Causas perdidas

Chéjov dijo alguna vez: Solo inútil es placentero.

Cada mañana se levantaba en busca de letras, quería ser escritor, sentía que la tinta le palpitaba en las venas. Leía como yendo a la escuela, leer era su academia, pero temía nunca igualar lo que sus ojos veían y temía a la hoja en blanco como a la oscuridad temía de niño.

Cuentos, historias, reflexiones, poemas, noticias… sentía que todo lo había intentado y junto a sus papeles guardaba la esperanza de ser pronto reconocido y junto con ellas el miedo de nunca serlo. Le gustaban las causas perdidas y por eso le apasionaba tanto la suya, pero su vida de letras no era la única causa que apoyaba.

Jorge creía en las personas, trabajaba y no tenía inconvenientes en gastarse su quincena en una noche si podía con ello llenar de sonrisas el rostro de sus amigos, estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, incluso si no lo conocía. 

Creía en los abrazos y los besos, en las pasiones fuertes, en las calmas prolongadas, en los silencios cómodos. Era un melancólico que disfrutaba los intentos más que las victorias.

A sus treinta años había gastado sus ahorros en más de una ocasión en donaciones de libros a la biblioteca del pueblo donde creció, pese a que cuando la visitaba aún encontraba los mismos libros que leyó cuando era niño, pero era tal su amor por el prójimo, su fe en él, que pensaba que el dinero estaba en meses de arriendo atrasado o salarios incumplidos a sus empleados, así que sonreía y pensaba lo mejor de cada ocasión.

Incluso creía en el juicio de su pueblo y elección tras elección seguía eligiendo más por pereza que por democracia a la familia del alcalde, pensaba que seguro no era tan malo si todos seguían eligiéndolo y que quizá él exageraba al encontrar tantos defectos y frustraciones con su representación, por eso seguía enviando noche tras noche, una carta al alcalde dándole, a su juicio, algunos consejos que harían mejorar la vida en el pueblo, aunque sabía por los rumores que día a día el alcalde encendía un puro con la carta que él enviaba. 

Todos conocían a Jorge y su gran corazón, todos abusaban de su nobleza y muchos la creían merecida, castigaban su amor porque era más fácil que unirse a su invitación constante a rescatar la humanidad del pueblo, aun así él nunca alimentó un resentimiento.

De esa forma de vida desprendida nació el rumor de su fortuna, su buena vida solo era pensada para un adinerado, nadie podía estar dispuesto a dar tanto si no tuviera diez veces más, era obvio que Jorge era una fachada, tenía que estar forrado porque nadie era tan estúpido para dar aquello que aún le servía.

Una mañana, como cualquier otra, Jorge tomó sus cartas, una para el alcalde, unas cuantas para las editoriales y otras a amigos que lo habían olvidado y emprendió su camino, pero nunca volvió. Camino al correo su corazón se había cansado de luchar, incluso así su cadáver sonreía, hasta el último día lo había intentado y él amaba las causas perdidas.