Tienda de juguetes

El reflejo desgastado y cansado, contenido en el cristal, era un juez grotesco y desalmado, era el reflejo de un hombre triste y acabado. Tenía una barba corta y desorganizada, ropa de otra época y su figura había sido tallada buscando mostrar lo mejor de otros tiempos, pero con el paso de los años y con el olvido de la moda que había revivido sus mejores temporadas, lucía ahora envejecido y fuera de forma.

Dicen que lo retro no pasa de moda; bueno, no es del todo cierto, siempre está de moda revivir una moda, pero usar algo que no es una convención siempre te hace lucir anticuado, fuera sitio, de tiempo… dislocado. Y las personas que se visten suelen decir que no importa, creer que pueden con eso, que están preparados para ir contra corriente. Necios, los hombres así son necios. Y se les nota que su aislamiento no es voluntario, incluso en el reflejo, porque esos hombres tristes nunca se miran directamente a los ojos así mismos. Quizá es miedo, quizá intuyen que si lo hacen encontrarán tan solo un abismo…

El hombre que evitaba su reflejo, miraba con tristeza la marioneta empolvada y descuidada; no se pude caer más bajo, algo sucio y triste en la exhibición de una tienda de juguetes, es una desfachatez, pensaba. Comenzó a caminar, a alejarse de aquel lugar, y con cada paso sentía la necesidad de volver a verla sin estar seguro de por qué. Llegó a casa, soltó el morral que le pesaba en la espalda y sintió el alivio del peso, se quitó los zapatos, y sintió el mundo expandirse en sus pies, el piso bajo su piel. Caminó hacia la cafetera, olió los granos y se concentró en el aroma, sintiendo alivio en sus hombros. Sacó la picadura de su pipa –ese acto siempre lo hacía sonreír-, pero hoy no, de alguna manera la imagen de la marioneta lo hacía sentirse mal.

Es solo un juguete olvidado, pensaba mientras caminaba por las estanterías de su cuarto junto a los juguetes coleccionados, los libros, los discos; y sin verlos todos, sin leerlos o escucharlos, pensaba: es solo un pedazo de madera vacía, nada es particular en él, nada salvo su contexto, quizá sólo una juguetería que ha perdido su interés en vender juguetes.

Continuaba pensando mientras se acercaba a su escritorio y alistaba las herramientas, estiraba los brazos falsos, alineaba las lupas y sacaba la caja de pinturas. Y comenzaba a tallar, ausente como estaba, actuó por reflejo. No recordaba haber empezado a modelar, y el trabajo fluyó con una memoria muscular prodigiosa, evitó el filo de la cuchilla, y pulió sin notar el polvillo de la madera invadiendo la luz como una tormenta de arena. Tampoco se percató del olor de la pintura, ni de que habían transcurrido casi cuatro horas desde que había vuelto a casa y el tiempo se lo había consumido. Sintió el cansancio justo cuando el reloj de la sala dio la última campanada como cada día; abrumado además, por cómo se va el tiempo.

Se levantó sin notar que había terminado una marioneta igual a él. Con lentes, con un bigote delgado, con una contextura delgada y vientre prominente, que le había pintado sus lunares y sus pecas, y que lo había sentado como él. Caminó rumbo al comedor, comió un sánduche preparado con lo poco que quedaba dentro del refrigerador, y para hacer el té, tuvo que recurrir a la misma bolsa que había usado en la mañana. No eran días fáciles, no eran días ni siquiera, eran semanas, a nada le supo, y entonces durmió.

El titiritero soltó su comando. La figura del titiritero perdió toda la vida, todo el dolor y toda la frustración que su voz había contado, desgonzado. Y sin ningún hilo de voluntad que los sostuviera en pie, se desplomó.

Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Todos los relojes están corriendo.

—Se nos acaba el tiempo, sabes —dijo con una cierta sorpresa

—No solo éste —le respondí exasperado

Sí era cierto que a las 15 horas que nos habían dado para reunir el dinero ya no quedaba mucho, también era cierto que sin el dinero no solo nuestra vida sino el páncreas que mamá necesitaba iba ser imposible de conseguir, pero no podíamos hacer nada. Preocuparse por el tiempo ahora, justo ahora que ya no quedaba, era una tontería; todo el universo, todo el tiempo y el espacio tienen los relojes corriendo, marcha atrás todos esperando llegar a cero.

¡Vaya insensatez! Lamentarse por el tiempo es estúpido, esas tontas crisis de edad, esa Narcisa obsesión por conservarse. Desde que nacemos los relojes están corriendo, antes de que naciéramos ya lo estaban haciendo. En cuanto conocemos a alguien el segundero despega, tic, tac, tic, tac sumando, sumando, fatigando los materiales, las emociones, los pensamientos, estresando los resortes, la paciencia, tic tac. Cada experiencia inicia un reloj, el mundo está corriendo, pero el tiempo ya ganó, la gente intenta darles cuerda, extenderlos, mantenerlos en movimiento, pero es inútil.

—A qué te refieres —Me interrumpió ella sin saber nada de lo que pensaba, imaginando seguro que otra vez hablaba del dinero, o de mi relación con Helena; a la mierda Helena, pensé, con ella también se me acaba el tiempo, y la paciencia, ya queda poco, casi puedo escuchar la fractura del tiempo bajo nuestros ideales, la expectativa corre más rápido que el segundero, la pobre quiere, pide, reclama, pero no da; la convivencia debe ser horrible, no lava un plato, no cocina un huevo, no necesito que lo haga, pero llegar cansado y descubrir que nada hay esperándote, ni un detalle, ni un  déjame hacerlo; si hubiéramos podido vivir juntos seguro el tiempo se hubiera acabado, pero no, ya tampoco hay que preocuparse por Helena, y si Héctor no llega pronto con noticias de la apuesta, todo carecerá de sentido, estallará nuestro reloj, no podremos pagar la deuda, mamá no recibirá su páncreas, y Helena, Helena no tendrá quien más le cumpla sus caprichos.

—Me refiero a que creo que hay poco tiempo en general, al final no importa que tan larga haya sido tu vida, podrías haber vivido otro día, comido otro bocado de esa comida que tanto te gustaba, follado una vez más, dormido una siesta extra, no hay manera formal de afrontarlo. Cuando el final llega, pensamos: se me ha acabado el tiempo, anhelando un poco más, un abrazo más, un beso más, un baño más; y siempre, sí, queda el recuerdo al que volver en el último minuto, pero recordar el último polvo no es lo mismo que tirarse un último polvo, no es lo mismo recordar el sabor, ni el olor de Helena que sentirlo.

—Calla, si es verdad que el tiempo se acaba, no quiero desperdiciarlo imaginándote a ti y a Helena… no debimos hacerlo.

—No teníamos otra opción, mamá no quería irse aún, incluso si llega el dinero, si podemos pagar nuestra deuda y el páncreas, si la operan puede que muera, pero habremos sabido que hicimos hasta lo imposible, nos jugamos la vida por lograrlo, por eso lo hicimos, para extender el reloj de mamá, para no pensar qué pasaría si lo hubiéramos intentado, es mejor esto que eso, es decir, es mejor morir si no llega el dinero, que vivir sabiendo que no nos arriesgamos y que ahora mamá está muerta.

—Es cierto, tienes razón, no es común, pero cuando la tienes es precisamente en las cosas más tristes, en las decisiones más difíciles, en los peores momentos

—Se me da natural, distingo los patrones, por eso te dije que era una buena idea hacerlo, sin mamá. No, déjame decirlo mejor, sin hacer esto por mamá ninguno seguiría vivo realmente, así que era mejor tasar nuestros órganos, pedir un préstamo vasados en ese premio y apostarlo todo en una sola pelea.

—¿Y si perdemos? Qué piensas ahora

—Pienso igual, ya hemos ganado, al no tener que vivir bajo la duda.

—Todos los relojes estaban corriendo, cuando mamá nos dijo lo del cáncer, yo sentí el tic tac dentro, todo está muriendo constantemente, continuamente, tic, tac. También nosotros.

Centro comercial

—Por favor vení rápido, voy a tener un ataque—

Esas fueron las únicas palabras que aquel hombre dijo mientras esperaba en las sillas de aquella sala de espera del centro comercial. Nadie parecía darle mucha importancia

Carlos odiaba los silencios y la espera, lo aturdían, sentía perderse cuando estaba rodeado de personas y los ataque de ansiedad se volvían cada vez más frecuentes, para colmo de su mala suerte ahora no se podía fumar y ya no tenía uñas que comerse, murmuraba, sus manos sudaban y las náuseas empezaban a aparecer, estaba sufriendo y cuando todo parecía empeorar por fin apareció ella.

Estaba agitada, daba la sensación de haber corrido un maratón para llegar a tiempo, para evitarle ese mal momento y aunque hubiera fracasado, lo recomponía ver su esfuerzo reflejado en la piel.

—Discúlpame, me topé con un espejo y ya sabes que no puedo contenerme, me miraba, y jugaba con mi cabello, me guiñaba el ojo y me tiraba pequeños besos, nunca coqueteo tan bien con nadie más, solo yo y el espejo.—

A Carlos lo irritaba y lo excitaba la respuesta, sabía que para Ingrith no había mayor tentación, cuando ella se miraba al espejo, sus ojos la desnudaban, no había una forma de evitarlo, en donde fuera que su mirada se encontrara con su reflejo ella se devoraba con tanta fuerza que las piernas le temblaban y su sexo comenzaba a arder, a palpitar y entumecerse, lo había visto miles de veces, ella sucumbiendo ante sí misma, perdiendo toda cordura, sintiendo como su reflejo le cortaba cualquier hilo que el pudor tuviera sobre su cuerpo, un narcisismo tan extremo como su ansiedad.

—La culpa es tuya— dijo con la voz temblorosa, —Sabes que no puedo verme, y por el apuro dejé los lentes antireflejo en el auto—

—Pero que tonta— sonreía con dificultad, con la mierda atorada en la garganta, con la felicidad escurrida, con el dolor en los huesos, con las lágrimas nublándole la vista —Sabes bien perder el control, yo puedo oler hasta aquí el orgasmo de tu última recaída—

El comentario la sonrojó, la hizo consciente de que su aroma inundaba el aire y de nuevo comenzaba su tormento, mucho más placentero que el de Carlos, ahora podía sentir la humedad impregnándole los muslos, comenzaba a dificultársele el habla, las palabras se atropellaban en pequeños suspiros inentendibles, tomó la mano de él con tanta fuerza como puedo y mientras que cerraba los ojos y apretaba los labios comenzó a temblar descontrolada.

La atención despertada por Ingrith colapsó la zona del centro comercial, Carlos sentía las miradas punzantes, prejuiciosas y condenatorias, ella navegaba un orgasmo y el pasaba al paredón, él era Dante, caminaba los nueve círculos del infierno mientras que la idiota continuaba una cadena de placer que terminaría haciéndola perder el conocimiento y él terminaría a portas de un ataque epiléptico vomitando y perdiendo el control de sus esfínteres en plena zona de comidas.

Carlos estaba sumido en la desesperación, tan angustiado como el hombre que se lanza de un precipicio, tan adolorido como el que cae del precipicio y sobrevive, todo porque ella, ella aún no caía, y eso también lo torturaba. No pudo contenerlo más, su cuerpo comenzó a expulsar como un aspersor la inmundicia que sentía, hacia toda dirección, y solo era contenida por su ropa, sin discriminar a nadie y olor llegó a cada persona cargando la mierda, la orina, el vómito que se esparcía por el suelo.

Por fin llegaron los hombres de seguridad y servicios médicos. A él lo recogieron con el mismo asco que se levanta un borracho de un bar y a ella con la delicadeza que precisaba una enferma, ¡qué injusta era la puta vida!

Despertaron en la enfermería, Carlos estaba desnudo, humillado, siempre era la misma mierda, pensarlo le causó una sonrisa. Ella lo miraba de una manera compasiva, estaba triste, nadie del grupo de apoyo la elegiría nunca como tutor.

—Podés estar tranquila, nuestra relación no es tan rara, todas las mujeres deben soportar la mierda de los hombres, y todos los hombres debemos lidiar con la vanidad de las mujeres, si lo mirás de esa forma somos el uno para el otro—

El grupo de apoyo del domingo por lo menos tendría algo divertido para comentar, ya pensaba en su discurso —Hola soy Carlos, sufro de ansiedad crónica y de convulsiones y ha pasado un día desde mi última recaída. —

Ella lo miraba y sonreía, no sabía cómo un hombre que apestaba a mierda podía ser tan dulce.

El fin

Durante la noche se despertó varias veces con dolor en el pecho, agudo, punzante, pero no físico; era lo que solemos llamar un presentimiento, acostumbrado como lo estaba a no quedarse con ninguna duda, y ante la evidente imposibilidad de conciliar el sueño, el Doctor en Lengua estiró su pesada mano y tomó el celular para confirmar la hora, 2:30 a.m., indicaba la composición de los pixeles en la pantalla. —2:30 a.m., me vengo despertando cada 30 minutos desde la 1:00 a.m., eso quiere decir que no he pegado el ojo —Dijo en voz alta el Doctor aunque no tenía a nadie que lo escuchara, solo para confirmar lo obvio, costumbre que sus estudiantes solían reclamarle.

Permaneció allí en un rincón de la cama viendo hacia el frente y recorriendo con la mirada su biblioteca, a, b, c, d, propio de los estructurados, como a él mismo le gustaba llamar a las personas que a pesar de si mismos habían logrado acumular una pared de títulos, los metódicos, que pese a la falta del tiempo que todo el mundo se auto receta, se auto medican con disciplina para llenarse logros, ante este último pensamiento siempre sonreía, siendo Doctor le gustaba decir auto medican, aunque tenía claro que su doctorado no salvaría ninguna vida, sobre todo desde que había abandonado la creación para  dedicarse a la crítica literaria, en fin, propio como es de ellos el orden en medio del caos, que era finalmente como siempre terminaba esa seguidilla de auto halagos, continuó el recorrido hasta llegar al libro que buscaba.

“Dolores de muerte”, el título no era para nada creativo, y su contenido menos que científico, pero como estaba convencido que nada era nuevo, buscó durante años en todos los países cartillas, panfletos y gacetas y separatas que finalmente había recopilado y publicado durante su tesis doctoral literatura de la muerte, una justificación humana a la muerte.

Cualquier persona normal hubiera corrido a Google, a tipear los síntomas para encontrar como resultado dos opciones: cáncer terminal o la venta de algún suplemento de origen mediterráneo y oriental descubierta hace poco, y vendida por una red de mercadeo que había salvado miles de vidas a nivel mundial, y que ahora podía él comprar una membresía para vender el producto o comprarlo para él con un descuento.

Pero más que del dolor, este hombre estaba enfermo, profundamente enfermo de las enfermedades románticas, las realmente antiguas, estaba enfermo de angustia, de melancolía y padecía como quien muere de un tumor de un nihilismo que le atrofiaba el crecimiento de cualquier esperanza. Recorrió con desdén y desinterés propio su libro, en el fondo sabía a qué Capítulo iba a llegar, 33 página 207. “Sueños de muerte”, iniciaba así la página, y continuaba más adelante testigos de las premoniciones aseguran que los afectados habían dicho pasar la noche casi en vela, o apenas pegado el ojo, atacados por ardores, quemones, irradiaciones de dolor, que no tenían ninguna explicación física, lo único es que al igual que él la enfermedad era bastante indiferente frente a asuntos de raza y género, lo malo es que al igual que él la enfermedad era bastante pedante y parecía afectar solo a personas en posiciones de poder medio, es decir que en términos generales cualquier otra persona hubiera deducido con facilidad que lo suyo era estrés.

Un tanto decepcionado cerró el libro, y volvió a ponerlo allí junto con los otros, y con mucho calma se sentó de nuevo en la cama, tomó el celular para confirmar las hora: 3:20, curioso pensó, la gente suele pensar que el tiempo llega a su fin, cuando evidentemente deja de correr, y un síntoma, un buen síntoma que los demás habían pasado por alto, era que empezaba a hacerse eterno para el afectado, por eso los 40 minutos que le había tomado pararse de la cama, y caminar los 6 pasos en su aparta estudio hasta las paredes abarrotadas de libros, tomar el que quería y leer lo que quería leer, lo había sentido mucho m{as largo, pero eso no era lo peor, sino que ahora creía que le había tomado muchísimo tiempo teniendo cuenta lo poco que había hecho.

Caminó por su casa tratando de despertarse por completo, pero aunque él seguía somnoliento, algo había despertado en él, podía ver con claridad las diferencias y las sombras del pasar de los años en las cosas que lo rodeaban, el tiempo le abría los ojos, la sentencia era una sola, sonrió confiado, era previsible que así fuera el fin para él.

Didáctica

Así son las cosas.

Para seguir el flujo del tiempo, se necesita de una cadena desencadenada de acciones, engranajes, piñones, resortes que se contraen y estiran, agujas que avanzan, y avanzan sin prisa, ni retraso, tics y tacs, que sin ninguna ambición propia siguen adelante, moviéndose solo moviéndose, no hay en su acto ni gusto, ni vocación, ni talento, solo hay adelante, solo hay segundos, solo hay minutos y horas, ni siquiera acumula, da una vuelta y vuelve a comenzar, esa y no otra es la naturaleza de un fenómeno, algo que se da y se repite sin intención alguna, es innegable, pasa, así pasa el tiempo sin presión alguna y por eso siempre gana.

Tan dueño de sí mismo que abruma, tan displicente que devela, nada le importa al tiempo, ni siquiera el tiempo mismo, no teme acabarse, ni extinguirse, no le angustia llegar a tiempo, ni irse temprano, no entiende a los que se apresuran, ni a los que se retrasan, el tiempo no se rige por el tiempo.

Y mientras que recordaba todo lo intuido por mentes más brillantes e ilustradas que la suya guardaba silencio. Un gélido silencio, pensaba que no podía matar el tiempo, y que no había forma alguna de ganar tiempo, no quería tampoco extenderlo, pero estaba exhausto, había acudido a ella buscando un oasis, un poco de calma, un mimo, había encontrado en cambio un desafío, sin mayor propósito que el de asediarlo, pero estaba agotado para intentarlo, en silencio camino hasta al cuarto, en silencio sacó su maleta, en silenció guardó allí la ropa, un par de libros, y vio largamente la biblioteca sin decir palabra, ella atónita lo miraba, pensaba que fragilidad, que pereza, que poco tolerante, pero nada era cierto, ni fragilidad, ni pereza, ni desidia, ni falta de deseo, cansancio, simple cansancio, su energía la consumía otro mundo, y para ella ya no había más que migajas, necesito una que no sea para pelear, necesito una que pueda aguantar el ritmo, que encuentre vida en la vida y no la busque en mi yo diezmado, una que palpite con el mundo y no quiera medirse con un hombre que baja del ring exhausto.

Quiero una pelea justa, en igualdad de condiciones, quiero una mujer que llegue al igual que yo, hecha trizas, que le duela la espalda, el cuello la rodillas, que sienta tedio de las discusiones porque sabe que al otro día va a necesitar pelear por un mundo mejor, por su mundo mejor, una a la que los sueños no se le queden en la almohada, sino que los levante a trompadas en la calle, eso quiero, eso merezco, eso busco… pensaba, pensaba, estaba tan perdido en sus voces que no notó que sus manos recibían cosas y guardaban cosas, que ella muda, caminaba a su lado, y le entregaba sus esenciales mientras pensaba, lárgate espantapájaros, no volvás nunca mamarracho que yo soy ave de presa y no carroñera, llévate todo que estás hecho polvo pero seco como una fruta vieja, la vida que me das huele rancia, el sabor está podrido, antes eras por lo menos un buen amante, pero ahora no sos capaz de someterme, te desafío y ya no me tomás del pelo ni me levantás del cuello, mientras me manoseas las tetas, hace tanto tiempo que no me sacudís, ni me mordés, lárgate a donde esa otra que seguro ahora es con la que querés pelear, dentro y fuera de la cama, márchate con tu costumbre, con tu silencio, con tus ojos cansados.

Él seguía pensando, una que tenga un argumento y no solo el temperamento, una que sepa leerme y no solo leer, en algún momento había sido ella, algunos días aún lo era, pero quietud es mezquina, también lo es el tiempo, es su didáctica, te cansa, te rompe, te hace perder el ritmo, necesita del caos de la ruptura, necesita del estallido del cristal, del tornillo desgastado para volver a ser, para abrirse, para tensar los resortes, aceitar los engranajes y los piñones, y a veces incluso después de eso, no es suficiente, no se suficiente, se pasa el cuarto de hora y en ese caso no queda más que aceptar las derrotas, las miserias, eso pensaban mientras los dos empacaban, porque de un momento a otro ella también quería largarse lejos de él, de allí, y allí también era él, no había lugar en ese lugar donde no hubiera algo de ellos, su juventud, su frustración, sus celebraciones, sus orgasmos estaban esparcidos por todo lado y en ocasiones al tiempo, allí había reído, llorado, gemido, follado, ese espacio, ese pequeño espacio era un universo que se consumía y mientras ella enfadada y ciega juntaba y buscaba y desarmaba y guardaba él sin darse cuenta también le ayudaba, ambos ciegos de enojo, terminaron con las maletas llenas, y llenos de rabia como las maletas de cosas caminaron en silencio y sin despedirse, dejando atrás un apartamento vacío, unas vidas vacías, unos corazones vacíos.

Ambos fueron donde sus mejores amigos, él a donde los de él, ella donde los de ella, ambos, los de él y los de ella, coincidían merecían alguien mejor, algo mejor, alguien que avanzara con ellos hacia el mismo lado. Ambos dijeron también con calma que ya era tiempo, que era justo a tiempo, y que el tiempo era perfecto.

En eso no se equivocaban, el tiempo lo es, en todo lo demás estaban equivocados, era solo dinámica, pero como todo lo demás carecía de significado y sin voluntad no podía dársele otro giro.

Causas perdidas

Chéjov dijo alguna vez: Solo inútil es placentero.

Cada mañana se levantaba en busca de letras, quería ser escritor, sentía que la tinta le palpitaba en las venas. Leía como yendo a la escuela, leer era su academia, pero temía nunca igualar lo que sus ojos veían y temía a la hoja en blanco como a la oscuridad temía de niño.

Cuentos, historias, reflexiones, poemas, noticias… sentía que todo lo había intentado y junto a sus papeles guardaba la esperanza de ser pronto reconocido y junto con ellas el miedo de nunca serlo. Le gustaban las causas perdidas y por eso le apasionaba tanto la suya, pero su vida de letras no era la única causa que apoyaba.

Jorge creía en las personas, trabajaba y no tenía inconvenientes en gastarse su quincena en una noche si podía con ello llenar de sonrisas el rostro de sus amigos, estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, incluso si no lo conocía. 

Creía en los abrazos y los besos, en las pasiones fuertes, en las calmas prolongadas, en los silencios cómodos. Era un melancólico que disfrutaba los intentos más que las victorias.

A sus treinta años había gastado sus ahorros en más de una ocasión en donaciones de libros a la biblioteca del pueblo donde creció, pese a que cuando la visitaba aún encontraba los mismos libros que leyó cuando era niño, pero era tal su amor por el prójimo, su fe en él, que pensaba que el dinero estaba en meses de arriendo atrasado o salarios incumplidos a sus empleados, así que sonreía y pensaba lo mejor de cada ocasión.

Incluso creía en el juicio de su pueblo y elección tras elección seguía eligiendo más por pereza que por democracia a la familia del alcalde, pensaba que seguro no era tan malo si todos seguían eligiéndolo y que quizá él exageraba al encontrar tantos defectos y frustraciones con su representación, por eso seguía enviando noche tras noche, una carta al alcalde dándole, a su juicio, algunos consejos que harían mejorar la vida en el pueblo, aunque sabía por los rumores que día a día el alcalde encendía un puro con la carta que él enviaba. 

Todos conocían a Jorge y su gran corazón, todos abusaban de su nobleza y muchos la creían merecida, castigaban su amor porque era más fácil que unirse a su invitación constante a rescatar la humanidad del pueblo, aun así él nunca alimentó un resentimiento.

De esa forma de vida desprendida nació el rumor de su fortuna, su buena vida solo era pensada para un adinerado, nadie podía estar dispuesto a dar tanto si no tuviera diez veces más, era obvio que Jorge era una fachada, tenía que estar forrado porque nadie era tan estúpido para dar aquello que aún le servía.

Una mañana, como cualquier otra, Jorge tomó sus cartas, una para el alcalde, unas cuantas para las editoriales y otras a amigos que lo habían olvidado y emprendió su camino, pero nunca volvió. Camino al correo su corazón se había cansado de luchar, incluso así su cadáver sonreía, hasta el último día lo había intentado y él amaba las causas perdidas.

Primera sangre

La primera en pegar siempre es la vida

Recordaba la historia de Marcela, su amiga de infancia que se convirtió en mujer en un bus, en hora pico y sin estar preparada para ello, recordó la sensación descrita por ella y pudo ponerse en el lugar de la chiquilla de 11 años, sintió el olor, el líquido caliente recorriéndole la piel, la vergüenza y la humillación, las ganas de llorar; entendía, por fin entendía qué se sentía perderlo todo, olvidarse del pudor y acariciar la desesperación.

Estaba furioso, recordaba también el dolor que años atrás le había narrado María, la forma en cómo la adrenalina lo mitigaba, cómo el deseo terminaba haciendo que le gustara, también comprendía ahora la sensación de perder el control sobre el cuerpo, sentía al igual que ella sus piernas temblando, su garganta hecha un nudo y un extraño deseo que le impedía parar, una pequeña adicción a aquel sufrimiento.

No era distinto a cuando Jorge su amigo de la universidad le hablaba sobre su trabajo, sobre ese ardor punzante que le ocasionaban los cuchillos en la palma de la mano, en los dedos, esa necesidad de ocultar el líquido antes de que sus jefes de cocina lo descubrieran.

Creía incluso compartir el dolor de Cristo, su impotencia, la misma desesperanza que su amigo le había narrado tras ser asaltado y apuñaleado por la espalda por un ladrón, que sin mediar palabra prefirió ensartar su cuchillo entre dos costillas y que estuvo a milímetros de arruinar su pulmón derecho antes de robarle.

Fue lo mismo que sintió Javier, pensó, cuando su hermano, el médico, se convirtió por primera vez en cirujano, la misma fragilidad cuando estuvo a punto de perder su primer paciente mientras luchaba por detener una hemorragia.

Todos estos recuerdos le venían a la mente con una claridad descomunal, él los enfrentaba con una frialdad aterradora. Entonces recordaba la historia de Gerardo, ese amigo suyo que a los 15 años tatuó el pavimento con su piel, lijándose toda pierna tras caer en patines y el sufrimiento que lo invadió no solo por ocultar su herida si no por la limpieza realizada en el hospital después de que esta fuera descubierta por su madre, estaba seguro que pese a haber perdido la virginidad para ese entonces, era ese el momento en que se había transformado en hombre.

Uno a uno, imagen tras imagen, vivía cada experiencia, era un poco cada uno de ellos en ese momento, su sufrimiento era un poco el de ellos, su dolor, su tragedia, el miedo, la adrenalina que los había recorrido e invadido era la misma que él sentía.

Tin, tin, tin

La campana llegaba para rescatarlo, para darle un momento para entender lo que sucedía.

–Mantén tu mano derecha arriba–

–No descuides tu guardia, ¡maldito egocéntrico!, te dije, te dije mil veces que algún día te iban a tocar, que no siempre podrías noquear en un asalto–

–Arriba, levanta las manos–

Tin, tin tin

La campana sonaba de nuevo, y él tocaba su rostro hinchado camino al centro del cuadrilátero, sus guantes blancos por primera vez se manchaban con su propia sangre y él sonreía, disfrutaba cada segundo previo al inicio del segundo round.

Sin esperanza

─Estás raro hoy─

─Sí, lo sé─

─Pasó algo ayer─

─Sí y no, no es lo que piensas─

─¿Entonces?─

─¿Por qué estoy raro?─

─Sí─

─Por que el mundo cambió─

─De la noche a la mañana─

─No, ni siquiera tuvo que amanecer, bastó un minuto durante la noche─

─De qué estás hablando, qué tuviste una rvelación, Ya no me querés más─

─No tiene nada que ver con vos, o con mi cariño con vos, y entendé de una buena vez que no todo mi mundo sos vos, sabes que te necesito acá a mi lado, no te lo tomés así por favor, no ahora.─

─Entonces qué fue─ dijo ella con los ojos aguados, la voz dolida y el corazón en la boca.

─Recordé algo─ dijo él con los ojos llorosos, la voz dolida y el corazón en la boca

─Qué cosa─

─Qué nada va a estar bien─

─Cómo así─ Respondió ella con la voz angustiada, con la mirada rota, me lo prometiste ayer, lo acusaban sus ojos, ayer me juraste que todo iba a estar bien, la alegría y la esperanza se le transformaban ahora en rabia y angustia, ─lo prometiste─ casi susurró mientras escondía sus lágrimas.─

─Lo sé, pero no quiero mentirte─ Dijo él que pudo escucharla entre sus sollozos, ─Pero aunque todo vaya mal seguiré aquí, y lo seguiremos intentando, pero es mentira que todo vaya a estar bien, nada nunca lo está, lo sé desde los 12 años, solo que lo había olvidado, lo he recordado justo antes de dormir y no he podido dormir al recordarlo. Mi padre estaba en casa, él siempre generó en mí esa sensación que tuviste ayer, que todo iba a estar bien, que mientras que él estuviera ahí éramos inmortales, invencibles.

─Pero lo suyo fue cáncer─

─No hablo de su muerte, papá no murió a mis 12 y lo sabes, fue algo más, fue como todas las cosas en la vida, al menos como todas las importantes, algo sumamente simple, el viejo había vuelto antes, mucho antes de uno de sus viajes, nadie lo esperaba y aunque llegó sonriente y cargado de regalos intuí que no era normal por la cara de sorpresa de los demás, mis sospechas guardaron silencio con los regalos, estaba feliz de verlo y las razones no importaban pensé─

─Pero sí importaron─ lo interrumpió ella tratando de adivinar lo que seguí

─Sí, lo hicieron, a papá el mundo acaba de cambiarle, y a mí con él, esa noche, no hubo discusiones ni preguntas, no descubrí lo que pasó debido a una discusión o altercado, fue peor, iba rumbo al baño y en medio de la oscuridad, de la noche y el desconcierto que siempre habita en un recién levantado algo me perturbo, a los 12 años si algo se conoce bien es el miedo y sus efectos, y en medio del silencio abrumador de la madrugada, los gritos de mi padre me turbaron, corrí pero no tuve el valor de verlo, lo escuchaba sollozar, como un niño muerto de miedo, como un hermano si yo hubiera tenido un hermano menor, y entonces el telón se cayó, la vida se quedó sin suelo. Nada va a estar bien, no puedo prometerte eso, desde ese día sé que toda esperanza es falsa, pero hay coraje, y con coraje hay con qué hacerle frente a todo, las cosas van a ponerse feas, nos va a tocar pelear con uñas y dientes.

Significados

−No es verdad−

−¿Qué cosa?−

−Eso de que a nadie le gustan los diccionarios, bueno, no, eso no es del todo cierto, más bien podríamos decir: ya a nadie le gustan los diccionarios, aún así, esta declaración también sería falsa, más precisa sería, a los pocos a quienes aún les gustan los diccionarios suelen tener la mala suerte de no encontrarse, y así con su pasión alfabética buscan de la a la z las palabras que les permitan justificar su tristeza por la falta de pasión por los significados. –

−Podría ser cierto pero y cuál es la diferencia−

−Toda, porque no es lo mismo que des por sentada que sos la única, la elegida, líder de una cruzada sin soldados, la cursi, la romántica…−

−¿y qué tiene de malo? –

−¿De malo?, nada, solo que es mentira y viniendo de una persona que está proclamando el amor por más que las palabras, sino la esencia misma de las palabras, su paladín y defensora, pues esperaría uno un poco más de coherencia−

−la coherencia no puede ir contra la fuerza expresiva y las definiciones tácitas−

−De verdad crees que la fuerza expresiva es más fuerte que la verdad, o que una mentira es tan débil−

−Pues funciona cuando se fingen los orgasmos−

−Qué tienen que ver los orgasmos en todo esto−

−Los seguís fingiendo y no se lo has dicho a Marlos−

−Para qué voy a decírselo, es incapaz de generar uno, y además eso no tiene nada que ver con las palabras−

−Con las palabras menos, si la virilidad le mengua, en los pensamientos no llega muy lejos tampoco, porque en la cama, ha tenido sus días, pero en el púlpito, sus intervenciones no llegan ni a una erección, es célibe en el aplauso, no es capaz de incendiar ni un alma, el pobre no solo no enciende, es más ni brilla, pero y eso qué importa, estamos hablando de las palabras−

−Vos sabes que las palabras, no son más que palabras, representaciones semánticas de ideas, emociones, que a veces si se ponen en el orden adecuado generan una cadencia agraciada y que si además estas se conocen, pueden moldearse, adquirir resistencia, color… vos sabes que las palabras no son tan importantes y que no siempre dicen lo que quieren decirse−

−Ahora estás diciendo entonces que yo de lo que quiero hablar es de la impotencia del…−

−No te atrevés ni a nombrarlo, o capaz y querés llamarlo de otra forma, déjate llevar que son solo palabras−

−Del enano ese−

−Bien muy bien, pero aclaremos algo, yo, yo no puedo querer nada, pero sé lo que vos querés, soñás con una verga de verdad, una que haga sentir un poco de dolor y el triple de placer, una que te haga esas pequeñas cortaditas que arden pero que te recuerdan los gemidos y los jadeos… esas que te humedecen, que te hagan olvidar por un rato que sentís que no vale la pena, porque para ser claras, y poner los puntos sobre las ies, vos podés soportar solo un mal a la vez, y podes dejar pasar a un impedido mental o a un impotente, pero nunca a ambos, la falta de consideración intelectual y sexual solo puede ser superada por la falta de consideración económica−

−Pará, pará, puede oírnos−

−Creo que quieres que te oiga, sino por qué más estaríamos teniendo esta conversación−

−Por que necesitaba decírselo en voz alta a alguien, a algo, porque las palabras, son más, mucho más que solo palabras, son decisiones−

Dijo ella mientras dejaba los títeres en el suelo, mientras en el estómago se le formaba un nudo de rabia, un nudo de llanto, un nudo de mierda, sabía lo que significaba todo lo que había dicho, sabía que iba a quedarse sola de nuevo, y sabía además que el siguiente, si había un siguiente, sería el que pudiera levantar la verga y sino por lo menos, un libro, por lo menos una idea, claro una buena, una buena verga, un buen libro y una buena idea, sonrió para ella, las palabras si son más que palabras, son significados y con esa idea caminó hasta la ventana donde encendió un cigarrillo y fumó su noche.