Llegar a la Meta

Sara se venda los pies con la técnica de alguien que lo ha hecho muchas veces, sabe manera la presión, no mucha como para estancar la sangre, sí lo suficiente para darle la estabilidad que su tobillo necesita, Jaime, su novio la mira enfadado continuar con el ritual, agregar una y otra y otra vuelta alrededor de su talón, luego debajo de la planta del pie, estirando muy poco para generar esa tensión que busca.

Él piensa que no es necesario correr en ese estado, que no vale la pena arriesgarse a dañarse el pie, que vendrán otras carreras, que habrá otro momento, otra oportunidad, que puede hacerlo después, que… piensa sobre todo que tiene razón, y olvida que ella no corre solo por ella, que es como un impulso, que esta carrera no comienza hoy, que empezó hace dos años, que ella lleva entrenando un año y medio para enfrentarla, que no empezó sola, que iba a hacerlo con su amiga, que su amiga ya no está, que hace cuatro meses una enfermedad la postró en una cama, que ha desaparecido casi por completo su masa corporal, que ella que le enseñó a correr ahora no puede ni moverse pro sí sola, que quizá fue culpa que ella esté postrada, fue ella la que la convenció de correr el iron man aunque no tenían suficiente preparación, ella la que corría delante de ella y se lanzó el agua encima, ella quien la hizo correr cuando su amiga le había dicho que no podía más…

Pero el accidente cerebro bascular que tuvo Juliana nada tiene que ver con ese vaso de agua lanzado en el rostro, ni con la presión de Sara, el coágulo estaba suelto en su cuerpo, era cuestión de tiempo, la carrera no ha simplemente sido un mal tiempo, pero Sara se culpa, Sara sufre y asume una responsabilidad que no es suya, por eso hoy Sara lastimada, se venda, se venda estirando con precisión, se mide el zapato con la venda, funciona, camina un poco, no duele, está bien piensa y acelera un poco el paso.

Jaime se enfada, desde que empezó a correr Sara parece correr de todo, piensa él sin entender muy bien que no es cierto, pero la vida ha cambiado, el mercado ha cambiado, sus fines de semana han cambiado, él quiere dormir hasta tarde con ella y levantarla con un beso con un desayuno en la cama, con ganas y hacerle el amor con furia, pero desde que Sara empezó a correr, Jaime nunca puede despertarla, y él ni siquiera entiende porqué se enfada cada sábado cuando despierta y ella ya no está a su lado, se siente abandonado, siente que ha corrido demasiado lejos, que ya no puede verla a la distancia, y refunfuña irritado.

Juliana si pudiera le diría a Sara que no corra, que no vale la pena, que puede estar arriesgando su siguiente carrera, incluso podría estar perdiendo la oportunidad de volver a correr, que es como tener novio, que se está perdiendo a todos los demás por uno solo, que dedique a hacer media carrera, que llegar a la meta no siempre es la meta, que vale la pena retirarse a tiempo.

Sara duda, pero la culpa es grande, no lo hago por mí piensa mientras comienza un pequeño trote, se siente más confiada al notar que la venda funciona, se siente mejor y aumenta el paso, Jaime se enfada, Juliana si pudiera le diría que siempre la sorprende, como siempre le decía, le diría que está hecha de hierro, que su cuerpo es un privilegiado, que ella no podría, pero no puede, está conectada a un respirador con el cuerpo entumido.

Sara llega a la línea de salida, aguarda, respira y corre, corre pensando en llegar a la meta, arranca y la cruza al primer paso y entonces todo termina, pisa mal su tobillo no resiste, bastó un paso y está fuera, llora, llora desconsolada, la logística se acerca a ella, no estuvo tan mal le dice el paramédico que la atiende, si lo mira desde esta perspectiva llegaste a la meta.

Tomarle gusto

Dicen que hay sabores naturales y gustos adquiridos, dicen, los que saben, los críticos, los molestos, los quisquillosos que hay cosas que aprendemos a querer a pesar de que el primer, el segundo incluso el tercer contacto no sea el mejor. Sucede con los quesos y los embutidos, con los licores, dicen los que saben dicen que el paladar simplemente no codifica bien sus matices, se abruma y la lengua colapsa, que no resiste la presión y no le queda de otra más que cerrar el apetito…

Yo he aprendido con el tiempo que a ellos pueden gustarle sus quesos putrefactos, sus jamones salados y esos licores que se sirven como bofetadas, se han acostumbrado y ahora según lo que ellos mismos dicen tienen el paladar para disfrutar de sabores que yo no sabría ni siquiera comprender.

No mienten quienes dicen eso que dicen, no puedo apreciar un queso nauseabundo, ni me interesa con qué alimentan al cerdo durante un año para probarlo, no tengo el paladar para encontrar los tonos a mora, tabaco, ni los aromas de lavanda o de zarzamora… no distingo uno del otro, pero he desarrollado otro gusto… a mí me gusta un sabor más fuerte, más abrumador, no solo te cierra el apetito, te cierra la vida si te descuidas. Me gusta ser pobre, Alex pensaba en eso mientras fumaba en su descanso detrás del restaurante donde trabajaba como mesero, había escuchado a muchos someliers hablando de vinos, había visto a muchos chef gritar como desquiciados cuando una carne no estaba del color que le gustaba, también había visto a cientos de niños y niñas lindas dejar su plato servido después de fotografiarlo, todas esas cosas lo enfermaban, Alex vivía con una gastritis punzante, que se agravaba cada vez que un episodio de esos se presentaba, el vino era vino, que importaba a la que oliera, el pollo, el cerdo, el pescado, la res, los cortes raros los desechos, los escupidos y devueltos, la comida en la basura, y su recuerdo de las noches con hambre, de sus vecinos con hambre, de su madre con hambre, la fotos preciosas, con los platos llenos que ni siquiera disfrutaban, le gustaba ser pobre pensaba mientras fumaba.

Jamás  un frívolo engreído, jamás un tonto alienado, prefería acostarse con hambre a convertirse en uno de esos tipos que botaba la comida habiendo gente que se acostaba con hambre, pensaba en su madre fingiendo que no quería cuando solo había una salchicha o un huevo y de inmediato se curaba de los sueños vacíos, de esa estupidez de querer llenarse la barriga con un vino que costaba su año de salario a sabiendas que sus vecinos se acostarían con hambre, Alex le había tomado gusto a conocer el valor de las cosas, a saber de las necesidades y conocerlas, su paladar sabía encontrar un sabor que para ellos, refinados sin entendimiento ni causa era imposible, el sabor del último plato compartido, los años que se había añejado el deseo de compartir con los suyos, el color de un guiso, aunque no tuviera más que cebolla.

Ellos no lo sabrán nunca, y no extrañarán como él los tamales de la abuela, ni los cafés con su tío, jamás sabrán el sabor que tiene un sánguche con mortadela compartido, esos bastardos no tienen el paladar, una sola prueba de mi realidad los dejaría con la guardia baja, con la boca abrumada, con las tripas hechas corazón, él lo sabía, lo había formado, tenía las vísceras para ver a la pobreza a la cara y decirle: Me gustas.

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Al límite

Son las 8 de la noche y siento ganas, quiero sentirte aquí, cerquita, como un vicio te necesito, sé que es mentira, pero te quiero cerca, hago equilibrio y camino por tus deseos y los míos, sabes, no somos tan distintos, los opuestos se tocan en los bordes, y por eso vos y yo caminamos sobre la misma línea, al menos en una o dos cosas importantes.

Si lo entendieras sabrías donde conectar, pero insistes en irte al otro polo, en repelerme, no te das cuenta, pero estamos al límite, en ese borde, pero está bien, a veces pareciera que no solo caminamos en bordes diferente sino también en sentido contrario, pareciera que solo así me vieras, como esas personas que solo se ven cuando es inevitable, como el carro que solo ve una dirección e invade un carril en un giro prohibido para encontrarse de frente el karma, el destino, el castigo e impacta a un motociclista que avanza sin cometer infracciones, como esa gente que va tan pegada al celular que choca de frente con alguien que camina tranquilo conversando y tras recibir el golpe, ambos perplejos miran desconcertados a los causantes ausentes.

Al límite como los escritores que terminan sus noticias viendo en el reloj la cuenta regresiva de la imprenta consumirse, vos no lo sabés, ellos no lo saben, yo tampoco, no tengo ni idea de que estamos tan distantes porque en proximidad nos vemos frente a frente, pero los caminos tienen rumbos distintos… es como ese boxeador que va ganando por puntos, pero está a punto de perder por nocaut, vamos así sin saberlo corriendo con el sombrero en la mano para deslizarnos por debajo de la puerta, el balón en el aire rumbo al aro con el reloj en cero.

No hay otra forma de vivir pienso, no vale la pena de otra manera, pero lo cierto es que no lo creo, es tonto ser terco cuando los límites se marcan, cuando las distancias se establecen, vos y yo vamos a lugares diferentes, así que al carro le hará falta acelerar un poco más para crear la ventana de tiempo adecuada para que la moto pase sin problemas y la estrella, el reloj de la imprenta lanzará la alarma y el escritor acelerado verá partir su oportunidad de sacar primero la nota, porque una llamada para confirmar la información no llegó a tiempo, tras tres jabs consecutivos el boxeador bajará la guardia y un uper cut de derecha lo dejará inconsciente en el suelo, el balón golpeará el tablero, el aro, bailará sobre él y al final cuando todos creen que sí, la fuerza será demasiada y saldrá por el lado derecho del tablero, e Indiana Jhones no lo logra, no es la escena final, sino cualquier ensayo, uno malo, tropezaremos, o quizá no podremos agarrar el sombrero al deslizarnos, nadie dice corte, no se imprime y la escena se repite.

Al límite del entendimiento, pero aún así despiertos, enfrentamos la duda, la enfrento yo, tú no sabes qué estoy pensando, no conoces este límite, esta idea, nunca pude contártela, somo una casa tomada, ruidos y presencias nos expulsan el uno del otro, nos alejamos sintiendo la presión, es un movimiento similar a una prensa hidráulica, algo nos desplaza, algo externo creemos, pero no somos nosotros, que no nos vemos al borde, en el último extremo, al límite de nuestras decisiones, y continuamos entonces yéndonos sin saber lo que hacemos, sin entender que desde antes de empezar a notarlo fuimos siempre solo una línea paralela acercándose hasta casi tocarse.

Pero para los límites, casi no vale, tenemos límites que nos fijan a un espacio en el tiempo, y desde cerca nos vemos partir. Son las 8:15 ya no pienso en verte, ni en tenerte cerca, el gato vomita debajo de la cama.

Acarreos

Iván había trabajado 40 años haciendo acarreos, no eran pocos y salvo unos días de vacaciones por fuera o un par de lesiones de rodilla o de columna, y curiosamente una uña encarnada, 13 veces la misma uña, siempre el mismo lugar y por causas similares apoyar el peso de algo en él, generalmente neveras, pero se negaba a usar botas con protección, suficientemente incómodo era ya cargar camas, tablas, colchones y electrodomésticos con sus 70 kilos para agregarles más peso a sus pasos, que se caiga el dedo sino aguanta el trabajo decía como si pudiera conseguir otro.

En esos 40 años y cientos de mudanzas había algo que no cambiaba, un ritual que hace la gente, después de recoger todo, de empacar todo, miraban hacia atrás una última vez, a veces con miedo, a veces con alivio, la gente pensaba él para él, cree que se va dejando todo, escapando de todo… pobres, los fantasmas son los primeros en empacar.

Y cuando no empacan pues ya habitan a donde llegan, la gente cree que son los únicos que escapan de algo, sin pensar que adonde llegan todo los está esperando ya, en cada prenda, caja, libro cargan el peso de los recuerdos, es más muchos de esos fantasmas nacen ahí precisamente, al remover cosas, al encontrar cosas, cartas, camisetas, anillos, aretes, BOMBAS atómicas para la moral, porque cuando los encuentran uno puede ver como se rompen frente al peso de ellos, como su cuerpo cede, como su alma cansada se rinde, y se entrega al dolor.

Si no pasa al empacar, porque han tenido la suerte de que es él o algún otro el que ha empacado o porque en una ira arrasadora había destruido ya toda prueba y recuerdo… ilusos, no saben que las ausencias también recuerdan y llegan a espacios vacíos donde ese portarretratos luciría perfecto, donde la bicicleta, el peluche, su ropa, en cualquier lugar posible ella, él, ellos podían existir, jugar y ese espacio vacío se llenaba de recuerdos y su felicidad se destrozaba…

Los fantasmas no habitan espacios pensaba Iván siempre que veía a la gente cabizbaja antes de irse o recién al llegar, los fantasmas habitan almas, los dolores no se evaden ni se evitan, pensaba Iván cada que apoyaba una nevera en su dedo, sino aguanta el trabajo que se caiga, y caminaba el resto de la tarde con un cojeo divertido.

Él sabia lidiar con sus dolores, tres cervezas eran mejor que cualquier analgésico, mejor cojear que llorar así solo en medio de tanto y en medio de nada, mejor pensaba Iván mientras intentaba acomodar el peso de un televisor, mejor un espasmo o su lumbago que un corazón herido, porque también sabía que dolía mucho mas lo que no se rompía, lo que se abollaba, eso que maltrecho sobrevivía aparentemente intacto, un rayón, una pequeña peladura, eso dolía, lo roto con el tiempo curaba, pero lo herido podía doler para siempre.

Su torpeza era insignificante, el mundo era un lugar mucho más rudo que sus manos llenas de cayos, frágil no era el cristal ni la porcelana, no eran los trofeos, ni los floreros, frágiles eran las personas, e iban por ahí llenos de cinticas, con sus dolores acomodados entre plástico de burbujas, icopor y papel periódico, de espumas y mallas fingiendo que todo había quedado atrás, fingiendo que solo necesitaban un lugar nuevo para escapar de los casi que no habían ocurrido y para dejar atrás todos los ojalá no hubiera pasado, imbéciles pensaba Iván, cargando a todo lado con todo los odiaba, sobretodo a aquellos que no podían llevarse sus miserias a sitios con ascensor.

VIP

La historia no vende asientos, los otorga, asientos de primera clase, de segunda, económica, VIP, Patrocinador, acceso al stage, te convierte incluso en protagonista o en actor de reparto, o dejarte por fuera de todo en un pestañeo, eso pensaba Francisco desde su boleto general, emputado como estaba de su maldita suerte, de estar detrás todos esos, sabía que también podía haberse quedado por fuera, pero el consuelo era poco.

Él quería un mejor lugar, él quería justicia para él, era su noche, no podía ser cierto que en el show que siempre había querido estar, fuera a suceder con él fuera de la primera línea, si alguien debía estar ahí era él, solo él, pero no, la vida había repartido las cartas y le había dado para jugar una mano de mierda, sin suficiente dinero ni oportunidades, por eso estaba condenado a ser siempre silla general, económica o aquedarse por fuera.

Ni protagonista, ni actor de reparto, un nadie pensaba cada vez más desconsolado, a su lado Susana está emocionada, lleva esperando este momento toda su vida igual que él, pero a ella no le importa estar a unos 15 metros del escenario, está cerca y será real, los verá en vivo, los escuchará en vivo, sabe cuales son las canciones, las conoce de memoria y aún así sabe que va a llorar al escucharlas, sabe cuando va a llorar más, pero no le importa, está ahí por fin.

Cerca a ellos está Andrea, no sabe quienes son los que están, ni los que siguen, está ahí solo porque había que estar, era el plan del finde, la foto perfecta, la fiesta de la que se va a hablar, y por eso era razón suficiente.

Doña Raquel codea, golpea, empuja –chicles, guaro, cigarrillos –grita, grita con fuerza mientras que empuja con más fuerza, mientras codea con más fuerza, ella está ahí aguantando frío y hambre porque si vende lo suficiente podrá asegurarse el mes de la pensión, y si vende bien incluso sueña con comer dos veces al día por una semana, no sabe dónde está, no tienen tiempo para maravillarse con la pinta de la gente, con su alegría o su tristeza, no ve los colores, lo único que ve ella son billetes, ella va por los billetes.

Lejos del bullicio sufriendo en silencio están algunos cocineros, meseros, al menos voy a escucharlos piensan, no puedo verlos, pero sabré que son ellos, quizá pueda pedir mi permiso y escucharlos 10 minutos, serán suficiente piensan, esa idea los ha hecho aguantar estoicamente de pie 8 horas, sin ir ni siquiera al baño y así continúa la espera para Francisco, Susana, Andrea así continúa el agosto para Doña Raquel y el jornal de los jornaleros.

De repente se enciende una sola luz, 4 hombres caminan al escenario y la tensión de todos aumenta. No tiene buena pinta piensan todos, su ansiedad, su rabia, su desazón, su alegría se convierte en miedo, y entonces hablan y el escenario enmudece…

La historia reparte asientos sin ningún criterio, el concierto se cancela, la banda nunca llega, ahora todos son VIP, primera fila para escuchar la trágica noticia.

Con la suerte echada

Hay boxeadores “malos”, ustedes incluso les llaman malísimos, más que boxeadores parecen masoquistas leí que escribieron alguna vez, y que describieron su falta de técnica, su defensa baja, su ritmo lento… esos “malos” boxeadores como ustedes los llaman son los mejores hombres del mundo.

Así empezó hablando corazón de hierro Mendez cuando llegó con su título de peso pesado, el nombre había salido de la prensa, debido a que en el combate que había ganado el título había resistido una paliza brutal durante 11 rounds y en el último, con un gancho letal, un gancho de orgullo herido había logrado impactar la quijada el campeón y hacerse con el título por KO.

Esto quiero que lo sepan porque los que tienen corazón de hierro son ellos, yo nunca he sido mejor que ellos y no quiero que me llamen así, a ellos pertenece ese título, a mí díganme puño de gorila, mano de hierro, rocazo no me importa si no es bueno, ni sonoro, al fin y al cabo, mi golpe es seco.

Pero esos, a los que ustedes les dicen malos boxeadores son hombres que saben pelear sin tirar golpes bajos ni atajos, sin herir, pelean para proteger, pelean por las causas justas, no van al cuadrilátero por la gloria, están ahí por algo infinitamente más grande, para encontrar paz.

A los medios que no entiendan a lo que me refiero y a los que sospechen que estas palabras no son del todo mías no se equivocan, pero tengo un jefe de prensa que entendió lo que quería decir. En el box no hay niños ricos, ni guapos, hay hombres toscos, rudos, con cara de mecánico engrasado, de habitante de calle y callejón, no hay ninguno que haya estudiado antes de ser boxeador, esas oportunidades no nos toman ni por sparring, cuando se calza los guantes lo hace porque su suerte está echada, este un deporte exclusivo de pobres, podres diablos, pobres económicamente, sin apellidos prestantes, sin amigos influyentes, porque nadie que pueda elegir, de verdad elegir elegiría calzarse los guantes contra otro que es más rápido, mejor pegador, o que tiene más técnica.

¿Se entiende? Quiero que me entiendan, a los tipos como ellos y como nosotros, es decir, lo que logran ganar algo o los que nunca ganan nada sobre el cuadrilátero no gusta el box, nos encanta, estamos vivos por él y gracias a él, pero nunca fue realmente una lección, porque cuando uno es pobre uno no es libre de escoger, uno se acomoda, uno aprende a aguantar, la vida nos pega desde chiquitos, no tira jabs de hambre, nos conecta uppercuts y crochet de desprecio y trata de noquearnos con swings de droga y alcohol. El box pega fuerte, nos pega fuerte, y algunos alcanzamos a golpearlo un poco a él y quitarle unas monedas, pero la plata se la llevan ustedes, aún así nosotros nos calzamos lo guantes.

¿se entiende? Quiero que me entiendan, a lo largo de mi carrera me han conectado más de mil quinientos puñetazos oficiales y fuera de las ligas he recibido tres o cuatro veces más, solo por ser pobre, solo por no ser blanco, nosotros, los negros pobres nacemos con la suerte echada y en mi pueblo era fácil, ser boxeador o ser guerrillero.

Ellos los “malos” boxeadores son los que tienen corazón de hierro, yo tengo solo dos buenas manos, pero ellos, eligieron recibir golpes para no empuñar un arma, yo no merezco ese título, a mí díganme de cualquier otra manera.

KO a la prensa tituló la prensa al día siguiente.

Valores Perdidos

Por definición Francisco era un hombre sin moral. —Las leyes de otros, decía, no pueden gobernarme, mucho menos aquellas que han sido pactadas bajo una dinámica social cambiante. La moral ha permitido cosas intolerables, la moral ha permitido el racismo, el sexismo, el acoso y la opresión de los empleados, la violencia intrafamiliar y doméstica, incluso la violencia física y callejera, la moral es una ley bastarda que no defiende como piensan las señoras católicas las buenas costumbres, solo aboga por el status quo y apela a un concepto estúpido para su definición del bien; son normas dictadas por gente más temerosa de dios, pero también lo fueron dictadas y modificadas por cada hombre y mujer con miedo a perder el poco poder que tienen.

Ese era su pensamiento y por eso escupía literal y continuamente. Escupo en su moral de moda, pensaba, escupo en su moda, en sus actos benévolos, que no eran más que costumbres, en sus alegrías impuestas, en sus deberes castrantes, escupo en su silencio cómplice y en sus risas burlonas, en su principio de incertidumbre y en su miedo auto propagado como pandémica enfermedad de la que solo puede curarnos la moral.

Además, era un hombre sin moral, porque era un ladrón. No de los simpáticos y graciosos, no era filósofo ni escritor, era un ladrón recio, de vieja usanza, un hombre que robaba según su propia idea bajo la única ley posible, al que tiene mucho hay que desocuparle las manos para que pueda rascarse la nariz, un equilibrado social, uno de esos hombres que en tiempos de nómadas más que cazador sería carroñero, un hombre al que le bastan las sobras, pero solo de aquellos que tenían para sobrar.

Un ladrón ético pensaba, no un Robin Hood porque robaba solo para él, solo lo justo y necesario, y si tenía suerte, dejaba de robar por días, que el trabajo más allá de lo necesario lo consideraba también una fuente de corrupción para el hombre, y él solo tenía su credo, después de eso, era solo carne y harapos. En ninguno de sus robos había arrebatado una vida, no usaba armas, le bastaba su fuerza tosca para reducir e incapacitar a los elegidos, nunca a mujeres ni a hombres que no pudieran defenderse, nunca a ancianos ni a niños, un ladrón con honor y dignidad, pensaba.

Por eso cuando un trabajo incompleto lo llevó a prisión se indignó a rabiar. Él era un ladrón honorable y entregado a su trabajo, un hombre que, aunque detenido muchas veces jamás había sido condenado a un solo día de cárcel, sus hurtos jamás habían superado los montos punibles, él jamás había causado lesiones de gravedad ni traumas, era un fenómeno extraño, un hombre carismático y tras ser atrapado era generalmente perdonado por las personas y siempre quedaba en libertad.

Pero tuvo mala suerte, esta vez el hombre al que había asaltado había presentado cargos, un instructor de gimnasio, culturista humillado presa de la vergüenza y de sus músculos atrofiados. Lo acusó de haberlo drogado para poder vencerlo, por eso lo había sorprendido, y al agarrarlo con la guardia baja después de un día de fuerte entrenamiento, ya no le quedaban fuerzas para defenderse de un asalto a traición… el problema estuvo en que, al escuchar las razones, Francisco perdió los estribos, lo había llamado mentiroso, se había soltado de los guardias, y propinado una golpiza tan grande que tuvieron que detenerlo por lesiones por personales.

Era la primera vez que pisaba un patio de cárcel, y por lo simple de su incidente lo había llevado al patio de los estafadores y eso era lo peor que podía pasarle, durante muchas noches Francisco escuchó a estos hombres engatusar a los necesitados, a los hambrientos:

 «Sí, así es, felicitaciones, el trabajo es suyo, consigné tanta plata en tal cuenta porque es necesario pagar el curso de alturas y mañana mismo puede empezar.»

«Ha sido elegida para acompañarnos en los procesos de duelo generados por la pérdida de pacientes en el quirófano. Son solo 4 horas al día, y necesitamos que vaya a esta dirección para que le hagan sus exámenes médicos y lleve tanta plata que se los reembolsamos en la quincena.»

Francisco se paseó por los patios memorizando los rostros, las cuentas, conociéndolos. Porque era inmoral pero no era estúpido. En los patios estaba en su territorio y no podía hacer nada, pero él sabía que saldría y arreglaría las cuentas, no podía dejar que hombres tan torpes y faltos de escrúpulos se hicieran llamar ladrones, ¡Faltaba más! Durante una semana se paseó cerca de los celulares clandestinos, oyéndolos estafar y robar personas, luego, finalmente, las puertas se abrían para él.

Por tedio de continuar la demanda, el culturista había faltado a la sesión de imputación de cargos, y ahora quedaba en libertad, y tenía algo por hacer, tomó su lista negra y rastreó a los encargados de recibir el dinero. Por primera vez había usado más fuerza de la necesaria, reventado narices y bocas, por primera vez era violento, y tras cada asalto escribía una carta sin nombre a los estafadores, un reclamo airado donde les advertía que se retiraran o habría consecuencias.

En solo tres meses había dejado fuera de operación a todos los de su lista. Y él había creado cooperativa contra estafas, con la plata que les había quitado a los secuaces, y a cualquiera que podía probar que había sido asaltado en su buena fe, él le devolvía el dinero.

—Que se pierda todo, menos los valores, decía. Y cerraba las puertas de su pequeña oficina para ir a asaltar a alguien y conseguir lo suyo, porque la plata de los estafadores era solo para los estafados. Ladrón sí y a mucho honor, pensaba, pero nunca una rata estafadora.

¡Vacaciones!

—La gente no lo entiende, decía Sebas mientras estaba boca abajo, extrañamente a gusto, en la camilla del consultorio clínico, mientras la enfermera lo miraba un poco extrañada. El hombre de 35 años acababa de ingresar caminando, visiblemente lastimado; era cierto que sus heridas no eran graves, no corría riesgo de morir y no tenía ningún órgano comprometido, pero parecía un puercoespín, y no le importaba.

—Discúlpeme ¿Qué le resulta divertido? Le preguntó finalmente la enfermera, ¿qué es lo que no entendemos?

—Las vacaciones, todo el concepto. Ve a la rubia afuera en la sala de espera, la que está fúrica, debe estar roja de gritar por el teléfono, quizá frente a la ventana, o afuera caminando frente a la entrada. Bueno, ella es mi esposa, y como puede ver, cree que acabo de arruinar las vacaciones, pero la verdad es que acabo de salvarlas

—¿Salvarlas? Tiene más de mil espinas clavadas en la espalda, vamos a pasar toda la tarde aquí extrayéndole cada una de ellas y créame, va a dolerle. Es como si hubiera saltado sobre un campo de cactus con la intención de que esto pasara, dijo ella en un tono atónito, visiblemente sobresaltada e indignada. Alguien más podría necesitar nuestra ayuda, alguien más podría necesitar nuestra camilla, somos un pueblo chico, no hay mucho personal y para colmo, ni siquiera se ve apenado o arrepentido.

—Esa la parte que quizá no entienden. Usted creció acá, ya sé que siempre debe haber escuchado de los accidentes que tienen las personas haciendo sandboard en las dunas de cactus, y seguro que siempre escuchó que un imbécil, un turista, un idiota o un borracho se habían accidentado, siempre le han contado lo malo, conoce solo la consecuencia y la acepta como el resultado total, está mal, todo está mal.

—No es el resultado lo que importa. No es este momento. Está mal verlo en el corto plazo, piense, en mañana, en el domingo, dentro de un mes, quiero que piense en los próximos seis meses cuando esté junto a sus familiares y amigos y estén sin mucho que contar, piense en esa vida cotidiana en la que la monotonía se apodera hasta de sus historias, en ese momento, en un silencio incómodo usted recordará verme llegar, en bermudas, descalzo, con pequeñas hilachas de sangre y sonriendo, podrá hablar de cómo mi amabilidad le pareció sospechosa, de cómo la tranquilidad la hizo pensar que estaba drogado, hablará del regaño que me dio y de todas las otras cicatrices que tengo, de las fracturas que mostraron las radiografías, son 26 en total hasta ahora, y podrá rescatarlos a todos del tedio, estarán todos muertos de risa, cuando usted hable de cómo voy a gritar con cada espina, hasta el número de espinas, hablará de las que tenía más enterradas, de la que casi se les escapa, quizá hablemos de esa que vamos a olvidar y que van encontrar cuando al pasar los días pesista el dolor.

Quizá hablemos de las que están en las nalgas, o no si usted no prefiere mencionar detalles. Quizá y con un poco de suerte haya alguna que haya atravesado el tatuaje de corazón con el nombre de mi esposa, ¿entiende?, un corazón flechado en un trasero con forma de corazón, es un chiste fácil.

Yo estoy salvando al mundo del aburrimiento enfermera, mi esposa contará esta historia durante años y será la graciosa del grupo. Yo seré un subnormal y ella compasiva, responsable, estoy también salvando mi mundo, porque mi trabajo exige que la vida sea seria, calculada, ordenada, mi vida cotidiana implica orden y disciplina y fuerza. ¡Ah! Pero mis vacaciones… son vacaciones. No más de lo mismo, y sí a todo lo que sea ridículamente divertido, mejor si es peligroso y mucho más si tiene consecuencias.

La enfermera sonreía. —En algo tiene razón, la historia voy a contarla, salvará reuniones, pero la historia de la nalga y el corazón no será la mejor, dijo mientras empuñaba las pinzas, porque hoy empezaban mis vacaciones, justo en el momento que usted entraba, ahora tendré que trabajar toda la tarde.

Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.