Fuera de las manos.

Victoria desliza el dedo en su pantalla: izquierda, izquierda, izquierda, izquierda. Cuando ve algo que le gusta, duda; tapea, ingresa, desliza. Puede ser el tamaño de la nariz, de las manos, una palabra o una frase, unos ojos, el pelo cano o la barba larga pero pulida; varía, pero siempre hace caso a la intuición: no entra todo por los ojos, hay algo que la impulsa, un eco que resuena en su cuerpo; si se activa, su dedo cambia y se desliza a la derecha.

Piensa en presentarse, pero le gusta más estar presente. La cansa la idea de narrarse, de definirse y transmitirse. “Yo soy”, piensa, carne y no palabra; yo en todo momento, a toda hora y de todas mis formas: soy una experiencia. Diferente a un libro, una película o una canción; no tengo ni prólogo ni sinopsis ni tráiler. Lo que ves, lo que vivas, soy; lo que provoques, seré para ti. Así que, aunque ve que su perfil no dice mucho, dice lo suficiente. ¿Descubrirlo con un café basta? Se pregunta por un momento. Lo mira, asiente y sonríe: sí, basta; tendrá que bastarles. Nada más me interesa escribir.

Ordena un scotch, con una “c” que parece más una “k” que una “c”, y espera a que aquel ser que le ha interesado llegue. Es un bar como le gusta, con negros y rojos profundos; esos colores le gustan, le combinan bien con su forma de ser, una pasión oscura, piensa, y recuerda que sus encajes también combinan esos colores: vestida para la ocasión, piensa, y bebe. El trago le pica un poco la garganta; elige bien el origen, pero el presupuesto la limita en los años que su trago pudo descansar en las barricas. No le molesta, aunque le importa; le gustaría tomarse uno un poco más suave, más amaderado. Ya vendrá el momento; aún no, es solo un “aún no”.

Mientras piensa en eso, ve entrar por la puerta del bar a quien espera. Siente un cosquilleo en la punta de los dedos y un vacío emocionante en el vientre, junto con un pequeño corrientazo. Le gusta lo que ve, pero no se mueve: deja que él se acerque adonde ella está, al fondo, hasta la barra. Solo se gira un poco para verse mejor; sabe que ese ángulo le favorece, lo sabe, y se escurre un poco hacia el espaldar de la silla. Se ha visto así en el espejo y sabe perfectamente cómo se ve: se encanta de esa manera.

Él la ve. Al contrario de ella, no se fijó en nada al comienzo: sabe cómo funciona el algoritmo, así que creó uno propio que solo desliza a la derecha con perfiles que tengan probabilidad de hacer lo mismo; así aumenta la deseabilidad de su perfil y logra que lo muestre cada vez a mejores prospectas. Así que llega sin saber dónde mirar; su método es efectivo, pero cuestionable. Es frío y desprovisto de interés: hace que la interacción no parta de una idea ni de una apuesta; evita el rechazo, pero evita también todo lo humano de un encuentro: el interés, la pregunta, la posibilidad…

Ella lo nota: distraído, perdido; no mira a los lugares correctos, no parece verla aunque la observa, pero lo hace como quien ve algo por primera vez: despistado, torpe, carente de ritmo o de intención. Ella ya ha tomado su decisión al verlo. Él no lo sabe: piensa que ha sido otro éxito de su algoritmo, mientras que ella piensa en otro fracaso, otro de esos que deslizan todo a la derecha; otro de esos que no escogen ni apuestan; de esos que se enredan viendo un menú, o que dudan qué ver o qué leer; de esos que no parecen tener ideas propias; de esos que están demasiado seguros de sí mismos; de los que no dudan, no preguntan, no imaginan; de los que no bailan ni intentan bailar; de los que follan sin creatividad de por medio, sin idea ni juegos; de los que tantos ya ha conocido; de los que no le interesan ni la emocionan.

Él se acerca y saluda. Ella se disculpa y se marcha: son las 8. Si se apresura, llegará a tiempo antes de que cierren la tienda y podrá comprar las pilas que su vibrador necesita. Las citas podrán estar fuera de sus manos, pero no sus ganas ni su placer.

Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Quemar las naves

Cristóbal saca una esfera seca y endurecida de parafina, pequeña, tiene el tamaño de un buñuelo antes de freír, antes de que el calor la expanda y lo esponje. Rafael lo mira con sus ojitos grandes y no pierde detalle de sus movimientos; lo ve jugar con ella y, como desconoce de qué se trata, la señala. Cristo se la extiende y se la señala: no se la ofrece, solo se la muestra. Él lo entiende, asiente; sus ojos curiosos expresan bien lo que él no puede articular en el idioma. Cristo mira la bola y comienza a hablarle.

—No lo recuerdo —le dice, mirando al niño a los ojos.

Cristo no le miente: no recuerda con qué propósito comenzó a recogerla, no recuerda para qué tampoco. Pudo haber sido un simple impulso repentino o un antojo inducido por un video en las redes sociales, alguna tendencia sobre darle forma a pensamientos o incluso al pasado mismo. Lo mira un poco ausente; no sabe explicarle lo que piensa, pero sabe que es necesario hacerlo.

—Mirá, Rafa: a uno le pasa como a esta bolita, que no sabe bien lo que es ni lo que lleva, que no tiene idea de lo que es, de dónde está, de para qué está acá ni para dónde va. Son las 4 grandes preguntas. Llegará el día donde vos también te las hagas, y es necesario que entiendas en ese momento algo que voy a decirte.

Rafa lo mira con los ojos abiertos. No es un síntoma de atención ni señal de espabilamiento: lo mira chupándose el pulgar. Para estar en el final de sus años, esa es muestra de que no es precisamente un chico muy adelantado. Cristo lo intuye: el chico no parece muy listo, pero él tampoco lo fue a mirada de sus tutores y profesores; quizá por eso, quizá porque aprendió enseñando, que aprendía más cuando hacía el intento de explicarle a otro algo en lo que nunca había pensado mucho. Quizá por eso le dijo:

—Mirá, Rafa: recordar es difícil, nadie lo recuerda y por eso nadie recuerda bien. Somos selectivos en los recuerdos, completamos con lo que tenemos a mano, con anhelos, con esperanza, con rabias, con otras miradas. Por eso es difícil conocerse, porque uno no sabe muy bien qué tanto es de uno y qué tanto es prestado, impuesto, acordado. Uno es un poco todo y todos, y es difícil recordar qué estaba ya ahí cuando uno llegó, qué trajo uno y qué se le pegó en el camino. Uno lleva todo eso a cuestas, uno es todo eso que se echa a cuestas, y entre más uno camina, más se echa encima, más se carga y más se mezcla. Al final no importa qué era uno, qué es de uno: uno es eso sumado, dividido; uno no es los factores sino el producto. Y eso está bien por un tiempo, pero luego se deforma y pierde foco; por eso, cuando la carga es mucha, nos acercamos al fuego de nuevo, a algo que nos queme o nos corte, porque es necesario sacarse lo que estorba, fundirse, irse un poco al vacío para reencontrarse.

A la gente le parecerá bien que lo hagas hasta mediados de tus 20, pero mientras más te acerques a los 30 cada vez podrás menos jugar esa carta. Es lo mismo que te pasa ahora chupando el dedo —le dice mientras sigue viendo al niño, que lo mira sin pestañear; bueno, no, no a él, sino a la esfera de colores que rueda sobre su mano. La sigue embelesado; la ve acercarse al fuego y la ve crecer en cada movimiento. Él lo entiende: juega con ella de manera que nunca la pierda de vista mientras habla, mientras él se lo explica a sí mismo; a sus casi 40 hay mucho que le sobra, que no reconoce y comienza a estorbarle.

—Lo vas a necesitar oír en unos años. Trataré de estar aquí para repetírtelo —le dice—, trataré de ser más sabio para cuando llegue el momento.

Lo mira y sonríe.

—Te enseñaré a quemar las naves, para que avances sin tanto peso.

Su hermana llega, los mira, recoge a Rafa.

—No lo dejés chupar dedo —le dice.

—No me di cuenta —miente—, hablábamos de cosas más importantes.

Responde y le guiña un ojo mientras le acerca la esfera tibia a la palma de la mano.

Luces

A Iván siempre le han gustado las luces. Desde bebé gateó siempre hacia ellas; le parecían llamativas, como a todos cuando el mundo es nuevo: aún no se sabe que todo lo que brilla no es oro. Uno se deja deslumbrar y va tras todo lo que titila y todo lo que devela, como las moscas y los zancudos, como Ícaro. Iván viajaba directo al centro de lo todo lo que alumbrara, que le ofreciera calor y lo entretuviera; difícil juzgarlo: es un sueño el atrapar el sol con las manos.

Ese gusto se desarrolló con el tiempo. Perdía la concentración ante una buena alteración de luces; no espabilaba, perdía la capacidad de comunicarse y solo podía contemplar lo que pasaba. Las luciérnagas fueron durante años su animal favorito; no le importaba que le dijeran que era un insecto y no un animal: le gustaban lo suficiente para elegirlas siempre. Ese mismo amor le llevaba a oprimirlas, a correr en el césped alto con una botella vidrio y juntar cuantas fuera posible para que iluminaran su noche. Había otros insectos: helicópteros, hormigas, libélulas; les temía porque se las habían presentado como mata caballos. Difícil de juzgar que un niño le tema a un insecto con ese nombre; difícil juzgar a un niño por no comprender que acumular lo que le gusta puede acabar con lo que le gusta.

Iván creció, y en las noches las luciérnagas estaban ausentes, pero las colillas brillaban: el pucho, el porro, alumbraban ahora en sus pupilas. Había aprendido la lección: mucho no era mejor; mucho era bueno; mucho no valía la pena. Le resecaba la garganta y perdía cadencia en sus pensamientos. De las luces había que guardar cierta distancia para no perder las luces: demasiado cerca encandila; el fuego es bello, pero muy cerca quema… Sabía que no era culpable de la desaparición de las luciérnagas, pero aun así sabía que no era inocente ante su ausencia.

Era, a su estilo, en un navegante, aunque muy distinto. Los marinos se guía por la luz para alejarse de ella, de sus riesgos como antes lo hacían los marinos con las sirenas; él, en cambio, sucumbía ante la belleza de sus destellos como ellos antes ante la belleza de sus cantos, y se abalanzaba sin dudar, acelerando y sin mirar atrás: siguiendo un instinto casi animal; siguiendo, dirían muchos, la línea de su destino del que parecía no poderse alejar. Siempre encontraba una forma de meterse en aprietos, siempre encontraba cómo acercarse, siempre encontraba cómo estirar lo suficiente la luz para eclipsarlo con solo un dedo. Verlo daba un poco de angustia; con pocas personas uno entiende la fuerza de gravedad como con Iván porque, sin importar lo bien que parecía estar haciéndolo, sin duda lo arruinaría todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando su mirada se cruzó por primera vez con la luz roja de los burdeles, él sintió ese vértigo que le corría el piso. Se sintió cerca de una cornisa; pudo mirar hacia abajo e imaginar la caída: el viento rozándole la cara, el corazón latiendo a una velocidad desmedida y el vacío en el estómago de quien pierde el soporte del mundo y cae sin esperanza alguna de asirse de algo; quien caer sonriendo; quien cae con la conciencia de haberse arrojado por la adrenalina sin esperar sentir el golpe seco nunca, solo el túnel vertiginoso de viento que lo conduce a otro lugar.

Cuando entró, la luz azul y morada del túnel lo invitaban a seguir avanzando y los rayos verdes giratorios le prometían un lugar maravilloso. Las bolas de luces reflectantes lo llevaban a perseguir otros destellos, otros brillos. Estaba extasiado y le costaba contenerse. Las luces neón hacían que todo se viera diferente: las líneas de la pintura reflectiva acompañando los movimientos de los cuerpos; el burlesque y las zonas ausentes de luz; el agua; el sonido. En ese momento, para Iván el mundo se dejó de existir: le pertenecía ahora ese lugar y se sentó frente al escenario, con la mirada y la boca abierta al ver un letrero que lo hacía sonreír.

—¿Puedo ofrecerte algo? —le preguntó una mesera.

—Sí —dijo, señalando el letrero—: “Se busca ayudante”, decía. Al levantar la vista vio que ella lo miraba directo a los ojos.

—Parece tener lo que se requiere. No se ha dejado distraer por mí ni por ninguna otra chica —dijo con un tono que develaba que eso la ofendía—.

Era bella; su cuerpo merecía ser visto, observado, contemplado, y más bajo esas luces.

Él sonrió; en sus ojos había un brillo que le hacía morderse la boca.

—Iván —dijo él—, mucho gusto.

—Lucero —respondió ella—.

Sígame; veamos qué puede hacer. Al escuchar su nombre, él supo que nunca iba a olvidarla.

Achaques

Los años no llegan solos, por fortuna los años no pasan en vano, se sigue siendo, en esencia, lo mismo que siempre se ha sido, pero, como todo, hay detalles, se tiene derecho a tenerlos; se ha visto mucho de muchas cosas, se han visto pocas de otras, a veces demasiado de ambas, y ambas rayan, pelan, amallagan, cositas que no faltan ni sobran, son cosas que ganan y, como todo lo ganado, se lleva con un aire digno, elegante, aquello que se hizo propio siempre se ve diferente.

Otro cantar sería entender a los 20 que no vale la pena simularse, las máscaras cuestan: oportunidades, momentos, futuros. Eso pensaba ahora que la veía a lo lejos, más vieja, más arrugada, más ella. Ramiro también era más Ramiro ahora de lo que lo fue en esa época, en parte era como era por haber sido menos él antes, por haber perdido, por haberlas perdido, no era solo ella, era tan solo uno de esos cabos sueltos que llevaba en su vida, debió haberla hecho más suya, más a su forma, no medir las distancias ni las apariencias, debió morderla tan fuerte como deseaba, debería haberla asfixiado como quería, nalgeado y someterla de la forma animal como lo deseaba, siempre le gustó el juego de ser un poco animal, nada extremo, nada muy extremo, le bastaba con la forma, aunque en el fondo siempre fue un amante tierno, grotesco pero tierno, pervertido pero tierno… con el tiempo aprendió a darle un poco más de libertad a lo primero y a solo insinuar lo segundo.

Ya no importaba, también había aprendido eso, que no importaba, que nada lo hacía, que el mundo no tenía un plan ni un norte, ni un mañana, tenía un hoy y un ahora, un café, una cerveza, una resaca, pero que perdía lo vivido y que no tenía lo deseado, el instante era lo único sagrado, complacer expectativas ajenas y desear un futuro sin vivir el presente, lo único profano; porque, al final de cuentas, lo único que importaba era si había valido la pena.

Ahora lo sabía y ahora que la veía eso era lo que le molestaba, hubiera valido la pena hacer las cosas diferente con ella, quizá esos habían sido los 5 centavos que les faltaron pal peso, arrebatarle las riendas y desafiar su mandato, quería ser mejor para ella, creía que ella merecía una mejor versión de él e intentándolo había perdido sin siquiera haber sido él mismo, viéndola pasar frente a él el pensamiento simplemente lo había agarrado con la guardia baja, un golpe a los riñones que lo sacudía, no era lo suficiente fuerte para arrojarlo a la lona, pero tampoco podía fingir indiferencia, lo había golpeado, había sentido, madurar es sentir, sentirse, así que no huía ni se movía, madurar no es esquivar, así que esperaba, aguantaba, mientras ella se acercaba caminando…

El ritmo cardíaco no le cambió, el corazón no se aceleraba ni corría, madurar es no perseguir ni ideas ni personas, así que cuando le pasó de lado no volteó a seguirla con la mirada, aunque había sentido el aroma que recordaba, aunque había recordado el sonido de su risa y de sus mimos, no giró, y no se preguntó si no le había visto, ni se fijó en sus nalgas, todo sale siempre de la mejor manera posible, de todas probabilidades nuestra realidad es solo la más probable, así que caminó, erguido, tranquilo y orgulloso.

Ella creyó verlo, ella creyó haber sentido su aroma, y giró un tanto desorientada, recordaba ese hombre que la había tocado con miedo de romperla, con más ternura que deseo, y su deseo, que era más fuerte que tierno, no pudo nunca hacer las paces con ese hombre que le había ofrecido casi todo lo que deseaba, menos la fuerza animal con la que le gustaba entregarse, no era su madre, ella no estaba para cuidar porcelanas, así que lo había dejado ahí en la lista de posibles, de casi, no recordaba del todo su rostro, solo sus ganas contenidas, su deseo incómodo, no volteó a verlo por miedo a reconocerlo, temerosa de voltear y que él no estuviera allí deseando verla, tal y como la había hecho sentir esa única noche.

La edad, pensó él, los años, pensó ella, tienen sus achaques, no aprender de los errores sin duda era uno de ellos y ambos buscaron en su celular, cabizbajos, el número estaba guardado, ambos estaban en línea…

Coincidencias

Si ella no se hubiera movido en ese momento hacia la derecha mientras que el ponente caminaba hacia él, él no se hubiera movido hacia la izquierda para ver detrás de él la pantalla con la gráfica que necesitaba ver, y entonces no se hubiera cruzado con esa mirada, con esos ojos acaramelados. Pero ahí no paraba la ruleta: ese momento había sido simplemente otro de los micromomentos que se habían dado para que eso pasara. Si su compañero no hubiera renunciado, él no hubiera ocupado su puesto en la conferencia; si además no hubiera alzado la mano en una reunión, o si hubiera ido a la oficina el día que todos estaban resfriados; si el ascensor no se hubiera cerrado cuando estaba en el torniquete evitando que llegara un poco más tarde de lo previsto; y si no se hubiera sentado justo en esa silla… si algo de esa gran cadena de “algos” se hubiera alterado, no estaría ahora viendo sus ojos de caramelo, no se estaría sonrojando ni olvidando de ver la gráfica que necesitaba ver, y habría evitado sentirse atrapado por ese iris dulce y pegajoso que ahora lo dominaba por completo.

Ella lo nota, sonríe, y tímida aleja su mirada. Tímida y dulce, ella no lo sabe, pero el corazón de él se altera. Parece en calma; su mirada no la incomoda aunque no deja de verla, sin saber que él aún no reacciona y no puede dejar de verla. Él nota su risa —por fortuna también su tranquilidad—, siente que la cara le arde, siente un impulso, una especie de bola de nieve que se aproxima al borde de su cordura y lo deja ahí, justo en frente de su locura, y le ruega, debatiéndose sobre si empezar a rodar, a tomar velocidad, a invitarla a contarse sus vidas con cartas, a escuchar música cada uno con un audífono mientras caminan en la noche. Quiere abrazarla por la espalda y apoyar su cabeza en ella y decirle que, por alguna razón, siente que quiere quedarse allí, en ese momento, que no quiere soltarla, que tiene miedo de soltarla, pero que tiene que soltarla… Nada es de uno si lo demás no es de ellos; para tener hay que sostener la libertad a la que se renuncia. Lo sabe y lo entiende: quiere quererla, quiere que lo quiera; por eso no puede dejar de verla, por eso no deja de verla.

Si la pierde de vista siente que estará fuera de su alcance, igual que un niño se rehúsa a dejar de ver el firmamento tragarse un globo de helio, e intenta perseguirlo cuando la luz lo ha cegado, cuando la inmensidad lozana de un azul claro lo devora. Ella lo nota, lo nota aún inmóvil, con los ojos brillantes que tiene uno cuando ve algo que lo sacude y hace que no sepa si es uno; lo nota y le parece divertido verlo; se sonroja también al verlo viéndole, y contra todo pronóstico le hace una mueca tierna.

Por fin reacciona: se ríe, le ríe, mira a la pantalla y a ella, al speaker y a ella. Siente calor, se afloja un poco la corbata, está inquieto. Piensa torpemente que es evidente, que todos los que hayan visto su mirada perdida sabrán lo que ha pensado. Se siente expuesto y ridículo —más lo segundo que lo primero— porque, aunque lo piensa, sabe que no es posible, que ni siquiera ella lo sabe. Pero el corazón se lo grita, le quema, le palpita y lo burla con una arritmia marcada. Se ríe de sí mismo, nerviosamente, le sudan las manos. Ojalá se llame Margarita, piensa, para dedicarle la canción de Fito, para recitarle un día al oído “yo me quiero ir a la luna con vos… vos me hacés feliz, Margarita, mi amor”. Pero ve la escarapela encima del vestido y ve que no es Margarita su nombre. No importa, no le importa. Quiere estar cerquita a ella, desnudo sobre ella, y recitarle muy pasito al oído esos versos; ya verá qué sucede con el ritmo o la conjugación.

La charla termina. Él brinca de su silla, se mueve hacia ella. Ella lo ve y no lo evita, lo espera y lo asalta:
—¿Nos conocemos?
—No —responde él—. Eso es lo primero que tenemos en común —le dice y se ríe—. Qué coincidencia, ¿no cree? —dice mientras le mira los ojos acaramelados.
—Qué coincidencia —dice ella, mientras mira sus ojos negros.

Un vaso vacío

Hay un vaso vacío esperando la botella de ron que está en la puerta de mi nevera; a su vez, esa botella espera que tu mensaje aparezca. Ese vaso me mira y siento su vacío, su ausencia, que es también la tuya. Si estuviera lleno, significaría que estás en mi sofá viendo mi espalda alejándose rumbo a ella. Verías que abro la nevera, que me inclino y tomo por el cuello una botella fría, un Sailor Jerry especiado, caneludo, con toque a vainilla… dulce y acaramelado, tan parecido al aroma de tu cuello, de tu cuerpo, de tu vello, y, como no estás, noto que eso que debería pasar no pasa.

Hay un vaso vacío, una botella llena, y, porque sé que está vacío y llena, porque están ambos allí, la boca se me hace agua, las manos me cosquillean. Hay ganas, quiero sentir su boca en mi boca, mis manos apretándole fuerte las caderas mientras mi nariz roza sus orejas. La Tana tenía razón: una buena nariz lo cambia todo. Ella hablaba de besos; con el tiempo lo he hecho más que físico, espiritual. Una buena nariz intuye, una buena nariz presiente, toca antes de que la piel de mis mejillas toque, toca antes de que mis labios se posen; una buena nariz mide las distancias, las enuncia, y la promesa de la caricia que sigue a la caricia es siempre más poderosa que la caricia misma. Por eso la nariz cuenta, pero no solo es contacto, es también idea… ese vaso vacío, esa botella llena, esa distancia suya de mi cuerpo tan diferente a la cercanía de sus palabras.

El silencio reina, la reina ha sido tomada. El tablero sin ella es lento y difícil de defender. La ilusión está en jaque. Me siento, aguardo, me sirvo un ron, lo tomo despacio, lo saboreo. Las especias pican en la boca, el cosquilleo en el paladar se intensifica. Sirvo otro trago, lo huelo, lo disfruto, lo degusto. La nariz no miente, la nariz presiente. No debí tentar la suerte, no debí lanzar los dados. Ella tenía miedo, ganas pero también miedo. Necesitaba sentirse fuerte, necesitaba las riendas, necesitaba el juego. Yo simplemente odio el juego, odio la mentira y la insensata emoción de la victoria. En el sexo no hay vencedores ni vencidos.

La gente ama el juego: cazadores, predadores, agazapados en medio de conversaciones eternas. “Lo bueno se hace esperar”, piensan… Lo bueno no viene después de, lo bueno está desde antes. Se presiente, en el humor, en las ideas; no después ni en medio. Estoy sediento: el vaso, por suerte, ya no está vacío; la botella, por suerte, ya no está llena. La noche avanza. Sirvo otro trago. Ella no va a venir. Es calor ya. La noche se ha pospuesto. La soledad, en cambio, llega sin falta; se sube la falda, se trepa sobre mi cintura y, con las tetas al aire, me besa, desvergonzada como toda ilusión rota, altanera como cada orgullo herido. Posa sus labios donde deberían estar los de ella, me muerde como debería hacerlo ella, pero el mordisco duele más: es más frío, más brusco, más torpe.

No viene. No importa. El vaso está vacío de nuevo; la botella, también; el orgullo, herido; la cordura, perdida. No viene y no importa. Si llegara, ya de nada serviría. Se ha perdido el control, el deseo, se ha perdido el foco. Si llegara, si la puerta sonara justo en este momento, las decepciones se encontrarían frente a frente: la suya, por no encontrar un hombre sereno, con aguante estoico y ejemplar; la mía, porque llega un momento, un minuto, quizá sea incluso un segundo durante la espera, donde ya es preferible que a quien se espera no aparezca. Tiene más decencia su ausencia, tiene más prestigio, clase, su omisión. Hay más respeto en quien no aparece que en quien tarda para llegar. Que no llegue, que la puerta no suene, que nada llene la sala, ni la botella, ni el vaso; que nada llene las ganas ni la conciencia ni el espacio. Que se quede así, ausente e imponentemente vacío, como ese vaso que se ha tragado hoy las ganas, los miedos, las rabias, y continúa allí, desafiante: podría beberse todo si se lo propusiera.

El tuerto es rey

El viento acaricia su rostro, y él, solemne, estira su cuello y deja que el pelo se le desordene con ternura y con suavidad. Es una brisa tranquila, y él sabe disfrutar de la tranquilidad. La grandeza suele encontrar refugio en lo simple y cotidiano, lejos de todo aquello con lo que se le relaciona y se le considera natural, lejos de quienes esperan que actúe de una manera noble, ecuánime y justa. Claro, si hablamos de los que lo toman por un buen rey, porque si hablamos de los que lo condenarían por lo mismo, debería ser entonces caprichoso, desconsiderado, incapaz de contener sus instintos, y sería una presa de sus deseos avalados en su poder y cargo.

Él no tiene opción: pierde solo por ser visto con ojos ajenos. Pierde solo porque es imposible satisfacer a cualquiera que es ajeno, de los buenos o de los malos, haciendo el bien o haciendo el mal, o creyendo que se hace el bien o intentando hacer el mal. El ojo ajeno purga, el ojo ajeno juzga, el ojo ajeno condena… el ojo ajeno da mal de ojo.

Lo sabe, lo ha vivido toda su vida desde que le dijeron que sería rey. Desde ese momento se empezó a desear de él, a esperar de él, a forjar en él un destino ajeno e involuntario, un presente inexistente, un futuro eterno. Tantas veces quiso salir a correr y a perseguir una breve brisa como la que hoy le acaricia, y tantas se lo negaron. Quizá por eso hoy ya no intenta correr: sabe que, aunque no tenga ninguna correa atada al cuello, siente que tirarían de una invisible y pesada que evitaría que lo disfrutara por completo. Por eso no corre, por eso se limita a estirarse y entregarse un poco desde la ventana.

Los curiosos, sin embargo, no esperamos de él que sea noble ni mezquino, no pretendemos que actúe de acuerdo con un código ajeno al suyo propio, y lo miramos confundidos, desconociendo la carga en su cuello, el estrés en sus músculos, la condición, la orden, el yugo. Lo miramos ahí, presintiendo su impulso, sus ganas de correr y dejar todo atrás y de no mirar atrás. Pero, inmóvil, estoico, cierra su ojo e imagino que en su imaginación corre; imagino que imagina que es libre; imagino que sabe que imagina, y entonces él despierta, asiente, como si hablara consigo mismo, como si aceptara su destino.

El carro avanza; él parece quedarse un poco en el semáforo donde la brisa lo acariciaba. Ahora el flujo es artificial, no lo reconforta como el anterior, le mueve el pelo pero no el espíritu; no le evoca libertad. Lo veo e imagino que quizá le recuerda su propio destino: condicionado, fingido, artificial. Lo reconoce, se reconoce… El deseo de salir corriendo desaparece. No está congelado, no ha perdido el control de sus músculos, solo la voluntad de moverlos.

Persigo el auto, lo veo detenerse. Baja después de alguien más. Me detengo para contemplarlo: la cabellera le rebota al dar un paso en la acera. Sin duda es elegante, sin duda tiene porte real. Quien baja primero no se inmuta, estira su brazo y arma, de un movimiento fluido y elegante —de esos que solo puede ejecutar quien lo ha repetido toda su vida—, un bastón plegable. De inmediato queda rígido y funcional; toca el suelo dos veces para asegurarse de la firmeza, y el sonido lo despierta.
—Vamos —dice, mientras arroja dos besos al aire, fuertes y sonoros.

Cualquier duda ha desaparecido: el rey acepta su destino y guía con su único ojo a quien no tiene ninguno. Razón tenía el dicho: en tierra de ciegos, el tuerto es rey.

Diferencias

Se parecen, pero no son iguales, coinciden en colores, en formas, en patrones… pero no son lo mismo; tienen pequeñas sombras, tienen lugares que se esconden entre las similitudes, pero si se miraran con atención se darían cuenta de que no son lo que esperan; les gusta el mismo libro, pero personajes diferentes, contrapuestos; lo sutil los sobrepasa, no tienen el ojo afinado y eso cuesta caro; no ven, no se ven, no como realmente son; la ilusión que cada uno representa para el otro parece ser eso que buscan; parecen parecerse lo suficiente como para dejar de mirar, lo suficiente como para no notar la importancia que tienen en las cosas que difieren.

No es lo mismo un lateral que las cierra todas a uno que sale arriesgándolo todo; no es lo mismo hacer las cosas por pasión a hacerlas porque toca; aunque hablen el mismo lenguaje, no hablan el mismo idioma; su jerga, sus contextos, sus culturas, sus ideas son otras, pero son como electroimanes y tienen la mala suerte de no haberse encendido aún juntos, porque sus polos van a mandarse al carajo en cuanto lo hagan.

Hay señales, sí; hay indicios, sí; hay pistas que parecen aparecer, pero él se pierde en su escote y ella en su voz; él se pierde en esos minutos donde el mundo guarda silencio y ella en la esperanza de que todo lo que le parece poco aumente; ambos se engañan; a él no le importa nada más; a ella no deja de importarle todo lo otro; las diferencias son casi imperceptibles, esas son las peligrosas, las difíciles de hallar.

Dos imágenes una al lado de la otra, de fondo azulejos similares, con telas y patrones similares, con objetos similares, engañan, se engañan, sin saberlo, sin quererlo, sin notarlo; cada que la electricidad sube la fuerza se siente, el rechazo aparece, chocan, se distancian como niños en un patio en acto cívico, estiran los lazos hasta que a duras penas se tocan; pasa sin que lo noten, pero la presión comienza a palpitar en ambos; hay algo que no encaja; falta una moneda, una hoja, un reflejo en el agua; falta una palabra, un sueño, una razón; se desdibujan, se pierden los colores; las rocas se apilan diferente; faltan algunos vellos, algunas rayas, algunos segundos y faltan otros tiempos; falta el silencio, falta sobre todo convicción para buscarlas, para encontrar las ausencias que cada vez se hacen más evidentes; falta voluntad y reconocimiento; falta un poquito, una pizquita; falta sazón y falta gusto, falta hambre; y así es difícil encontrar, en medio de tantas ausencias, las graves, reales; en medio de tanta ausencia suele haber además muchas voces; la gente se olvida de que no hay una experiencia humana superior o inferior a otra, pero la gente olvida algo tan simple; la gente dicta, la gente habla sin hacerse preguntas, cuestionarse sin considerar siquiera que podrían estar equivocados; humano es errar, pero no temerle a estar equivocado.

Así que se miran como quien mira un periódico con dos imágenes en paralelo y son incapaces de ver aquello que tienen enfrente; al igual que con lo que tienen enfrente, parecen similares, parecen… pero no lo son; y por eso, cuando llega el momento, la fuerza centrífuga de sus palabras los arroja hacia afuera, los expulsa al uno del otro; los separa, los dispersa, y nada pueden hacer para evitarlo.

Ahora, a la distancia, y con los recuerdos en la mano, pueden empezar a notarlo: eran diferentes, no mucho, simplemente lo suficiente para no reconocerse en los dolores del otro; para entender que tenían el mismo libro cuando se vieron, pero leían a ritmos distintos; la misma banda, diferente álbum; el mismo disco, diferente canción; la misma canción, diferente instrumento; nada, nunca lo mismo, no en las cosas que importan… y siempre, siempre esas diferencias se encuentran tarde.

Quedarse corto

La vida entera ha sido eso, cerca, pero nunca ahí, los cinco centavos pa’l peso siempre presentes, no hay felicidad completa; le dicen a uno que ni siquiera le ha alcanzado para una tristeza digna, que le ha tocado toda la vida sorber mocos porque no le alcanza ni pa’ los pañuelitos, uno que ha caminado por no pasar la vergüenza de pedir, o por miedo, la vergüenza de que le digan que no, uno que aprendió que al champú se le echa agua casi a fin de mes, que el rollo del papel higiénico a veces sirve de papel higiénico, a uno que lo han querido solo como amigo, a uno que le han dicho tantas veces “con lo que sos no me alcanza”, a uno que escuchó de chico “cómetelo tú, yo comí algo en el trabajo y vengo llena”, a uno que conoce la sopa de letras, a uno le quieren decir que la calle está dura… como si fuera algo de ahora, como si fuera solo la calle, como si no fueran los corazones, las bocas, las billeteras de los que tienen las que se endurecen.

No es la moral la que se ha perdido, es la sensatez y la razón. La gente habla de la calle como si la conociera, como si recorrerla fuera lo mismo que saberla caminar; la gente piensa que uno le daba vueltas a los centros comerciales por gusto, como si uno hubiera aprendido a compartir por justo, como si no hubiera tenido que sonreír en cada almacén después de decir “yo doy una vuelta y vengo”, sabiendo que no se iba a volver, porque ni con el 50 % alcanzaba; como si no hubiera desgastado zapatos haciendo domicilios en una unidad cerrada dejando la juventud a un lado para ver cómo la plata se la daban a otros; como si no hubiera recogido botellas para canjear en las tiendas los depósitos; como si no hubiera montado uno en una bicicleta rosada, porque a lo regalado y lo heredado no se le mira el diente; como si no hubiera escuchado eso de “igual el pie le crece” mientras le aplastaban la punta a los zapatos. A uno lo miran a los ojos y le dicen: “No hay modo, ahorita no, mono”.

La calle no está dura, la calle no entra en un estado específico, la calle es dura y el blandito es uno, y más cuando a uno le gusta el arte, más cuando uno vive de grafitear muros y de hacer malabares, de cuando intenta pintarle una sonrisa a la puta ciudad y lo único que recibe es una mirada de mierda de gente condescendiente y segura de sí misma. Dante no llegó ni cerca: debe haber un décimo círculo reservado para esos que creen que el dinero les da la razón, para los que no cuestionan, para los que subestiman, subvaloran, para esos hijos de puta que suben la ventanilla cuando camino hacia ellos con una sonrisa…

El corazón se parte, resquebrajado como pintura en pared al sol y al agua. Uno aguanta tanta mierda intentándolos hacer reír; duele tanto como la ausencia de la mamacita que una noche te miró a los ojos y, mintiéndote, te dijo que no le importaba a lo que te dedicabas, que ella iba a estar ahí, que era la libertad la que la enamoraba. Todo bien, que entre mentirosos no nos reconocemos, pero la carne es débil y más con una boquita de esas en frente, y uno le dice que sí sabiendo que va a pasarse una buena parte de la vida queriendo haberle dicho que no.

La calle es así, la vida es así, no está, es dura, difícil y cuesta arriba, y más si uno nace en esta parte del globo donde en los 90 nos dijeron que éramos países en vía de desarrollo, donde hay riqueza por explotar, vidas por explotar, hambres por explotar. Porque uno con hambre camella el doble, porque uno sabe que es mejor la goterita que el chorro, que hay que hacer de tripas corazón y que en un país de estos siempre hay algo pa’ hacer, pa’ ser, que se puede vivir… no, no vivir: sobrevivir. Porque para vivir la mayoría nos quedamos cortos.