Confesionario

Debido a lo retirado del pueblo, el cura iba solo una vez cada dos meses y la cantidad de fieles que atendían la cita dominical hacían imposible prestar todo los servicios en un solo día y requerían de un día exclusivo de confesiones y uno por uno los feligreses llegaban sin falta en el transcurso del día, uno a uno, sin encontrarse en las puertas, sin hacer fila para no reconocerse ni verse a los ojos.

Clemencia como era habitual llegó primero a la cita del confesionario, de hecho lo odiaba, ella amaba el chisme y desde que un nuevo párroco había sido asignado aunque fuese de manera esporádica las personas preferían callar y cargar la culpa esperándolo a él y la cantidad de rumores en el pueblo se veía reducida a una cifra absurda, ya nadie hablaba de adulterio, envidias, robos, toda la información se la llevaba el enano de la sotana, eso la carcomía.

Como todo pueblo, cuando algo pasa con suficiente frecuencia se transformaba en costumbre y por ende en ley, al salir clemencia de su cita con el párroco esperó al próximo que llegara.

—Hola Martica, el padre quedó muy afectado por las ceremonias de ayer, se ha quedado sin voz, pero igual se realizará la jornada de confesión, la penitencia será entregada por escrito a través de la rejilla, me ha pedido que esperara a la próxima persona que viniera y le informara que siguiera al confesionario y que él le golpeara dos veces la misma a través de la madera para informarle que ya puede empezar a hablar, sígase, espérelo ahí en el confesionario mientras que voy a despertarlo ya que quería descansar un momento.

Ah y por favor cuando termine espere en el atrio al siguiente y explíquele la situación. Gracias querida—

Martica desconfiaba, pero obedeció, entró en el confesionario, puso la señal de ocupado y se sentó. Aunque era un mueble antiguo y casi completamente cerrado podían verse los pies de las personas que se acercaban y cuando vio el par de zapatos negros y la sotana casi arrastrándose, se tranquilizó.

Sonaron los dos golpes en la madera comenzó:

—Discúlpeme padre porque he pecado, soy humana—… y tras justificarse, evadiendo toda culpa, dio rienda suelta a sus cargas.

—Padre, desconfío muchísimo de mis vecinos, incluso ahora estuve a punto de irme, a esa lengua suelta de la Clemencia no puede creérsele nada, si no hubiera visto su sotana o si usted hubiera tardado 1 minuto más me habría ido sin mirar atrás.

Pero bueno ya está usted aquí, he vuelto a tener esos sueños padre, en los que el alcalde llega a mi casa a hurtadillas y tras levantarme de mi cama me lleva a los corrales en el patio y como en la épocas de juventud caemos en pecado, como animales padre, como animales y aunque me revuelvo en aguamasa y estiércol el placer que se siente padre, el maldito placer hace que me calle y le oculte estos sueños a mi esposo, sé que está mal pero es que él sigue igual, ya son 8 meses en los que no cumple sus deberes maritales y yo, soy humana padre—

La confesión de Martica se extendió en banalidades, mentiras, omisiones, pequeños robos a su marido, pero nada que fuera aumentar drásticamente su penitencia, cuando por fin se calló  un papel se asomaba por la rejilla, allí aparecía las penitencias que debía cumplir, padres nuestros, avemarías, servicio comunitario y baños con agua fría cada día después de los sueños, era un castigo conocido pero poco aplicado y a regaña dientes aceptaba cumplirlo, al final decía, si cumples con esta penitencia serás absuelta y perdonada.

Al salir martica espero en el atrio cerca de treinta minutos y paso una a una las instrucciones y las causas de las mismas.

Uno a uno pasaron al confesionario y uno a uno sus pecados fueron escuchados, incesto, fraude, homosexualismo y sodomías fueron confesadas durante la jornada, pérdidas de virginidad con hombres casados, con viajeros y blasfemias, todos con un dulce estribillo, lo siento padre mis pecados son los mismos de la última vez…

Los desfalcos de la alcaldía, en los cuales tanto el Tesorero como el Alcalde, manifestaban una buena intención al invertir dinero del presupuesto en la retribución a sus auspiciantes y el pequeño porcentaje del 15% recordándole que el 10% de ese 15 iba para la iglesia como agradecimiento…

Clemencia cerró la iglesia a las 8 de la noche como cada lunes y el pueblo descansaba en paz, sus pecados les habían sido perdonados. Todos iban a dormir tranquilos hasta que la radio dio el aviso, el cura había fallecido, su chofer lo había encontrado muerto en su dormitorio al momento de recogerlo, el parte médico anunciaba que había fallecido en la noche del domingo.

Clemencia reía al escuchar la noticia, la jornada de confesiones había resultado agotadora pero el premio era suculento, su lengua jamás había tenido tanto para contar…