Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Taxonomía sentimental

Uno cae como en un coma, el cuerpo le pesa, aunque se esfuerce por moverse pareciera que cualquier actividad le es ajena. Los párpados se estiran y se tocan y ahí, justo ahí como si de una emergencia se tratara, el cuerpo se eyecta con un chorro de adrenalina que pretende infartarnos, dejándonos en ese lugar incómodo, en el que el sueño asustadizo huye y la energía perezosa, se niega a llegar.

Y mira uno el techo y comienza a jugar con esos pequeños destellos adormilados, con el firmamento propio y a recordar o a imaginarlo todo. Si el techo es de madera tendrá un gran privilegio, pues cuando los ojos se acostumbren a la oscuridad, volverán a ver esas pequeñas sombras, torbellinos lacados con formas y figuras que embelesan y distraen, si es por el contrario blanco y de cemento, será un letargo turbulento, acompañado de recuerdos, de promesas rotas, de ideas inconclusas.

Sentirá, si está en la peor de las suertes el corazón muy oprimido, llenándose de vacío, aunque el oxímoron incomode, sentirá también la tristeza al cobijar cada pensamiento y concentrarse en el dolor de lo perdido. El juguete favorito, la nota de matemática, el teléfono de Andrea, la boquita de lulú, el orgasmo de Gabriela, en cada edad un dolor distinto pero familiar. Quizá es algo aplicable a todas las tristezas, quizá van juntas y por eso cuando una parece, la otra no está muy lejos. Como un buen DJ enlaza una canción con otra, las tristezas parecen conocer el ritmo y la cadencia para amangualarse, se siguen mutuamente. Pareciera que es verdad que las tristezas son tangueras.

En medio de la noche entonces, abrumadora y sobrecogida la voluntad se aniña. En lo profundo de la noche habitan monstruos, o por lo menos recuerdos monstruosos, y aún estás ahí incapaz de parar, de pararte, pegas las rodillas contra el pecho, el mentón a las rodillas y nada cambia pero se siente mejor; es una defensa natural resguardarse en uno mismo, vienen como pequeñas alegrías algunos buenos momentos, como caricias, como nos acariciaría la frente mamá cuando un cólico no nos dejaba dormir, o la pareja cuando un error hacía que nos tiráramos el parcial, con un leve suspiro, cómplice, como quien insinúa: nada pudo hacer por ti, pero estoy aquí. Esa caricia honesta -si existe el alma-, esa es la que debe sentir cuando se la recuerda, un cosquilleo que está diciéndote todo está bien, te susurra, estoy con vos, aunque todo esté mal.

Solo la tristeza y el anhelo, que puede también llamarse ilusión o enamoramiento tienen el poder de hacernos perder el sueño. Nótese que la ira de golpe solo pospone; por eso no vale la pena quedarse al lado de quien solo busca su furia, de los pirómanos es mejor huir porque solo desgastan, sin embargo, quien va más allá del dolor, quien aviva más allá de la curiosidad podrá llevarlos a recorrer el mundo en una noche.

De repente el sueño cambia, la montaña de palabras que se escala se derrumba, el mar encrespado se agita, y las bocas llenas de besos muerden la piel como colmillos y la desesperación aparece, sentís que caes una y otra vez en tu propio cuerpo. Sobre el cuerpo, sobre el cuerpo, como quien atraviesa un techo al lanzarse al abismo. Y te despertás agitado, sudoroso, frío, sin recordar nada, aletargado, buscando un punto al cual anclarte, pensando, me gustaría poder diseccionar eso que estás sintiendo.


Líneas de tiempo

Aprendí en el colegio -le dijo Juanjo a Laura- que la vida podemos contarla de la manera en que queramos, no solo en años, ni en mundiales, ni en dictadores en el poder. Podemos contarlas en inventos, batallas, descubrimientos, libros, canciones… a eso se le llama línea de tiempo, ahí entendí Laura que no vale la pena contarlas de una sola manera.

Laura era la abuela de Juanjo, y su piel estaba llena de esas líneas, arrugas, desde que el alzhéimer la había secuestrado. Juanjo la visitaba cada que podía, pasaban a veces meses en los que nunca faltaba, luego de repente la ausencia, y volvía, cuestiones del trabajo, ocupaciones fuera de la ciudad, pero si estaba, estaba con su abuela.

No te sientas mal, no te recuerda -le decía siempre Dora-, una enfermera que había acompañado a Arturo, su abuelo y que había logrado contra todo pronóstico grabarse en su memoria, no recordaba su nombre, ni su profesión, pero la gratitud, cuando es sincera, es permanente como los tatuajes, se vuelve difusa, pero siempre deja marca.

Igual era con Juanjo, le sonreía, incluso en sus días más malos le sonreía, quizá recordaba su aroma, o la temperatura de su piel al tacto, algo había en él que cuando lo sentía cerca, Laura sonreía. Y en los días buenos, si la historia de Juanjo era buena, hablaba, así había aprendido que Laura creció correteando gallinas, marranos, hijos e hijas, que ella, estratega nata había recurrido a férrea defensa sicológica al verse superada en números, y aunque le partiera el alma ocultar que era noble, cariñosa, sus diez hijos no necesitaban solo mimos, así que había sabido adoptar una disciplina militar para su formación. Sin embargo, pobres como eran no había la posibilidad de enviarlos a un lugar a recibirla, así que zurriago bajo el brazo, correa en cintura, había decidido que ella misma lo haría. Logró que le contara su vida a través de los castigos que sus tíos habían, ante todo, merecido y luego recibido.

Y si había podido disimular su asco al cambiar a diez hijos, y quién sabe cuántos nietos, era una muestra clara de que estaba comprometida con verlos crecer. La rutina era sencilla, a primera hora de la mañana Juanjo entraba en el asilo, con el desayuno favorito de Laura, y durante las visitas largas le contaba novelas, le cantaba canciones y si tenía día libre y podía extenderse, le hablaba de las líneas de tiempo y lograba que ella le contará algo.

Era buena hablando de sus hijos, incluso de los no tan buenos, era buena al recordarlos, ellos también habían sido buenos con ella a su manera, lo más difícil, era a veces escucharla hablar de sí misma. Un día trató de convencerla de hablar de su vida en los momentos felices, dijo que serían muy pocos y guardó silencio, otro había logrado que ella le hablara de sus bailes, y notó que todos eran en un tiempo de viuda, y antes de que él pudiera preguntarle, ella le contó que su papá, el bisabuelo de Juanjo nunca se lo había permitido, que su abuelo nunca lo había pedido, y que cuando sus nietos se lo pidieron, siempre lo rechazó, porque no sabía cómo hacerlo, solo sé bailar sola, como una loca decía con esa sonrisa triste y llena de dolor con la que suelen confesarse las almas rotas.

Líneas de tiempo e historias, así vivían Laura y Juanjo sus domingos. Un día Laura al terminar de escuchar la historia, tomó la palabra, como otras veces, mi vida podría contarse en aporriones, dijo con el aliento cansado, aporriones, preguntó Juanjo sin vacilar, sí mijo sí, aporriones, golpes. Y mientras que Juanjo se acomodaba para escuchar sus historias sintió que el corazón se le arrugaba, que la garganta se le cerraba y como los ojos le ardían antes de inundarse, porque al verla supo, de alguna manera que no eran físicos sino de la vida. Y le contó de la muerte de Arturo, y de la muerte de su padre, y le habló sobre sentirse inútil tras ambas pérdidas, sin destino ni propósito, le habló sobre sus miedos, sobre el temor con el que había sido educada, bajo el que había crecido, le habló sobre la envidia que sentía por los personajes de las novelas, por las vidas en las que sale todo bien, por los dolores que evitaban, le habló de los olvidos de los que se sentía parte, de las ausencias que consideraba injustas, de la alegría negada. Ese día al dejar a Laura dormir agotada por el llanto, Juanjo llegó a su casa apurado, agobiado, acorralado por los dolores ajenos, era domingo, debía trabajar al día siguiente y tenía un viaje de dos semanas, no podía verla y hacerla sonreír a la mañana siguiente, y la tarde y la noche habían infligido tanto dolor en él que tenía miedo de lo que hubieran podido haberle hecho a ella revivir sus recuerdos.

Nada Juanjo, ninguno -le había asegurado Dora en ocasiones anteriores-, su alma es imperturbable ante los recuerdos, es la vida que vivió, ella la conoce, sabe lo que ha hecho, aunque no lo recuerde, le había dicho, pero el dolor era tan palpable que llamó a Dora a pesar de la noche.

Líneas de tiempo Juanjo, le dijo Dora a él, la vida puede contarse de las formas que se quiera, esos aporriones, las cicatrices, las canas, las pecas, todas esas excusas externas son solo pistas, las líneas de tiempo, las profundas, están el alma. Ella ha sobrevivido a su vida, a pesar de su vida, tené cuidado vos, porque sos el que se me puede morir de la tristeza.

Cuando la llanta del avión tocó pista, el llamado a las azafatas fue simple, puede decirle al gordo que se despierte y se mueva, tengo prisa, pero ninguna enfermera pudo despertarlo. Eran las 10:50 y Dora tuvo que darle la noticia a Laura, el corazón de Juanjo, había colapsado y aunque ella no estuviera en buen día, y no supiera bien quien era Juanjo sus ojos se apagaron un poco, y tras un mes de no sentir su calor, de escuchar su voz, el suyo también había perdido las ganas de seguirse moviendo.

Pesadillas

Sueña mal y no despiertes.

El olor era muy fuerte, rápidamente lo invadía todo, deberían ser unos tres o cuatro días desde la última vez que había conseguido estar lo suficientemente sobrio como para limpiar su apartamento, cambiarse los pantalones, su ropa en general. 

Si lo que lo esperaba era lo usual, habría vómito en varias partes del apartamento y necesitaría de una larga ducha para olvidar su hedor; su peste. Su aliento estaba compuesto por una mezcla de tabaco, vómito, alcohol y algún pedazo de comida rancia… era mejor comenzar la labor.

Se levantó despacio, su cuerpo temblaba y las arcadas de su vientre le recordaban lo débil, lo miserable que era, la tristeza con la que arrastraba sus piernas un paso tras otro, con un esfuerzo tan terrible como los temblores que sufría tras realizar cualquier esfuerzo, estaba hecho polvo.

Al acercarse a la puerta recogió su correspondencia, lo usual, algunos cheques, el doble de las cuentas, ni una sola persona le escribía. Se acercó sosteniéndose de todo lo que encontró a su paso para llegar a la cocina, abrió el refrigerador y bebió de la botella de leche un trago largo, vomitó de nuevo, estaba vencida, destapó una cerveza y una lata de atún, necesitaba fuerzas para enfrentar el infierno de basura en que vivía.

Arrojó las latas sobre la pila de desechos que tenía en el fregadero, mojó su rostro, su cabello, su barba, necesitaba generar un shock que lo levantara de su miseria, así lo hizo, se sentía un poco mejor, pero lo que tenía enfrente solo aumentaba su desdicha.

Su cuerpo delgado le hacía parecer delicado, sus nudillos agrietados eran lo único que le evitaba golpear las paredes, ahora hasta la frustración  no solo lo deprimía, también lo humillaba. Temía un ataque de tos, un estornudo porque sabía que su cuerpo no lo soportaría y que si caía al suelo perdería de nuevo el conocimiento.

Limpiar lo había dejado agotado y tras unas horas de limpiar, de recoger basura y de correr cortinas, su labor estaba casi terminada pero aún lo esperaba la labor más difícil, allí, silenciosa y casi burlona la máquina de escribir lo esperaba, sediento de él, de sus demonios, de sus venganzas personales.

Leyó el manuscrito que yacía junto a ella cerca de dos años, la que sería su última obra, la que dos años después de su primera entrega aún esperaba por ese final que lo haría brillar en las letras, la misma que lo había llevado a perderse en un mundo de licor y de tristezas.

Lloraba, su mundo se había derrumbado por su pasión, lejos estaba de ser el joven premiado, el orgullo de su editorial, la promesa de la novela y las historias; las críticas sobre la similitud de sus historias, el deseo de sobresalir, la ambición, todo lo había corrompido el día en que empezó a escribir con el único objetivo de callar a la crítica, de amedrentar a los demás.

Y pensó que al fin había encontrado una forma de ganar, de enlodar el acoso que había sufrido, el reto al que había sido obligado a entrar por su terquedad, la misma que ahora lo llevaba a caminar hacia a la cornisa, su obra no tendría nunca un final digno de ser leído, su historia en cambio sería una crítica viviente al sistema, lograría salir con la frente en alto y pensando en esto dio un paso al frente.

La sensación de vacío lo despertó bañado en sudor, por fin había salido de aquella pesadilla, de repente un olor le obligó a abrir sus ojos, debían haber pasado unos 3 o 4 días desde la última vez que estuvo lo suficientemente sobrio para limpiar su apartamento… su pesadilla era real. La vida lo había derrotado.

Una pequeña Molestia

Molestia, dolor, exasperación del alma.

—No existe tal cosa, ninguna molestia es pequeña, en especial las pequeñas, nadie que haya experimentado una los sabe bien, no es el tamaño ni la intensidad, de hecho, parecerían ser inversamente proporcionales lo que las hace intolerables, pero su gran capacidad de destrucción no reside en su gran poder, por el contrario, es lo imperceptibles para los demás.

Ni siquiera los egoístas masoquistas encuentran placer en este tipo de dolencias debido a que la naturaleza de ellas las hace ajenas a todos, y es que no hay peor dolor que el que no puede compartirse, con el que nadie puede empatizar, pero con el cual todos quieren simpatizar, son simplemente insoportables.

Alguien mastica con la boca abierta, y hace Crunch, CRUnch, CRUNCH y la puta que lo pario, una gota en medio de la noche con su lup, Lup, LUP… qué cobarde, la vecina de arriba que taconea, la que encontró la única forma de hace que: la mujer esté arriba sea despreciable, toc, Toc, TOC, TOC, TOC, TOC… molesta, qué molesta.

Una agonía perpetua, con gusto cambiaría de lugar con Prometeo, porque cualquiera que me viera o escucha de mi martirio bien diría, pobre hombre, pero cuando el dolor es algo que solo voz conoces, algo de lo que solo uno como padecedor está enterado… argh que maldita suerte, un ánima en pena tiene  menos de qué quejarse, y además en su concepción misma está permitida el lamento, pero es que precisamente de lo que yo me quejo es de que se me ha negado el derecho de ser comprendido, de escuchar, realmente escucha lo que se dice. Es un poco como dice Sabines, otro lenguaje lateral y subversivo, que expresa realmente lo que quiere decirse, y por eso el: Dejá de chimbiar con esa tapa o te la meto por el culo, lo que realmente quiere decir es: Te confieso que no sé que me pasa, pero mi alma se perturba con el sonido reiterante que produce esa lata al variar de forma y cuando grito: Dejá la trompeta frustrado, lo que intento decirle a ese vecino al que desconozco es: Quizá estás omitiendo algunos pasos y quizá antes de retomar a la práctica deberías analizar los conceptos necesarios para alcanzar las notas pretendidas.

Pero y quiero que se preste atención a que esto que expongo solo debe ilustrar ese lenguaje Natural del que habla Sabines y de como un: Qué calor hace, puede significar también te quiero. Pero en esa pequeña molestia que puede transformarse la vida misma para quien sufre una fatídica alteración imperceptible, todo en la vida significa una sola cosa, el postergamiento de ese dolor.

—Mientras hablaba y manoteaba Marina no dejaba de reír, sabía que sería peor pero el monólogo de Jaime la tenía a un par de segundos de adormecerle los abdominales, el teatro en sí estaba en situaciones similares rodeados de carcajadas, sería imposible saber si a alguien más le recordaba como a Marina las quejas de Juan, su marido, que ante cualquier cosa reaccionaba siempre exasperado y manoteando, o las de su hijo Federico, quien ante cualquier frustración estallaba en una pataleta bochornosa y justo en ese momento, cuando todo el auditorio lloraba de la risa fue cuando Jaime retomó.

—Y mi molestia es esta, esta, que justo en el climax dramático de mi presentación, en el máximo momento de dolor, llegan ustedes como tío manicagado y manipesado a pegarle a uno justo en la herida con esa hijueputa carcajada.

Esto que les acabo de decir significa como lenguaje lateral y subversivo: Me agrada que hayan disfrutado de este pequeño monólogo en el que drama y humor se funden, pero tengo una ampolla que me está generando una pequeña molestia y en media hora tengo otra función, así que pasen una feliz noche y muchas gracias.

—Marina se puso de pie y aplaudió hasta que le ardieron las palmas, el auditorio parecía imitarla y en ese momento remato Jaime.

—Oiga y hay periodistas tan bobos que cuando llego con este monólogo a promocionarlo me preguntan que en qué me inspiré pa´ hacer esta obra…

—Las risas volvían y el bullicio variaba mientras abandonaban la sala, Jaime mientras tanto caminaba adolorido porque justo en la planta del pie gorda y llena líquido su ampolla que desde los 14 años, hace 20 años ya lo acompañaba casi de manera permanente debido a una dermatitis crónica que lo aquejaba hasta al llanto.