Andar entre la miel

Fernando trabaja con el ceño fruncido, la acidez en la garganta lo ayuda a apretar el entrecejo, el estrés lo ayuda a no levantar cabeza, el ruido a su alrededor hace que se encorve e intente ensimismarse; parece concentrado, la verdad es que está más constipado que otra cosa, y eso también lo lleva a recogerse más sobre sí mismo. Tiene retorcijones, tiene, podría decirse, razones para estarlo; más que razones, excusas, pero bien reza el dicho popular… untado un dedo, untada la mano.

Recuerda la sensación de la noche anterior: el frío en la sien, la sudoración fría, la idea rondándole la cabeza… ¿será esto un infarto, un derrame? El cuerpo débil, llenándose de náuseas; las manos, llenándose de frío; su cuerpo en el piso, evitando desvanecerse… ¿Qué mierda le pasa al cuerpo? ¿Serán los años llegando con rabia? ¿Será la muerte manoseándole el futuro?…

Siente el tiempo en su contra, siente la saña y venganza, siente al tiempo rencoroso volver de todas esas tardes donde no hizo más que matar el tiempo, que despreciarlo, y no solo lo dejó consumirse, sino que pareció avivarlo con la mayor displicencia posible, viendo pasar el día sin siquiera intentar hacer algo. Parece que el tiempo tiene buena memoria, parece que piensa en esos días, en esos segundos que fueron desperdiciados y omitidos; son todos esos “mañana lo hago”, ese “pa’ qué estresarse hoy”… Las cuentas son largas; si viene a cobrar, el precio es alto, piensa mientras bebe agua tratando de apagar el ardor de su garganta, en la boca del estómago, en la conciencia y todo.

Una viscosidad invisible parece unir una desgracia con otra. —Las desgracias siempre llegan juntas —decía su madre. Lo recuerda y recuerda que la recuerda solo cuando algo que ella decía describe a la perfección lo que siente. Las cuchas tenían razón, piensa, siempre tienen una forma de volver a decirle a uno “¿vio? Yo le dije”, incluso después de que se han ido. El recuerdo interrumpe el mal rato y parece casi romperlo, deja de apretar de más las manos y la tensión libera la circulación.

Respira profundo y, revoloteando provocativo, un aroma dulzón termina por romper el ambiente donde estaba inmerso; un poco ácido, un poco cremoso, un poco húmedo. No puede describirlo por completo, y tampoco liberarse de él. Lo obliga a levantar la mirada y dejar de mirarse las manos. Ya no hay tanta gente alrededor, ni tanto ruido; solo unas teclas martillean al fondo, solo un tac, tac, tac delicado y seco. El teclado no sufre, se acciona; tiene justo esa precisión de medir su fuerza. Y la ve con las pestañas largas, casi haciéndose cosquillas en los párpados, con la boca proyectada hacia el frente como un pez dorado y con los crespos cayéndole como una escalera en caracol desde las orejas hasta los hombros. Puede ser el sueño, no sabe hace cuánto está allí, no sabe cuántas veces ha estado allí, no sabe cuántas veces se la ha perdido por estar mirándose las manos tecleando, por estar en esa espiral hipnótica que lo lleva a descender y con ella a donde ella vaya sin notarla a ella. La duda lo inquieta, pero no tanto como desencadenarla, y sigue disfrutando de verla, de olerla. Es ella la que huele como olían esos otros cuerpos que lo han engatusado, ese aroma irresistible, esa huella recurrente en su cabeza. Huele a ella, a ellas, a otras, a sus otras; huele a musa, a dulce tentación, a ganas, a deseo, a su deseo. Y por eso la mira jugar con su cabello, por eso la mira ignorarlo, tomar café; la mira trabajar, jugar con su cabello, como él quisiera jugar con su cabello, sus dedos de uñas cortas, su belleza casi rústica y simple, su piel amoblada para retozar sobre ella, para cargar y para sostener, para disfrutar, para jugar, para recorrer, lamer y probar. El pensamiento se ancla y la cara le cambia, las miradas se cruzan y, aunque el ceño de ella acompaña la proyección y el puchero de sus labios, él sonríe. Se da cuenta de que ya no le sabe todo tanto a mierda, lo piensa y se ríe: el que anda entre la miel, algo se le pega.

Gustos y colores

Hay formas, hay normas, hay demasiadas… muchas de ellas deformadas. Hay también muchas miradas, pero pocas interpretaciones. Las perspectivas, aunque múltiples, suelen fusionarse. Nadie quiere incomodar ni levantar la voz para expresarse, no realmente: suelen hacerlo más para esconderse, detrás de otros gritos. Dar un paso al frente es ser visible; ser visible es ponerse una diana en la espalda. Quieren llamar la atención, pero no retenerla ni manejarla, solo rozarla desde el anonimato. Se quieren parecer, pero dudan sobre ser; saben que tiene un precio, y no saben si les alcanza ni si quieren pagarlo. Les asusta perder la opción de ser algo más… a la mayoría les da miedo, por eso siguen las normas, las formas, sin importar cuántas hayan.

Se visten bien, se portan bien, hablan bien, de frente, de espalda; se desvisten también. No se portan ya tan bien ni hablan como se esperaría. Los desconocerían sus pares si alguno pudiera verlos cuando se esconden. Por fortuna conocen el juego: las sombras se proyectan, pero son imposibles de atrapar. Se ven con desconfianza, se presienten; no es para culparlos, saben que dentro de ellos habitan las mismas ganas que tratan de ocultar. Se tientan constantemente a perderse, se rodean, se miran, se huelen, se rozan, sonríen y, aun así, la obra continúa y nadie cede. No sin oscuridad, no sin licor, no sin estar seguros de que sea lejos de casa, lejos de todo lo que los contiene, de todo aquello que pueda nombrarlos. Pero mientras la luz los toque, son un postrecito que se mira pero no se toca, que se toca pero no se come, que se come pero no se unta…

Siempre cerca, siempre posibles, presas y presos de sí mismos. “Quiero, pero no puedo”… todos están presos de algo: de una idea, de un sabor, de un gusto, de un juego, de todo, de nada, de lo que se acerca y se aleja, de estar y de ser, de parecerse a los demás. Costó llegar a donde están —si no a ellos, sí a sus padres—. Esta parte es importante: solo aquel que tiene algo que perder intenta disimular aquello que cree que le ayuda a conservarlo.

Colores de la suerte, medias de la suerte, camisas de la suerte, día de suerte, meses de suerte. De animales y ascendentes. Se buscan en cualquier señal, se amparan bajo cualquier amnistía cósmica o ideológica, cualquier cobijo que justifique los brotes innegables que se asoman de sus superficies, las rupturas que se profundizan y parecen partir ese yeso que congela, recubre e imposta, pero nada los exhibe; solo permite asomarse hacia el vacío de sus propios cuerpos.

Se contienen porque siguen las formas, las normas, sin importar cuántas hayan. No cuestionan ni dudan. Se debe ser, se debe parecer, se debe… tanto se debe. Para ellos es imposible estar a paz y salvo con sus deseos. Se prestan momentos de libertad, se prestan y se niegan a sí mismos el placer de disfrutarse. Solo a ratos un rato, por momentos un momento. Aplicados, serenos, sedientos, famélicos, quieren cambiar las reglas del juego, quieren adueñarse de un espacio-tiempo y hacerlo presente, constante. Quieren sentir que han logrado engañar al sistema huyendo dentro de ellos mismos y llevando con ellos a quienes los han visto en medio de la oscuridad, del pequeño y profundo abismo de sus deseos.

Quieren a uno que haya entendido que el cuerpo y la carne son una herida supurante. Pero poseer arruina el juego; poseer achica el gusto, el culposo gusto de haberse transgredido a sí mismos en búsqueda de lo deseado. Entonces se pierde el gusto, cambia el sabor, se destiñen los colores y la vida crea otra prisión, otra capa que retiene lo que un día se fue gustoso. Y como los presos después de la hora conyugal, del patio o del buen comportamiento, regresan mirando el rayito de sol o de oscuridad que los detiene.

Para los gustos, los colores; y para los que están presos de sí mismos, lo que les gusta es color de la libertad.