Pros y contras

Cuando él sale de casa, Maria respira profundo y piensa que todo va mal, que ese hombre, aunque no está lejos de ser lo que quiere de un hombre, no tiene lo que su hombre debería tener, algo le falta, puede ser su astucia casi ausente, su mirada casi perdida, es como si él también supiera que algo no encaja, no quiere prestarle atención, pero al caminar por la casa todo se lo recuerda: las chanclas estorbando en la mitad del cuarto, la toalla colgada pero sin extenderse, los vellos en el lavamanos, la taza de café en el fregadero… todo la provoca y la irrita.

No lee, no lava, se descuida con facilidad, pospone todo o casi todo y, aparte del trabajo, parece que nada le interesara. Pensarlo la irrita, no está siendo justa, pero no puede sacárselo de la mente, en esas mañanas donde todo lo que ha hecho parece provocarla es difícil verle sus matices.

—¿Qué te pasa? —le escribe sin aclararle nada.

—¿Qué te pasa? Lee él en el chat pero no se anima a contestarle… piensa en su nombre mientras mira por la ventana, disociado… sin animarse a escribirle; hasta ahora siempre me han sido esquivos los nombres que me encantaría susurrar junto a palabras bonitas, de esas palabras ridículas que el amor inventa, de esas secretas y tontas, de esas que avergüenzan y que un poco son el amor mismo, quisiera haber tenido una margarita de la suerte, capaz de opacar a los tréboles y sus cuatro tristes pétalos, una margarita a la que pueda cantarle como Fito: vos me hacés feliz, margarita, mi amor, pero no puede decirle eso, no se lo tomaría bien, no respondería bien, lo sabe, porque entiende que al final es solo un deseo ridículo pero él no es un hombre astuto, no sabe escaparse de esos pensamientos ni manejar las situaciones, es solo que siente común su nombre, Maria, sin siquiera la tilde, sin siquiera la virgen, así, a secas.

Pero no es solo ella, ha vivido la vida sin Manuelas que lo escuchen la radio, sin chicas iguales pero distintas a las demás a quienes ver por la playa pasear para soñarla sabiendo solo que se llama Noelia, sin Elisas que lo abandonen para clavar en su pecho un puñal, sin Caritos que le hablen inglés ni Rosas ni Rositas tan hermosa, tan maravillosa como blanca diosa, como flor hermosa… Es solo eso, un deseo tonto pero latente, cambiarle el nombre, decirle todos los nombres, qué peligroso puede resultarle ese pensamiento, ella es lo que él quiere, tiene lo que le gusta y, aun así, no se llama como él quisiera, detalles, el diablo está en los detalles.

—Nada —responde en el celular—, estoy en la calle, me estaba montando al bus, por eso no te contestaba, pero todo está bien —le dice—. Miente, pero la tranquiliza, miente para tranquilizarla, miente para el bien de todos, especialmente del suyo, porque al final solo se miente a sí mismo, es cierto que todo está bien, que ella está bien, que su forma de ser está bien, que su risa está bien, que su sazón está bien, quien no está bien es él y por eso, por ese pensamiento que lo persigue, finge y miente.

Es culpa de Paquita Gallego, piensa, es culpa de esas canciones que le enseñaron a cantarle con nombres al amor, es culpa de los románticos que solo crearon canciones con nombre de señora, de Gloria que me falta en el aire, de su cálida inocencia y de la falta en mi boca que, sin querer, te nombra, y esa es la cosa, que al final uno también ama desde la ilusión de lo amado y también extraña la ausencia del amor prometido, pero no es su culpa que su nombre no me resuene con ninguna de las canciones con las que he querido cantarle al amor.

Piensa frustrado, piensa viendo su foto, cuánto habrá de mí que para ella sea también una afrenta al amor imaginado, cuántas veces se habrá ella preguntado si mi nombre resuena con su anhelo, Jaider no es que sueno muy bonito tampoco, no recuerdo tampoco canciones que contengan mi nombre, ellas por fortuna solían cantarle más a la emoción que a quien la despierta, al menos eso creo yo, al menos eso recuerdo yo, aunque también están los libros, y estoy lejos de ser uno de esos seres llenos de virtud, incapaz de la mitad de sus sacrificios y ausente de sus dones y sus maneras, ni un lord ni un señor, a duras penas una educación básica y el cuero fuerte para aguantar el sol, estoy seguro que yo no soy tampoco su sueño de amor…

El pensamiento lo agarra con la guardia baja, del tedio brinca al miedo. —No te lo digo suficiente, sabés, pero vos y tu boquita son lo mejor que me ha pasado en la vida, amor mío, vos sos, en esta vida dura, la parte más suavecita y deliciosa de cada día, vos, mi amor, sos todo lo que está bien conmigo.

Ella lo ve y sonríe. Es un tipo raro, extraño en sus formas, brusco y torpe. Es un burro, pero es tierno; tiene sus pros y sus contras.

Anidar

—¡Que tu dios te cuide! —dice ella con la voz entrecortada, agrietada por la desesperanza con la que se le dice eso a alguien que no cree en nada, como quien arroja una piedra a un vacío profundo, tremendo y oscuro que devora no solo cualquier rayo de luz sino también cualquier sonido. Lo dice porque siente que es lo correcto, porque siente que llevan esperanza aunque no sabe si calará dentro de una piel tan dura… y le duele porque sabe que él necesita esas palabras; ella sabe porque ha visto eso en los ojos de los niños cuando se levantan con la piel ausente de alguna caída y, con los ojos inundados, dicen —no me dolió, con la voz entrecortada dicen —no me dolió y tratan de correr con las rodillas hechas llagas, con las manos ulceradas. Solo cuando ellos también ven la sangre lloran, con sus ojos llorados exhiben la herida y descansan… pero él, él no descansa, él empaca como siempre sus rabias, dos bocanadas de humo, un trago; quizá piense en sus tristezas cuando pica cebolla, ojalá piense en sus tristezas cuando pique cebolla para que se ponga al día de sus llantos, de sus rabias, de sus despedidas, ojalá nunca le gane la pesadez que lleva sobre los hombros, ojalá siempre encuentre la fuerza para cuidarse, piensa mientras él la mira sonriendo.

Está tan solo, piensa ella mientras lo mira sin ceder ante lo que ella intuye, ante la sombra que ella conoce, le duele, ojalá que su dios lo cuide, piensa de nuevo y lo mira con esos ojos de profesora de preescolar acostumbrada a entender todos los dolores, los raspones, los pequeños primeros desamores, las angustias inocentes de haber perdido un color y el pánico diminuto del regaño que conllevará haberse ensuciado el uniforme, a sabiendas de que en la casa no hay otro para reemplazarlo, con esos ojos que se han acostumbrado a ver emociones que aún no saben traducirse en palabras, con esos ojos lo ve y sufre por su incapacidad de sufrir, por su testarudez viva y calcinante, por su escandaloso silencio…

Él la escucha, se gira, la mira, algo intuye en su mirada y en su tono, algo sabe, piensa, ellas siempre saben algo. Lo intriga, más que las palabras, lo que parecen decir las mismas, ese otro lenguaje detrás del lenguaje, esa tristeza casi llena, esa angustia casi esdrújula. Intuye que ella necesita una respuesta, que su tristeza la inquieta, que ese dolor clavadito en el pecho ella puede verlo. No es grave, quiere decirle, pero sabe que desestimarlo no es suficiente, que la preocupación crece cuando lo obvio se niega; la simpatía es casi un insulto para quien es empático. La entiende, es como ella es, la piel es dura pero el corazón es blandito.

—Nada de dioses ni deidades, ni de sus omnipotentes y ausentes voluntades; yo no confío en esos designios astrales ni espirituales —le dice a ella, viéndola justo a los ojos, con esa sonrisita que sabe que le confirma que lo que dice es emocionalmente cierto, que aunque no entiende los motivos, entiende sus sentimientos y que no los niega ni los desestima—. Yo no me entrego a credos, pero anido en cuerpos, en los manifiestos, en las palabras y lo que tienen detrás; que el cariño de los que me quieren me cobije y que, en su omnipotente deseo de gobernarme, los dioses se muerdan un codo…

—Idiota —dice ella, enojada, no sabe por qué, siente que la ha llamado dramática y que le ha dicho que exagera, aunque la tranquiliza la irrita. Bien podría decir gracias, bien podría decir igual tú y marcharse y no volver, pero no, sonríe y, en medio de su tristeza, encuentra la forma de olvidarse de nuevo de sí mismo para ofrecerme un poco de calma, de eliminar mi inquietud y decirme que no hay de qué preocuparse.

Se enfada, me mira enfadada, como una niña con una rabieta. —No lo tomés a mal, no peleo contigo ni con tu dios, mi nido, cariño, son las palabras y las personas; mi hogar es donde son cálidas y confortables. Saber que tengo a dónde volver, saber que hay un hombro donde apoyarme, un torso y unos brazos que me abracen es el universo entero para mí —le digo y noto sus ojos llorados—. No llore, todo saldrá de la mejor forma posible si hay un nido a donde volar de vuelta.