Rompecabezas

A Roberto siempre le gustó encontrar la pieza que faltaba, descubrir las pistas y encontrar la perspectiva adecuada para que todo encajara; desde niño fue parte de su obsesión, de su deseo, el encontrar cómo funcionaban las cosas. Desarmaba un balín, como todos los niños, pero, a diferencia de ellos, lo hacía sin forzar nada; encontraba la forma adecuada y recordaba cómo ponerlo todo junto de vuelta, casi siempre incluso sin dejar huella ni rastro.

No era brillante, no particularmente, solo curioso y con buena memoria; antes, eso bastaba para parecerlo y a muchas personas les causaba esa impresión, la de ser un hombre astuto, así como muchos otros pasan por inteligentes por haber llenado muchos crucigramas. La causa y el efecto no siempre están directamente relacionadas; Roberto lo sabía, pero le gustaba la forma en cómo lo trataban por su error, así que no se molestaba en corregirlos.

Su trabajo se beneficiaba de su obsesión, ya que consistía en encontrar causas y señalar posibles soluciones, y era bueno haciéndolo. Le gustaba; había descubierto que la forma más fácil de ser bueno en lo que se hace es disfrutar de lo que se hace. No entendía cómo para tantas personas era algo tan difícil de deducir… la gente tiene la mirada dormida, solía pensar cuando pensaba en cosas como esa.

Cuando se aburría, emprendía pequeños proyectos personales; así descubrió que el calvo misógino de contaduría era el que se robaba los mugs de la cafetería de la oficina y que el peludo de IT tenía solo dos jeans que, aunque lavaba cada semana, parecía no darse cuenta de que en invierno el olor a humedad era penetrante y molesto. Fue un martes cualquiera cuando notó, en medio de una reunión muy aburrida, que Aleja sonreía de una manera diferente, extraña; no solo era extraño que ella sonriera, sino que la situación le parecía poco probable como para evocar una sonrisa.

Desde ese día comenzó una tarea silenciosa, una campaña continua, en la persecución de esa mueca; podría ser solo algo ocasional, un recuerdo de algo, un mensaje en el celular, pero había sido lo suficientemente extraño para intentar descifrarlo. Valía la pena perseguir la duda; hacerlo siempre le daba recompensa, una satisfacción que nada más le brindaba.

Desde ese día ella entró bien en su radar; quería saber de ella, de sus comportamientos, de sus momentos; en reuniones, en los almuerzos y las convenciones, la antes invisible comenzó a estar más y más presente en sus tiempos muertos. Empezó a notar que cuando ese gesto aparecía tenía también algo evocativo, a veces, una mordidita de labio y una respiración desacompasada y alterada, un pequeño movimiento en los pies y las caderas; que se sonrojaba y que estaba más abstraída que distraída; que no estaba presente más que de cuerpo y que los ojos terminaban brillantes cuando sucedía, y un cambio en el aroma, sobre todo cuando lo había notado en una pequeña sala de reuniones…

No era tan frecuente como para conectar todos los puntos, pero tenía claras algunas cosas: Aleja era bella, con una belleza fuerte y distinta; era además atractiva físicamente, tenía curvas que escondía bien, pero había movimientos que permitían apreciar mejor sus formas y sus hormas; y, más o menos cada dos semanas, Aleja sonreía de esa forma con más frecuencia. Y justo hoy estimaba que comenzaría su gesto provocativo, justo hoy que había una reunión para discutir un proyecto que los involucraba a los dos, justo hoy había recopilado algunas de las ideas de los momentos anteriores, donde había notado que al aburrirse ella comenzaba a abstraerse, y diseñó la sesión de briefing de una manera en que le fuera imposible no hacerlo. Y cuando comenzó la reunión supo que había acertado; todo transcurrió como esperaba y no pudo evitar sonreír cuando lo notó, y en el espacio controlado y cerrado el aroma fue más notorio, su cuerpo más explícito y sus movimientos más claros. Aleja estaba en su cabeza, y su cuerpo estaba entregado a un placer que solo él, solo viéndolo muy de cerca, podría detectar; una descarga intensa le recorría las piernas. Su rompecabezas estaba completo, pero ahora más que nunca le era imposible sacársela de la cabeza.