Coincidencias

Si ella no se hubiera movido en ese momento hacia la derecha mientras que el ponente caminaba hacia él, él no se hubiera movido hacia la izquierda para ver detrás de él la pantalla con la gráfica que necesitaba ver, y entonces no se hubiera cruzado con esa mirada, con esos ojos acaramelados. Pero ahí no paraba la ruleta: ese momento había sido simplemente otro de los micromomentos que se habían dado para que eso pasara. Si su compañero no hubiera renunciado, él no hubiera ocupado su puesto en la conferencia; si además no hubiera alzado la mano en una reunión, o si hubiera ido a la oficina el día que todos estaban resfriados; si el ascensor no se hubiera cerrado cuando estaba en el torniquete evitando que llegara un poco más tarde de lo previsto; y si no se hubiera sentado justo en esa silla… si algo de esa gran cadena de “algos” se hubiera alterado, no estaría ahora viendo sus ojos de caramelo, no se estaría sonrojando ni olvidando de ver la gráfica que necesitaba ver, y habría evitado sentirse atrapado por ese iris dulce y pegajoso que ahora lo dominaba por completo.

Ella lo nota, sonríe, y tímida aleja su mirada. Tímida y dulce, ella no lo sabe, pero el corazón de él se altera. Parece en calma; su mirada no la incomoda aunque no deja de verla, sin saber que él aún no reacciona y no puede dejar de verla. Él nota su risa —por fortuna también su tranquilidad—, siente que la cara le arde, siente un impulso, una especie de bola de nieve que se aproxima al borde de su cordura y lo deja ahí, justo en frente de su locura, y le ruega, debatiéndose sobre si empezar a rodar, a tomar velocidad, a invitarla a contarse sus vidas con cartas, a escuchar música cada uno con un audífono mientras caminan en la noche. Quiere abrazarla por la espalda y apoyar su cabeza en ella y decirle que, por alguna razón, siente que quiere quedarse allí, en ese momento, que no quiere soltarla, que tiene miedo de soltarla, pero que tiene que soltarla… Nada es de uno si lo demás no es de ellos; para tener hay que sostener la libertad a la que se renuncia. Lo sabe y lo entiende: quiere quererla, quiere que lo quiera; por eso no puede dejar de verla, por eso no deja de verla.

Si la pierde de vista siente que estará fuera de su alcance, igual que un niño se rehúsa a dejar de ver el firmamento tragarse un globo de helio, e intenta perseguirlo cuando la luz lo ha cegado, cuando la inmensidad lozana de un azul claro lo devora. Ella lo nota, lo nota aún inmóvil, con los ojos brillantes que tiene uno cuando ve algo que lo sacude y hace que no sepa si es uno; lo nota y le parece divertido verlo; se sonroja también al verlo viéndole, y contra todo pronóstico le hace una mueca tierna.

Por fin reacciona: se ríe, le ríe, mira a la pantalla y a ella, al speaker y a ella. Siente calor, se afloja un poco la corbata, está inquieto. Piensa torpemente que es evidente, que todos los que hayan visto su mirada perdida sabrán lo que ha pensado. Se siente expuesto y ridículo —más lo segundo que lo primero— porque, aunque lo piensa, sabe que no es posible, que ni siquiera ella lo sabe. Pero el corazón se lo grita, le quema, le palpita y lo burla con una arritmia marcada. Se ríe de sí mismo, nerviosamente, le sudan las manos. Ojalá se llame Margarita, piensa, para dedicarle la canción de Fito, para recitarle un día al oído “yo me quiero ir a la luna con vos… vos me hacés feliz, Margarita, mi amor”. Pero ve la escarapela encima del vestido y ve que no es Margarita su nombre. No importa, no le importa. Quiere estar cerquita a ella, desnudo sobre ella, y recitarle muy pasito al oído esos versos; ya verá qué sucede con el ritmo o la conjugación.

La charla termina. Él brinca de su silla, se mueve hacia ella. Ella lo ve y no lo evita, lo espera y lo asalta:
—¿Nos conocemos?
—No —responde él—. Eso es lo primero que tenemos en común —le dice y se ríe—. Qué coincidencia, ¿no cree? —dice mientras le mira los ojos acaramelados.
—Qué coincidencia —dice ella, mientras mira sus ojos negros.

Platos rotos

Lo más irónico es que esto le pase a él, decía mientras veía a lo lejos a Arturo, sentado intranquilo sobre la camilla, nunca lo había visto así, tan ausente, los reflejos estaban, golpeaba en la rodilla y se movía su pierna, tocaba su frente y parpadeaba, lo involuntario, cualquier reacción no mediada esta presente, en su cuerpo, en sus terminaciones nerviosas no había nada malo, pero él no parecía estarlo, estaba aturdido pero en alguien como él era extraño, era rápido, dentro y fuera del ring, sus respuestas llegaban a tiempo, bloqueaba bien, atacaba bien, respondía bien, sus ojos solían ser mucho más rápidos, pero hoy, hoy mientras le vendaba las manos, lo notaba diferente.

—Arturo, rey, estás bien, como parte de su equipo era importante saberlo, —Rey bebiste ayer, fumaste algo antes de venir —era incómodo, sé que no le gusta que le pregunten esas cosas, lo aprendí con los años, pero no tenía de otra, o lo despertaba aquí y ahora o lo despertaban o lo dormían a golpes sobre la lona. La mirada era un derechazo, rápido, directo, un mazazo, no habló pero era fácil entender lo que decía —No me toqués los huevos, claro. No tenía ningún viaje, tampoco estaba mareado, era peor, peor para él y para su contrincante, tenía rabia, estaba fúrico, la rabia es más peligrosa que el alcohol la droga, la rabia ciega, prefiero el miedo, como parte de su equipo prefiero cuando tiene miedo, el miedo te hace listo, la rabia te hace imprudente, el miedo te hace estar alerta, la rabia viola cualquier idea sensata, sodomiza cualquier impulso racional.

Estamos en problemas, se levanta rápido de la camilla y camina de un lado al otro, balbucea, aprieta la quijada, aprieta las manos recién vendadas, quiere tener algo en frente, algo o alguien, necesita una catarsis o una revancha, pero no dentro del cuadrilátero, Conoce al bizco López hace mucho, son amigos, profesionales, saben que los golpes son parte del oficio, nada para llevarse a casa, pero hoy podría ser diferente, el bizco no tiene la culpa, pero el Rey no tiene la cabeza en su lugar, si se descuida puede que pierda incluso la corona.

Se nota, se nota a legua que algo lo tiene mal, justo el día de la pelea, el equilibrio alrededor de algo tan grande termina en vilo por alguna tontería, un mesero maleducado, una recepcionista desconsiderada, algún taxista terco, qué fácil es echarlo todo a perder, qué fácil es hacer que alguien pierda fuera del ring, va a entrar a ahí como mucho hemos deseado a veces, simplemente con el ánimo de demostrar que nada puedo tumbarnos, que somos invencibles, más grandes que nuestras aflicciones, con las ganas de convertir la frustración, en jabs, las lágrimas en ganchos, los gritos en golpes al cuerpo, quiere castigar a todos menos al Bizco a su nuevo manager quizá, a su antiguo entrenador, tiene mucha rabia dentro, y muy pronto pagará la consecuencias, des pues de dos o tres golpes perderá el ritmo del ataque, perderá de vista la técnica, el juego de piernas, después de dos o tres golpes se sacudirá la ceguera y será demasiado tarde.

Pienso mientras que camino de un lado a otro viendo como Arturo se pasea intranquilo, sin calentar, sin hacer sparring con su sombra, sino simplemente atacando a sus recuerdos, tensando la quijada, mordiéndose la boca, debe estar ya llena de sangre, al menos de su sabor, mala cosa, ni siquiera sabrá cuando el protector lo haya lastimado…

Su intranquilidad me intranquiliza, me hace pensar en todo lo que no va bien, maldita sea esto era lo único que iba bien, necesitaba esto, pero todo suele arruinarse, salgo del camerino para tranquilizarme, pero estoy nervioso, la presión en el pecho regresa, las ganas de llorar, la ausencia de ella se hace presente, el silencio de los demás hace el eco perfecto, no estoy cómodo, no estoy tranquilo, me abruma, me abruma todo, lo entiendo, entiendo a Arturo, estoy también a un paso de hacer lo mismo, de no ser yo mismo, no puedo, no debo, tengo que recuperar el centro, pero es tan difícil, camino sin ver por donde voy, sin prestar atención a mis pasos, no veo cuando viene el referí, no veo tampoco que tiene un café que más caliente hierve, no veo y tropezamos, el grito me saca del tranza, el calor en cambio sumerge al juez en uno, me mira, mira los colores en mi camisa y resopla como un caballo… deja mi mano extendida y se va, no será un combate justo, Arturo pagará los paltos rotos.

Presagios

Me resultaba naive, ninguna palabra lo definía mejor, era imposible discutir con el resultado,  aunque careciera de toda ciencia, pero como investigador había entendido con el tiempo que a la que el agnóstico o ateo le llama azar es a lo mismo que al creyente le llama fe, algo simplemente inexplicable, ridículo y atemorizante, la única diferencia es que el primero suele encontrarlo estadísticamente probable, mientras que el segundo siempre carece de cualquier interpretación lógica, pero para quien los experimenta se sienta igual, desconcierto, sorpresa, una negación de su estado anterior.

No importa si te curas del cáncer, sobrevives a un accidente, si te coge la tarde y evita eso que salgas a tiempo para tomar el bus que siempre tomas, n el paradero al que siempre llegas y donde hoy a la hora en la que sueles estar allí, esperando una motocicleta persigue con ferocidad un camión blindado que pierde el control y se estrella junto contra el asiento donde sueles subir tu zapatilla para fumar.

Tampoco si un boleto de navidad de esos casi casi parecen imposibles de ganar te es regalado en un bar, en navidad, un 22 de diciembre, por una chica hermosa y triste que reniega de su suerte alegando que no ha ganado nada, que es tonto aferrarse a la idea, que no lo quiere, y lo rechazas, para escuchar como en un par de horas la chica gana, con casi todos los del bar.

Era evidente ante las circunstancias que algo tenía que ver, aunque fuese estadísticamente demostrable que todo eso era probable y que no era nada especial, Carlos tenía claro que los días en que se apresuraba a salir y se ponía los boxer al revés todo le iba mal.

No era que cuando los usara al derecho todo le saliera bien, pero nada era tan malo, sí lo había mordido un perro usándolos al derecho, y terminado un par de relaciones, lo habían incluso echado de un trabajo, pero la sensación era también de suerte, y era consciente de ello porque le ocurría desde pequeño, lo había aprendido en la escuela en tercero de primaria, en un patio de recreo donde había un grado por cada año, 35 personas por cada grupo, en total unos 200 inquietos, bullosos y malvados niños que gritaban y corrían, 200 niños miserables y sin escrúpulos, ignorantes empáticos que gozan torturando a los más pequeños,  lo aprende un día como hoy, recuerda que lo aprendió en medio de la reunión donde Federico lleva una propuesta mejor que la suya, y la reconoce porque estaba ahí el día que perdió el vuelo, el día en que lulú no llegó a despedirlo al aeropuerto, el día en que el boleto de lotería le pareció mejor que un abrazo…

De nuevo está en medio de todos, de nuevo 200 voces ríen, parecen miles, cientos de miles, descubre ese día también que las paredes sí hablan pero solo saben reírse de quien se siente poco, la primera vez que le bajan sus pequeños pantaloncitos de tela, y las risas no son tanto por sus calzoncillos rotos como los de cualquier persona que no lo tiene todo y manchados como los de cualquier niño quedan expuestos y no es por ni por lo desgastados, ni por lo manchados que se burlan de él, sino por tenerlos al revés.

Han pasado 30 años, quizá un poco más pero es imposible de evitar, cuando alguien como Federico le hace algo como lo que acaba de ocurrirle Carlos baja la mirada, introduce la mano en su pantalón e intenta sacar el resorte de su calzoncillo, nunca falla, siempre, siempre está del otro lado.