Antojos

David espera recostado en un muro el servicio de moto que ha pedido; está cansado, el día ha sido largo y aún no termina. No quiere filas, no quiere tumultos, no está para soportar el sudor de otros ni el olor de otros que también han tenido un día largo. No está de buenas pulgas, no tiene cómo aguantar y, aunque la plata no le sobra, por el contrario, escasea, hoy merece algo más: llegar temprano al barrio, a la tienda, y tomarse un par de cervezas que tendrá que pedir fiadas, y sentarse a disfrutar del partido. No es mucho lo que quiere, y tener que hacerlo todo pidiéndole prestado al futuro es algo que le molesta, aunque no lo sabe, no sabe expresar la sensación que lo recorre, ese enojo, ese vacío que solo se le irá cuando una cerveza fría le baje la bronca.

Ve pasar a la gente mientras mira su celular, ve pasar los carros y los tumultos en los paraderos; de ese abismo los abstrae un ruido atronador, un resonador que hace que todas las caras se levanten: una moto que grita: “cuidado, hombre con pene pequeño al volante”. Alza la vista y todo en la moto grita, no es solo el escape modificado, es el tanque morado, el carenaje plateado, es el casco naranja lleno de calcas reflectivas y también… la mujer que la maneja.

Daniela está tatuada de manera inconsistente, diferentes estilos, diferentes patrones, rosas, palabras tribales, clásico americano; es atípica en casi todo, es alta y grande, una mujer que impone. Daniela no es consciente, pero no se mide, es rebelde y no le carga agua a nadie. Su piel y sus facciones, al igual que sus tatuajes, son una mezcla criolla imposible de pasar por alto, tiene porte, tiene agallas y tiene algo de estrafalario cuando sonríe, cuando habla y cuando se mueve, algo de lo que tampoco es consciente, pero que intuye; adonde va sabe que la ven, que hay ojos que la juzgan, que la descubren y la desnudan, ojos que se confunden y que se pierden, ojos adonde va, adonde llega, esa sensación punzante que uno a veces tiene, ella la mantiene.

David está acostumbrado a no levantar la cabeza, a permanecer en silencio y evitar la atención, y se asusta y revisa la aplicación: es su moto, su servicio, esa mujer tiene las piernas grandes, las manos tatuadas, unos ojos sonrientes y una actitud escandalosa; lo intuye porque ella ni siquiera lo ha visto, pero él no puede dejar de verla, él ni nadie. Ella se arrima a la acera y él se acerca a ella.

—¿David? —le pregunta.

—Buenas noches, Daniela —le dice él, como quien asiente con esa incapacidad de responder de manera directa lo que le preguntan, con esa forma suya de hacer sentir fuera de lugar al otro, de la cual no se da cuenta.

Al montarse, David nota que no solo las piernas son grandes, Daniela tiene unas nalgas sobre las que podría caminar si se lo propusiera, y al sentarse queda demasiado cerca de ellas. Tiene miedo de tener una erección y, al mismo tiempo, de no tenerla, de que su deseo se haga evidente o de que no se note, está entre la espada y la pared, o entre la parrilla y las nalgas de Daniela, y la sensación lo aturde y al mismo tiempo le encanta.

Ella lo siente cerca, sonríe, sabe, porque se lo han dicho otros menos cobardes que él, que debe estar nervioso sintiendo su carne, su temperatura tan cerca, sabe que en especial los tímidos como él pierden casi que el habla frente a ella, y en especial en su espalda cuando maneja, sabe que desde allí él puede verle las manos, el cuello, sabe que él tratará de levantarse y de inclinarse para verle mejor el escote y los senos, sabe que notará pronto que su cuerpo no rehúye, que mueve la moto para acercarlo a ella, y que no sabe que, si él también se mueve bien, si responde a su manejo, podría también montarlo como lo hace con ella.

—¡Qué chimba de moto! —le dice David, asustado.

—¡Gracias! —le dice ella con una sonrisa en la voz—. Se llama la Zarca porque es una valija como yo —le dice con una picardía que él no termina de descifrar.

David se ríe.

—Debería tener otro nombre —le dice, dudando.

—¿Cuál se te ocurre? —le responde ella con una voz endulzada y sensual.

—Uno que se parezca más a vos y a ella —le dice con la voz entrecortada y dubitativa—, algo que hable de provocación y de ganas —le dice notoriamente nervioso.

—Ay, y velo cómo venía de calladito —le responde, coqueta.

—Ponele mejor Mecato —dice finalmente— porque despierta más ganas que miedo —le dice él en un arranque tan estruendoso como la moto.

—Ganas son las que me están dando —le dice ella, se ríe; acelera y saca las nalgas.

Contundente

La respiración agitada, la vista nublada y difusa… la confianza perdida al igual que el equilibrio, el mundo de repente acelera y se inclina, en medio de esa espiral expresionista brota el miedo y me entrego a la suerte, es estúpido, pero de alguna manera creo que quizá duele más si veo contra que me golpeo, entonces aprieto los párpados y solo siento el calor alrededor del fémur, en el radio y el cúbito, escucho el sonido seco del casco contra el pavimento… y entonces sé que todo ha terminado.

Es curioso que un golpe tenga temperatura, que se sienta caliente, antes de abrir los ojos me hago más preguntas tontas, quiero postergar el resultado, postergar las consecuencias que al final son siempre inevitables, cúbito y radio pienso, cómo es que olvido con cual mano debo frenar pero puedo recordar el nombre de dos huesos que estudié en cuarto de primaria para ganar educación física. Definitivamente La memoria es caprichosa cuando la atención es escasa. No escucho ninguna fractura, pienso que las fracturas tienen un sonido similar a cuando la uno se saca una espinilla, la piel se rasga, si se presta atención puede escucharse como ese desgarro se transmite por los huesos hasta el tímpano, con lo huesos supongo que es igual y no escuché nada así que no debe haber nada roto, espero, deseo.

Por fin junto el valor, abro los ojos, al hacerlo vuelvo a activar mi sistema nervioso al parecer, el codo, el codo que nunca sentí que pegara contra nada, que jamás se calentó como una resistencia eléctrica de cocina, ese que consideré intacto sangra, se siente como gelatina, el antebrazo derecho está tatuado en la acera, también sangra, la ropa pienso, intacta por fortuna, la gente alrededor no entiende, no se explica cómo ha pasado y me mira como pidiendo una aclaración… los decepciono, tampoco la tengo, no sé por qué sin nadie en frente, sin ningún carro cerrándome, sin nada que me sorprenda, mi mano izquierda se extiende, toca la palanca del freno y siente un cosquilleo ajeno a toda razón, y aprieta, aprieta fuerte, y yo me catapulto pero no, no hay nada, nada que justifique la acción, nada para contarles, necesito decirles algo, justificarme, caído sí, imbécil claro que sí, pero ellos no tienen por qué saberlo, y miento. -Estoy bien, me levanto y me sacudo el pantalón, las piernas me duelen, se encienden al tacto, que no sea grave, hijueputa que no sea grave. No me quiebro y continúo, me levanto, los miro y digo: -No me pasó nada.

Me monto a la bicicleta de nuevo, miro al frente no quiero encontrarme con sus miradas, no quiero más preguntas, la humillación duele más que el golpe, la estupidez es más contundente que el pavimento, desgasta más que el asfalto corrosivo, ellos sonríen, sé que sonríen, por dentro lo hacen, no están interesados en mi seguridad, solo quieren conocer mejor la historia para contarla bien, la inexplicable historia de un gordo cayendo en bicicleta, mentirán, estoy seguro que mentirán que dirán que la barriga me bajó la sudadera hasta las rodillas y que me vieron volar y rebotar en la cicloruta, que lo vieron pararse tembloroso, llorando, levantándose los calzones con una sola mano, otros más ingeniosos quizá digan que fue frente a una panadería, quien no les creería que un gordo cae conceptual y físicamente ante el olor de pan recién hecho, otros hablarás de helados y quizá alguno diga que fue una foto de una hamburguesa o una valla de una chocolatina, de todas las mentiras que puedan decir, el pan será la mejor, imagino el olor del pan, puedo casi saborearlo, conociéndome me parece lo más factible.

Pedaleo con dolor y adolorido, la idea no me abandona, y pedaleo con una leve sonrisa, porque la idea de un gordo cayendo porque el olor del pan lo distrae es poderosa, más poderosa de lo que pensaba.