Cuentas pendientes

Mientras que espera fuma, Cristofer, siempre ha fumado, pero nunca con tanta intensidad, da una calada, luego otra, y otra, la ceniza se acumula sin romperse, es frenético, pero delicado, mira el celular, mira de nuevo, solo silencio.

Eso de esperar nunca ha sido lo suyo, apaga la colilla, y se levanta nervioso de la mesa, camina de un lado a otro, no puede quedarse quieto, se rasca la palama de la mano, la cabeza, solo cuando fuma tiene algo de control, el humo lo calma, como a las abejas.

La espera se alarga, pide una cerveza la mira como quien busca respuestas, la toma como quien encuentra una gota esperanza, fuma y toma, sus cuerdas vocales se calientan y se enfrían, eso parece ponerlo en un trance, similar a poner un tiburón panza arriba. Olvida, olvida que espera y su semblante cambia.

Ahora observa, ve a la gente pasar apurada, el sol como un reflector sobre ellos, tienen prisa, y caminan sin notar que hace un buen día, el primer día soleado en semanas pero ellos están corriendo, hacia algún lugar, no lo disfrutan ni lo aprecian, en su rostro incluso se ve el desagrado, no los culpa caminar con el sol encima es molesto, por suerte el tiene su cerveza, pide otra, saca otro cigarro, comienza a perderse en la cotidianidad ajena, a pasear a sus perros con ellos, a imaginar sus conversaciones, a adivinar sus emociones.

Se ve Jovial, ya nada lo inquieta, la mala memoria es felicidad, continúa tomando y fumando, de a pocos hace chistes, brinda con otras mesas, se entrega al momento, y olvida, olvida para que es la plata que tiene en los bolsillos, olvida a quienes espera, y el peligro que representan, olvida que la plata debe estar completa, que no hay más oportunidades, que ya no va a haber más plazos. Él brinda, brinda por la vida, porque a pesar de todo, ha sido buena con él, por sus amigos, aunque está solo, por su familia, aunque se ha alejado de ella, brinda porque cada brindis lo ata a su estado de paz, a su presente eterno, y lo aleja de ese otro presente incierto y eso lo lleva al miedo.

El alcohol no le de valor, pero le quita el miedo, y eso basta, toma, brinda, fuma, ha pasado una hora y ya no le queda un solo pensamiento sobre sus acreedores, ni sobre el pago que debe realizar, ahora le importa es que tiene los bolsillos llenos y la botella vacía, pide y el licor llega. Se levanta y va al baño esquiva el espejo, cuando bebe el espejo le habla, le recrimina, no quiere eso, nada que lo altere, sale sin lavarse las manos, enciende otro cigarro y cuando está por llegar se da cuenta; su mesa no está sola, lo esperan.

—Muchachos, concédanme un último deseo, tómense alguito —Les dice conciliador y coherente, la sobriedad le llegó de golpe, como un shot de tertulia. Se sienta, y comienza a hablar —Seamos razonables, y sensatos, ya sé que voy a morirme, no tienen nadie a quien cobrarle después de a mí, y aún tengo casi la suma que les debo, pero igual van a matarme, así que bebamos hasta alcanzar la mitad, y luego hagan lo que tengan que hacer, piénselo bien, ustedes van a cumplir con su trabajo, a recuperar parte del dinero, y además podrían mientras tanto escapar de ese sol horrible, acá en la sombra, con un par de cervezas, no les parece que una buena idea, véanlo como un último deseo de un condenado a muerte, no van a negarle su último desee a un desahuciado, eso no sería muy cristiano de su parte.

Brindemos, por mi hasta hoy buena salud, por ustedes, no, no es broma, no me mire feo, salud por ustedes, los sensatos, los, el dolor en la quijada le impide seguir hablando, el puñetazo lo deja inconsciente.

Se despierta en un sitio oscuro, amarrado y con cinta en la boca.

—Lo que me debés no es tan poco como pa que lo pagués tan barato, matarte no me da nada, con vos es como con los carros, toca desguazarte.

Mira a su alrededor y ve los recipientes llenos de hielo. Debí pedir Whiskey piensa.

Último minuto

Falta poco, lo presiento, estoy cansado, los golpes son menos certeros, más lentos y aunque siguen siendo pesados, ya no se comparan, la campana puede sonar en cualquier momento, quiero ver a entrenador, quiero ver si alza el dedo y me anuncia que el fin está cerca, dos minutos no parecen mucho en el primer round, pero en el décimo es una eternidad, adentro siempre es diferente, se siente diferente, se vive diferente, el tiempo es relativo, un minuto dentro de la mujer que te gusta, es diferente a un minuto recibiendo golpes en la cara…

Siempre ha sido así, el último minuto es adrenalina, es un cohete despegando, todo se quema, la vida es combustible, el último minuto es el orgasmo a punto de partirte en dos la voluntad, es el último trago con el que los vietnamitas brindar para pedirle a dios que aprenda de sus errores y cree en una próxima oportunidad un mundo más justo, es el llanto de la madre, el orgullo del padre, la risa de los amigos.

Pero llegar a él no es fácil, más en el décimo round, más con las costillas rotas, pero no hay vuelta atrás ya se han recorrido muchos minutos, mueve los pies, esquiva, un jab y mantenlo a distancia, 7 segundos, un gancho, un golpe al cuerpo, 5 segundos más, restan solo 48, puedo lograrlo, creo que puedo lograrlo, quiero lograrlo.

No solo es mi último minuto, es el de mi carrera, Méndez lo sabe, ese viejo loco me preparó siempre para este minuto, no hay forma de perder, aunque voy abajo por puntos, solo tengo que resistir, el momento llegará, siempre lo ha dicho, calma, calma, espera, la defensa baja, en el último minuto la mente se nubla, aguanta, aguanta, respira, la respiración es clave.

Evita las cuerdas, esquiva, llévalo al centro, por la derecha, en el último round hay que ir siempre por el otro lado, y en el último minuto hay que salirse del juego, ya no importa el juego, tiene la derecha atrofiada, cansada, defendió con ella 10 round, tampoco puede atacar con ella, así que si lo ataco por la izquierda no podrá recortar distancia, gancho al cuerpo, esquiva, avanza, 15 segundos, quedan 33 segundos, es suficiente, con eso es suficiente.

Méndez sufre, el gringo se repliega, no entiende el cambio, está perdido, él solo sabe jugar el juego, sin sus reglas se desorienta, falla los golpes, pierde puntos, golpea el aire con una mano cansada, le duele atacar y defender, retrocede, se aleja de las cuerdas, está incómodo.

10 segundos más, quedan 27, intenta mirar a su entrenador, quiere hacer señas, no, hoy no, avanzo, lo atropello, pierde la esperanza de encontrar las indicaciones, titubea, por fin está fuera de sí.

La gente lo nota, es el último minuto, solo en los últimos 15 segundos vuelven a gritar, la gente y su quedarán podrían despertarlo, así que debo aprovechar, finjo un gancho al cuerpo, baja la guardia y golpeo, un golpe seco, violento, un golpe final, un golpe de último minuto, el orgasmo, la sonrisa, el llanto, el orgullo, lleva consigo todo, el último golpe, en el último minuto, la sorpresa, pienso en la tarea de último minuto, en la impotencia que sentí tantas veces cuando perdí la oportunidad, en todos los otros minutos donde no mantuve la calma, la boca me sabe a sangre y a revancha, por fin tengo la palabra adecuada, el poder suficiente, el aire necesario, pienso en eso mientras que cae contra la lona, con la mirada perdida, valió la pena pienso… y la campana suena.

Ocupa

Llueve y no es normal, se cae el cielo, el Uber avanza lento, está enojado, no es mi culpa, él preguntó, quería tanquear pero tengo prisa así que le dije que no puedo, que tengo que llegar pronto a donde voy, él no lo sabe, no le importa y después de mi respuesta no le interesa tampoco pero Isabela me espera, es una artesana que siempre he querido tener cerquita, y hoy está cerca, necesito llegar en los próximos 20 minutos, necesito este polvo, el mes no ha sido fácil. Han pasado 30 días desde que una gotera hizo estragos en mis ahorros. Encontrarla dejó el baño listo para una remodelación y me obligó a parar la que ya estaba haciendo.

Mi casa ya no me pertenece, es del polvo, del ruido, así que necesito ese polvo, la necesito a ella a sus senos grandes, a su boca de fuego, necesito sacarme esta incomodidad de encima, estas cuatro semanas de baños a paños, de repente el carro se detiene, solo se ven luces difuminadas, el Uber dice que no puede manejar así, que no ve, que es peligroso. Es su venganza pienso, solo desea que yo no llegue a mi cita, pasan 15 minutos y no avanzamos ni un centímetro, envío un mensaje de voz que me sabe a mierda: —No voy a llegar, lo lamento Isa, se me quiebra la voz, quería verte, pero la ciudad no está de acuerdo.

El carro se enciende, quizá se ha conmovido, aunque lo dudo, debe ser culpa, un ser que se comporta de esa manera lo hace porque cree en una justicia egoísta, mezquina, en el ojo por ojo y ahora que ha escuchado la despedida con dolor y desesperación sabe que el equilibrio está roto, cree en el karma y tiene miedo, por eso se mueve aunque ya es tarde y no llegaremos, el terminará la noche con su tanque vacío y yo con el mío lleno.

Llegamos y aún llueve, Isabela no está, así que camino desanimado, el cuerpo me pesa, el agua me empapa y no tengo como bañarme al llegar, solo como secarme, no tengo nada donde calentar algo para comer o tomar y con la lluvia así de fuerte, un domicilio sería someter a otro ser humano a mi misma desesperación, la garganta se me hace un nudo, es un nudo que lleva haciéndose semanas, que empezó a nacer cuando picaron tanta baldosa que fue necesario remodelar, uno que se agudizó cuando después de terminado el trabajo hubo que volver a romper porque la gotera persistía, uno que con cada viaje de cerámica, de pegante, de mezcla se apretaba más y más, que estuvo a punto de estallar cuando vio que ya no quedaba el mismo color de piso y que ahora yo tendría que vivir viendo un parche en el suelo, un tono ligeramente más oscuro, menos óxido… —No hay más dijo el vendedor, hay paro en los fabricantes, si no se la lleva hoy, ya no quedará nada que se le parezca.

—La llevo a regaña dientes, la veo y me rechinan, pensando en ese nudo apretándose subo las escalas, tengo frío, abro la puerta, los gatos corren, maúllan tienen hambre, intento prender la luz y chispea el interruptor…

La energía desaparece, no solo de los circuitos eléctricos, sino también de mi vida, me desplomo, sobre los escombros de la cocina, estoy emparamado y el polvo se me pega a la ropa… tampoco tengo lavadora para lavarlo, no tengo nada, Isabela está lejos, también lo está la esperanza, la vida lo único que da a manos llenas es tristezas y angustias.

Soy un ocupa en mi propia casa, estoy desterrado de mí mismo, de mi sueño, ya nada importa pienso, y me acuesto sobre los escombros, los gatos notan que estoy en el piso, se acercan, ronronean y me siento en casa.

La dictadura de las sábanas

Era una mujer jovial, de una risa continua y estridente, alborotada como su cabello y a todas luces encantadora, le gustaba decir que era una sorpresa constante, y en verdad lo era, incluso para ella, cada día encontraba su propio camino y a cada hora un nuevo viento para ir hacia algún lugar o hacia otro, la vida era una posibilidad irresistible, un antojo, un deseo… un arrebato, como su peinado.

De repente llega un mensaje, hace cosquillitas en la entrepierna, de la nada otro no quiero que vengás hoy a dormir, boté tu libro, se me olvidó subir el mercado, salimos de viaje a las 6… así súbitos, sin pistas, inminentes, toda su vida diurna transcurre en un movimiento imposible de predecir o seguir. Ella baila sola, la compañía le viene bien para una o dos canciones, pero después cambia el ritmo, la cadencia, los pasos, solo quiere moverse, desbordarse y entonces no hay pareja que le sirva.

Él era astuto había aprendido con el tiempo que el agua tiene un flujo que no puede controlarse, que los caudales encausados suelen matar la vida, que canalizarla sería lo mismo que perderla porque ya no habría arrollo, ni rápidos, ni cambios, nada de torbellinos ni de piscinas naturales, nada de ella, así que no procuraba cambiarla, y se sentaba a lo lejos cuando ella cambiaba el paso, ya volverá pensaba él si ha devolver se decía a si mismo. A él le gustaba pensarse como un gato, cariñoso cuando se le antojaba, pero cauteloso, cariñoso en la seguridad de la intimidad pero apenas perceptible delante de los demás, así que su relación iba bien sobretodo cuando nadie los veía.

Eran casi exiliados voluntarios, haciéndose compañía en los lugares adecuados, abrazándose, besándose, y curándose las heridas más profundas, con la fuerza justa, con el ritmo justo hasta que llegaba la noche, ahí ambos perdían la guerra contra sí mismos, ella queriendo desconectarse del mundo, apagar pantallas, aislar sonidos, él extendiendo el día, golpeando teclas, jugando y corriendo como un gato a la media noche de un lugar para otro, queriendo leer, cocinar, escuchar música o ver televisión, deseando robarle al día un poco de su vida como lo había hecho la oficina con él y entonces en ese ying y yang que en el día encontraba el equilibrio, en la noche se transformaba en la guerra, y como toda guerra tenía daños colaterales.

Platos, ollas, cenas, botellas de vino sin empezar o sin terminar volaban, cada noche peor, cada noche más oscura, más larga… al final ambos sucumbían al cansancio, y dormían, eso y el aceite de CBD que él usaba para cocinar, eso y el vino que ella tomaba siempre con la cena, eso sumado a las pastillas que ambos tomaban ya en su habitación.

Al despertar, era extraño, el sol a ella le dibujaba una sonrisa, el café a él le despertaba las ganas, follaban cada mañana hasta sacarse la rabia, se mordían, se escupían, se castigaban por su comportamiento del día anterior y al mismo tiempo se complacían a un nivel que siempre los dejaba extrañándose, su intimidad cómplice, su pacto secreto lo sellaban cada mañana viniéndose el uno sobre el otro.

Dictadores de las sábanas, se miraban, se reían, veían la cama desajustada, lejos de donde había empezado la faena, la estamos torturando, pensaban deberíamos pasarla a mejor vida… bromeaban, y cansados se alejaban el uno del otro.

Llegar a la Meta

Sara se venda los pies con la técnica de alguien que lo ha hecho muchas veces, sabe manera la presión, no mucha como para estancar la sangre, sí lo suficiente para darle la estabilidad que su tobillo necesita, Jaime, su novio la mira enfadado continuar con el ritual, agregar una y otra y otra vuelta alrededor de su talón, luego debajo de la planta del pie, estirando muy poco para generar esa tensión que busca.

Él piensa que no es necesario correr en ese estado, que no vale la pena arriesgarse a dañarse el pie, que vendrán otras carreras, que habrá otro momento, otra oportunidad, que puede hacerlo después, que… piensa sobre todo que tiene razón, y olvida que ella no corre solo por ella, que es como un impulso, que esta carrera no comienza hoy, que empezó hace dos años, que ella lleva entrenando un año y medio para enfrentarla, que no empezó sola, que iba a hacerlo con su amiga, que su amiga ya no está, que hace cuatro meses una enfermedad la postró en una cama, que ha desaparecido casi por completo su masa corporal, que ella que le enseñó a correr ahora no puede ni moverse pro sí sola, que quizá fue culpa que ella esté postrada, fue ella la que la convenció de correr el iron man aunque no tenían suficiente preparación, ella la que corría delante de ella y se lanzó el agua encima, ella quien la hizo correr cuando su amiga le había dicho que no podía más…

Pero el accidente cerebro bascular que tuvo Juliana nada tiene que ver con ese vaso de agua lanzado en el rostro, ni con la presión de Sara, el coágulo estaba suelto en su cuerpo, era cuestión de tiempo, la carrera no ha simplemente sido un mal tiempo, pero Sara se culpa, Sara sufre y asume una responsabilidad que no es suya, por eso hoy Sara lastimada, se venda, se venda estirando con precisión, se mide el zapato con la venda, funciona, camina un poco, no duele, está bien piensa y acelera un poco el paso.

Jaime se enfada, desde que empezó a correr Sara parece correr de todo, piensa él sin entender muy bien que no es cierto, pero la vida ha cambiado, el mercado ha cambiado, sus fines de semana han cambiado, él quiere dormir hasta tarde con ella y levantarla con un beso con un desayuno en la cama, con ganas y hacerle el amor con furia, pero desde que Sara empezó a correr, Jaime nunca puede despertarla, y él ni siquiera entiende porqué se enfada cada sábado cuando despierta y ella ya no está a su lado, se siente abandonado, siente que ha corrido demasiado lejos, que ya no puede verla a la distancia, y refunfuña irritado.

Juliana si pudiera le diría a Sara que no corra, que no vale la pena, que puede estar arriesgando su siguiente carrera, incluso podría estar perdiendo la oportunidad de volver a correr, que es como tener novio, que se está perdiendo a todos los demás por uno solo, que dedique a hacer media carrera, que llegar a la meta no siempre es la meta, que vale la pena retirarse a tiempo.

Sara duda, pero la culpa es grande, no lo hago por mí piensa mientras comienza un pequeño trote, se siente más confiada al notar que la venda funciona, se siente mejor y aumenta el paso, Jaime se enfada, Juliana si pudiera le diría que siempre la sorprende, como siempre le decía, le diría que está hecha de hierro, que su cuerpo es un privilegiado, que ella no podría, pero no puede, está conectada a un respirador con el cuerpo entumido.

Sara llega a la línea de salida, aguarda, respira y corre, corre pensando en llegar a la meta, arranca y la cruza al primer paso y entonces todo termina, pisa mal su tobillo no resiste, bastó un paso y está fuera, llora, llora desconsolada, la logística se acerca a ella, no estuvo tan mal le dice el paramédico que la atiende, si lo mira desde esta perspectiva llegaste a la meta.

Tomarle gusto

Dicen que hay sabores naturales y gustos adquiridos, dicen, los que saben, los críticos, los molestos, los quisquillosos que hay cosas que aprendemos a querer a pesar de que el primer, el segundo incluso el tercer contacto no sea el mejor. Sucede con los quesos y los embutidos, con los licores, dicen los que saben dicen que el paladar simplemente no codifica bien sus matices, se abruma y la lengua colapsa, que no resiste la presión y no le queda de otra más que cerrar el apetito…

Yo he aprendido con el tiempo que a ellos pueden gustarle sus quesos putrefactos, sus jamones salados y esos licores que se sirven como bofetadas, se han acostumbrado y ahora según lo que ellos mismos dicen tienen el paladar para disfrutar de sabores que yo no sabría ni siquiera comprender.

No mienten quienes dicen eso que dicen, no puedo apreciar un queso nauseabundo, ni me interesa con qué alimentan al cerdo durante un año para probarlo, no tengo el paladar para encontrar los tonos a mora, tabaco, ni los aromas de lavanda o de zarzamora… no distingo uno del otro, pero he desarrollado otro gusto… a mí me gusta un sabor más fuerte, más abrumador, no solo te cierra el apetito, te cierra la vida si te descuidas. Me gusta ser pobre, Alex pensaba en eso mientras fumaba en su descanso detrás del restaurante donde trabajaba como mesero, había escuchado a muchos someliers hablando de vinos, había visto a muchos chef gritar como desquiciados cuando una carne no estaba del color que le gustaba, también había visto a cientos de niños y niñas lindas dejar su plato servido después de fotografiarlo, todas esas cosas lo enfermaban, Alex vivía con una gastritis punzante, que se agravaba cada vez que un episodio de esos se presentaba, el vino era vino, que importaba a la que oliera, el pollo, el cerdo, el pescado, la res, los cortes raros los desechos, los escupidos y devueltos, la comida en la basura, y su recuerdo de las noches con hambre, de sus vecinos con hambre, de su madre con hambre, la fotos preciosas, con los platos llenos que ni siquiera disfrutaban, le gustaba ser pobre pensaba mientras fumaba.

Jamás  un frívolo engreído, jamás un tonto alienado, prefería acostarse con hambre a convertirse en uno de esos tipos que botaba la comida habiendo gente que se acostaba con hambre, pensaba en su madre fingiendo que no quería cuando solo había una salchicha o un huevo y de inmediato se curaba de los sueños vacíos, de esa estupidez de querer llenarse la barriga con un vino que costaba su año de salario a sabiendas que sus vecinos se acostarían con hambre, Alex le había tomado gusto a conocer el valor de las cosas, a saber de las necesidades y conocerlas, su paladar sabía encontrar un sabor que para ellos, refinados sin entendimiento ni causa era imposible, el sabor del último plato compartido, los años que se había añejado el deseo de compartir con los suyos, el color de un guiso, aunque no tuviera más que cebolla.

Ellos no lo sabrán nunca, y no extrañarán como él los tamales de la abuela, ni los cafés con su tío, jamás sabrán el sabor que tiene un sánguche con mortadela compartido, esos bastardos no tienen el paladar, una sola prueba de mi realidad los dejaría con la guardia baja, con la boca abrumada, con las tripas hechas corazón, él lo sabía, lo había formado, tenía las vísceras para ver a la pobreza a la cara y decirle: Me gustas.

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Al límite

Son las 8 de la noche y siento ganas, quiero sentirte aquí, cerquita, como un vicio te necesito, sé que es mentira, pero te quiero cerca, hago equilibrio y camino por tus deseos y los míos, sabes, no somos tan distintos, los opuestos se tocan en los bordes, y por eso vos y yo caminamos sobre la misma línea, al menos en una o dos cosas importantes.

Si lo entendieras sabrías donde conectar, pero insistes en irte al otro polo, en repelerme, no te das cuenta, pero estamos al límite, en ese borde, pero está bien, a veces pareciera que no solo caminamos en bordes diferente sino también en sentido contrario, pareciera que solo así me vieras, como esas personas que solo se ven cuando es inevitable, como el carro que solo ve una dirección e invade un carril en un giro prohibido para encontrarse de frente el karma, el destino, el castigo e impacta a un motociclista que avanza sin cometer infracciones, como esa gente que va tan pegada al celular que choca de frente con alguien que camina tranquilo conversando y tras recibir el golpe, ambos perplejos miran desconcertados a los causantes ausentes.

Al límite como los escritores que terminan sus noticias viendo en el reloj la cuenta regresiva de la imprenta consumirse, vos no lo sabés, ellos no lo saben, yo tampoco, no tengo ni idea de que estamos tan distantes porque en proximidad nos vemos frente a frente, pero los caminos tienen rumbos distintos… es como ese boxeador que va ganando por puntos, pero está a punto de perder por nocaut, vamos así sin saberlo corriendo con el sombrero en la mano para deslizarnos por debajo de la puerta, el balón en el aire rumbo al aro con el reloj en cero.

No hay otra forma de vivir pienso, no vale la pena de otra manera, pero lo cierto es que no lo creo, es tonto ser terco cuando los límites se marcan, cuando las distancias se establecen, vos y yo vamos a lugares diferentes, así que al carro le hará falta acelerar un poco más para crear la ventana de tiempo adecuada para que la moto pase sin problemas y la estrella, el reloj de la imprenta lanzará la alarma y el escritor acelerado verá partir su oportunidad de sacar primero la nota, porque una llamada para confirmar la información no llegó a tiempo, tras tres jabs consecutivos el boxeador bajará la guardia y un uper cut de derecha lo dejará inconsciente en el suelo, el balón golpeará el tablero, el aro, bailará sobre él y al final cuando todos creen que sí, la fuerza será demasiada y saldrá por el lado derecho del tablero, e Indiana Jhones no lo logra, no es la escena final, sino cualquier ensayo, uno malo, tropezaremos, o quizá no podremos agarrar el sombrero al deslizarnos, nadie dice corte, no se imprime y la escena se repite.

Al límite del entendimiento, pero aún así despiertos, enfrentamos la duda, la enfrento yo, tú no sabes qué estoy pensando, no conoces este límite, esta idea, nunca pude contártela, somo una casa tomada, ruidos y presencias nos expulsan el uno del otro, nos alejamos sintiendo la presión, es un movimiento similar a una prensa hidráulica, algo nos desplaza, algo externo creemos, pero no somos nosotros, que no nos vemos al borde, en el último extremo, al límite de nuestras decisiones, y continuamos entonces yéndonos sin saber lo que hacemos, sin entender que desde antes de empezar a notarlo fuimos siempre solo una línea paralela acercándose hasta casi tocarse.

Pero para los límites, casi no vale, tenemos límites que nos fijan a un espacio en el tiempo, y desde cerca nos vemos partir. Son las 8:15 ya no pienso en verte, ni en tenerte cerca, el gato vomita debajo de la cama.

Acarreos

Iván había trabajado 40 años haciendo acarreos, no eran pocos y salvo unos días de vacaciones por fuera o un par de lesiones de rodilla o de columna, y curiosamente una uña encarnada, 13 veces la misma uña, siempre el mismo lugar y por causas similares apoyar el peso de algo en él, generalmente neveras, pero se negaba a usar botas con protección, suficientemente incómodo era ya cargar camas, tablas, colchones y electrodomésticos con sus 70 kilos para agregarles más peso a sus pasos, que se caiga el dedo sino aguanta el trabajo decía como si pudiera conseguir otro.

En esos 40 años y cientos de mudanzas había algo que no cambiaba, un ritual que hace la gente, después de recoger todo, de empacar todo, miraban hacia atrás una última vez, a veces con miedo, a veces con alivio, la gente pensaba él para él, cree que se va dejando todo, escapando de todo… pobres, los fantasmas son los primeros en empacar.

Y cuando no empacan pues ya habitan a donde llegan, la gente cree que son los únicos que escapan de algo, sin pensar que adonde llegan todo los está esperando ya, en cada prenda, caja, libro cargan el peso de los recuerdos, es más muchos de esos fantasmas nacen ahí precisamente, al remover cosas, al encontrar cosas, cartas, camisetas, anillos, aretes, BOMBAS atómicas para la moral, porque cuando los encuentran uno puede ver como se rompen frente al peso de ellos, como su cuerpo cede, como su alma cansada se rinde, y se entrega al dolor.

Si no pasa al empacar, porque han tenido la suerte de que es él o algún otro el que ha empacado o porque en una ira arrasadora había destruido ya toda prueba y recuerdo… ilusos, no saben que las ausencias también recuerdan y llegan a espacios vacíos donde ese portarretratos luciría perfecto, donde la bicicleta, el peluche, su ropa, en cualquier lugar posible ella, él, ellos podían existir, jugar y ese espacio vacío se llenaba de recuerdos y su felicidad se destrozaba…

Los fantasmas no habitan espacios pensaba Iván siempre que veía a la gente cabizbaja antes de irse o recién al llegar, los fantasmas habitan almas, los dolores no se evaden ni se evitan, pensaba Iván cada que apoyaba una nevera en su dedo, sino aguanta el trabajo que se caiga, y caminaba el resto de la tarde con un cojeo divertido.

Él sabia lidiar con sus dolores, tres cervezas eran mejor que cualquier analgésico, mejor cojear que llorar así solo en medio de tanto y en medio de nada, mejor pensaba Iván mientras intentaba acomodar el peso de un televisor, mejor un espasmo o su lumbago que un corazón herido, porque también sabía que dolía mucho mas lo que no se rompía, lo que se abollaba, eso que maltrecho sobrevivía aparentemente intacto, un rayón, una pequeña peladura, eso dolía, lo roto con el tiempo curaba, pero lo herido podía doler para siempre.

Su torpeza era insignificante, el mundo era un lugar mucho más rudo que sus manos llenas de cayos, frágil no era el cristal ni la porcelana, no eran los trofeos, ni los floreros, frágiles eran las personas, e iban por ahí llenos de cinticas, con sus dolores acomodados entre plástico de burbujas, icopor y papel periódico, de espumas y mallas fingiendo que todo había quedado atrás, fingiendo que solo necesitaban un lugar nuevo para escapar de los casi que no habían ocurrido y para dejar atrás todos los ojalá no hubiera pasado, imbéciles pensaba Iván, cargando a todo lado con todo los odiaba, sobretodo a aquellos que no podían llevarse sus miserias a sitios con ascensor.

VIP

La historia no vende asientos, los otorga, asientos de primera clase, de segunda, económica, VIP, Patrocinador, acceso al stage, te convierte incluso en protagonista o en actor de reparto, o dejarte por fuera de todo en un pestañeo, eso pensaba Francisco desde su boleto general, emputado como estaba de su maldita suerte, de estar detrás todos esos, sabía que también podía haberse quedado por fuera, pero el consuelo era poco.

Él quería un mejor lugar, él quería justicia para él, era su noche, no podía ser cierto que en el show que siempre había querido estar, fuera a suceder con él fuera de la primera línea, si alguien debía estar ahí era él, solo él, pero no, la vida había repartido las cartas y le había dado para jugar una mano de mierda, sin suficiente dinero ni oportunidades, por eso estaba condenado a ser siempre silla general, económica o aquedarse por fuera.

Ni protagonista, ni actor de reparto, un nadie pensaba cada vez más desconsolado, a su lado Susana está emocionada, lleva esperando este momento toda su vida igual que él, pero a ella no le importa estar a unos 15 metros del escenario, está cerca y será real, los verá en vivo, los escuchará en vivo, sabe cuales son las canciones, las conoce de memoria y aún así sabe que va a llorar al escucharlas, sabe cuando va a llorar más, pero no le importa, está ahí por fin.

Cerca a ellos está Andrea, no sabe quienes son los que están, ni los que siguen, está ahí solo porque había que estar, era el plan del finde, la foto perfecta, la fiesta de la que se va a hablar, y por eso era razón suficiente.

Doña Raquel codea, golpea, empuja –chicles, guaro, cigarrillos –grita, grita con fuerza mientras que empuja con más fuerza, mientras codea con más fuerza, ella está ahí aguantando frío y hambre porque si vende lo suficiente podrá asegurarse el mes de la pensión, y si vende bien incluso sueña con comer dos veces al día por una semana, no sabe dónde está, no tienen tiempo para maravillarse con la pinta de la gente, con su alegría o su tristeza, no ve los colores, lo único que ve ella son billetes, ella va por los billetes.

Lejos del bullicio sufriendo en silencio están algunos cocineros, meseros, al menos voy a escucharlos piensan, no puedo verlos, pero sabré que son ellos, quizá pueda pedir mi permiso y escucharlos 10 minutos, serán suficiente piensan, esa idea los ha hecho aguantar estoicamente de pie 8 horas, sin ir ni siquiera al baño y así continúa la espera para Francisco, Susana, Andrea así continúa el agosto para Doña Raquel y el jornal de los jornaleros.

De repente se enciende una sola luz, 4 hombres caminan al escenario y la tensión de todos aumenta. No tiene buena pinta piensan todos, su ansiedad, su rabia, su desazón, su alegría se convierte en miedo, y entonces hablan y el escenario enmudece…

La historia reparte asientos sin ningún criterio, el concierto se cancela, la banda nunca llega, ahora todos son VIP, primera fila para escuchar la trágica noticia.