Antes de salir

La imagen es recurrente, la cama está hecha, sin muchas arrugas, podría decirse que está incluso bien hecha, todavía hay sol aunque ya no amarillo como lo es al nacer si no más naranja, casi rojo, así se pone él después de un día largo de trabajo, parece que se cansara de estar allí eructando ráfagas solares, no hace calor, no calienta, no hace sudar a nadie, pero no lo necesita, ahí está presente. Igual está la maleta, sobre la cama casi bien hecha, dentro de ella también hay orden, el suficiente, y queda espacio, siempre queda espacio, yo estoy parado a unos tres pasos de la cama, no puedo ver todo lo que hay dentro, pero sí que hay lugar, no parece que haya algo esperando a ser empacado y frente a esa imagen experimento un vacío tremendo, no hay angustia, pero el estómago está inquieta, las piernas cosquillean… es miedo, pero no angustia, si hay miedo está bien, si da nervios de los que hacer reír está bien, me digo en medio de la imagen tratando de convencerme, está todo bien me digo, lo malo de ser agnóstico es que muy rápido aprende uno a dudar de uno mismo, no sé si creerme.

Paseo los ojos de arriba abajo, de un lado al otro, el armario está abierto, 3 cajones ordenados y uno para el desorden como debe de ser, como el lugar donde se secan los platos, como la canasta donde se apila la ropa sucia, es muy nuestro eso de tener un lugar permitido para el desorden, una calle roja, una zona de tolerancia para las medias nonas, las pantalonetas, una que otra toalla pequeña, de esas que se usan para las manos, está en todo lado, todo casi ordenado, siempre tan cerquita del peso, siempre tan ausentes los cinco centavos, siempre la maleta vacía sobre la cama casi bien hecha, siempre el cajón del armario donde el orden no es ley.

Algo me falta, o va a faltarme, es la sensación traducida, el recado de la intuición, es casi ese: algo muy malo va a pasar en este pueblo de mamá grande al desayuno, no sé si malo, no sé si grave, pero es esa certeza anticipada, eso que ha dado nacimiento a pitonisas y brujos, esa sensibilidad casual y a veces afortunada que se interpreta como predictiva, como don de clarividencia… suerte solo suerte me repito, mala suerte la de creer que tiene uno el poder de ver con cierta precisión el futuro, que aburrida sería la vida, si algo va a matarnos que sea la duda, no la certeza, pienso, o mejor piensa ese yo que no soy yo sino mi representación en ese espacio, en ese sueño, estúpido sueño que me hace consciente de estar soñando, la cuarta pared onírica hecha trizas y la maleta intacta, casi lista sobre la cama casi bien hecha.

No viajo pronto, pero estoy tomando decisiones, no viajo pronto pero sí me muevo, me voy, y habrá despedidas, estúpida forma de decirme a mí mismo todo lo que ya me digo despierto, qué tan pesado tengo que ser para no dejarme dormir repitiéndome las mismas cosas con las que me atormento despierto, de verdad que cuando me lo propongo soy simplemente un pesado.

 También hay tristeza, la boca me sabe a tristeza, es un sueño y la tristeza tiene un sabor súper reconocible, a cáscara de fruta, la melancolía de la fruta pienso y afirmo, tenían razón los abuelos, apago el foco, después de todo soy el último en salir, y ahí queda la maleta, esperando al próximo viajero.

Exilio

A doce pasos se pactó el duelo. Los dos se dan la espalda, los talones se tocan, las espaldas, la cabeza de uno, el bajito llega solo al cuello del otro y comienzan a contar.

-Uno- dice quien oficia de juez y ambos dan un pequeño paso al frente, milimétricamente calculado, poniendo el talón derecho frente a la punta del pie izquierdo. El bajito piensa que su estatura le juega en contra, y por eso en cada paso prolonga y estira los dedos para que el pie gane más distancia; el otro solo da sus pasos.

-Dos- dice de nuevo quien imparte la norma, el acto se repite. Al llegar a doce giran, se miran, calculan la distancia que deberán dar sus pasos ahora al acercarse y dice el alto: Pico, queriendo decir realmente, no tenés oportunidad y el bajito responde Monto, no vas a ver una hoy, Pico son unos enanos inútiles, Monto ya sabemos a qué juegan. Cada número, cada Pico, cada Monto, tiene desprecio, se odian. Y caminan diciéndoselo con las miradas, va a haber pata, van a calentar el partido, piensan que en medio hay 20, 10 y 10 de la misma escuela, que van a terminar juntos, titulares y suplentes.

El profe está enfermo, el juez es un cualquiera sin autoridad. Va a haber sangre, el potrero y la pelota están riesgo, la quieren manchar de entrada. Pico, se acercan Monto, se presienten, Pico no hay vuelta atrás, lo que siguen son los despojos, sin preguntar, sin poder elegir, irán llamando uno a uno a tomar bando y partido, la guerra es entre dos, pero van a lucharla 20 que no se odian, porque los dos que gritan además son los arqueros, titular y suplente y cada uno quiere ver al otro humillado.

Tienen las de ganar, si los tocan es falta, es penal, es gol. Mientras tanto los demás van a sacarse chispas, a raparse, a golpearse, aprenderán a sentir el odio como propio, tendrán nuevas rivalidades. Al odio de los dos se sumarán apellidos, se sumará sangre. De estos enfrentamientos habrá rodillas que no volverán a ser las mismas, ni tobillos que volverán a estabilizarse, y los únicos culpables observarán a la distancia los gritos, y los dolores.

Huele a carnicería, a aguasangre, casi puede verse la costra de la arena pegándose a los raspones en las rodillas, los codos y las manos, a dedo siguen llamando, enlistando, dando un papel para cumplir sin nada en qué creer. Cada uno cree que así están bien todo, ese es el papel que le tocó jugar, va un mes en el que los entrenos terminan así, hay 4 lesionados graves, y nadie se pregunta nada, todos vamos a nuestros puestos; anochece, no se ve nada al lado del potrero, una noche hambrienta se lo traga todo… y en esa misma noche nace la solución: la nada.

El balón rueda, llega a las piernas de el niño, el niño la pisa, levanta la cabeza, corren, se abren buscando las puntas, él mira todo, lo tiene claro, la pica, y de un solo golpe, la manda al exilio. No hay pelota para continuar, ni una gota de sangre se derrama, era suya la pelota, pero por botarla, le duele menos que las patadas que iban a darle.