Los tercos

Hay pocas cosas que molestaban tanto a Antonia como los tercos, no hay razones con ellos, no sirve la evidencia ni la astucia, un terco es en cierta medida también un fanático, aunque creía firmemente en que los segundos eran mucho perores los que solo eran tercos, el fanático pensaba mientras Jose, sin tilde, le contaba de su vida son seres ingenuos, miedosos e inseguros, algo debe existir afirman, algo más grande, más importante, más sabio, alguien más controla su vida, les da esperanza, les promete una recompensa por la que ni siquiera deben trabajar, esos que alimentan a los fanáticos son ideas astutas, pensadas para explotarlos, son víctimas pensaba, no tienen escapatoria, ah pero los tercos puros, eso pura sangre de la razón eran una pesadilla.

Por lo general saben mucho de una sola cosa, su mundo es lineal, su mundo piensan es el único posible, seguros de todo… nada debería ser peor para un hombre que estar seguro de algo, están seguros de sus decisiones, de sus preguntas, no ven nada malo nunca en ellos, a los demás les falta un poco razón, a los demás les falta astucia, no son como yo piensan, pobres dicen, nunca se responsabilizan de sus acciones sobre los demás, son como los malos amantes o las malas amantes, egoístas, incapaces de entregarse a la situaciones, ponen reglas, siempre reglas y excusas.

No me toques así, haz así, ven aquí, toca allí… bailan solo si aprenden en academia, no tienen imaginación, todo deben aprenderlo, son repetitivos, secuenciales… los peores de todos son los que además crea la academia, personas que se llaman a sí mismos científicos, qué oxímoron tan grande pensar en un hombre de ciencia incapaz de dudar y falto de imaginación, nunca investigan, ni crean, son simples y llanos aplicadores, no hay diferencia alguna entre ellos y una máquina, debe ser por eso que suelen estar obsesionados con los estándares, la ley de los números grandes piensan, si la mayoría piensa algo pues esa es la verdad… eufemismo tan tonto.

Jose continúa hablando, habla de sus relaciones fallidas, de cómo los demás son incapaces de seguir procesos lógicos, habla de sus necesidades, de la ausencia de su padre, de su obsesión por la sistematización, de su deseo desaforado, este se mira al espejo y no es capaz de reconocer ni una fisura, se consideran la solución y solo por eso incapaces de ver sus errores. Intento ser mejor dice Jose, quince veces en treinta minutos, se lo dice a sí mismo, necesita reforzar su patrón de comportamiento, memorizarlo, y finalmente, creérselo, piensa que no es un mal tipo, aunque engañó a su ex esposa, a su novia y a su amante, es una necesidad de objetivación, sé que tengo un problema, lo reconozco, dice, lo reconozco porque quiero ser mejor… son tan buenos siempre los tercos en las teorías, son  impecables, alumnos de memoria, incapaces de aplicar, dígame qué hacer, cómo mejorar, deme el secreto para que todo esté bien… una pérdida de tiempo, se los digo siempre con frecuencia, si no sos capaz de imaginar un escenario diferente no podés llegar a él, si no puedes ver a través del problema, seguirás encerrado en él, pero insisten, dicen que sienten que han mejorado, que notan cambios, van al gimnasio, intentan leer, algunos son tan divertidos que luego de un tiempo dicen, leí este autor que me recomendó, ya había pensado yo algo similar, el libro es de hace 200 años y el piensa que no es sorprendente porque él pudo pensar algo parecido. No puede ver su reflejo, su propio ego lo opaca, no entiende que se lee para darse cuenta que no somos nada originales, ni especiales ni únicos, que se lee para saber que los humanos somos muy parecidos, que la grandeza es circunstancial, temporal y sobre todo aleatoria, no, no entienden, están seguros de su autorealización, a nadie le deben nada, la suerte nunca ha estado de su lado, ellos son los únicos, los héroes…

—¿Qué cree doctora? Le pregunta y le interrumpe sus pensamientos.

—Que usted está mal Jose, que mientras que no sea capaz de darse cuenta, lo seguirá estando.

—Pero dígame cómo mejorar, yo quiero ser mejor dice, y aunque ella lo escucha, sabe que es incapaz de aplicarlo, no hay caso Jose, —usted es terco dice, y los tercos solo escuchan su propia voz, estudie sicología, ayúdese usted mismo, si es que es capaz de graduarse, si es que es capaz de escribir.

La dictadura de las sábanas

Era una mujer jovial, de una risa continua y estridente, alborotada como su cabello y a todas luces encantadora, le gustaba decir que era una sorpresa constante, y en verdad lo era, incluso para ella, cada día encontraba su propio camino y a cada hora un nuevo viento para ir hacia algún lugar o hacia otro, la vida era una posibilidad irresistible, un antojo, un deseo… un arrebato, como su peinado.

De repente llega un mensaje, hace cosquillitas en la entrepierna, de la nada otro no quiero que vengás hoy a dormir, boté tu libro, se me olvidó subir el mercado, salimos de viaje a las 6… así súbitos, sin pistas, inminentes, toda su vida diurna transcurre en un movimiento imposible de predecir o seguir. Ella baila sola, la compañía le viene bien para una o dos canciones, pero después cambia el ritmo, la cadencia, los pasos, solo quiere moverse, desbordarse y entonces no hay pareja que le sirva.

Él era astuto había aprendido con el tiempo que el agua tiene un flujo que no puede controlarse, que los caudales encausados suelen matar la vida, que canalizarla sería lo mismo que perderla porque ya no habría arrollo, ni rápidos, ni cambios, nada de torbellinos ni de piscinas naturales, nada de ella, así que no procuraba cambiarla, y se sentaba a lo lejos cuando ella cambiaba el paso, ya volverá pensaba él si ha devolver se decía a si mismo. A él le gustaba pensarse como un gato, cariñoso cuando se le antojaba, pero cauteloso, cariñoso en la seguridad de la intimidad pero apenas perceptible delante de los demás, así que su relación iba bien sobretodo cuando nadie los veía.

Eran casi exiliados voluntarios, haciéndose compañía en los lugares adecuados, abrazándose, besándose, y curándose las heridas más profundas, con la fuerza justa, con el ritmo justo hasta que llegaba la noche, ahí ambos perdían la guerra contra sí mismos, ella queriendo desconectarse del mundo, apagar pantallas, aislar sonidos, él extendiendo el día, golpeando teclas, jugando y corriendo como un gato a la media noche de un lugar para otro, queriendo leer, cocinar, escuchar música o ver televisión, deseando robarle al día un poco de su vida como lo había hecho la oficina con él y entonces en ese ying y yang que en el día encontraba el equilibrio, en la noche se transformaba en la guerra, y como toda guerra tenía daños colaterales.

Platos, ollas, cenas, botellas de vino sin empezar o sin terminar volaban, cada noche peor, cada noche más oscura, más larga… al final ambos sucumbían al cansancio, y dormían, eso y el aceite de CBD que él usaba para cocinar, eso y el vino que ella tomaba siempre con la cena, eso sumado a las pastillas que ambos tomaban ya en su habitación.

Al despertar, era extraño, el sol a ella le dibujaba una sonrisa, el café a él le despertaba las ganas, follaban cada mañana hasta sacarse la rabia, se mordían, se escupían, se castigaban por su comportamiento del día anterior y al mismo tiempo se complacían a un nivel que siempre los dejaba extrañándose, su intimidad cómplice, su pacto secreto lo sellaban cada mañana viniéndose el uno sobre el otro.

Dictadores de las sábanas, se miraban, se reían, veían la cama desajustada, lejos de donde había empezado la faena, la estamos torturando, pensaban deberíamos pasarla a mejor vida… bromeaban, y cansados se alejaban el uno del otro.

Irrealidades

-Cada uno vive en una «burbujita», una caverna si se me permite el lugar común, es difícil mirar afuera en un lugar así, lleno de oscuridad, es un gran salón donde la verdad es solo un rumor, siempre me causó curiosidad porque la gente elige creer en algo que no es real, porque les costaba tanto conectarse con lo evidente… pero ahora lo entiendo.

Kata miraba intrigada a Antonio, él era un hombre racional, abiertamente agnóstico, y como cada hombre inteligente impopular y solitario, no necesitaba de la aceptación para sentirse bien, no buscaba validación y se jactaba de ello, así que no pudo más que morder el anzuelo.

-Ella era una mujer pequeña, morena y con algo que la hacía única, una sensualidad que expiraba de su piel, inteligente, joven, desafiaba los cánones incluso el de los estereotipos de belleza, no alisaba su cabello, no vestía de manera provocativa, no necesitaba de accesorios, tenía algo en su esencia que le permitía prescindir de la bisutería, incluso se notaba incómoda cuando la ocasión requería de ellos, no se vía mal con ellos, pero eran a todas luces prescindibles.

-¿Por qué?, pregunto mirándolo.

Porque anoche, en esa oscuridad que tiene la madrugada, soñé algo intenso, estaba en mi apartamento y dormía, era esa hora donde incluso los gatos duermen, donde los celadores tranquilos duermen sin miedo a que nadie los descubra, una hora muerta, lejos de cualquier cosa y ahí estaba yo preso de esa bruma, en el tiempo perdido, en ese letargo del que hablaba Proust y no estaba solo, su piel estaba sobre mí, su olor estaba conmigo, volví a sentir sus labios en mi boca, en mi pecho, volví a sentir sus uñas en mi espalda, volví a escucharla gemir, y estaba allí disfrutándola, disfrutándome, sus caderas sobre las mías y entonces maldije mi sensatez, odié mi racionalidad, porque recordé que estaba solo, y desapareció su olor, su sabor, sus gemidos, el mundo tomó conciencia, volvió a ser simplemente real y frío, palpable y crudo, real, simplemente real.

Y envidié entonces la fe ciega de los católicos, de los terraplanistas, quise ser ingenuo como la gente que cree en la pirámides de dinero, como los que caen en las estafas, quise creer que un primo lejano era un rey africano que en su excentricismo había decidido rastrear su parentesco genealógico para compartir su buena fortuna, quise creer que caro, esa mujer que me enloquecía en la universidad y que ahora vivía en Australia tenía retenida una mercancía en la aduana y necesitaba que le consignara para liberarla y no perderla, lo quería todo, quería su ilusión porque quería seguir viviendo ese momento, quería seguir creyendo que era real… quise creer en Bukowski cuando decía que no existe el mal viaje, sino que es real cuando se imagina, pero no pude, no fui capaz, y la vi desvanecerse.

Bendita ignorancia la de los ignorantes.

-ella sonrió con una mueca burlesca, -dicen que ateos hasta que el avión cae, y era mucho más sencillo al final, racional hasta que la calentura te despierta entonces.

-jajajajaja sí, al menos por una noche.

Renacimiento

Cuando despertó lucía confundido, la verdad es que le pasa a todos… —Nos pasa a todos querrás decir —No, les pasa a todos, yo soy una futura presente, es decir, nací aquí concebida por futuros pasados, —Esa era la forma en cómo se referían a los hijos de quienes habían viajado en el tiempo y se reproducían allí, eran, como los mismo viajeros irregularidades, anormalidades espacio temporales, los presentistas, hombres y mujeres de la época se habían visto en la necesidad de nombrarlos y de ocuparlos en algo porque con el descubrimiento del viaje en el tiempo y su desafortunado resultado habían tenido que tomar cartas en el asunto.

25 años atrás en el 2987, Adrián, una joven promesa de las ciencias había hecho la primera abducción espacio temporal, el viaje era solo posible hacia el futuro y su tripulantes debían ser personas que habían roto su cadena espacio temporal, en otras palabras suicidas, personas que habían decidido acabar con su vida antes de tiempo, sus intenciones eran buenas y egoístas como casi todas las buenas intenciones, Adrián había quedado huérfano y él se vio obligado a crecer añorando el amor de una familia que había preferido dejar de existir, en el presente futuro, es decir en nuestro futuro y en el presente de Adrián ya no hay religiones monoteístas que condenen el suicidio, los estados tampoco se angustian por eso, la muerte se compra a cuotas, el procedimiento es costoso y muchas personas pasan 20 años trabajando reuniendo el dinero suficiente para poder costearlo.

Cada cuerpo está modificado, en el presente futuro, los cuerpo cuentan con un kit de primeros auxilios, las muertes accidentales han desaparecido, la última real registrada data de 2530, el resto se comprobó que habían sido suicidios, el caso es que con la NanoUCIS es muy difícil morirse, y los resultados de intentarlo son las deformidades, la pérdida de conciencia, y el perdón de los pecados en este nuevo tiempo, ser considerado improductivo. Cuando mis padres escaparon, apenas empezaba la década de las pandemias, el planeta alcanzaba el punto de no retorno y la economía estaba enferma, decidieron suicidarse juntos, quizá por eso sus padres habían sido salvados. El punto es que la NanoUCIS está programada para evitar más suicidas, tenemos miedo de lo que pueda hacer la máquina de Adrián en el futuro.

Pese a que muchos de los problemas que agobiaban a los suicidas en el pasado han sido erradicados en el futuro, sigue allí su miedo irracional y latente, después de 1 siglo sin ellas parece que hemos importado a través del espacio a una enfermedad, por eso existe este departamento, el departamento de dilemas.

—Di-le-más respondió el nuevo recién nacido, el nombre los tomaba por sorpresa a todos, el diálogo de Diana, no estaba ni implantado ni trabajado, sino moldeado. Después de todo ella entendía que la vida iba a un lugar mejor, que no había perdido nada, que sí, que claro, que sin dudarlo ella era hija del futuro, pero no hacía parte de él, pero eso no le impedía disfrutarlo ni tampoco se negaba al placer de la melancolía de no pertenecer, entendía ambas partes, era un sistema limpio, funcional, incluso justo, con tiempo para todos y para todo, sí, claro ella entendía, no era la primera vez en la historia que creía entender al final era el futuro el que decidía qué verdades queremos contarnos. El pasado es un fantasma poderoso, un dolor inacabable…

Bienvenido al futuro, el dilema está en que puede vivirlo o viajar de nuevo.

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Instinto

—Darwin trató de advertirnos, dijo Sara sosteniendo la venda sobre su ojo, sobre el rostro y el cuello aún quedaban rastros secos de sangre, el animal evoluciona, pero en su ADN queda el instinto, patrones de comportamiento automáticos, solo necesitan un detonador, un movimiento, un olor, un sabor, y zas de la nada, emergen salvajes y letales.

Es normal, es como en nosotros los humanos, un poco de vino, hormonas y nos comemos a mordiscos, y nos revolcamos en el suelo sudorosos, jadeamos y gemimos, y nos lamemos y chupamos gustosos del cuerpo del amante, incluso en esos lugares que nos cuesta admitir en público, dijo mirando a la enfermera con el ojo bueno, y recordando a esos amantes desparpajados que jamás se habían retirado ante su menstruación ni detenido su lengua solo en su sexo, no es su culpa, le dijo a la enfermera ruborizada y acalorada por la imagen. Es un cachorro, y no me di cuenta de que me estaba cazando.

—La enfermera la miraba de arriba abajo, olía a naturaleza, a césped, a bosque, sus pantalones anchos sucios y sus rastas desordenadas, sí pensaba sin decirle nada, Darwin tenía razón solo somos animales, algunos más que otros, pensó sin pretender ser burlona, más como envidia, se sentía domesticada a su lado, ella no podía vestirse así, verse así, hablar así, necesitaba de la compostura ligada a su profesión, cargo y rol. Práctica, elegante, confiable, extrañaba al versa sus épocas de estudiante, su vida en los paseos y los ríos, extrañaba el campo del que había salido con esfuerzo para nunca cagar fuera de baño de nuevo, para no bañarse con agua helada desviada de una cascada, ni tener que recoger para comer. Qué falta le hacía todo pensó y la miró triste por el recuerdo.

Sara creyó que su herida era grave, —era la única explicación posible a esa mirada lastimera, ha de pensar que soy joven y bella, y que ahora no seré más la segunda, habrá de creer que sin esa sensualidad ingenua mía, sin ese halo de nínfula eterna no podré conseguir un marido que me mantenga, seguro cree que por mis dreadlocks y mi pantalón de MC Hammer soy solo una hippie que creen cuarzos, y en espíritus y en mercurio retrogrado… bah, a esta la tienen bien amarradita del cuello, da la pata de la cama, simula bien sus orgasmos, capaz y tiene a un médico que la ocupa y mantiene desparasitada, vacunada… al pensarlo no puedo evitar verla con una curiosidad desconfiada que erradamente la enfermera confundió con miedo.

—No tema, todo va a estar bien, dijo mientras retiraba el pañuelo del ojo, —la marca era precisa, Buñuel en su máxima expresión, por fortuna para ella en el párpado y no el glóbulo ocular, la profundidad parecía programada en una cortadora industrial ni un milímetro de más, precisa como solo puede ser la suerte.

El párpado había sido atravesado por un objeto cortante, en un solo movimiento y había rasgado toda la membrana. —Tiene suerte le dijo, un poco más de fuerza, un poco más de profundidad y hubiera perdido el ojo, ¿cómo sucedió?, preguntó por fin ya sin suponer nada de ella, sin envidiar nada de ella.

—Mi gato dijo, Sherkhan, aclaró, no me di cuenta, fue mi culpa por no cerrar puerta, tenía ganas y no aguanté a llegar hasta al cuarto, desnudé a mi amante en la sala, y ahí follamos con rabia, animales en celo supongo, con fuerza, -dijo ya sin ver en ella una sumisa educada, lo dijo incluso para tentarla, ella no necesitaba saber nada de eso pero quería torturarla un poco, apretarle los tornillos, rebuscarle los deseos, -sabe de esas veces en que solo quieres sentirlo respirando en tu cuello y su cuerpo dentro del tuyo, los espasmos en las piernas, los empujones fuerte y lentos… —para su sorpresa la enfermera asintió y dijo -Son los mejores. —En fin, dijo ella malhumorada al descubrir que la señora elegante follaba y al parecer follaba bien, pues mi gato ha de haber estado en el mueble, mis dreadlocks los ha confundido con un juguete y ha intentado atraparlo, un solo zarpazo dijo, son animales, son instinto.

—Sí dijo la enfermera, su naturaleza es esa. Descuide, va a estar bien señorita.

—Sara alzó la cabeza, la enfermera la curaba y ella solo pensaba en Sherkhan, en la oscuridad, asechándola, como ella a la enfermera, es simple instinto.

Acarreos

Iván había trabajado 40 años haciendo acarreos, no eran pocos y salvo unos días de vacaciones por fuera o un par de lesiones de rodilla o de columna, y curiosamente una uña encarnada, 13 veces la misma uña, siempre el mismo lugar y por causas similares apoyar el peso de algo en él, generalmente neveras, pero se negaba a usar botas con protección, suficientemente incómodo era ya cargar camas, tablas, colchones y electrodomésticos con sus 70 kilos para agregarles más peso a sus pasos, que se caiga el dedo sino aguanta el trabajo decía como si pudiera conseguir otro.

En esos 40 años y cientos de mudanzas había algo que no cambiaba, un ritual que hace la gente, después de recoger todo, de empacar todo, miraban hacia atrás una última vez, a veces con miedo, a veces con alivio, la gente pensaba él para él, cree que se va dejando todo, escapando de todo… pobres, los fantasmas son los primeros en empacar.

Y cuando no empacan pues ya habitan a donde llegan, la gente cree que son los únicos que escapan de algo, sin pensar que adonde llegan todo los está esperando ya, en cada prenda, caja, libro cargan el peso de los recuerdos, es más muchos de esos fantasmas nacen ahí precisamente, al remover cosas, al encontrar cosas, cartas, camisetas, anillos, aretes, BOMBAS atómicas para la moral, porque cuando los encuentran uno puede ver como se rompen frente al peso de ellos, como su cuerpo cede, como su alma cansada se rinde, y se entrega al dolor.

Si no pasa al empacar, porque han tenido la suerte de que es él o algún otro el que ha empacado o porque en una ira arrasadora había destruido ya toda prueba y recuerdo… ilusos, no saben que las ausencias también recuerdan y llegan a espacios vacíos donde ese portarretratos luciría perfecto, donde la bicicleta, el peluche, su ropa, en cualquier lugar posible ella, él, ellos podían existir, jugar y ese espacio vacío se llenaba de recuerdos y su felicidad se destrozaba…

Los fantasmas no habitan espacios pensaba Iván siempre que veía a la gente cabizbaja antes de irse o recién al llegar, los fantasmas habitan almas, los dolores no se evaden ni se evitan, pensaba Iván cada que apoyaba una nevera en su dedo, sino aguanta el trabajo que se caiga, y caminaba el resto de la tarde con un cojeo divertido.

Él sabia lidiar con sus dolores, tres cervezas eran mejor que cualquier analgésico, mejor cojear que llorar así solo en medio de tanto y en medio de nada, mejor pensaba Iván mientras intentaba acomodar el peso de un televisor, mejor un espasmo o su lumbago que un corazón herido, porque también sabía que dolía mucho mas lo que no se rompía, lo que se abollaba, eso que maltrecho sobrevivía aparentemente intacto, un rayón, una pequeña peladura, eso dolía, lo roto con el tiempo curaba, pero lo herido podía doler para siempre.

Su torpeza era insignificante, el mundo era un lugar mucho más rudo que sus manos llenas de cayos, frágil no era el cristal ni la porcelana, no eran los trofeos, ni los floreros, frágiles eran las personas, e iban por ahí llenos de cinticas, con sus dolores acomodados entre plástico de burbujas, icopor y papel periódico, de espumas y mallas fingiendo que todo había quedado atrás, fingiendo que solo necesitaban un lugar nuevo para escapar de los casi que no habían ocurrido y para dejar atrás todos los ojalá no hubiera pasado, imbéciles pensaba Iván, cargando a todo lado con todo los odiaba, sobretodo a aquellos que no podían llevarse sus miserias a sitios con ascensor.

VIP

La historia no vende asientos, los otorga, asientos de primera clase, de segunda, económica, VIP, Patrocinador, acceso al stage, te convierte incluso en protagonista o en actor de reparto, o dejarte por fuera de todo en un pestañeo, eso pensaba Francisco desde su boleto general, emputado como estaba de su maldita suerte, de estar detrás todos esos, sabía que también podía haberse quedado por fuera, pero el consuelo era poco.

Él quería un mejor lugar, él quería justicia para él, era su noche, no podía ser cierto que en el show que siempre había querido estar, fuera a suceder con él fuera de la primera línea, si alguien debía estar ahí era él, solo él, pero no, la vida había repartido las cartas y le había dado para jugar una mano de mierda, sin suficiente dinero ni oportunidades, por eso estaba condenado a ser siempre silla general, económica o aquedarse por fuera.

Ni protagonista, ni actor de reparto, un nadie pensaba cada vez más desconsolado, a su lado Susana está emocionada, lleva esperando este momento toda su vida igual que él, pero a ella no le importa estar a unos 15 metros del escenario, está cerca y será real, los verá en vivo, los escuchará en vivo, sabe cuales son las canciones, las conoce de memoria y aún así sabe que va a llorar al escucharlas, sabe cuando va a llorar más, pero no le importa, está ahí por fin.

Cerca a ellos está Andrea, no sabe quienes son los que están, ni los que siguen, está ahí solo porque había que estar, era el plan del finde, la foto perfecta, la fiesta de la que se va a hablar, y por eso era razón suficiente.

Doña Raquel codea, golpea, empuja –chicles, guaro, cigarrillos –grita, grita con fuerza mientras que empuja con más fuerza, mientras codea con más fuerza, ella está ahí aguantando frío y hambre porque si vende lo suficiente podrá asegurarse el mes de la pensión, y si vende bien incluso sueña con comer dos veces al día por una semana, no sabe dónde está, no tienen tiempo para maravillarse con la pinta de la gente, con su alegría o su tristeza, no ve los colores, lo único que ve ella son billetes, ella va por los billetes.

Lejos del bullicio sufriendo en silencio están algunos cocineros, meseros, al menos voy a escucharlos piensan, no puedo verlos, pero sabré que son ellos, quizá pueda pedir mi permiso y escucharlos 10 minutos, serán suficiente piensan, esa idea los ha hecho aguantar estoicamente de pie 8 horas, sin ir ni siquiera al baño y así continúa la espera para Francisco, Susana, Andrea así continúa el agosto para Doña Raquel y el jornal de los jornaleros.

De repente se enciende una sola luz, 4 hombres caminan al escenario y la tensión de todos aumenta. No tiene buena pinta piensan todos, su ansiedad, su rabia, su desazón, su alegría se convierte en miedo, y entonces hablan y el escenario enmudece…

La historia reparte asientos sin ningún criterio, el concierto se cancela, la banda nunca llega, ahora todos son VIP, primera fila para escuchar la trágica noticia.

Copiloto

Hay gente que va al cine, y personas que escuchan radio, hay quienes son incapaces de soltar sus celulares y otros que cargan con su biblioteca de arriba abajo. Están también los que recorren de un lado a otro las barras de los bares y las mesas de las cafeterías con las orejas abiertas y los ojos afilados… —Estos cazadores de historias son aprendices, pensó para sí mismo Jaime y metió su boca y su bigote cano y espeso en un café oscuro; al sacarlo, los vellos alargados y amarillentos se escurrían en el pocillo con la maestría de un pintor avezado, y se despegaban de nuevo sin derramar una sola gota, ese era el motivo de su tono ligeramente amarillento.

Era la mano derecha de la editorial y un ojeador literario de primera, de un solo vistazo podía clasificar a cualquier aspirante a escritor, la mayoría caben en dos grupos: ingenuos o crédulos. Piensan que las formas de contar están en los otros, que las grandes historias ya fueron contadas y que están siempre en el pasado. No tienen voz ni criterio, son imitadores descoloridos, fotocopias mal sacadas que intentan simular una voz nueva, transgresora pero cuidadosa de las viejas costumbres. —No soporto a esos fanfarrones distraídos, el oficio está en riesgo en mano de estos teóricos irresponsables, de esos mequetrefes que solo se han dedicado a estudiar la vida desde las teorías de otros.

Los buenos escritores están llamados a atestiguar la vida, a documentarla más que a repetirla, su obsesión mecánica por despresar los textos, por capturar sus esencias hace que sean excelentes forenses, pero malos médicos, les falta tacto aunque les sobre teoría, saben encontrar las tramas, desactivan con facilidad las maquinarias narrativas, son deshuesadores. Pero al igual que ellos, son incapaces de crear; solo saben desarmar, a ellos también los necesitamos, pero tienen ya una mayoría, y donde sea que la norma supera la rebeldía, el tedio acecha.

Por eso para los que aún tienen salvación, él tiene un arma secreta, un ejercicio simple. —Para los que están dispuestos a escuchar, la vida habla, pensaba. Así que daba la orden de realizar una crónica urbana como copilotos de un “piloto” o “chaperón”, eran conductores profesionales y fascinantes, ex militares, ex presidiarios, ex casi futbolistas y profesionales desempleados. Todos tenían dos cosas en común, les encantaba manejar y conversar, y además poseían las historias más hilarantes. Él mismo los seleccionaba de sus paseos cotidianos, él conocía sus mejores historias y confiaba en que, si alguno de ellos era lo suficientemente bueno, podría con facilidad convertir su viaje en un libro.

Al menos esa era la impresión que había tenido al escuchar la historia del soldado más torpe del país, un hombre asignado a la guardia presidencial que tenía un récord histórico y temerario; era la única persona que había herido de manera repetitiva al presidente en su casa presidencial, el arma, su torpeza ingenua, su falta de atención y las heridas, divertidísimas. Él había sido el culpable de que el presidente cobrará en la cumbre con el polio al dejarle caer un busto con su retrato en el pie mientras ayudaba a mudar algunos elementos al sótano de la casa. Días más tarde lo pisó -mientras entraba el mercado- en el mismo dedo que había casi fracturado antes. Tanta fue su fama que una vez le preguntaron al presidente que sí pensaba en la reelección y su respuesta había sido extraña para los medios: no creo que mis pies lo soporten; pero al conocer su historia la carcajada había sido genuina.

Un buen escritor sabrá que allí hay una comedia y una tragedia, y tendrá que escribirla sin pensar en lo inverosímil de una torpeza recurrente. Un buen escritor sabe que la realidad no necesita ser fiel a su percepción y que las palabras acordes para que sea genuina salen con facilidad de un buen escritor; así que sabrá hablar para que el soldado torpe viva, igual debía pasar con el detector de idiotas, un hombre con una atracción química hacia los imbéciles y los burócratas, un hombre que sin importar lo que hiciera o intentará, siempre, siempre siempre lograba encontrar a la persona menos apta para un trabajo y asignárlselo.

—Sí, pensaba entusiasmado sumergiendo de nuevo su bigote al café, entre tantos debe haber al menos uno que pueda contarme esa historia que sabe que aún no ha sido contada. Lo pensó y olió el café de nuevo, al menos uno dijo viendo por la ventana con la mirada perdida. Necesito al menos un buen copiloto.