La otra cara

—Conozco esa mirada —le dice Ernesto a Gloria.

Ella baja la cabeza, le esquiva los ojos.

—No estamos en el mismo mood, pero no vale la pena hablar de eso —le dice con la voz cansada, cansada de él, de sus tiempos, de sus prioridades, de su falta de interés y de energía, de su ausencia presente y constante, de su silencio incómodo, de sus palabras bien elegidas y cadentes, de su poca espontaneidad y de su diferencia indiferente hacia ella.

Él la escucha y se muerde los labios, siente el pecho contraído, conoce esas palabras, la forma, el fondo e intuye el trasfondo también, lo ha recorrido antes, lo ha saboreado antes, lo conoce y lo recuerda, la ha visto antes, esa mezcla de nostalgia y decepción, la tenían sus papás en los ojos cuando se dieron cuenta de que lo habían echado de la universidad, y era la respuesta a casi cualquier decisión que tomara, la había visto en sus profesores de manera reiterada cuando era incapaz de responder, y en los ojos de una niña preciosa quien había estado enamorada de él toda su infancia, que soñó con encontrarlo de grande y llenarlo de alegría y de hijos, y él no recordaba siquiera su nombre… Sabía lo que venía, sabía qué iba a pasar.

—No ha sido una semana fácil —dijo, y quería seguir, quería decirle que así no funciona, querida, que tenía que entenderlo, no es solo lo que vos ves, entendés, no se trata solo de lo que vos querés, no soy solo lo que vos pensás que soy, mirá… las cosas son como son, aunque a veces las veamos de manera diferente, aunque no tengamos el panorama completo, que no veamos el otro lado de una moneda no significa que no lo tenga o que sea igual por el otro lado, se sabe de manera implícita, se conoce por norma general, es lógica pura, pero nos cuesta completar la imagen, es más fácil no hacerlo, nos gusta estar cómodos y dejamos de buscar lo que evidentemente falta, está claro que sabemos que algo se esconde, que no está presente y, aun así, evitamos verlo, evadimos nuestra responsabilidad al omitirlo.

La tierra fue plana por culpa de ese tipo de pensamientos, hay incluso una frase, amiga date cuenta, las cosas no son solo lo que creemos, son lo que son, eso es lo que ya deberías saber, estás grande, sabés que el mundo no es color de rosa, es imposible vivir así prestándole tan poca atención a todo, pretendiendo que lo tuyo es lo único que importa, no sos solo vos y tus deseos, ni tu intuición, no es solo tu espacio, tu tiempo y tu vida…

Quería decirle que se podía hablar, que todo viene funcionando bien, que seguro habrá otros malos momentos, pero se detiene, podría decirlo, pero recuerda que ella ha dicho no vale la pena, que ella no le contó, solo respondió, que no hay un deseo genuino de hablar ni de arreglar nada, que está ante una decisión tomada, que Gloria no lo conoce tanto como debería entonces, que no es justo ni necesario, que él cree en construir y no en encontrar, que hay cosas que él también quiere que pasen, pero la voluntad no es igual a la energía, que los tangos tienen razón cuando hablan de que el amor y las ganas se quedan cortas, que el mundo gira y gira, y que por una cabeza, por unos ojos bruscos… todas las locuras ha hecho y ha perdido, sabe que vale la pena perder, pero solo cuando los dos tienen ganas de romperse, de saltar sin usar el paracaídas, pero no así, no con miedo, no pensando en el golpe, no esperando a que llegue.

—No pretendía que te sintieras hecha a un lado.

Sabe que al decir eso confirmará la decisión que ella ya tiene tomada, y que eso puede ser lo mejor para ambos, así que se despide sin mostrarle la otra cara.

Castillo de espejos

«A donde quiera que miro me espejo,
me encuentro con una mirada fría mirándome directo a los ojos.
» El Flaco.

Milena y Gabriela son amigas, tienen el título, me refiero, pero se comportan de una manera rara: no saben estar sin competir, no saben alegrarse la una por la otra, necesitan de alguna manera compararse y ganarse; tienen esa amistad linda de los 80, esa emoción pasivo-agresiva que ha convertido el trauma en humor y que intenta doblegar al otro haciéndole un daño controlado; hablan de nada mientras se quejan de todo, y se echan en cara todo lo que pueden… Milena sabe que Gabriela quiere un espejo nuevo, uno donde alcance a verse porque el estúpido del Flaco con el que anda está puesto a 1.85 centímetros del piso y, como lo sabe, la jode y la provoca.

—No entiendo cómo podés vivir en la casa de un hombre que no es capaz ni siquiera de darte un lugar para verte; si a una no le ponen al menos un espejo en el cuarto o en el baño, una es una arrimada más, una visita con llaves, con derechos, pero sin ninguna propiedad ocupacional —le dice, queriendo herirla, porque Milena sabe qué fibras son sensibles, sabe cómo hacerle daño y no duda en hacerlo.

—Gabriela no es tonta, sabe lo que su amiga le hace, pero sonríe provocadora y dolida; responde sin gracia y sin elegancia: lo bueno de ser linda es que uno no necesita tanto maquillaje, querida, y además, si quisiera, es fácil hacerlo. Al Flaco ya me lo conozco de memoria y eso me viene bien de vez en cuando; sé que hay unos momentos en los que él no se reconoce ni se gobierna, que se escapa de su propio poder y pensamiento. Por eso lo obsesiona esa novela… esa del tiempo perdido, del francés ese. Nunca pude leerla; no superé esa sensación de leer 200 páginas sobre el momento donde alguien se despierta, como si no tuviera mejores cosas en qué malgastar mi tiempo.

Lo dice sabiendo que a él, los reflejos le molestan; que su Flaco entiende a los vampiros que se niegan a verse a sí mismos en una superficie; que odia a Nietzsche y a su eterno retorno porque le han negado la posibilidad de ser y lo han condenado a simplemente repetirse, una vuelta más en esa progresión de Fibonacci, una caída al vacío en esa espiral infinita; y, sin embargo, está dispuesta a torturarlo por demostrarle a esa que no sabe lo que dice, aunque al hacerlo ella fracture y maltrate lo que tiene.

Para hacerlo aceptar solo necesita dos botellas de vino, la lencería de encaje negra o roja que tiene… un hilito que se le hunda entre las nalgas y un gemido al oído mientras lo cabalga en medio de un espasmo intenso y bullicioso, al Flaco le encanta ese momento donde el cuerpo se tensiona tanto que parece entumirse y los ojos, completamente perdidos en la nada… completamente abstraído, sabe que le gusta hallarse en otros cuerpos, viéndose de frente, recordándose que somos tan poca cosa.

Sí, puede hacerlo: puede agarrarlo con la guardia baja, con el cuerpo rendido; basta eso para decirle que quiere un nuevo espejo, uno en el cuarto donde puedan verse mientras se revuelcan la vida, mientras sudan las rabias; un espejo para temblar juntos, para morirse un poco debajo y sobre el otro… pensarlo la hace humedecer, le recuerda que lo que siente por él es parecido al amor, que quizá no debería, pero la idea de verse directo a los ojos antes de un orgasmo la enciende.—No va a ser uno —dice—, en cada cuarto va a haber uno, en cada pared… haré un castillo de espejo —le dice a Milena con una sonrisa en el rostro y el flaco aceptará gustoso.