No hay barranco que lo ataje

Uno está condenado a repetirse, al fuera de lugar y el destiempo. Uno no tiene otra posibilidad que la de llegar tarde a su propia vida. Bueno, no llegar, sino hacer bien las cosas, es más una cuestión de suerte que de voluntad. Uno acierta por intuición y falla por lo mismo. No hay un conocimiento previo para los momentos importantes, para elegir las palabras correctas… Acertar es una lotería que ganamos sin darnos cuenta siquiera. Astutos nos sentimos, pero no suertudos ni agradecidos, a pesar de que hayamos encontrado la respuesta perfecta a una pregunta imposible. No somos conscientes ni consecuentes con el azar. Somos afortunados de que a él no le sorprendan las probabilidades, que, aunque pequeñas, sabe que siempre juegan.

De los triunfos somos responsables; de los fracasos, en cambio, lo son todos: el caos, la ausencia de conocimiento, de consejos, aunque nunca falte quien dé consejos, aunque nunca esté ausente quien desde la distancia y con mucha condescendencia puede ver la estupidez que estamos a punto de hacer, sin importar cuál sea… Es curioso: nuestra propia historia lo vive, otro indicio quizá de que todos los hombres somos el mismo hombre, el mismo idiota que juega a esconderse del amor, a temer al miedo, a rechazar el rechazo, a callar frente al silencio, y al mismo tiempo —en otro tiempo, en otro momento— a salirle al ruedo a un animal bravísimo que de amor no quiere ni escuchar, a ignorar las señales y mirar a los ojos, justo en medio, y sonreírle de manera descarada y grotesca al final de los tiempos, a abrazar el tedio y el repudio y gritarle cuántos pares son tres moscas a los que escuchan sin inmutarse.

Timing is the answer to success, canta Kevin Johansen después de haberse comido la mierda que todos nos hemos comido.

Así que seguimos temiendo a destiempo, callando a destiempo… La idea se entiende, ¿no? Tarde y en fuera de lugar, quedándonos con cosas por decir, con minutos por correr, con llaves en el bolsillo por entregar, recados por decir, abrazos por dar. Una mezcla de timing y de avaricia, porque hay momentos donde hemos sido todo para todos, para alguien, para quien queríamos serlo, hasta que alguien pensó que quizá lo quería diferente: el beso menos mojado, el mordisco menos duro, el amor más empalagoso y menos libre… Ahí todo se rompe y nada alcanza, y como mudanza de apartamento quedan expuestas y abiertas todas las heridas y los remiendos.

Si vinieran de a una las desgracias y las desgraciadas, si se filaran, si tuvieran orden… Nos gusta pensar que tendríamos oportunidad. Pero la verdad es que cuando la primera aparece, el impacto es devastador: se rompe el piloto del gas, se rompe la ilusión de la suerte, el pago se retrasa, el envío no aparece, los fríjoles se secan, la garganta se seca, las lágrimas se secan, las ganas… El corazón se acurruca en posición fetal e intenta abrazarse sin éxito alguno, sin poder consolarse, sin encontrar una pizca de tranquilidad. Pero no es cierto: cuando hay cagada tras cagada, no hay pañito que no raspe.

También es probable. El azar no se ensaña, no nos determina, ni nos mira a los ojos con una sonrisita burlesca como lo hacemos nosotros cuando nos llamamos astutos por ganarle una mano. No encuentra alegría alguna en la victoria, porque, al igual que en la derrota, era una probabilidad. Y una tras otra, tras otra, tras otra, en fila india e incluso haciendo distancia, parecen filarse para romperme la geta, y entonces uno recuerda que sabios eran los viejos cuando decían:

—Mijo, pise firme, porque cuando uno va de culo, no hay barranco que lo ataje.

Mil palabras

La imagen es poderosa, dicen, que vale más que mil palabras repiten, repiten sin pensar cómo se dicen tantas cosas, la imagen significa, simboliza, representa, pero solo cuando está presa de una mirada activa, solo cuando que quien mira, busca, porque el que busca encuentra, los gestos ofician casi como susurros y permiten intuir contextos, identificar emociones, el lenguaje del cuerpo sujeto a la eternidad.

Sí, una buena imagen es poderosa si se tiene la perspectiva adecuada, la paciencia suficiente y el instinto del momento justo, alguien puede ver una foto y no notar lo que realmente importa, una mirada perdida, una espalda encorvada… hay espacios que no pueden llenarse en los ojos incorrectos, pasa lo mismo con los libros, un gran hombre me dijo un día, un libro puede solamente responder las preguntas que nos hemos hecho, aunque contenga mil respuestas más, si la duda no nos ha visitado, la respuesta no podrá encontrarnos, debe ser por eso que dicen que las respuestas que buscamos suelen estar dentro de nosotros, la dificultad para hallarlas es solo falta tino al cuestionarnos.

Las imágenes son iguales, no solo iguales a lo que retratan, sino iguales a los libros, en esa caso las palabras y las imágenes parecerían ser equivalentes, y aún así la reputación de unas supera a la otras, no hay comparación para la mayoría y quizá se deba a que la imagen simplifica, visibiliza las metáforas aunque engendre otras en su composición, Fibonacci, por ejemplo, establece una perfección estética imposible de aplicar a la escritura, en la imagen podría deducirse entonces que es más intuitiva, un magnetismo que puede volcarte en la imagen más fácil que en la lectura.
Puede ser también que se deba al hecho en que la imagen no se descompone ni se recrea, solo se intuye, pero en el texto la imagen se recrea, cada palabra debe ser precisa para evocarla, un hombre como descriptor carece de fuerza y de sentido único, mientras que la imagen de un hombre es clara para todos, entonces no basta con decir un hombre, hay que decir que es un en un gesto aniñado, sentado en una tarima de madera donde le cuelgan los pies, con la mirada gacha, con los hombros distendidos y con arrugas llenándole el rostro que sugieren que sonríe, aunque la imagen se potencia, aún es pobre, la sonrisa, como bien sabe Leonardo, es poderosa aunque sea sutil, es cómplice y complaciente, es sarcástica y evocativa, puede ser punzante, malvada, puede ser tan diferente una sonrisa de otra que habría que pensar mejor cómo describirla para hacerla clara en la mente, saber qué tanto achina los ojos quién sonríe, qué mira el hombre que sonríe, y qué relación puede tener el objeto con el hombre con el contexto.

Lo baña una luz azulada, su camisa es negra, su postura es ligera aunque él es a todas luces un hombre pesado, extenso y algo parece sostener entre sus manos, será eso que sostiene aquello puede hacerlo aniñarse tanto, al lado hay una copa de vino pero aún así la imagen de ese hombre no disminuido, no achicado sino enniñecido es poderosa, tiene esa fuerza devastadora que a veces tiene el silencio, esa basta intensidad que a veces tiene una idea, ese hombre en esa posición con esa copa de vino, que juega con algo entre sus manos, con su cabello recogido, con sus lentes gruesos ligeramente inclinados, con sus ojos abiertos aunque esquivos, grande y atentos, esa imagen es su idea, o quizá la mía que lo observa, se intuye algo fuerte en ese hombre, algo le pasa, algo lo atraviesa, y es difícil saber porqué pero no puedo dejar de ver la fotografía, de pensar en el hombre de la fotografía, de entender al hombre en la fotografía, soy yo ese hombre me pregunto, no soy yo acaso todos los hombres? Me respondo con otra pregunta, no somos todos un autorretrato del sufrimiento, del llanto, del dolor, de la felicidad, del orgasmo, no somos un tanto todos el mismo hombre, la misma mujer, el mismo niño, al menos en algún momento de nuestras vidas, no somos acaso tan solo un recipiente de una mirada llena que complemente nuestra existencia vacía al llenarla de sí? ¿Aumenta, crece, es poderosa la imagen y poderosa la pregunta, me alejo, un poco, solo un poco, busco otra luz, otro ángulo, busco otro hombre en ese hombre, a otro que no sea yo, se sentiría así el axolotl de Cortázar al verse en el espejo hecho hombre, o al haber visto tantos ojos negros posarse sobre él, seré yo ese axolotl hecho hombre?

Las miradas pesan, siento el peso que despierta mi interés la imagen que me interesa, puedo sentir la intriga de los intrigados por mi intriga despierta, qué mira piensan, por qué lo mira tanto, de tantas maneras, ahora ellos son también un poco yo, y eso me hermana más con el hombre que está sentado en esa tarima un poco sonriente con los ojos esquivos pero atentos al menos a eso que tiene entre sus manos.

Sería difícil retratarlo con palabras pienso, describirlo con palabras, encontrar las palabras adecuadas, las correctas, pero no dejo de pensar en ellas, en él, en mí, en los que ahora son también un poco yo viéndolo a él, algo de especial tiene la imagen que no para de llevarme a su juego a su tiempo que no parece tan lejano.

Intento irme, pero hay algo me llama de nuevo, una sensación de haber dejado algo en esa foto, pero no, no nada se queda, por el contrario, siento que quizá es que yo llevo algo conmigo que antes no tenía, el alma, le estaré robando el alma a ese hombre de la foto, a la foto, estaba acaso mi alma atrapada en la fotografía de un hombre aniñado en una tarima que mira sonriente algo que sostiene entre las manos, busco el nombre de la obra, mil palabras dice.

Punto ciego

Comienza 1932… las cuerdas se rasgan un poco y la melodía comienza a animarse, un acordeón rompe con todo y una voz aguardientosa lanza la promesa: Solía hablarle de ti, de tus ojos al anochecer… Cierro los ojos y me pierdo un poco en una calada profunda, retengo con un poco de tristeza y soledad el humo, lo dejo salir en una bocanada fuerte y alzo el vaso y lo llevo a la boca sin abrir los ojos. La memoria muscular no es privilegio de los deportistas, también lo es de los borrachos.

El equilibrio falla, pero la mente está despierta. La canción la aviva: Jamás pensamos en ser nada más que jóvenes, vimos los barcos partir…, y llega la frase que teje y un poco amarra, como si fuéramos sueños dentro de botellas, a mi alrededor siento los hilos, de ellas, de sus perfumes, de sus aromas, de mis derrotas. Son claras ahora las veces que pude escapar, pero todos somos generales después de la guerra. Era diferente estando allí: se creía de la única forma que puede creerse, con fe ciega. Habría que haber desconfiado más, habría que haber sido más instinto e intuición, pero el habría no existe.

Más allá de la nariz la visión se torna difusa. Nadie tiene una imagen real de sí mismo, estamos un poco condenados a ver al otro; aunque eso que vemos no es tan diferente de lo que él ve de sí: una idea de quién es, una que le es por completo ajena, que intenta construir desde lo que hace, pero que resulta tan lejana como inconsistente. Vemos generalmente a dónde queremos llegar, pero nos es imposible medir la distancia desde donde estamos, establecemos puntos de referencia que nos halan siempre hacia lo que deseamos, lo que esperamos, pero que inevitablemente obliga a aligerar equipaje para acercársele.

Y Parece que lo hacemos, que nos acercamos porque algunas cosas se alejan y se dejan atrás. Podría uno pensar que: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.” Todos somos un poco caballero de la triste figura. Es fácil sentirse fuerte ante leones cansados, por eso tendemos a validarnos por medio del otro. Lo que somos, quienes somos, está mediado por nuestras interacciones con el mundo que nos rodea, y eso es peligroso, porque las redes son buenas trampas precisamente por eso: porque amarran sin darte cuenta. Le ocurre a los peces, a las moscas y a las personas. Es fácil evitar las paredes, los precipicios, pero las redes son distintas: yacen justo en frente con hilos delgados, se extienden alrededor sin ejercer mucha fuerza y se tensan cuando es el momento adecuado. Cuando las notamos, es demasiado tarde…

Todo distrae: la espuma, las burbujas, los aromas, el sol que enceguece, la brisa que obliga a achinar un poco los ojos sin dejar de avanzar. Hay que ser pequeño para evitarlas, hacerse pequeño para colarse entre sus vacíos, para saber rodearlas, o alejarse. Y a veces parecen extenderse tanto que simplemente te cansas. Y cuando notas que el mundo se cierra un poco alrededor, es porque otros cuerpos comienzan a acercarse demasiado. Desconfía de las masas, ese siempre ha sido un buen consejo. Sigue tu instinto. Algo sabe mal, algo huele mal, algo no parece encajar. Si lo ignoras, caerás en esas delgadas que ahogan y asfixian. Deja que otros avancen siguiendo a otros que avanzan, que otros te pierdan de vista, pero nunca renuncies a sentir ese magnetismo que parece llevarte a otro lugar. Se puede perder la vista, pero nunca la mirada. Seguí las conversaciones, la nariz… el secreto de un buen beso es una buena nariz. Al pensarlo, sonrío. Ese momento donde otro dice algo que ya he pensado, que ya he vivido, que ya he intuido, ratifica que hay camino aún por evadir.

Abro los ojos, la luz regresa. Alzo la mano y señalo el vaso. La mesera viene, deja la botella sobre la mesa y se va. No voltea, no me ve ni me escucha. Los puntos ciegos son difíciles de evadir, le susurro al alcanzarla. Y para los dos la suerte está echada. La red un poco nos atrapa. La huelo. Quiero conocerla, pero no olvidé nunca que le tengo ganas. Ella sonríe. —Me gusta que el sol me queme la piel —le digo—. Me gusta sin trampas, sin puntos ciegos.

Cosas en común

Jose, se llamaba Jose y eso le molestaba, en primer lugar porque era agnóstico, en segundo porque para él la ortografía importaba, y llamarse Jose, sabiendo que en verdad debería haberse llamado José, le parecía una doble ofensa, uno de esos secretos que uno lleva consigo y que le pesa y lo jode, como los calvos que desprecian ser calvos, o como casi todos que odiamos el hecho de que nunca alcance para lo que queremos que alcance. Así el nombre lo jodía a él: tener uno de los nombres más comunes del mundo por culpa de un carpintero cornudo al que le trabajó la mujer una paloma, y dos, porque además debía ser José. ¿Cómo era posible que hubiera tantos notarios sin respeto por las letras en el mundo, que se llamaran notarios además y que no notaran la ausencia de una tilde? Cuando ese pensamiento aparecía, se volvía un poco loco.

Caminaba la calle un poco víctima de esa neurosis, intentando evidenciar que era diferente a los 29.946.426 Joses que estaban registrados sobre la faz de la Tierra. Una guerra desgastante y silenciosa, como casi todas las que se libran por convicciones personales de un solo hombre. Valoraba demasiado lo individual como para sentirse parte de un colectivo, y esto al final pasaba factura a la cordura.

Pero así como hallaba razones para impacientarse en cosas absurdas, encontraba también paz en ellas. Le gustaban esas pequeñas rebeldías naturales que le permitían hacer las paces consigo mismo. Ser de clase media ayudaba. Los barrios de clase media tienen un gustito a caos que es difícil de perder y de olvidar; en esos barrios aún hay suficientes niños como para que las calles no estén silenciosas, y suficientes árboles para que las aves tengan ganas de cantar. Hay también otros cantos: gatos callejeros, perros callejeros, borrachos callejeros, y una sinfonía de ollas a presión que, siempre desincronizadas, ablandan carnes, guisos, huesos, granos, y perfuman con un infaltable e indudable toque de comino la mesa de todos. Había razones para disfrutar lo cotidiano; en el barrio de clase media el presente se disfruta… sobre todo porque se está a una mala racha de perdérselo. Todo similar y diferente.

La naturaleza también le brindaba esa idea de asimetría voluntaria: los árboles filados y plantados con intención quirúrgica que crecían extendiendo las ramas buscando rayitos de sol que evadían la autoritaria intención de crecer iguales e igualados; los vuelos de bandadas de pájaros como las golondrinas, más parecidos a enjambres de zancudos o de abejas; y el gusto humano que hacía de las fachadas un popurrí de colores, materiales, revoques, de las ganas de parecer más, de ser más, de alejarse de lo poco que fueron o simplemente de seguir la corriente de lo que los une. Un espectáculo visual que le permitía pensar: así como esos, él; así como él, ellos. Ellas dando una batalla sin enemigo visible, un enfrentamiento al espejo, a veces inconsciente pero gratificante. El único lugar donde todos son felices e iguales son los aquelarres en los que se transforman las visitas de viejas chismosas que fanfarronean con relaciones perfectas inexistentes, y las iglesias donde las santurronas hipócritas alardean de familias perfectas y unidas por voluntad y por fe, aunque no sepan nada de los dolores de sus hijos ni de los miedos de sus maridos.

Toda abundancia es una carencia, por eso ser parte de la mayoría, aunque fuera de manera involuntaria, era algo que lo azuzaba de manera constante hacia los bordes de lo cotidiano y de lo absurdo. A toda costa, alejarse del centro. Por eso fumaba, pero encendía sus cigarrillos con fósforos; dudaba de todo, incluso constantemente de sí mismo. Ante cualquier comodidad aparecía la sospecha. Era necesario para evadir las trampas de la resignación, porque hay movimientos que implican vivirse más que capitalizarse. Uno no puede vivir de escribir, pero puede vivir escribiendo, incluso si escribe mal, pensaba. Ese era su único credo, y por eso su presencia a ella le resultaba tan incómoda. Por eso, cuando encontró su carta sobre la mesa con una frase le bastó:

Ya lo único que tenemos en común es que nos disgusta incluso tu nombre.

Otra ronda

Un hombre muere muchas veces, pero si lo hace por las razones correctas, el espíritu siempre renace.
El Flaco.

Pasa cada tanto, comienzo a intuirme, a encontrarme, a presentirme, a sentirme preso de una anticipación, la de que voy a sorprenderme justo a la vuelta de la esquina, que voy a encontrarme de nuevo en la tienda del Mocho extinguiendo cervezas y cigarrillos, en la isla más larga escuchando una salsa, un bolero y dejando caer la ceniza dentro de la botella; en esos días miro de reojo los charcos de la calle, el reflejo en los vidrios de los edificios y en los espejos dentro de cualquier baño y cualquier bar… con algo de suerte puedo ver qué parte de mí vuelve… qué parte perdida regresa para abrazarme, para hacer las paces conmigo, a decirme al oído: qué onda guacho, ¿cómo va?

Creo que un hombre puede dejar de creer en sí mismo o al menos en algunas versiones de sí; a veces he dejado atrás al de las revoluciones personales, a ese que no se deja domar y rehuye en silencio del confort y el poder, pero siempre vuelve. He dejado atrás varias veces al loco que piensa que vale la pena ser una causa perdida, pero de alguna manera siempre encuentra su camino y me toca un poco las pelotas: al incómodo, al perdido, al inquieto. Pero comienzo a creer que no toman más que vacaciones de mí, que se hastían —como yo de ellos— y se ausentan para volver después con nuevos cuentos.

El hombre es en sí mismo su propio templo, incluso para mí, que dejo constantemente de creer en mí. Así como mi madre necesita de las mismas misas que se repiten de forma cíclica cada ocho días, yo regreso a los libros, a los juegos, al humo, al silencio, a las ideas y los amigos. Los borrachos vuelven a los bares, los locos a las calles, los insensatos al estadio. Se necesita creer en algo, y cuando se hacen bien las cosas a uno mismo —aunque ninguno de los que vuelve, vuelva intacto—.

Se vuelve a la tierra, al barro, a la cancha, al cuadro, se vuelve siempre a donde la vida cobra otro matiz y otro sentido, donde se nota más el pulso. Se despierta de esos largos comas donde puede meterte la idea de haber crecido, de haber madurado, de haber cambiado. Se vuelve y se recupera ese tufito alcoholizado, ese aroma de profesor de filosofía, esa fiebre constante al perseguir un par de piernas, a las ganas, a la Plaza Cortázar, a pedir shots de Bukowski, a colgarse como un espantapájaros de Girondo y a elevar la mirada buscando las que vuelan.

El corazón se acelera cuando pasa, la fuerza se recupera. Se siente bien volver a lo que fue la casa, a la que permitió construirse en un hogar. Se vuelve a crear y a creer en viejos ideales, que por alguna razón envejecen con gracia, no de esos que envejecen con espumas y colores ocres. No, es más como que estás a punto de levantarte de una silla, algo cruje, algo de pintura del alma se rompe y allí hay un corroído exquisito de falsas expectativas, de futuros inconclusos. Y para otros, que podrían no racionalizarlo mucho, pasan desapercibidos y se asustan al verse de frente, frente a cosas que se creían superadas. Pero yo los escucho quebrarse, los veo recuperar un poco el control de las articulaciones, de las papilas gustativas, de las emociones, del dolor de espalda, de la paz en medio de la nada: el hastío como colonia, el tedio como religión…

Y canta como cantaba Mercedes:

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas,
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Pero el dolor pasa y se sonríe, nostálgico, recordando poemas escritos hace 10 o 20 años, propuestas indecentes y sueños apáticos. Y entonces uno sigue cantando:

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,
Por eso, muchacho, no partas ahora soñando el regreso,
Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo…

Y uno camina con la cabeza baja en signo de respeto, recorre sus templos, sus juegos, sus tiempos, toma su lugar y su cuerpo, se sirve un poco de disculpas, escarcha de fracasos un vaso y agrega un poco de rabias, otro poco de tristezas, y extiende su brazo mientras brinda. Porque para los necios, siempre hay dos tazas, dos botellas, dos puchos… otra ronda lista de lamentos.


Miserable

El aroma del pesto invade la cocina, señal de que todo va bien. El aceite hace su fiesta y él sonríe. Ella no sabe bien por qué él hace ese tipo de cosas. “Piensa mal y acertarás”, piensa. “El que a solas se ríe de sus pilatunas se acuerda”, sentencia. Se enfurruña y se aleja. Él no lo nota: cocina. Cocinar le gusta, no lo distrae, lo abstrae, de la misma manera en que leer lo lleva a otro mundo. Él huele, se unta los dedos y saborea. Añade sal y pimienta. No nota su ausencia. En la cocina, su presencia siempre le ha sido esquiva. Quizá porque él no nota que ella nota cómo sonríe. Quizá porque ni siquiera es consciente de que lo hace. Él simplemente está en su salsa, y cuando está así, no nota nada. Le pasa en la cocina, en el trabajo, cuando juega, cuando lee, cuando contempla a sus gatos, cuando es feliz. Quizá ese es el problema: que cuando no está, es feliz. Y su felicidad ausente, lejos de todo, a ella le molesta.

Para él es instintivo: un flujo de movimientos. Pica el ajo, lo añade al aceite y disfruta del sonido. Agrega la cebolla, los pimientos, ralla el tomate. Lo hace con ritmo y sin cortarse, sin empujar de más, sin lastimarse. Es algo que domina. Hay en su ejecución una memoria muscular que suple la técnica. No agarra bien el cuchillo. No puede. Los amola en la piedra que su padre recibió como herencia de su madre, y lo hace mal. Por eso siempre se comban hacia dentro del filo, imitan un poco la curvatura de una garra. Por eso debe inclinar los vegetales y no puede crear cortes pequeñitos, al menos no con ese cuchillo… Su torpeza, como casi todas las repetitivas, tiene algo de gracia, algo que uno no puede dejar de ver cuando puede verlo.

Ella lo ve, pero no ve eso. No lo ve a él en su entrega abnegada, ni el resultado de su repetición. No ve la torpeza, ve solo la frialdad que imagina. Se siente excluida, mientras que él parece perseguir una musa juguetona, construir un mundo aparte y distante. Si le habla, solo encuentra respuestas automáticas, preprogramadas: sí, no, ajam, ujm…
—Ushhhhh… miserable —piensa ella mientras él, embelesado, prueba su salsa, sella sus carnes y dora sus hongos.
—Miserable —piensa de nuevo al verlo ir tras las especias y el vino.

Huele bien. El fondo se desglasa, el vino golpeando el sartén suena y resuena. Hay burbujas. El alcohol se evapora. El aroma embriaga y provoca.
—Le va a encantar —piensa—. Tiene ese toque que a ella le encanta, tiene ese color que vibra y resalta cuando se le escurra un poco por la comisura de los labios, tiene el aroma que la hace bailar antes de provocar bocado. —Piensa y va tras esa sonrisa al cocinarle. Intenta improvisar un poco, seguir también lo que su instinto y apetito le indican: un poco de soya o de salsa inglesa. Se debate mientras que llega a ellas. Un poco de aceite de oliva y pimienta. Toma un poco y lo prueba, degusta, le gusta…
—Prueba —le ofrece. Y entonces lo nota: el rostro le cambia. Lo aprueba, pero está molesta, le deja la espátula para que disfrute.
—Seguro fue un día largo —piensa. Y sin preguntarle, redobla sus esfuerzos: un poco de tocino, algo de mejorana… El fuego en bajo y salta a otra estación…

El sabor un poco le adormece la ira.

—Es un miserable, pero cocina rico —piensa mientras lo mira. Suda. El calor del horno. Ese baile tonto que hace mientras cocina, esa entrega estúpida con la que se entrega a todo lo que no es ella. Esa felicidad fuera de ella la pone celosa y la humilla. Le recuerda que es feliz también sin ella y eso la enciende de nuevo. Eso y el aroma del habanero tatemado que la obliga a toser y la saca de la barra. Es un pimiento antimotín, una nube natural de gas pimienta que la lleva a alejarse y enojarse. Se repliega, pero resiste.

Emplata, decora y quiere hacer un pequeño corazón en el plato, celebrarla, mostrarle que todo ha sido hecho pensando en ella… no tiene la espátula a la mano, la tiene ella en la mano, la ve distraída y le hable.

—La miserable —dice él mientras le señala la mano.
—La miserable —repite él, extendiéndole la mano.
Ella lo oye, pero no lo escucha. “Miserable” es lo único que se queda en sus oídos…
—¡Miserable vos! —le grita y azota la puerta al salir.

A la carta.

Termina el día al comienzo de la madrugada. Jhonathan y David cubrieron el turno de la noche. La cocina está limpia, reluciente, no queda rastro de la batalla. Y aunque hubo muchas felicitaciones, el chef no parece satisfecho. No siente que haya sido un buen día. Son las 3 a. m.; cuando uno trabaja hasta esta hora, es difícil sentir que se tuvo una buena jornada laboral, piensa David sin atreverse a decirlo. Jhonathan ve que lo mira.

—Una foto te dura más, cabezón… ¿qué querés decirme?

La voz del chef es amable y risueña. No sabe acercarse sin lastimar. Es un erizo, él lo sabe y todos lo saben. Ya no lo toma fuera de lugar su reproche.

—Nada, chef. Es solo que no parece feliz, no parece que haya disfrutado la cocina.

—No siempre es fácil. Hoy estuvimos plagados de imbéciles, de esos que, cuando tienen entre las manos el menú, no saben qué es lo que sus dedos tocan ni sus ojos miran. No entienden el peso de las decisiones tomadas. A la mayoría no les importa. La gente elige pensando en la foto que podrá publicar al ordenar el plato. Nos deshicimos de la mayoría al cambiar la carta, al eliminar las fotos, pero aún hay algunos que vienen y piden algo que alguien más pidió, sin tener ningún conocimiento, sin preguntarse qué les gusta o qué les gustaría. Están tan acostumbrados a los domicilios, y eso los convierte en insensatos que terminan eligiendo por la velocidad del plato.

Me pregunto si habrá otros tan desdichados como nosotros, otros que deban ver desde afuera cómo todo aquello que se hace dentro se desprecia. Pienso que es masoquismo, David, que los masoquistas están mal. Si quisieran sentir dolor, deberían dedicarse a la cocina: a quemarse, cortarse, a machucarse los dedos y, sobre todo, a torturarse viendo carnes en el término perfecto de cocción volver al fuego para eliminar la sangre que no existe en ellas. O escuchar las peticiones de postres con leche de almendras, sin azúcar, de cafés americanos… de pastas sin salsas. Es una tortura.

—Cuando pienso en ellos, cierro los ojos, me muerdo los labios. Es como si perdiera el apetito por cocinar. Uno hace lo que hace por pasión, pero necesita del otro. No depende de él, no es su aprobación lo que busco, sino su sorpresa. Uno quiere despertar en el otro algo dormido. Que al probar lo que creamos viaje en sus recuerdos, que encuentre confort, que sepa que algo mejor viene, que lo malo pasará. Uno intenta estimular tanto sus papilas gustativas que quiera utilizar palabras para describirlo, que invente metáforas, que trate de decirle a alguien después que, cuando se tomó esa sopa, se le alegró el día, o que cuando probó esa carne no supo por qué, pero no pudo dejar de recordar ese día en que, en medio de una plaza llena de famas y cronopios, embriagado con vino, supo que al final todo iría de la mejor manera posible. Crear una epifanía que les permita hacer las paces con ellos; que entiendan que no necesitan que todo vaya bien, simplemente que todo vaya, que pueden perder siempre y cuando lo intenten, y que vale la pena hacerlo, porque hay un placer que no reside solo en el hacer ni en el éxito de lo que se hace, uno que está en el ser percibido. Lejos del ego, es por el contrario aquello que vuelve humilde a las personas.

David lo mira, asiente. Hoy el chef está conmovido.

—Toma tiempo, pero piense en los otros, en los más sensatos. Esos que preguntan al mesero qué les recomienda, o si puedes explicarle la carta. Esos que sienten pasión por la cocina, que está allí en las mesas, pero que, cuando están en la cocina, quieren estar junto al fuego, oler, probar, freír, asar. Uno de esos que camina las plazas de mercado persiguiendo los colores y los olores, que sabe que en el tacto hay también parte del gusto, y que hay principios que no se negocian. Ellos también están allí, ellos también ordenan, ellos también comen.

Y cuando no haya suficientes de esos, chef —lo mira, sonríe—, sepa que valía la pena intentarlo. Que uno puede perder, pero que vale la pena hacerlo. Y que uno no necesita que todo vaya bien.

—Papanatas —le dice el chef entre risas—, sos un cretino, pero gracias. Uno a veces tiene las mejores razones para seguirse rompiendo los huevos.

David ríe. —La vida es un mesero mala clase, chef, y al que no quiere caldo le dan dos tazas. Pero al final, cada uno elige a la carta de qué.

—¡Tené cuidado!, le grita Jhonathan a David, —a este paso vas a terminar convertido en crítico y no en Chef.

Agnóstico

—¿Qué crees? —le preguntó con ese tonito con el que le gustaba alejar a la gente. —Nada, no creo nada. No parece que hayas prestado mucha atención. No tengo que elegir si creer o no; el mío no es un problema de fe, ni siquiera es un problema. Mi percepción sobre tus palabras no tiene efecto alguno sobre la realidad tuya. Vos podés hacer lo que querás, porque no me interesa convencerte ni convencerme sobre algo que, al final, es irrelevante.

Escuchó la discusión a lo lejos y no pudo evitar bajar el ritmo y acercarse a la puerta. Eso era habitual, en ese lugar se daban las mejores peleas; la decoloración notoria de una franja de baldosas en el piso daba crédito a ello. Años de práctica lo habían convertido en un aseador furtivo, sabía trapear en silencio, lo hacía ya de una manera tan natural que nadie sospechaba. Había perfeccionado su técnica y por eso sonreía maquiavélicamente.

—¿No creés nada? ¿O no creés en nada, en nadie, ni siquiera en vos? No sabés ni siquiera quién sos, solo sabés lo que hacés, pero ni siquiera sabés por qué lo hacés. Solo estás ahí, haciendo lo que te dicen que debés hacer. Un muñequito sos, un juguetico, sin peso ni precio, gratis salís caro.

Los gritos le duelen, los argumentos le arden. Tienen rabia, hieden a rabia, se nota en la voz, en cómo flaquea la voz, en cómo tiembla. Tiene también algo detrás, un poco de miedo. Un buen chismoso era como un catador de vinos, le gustaba pensar eso después de aquella vez en la que le tocó trapear un reguero por culpa de un sommelier ebrio que continuaba con su performance aletargado y díscolo en una visita cardenal. Y aunque desconocía en el fondo lo que decía, comprendió su arte: encontrar la causa de los efectos. Y ahora, como buen catador de chismes, aplicaba lo aprendido.

Cuando grita, está claro, la intención es clara: quiere herir. Intenta hacerlo enojar para que reaccione como ella quiere. Es una estrategia rastrera y poco útil. A su edad, eso no funciona. Cuando uno está viejo, sabe lo que hace, aunque desde afuera no parezca. Cuando uno está viejo, tiene más cancha, sabe hasta dónde ir, hasta dónde intentar, sabe evitar el desgaste. Pero no la culpo, es un hábito difícil de perder; casi todos los hábitos lo son. Su análisis se ve interrumpido porque, en medio de un tono condescendiente, la discusión continúa.

—Vos tenés derecho a pensar cualquier cosa, incluso a creerla. Podrías incluso decirla, y eso no le agregará nada de realidad a mi realidad. Tu ficción no desvirtúa lo que soy, lo que hago ni las razones por las que lo hago. Te repito, yo no tengo que creer nada. Nada tenés para tentarme porque el día de elegir decidí, y lo repetiría mil veces: salud, salud, salud.

Por dentro estalla una carcajada; por fuera es apenas una sonrisa, similar a la que esboza un lector cuando encuentra un buen chiste en un libro, lo suficiente para no estallar, una pérdida controlada de la emoción… como las ollas a presión: un poco de aire que sale evita el estallido. Él sabe que eso la enoja, la forma en que lo ha dicho lo demuestra. Es un hombre paciente, también llega eso con la edad, pero tiene algo detrás; más que paciencia es falta de interés. Ha entendido que llega un momento en que uno ya no quiere perder, está cansado de perder, no sabe cómo hacerlo bien, no ve sentido en ello. Uno está cansado de justificarse. A la mierda el mundo y sus verdades, a la mierda la gente y sus opiniones, que la chupen todos esos que se entrometen y dictaminan los debe y los debería, porque los motivos, si se tienen claros, son inmunes a las consecuencias y las causas ajenas son, al final, difusas. Ese sabor amargo de vida y de mierda tienen sus palabras. Del tono intuye que el final se acerca, así que silencia su cabeza, agudiza el oído y presta de nuevo atención.

—No creerme es tu problema, no mío. Tu teoría sobre mí es tu problema, no mío. Los deseos de los demás sobre vos son tu problema, no mío.

Al escuchar eso, sonríe. Que él lo diga le confirma que está en lo correcto.

—Yo sé que no lo entendés, no podrías.

Él asiente. No lo conoce lo suficiente, no se ha tomado el trabajo de escarbar. No sabe cómo abrir camino sin arrasarlo.

—Confundís mi tranquilidad con desinterés, mi paciencia con cobardía. Le otorgás mil nombres y razones a algo evidente: estoy cansado. Lo suficientemente cansado para no perseguir. Aquí se usa el don divino; se confía solo en el albedrío. Quien viene, lo hace por gusto, y a nadie se le obliga. No soy un culto.

El sermón ha terminado. Del otro lado de la puerta solo hay silencio. Si lo conociera suficiente, sabría que cuando calla es porque ha dejado de llorar palabras. Todo lo que ha dicho, aunque ha salido por su boca, ha nacido de sus lagrimales. El viejo es un blando, lo que habla siempre le duele. Por algo le cuesta tanto hacerlo. Fuera de su trabajo teme hacerlo, sabe bien cuánto puede llegar a doler una palabra bien encajada, y nada le duele más que una lanzada con mala intención. Sabe que hay accidentes, que a veces los labios se sueltan y escupen vidrio a los ojos. Por eso, cuando se suelta, cuando no encuentra alternativas, lo dice todo y, de repente, calla. Se calla, se guarda, porque se ha abierto el pecho para hacerlo.

—Ella se enfurruña, alza un poco la voz, pero yo sé que el diablo sabe más por viejo que por diablo. la discusión ha terminado, todo está dicho es triste, porque por semanas arrastrará consigo la pena de no haberse podido callar.

Me alejo despacio de la puerta, enjuago la trapera en el balde y escurro. Qué negra sale el agua, qué limpio se ve el piso… que ha sido pasado y repasado por agua sucia, pero la gente lo ve y cree que está limpio; es igual allá adentro, ella cree creer lo que está mal con él; y él cree creer que todo está controlado, que no hay cura para un cura y que solo dios puede juzgar su debilidad, pero cuenta con su misericordia para salir bien librado. Y yo estoy aquí, sintiendo lo mismo que hace diez años cuando llegué a esta parroquia: que de nada vale creer, porque cada quien tiene su credo y es mejor no depositar la fe fuera de uno mismo.

Dormir en paz

Son un poco más de las tres de la mañana. La casa está sola, los gatos despiertos, las ventanas abiertas, la cocina destruida, el baño averiado, la sala llena con los muebles de la nueva cocina. Mauricio llegó hace tres horas en su bicicleta. Trabaja como un burro. El trabajo es lo único que le queda. Trabaja como si eso fuera cierto, aunque no lo es: tiene amigos, tiene vicios, entre ellos el licor y las mujeres. Pero entre semana trabaja como si el trabajo fuera lo único en su vida. Vive como si no tuviera miedo, como si intuyera el camino correcto. No lo hace. Sabe bien que cada paso es en falso, que lo que desea suele ser más rápido que él. Es un mundo de caracoles, piensa. Le gusta esa referencia porque cree que es una metáfora malgastada en matemáticas, cuando debería utilizarse en filosofía. La vida consiste en avanzar y retroceder casi sin notarlo.

Hay una paz en su vida que solo existe cuando él no está presente. Le cuesta darse paz. Hay demasiado ruido cuando despierta, muchas cosas que lo atormentan, demasiada gente en contra. No puede disfrutar de lo que lo rodea, porque por dentro todo está en llamas. No lo adivinarías si lo vieras; no lo aparenta. En realidad, nadie lo hace. A nadie por la calle se le ve realmente una cara que diga que todo está perdido. Y si a alguien se la reconocieras, deberías apartar lentamente la mirada o reconocer tu propia desesperación para apaciguar el dolor que al otro afecta. No es bueno cruzarse con un loco si no se está dispuesto a perder la cordura.

Los gatos corren. No hay mucho viento en esta época del año, así que la vegetación afuera también duerme. Parece ser el cansancio, parece ser la calma que lo inunda todo, pero parece que por fin Mauricio dormirá tranquilo. Lo necesita. Todos lo necesitan. Pero hoy, él de verdad lo necesita. Mañana, si logra dormir lo suficiente, se parará frente al cuadro que hay al salir de su cuarto y leerá el poema con el que intenta reconciliarse con su apartamento. Una casa propia… Siempre lee el título y extraña un poco menos sus ahorros. Como el puto caracol, cambiando ahorros por deuda, piensa. No lo dice en serio, no del todo. No termina de creerlo, pero le cuesta.

Afuera, no maúlla hoy ningún gato callejero. No hay borrachos, no hay fiestas. Podría haberlos, pero está tan cansado que un ruido difícilmente lo despertaría. Está ausente, y hay paz. Pero duerme. Vale bien la pena perdérsela. Hacerlo es también una tregua. Hoy su cerebro ondea bandera blanca. No sueña con entregas o reuniones. De verdad duerme. No recuerda con certeza cuándo fue la última vez que lo había hecho. Podría decirse que está a gusto, pero no: realmente, solo está rendido. Su cuerpo se ha rendido al cansancio. No le ha quedado otra opción más que obedecerlo, y entonces duerme. Por fin duerme.

De repente, siente un movimiento fuerte contrayéndole los músculos. La tensión no disminuye. Siente casi como si un par de manos —¿qué manos?—, de garras, intentaran separárselos. Tiran sin descanso. Él abre los ojos adolorido y asustado. Lleva sus manos a la pantorrilla mientras se retuerce. Intenta soltar esas manos inexistentes masajeándose la pierna, intenta aliviar el dolor con movimientos circulares. Falla en el intento. Se cubre el rostro. Le duele, y no deja de doler. Comienza a estirar a pesar del dolor, y el músculo cede. Se suelta. Lo suelta. Pero él no. El dolor sigue siendo suyo al ver la hora: 3:03 a. m. No ha logrado dormir mucho. Cojea. Le gustaría caminar hacia la nevera. Si pudiera hacerlo, solo encontraría cerveza. No serviría de nada. Está seguro de que, si la tomara, el frío espantaría el poco cansancio que le queda y, con él, la posibilidad de dormir se extinguiría.

Termina el masaje. Los gatos vienen a revisar por qué les interrumpe el juego, por qué los sollozos. Se tira boca arriba y los acaricia. Ellos ronronean y, así, sin darse cuenta, cierra los ojos.