Chuparse los dedos

Es casi un acto reflejo, le ganan las ganas y no, simplemente no puede resistirse a algo tan simple, acerca sus manos a la boca y se lame, el sabor le ha bañado las muñecas, le ha cubierto los dedos y le hace olvidar todo, sabe bien, demasiado bien y es lo único que le importa, sabe que los adultos no se lamen en público, no así, no a medio caminar, es un privilegio de los niños poder hacerlo, valdría la pena nunca crecer para poder hacerlo sin culpa, para disfrutar de ese pequeño placer sin vergüenza alguna, pero, como muchas otras cosas en la vida, uno se deshace de la infancia con un afán precoz.

El sonido de los labios contra la piel le gusta, la saliva, el juego, el jugo, la saliva, los labios, los dientes… le gusta, simplemente le gusta, tiene algo animal, tiene algo que le impide olvidarlo o pasarlo por alto, y cuando llega la oportunidad la toma, parece casi untarse a propósito para tener una excusa para hacerlo, aunque no la necesita, está justificado desde su deseo y anhelo, cada quien sorbe lo que quiere, lo que puede, el tuétano del pollo, el colorante saborizado del raspado, el juguito de la carne del plato, el éxtasis que se escapa de los labios… lo piensa y se relame, piensa también en la lecherita ensangrentada escurriéndole por los dedos, en el glaseado de las batidoras, en todos esos momentos donde, como cualquier pirulito, la vida le entrega el placer justo en la punta de la lengua…

No hay nada que pueda impedirle que lo haga, no le importa, se lame porque puede y porque quiere, porque, al fin y al cabo, no es problema de nadie, su criterio estético que encuentra desagradable su costumbre no es su preocupación ni merece ser honrado por su pudor, lo desprecia, nada peor que una dictadura estética sobre el placer, como si el éxtasis fuera apreciativo y no sensitivo, lo que importa es lo que se siente indiferente de lo que se luzca, más lerdo el que se contiene solo para no incomodar la percepción moral de otro, piensa mientras recuerda las gotas de helado derretido corriéndole por las muñecas, el chantillí recuperado de las mejillas, la natilla de las cucharas de palo.

Todo decoro le parece impresentable, innecesario, el lujo es vulgaridad recuerda casi tarareando mientras de nuevo pega la boca al interior de sus muñecas para levantar un poco de aquello que lo tienta, recuerda la miel de algunos panqueques, el glaseado derretido por los lengüetazos de alguna chuchería y se relame con ganas, tensa la bolsa que tiene entre las manos y se acerca a ella con la misma liturgia que un gato ante un churu y con la misma ansia intenta arrebatar el sabor del envoltorio, se entrega al gusto, al momento y se pierde en cada lengüetazo.

Lo ve de frente y no sabe lo que piensa, lo ve de frente con los ojos cerrados, con la boca levantando unas pequeñas gotas de salsa y un ripio pequeño de papas y virutas de una ensalada, lo asombra su hambre y su apetito, lo asombra que nada le impida llevarse la bolsa a la boca, ni la mugre de sus manos, ni la basura que está aún en ella, ni la posibilidad de pensar en qué más estuvo sobre ella en la caneca de basura de donde la saca, el hambre no admite preguntas ni tiene criterios asépticos, no le desagrada verlo, pero no imagina que él no imagine todo lo que pudo estar ahí y que lo lleve a su boca con tanta complacencia, que los disfrute con tanto placer, se sorprende con la imagen y piensa en qué pensará para disfrutar tanto de una bolsa de hamburguesa salida de la basura, piensa en que algo debe recordar para considerarla un manjar digno de chuparse los dedos… sigue de largo con la idea en la cabeza, cada quien se chupa lo que puede, con las ganas que le dé la gana.

Réplicas

“Todo ya fue, todo ya pasó aunque no haya pasado nada”

El flaco

—Las cosas grandes en la vida, las que son de verdad, pasan una sola vez y el resto son réplicas —dice el flaco sin que nadie se lo pregunte y sin que venga al caso. Lo dice en medio de un asado de unos amigos que celebran su nuevo hogar, lo dice sin contexto y sin mediación, lo dice para él y para todos, lo dice para escucharlo, piensa, lo dice sin ver a nadie a los ojos ni al rostro, lo dice mientras se acalora en el barril, mientras juega con el fuego y el humo, hace señales y no se da cuenta, hace ruido y no se lamenta, así es el flaco, el mar hace olas porque tiene el estómago revuelto y él a veces es igual, tiene sus orillas, sus profundidades y sus torbellinos que pueden tragárselo todo.

No le importa mucho si alguien lo oyó o no, tenía que decirlo, el flaco es así, nunca está del todo bien, no entiende mucho eso de que la gente espere cosas de la gente y por eso no es de extrañar que sea extraño, porque no se regula ni entiende de espacios o momentos, es un impulso, una brasa, por eso mismo no se aleja del fuego, se enfría si se va, se pierde en medio de la gente, le cuesta ser eso que otro espera, pero piensa y arde, y se consume mientras consume todo lo que le gusta y le provoca.

Decirlo lo hace pensarlo, por eso la gente tiene tipos de cosas, tipos de amigos que se replican en otros amigos, tipos de mujeres y de hombres, quizá por eso siempre le llaman la atención las miradas profundas, las almas encendidas, las que admira, el deseo es una convención, nada es deseable fuera de un orden social, pero cada uno desea en el otro lo que espera se desee en uno mismo, un tipo de carne, un tipo de tragos, un tipo de libros, una especie de ecos que resuenan sin algo que los respalde, aromas que atraen, moscas en bocas de plantas carnívoras, peces persiguiendo luces hasta las fauces de un depredador avezado.

La idea no lo suelta, tiene esa mirada presente ausente, esa espacialidad ocupada de distracción, la alarma al fondo resuena, «alarma, mi negro», le gritan desde adentro, lo despiertan, abre, saca, voltea, mira, retira un par de ganchos, está lista la picaña y la bondiola, las retira y vuelve a cerrar, camina a la cocina un poco presente, lo suficiente para no cortarse ni para hacer muchos daños, para interactuar de manera normal, se habla de fútbol, de conciertos, de personas, de momentos, las personas ríen, es bueno ver personas reír, hace eco en nosotros, se siente en calma y tranquilo allí, parte y reparte, olvidó la sal parrillera, no es crucial pero sí importante, eso le pasa no solo a la carne, a uno también, piensa, a uno a ratos le falta sal, o le sobra, a uno a ratos le falta gracia y acompañamiento, le falta término, uno a veces simplemente no le llega al tipo de nada ni de nadie, uno a veces es un mal tipo o un tipo simple, a veces incluso un tipo simplón. Acompaña la ronda de criolla, tapa la ausencia con otros sabores, se hace más pasable, más cercano, más tipo su tipo, la salsa lo arregla todo, piensa, por eso es importante bailar salsa, aunque no baila bien salsa, pero lo importante es moverse, piensa mientras vuelve al barril, a su alrededor todo está bien, parece estarlo, es un eco, una réplica de todo lo que está bien, de esos momentos que se repiten por fortuna aunque no sean a menudo, no importa que sean frecuentes, uno tiende siempre a desear más de lo que le gusta, a extenderlos y a apresurarlos, pero no vale la pena, al final viven en uno, al final son parte de uno.

—Muy rico, negrito —le gritan desde adentro.

—¿Qué tal el término? —pregunta, sabiendo la respuesta.

—Melo, papi, todo está melo.

Y él asiente sonriente porque ya lo sabía, es solo un eco, una réplica de estar juntos.

Andar entre la miel

Fernando trabaja con el ceño fruncido, la acidez en la garganta lo ayuda a apretar el entrecejo, el estrés lo ayuda a no levantar cabeza, el ruido a su alrededor hace que se encorve e intente ensimismarse; parece concentrado, la verdad es que está más constipado que otra cosa, y eso también lo lleva a recogerse más sobre sí mismo. Tiene retorcijones, tiene, podría decirse, razones para estarlo; más que razones, excusas, pero bien reza el dicho popular… untado un dedo, untada la mano.

Recuerda la sensación de la noche anterior: el frío en la sien, la sudoración fría, la idea rondándole la cabeza… ¿será esto un infarto, un derrame? El cuerpo débil, llenándose de náuseas; las manos, llenándose de frío; su cuerpo en el piso, evitando desvanecerse… ¿Qué mierda le pasa al cuerpo? ¿Serán los años llegando con rabia? ¿Será la muerte manoseándole el futuro?…

Siente el tiempo en su contra, siente la saña y venganza, siente al tiempo rencoroso volver de todas esas tardes donde no hizo más que matar el tiempo, que despreciarlo, y no solo lo dejó consumirse, sino que pareció avivarlo con la mayor displicencia posible, viendo pasar el día sin siquiera intentar hacer algo. Parece que el tiempo tiene buena memoria, parece que piensa en esos días, en esos segundos que fueron desperdiciados y omitidos; son todos esos “mañana lo hago”, ese “pa’ qué estresarse hoy”… Las cuentas son largas; si viene a cobrar, el precio es alto, piensa mientras bebe agua tratando de apagar el ardor de su garganta, en la boca del estómago, en la conciencia y todo.

Una viscosidad invisible parece unir una desgracia con otra. —Las desgracias siempre llegan juntas —decía su madre. Lo recuerda y recuerda que la recuerda solo cuando algo que ella decía describe a la perfección lo que siente. Las cuchas tenían razón, piensa, siempre tienen una forma de volver a decirle a uno “¿vio? Yo le dije”, incluso después de que se han ido. El recuerdo interrumpe el mal rato y parece casi romperlo, deja de apretar de más las manos y la tensión libera la circulación.

Respira profundo y, revoloteando provocativo, un aroma dulzón termina por romper el ambiente donde estaba inmerso; un poco ácido, un poco cremoso, un poco húmedo. No puede describirlo por completo, y tampoco liberarse de él. Lo obliga a levantar la mirada y dejar de mirarse las manos. Ya no hay tanta gente alrededor, ni tanto ruido; solo unas teclas martillean al fondo, solo un tac, tac, tac delicado y seco. El teclado no sufre, se acciona; tiene justo esa precisión de medir su fuerza. Y la ve con las pestañas largas, casi haciéndose cosquillas en los párpados, con la boca proyectada hacia el frente como un pez dorado y con los crespos cayéndole como una escalera en caracol desde las orejas hasta los hombros. Puede ser el sueño, no sabe hace cuánto está allí, no sabe cuántas veces ha estado allí, no sabe cuántas veces se la ha perdido por estar mirándose las manos tecleando, por estar en esa espiral hipnótica que lo lleva a descender y con ella a donde ella vaya sin notarla a ella. La duda lo inquieta, pero no tanto como desencadenarla, y sigue disfrutando de verla, de olerla. Es ella la que huele como olían esos otros cuerpos que lo han engatusado, ese aroma irresistible, esa huella recurrente en su cabeza. Huele a ella, a ellas, a otras, a sus otras; huele a musa, a dulce tentación, a ganas, a deseo, a su deseo. Y por eso la mira jugar con su cabello, por eso la mira ignorarlo, tomar café; la mira trabajar, jugar con su cabello, como él quisiera jugar con su cabello, sus dedos de uñas cortas, su belleza casi rústica y simple, su piel amoblada para retozar sobre ella, para cargar y para sostener, para disfrutar, para jugar, para recorrer, lamer y probar. El pensamiento se ancla y la cara le cambia, las miradas se cruzan y, aunque el ceño de ella acompaña la proyección y el puchero de sus labios, él sonríe. Se da cuenta de que ya no le sabe todo tanto a mierda, lo piensa y se ríe: el que anda entre la miel, algo se le pega.

Tres deseos

Los genios viven en lámparas, soñaba de niño el niño; los genios cumplen deseos, pensaba él mientras dibujaba una lámpara en su cuaderno. Ese ademán le quedaría toda la vida: anillos y dijes con decoración de lámparas para frotar y desear. Creía que cuando una lámpara cumplía el genio estaba libre desde que a ese dibujo le pidió que Yuliana lo mirara en clase y ella, con esos ojitos girasolados, lo había mirado; luego había deseado que le hablara y ella, al verlo a los ojos, le dijo que qué le miraba y terminó por creer cuando ella le había besado la mejilla en respuesta a su respuesta. La magia habían sido las palabras y la propia infancia, porque cuando él le dijo que los ojos más lindos del mundo, pensándolo de verdad, ella, sin poder hacer más que creerle, no pudo más que besarlo de agradecimiento… A su favor tenía que él de verdad creía lo que decía, y en la magia que le había ayudado a decirlo. De esa no se recuperó.

Al día siguiente intentó pedirle a la misma lámpara las respuestas del examen de matemáticas y de su división de dos cifras, pero no hubo resultado. Su veredicto estaba claro: ninguna lámpara podía cumplir más de tres deseos. La borró y buscó otra. Portadas de cuaderno, cerámicas de su mamá: lo hacía con algo de desconfianza; llevaban toda la vida allí. Es fácil hablar de absolutos, de eternidades, cuando la existencia ha durado solo nueve años. El caso es que creía que eran viejas; al no cumplirse sus deseos, confirmaba que ya habían sido utilizadas, y seguía en la pesquisa. Aprendió que viejo y limpio era señal de uso, pero viejo y roído, de abandono, y en el abandono había la posibilidad de que al menos quedara un deseo…

Muchos se habían ido igual que los tres primeros: por una mirada, por un beso, por un final feliz… Nunca para frivolidades, ni plata ni negocios, ni fama. La magia pertenece a los ojos girasolados, a las pieles de caramelo y los labios endulzados de deseo, jamás para nada más. La magia se desea, se hace desear, debe ser digna antes que útil, debe ser anhelo antes que fruto, está condicionada por la posibilidad inimaginable de ser, y aunque termine, aunque se acabe, aunque no haya mañana para el deseo, no es vano que se consume ni que se consuma, porque si se vive se celebra y si se extingue, libera.

Se es preso del recuerdo consumado, y allí se siente cómodo: entre sus labios, entre sus manos, entre las palabras dichas entre los labios lamidos, entre las piernas recorridas y los susurros entrecortados. En él viven sus deseos, en eso piensa, en eso divagaba hasta que ella lo regresa a la tierra.

—¿Hola? Tierra a Raúl, te pregunté por qué te gustaban tanto las lámparas.

Él sonríe, la mira, se pierde de nuevo en su cabello rizado, en sus labios gruesos, en los ojos brillantes y acaricia, de manera casi instintiva, el anillo en el que tiene aún tres deseos. Calla, pero la mira; sonríe mientras la mira, mientras recorre las comisuras de sus labios, mientras acaricia su mano y se adentra en su mirada…

Sabe que la magia es un secreto, que no se devela porque podría no cumplirse. Esa idea lo atemoriza, mucho más teniéndola enfrente, así que contesta sin contestar: son bellas, tienen algo que me atrae… en eso se parecen a vos. Ella sonríe y se ruboriza; él borra un deseo. Él aprovecha y estira la mano para tocarle el rostro. Al tacto se sienten cálidas y reconfortan, también como vos, dice él mientras que se acerca a su rostro y sus labios. La besa lento, húmedo, tierno… y borra otro deseo. Ella, al separarse, se muerde los labios. Él entiende que la magia ha sucedido y la hala hacia él mientras que consuma su tercer deseo.

Señales

Cuando Simón despierta, el sol aún no lo ha hecho. Se estira sabiendo que sus gatos, al igual que él, tienen la costumbre de hacer parecer que al sol le cuesta levantarse; se estira mientras sus pupilas se acostumbran a la noche esclarecida y comienza su rutina: sale de la cama a medio tender y la contempla. Se ve más grande desde esa perspectiva y mucho más porque, al salir de ella, sus gatos abandonan la mitad aún hecha y corren a su comedero, esperándolo… Camina hacia ellos, les soba las caras, choca narices con ellos e intenta besarles la frente.

Se mueve despacio y en silencio; sus vecinos pueden dormir tranquilos: no hay batidos en esa casa, no hay tacones en esa casa, no hay secadores en esa casa. Toma un poco de café recién molido y espera a que gotee, a que chorree… Aún el sol no sale del todo, pero la noche se consume en sus últimas oscuridades y comienza a llenarse de luz todo mientras el café termina de llenar su taza. Cuando comienza a tomarlo, las nubes arreboladas se sonrojan y le recuerdan sus ganas, porque el color le hace pensar en su piel blanca, sonrosada al apretarla, al nalguearla; en sus mejillas jadeantes.

Sabe que es un buen café, pero no le queda duda de que es el deseo de sus piernas apretándole la cabeza lo que lo despierta. La recuerda bien, su cuerpo la recuerda bien, pero no había tiempo para seguirle los juegos, para fingir sonrisas ni forzar tiempos, piensa mientras ve la aspiradora despertarse y empezar a recorrer la casa. Suena una alarma y le recuerda que quedan cinco minutos para que termine el espacio del desayuno. Despierta del ensueño y alista maleta; salta un poco y se activa lo poco que falta. Camina hacia la ducha fría, recordándola a ella caminando en tanguitas por el mismo pasillo, las paredes contra las que presionó su cara, donde apoyó su cuerpo y tocó con ganas. Se ríe al ver el espejo donde saltaba para verse. Siempre creyó que un espejo era solo algo que reflejaba lo que se le pusiera enfrente; para ella era un símbolo claro, una alerta constante: una casa que no estaba adaptada a su medida la hacía sentir como una extraña.

Simón, pragmático y funcional, siempre se reía. El espejo fue un regalo, se puso donde cabía y, siendo como era, jamás pensó en necesitar otro u otros espejos, ni espacios. En su casa, la vanidad tiene cámara subjetiva; la belleza está enfrente, en lo que se comparte y lo que se disfruta. No hay espacios personalizados ni reservados; no se necesitan ni se buscan. Los espacios son cambiantes y le basta con que sean funcionales. Nada puede validarle un espejo, o un armario, o una olla; lo que importa está presente: una taza extra de café, comida que le gusta en la nevera y el aromatizante que le gustaba por toda la casa.

Se mete a la ducha con ese pensamiento y la recuerda ahí metida con él, hincada y empinada, mientras el agua fría le empapa la espalda… ahora solo la cara, fría como antes y, por fortuna, para que la temperatura borre de su cuerpo la reacción física provocada por el cielo arrebolado, por su cuerpo sonrosado, por el recuerdo vivido y presente. El agua calma, el agua apaga, el agua limpia, el agua borra. Mucha agua ha pasado debajo del río y sigue pasando, dejando atrás esos amaneceres rojos y sonrosados. El juego cansa, desgasta; el juego, además, es innecesario. Esa señal la tiene presente, nunca la olvida: todo lo que se entrega es siempre voluntario, no premio, porque aquel que se premia es aquel que se prueba para hacerse merecedor de algo… y eso no puede permitirse. En una casa, nadie nunca debería probar que es valioso para quien la habita; su mera existencia es la única señal necesaria.

Cierra la llave, se seca el cabello, mira el reloj… mierda, de nuevo llegará tarde a todos lados.

Reloj de pared

De izquierda a derecha sacude la cola a un ritmo placentero y, con su movimiento, marca el avance del tiempo; parece casi contento, diría uno, incluso, que feliz, sin razón, sin motivo y, sobre todo, sin necesitarlo, soberbio como un loro que se ríe justo cuando alguien se cae, él tranquilo mirando una lagartija inoportuna que se niega a moverse esperando que él se canse… si yo tuviera su paciencia, pienso y sonrío… mauuuuuuuuuu, le digo; mauuuuuu, me responde; no nos decimos nada, pero es mi forma de decirle gracias, no nos decimos nada, pero es su forma de decirme que no le pare bolas a eso.

Quisiera, yo quisiera, pero no puedo, no sin traicionarme, no a sabiendas de que si dejara de importarme lo que me importa, si viviera como otros viven, si aceptara de manera tan sumisa, me sería impropio, la pelea hay que darla, tiene que poderse, necesito que se pueda, y si no, por lo menos intentarlo, se puede perder, se vale perder si se pierde con la frente en alto, aunque no sirva de nada, como él gritándole a esa lagartija, como su deseo de saborearla, como su intención de arrancarle las patas y saborearla… quiere, quiero, pero la vida no nos da nada, solo una boca para maullar la rabia y la impotencia de no poder morder, de no alcanzar, de no llegar.

No se mueve y no se altera, en eso me gana, tiene ese instinto de cazador juguetón que a mí me cansa, tiene esa fuerza y ese ímpetu que le permite esperar, sabe que vendrá, sabe que bajará en algún momento, por alguna razón, sabe que es cuestión de tiempo… no es cierto, miento, no lo sabe, pero aun sin saberlo no pierde la calma, le basta excitarse imaginando su sabor, yo no puedo, no me basta, no es suficiente, quiero su boca en mi boca, agarrarla despacito, disfrutarla de a poquitos… pero me cansa esperar, me cansa la conversación tan vacía, tan lejana.

Él parece esperar indiferente, sé que no lo está, deseo que no lo esté, no puede estarlo, no si realmente le gusta, no se puede fingir indiferencia, aunque sí se puede renunciar al deseo, pero no tiene cara de estar cansado, no tiene cara de notar la hora y no ha tenido un día largo que lo atormente, no tiene por qué dar el brazo a torcer, no es como si le hubiera dejado de escribir, no es como si hubieran hablado de algo alguna vez, ella es una lagartija y hace lo que sabe, caminar por los techos, qué culpa tiene ella de que a él eso le guste, nunca lo hizo para él, ni le pidió que la mirara hacerlo, aunque le gusta su atención, le hace palpitar fuerte el corazón y le calienta la sangre fría que le congela el corazón, glu glu glu, le grita en ese juego de escondérsele, porque quiere que la mire, con sus ojos fríos, hambrientos, sedientos, y él acude, con ganas, con la boca hecha saliva… mezquina y manipuladora, casi humana, casi cínica, no tiene mucho adónde ir, hace lo que sabe, es su naturaleza, pero él tampoco tiene cómo resistirse, así es la suya.

Ese cortejo fúnebre, casi triste, es interesante de ver, lo suficiente para no perderlo de vista sin perderla de vista, quiero ver qué pasa, incluso si no pasa nada, no tengo su disposición juguetona hacia la ausencia y la distancia, odio esas frivolidades, pero es mi naturaleza ver, mirar y tratar de entender, esa es la peor parte, cuando después de un rato no hay nada que no pueda justificarse, porque se nota que los sobrepasa, que no es su intención, que nadie intenta dañar a nadie, casi nunca, muy de vez en cuando, que los buenos sí somos más, que los daños son colaterales, que la culpa no es más que un remordimiento frente a un capricho tozudo que no tenía nunca ni futuro ni fundamento, jode verlo, jode darse cuenta viendo un gato ver una lagartija que parece ocultársele mientras hace ruidos para que la vea, para que la encuentre, y en medio de ese caos, cucú, cucú, cucú, cucú, hasta llegar a las 12, y entonces él voltea con su cola como un péndulo tranquila marcando los segundos, viendo la pequeña artesanía de madera aparecer y desaparecer… olvidando que desde el techo lo observan, río de nuevo, no tengo su desinterés natural y maldito mientras le quito las pilas al puto reloj.

Fuera de las manos.

Victoria desliza el dedo en su pantalla: izquierda, izquierda, izquierda, izquierda. Cuando ve algo que le gusta, duda; tapea, ingresa, desliza. Puede ser el tamaño de la nariz, de las manos, una palabra o una frase, unos ojos, el pelo cano o la barba larga pero pulida; varía, pero siempre hace caso a la intuición: no entra todo por los ojos, hay algo que la impulsa, un eco que resuena en su cuerpo; si se activa, su dedo cambia y se desliza a la derecha.

Piensa en presentarse, pero le gusta más estar presente. La cansa la idea de narrarse, de definirse y transmitirse. “Yo soy”, piensa, carne y no palabra; yo en todo momento, a toda hora y de todas mis formas: soy una experiencia. Diferente a un libro, una película o una canción; no tengo ni prólogo ni sinopsis ni tráiler. Lo que ves, lo que vivas, soy; lo que provoques, seré para ti. Así que, aunque ve que su perfil no dice mucho, dice lo suficiente. ¿Descubrirlo con un café basta? Se pregunta por un momento. Lo mira, asiente y sonríe: sí, basta; tendrá que bastarles. Nada más me interesa escribir.

Ordena un scotch, con una “c” que parece más una “k” que una “c”, y espera a que aquel ser que le ha interesado llegue. Es un bar como le gusta, con negros y rojos profundos; esos colores le gustan, le combinan bien con su forma de ser, una pasión oscura, piensa, y recuerda que sus encajes también combinan esos colores: vestida para la ocasión, piensa, y bebe. El trago le pica un poco la garganta; elige bien el origen, pero el presupuesto la limita en los años que su trago pudo descansar en las barricas. No le molesta, aunque le importa; le gustaría tomarse uno un poco más suave, más amaderado. Ya vendrá el momento; aún no, es solo un “aún no”.

Mientras piensa en eso, ve entrar por la puerta del bar a quien espera. Siente un cosquilleo en la punta de los dedos y un vacío emocionante en el vientre, junto con un pequeño corrientazo. Le gusta lo que ve, pero no se mueve: deja que él se acerque adonde ella está, al fondo, hasta la barra. Solo se gira un poco para verse mejor; sabe que ese ángulo le favorece, lo sabe, y se escurre un poco hacia el espaldar de la silla. Se ha visto así en el espejo y sabe perfectamente cómo se ve: se encanta de esa manera.

Él la ve. Al contrario de ella, no se fijó en nada al comienzo: sabe cómo funciona el algoritmo, así que creó uno propio que solo desliza a la derecha con perfiles que tengan probabilidad de hacer lo mismo; así aumenta la deseabilidad de su perfil y logra que lo muestre cada vez a mejores prospectas. Así que llega sin saber dónde mirar; su método es efectivo, pero cuestionable. Es frío y desprovisto de interés: hace que la interacción no parta de una idea ni de una apuesta; evita el rechazo, pero evita también todo lo humano de un encuentro: el interés, la pregunta, la posibilidad…

Ella lo nota: distraído, perdido; no mira a los lugares correctos, no parece verla aunque la observa, pero lo hace como quien ve algo por primera vez: despistado, torpe, carente de ritmo o de intención. Ella ya ha tomado su decisión al verlo. Él no lo sabe: piensa que ha sido otro éxito de su algoritmo, mientras que ella piensa en otro fracaso, otro de esos que deslizan todo a la derecha; otro de esos que no escogen ni apuestan; de esos que se enredan viendo un menú, o que dudan qué ver o qué leer; de esos que no parecen tener ideas propias; de esos que están demasiado seguros de sí mismos; de los que no dudan, no preguntan, no imaginan; de los que no bailan ni intentan bailar; de los que follan sin creatividad de por medio, sin idea ni juegos; de los que tantos ya ha conocido; de los que no le interesan ni la emocionan.

Él se acerca y saluda. Ella se disculpa y se marcha: son las 8. Si se apresura, llegará a tiempo antes de que cierren la tienda y podrá comprar las pilas que su vibrador necesita. Las citas podrán estar fuera de sus manos, pero no sus ganas ni su placer.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Coincidencias

Si ella no se hubiera movido en ese momento hacia la derecha mientras que el ponente caminaba hacia él, él no se hubiera movido hacia la izquierda para ver detrás de él la pantalla con la gráfica que necesitaba ver, y entonces no se hubiera cruzado con esa mirada, con esos ojos acaramelados. Pero ahí no paraba la ruleta: ese momento había sido simplemente otro de los micromomentos que se habían dado para que eso pasara. Si su compañero no hubiera renunciado, él no hubiera ocupado su puesto en la conferencia; si además no hubiera alzado la mano en una reunión, o si hubiera ido a la oficina el día que todos estaban resfriados; si el ascensor no se hubiera cerrado cuando estaba en el torniquete evitando que llegara un poco más tarde de lo previsto; y si no se hubiera sentado justo en esa silla… si algo de esa gran cadena de “algos” se hubiera alterado, no estaría ahora viendo sus ojos de caramelo, no se estaría sonrojando ni olvidando de ver la gráfica que necesitaba ver, y habría evitado sentirse atrapado por ese iris dulce y pegajoso que ahora lo dominaba por completo.

Ella lo nota, sonríe, y tímida aleja su mirada. Tímida y dulce, ella no lo sabe, pero el corazón de él se altera. Parece en calma; su mirada no la incomoda aunque no deja de verla, sin saber que él aún no reacciona y no puede dejar de verla. Él nota su risa —por fortuna también su tranquilidad—, siente que la cara le arde, siente un impulso, una especie de bola de nieve que se aproxima al borde de su cordura y lo deja ahí, justo en frente de su locura, y le ruega, debatiéndose sobre si empezar a rodar, a tomar velocidad, a invitarla a contarse sus vidas con cartas, a escuchar música cada uno con un audífono mientras caminan en la noche. Quiere abrazarla por la espalda y apoyar su cabeza en ella y decirle que, por alguna razón, siente que quiere quedarse allí, en ese momento, que no quiere soltarla, que tiene miedo de soltarla, pero que tiene que soltarla… Nada es de uno si lo demás no es de ellos; para tener hay que sostener la libertad a la que se renuncia. Lo sabe y lo entiende: quiere quererla, quiere que lo quiera; por eso no puede dejar de verla, por eso no deja de verla.

Si la pierde de vista siente que estará fuera de su alcance, igual que un niño se rehúsa a dejar de ver el firmamento tragarse un globo de helio, e intenta perseguirlo cuando la luz lo ha cegado, cuando la inmensidad lozana de un azul claro lo devora. Ella lo nota, lo nota aún inmóvil, con los ojos brillantes que tiene uno cuando ve algo que lo sacude y hace que no sepa si es uno; lo nota y le parece divertido verlo; se sonroja también al verlo viéndole, y contra todo pronóstico le hace una mueca tierna.

Por fin reacciona: se ríe, le ríe, mira a la pantalla y a ella, al speaker y a ella. Siente calor, se afloja un poco la corbata, está inquieto. Piensa torpemente que es evidente, que todos los que hayan visto su mirada perdida sabrán lo que ha pensado. Se siente expuesto y ridículo —más lo segundo que lo primero— porque, aunque lo piensa, sabe que no es posible, que ni siquiera ella lo sabe. Pero el corazón se lo grita, le quema, le palpita y lo burla con una arritmia marcada. Se ríe de sí mismo, nerviosamente, le sudan las manos. Ojalá se llame Margarita, piensa, para dedicarle la canción de Fito, para recitarle un día al oído “yo me quiero ir a la luna con vos… vos me hacés feliz, Margarita, mi amor”. Pero ve la escarapela encima del vestido y ve que no es Margarita su nombre. No importa, no le importa. Quiere estar cerquita a ella, desnudo sobre ella, y recitarle muy pasito al oído esos versos; ya verá qué sucede con el ritmo o la conjugación.

La charla termina. Él brinca de su silla, se mueve hacia ella. Ella lo ve y no lo evita, lo espera y lo asalta:
—¿Nos conocemos?
—No —responde él—. Eso es lo primero que tenemos en común —le dice y se ríe—. Qué coincidencia, ¿no cree? —dice mientras le mira los ojos acaramelados.
—Qué coincidencia —dice ella, mientras mira sus ojos negros.

Parece poco.

Es poco, no importa cómo se mire, es poco, para las posibilidades, para las esperanzas, para lo que queda, cuando algo se anhela nunca llega a tiempo y siempre se va pronto, cuando uno quiere quedarse, el reloj nunca se estira lo suficiente, el hombre quiere el paraíso y la manzana… las quimeras le son esquivas, pero siempre coquetas.

Por eso intenta vivir como puede y como quiere, no importa cuánto dinero tenga, las obsesiones atacan a todos, los límites son los que se estiran o extienden, somos lo que somos, impulso, pasión, instinto, ansiedad, nervios y furia, pensamiento… ah, eso lo jode todo, pero no para todos, hay algunos libres, no de pecado, pero sí de culpa, como me caga la felicidad de los insensatos, no me parece siquiera envidiable porque su falta de entendimiento es parte vital de ella, son felices porque no saben que lo son, creen que sufren, pero desconocen los dolores, creen que creen pero ignoran todo aquello que desafía su creencia… Así no tiene gracia, es una felicidad animal, un tránsito irreflexivo que resulta desdeñable. Pero para quienes son conscientes de su existencia, saben que solo se existe a través de la experiencia, y siempre viene bien una más.

Una noche más bajo las estrellas, una noche más desnudos y abrazados en el mueble de la sala, una tarde más, una mañana más, un anhelo más, como puede y como quiere, la vida tiene sus formas, y aunque uno intente deformarlas, forzarlas, nada las evade por completo. No es poco, pero lo parece. Después de todo, una caricia más es el saldo que tienen pendientes todos los amantes.
Adictos, a la adrenalina unos, a los libros otros, a las tardes de sol y las noches de arrunches, a los ronroneos de un gato que se frota contra la mano que lo acaricia, a los amaneceres y los atardeceres arrebolados, a los árboles florecidos y el aroma del café invasivo que va lentamente, cuarto a cuarto apoderándose de cada rincón, nada nos basta, nunca es suficiente, siempre podría ser un poco más, siempre tendría que ser un poco más, como quien decora una casa, un poco más al centro, un poco más arriba, un poco más a la derecha… siempre un poco más.

Por eso pensarlo jode, porque cuando uno lo piensa siempre quiere más, desde lo poco hasta lo imposible, quiero más que tocar su mano, más que su abrazo, más que rozar sus labios, quiero jugar, quiero ser bueno jugando, quiero que me paguen por jugar, quiero que me paguen bien por jugar, quiero el salto, el susto, el gusto, quiero ver el mar, vivir frente al mar, vivir frente al mar en una casa grande, en una casa grande con yate… la mente es tramposa, a la mente nada la alcanza y todo le parece poco.

Por eso uno cree y piensa que ha sido poco, hasta que camina con los ojos puestos en todo lo que lo rodea, y ve que todo ha cambiado, que los barrios y sus calles, que las tiendas y sus dueños, que la esquina y sus acérrimos, que la música ha cambiado, que los rostros de los carros han cambiado, que los niños que corrían con la cara sucia, el uniforme sucio y lleno de tierra, ahora corren de traje, por llegar a tiempo al bus, que están en esa edad en la que uno comenzó a pensar que a veces parece poco lo cotidiano, y entonces se da cuenta de que poco es todo.

Que cada tinto cuenta, que cada risa suma, que cada amante, cada lunes, cada salsa y cada cuento cuenta, que cada partido ganado o perdido ha valido la pena, que se volvería a hacer todo con una sonrisa, porque uno sabe que siempre todo parece poco, pero que no significa que lo sea, que el café molido en una mañana de lluvia, que la conversación que libera, que el abrazo que arropa, el arroz con huevo o la sopa de sobre hermanan, porque compartir lo poco agranda lo compartido y nada ha sido poco.