fuma y canta: no estoy triste, no es mi llanto. Por fortuna, también de esa que se ganó un puesto en la cocina. Picar cebolla los mantiene cuerdos, lo sé porque también lo vivo. Es muy triste verlo desde afuera, notarlo; se les nota.

Fuman con una tranquilidad pasmosa. No quieren volver al trabajo, no aún. Por eso no fuman con prisa ni con intensidad. Son pequeñas caladas. De ellos aprendí que uno fuma un poco para alejarse de otros, es algo que nunca han entendido los no fumadores. Alejarlos es parte de la magia. Están en medio de sus treinta; yo, de mis veinte. Soy bueno haciéndome invisible, así que fumo y escucho. Quiero saber, aprender, entender. Siempre he sido nostálgico. Bromeaba no hace mucho diciéndole a una amiga que todo me duele, y que me duele mucho que sea así. Que extraño la «ch» y la «ñ» y la «ll» y la «rr» en el diccionario. No mentía. Siento que el mundo es tan mezquino que se ocupa incluso de desterrar letras que no molestaban a nadie. Me duele, sobre todo la «ch» y la «rr», las dos tienen sonidos únicos, que hacen cosquillitas al paladar… Y ahora, después de un congreso de la Real Academia, no existen más. Callo, por fortuna pienso en silencio. No los distraigo y han dejado ya de notarme. La conversación real comienza.

—¿Supiste de Gloria, la cliente?

—¿Cuál Gloria, la que se divorció?

—Sí. No sé si cuenta como divorcio, no tuvieron ni un aniversario.

—Se veía feliz, ¿no?

—Todos se ven felices, pero vos sabés que la felicidad es un ratico.

Cuando dice eso, la voz no se le quiebra… pero flaquea. Es como si hubiera bajado un poco la guardia. Teo lo nota. Tavo nota que lo nota. Con ese pequeño gesto se hacen más cómplices. Saben que el otro sabe lo que se siente. La vulnerabilidad no fue falsa; el descuido, sí lo fue. La conversación sube.

—Muy cortico, si te soy sincero —responde un poco jodido, un poco dolido. Presiona un poco la mandíbula. Teo hace eso. Sé que le gusta morder las palabras cuando siente que al decirlas van a dolerle. Venganza, dice. Me lo contó no hace mucho. No sé si Tavo lo sepa, pero el gesto —en quien lo reconoce— le agrega un toque hermoso a la situación.

—Lo jodido es que son tan buenos esos momenticos buenos que uno hace que le duren. Los pobres somos así, le metemos azúcar al chicle que se acaba, las pilas al congelador, agua a la sopa, bareta al trago, salsa y vallenato al despecho. Frankenstein que le dan vida a lo poco.

Sonrío con esa imagen. Tavo también.

—Imaginate, Teo, que pasó todo en un rodaje. Gloria iba con el director a un cambio de locación y sonó una canción: De llenar el breve espacio en que no estás… todavía yo no sé si volverás… —La canta mientras lo cuenta. Tavo canta bien y le da un toque bello a la conversación que venía arrastrando el peso de la miseria.

—Resulta que a los dos les gustaba el artista, Jero. El director también estaba casado. Pensá en ese momento: es la primera vez que se ven, pero saben algo que los demás han pasado por alto. Parecen felices, como todos —bien lo dijiste—, pero cuando saben, entienden, se entienden. ¿Me entendés? Es de esas cosas que uno sabe que encajan, que resuenan.

No es perfecta, más se acerca a lo que yo… simplemente soñé… —Teo canta mal, pero interpreta bien. Está dispuesto a la vergüenza solo porque el momento requería otro verso de la canción. Y ya que Tavo había cantado, no tenía más opción que cantarlo.

—Sí, entiendo. Extraño esa sensación. Es intuición, ese no saber que promete algo de conocimiento. Ese momento en el que no dudás de saltar y dar un paso al frente.

—¡Qué gonorrea!, ¿no? Que la vida no le endulce a uno así el oído.

Teo quiere responder, pero el calor de la colilla en los dedos lo distrae. Alza la mirada, me mira, mira a Tavo. Se ríe.

—Oyó, esa es la clave, muchacho: la apuesta. No se canse nunca de apostar.

Estrella la colilla contra el cenicero, se despide. Tavo va tras de él. Yo enciendo otro cigarro, me siento, imagino los colores dando vueltas, los números haciéndose borrosos, y la bola yendo hacia el centro, yo apostándolo todo.

Té de manzanilla

El aroma revela lo que bebe, la postura lo confirma. Luce tranquila: sus hombros no están tensos y sonríe después de cada sorbo. Sorbe antes de cada trazo, solo un poco. Está caliente, aún hay vapor desprendiéndose de la taza. Sonríe cuando lo hace, y lo hace con un placer especial. No es tanto el sabor del té, saborea algo más. Es como si intuyera el trazo que sigue, y el que le sigue a ese. Deja a un lado la taza y traza con firmeza, sin perder la delicadeza. De lejos se nota que no duda, que sigue casi que un impulso para dibujar, para crear. Lo hace siguiendo su instinto; confía ciegamente en él.

Apoya la regla, acerca el plumón y ¡saz! de un tirón demarca, limita, da forma a lo que quiere, a lo que busca. El ritmo no se altera. Demasiado tranquila. Inquietante. De la misma manera en que un mar en calma y extendido me genera intranquilidad: cada que la superficie está en calma es porque debajo no entra la luz. Nota mi mirada y la sonrisa se hace más angular, afilada. Se me eriza la piel de verla así. Sé que no es una buena señal, que suele ser cuando se pierde en una emoción. Y por lo general, no se sumerge de lleno en nada que no le dé placer. En otras ocasiones es divertido: sabes que viene algo delicioso e irrepetible, pero en el trabajo, no es una buena idea.

Termina de rayar, de dibujar. Espera. Se pone de pie frente al plano. Sonríe. Está satisfecha, lejos de orgullosa. Cuando está orgullosa, lleva una mano al rostro y se relame el labio. Cuando está satisfecha, se limpia las manos y luego hace jarras, saca pecho.

—Técnicamente impecable. En esencia, una mierda.

Sé que está pensando en eso. No es un buen momento para llamarla, para preguntarle qué pasa. Espero a que pase por mi oficina.

—¿Te falta mucho? —pregunta.

Su voz me tranquiliza. Está fúrica, pero no es conmigo. Compadezco al pobre desgraciado que haya desatado su ánimo bélico.

—No, estoy apagando —le digo.

Me levanto del puesto, recojo un poco el desorden de la oficina, vacío el cenicero, bebo el último trago del escocés que tengo servido. Caminamos al ascensor. Todo el edificio duerme. Solo nosotros mantenemos las luces encendidas.

—¿Sabías que nos dicen búhos y lechuzas los celadores?

—¿Búhos y lechuzas?

—Sí. Los he escuchado por los radios. Preguntan cuántos búhos y cuántas lechuzas hay anidando cuando tenemos que quedarnos hasta tarde. Es una tontería, pero me hace gracia. Piensan que somos sabios, que salvamos al mundo acá arriba.

—Los búhos y las lechuzas, en cambio, deben estar por perder el control. ¿Te imaginas ser un símbolo de sabiduría y ser comparados con unos animales presas de la estética retrógrada de algún cliente que pide cambios a última hora?… Insensatos ellos.

El chiste me toma fuera de lugar. Me hace reír.

—¿Problemas en el proyecto?

—Ay, no… ahora te cuento. Con un poco de vino te cuento.

Llegamos pronto a casa. Abro la puerta y saludo a los gatos. Ronronean, maau, comida reclaman. Me acerco a sus platos y sirvo un poco: pollo y cordero… Para nosotros, arroz con huevo. No ha habido tiempo para perderlo en la fila de la carnicería y las verduras impacientes se han puesto rancias.

Camino a la nevera, saco su botella de vino. Los miércoles siempre le gusta. Saco mi botella de whisky: su vino es demasiado dulce, no me gustan las golosinas tan tarde. Prefiero ese sabor amaderado, terso; sentirlo adormeciéndome la lengua, las encías.

Destapo su botella y le sirvo una copa. Me mira por encima de los lentes. Quiere que continúe sirviendo. Rebaso la línea invisible de las dos copas, y cuando pasa, dice:

—Detente…

Son casi dos copas y media. A este ritmo la botella le durará solo tres.

—La venganza —dice, mientras ve el rojo dar vueltas en la copa—, la venganza se disfruta fría, pero se planea mejor con un té de manzanilla. Juan es un imbécil. Arruinó todo el plano y no fue capaz de detener al cliente. Arruinó la forma, la cadencia de la caída de las columnas. Ya no tiene nada ese edificio.

—¿Qué le hiciste?

Al preguntarle me he puesto en evidencia. Sabe que la he visto sonreír mientras dibujaba.

—Un par de milímetros aquí y allá. Achuecado las paredes y ampliado algunas juntas. Imperceptible para ellos, pero cualquiera que entienda algo de diseño —de la vida— se dará cuenta de que no es una gran obra, sino una dulce venganza. Una de esas que nunca les permitirá sentirse cómodos ni completos. De las que joden. De las que se preparan con té de manzanilla —dice, sonriendo, mientras extiende de nuevo la copa ya vacía.

Perder el control

A veces, la vida parece acelerar de golpe, salirse de control, perder el rumbo y estrellarse contra alguna realidad que se estaba ignorando. —En esos momentos —dijo él, mirándola a los ojos a ella—, es importante saber que nada podía hacerse para evitarlo. Y a lo que me refiero con esto es a estar seguro de haberlo intentado todo, porque rumbo a la colisión uno va a repasar sus palabras, sus acciones, uno va a tener que admitir, aunque sea frente a uno mismo, que tuvo la culpa. No podrá excusarse en la suerte, no podrá verse a los ojos y estar en paz, ni podrá ver a los ojos a ese otro que generalmente está en frente y hacerlo asumir su culpa. Y en ese momento te vas a dar cuenta de que la vida es así, que las acciones tienen consecuencias.

Ella se estremeció al escucharlo, al sentirlo tan cerca, casi susurrando esas palabras, justo ahí, justo en ese momento en que las cuerdas le rodeaban la cintura y le apretaban la piel, en que la fricción del amarre recorría su cuerpo. Estaba excitada, mucho, pero ahora en su cabeza resonaban sus palabras. Comenzó a dudar de sí misma, de si había encerado bien la cuerda para evitar raspaduras, de si había fijado bien los ganchos en el techo para evitar accidentes. Comenzó a recorrer su día, sus palabras, sus acciones, y a repetirse: ¿Por qué justo ahora, marica? ¿Por qué tenías que hablar tan cerquita del orgasmo? ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! rezongaba en su cabeza.

Él notaba su distracción y comprendió que no lo había entendido como él esperaba, que estaba arruinándolo todo. Ella no tenía culpa alguna. Todo lo había hecho bien hasta ahora. La ropa que había elegido para la ocasión era perfecta, la loción corporal que llevaba olía delicioso. Ella lo había hecho todo bien, se había encargado de que cada cosa estuviera justo en su lugar: obediente, siempre obediente. No entendía por qué lo había dicho. Quería asegurarse de que no perdiera la concentración, y volvió de nuevo a su oído.

—Hay cosas que se aprenden, pero que no pueden enseñarse.

Al escucharlo, la angustia desapareció, pero no lo hacía su ira. Tenía rabia, estaba molesta. Jugaba con ella, era claro que jugaba con ella. No le bastaba tenerla suspendida y excitada frente a algunas personas que escuchaba susurrar, reír…

Abrió los ojos de nuevo y pudo ver que solo quedaban dos parejas. Las dos mujeres simulaban la penetración en un acto juvenil de restregarse la ropa. Ellos lamían sus cuellos mientras tanto, y ambas gemían. La película de fondo también gemía. Lo buscó a él con la mirada y pudo verlo atando otra cuerda, apretando otro nudo. Y se hizo consciente: no hablaba de ella ni de él, sino de ellos. Ahora se reía. Boca abajo podía ver a esas mujeres convertirse en ella, soltarse y entregarse a su deseo. Cerró de nuevo los ojos e intentó agudizar sus oídos, escucharlos mejor. Podía escucharlos susurrarse, podía también sentir sus miradas recorrerla. Lo había logrado. La culpa suya, más que la culpa la gloria y el deseo. Ella, con su cuerpo siempre en disputa, ella con sus gordos y kilos de más, ella la rara, la extraña, tenía el control sobre ellos, sobre los mirones.

Abrió los ojos para confirmar lo que la nariz le indicaba: olía a sexo. Las dos, arrodilladas frente a sus parejas, lamían, escupían y chupaban sus vergas. Todo porque ella colgaba del techo, porque, como un péndulo hipnótico, había convocado un trance erótico. Ella era objetivo de placer y deseo.

Se encontró de nuevo con sus ojos. Él la miraba sonriente. Ella, complacida, no por las cuerdas, no por los amarres ni por la lujuria de la que se sentía presa, sino de tener a alguien que pudiera hacerle abrir los ojos frente al deseo, abrazarlo con fuerza y corrérsele en la cara. Alguien capaz de hacerla sentir y de vivir, de darle el control y de ayudarle a perderlo.

La vida puede acelerar de golpe, se repitió las palabras que hace un momento la habían hecho enojar. Pero se saboreó al comprenderlas: hay cosas que se aprenden pero que no pueden enseñarse, se repitió mientras se saboreaba. Y un espasmo le arrebató toda certeza, le apretó los muslos y le robó la voz. El orgasmo había vuelto, y el control se había perdido para siempre.

A la carta.

Termina el día al comienzo de la madrugada. Jhonathan y David cubrieron el turno de la noche. La cocina está limpia, reluciente, no queda rastro de la batalla. Y aunque hubo muchas felicitaciones, el chef no parece satisfecho. No siente que haya sido un buen día. Son las 3 a. m.; cuando uno trabaja hasta esta hora, es difícil sentir que se tuvo una buena jornada laboral, piensa David sin atreverse a decirlo. Jhonathan ve que lo mira.

—Una foto te dura más, cabezón… ¿qué querés decirme?

La voz del chef es amable y risueña. No sabe acercarse sin lastimar. Es un erizo, él lo sabe y todos lo saben. Ya no lo toma fuera de lugar su reproche.

—Nada, chef. Es solo que no parece feliz, no parece que haya disfrutado la cocina.

—No siempre es fácil. Hoy estuvimos plagados de imbéciles, de esos que, cuando tienen entre las manos el menú, no saben qué es lo que sus dedos tocan ni sus ojos miran. No entienden el peso de las decisiones tomadas. A la mayoría no les importa. La gente elige pensando en la foto que podrá publicar al ordenar el plato. Nos deshicimos de la mayoría al cambiar la carta, al eliminar las fotos, pero aún hay algunos que vienen y piden algo que alguien más pidió, sin tener ningún conocimiento, sin preguntarse qué les gusta o qué les gustaría. Están tan acostumbrados a los domicilios, y eso los convierte en insensatos que terminan eligiendo por la velocidad del plato.

Me pregunto si habrá otros tan desdichados como nosotros, otros que deban ver desde afuera cómo todo aquello que se hace dentro se desprecia. Pienso que es masoquismo, David, que los masoquistas están mal. Si quisieran sentir dolor, deberían dedicarse a la cocina: a quemarse, cortarse, a machucarse los dedos y, sobre todo, a torturarse viendo carnes en el término perfecto de cocción volver al fuego para eliminar la sangre que no existe en ellas. O escuchar las peticiones de postres con leche de almendras, sin azúcar, de cafés americanos… de pastas sin salsas. Es una tortura.

—Cuando pienso en ellos, cierro los ojos, me muerdo los labios. Es como si perdiera el apetito por cocinar. Uno hace lo que hace por pasión, pero necesita del otro. No depende de él, no es su aprobación lo que busco, sino su sorpresa. Uno quiere despertar en el otro algo dormido. Que al probar lo que creamos viaje en sus recuerdos, que encuentre confort, que sepa que algo mejor viene, que lo malo pasará. Uno intenta estimular tanto sus papilas gustativas que quiera utilizar palabras para describirlo, que invente metáforas, que trate de decirle a alguien después que, cuando se tomó esa sopa, se le alegró el día, o que cuando probó esa carne no supo por qué, pero no pudo dejar de recordar ese día en que, en medio de una plaza llena de famas y cronopios, embriagado con vino, supo que al final todo iría de la mejor manera posible. Crear una epifanía que les permita hacer las paces con ellos; que entiendan que no necesitan que todo vaya bien, simplemente que todo vaya, que pueden perder siempre y cuando lo intenten, y que vale la pena hacerlo, porque hay un placer que no reside solo en el hacer ni en el éxito de lo que se hace, uno que está en el ser percibido. Lejos del ego, es por el contrario aquello que vuelve humilde a las personas.

David lo mira, asiente. Hoy el chef está conmovido.

—Toma tiempo, pero piense en los otros, en los más sensatos. Esos que preguntan al mesero qué les recomienda, o si puedes explicarle la carta. Esos que sienten pasión por la cocina, que está allí en las mesas, pero que, cuando están en la cocina, quieren estar junto al fuego, oler, probar, freír, asar. Uno de esos que camina las plazas de mercado persiguiendo los colores y los olores, que sabe que en el tacto hay también parte del gusto, y que hay principios que no se negocian. Ellos también están allí, ellos también ordenan, ellos también comen.

Y cuando no haya suficientes de esos, chef —lo mira, sonríe—, sepa que valía la pena intentarlo. Que uno puede perder, pero que vale la pena hacerlo. Y que uno no necesita que todo vaya bien.

—Papanatas —le dice el chef entre risas—, sos un cretino, pero gracias. Uno a veces tiene las mejores razones para seguirse rompiendo los huevos.

David ríe. —La vida es un mesero mala clase, chef, y al que no quiere caldo le dan dos tazas. Pero al final, cada uno elige a la carta de qué.

—¡Tené cuidado!, le grita Jhonathan a David, —a este paso vas a terminar convertido en crítico y no en Chef.

Bandera blanca

La fila de autos parece extenderse más allá del horizonte. Los veo pasar uno a uno a mi lado; yo me muevo, ellos no. Yo me siento libre, ellos atrapados. Sí, hay diferencias: ni una gota de sudor recorre sus cuerpos, pero yo avanzo, el esfuerzo me hace avanzar. Al final, sé que a muchos solo les importará decir que han llegado antes o sin que les cueste tanto. Pero hay variables: no vamos a los mismos lados, no vivimos las mismas cosas, no tienen, por ende, un punto de comparación real. Yo lo sé, por eso simplemente disfruto el viaje, aunque verlos me hace pensar en su situación.

Es un mal. Cuando te gusta escribir, vas por ahí un poco tratando de adivinar realidades, de crearlas, de ponerte en los zapatos de todos. Uno un poco pierde la noción de sí mismo. Uno puede incluso llegar a justificar casi cualquier comportamiento. Me divierto de esa manera, con las posibilidades. El mundo es una realidad individual, pero una posibilidad colectiva. El poder de las billeteras, los créditos y las tarjetas de crédito hacen fila ordenada, y yo, altivo, altanero, anárquico, voy arreado por mi propio afán, sin un peso en el bolsillo, sin ropa cara, sin tiempo ni posibilidad alguna. Voy por una pequeña senda, sobre piedras, sobre césped, sobre pantano y arena. Un poco me siento libre, fuera de todo margen. Esquivo, adelanto. El viento me hace sonreír. Incluso las motos se amontonan en líneas más pequeñas, detrás de cada semáforo. Pero no hay problema para mí: yo avanzo, me muevo, me adapto. Ja, a mí no me pueden atrapar, pienso. El terreno es plano, no sufro demasiado, las piernas responden.

Un poco me siento como cuando un niño monta por primera vez una bicicleta y doma sus miedos: salvaje. El mundo es un lugar pequeño para una sensación tan grande. Quisiera tener un vaso de plástico conmigo, quisiera bajarme y ponerlo en la llanta trasera. Quisiera jugar de nuevo a soñar ser grande. No puedo, ya lo soy. No se vería bien. No va conmigo el negarme a crecer. Es parte del norte que persigo, es parte de lo que soy. Lo necesito: un lugar a donde llegar, una meta que cruzar. Si no, es difícil moverse. Así que me resisto, aunque sigo pensando en cómo se sentía hace veintisiete años hacerlo. Sonrío de nuevo. Así se sentía. Se avanzaba. Cuando jugaba a ir en carro, me pasaba lo mismo que a ellos: la caja de cervezas o de gaseosas sobre la que me sentaba tampoco avanzaba en ese entonces. Siento que vuelo, siento que nadie puede alcanzarme, y avanzo sonriendo.

Cruzo la calle sin bajarme de ella, saltando sobre las aceras. No viene nadie. Soy un imbécil, pero un imbécil respetuoso. La acera es de los peatones, y si hay por donde cruzo, desciendo y me convierto en uno también. Pero no hay, así que disfruto. De repente, llego a una escalera. Lo veo, lo pienso, encaro el descenso.

Debajo de un árbol, alguien me mira. Sonríe viéndome.

—¡Hágale, pelao! Como cuando tenía doce —grita.

Mi libertad lo hace sentirse menos solo. “Pelao” me dice, aunque ya tengo el cabello lleno de canas, la barba llena de canas. Si no me rasurara, juraría que alguna encontraría en medio de los huevos. La idea de las canas me gana. Que me diga «pelao» me gana. No estoy pa’ estos trotes, no estoy para lanzarme. Desciendo de la cicla.

Me mira decepcionado. Esperaba más de mí. Se nota que esperaba más de mí.

Me mira como yo miraba a los de los autos, con un poco de lástima. Intento negociar con la mirada. Le señalo que hay otra calle abajo, que puede pasar un carro o una moto. No funciona.

—Eso es lo chimba, la adrenalina —me dice serio, con una voz autoritaria, de quien ha escapado de todas las cadenas. Un cínico real, uno consciente. No uno lleno de drogas que se cree invencible, sino uno limpio de ellas que se siente libre.

—Te falta calle —sentencia. No pregunta, dictamina.

Pienso en decirle que no me falta, solo que a él le sobra, pero no caería por un sofisma tan pequeño. No él. El espejismo de la admiración no lo seduce. Agradece sin duda que lo reconozca, que no lo convierta en parte del paisaje, que intente incluso justificarme ante él, que me avergüence frente a él. Pero no lo necesita. Lo recibe con los brazos abiertos, pero los despreciaría en un segundo si intentara usarlo para justificarme.

—Ya no tengo doce —le digo.

Ondeo una bandera blanca, pero no la toma.

—A la libertad no la sostienen ni siquiera cadenas chiquitas, mijo. Usted no está tan amarrado, pero no es libre.

Lo dice con amargura. Lo dice con dolor. La bandera blanca ondea, pero no me trae paz. No es una tregua, es una rendición. Me bajo, camino y me alejo.

Él está encadenado a la locura de la libertad, y yo, a la enloquecedora cordura. Entre los dos, él gana.

Agnóstico

—¿Qué crees? —le preguntó con ese tonito con el que le gustaba alejar a la gente. —Nada, no creo nada. No parece que hayas prestado mucha atención. No tengo que elegir si creer o no; el mío no es un problema de fe, ni siquiera es un problema. Mi percepción sobre tus palabras no tiene efecto alguno sobre la realidad tuya. Vos podés hacer lo que querás, porque no me interesa convencerte ni convencerme sobre algo que, al final, es irrelevante.

Escuchó la discusión a lo lejos y no pudo evitar bajar el ritmo y acercarse a la puerta. Eso era habitual, en ese lugar se daban las mejores peleas; la decoloración notoria de una franja de baldosas en el piso daba crédito a ello. Años de práctica lo habían convertido en un aseador furtivo, sabía trapear en silencio, lo hacía ya de una manera tan natural que nadie sospechaba. Había perfeccionado su técnica y por eso sonreía maquiavélicamente.

—¿No creés nada? ¿O no creés en nada, en nadie, ni siquiera en vos? No sabés ni siquiera quién sos, solo sabés lo que hacés, pero ni siquiera sabés por qué lo hacés. Solo estás ahí, haciendo lo que te dicen que debés hacer. Un muñequito sos, un juguetico, sin peso ni precio, gratis salís caro.

Los gritos le duelen, los argumentos le arden. Tienen rabia, hieden a rabia, se nota en la voz, en cómo flaquea la voz, en cómo tiembla. Tiene también algo detrás, un poco de miedo. Un buen chismoso era como un catador de vinos, le gustaba pensar eso después de aquella vez en la que le tocó trapear un reguero por culpa de un sommelier ebrio que continuaba con su performance aletargado y díscolo en una visita cardenal. Y aunque desconocía en el fondo lo que decía, comprendió su arte: encontrar la causa de los efectos. Y ahora, como buen catador de chismes, aplicaba lo aprendido.

Cuando grita, está claro, la intención es clara: quiere herir. Intenta hacerlo enojar para que reaccione como ella quiere. Es una estrategia rastrera y poco útil. A su edad, eso no funciona. Cuando uno está viejo, sabe lo que hace, aunque desde afuera no parezca. Cuando uno está viejo, tiene más cancha, sabe hasta dónde ir, hasta dónde intentar, sabe evitar el desgaste. Pero no la culpo, es un hábito difícil de perder; casi todos los hábitos lo son. Su análisis se ve interrumpido porque, en medio de un tono condescendiente, la discusión continúa.

—Vos tenés derecho a pensar cualquier cosa, incluso a creerla. Podrías incluso decirla, y eso no le agregará nada de realidad a mi realidad. Tu ficción no desvirtúa lo que soy, lo que hago ni las razones por las que lo hago. Te repito, yo no tengo que creer nada. Nada tenés para tentarme porque el día de elegir decidí, y lo repetiría mil veces: salud, salud, salud.

Por dentro estalla una carcajada; por fuera es apenas una sonrisa, similar a la que esboza un lector cuando encuentra un buen chiste en un libro, lo suficiente para no estallar, una pérdida controlada de la emoción… como las ollas a presión: un poco de aire que sale evita el estallido. Él sabe que eso la enoja, la forma en que lo ha dicho lo demuestra. Es un hombre paciente, también llega eso con la edad, pero tiene algo detrás; más que paciencia es falta de interés. Ha entendido que llega un momento en que uno ya no quiere perder, está cansado de perder, no sabe cómo hacerlo bien, no ve sentido en ello. Uno está cansado de justificarse. A la mierda el mundo y sus verdades, a la mierda la gente y sus opiniones, que la chupen todos esos que se entrometen y dictaminan los debe y los debería, porque los motivos, si se tienen claros, son inmunes a las consecuencias y las causas ajenas son, al final, difusas. Ese sabor amargo de vida y de mierda tienen sus palabras. Del tono intuye que el final se acerca, así que silencia su cabeza, agudiza el oído y presta de nuevo atención.

—No creerme es tu problema, no mío. Tu teoría sobre mí es tu problema, no mío. Los deseos de los demás sobre vos son tu problema, no mío.

Al escuchar eso, sonríe. Que él lo diga le confirma que está en lo correcto.

—Yo sé que no lo entendés, no podrías.

Él asiente. No lo conoce lo suficiente, no se ha tomado el trabajo de escarbar. No sabe cómo abrir camino sin arrasarlo.

—Confundís mi tranquilidad con desinterés, mi paciencia con cobardía. Le otorgás mil nombres y razones a algo evidente: estoy cansado. Lo suficientemente cansado para no perseguir. Aquí se usa el don divino; se confía solo en el albedrío. Quien viene, lo hace por gusto, y a nadie se le obliga. No soy un culto.

El sermón ha terminado. Del otro lado de la puerta solo hay silencio. Si lo conociera suficiente, sabría que cuando calla es porque ha dejado de llorar palabras. Todo lo que ha dicho, aunque ha salido por su boca, ha nacido de sus lagrimales. El viejo es un blando, lo que habla siempre le duele. Por algo le cuesta tanto hacerlo. Fuera de su trabajo teme hacerlo, sabe bien cuánto puede llegar a doler una palabra bien encajada, y nada le duele más que una lanzada con mala intención. Sabe que hay accidentes, que a veces los labios se sueltan y escupen vidrio a los ojos. Por eso, cuando se suelta, cuando no encuentra alternativas, lo dice todo y, de repente, calla. Se calla, se guarda, porque se ha abierto el pecho para hacerlo.

—Ella se enfurruña, alza un poco la voz, pero yo sé que el diablo sabe más por viejo que por diablo. la discusión ha terminado, todo está dicho es triste, porque por semanas arrastrará consigo la pena de no haberse podido callar.

Me alejo despacio de la puerta, enjuago la trapera en el balde y escurro. Qué negra sale el agua, qué limpio se ve el piso… que ha sido pasado y repasado por agua sucia, pero la gente lo ve y cree que está limpio; es igual allá adentro, ella cree creer lo que está mal con él; y él cree creer que todo está controlado, que no hay cura para un cura y que solo dios puede juzgar su debilidad, pero cuenta con su misericordia para salir bien librado. Y yo estoy aquí, sintiendo lo mismo que hace diez años cuando llegué a esta parroquia: que de nada vale creer, porque cada quien tiene su credo y es mejor no depositar la fe fuera de uno mismo.