Juicio

Perder el juicio

Cuando el juez exclamó que encontraría qué había detrás de todo lo sucedido, nadie esperaba ver compareciendo con sus declaraciones a dos coroneles, a un ministro y al presidente.

El caos se apoderó de la ciudad, era inimaginable que todo terminaría de esta manera. La situación parecía no dar para tanto, asesinatos por intolerancia se vivían a diario, el odio era noticia y realidad aceptada socialmente, sin embargo la víctima nunca había sido alguien importante y quizá de allí derivaba todo el problema.

La muerte del ídolo del club del pueblo en los camerinos de su propio equipo había suscitado demasiados problemas, sin deporte la sociedad estaba alineada a su destrucción y cuando la muerte tocó la puerta de un referente tan grande, la única alternativa era implosianarlo: utilizar ese acto violento para acabar con la violencia.

El jugador había muerto a manos de sus compañeros tras perder un partido frente al antiguo club de Alberto, club del cual se había confesado hincha solo días atrás, esto hizo que todos perdieran la cabeza y tras la derrota el más pesimista y violento de nosotros no se hubiera imaginado un final tan macabro como el sufrido.

El juez, hincha secreto del club decidió tomar el caso como algo personal, no dejaría pasar esta afronta, le había dolido como a todos que Alberto se considerara un enamorado de su rival de patio, pero los tres goles marcados por él en dicho partido eran prueba fehaciente de su compromiso con el club, ninguno había corrido tanto, nadie había sudado la mitad en ninguno de los dos equipos, incluso se le vio llorando tras terminar el partido.

Él era inocente, la culpa sin duda alguna era de los medios que habían promovido el odio durante los últimos días y que ya habían sido condenados por su participación del crimen, ahora asistían ante él actores políticos que desde sus comunicados habían manifestado no solo su apoyo sino el compromiso que tenían los jugadores en un partido de esa importancia.

Todos los que estaban frente a él habían incurrido en errores, los dos coroneles habían dicho días atrás que solo un vendido, un traidor, causaría la derrota de su club favorito; el ministro había dicho que debía ser desterrado como todo traidor y no se le debería permitir jugar el partido; y el presidente, bueno sin duda se extralimitó al poner en tela de juicio incluso la nacionalidad de Alberto, al llamarlo a patria y retirarle las condecoraciones que se le habían otorgado por ser un orgullo nacional del deporte. Junto con ellas, –concluía el juez– le había sido arrebatado el orgullo, el respeto…

Todas estas acciones habían enardecido al grupo, las declaraciones que fueron repetidas al terminar el partido por el circuito cerrado del estadio incendió los corazones de los impotentes, los perezosos que tras escucharlas increparon a Alberto por su declaración, en medio de la cancha empezó la disputa, los golpes, nadie esperaba que aquellos compañeros que llevaban una temporada junto a él fueran a usarlo como chivo expiatorio, las graderías reservadas ese día para el local aplaudieron los golpes y alentaron la violencia.

Arrastrado por las piernas que los había acercado a la victoria, Alberto fue llevado hasta vestidores donde falleció entre cánticos y alegría. Los jugadores del equipo rival fueron quienes encontraron el cuerpo de Alberto… abandonado como un par de guayos viejos.

La acción había generado indignación en todos, la noticia causó suicidios en aquellos que reclamaron sangre, el operador de radio que puso las cintas fue el primero en comprenderlo y saltó desde su cabina al vacío. Los jugadores que participaron de la golpiza habían sido fusilados y ahora tras la aprobación inmediata de la Ley de crímenes de odio, sus autores y promotores lloraban y pedían clemencia, sensatez y mesura al juez que tenía sus vidas a un golpe de martillo.

El veredicto fue unánime y revolucionario, culpables de cada cargo, fueron conducidos a la sala de ejecución, el método elegido sería la horca. Los implicados y alguien más fueron guiados con bolsas sobre sus cabezas, un tirón a una palanca y al unísono los cinco cuellos tronaron, fueron declarados muertos solo 1 minuto después de la ejecución.

A la mañana siguiente una carta abierta del juez heló la sangre de la ciudad, en su texto el juez decía:

‘‘Ha de cumplirse a cabalidad el dictamen, muerte a todo aquel que por odio termine con la vida de otro y esto incluirá a los verdugos, para que quede más que la consigna, esta ley será escrita con el ejemplo, pues llevado por el desprecio a sus acciones y comentarios he tomado la decisión de incluirme en la lista de quienes fueron condenados a la horca, yo seré el quinto cuerpo que cuelgue como ropa sucia de aquella cuerda’’.

Desde ese día en la ciudad han muerto las riñas, los gritos se han ausentado de la cotidianidad… el miedo gobierna nuestras vidas.