Se hace

—Es curioso, no parecés un tipo capaz de ser capaz. No te ves como se ven los otros que está uno más acostumbrado a ver haciendo… Bueno, digo, solo digo, no por nada malo ni nada…

El Flaco lo mira y se sonríe.

—Los pobres no nacemos con cara de nada. Toda cara nos la vamos haciendo en el camino, como los arrieros: con el sol, con el agua, con el hambre, con las ganas. Los pobres no necesitamos espejos. Sabemos que tenemos la cara de lo que queremos: de hambre, de belleza, de fuerza, de plata, de necesidad… Esa es como la base. De ahí uno le va poniendo con lo que encuentra y con lo que puede. Tu error no está en que yo no tenga la cara —un pobre tiene todas las caras—; está en que vos no sos capaz de imaginar. Sos miope en ese sentido, astigmático en prospectiva.

—Es que llevás mucho tiempo en tu burbujita, creyendo que el mundo es lo que vos entendés del mundo. Mucha fórmula, mucho número, pero se te olvida que las cosas no son por lo que son, sino por lo que no son; que se definen más por contraposición que por nominación o figuración. Y eso aplica a muchas cosas, es que así como estás vos sí confundís la mierda con el arequipe.

Lo sermonea sin mirarlo, mientras se ensucia las manos de aceite, mientras el motor tibio aún le dora las manos.

—Te apuesto a que nunca lo has pensado. Vos aceptás el mundo que te rodea con una facilidad casi insultante, indigna de alguien de ciencia… Seguro pensás que si de la carne sale algo rojo debe ser sangre, aunque sepás que la sangre no viaja libremente por el cuerpo, sino por las venas y las arterias.

El Flaco habla mientras se mancha, mientras se estira mientras Diego solo mira y opina.

—Vos no me ves en estas, decías, como dicen las señoras blancas que van a misa cuando se enteran de que un malo de los que agarran haciendo maldades es blanco como ellas. Despertá, que la gente así vive pensando que todo el mundo la está mirando y empieza, más que a moldearse, a desfilarse, a convertirse en maniquís, en cositas para mostrar. Por dar gusto al ojo ajeno se les olvida lo que es hacer algo con ganas.

Sigue sin darle tiempo a que respire ni descanse.

—¿Vos por qué creés que los ricos no culean rico? Porque están más preocupados de no ensuciarse, de no despeinarse, de no sudar… El mundo de los ricos no es rico: es frío y frívolo… lo mismo los que quieren ser como ellos, verse como ellos.

Diego solo abre un poco la boca, toma impulso para intentar rebatir pero cada comentario del flaco llego rápido, quiere defenderse pero no puede, más porque para poder ver el tutorial en el celular se ha puesto la linterna en la boca… está a merced del flaco y él no se contiene.

—Los libros que leen, las películas que ven, los matan antes de aprender a vivir. Son como esos que aprendieron a jugar como futbolistas, pero a los que se les olvida jugar fútbol… No se dan cuenta de que las cosas que están para ordenar, para sostener… Se creyeron lo del pudor y las buenas costumbres; se les olvidó que el buen sexo es salvaje y algo sucio. Les encanta decir que deberíamos vivir en armonía como la naturaleza y se olvidan de la violencia que la sostiene.

—Todo lo bueno y lo real les resulta vulgar. “Más es menos”, dicen. Más es más, siempre lo ha sido; solo que el que no tiene lo sabe. Más es más, siempre, porque una cosa es cantidad, otra valor y otra precio. Pero de eso sí sabés, entonces no te voy a joder con eso. Pero pensalo.

—Es que ese es, marica, el problema de la época: la gente dejó de pensar. Y lo malo nunca llega solo: además cree que una opinión es lo mismo que un argumento y que las verdades requieren de urnas y no de hechos. Eso es lo que nos tiene cagados a todos: podridos a los que piensan y enceguecidos a los que vociferan. Cualquier perorata les sirve si los respalda, cualquier cosa que los justifique la aceptan. Todo con tal de no pensar, de no ponerse en los zapatos de nadie, sino en la boca de todos.

—Lo que les importa es cómo los vean, qué dicen de ellos. Por eso son simplones y aburridos, ligeritos de pensamiento, obra y omisión. De los que van a misa a confesarse porque nunca van a poder amar al prójimo y no llegan a más que envidiarlo u odiarlo.

—Uno no tiene cara de nada nunca, güevón. Uno se hace cara de todo lo que le dé la gana. Y mové esa hijueputa linterna pa’ acá, hacete bien la cara de ayudante. Necesito encontrar ese hijueputa cable, que, por más impedido que sea, a todos nos queda bien la cara de ser el que alumbra de vez en cuando.

Gustos y colores

Hay formas, hay normas, hay demasiadas… muchas de ellas deformadas. Hay también muchas miradas, pero pocas interpretaciones. Las perspectivas, aunque múltiples, suelen fusionarse. Nadie quiere incomodar ni levantar la voz para expresarse, no realmente: suelen hacerlo más para esconderse, detrás de otros gritos. Dar un paso al frente es ser visible; ser visible es ponerse una diana en la espalda. Quieren llamar la atención, pero no retenerla ni manejarla, solo rozarla desde el anonimato. Se quieren parecer, pero dudan sobre ser; saben que tiene un precio, y no saben si les alcanza ni si quieren pagarlo. Les asusta perder la opción de ser algo más… a la mayoría les da miedo, por eso siguen las normas, las formas, sin importar cuántas hayan.

Se visten bien, se portan bien, hablan bien, de frente, de espalda; se desvisten también. No se portan ya tan bien ni hablan como se esperaría. Los desconocerían sus pares si alguno pudiera verlos cuando se esconden. Por fortuna conocen el juego: las sombras se proyectan, pero son imposibles de atrapar. Se ven con desconfianza, se presienten; no es para culparlos, saben que dentro de ellos habitan las mismas ganas que tratan de ocultar. Se tientan constantemente a perderse, se rodean, se miran, se huelen, se rozan, sonríen y, aun así, la obra continúa y nadie cede. No sin oscuridad, no sin licor, no sin estar seguros de que sea lejos de casa, lejos de todo lo que los contiene, de todo aquello que pueda nombrarlos. Pero mientras la luz los toque, son un postrecito que se mira pero no se toca, que se toca pero no se come, que se come pero no se unta…

Siempre cerca, siempre posibles, presas y presos de sí mismos. “Quiero, pero no puedo”… todos están presos de algo: de una idea, de un sabor, de un gusto, de un juego, de todo, de nada, de lo que se acerca y se aleja, de estar y de ser, de parecerse a los demás. Costó llegar a donde están —si no a ellos, sí a sus padres—. Esta parte es importante: solo aquel que tiene algo que perder intenta disimular aquello que cree que le ayuda a conservarlo.

Colores de la suerte, medias de la suerte, camisas de la suerte, día de suerte, meses de suerte. De animales y ascendentes. Se buscan en cualquier señal, se amparan bajo cualquier amnistía cósmica o ideológica, cualquier cobijo que justifique los brotes innegables que se asoman de sus superficies, las rupturas que se profundizan y parecen partir ese yeso que congela, recubre e imposta, pero nada los exhibe; solo permite asomarse hacia el vacío de sus propios cuerpos.

Se contienen porque siguen las formas, las normas, sin importar cuántas hayan. No cuestionan ni dudan. Se debe ser, se debe parecer, se debe… tanto se debe. Para ellos es imposible estar a paz y salvo con sus deseos. Se prestan momentos de libertad, se prestan y se niegan a sí mismos el placer de disfrutarse. Solo a ratos un rato, por momentos un momento. Aplicados, serenos, sedientos, famélicos, quieren cambiar las reglas del juego, quieren adueñarse de un espacio-tiempo y hacerlo presente, constante. Quieren sentir que han logrado engañar al sistema huyendo dentro de ellos mismos y llevando con ellos a quienes los han visto en medio de la oscuridad, del pequeño y profundo abismo de sus deseos.

Quieren a uno que haya entendido que el cuerpo y la carne son una herida supurante. Pero poseer arruina el juego; poseer achica el gusto, el culposo gusto de haberse transgredido a sí mismos en búsqueda de lo deseado. Entonces se pierde el gusto, cambia el sabor, se destiñen los colores y la vida crea otra prisión, otra capa que retiene lo que un día se fue gustoso. Y como los presos después de la hora conyugal, del patio o del buen comportamiento, regresan mirando el rayito de sol o de oscuridad que los detiene.

Para los gustos, los colores; y para los que están presos de sí mismos, lo que les gusta es color de la libertad.

En venta

Los carteles me gustan, tienen algo que siempre ha logrado cautivarme, dicen todo lo que quieren, bueno, si son buenos, dicen exactamente lo que tienen, lo que prometen, no hay una segunda intención ni nada debajo de las letras, no disfrazan, no ocultan, no mienten, un buen cartel simplemente dice.

Todo en un cartel comunica, quien se engaña es quien observa, quien se miente es quien lee, quien omite es el que recibe, pero todo está dicho en un buen cartel: la fuente, el color, el gusto gusta, el gusto dice, el gusto no puede perderse, sabrá decirte cuando es solo un negocio, un buen negocio, un mal negocio, incluso solo un negocio, si te fijas, si bien te fijas, sabrás lo obvio; si hay pasión detrás de lo que se anuncia, si hay alma detrás de lo que se dice; todo está ahí para decirte quién vende, por qué vende y para qué se vende, si para compartir una visión, un mercado, si para sobrevivir o si para simplemente matar el tiempo…

Los malos carteles no saben cómo decir lo que quieren decir, y entonces engañan, distraen, les falta convencimiento o estómago, porque no entienden que no son para todo el mundo, los carteles mediocres quieren surtir efecto sobre todos, pero llamar la atención de todos no es nada que nadie debería buscar, lo masivo es anecdótico y efímero, nadie lo comprende del todo y, aunque hable de eso, ninguno sabe bien de lo que habla, pasa con el fútbol, con la política y la religión, pasa con las creencias y con los moralismos, alguien dijo lo que estaba bien y lo que no y alguien decidió seguirlo al pie de la letra.

Uno va por la vida viendo banderitas naranjas que dicen se cogen ruedo o se cojen ruedos y, aunque uno lo escriba mal, por pura práctica seguro lo hace bien, quizá con una máquina más vieja, más fea, quizá sin un corte prolijo, pero igual de efectivo, uno va por ahí viendo cómo se venden casas y se cargan camiones de recuerdos y de basura, que se venden sueños y cremas y que se rompen leyes ortográficas y comerciales, que se personalizan camisetas, camisas, con diseños y logos, con eslóganes y fotos, que se vende todo aquello de lo que no se es dueño, que se imita, se copia casi al punto de ser lo que la gente desea y al precio que la gente lo desea…

La vida está en venta, compramos, ofrecemos, nos vendemos… al final todos lo hacemos, todos vamos por ahí dejando claro por qué estamos dispuestos a cambiar nuestro tiempo, somos un cartel que cuenta lo que tenemos, lo que queremos, de lo que carecemos, lo que buscamos, al menos los que saben van por ahí siendo, los que no, van por ahí supliendo ausencias, tomando de otros carteles los colores, las fuentes, las ideas, midiéndose los anhelos ajenos, deseando lo que no entienden y forzando las realizaciones de otros a sí mismos.

Me gustan los carteles, los buenos carteles, los explícitos, los directos, los que no se guardan nada, los que no juegan a preguntar si se es feliz, si se tiene el futuro resuelto como si se tratara de una lista de cuadernos, los que entendieron que no se trata de tener lo que otros tienen o desean tener, sino de ponerse encima lo que quieran, la vida, a fin de cuentas, es una sola, el precio es personal, se puede pagar a cuotas o de lleno, se puede vivir incluso endeudado de ideas y de sueños, se puede porque notarlo requiere pensarlo y no todos están dispuestos a pagar el precio de hacerlo, es fácil parecerse a otros, creer que se quiere lo que no se tiene… después de todo, si la vida está en venta, lo único que podemos elegir es el precio al que nos vendemos y ahí —sabiduría popular— lo barato sale caro.