Arder

Uno arde de fiebre, de pasión, de ira; arde y entonces entiende que todo se magnifica cuando todo se sincroniza con las creencias, con los dolores. Quien arde se consume si la chispa no es la adecuada; en eso no se equivocaba Bunbury: hay que elegir bien a qué prenderle fuego y qué dejar apagar. No todo es digno de recibir el beso del regalo de Prometeo.

Arde con facilidad, decían los que le habían visto ponerse color tomate, escuchando cómo se le partía la voz al hablar con entusiasmo desbordado; los que habían visto su forma de alentar en el estadio y en conciertos. Arde a rabiar, de una manera intensa y explosiva; parece una hornilla de gas: esperan un tac, tac, tac para generar ese fogonazo fuuuuuuuuug que quema todo a su alrededor hasta azularlo.

Por fuera es un estallido, pero por dentro quema desde antes. Desde afuera se ve el impulso, la consecuencia; por dentro comienza semanas o meses atrás: una molestia clavada como una astilla en la yema de un dedo, inconándose, incomodando, como una pequeña cortada, una pequeña herida que no cicatriza y que se abre con cualquier movimiento. Por dentro es una pequeña tortura que se cuela y pica donde duele, donde aún duele, algo que incomoda todo a su alrededor, que hace que pensar cueste, que moverse cueste, que sentir cueste; algo que jode y que comienza a apropiarse de todo. Cualquier movimiento hace que la piel se tense y que duela, y su piel es blandita, tiene que serlo; nadie de piel dura arde, nadie a quien lo de afuera no le toque puede sentir, quien esté blindado al afuera no puede vulnerar el adentro; sin eso no hay combustible para el fuego, solo humo, solo frío.

Sabe lo que le pasa, sabe lo que viene, pero también sabe que no hay otra forma: debe crecer, debe acumularse, debe incomodar más y más, debe acortarle las palabras, debe cambiarle el humor y hacerle sentir que está contra las cuerdas, que no hay escapatoria, que viene más y más, que la avalancha crece, que el cuerpo no resiste, que el silencio le cuesta, que ya no puede aguantar más. Como una olla a presión, debe acumular sin sentir la presión incrementarse… no hay otro camino, no existe otra opción.

Desde afuera sucede en un segundo; desde adentro duele durante días, cierra la garganta, genera un vacío en el abdomen, caldea los jugos del estómago y ulcera las paredes del esófago. Y sonríe mientras sabe que todo eso pasa, sonríe cada vez más poco, con las comisuras cada vez menos extendidas, sonríe hasta que su sonrisa se transforma en una mueca cínica y despreciable, sonríe hasta que ya no puede disimular nada con una sonrisa.

Hasta que le sabe a mierda hacerlo, hasta que se cansa y las mejillas le pesan, hasta que el peso sobre los hombros crea nudos que le tensan los músculos y le bloquean el movimiento, tanto que abruma, tanto que cansa, tanto que se acumula y parece imposible que pueda librarse. Ahí el brillo en los ojos aparece, ahí la mirada parece cambiar y despertar, y todo cambia: el tac tac tac tac comienza a sonar, el piloto eléctrico se activa y la presión se libera. Desde afuera tarda un segundo en transformarlo todo en una explosión, en un grito, en un cuento, en un polvo, en una resaca, en un pogo; en un segundo todo cambia y arde, y consume, y justo cuando parece que fuera a derretirse del todo, a perderse en el fuego, la llama merma, se hace cálido y resiste: otro embate, otro día, otra noche, y el gas comienza de nuevo a acumularse. Aún le queda mucho por arder, aún tiene mucho por quemar, aún no es tiempo de quemarse, todavía queda mucho por lo que vale la pena arder.