Hacerse caso

Pablo pide un tinto y para oreja, escucha hablar y parece que no juzga, es un gran jugador de póker, piensa pero no muestra, no es un tahúr, pierde, pero arriesga y el que arriesga siempre gana, Pablo sabe que solo los que se conforman, los que evitan lo que se pierden, pierden, el resto, aunque pierdan, ganan porque por lo menos apuestan. Confía en su sistema, lo humano siempre es buena mano, sabe que las historias llegan, quizá no siempre, quizá no a tiempo, pero no hay afán, el tiempo está de su lado, no solo porque cumpla años, no solo porque parezca esquivarlos, los años le llegan pero la edad viene cansada de perseguirlo, la jovialidad la distrae, no lo deja alcanzarlo, eso dice él, mientras que fuma con una sonrisa tranquila.

Los temas llegan, las personas se saludan, y él fuma, toma tinto y escucha, espera un buen cuento, espera atento… La política está desgastada, no quedan buenos cuentos de políticos, le gusta la teoría de Redondo: ningún viejo debería legislar sobre la juventud, lo hacen más con envidia que con consideración, si fuera por ellos caminar rápido estaría prohibido, follar mucho y follar bien, erradicarían los domingos de parejas desnudas, de orgasmos y jadeos, de sudor y mimos, todo lo que les es esquivo lo encuentran o desagradable o lejano y por eso lo prohíben, no vale la pena gastar tinta en esos tinterillos.

Pide otro tinto y ve a Luz encenderse, esa tendera cincuentona y alegre, jovial y libertina que parece haber recuperado la sonrisa al sumarse años, una vitalidad erótica la recorre mientras que coquetea semánticamente como cualquier adolescente que comienza a descubrir el doble sentido y los chistes verdes, presenta al mercaderista como el nuevo mozo y él, ni corto ni perezoso, abre su billetera y galantea, gasta y presume como proveedor, ella se alegra y juega lo suficiente para que no le cobre hoy el pedido… Los amores despechados tampoco valen mucho la pena escribirse, para eso ya están los vallenatos, así que también deja pasar la oportunidad.

No va a hablar tampoco ni a narrar ni a contar esa intimidad cómplice que une a los solitarios en las tiendas, que hermana a los melancólicos en las esquinas, pequeños refugios donde llegan a beber un poco de comprensión y de calma, a ese pequeño oasis en el que se resguardan de un mundo que se empeña en cercarlos, resisten, juntos resisten con la ternura ajena que provocan, con los cuerpos cansados se sostienen.

Finalmente llegan los abstractos, los eclécticos, los que no son de aquí ni de allá, sin edad ni porvenir, un yogui con un espasmo, un músico salido de tono, un exgordo que no deja de recaer y vive añadiendo huecos y parchando huecos en las correas, los sospechosos comunes, los infrecuentes, los desparpajados y los abandonados, los suyos, con los que brinda mentalmente cuando piensa «por los míos». Siempre les pasa algo, no traman ni confabulan, es solo la consecuencia lógica de las fuerzas que chocan cuando se encuentran, tan cotidianos no son y eso suele tener eso que le gusta para sus cuentos casi posibles de personajes casi imposibles, de sus tranquilas excentricidades y de sus sonrisas fuertes, con carcajadas silenciosas.

«Mira, ve», dice mientras que señala con los cinco gusanos de la mano derecha, «mira vo», le responden mientras que se desarticulan en el paso inquieto del que camina para encontrarse, brindan, fuman, juegan, ponen música, cantan, catan, posan vasos escuchando posavasos, encienden y apagan todas las luces del apartamento y, contrario a Ilona, parten con el fin de la lluvia, «qué maricada», piensa, «otro día donde no hubo nada que decir de estos maricas», dice mientras que piensa qué bueno es hacerse caso.

Réplicas

“Todo ya fue, todo ya pasó aunque no haya pasado nada”

El flaco

—Las cosas grandes en la vida, las que son de verdad, pasan una sola vez y el resto son réplicas —dice el flaco sin que nadie se lo pregunte y sin que venga al caso. Lo dice en medio de un asado de unos amigos que celebran su nuevo hogar, lo dice sin contexto y sin mediación, lo dice para él y para todos, lo dice para escucharlo, piensa, lo dice sin ver a nadie a los ojos ni al rostro, lo dice mientras se acalora en el barril, mientras juega con el fuego y el humo, hace señales y no se da cuenta, hace ruido y no se lamenta, así es el flaco, el mar hace olas porque tiene el estómago revuelto y él a veces es igual, tiene sus orillas, sus profundidades y sus torbellinos que pueden tragárselo todo.

No le importa mucho si alguien lo oyó o no, tenía que decirlo, el flaco es así, nunca está del todo bien, no entiende mucho eso de que la gente espere cosas de la gente y por eso no es de extrañar que sea extraño, porque no se regula ni entiende de espacios o momentos, es un impulso, una brasa, por eso mismo no se aleja del fuego, se enfría si se va, se pierde en medio de la gente, le cuesta ser eso que otro espera, pero piensa y arde, y se consume mientras consume todo lo que le gusta y le provoca.

Decirlo lo hace pensarlo, por eso la gente tiene tipos de cosas, tipos de amigos que se replican en otros amigos, tipos de mujeres y de hombres, quizá por eso siempre le llaman la atención las miradas profundas, las almas encendidas, las que admira, el deseo es una convención, nada es deseable fuera de un orden social, pero cada uno desea en el otro lo que espera se desee en uno mismo, un tipo de carne, un tipo de tragos, un tipo de libros, una especie de ecos que resuenan sin algo que los respalde, aromas que atraen, moscas en bocas de plantas carnívoras, peces persiguiendo luces hasta las fauces de un depredador avezado.

La idea no lo suelta, tiene esa mirada presente ausente, esa espacialidad ocupada de distracción, la alarma al fondo resuena, «alarma, mi negro», le gritan desde adentro, lo despiertan, abre, saca, voltea, mira, retira un par de ganchos, está lista la picaña y la bondiola, las retira y vuelve a cerrar, camina a la cocina un poco presente, lo suficiente para no cortarse ni para hacer muchos daños, para interactuar de manera normal, se habla de fútbol, de conciertos, de personas, de momentos, las personas ríen, es bueno ver personas reír, hace eco en nosotros, se siente en calma y tranquilo allí, parte y reparte, olvidó la sal parrillera, no es crucial pero sí importante, eso le pasa no solo a la carne, a uno también, piensa, a uno a ratos le falta sal, o le sobra, a uno a ratos le falta gracia y acompañamiento, le falta término, uno a veces simplemente no le llega al tipo de nada ni de nadie, uno a veces es un mal tipo o un tipo simple, a veces incluso un tipo simplón. Acompaña la ronda de criolla, tapa la ausencia con otros sabores, se hace más pasable, más cercano, más tipo su tipo, la salsa lo arregla todo, piensa, por eso es importante bailar salsa, aunque no baila bien salsa, pero lo importante es moverse, piensa mientras vuelve al barril, a su alrededor todo está bien, parece estarlo, es un eco, una réplica de todo lo que está bien, de esos momentos que se repiten por fortuna aunque no sean a menudo, no importa que sean frecuentes, uno tiende siempre a desear más de lo que le gusta, a extenderlos y a apresurarlos, pero no vale la pena, al final viven en uno, al final son parte de uno.

—Muy rico, negrito —le gritan desde adentro.

—¿Qué tal el término? —pregunta, sabiendo la respuesta.

—Melo, papi, todo está melo.

Y él asiente sonriente porque ya lo sabía, es solo un eco, una réplica de estar juntos.