Empezar de 0

Van tres semanas sin dormir desde el nuevo año. El médico de TI psiquiátrico dice que es normal, que los eventos de una memoria corrompida son causantes de que los condensadores del sistema de hibernación se alteren y no permite una correcta ejecución del reposo. Yo intento guardar silencio, entiendo perfectamente el razonamiento técnico y comprendo el por qué las alteraciones en un módulo corrupto de memoria son las responsables, pero el conocimiento solo es poder si es aplicado; no quiero discutir con él, estoy cansado y el problema de que un módulo de memoria se haya averiado no se limita al sueño, la afección en la cache es evidente, he olvidado cada atajo y respuesta personalizada, detesto hablar desde hace tres semanas porque tengo que componer cada idea por separado y luego conjugarla.

No es sólo un módulo de memoria, además el sistema genera reinicios involuntarios, y, sumado a la falta de carga producida por el daño en la suspensión, hace que deba elegir muy bien cuándo utilizar los periféricos de salida. La energía en estos casos es vital, no quieres quedarte sin batería en un lugar peligroso y levantarte con una tarjeta remplazada o una rom alterada, podrías perder tu identidad o con tus crypto cuentas alteradas, las bandas de malware se han especializado en la instalación de hardware y software cada vez más difícil de identificar, y cuando el sistema de alerta se activa ya mucha de la data está comprometida.

Miro al Médico TI psiquiatra y le pregunto qué puede hacerse usando una proyección en mis lentes, es la única interacción que puedo permitirme para no descargarme. Debemos hacer un reset de la memoria, dijo con un tono frío. Y uno no puede dejar de preguntarse, una clínica técnica con tanto renombre en la simulación de empatía cómo puede permitirse que un médico técnico dé una noticia de esa manera.

Un volcado de memoria puede generar una pérdida completa acumulativa de personalidad. En mi caso podría considerarse que es poca la información que resguardo, pero por otro lado fuera de su precio comercial, el costo personal es absoluto; este nuevo hardware almacena 3 ciclos, es decir 50 años y apenas han pasado 15 desde que transferí mi memoria a este trasto. Lo peor es que no reuní suficiente dinero para tener una copia en la nube con actualización fuera del mantenimiento, así que perderé 15 años…, son solo 15, aunque también han sido importantes.

Me perderé la evolución de este ciclo y quién sabe si alcance a reunir los suficiente para comprar el próximo upgrade. Quizá sea el momento de pensar en una última vida, 150 años, bueno en total 185 años, parece una buena vida, larga, y la verdad es que ya estoy cansado de ser un fusionador de culturas, han sido demasiados años en este negocio, la publicidad, el marketing, la filosofía, la antropología de datos y la minería de recuerdos a la que tengo acceso demuestran que no falta mucho para requerir de una nueva interfaz de integración, que vendrá en otro lenguaje de programación y posiblemente sea incompatible con mi hardware.

El médico técnico me interrumpe, y, ¿cuál es su respuesta?

Me pide que lo olvide todo.

Le digo cuál es la única forma de corregir su problema con el módulo de memoria. La buena noticia es que aún tiene garantía y el cambio podría ser compensado en créditos de descuentos para su upgrade.

¿Lo cubre la garantía? Pregunto entusiasmado.

Sí, un 70% es reembolsabe en crypto currency, o puede tener un 100% del valor si decide postergarlo hasta la actualización de hardware. Eso sí, tiene una cláusula, si decide aceptarla tiene que dejarnos probar un nuevo sistema de compilación de data en la transfusión para la reducción de peso de su memoria por medio de una nueva compilación de data.

Ya había firmado la forma que me había extendido, y el muy mezquino mencionó solo la cláusula mientras la retiraba.

¿Algún efecto colateral? Pregunté cansado, sí podría averiarse todo su servidor en el proceso.

Empezar de 0, proyecté con la batería cada vez más baja. Completamente de 0, dijo mientras se levantaba y tomaba el enchufe de carga.

Cargando data, por favor inserte nombre de usuario…

Inoportunos

Eran las cuatro de la tarde, la ciudad estaba recalentada por el sol del día y había terminado por generar un desespero generalizado, el ambiente era molesto, el sudor inevitable y te hacía sentir sucio, además hacía mucho más desagradable de lo normal estar rodeado de personas en el transporte público y para colmo el tránsito en época de fiestas terminaba por generar un embotellamiento infernal.

Era el caldo de cultivo ideal para tener a todos al borde de un día de furia al igual que Michael Douglas o Dave Grohl en su parodia. Y después de transitar ese infierno nada bueno puede venir, así, con la esperanza vencida o acalorada entró Carlos a su casa, y al ver la luz en la contestadora palpitando supo que las malas experiencias no terminaban.

Carlos era un hombre supersticioso, su estado de ánimo nunca le pertenecía, estaba condicionado por el clima, por el tráfico, él tenía todo claro: nada es súbito, todo está encadenado aquello que nos sorprende solo demuestra la poca atención que hemos prestado a los detalles, lo egoístas que hemos sido, o lo ingenuos, quizá y a lo sumo como verdadera excusa, lo ignorantes que éramos ante la realidad, nada pasa de la noche a la mañana, TODO se está siempre desencadenando, en movimiento, y por ende en un día así, era normal que ese mensaje fueran más malas noticias.

Pensó en todo lo que podría ser, su abuelo en el hospital, la discusión con su jefe, su relación que tras una serie de malos meses se sentía fría, distante, y pese a que intentaba, no lograba sentirse de nuevo bien, la decisión de los jurados sobre su ensayo, y claro el incidente en esas breves semanas de separación en las que había despertado en medio de un hotel cerca a una zona de veraneo después de una noche en la que no recordaba nada… todo lo martirizaba hoy.

Caminó lleno de tedio y desazón hacia la pequeña luz verde que palpitaba sobre el botón reproducir y tomó aire, durante largos segundos pensó en los desenlaces, y finalmente lo presionó.

Una voz fría, impersonal y muy coherente con su día comenzó a hablar: —Buenas tardes Carlos nos estamos comunicando desde el laboratorio clínico Hematológico por favor devuelva esta llamada urgentemente.

El mensaje había terminado y el seguía allí, de pie, frío, aterrado, había olvidado que hace unos días se había hecho los chequeos de rutina, las discusiones con su novia habían empezado porque él sospechaba que lo engañaban y se había hecho exámenes de control para asegurarse que estuviera bien, había esperado con ansiedad esta llamada, pero que fuera justo hoy cuando la realizaban… palideció, no iba a ser la muerte de abuelo, ni el despido de su trabajo, tampoco iba a dejarlo ella, mucho peor, ella iba a matarlo, SIDA, Sífilis, Gonorrea pensó angustiado y lleno de ira, buscó el teléfono en el identificador de llamadas y llamó tan rápido como pudo, cada tono de espera para que contestaran le carcomía: ¡tuuuuu! ¿SIDA, Sífilis, Gonorrea?, ¡tuuuuuu! ¿Herpes, Clamidia?, podían estos identificarse por un exámen de sangre, no lo sabía, no le importaba, pero con cada repicada de ese horrible ¡tuuuuu! Carlos se moría de algo distinto ZORRA, ZORRA, ZORRA gritaba dentro de su cabeza hasta que finalmente le atendieron.

—Laboratorío Clínico Hematológico buenas tardes, en qué puedo ayudarlo.

—Hola, —dijo con la voz entrecortada, —Soy Carlos y he recibido un mensaje de ustedes pidiéndome que comunicara urgentemente.

—Déjeme buscar… Ah sí Don Carlos, buenas tardes, —Dijo una voz tan jovial que le pareció irrespetuoso, a quién se le ocurre comunicarle a un enfermo su enfermedad con una sonrisa, pero solo dijo —sí cuénteme

—Don Carlos usted está en nuestra lista de donantes frecuentes de sangre y en este momento las reservas de sangre de la ciudad están bastante bajas, y aprovechando que sus exámenes salieron muy bien, queríamos preguntarle si puede pasar a donarnos sangre antes de este viernes

—La noticia si bien era positiva, no le cayó nada bien —Le parece que bajo alguna circunstancia era necesario dejar semejante mensaje, sabe señorita lo que piensa un hombre que se ha hecho exámenes de sangre cuando recibe una voz grave, fría e impersonal con un llámenos urgentemente… es una sociópata, una cruel y malintencionada y además, tiene usted el don de los inoportunos, ah, muchas gracias.

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…

Enzimáticos

Dicen que los instintos se despiertan, y que están en el cuerpo, la mente, en el ADN esperando el estímulo adecuado. El destino entonces nos es más que una secuencia enzimática porque el valor no vendrá de los actos sino de las entrañas, el liderazgo no surgirá frente a las adversidades como se ha planteado, sino que vendrá desde una enzima que condicionará un sustrato para que libere las moléculas encargadas de accionar la idea, la acción y con ella los músculos para darle movimiento. No será valiente quien tenga la oportunidad de serlo, sino la cantidad de azúcar justa en la sangre.

El destino no está escrito en el futuro, sino en nuestras células, la sagacidad, los nervios, lo buen catre viene de adentro. Así que, si buscan la verdad de sí mismos, más que una carta astral se necesita desarrollar un análisis que permita encontrar los patrones internos, las constelaciones glaseadas de nuestras partículas. Por supuesto que nada de esto le resta ni interés ni importancia a otras cosmologías, pero si aprendimos a leer patrones comportamentales debido a los ciclos astrales, ¿no estaría bien tener una carta enzimática?

Las personas al fin y al cabo nacemos perdidas, algunos piensan que, al poder transmitir conocimiento basado en experiencias de personas diferentes, civilizaciones diferentes y poder establecer o adaptarnos a comportamientos culturales, nos convierte en seres más evolucionados. Pero hay algo claro, nos hemos olvidado de entender más allá de lo práctico, el aprendizaje más allá de lo productivo, no se trata solo de enseñar a hacer zapatos, o a sumar vectores, ni a programar códigos ni mucho menos, y dios nos libre de enseñar solo cosmologías ciegas y sordas que no entienden de hechos ni razones.

Acción y reacción como credo bíblico, pero ¡venga! Semejante desfachatez tiene un límite. La acción es un impulso, un detonante y no me interesa solo registrar el resultado, sino comprender la cadena de factores que condicionan los tiempos. Si vamos a creer en algo que sea en el azúcar y en la armonía porque si hay algo cierto es que el animal vive en todos, que el miedo, el deseo, las ganas, el sexo, el buen sexo, el odio, el tedio y la monotonía nos habita y si no lo entendemos termina por dominarnos, buscando la solución de un problema que no comprendemos en su planteamiento, y ahí todo mal.

Por eso es necesario creer si se quiere creer, sabiendo que tan solo se está creyendo por elección, pero olvídense de las pretensiones que les hace sentirse dueños de la verdad, y peor aún, de que pueden alcanzarla. Porque hay dos tipos de hombres a los que hay que temerles, a los que están seguros de todo lo que tienen y a los que sienten que están cerca de poseerlo todo, porque esos hombres son los únicos ingenuos que suelen apartarse de lo más importante, la experiencia en sí misma, y de nada sirve el sexo sin pasión, incluso si es bueno, de nada sirve la forma sin el contenido.

Y no se trata de ser serios, únicamente serios, ni frívolos y únicamente frívolos. Sino de saber que todo al final es solo un pedacito estimulando un puntico que desencadena otro pedacito de nosotros, y que hay en todos la posibilidad de ser todo y nada, y nunca perder de vista que estamos a un estímulo de serlo.

Cuando terminó de hablar soltó una bocanada grande de humo, de un porro electrónico que pegaba delicioso. Juan la mirada alelado, lo rico que gemía, lo rico que veía, lo rico que la recordaba, y todavía estaba allí después de follar, sudadita, oliendo a un sexo provocativo y hablando de una manera en la que no podía dejar de verla.

—Vos sos una chimba de enzima, le dijo recibiéndole el porro y mordiéndole la boca.

Saber vivir

Hay hombres y mujeres, entre los hombres y las mujeres, que saben, y quiero decir, realmente saben lo que es el placer. Ellos poseen una ventaja, algo que los epicúreos intentaron definir seducidos justamente por éstos, por su imagen, pero nunca pudieron dilucidar bien. No respetan cánones, para ellos el statu quo es una mera casualidad, porque no precisan de lo más costoso o exclusivo, son hombres y mujeres que saben disfrutarse, onanistas en el sentido profundo de la palabra, personas que saben complacerse, que se exploran en gusto, sabor y textura. Tienen pulso se saben vivos y más que eso, es como si conocieran el momento justo en el que van a morir.

Jorge lo sabe, Jorge ama el arte, Jorge ama estar vivo. Desde que su ojo se acercó al visor de la cámara de su papá sabe que a él le parecen más hermosas las fachadas rústicas, los colores quemados por la luz, la fuerza de los motores; a Jorge le gustan las cosas por lo que generan, por la experiencia que brindan, las betas de los techos de madera, las betas de los pisos de madera. Y Jorge no puede dejar de ver a Smith comer, dos mesas a lo lejos, un irlandés calvo que le recuerda a Humpy Dumpty.

—Lleva cinco postres y no ha repetido ninguno, dice, lo envidio, dice.

Jaime mira por encima del hombro -es normal es gordo-, responde con una simplicidad pragmática -y es turista- añade. Como si de repente quisiera justificar que la experiencia de estar en una mesa en un restaurante y pedir cinco postres, antes de cualquier otra cosa, se debiera a las nacionalidades o las divisas.

No se trata de eso, dice Marcela, un arrebol de ojos grandes y labios gruesos. — ¡Já! Ese hombre tiene todo lo que a muchos les falta, él sabe que va a morir, un nihilista; si nada importa, que todo sepa rico, dice con una risita pícara mientras le mete el dedo a su postre y le lame la crema de él. Nada de poseer verdades, él sabe experimentar vidas, es un anárquico, abajo la imposición de entrada, menú y postre, él ha hecho del menú una azucarada delicia, lo mira, y ríe. Aunque bueno, es gordo, y sí, cada postre para él vale centavos.

Desfilan hacia la mesa del huevo gigante mermeladas de fresa, cupcakes de frambuesa, galletas de melocotón, porciones de torta. Es un glotón, dice Jaime. No, dice Jorge, él sabe a qué vino, primero el postre, mierda vamos a comer todos, así que primero el postre, la salud se va a acabar igual, así que primero el postre, el amor se va a acabar igual, así que primero el postre, el sueño no va a alcanzar, primero el postre, no todo es posible y la vida es un sofisma, te levantas, trabajas por necesidad o por gusto, pero trabajas, no tenés tiempo y si tenés no sabés qué hacer con él, querés siempre lo que tenés, deseas algo que no existe. Todo espejismo se pierde al acercarse, así que primero el postre.

Ya saben qué van a ordenar. —Pregunta el mesero

Sí, un pie de limón, una fiesta de frutos rojos y un cheescake de mora.

Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Junky

—Andrés tiene 23 años, estudia Filosofía, quiere ser escritor, pero es mesero, quiere ser escritor, pero hace semanas que no escribe, tiene un bloqueo. Andrés no tiene un bloqueo, Andrés tiene la idea de que la musa debe raptar su consciencia, Andrés no tiene ni idea, de que para escribir no son necesarias las respuestas, sino las preguntas. Así que Andrés -terminó por fin su profesor de hablar-, Andrés tiene tarea, la misma que la humanidad se ha planteado desde siempre: averiguar cuál es el sentido de la vida. ¡Ah! Andrés, una última cosa, es un texto reflexivo desde la observación, no una argumentación desde la investigación.

—Julio es profesor de Andrés, tiene 63 años, es filósofo, ha escrito, pero ya no quiere ser escritor. Escribe y publica, pero ha perdido la forma del concepto, sus textos académicos y ficcionales son solo un hobbie, un entretenimiento, una forma de ser. Julio necesita escribir, pero nadie necesita leerlo.

—Pablo es Chef, no le gusta la palabra, ni los clientes, ni los meseros. No les gusta por su condición, pero le parece que su actitud frente a la comida habla mucho de ellos, de su simplicidad frente a la vida, frente a la gente, la que no ve a los ojos a sus parejas, a sus acompañantes, ni a los meseros, ni a sus amigos, nunca al chef, no miran la comida, no la saborean.

—Andrés fuma, fuma en su descanso y piensa en la pregunta, mira al chef, a los comensales, a su profesor, mira su reflejo, y llega a una conclusión.

—La vida no tiene ningún sentido, —escribió sin titubear, también sin tristeza ni rencor. Era la declaración de un hombre convencido de su palabra. NADA IMPORTA, es lo que realmente deseaba haber escrito; pero no era su estilo, la palabra, si bien carecía de un fin, no lo hacía de forma, y al encontrar esa respuesta, encontró la suya.

Placer, provocar placer, el placer de los estetas, exaltar aquello que es bello, la búsqueda de la exaltación artística. Grotesco en su búsqueda del placer, comprometido con su satisfacción, onanística búsqueda de la última droga, la existencia.

Es el simple existir, el simple placer de satisfacerse la única voluntad deseable. En cuanto piensas en ganarte la vida has perdido, pensó exaltado mientras continuaba hilando las ideas. Todo está perdido repitió, el tiempo ha ganado, somos transitorios, y por ende solo combustible, abono, insignificancia.

El hombre solo puede existir en la memoria colectiva, en el testigo fosilizado de su civilización, como cuadro, como lienzo, como pintura. El hombre sobrevive a través de su obra, sanguijuelas de las civilizaciones, despreciables lazarillos de los bancos. Los hombres poderosos y adinerados no son recordados -se consoló-, sirven solo como mediadores, patrocinadores de las artes, se conservan por medio del sustento que dan a los verdaderos hombres. Y los mediocres, los empobrecidos, los anhelantes de poder social y político son muertos vivientes, carroñeros insensatos, faltos de visión, solo existen para sus seguidores, trajes del emperador hechos carne, solo voluntad y envidia, una construcción social endogámica que genera solo retrasados paridos de su mismo encanto, y cada vez son peores, cada vez entienden menos sobre su naturaleza, convencidos de merecer las posiciones que han ganado, que han recibido. Simplemente recibido, sin esfuerzo alguno.

Junkys, los junkys son la respuesta, la real, la única verdadera, la droga, el placer de drogarse con una obra, pero no los que se inyectan ni la esnifan, no es el placer del subidón. NO. No es el placer vacío del placer, por el contrario, es el placer consciente de la obra; solo quien la mezcla, la siembra, la prepara, arquitectos de su propio viaje, reposteros de ideales, chefs que huelen, prueban, palpan, cortan, asan, funden, gratinan, que acoplan, mutan y cocinan mientras catan, juegan y exaltan sus papilas gustativas, esos que sexualizan su paladar para prostituir las bocas del mundo, esos que diseñan un bocado para sorprender, para encausar, para anhelar.

Los últimos estetas son los cocineros, los únicos estetas, los únicos hombres que saben moverse en la cocina. Hay que entender la humanidad, hay que saborear la existencia, y hay que estar dispuesto a dejarlo pasar, ellos no buscan el resultado, el resultado es la mierda, y no hay ningún sentido en ello. Su obra se digiere, los idiotas lo consumen sin saberlo, la eternidad los ha alcanzado, la han comido, obras maestras irrepetibles lo han llenado y aún sí fracasan, llenos de gloria que transforman en nada más que materia orgánica.

La respuesta es esa, la forma. La respuesta está ellos los gastrónomos, la humanidad es solo un panquecito convertido en bolo alimenticio, el tiempo nos mastica, nos devora, y nos transforma en combustible, y solo ellos, solo los grandes escapan.

El gusto

De los sentidos sin duda el más provocativo es el gusto, quizá tenga que ver el hecho de tener un par de kilos de más, sería lógico que lo relacionen con el peso, decía con una pequeña risa dibujada el escritor mientras comenzaba su discurso, lo hacía, saboreándose, con las manos en la espalda, con el placer en el rostro, y la mirada hecha fuego.

Mariana estaba leyendo nerviosa su texto, como toda estudiante de colegio perdía esa impertinencia juvenil cuando perdía el poder el anonimato, cuando sentía que como en todo banco o grupo, si era perseguida las demás la dejaban sola. Así que continuó, con esa fría y falsa postura de nada me importa, también tan propia de su edad.

Por sí solo puede sorprendernos y cuando se combina… ahhhh el paraíso queridos, el paraíso, porque nada puede vencer la fusión del gusto con cualquier otro sentido, el gusto y el tacto por ejemplo, las texturas invadiendo las papilas gustativas, los labios húmedos empapados, la firmeza de un arándano que juega en la punta de la lengua, la temperatura llenando la boca… e igual sucede con todos.

No es casual que El Buen Gusto sea considerado como lo es, un atributo admirable, y olvídense de las posturas acartonadas, o las distinciones sociales, el buen gusto no es como se piensa una postura elitista, la yema de huevo desparramándose sobre el arroz, es de buen gusto, siempre y cuando el huevo no esté con la clara cruda ni quemada, porque no es solo cuestión de estética, sino de naturalidad y de sincronización, de contrastes, de colores, de cortes, moldes y hormas, de encajar.

El gusto con el aroma, la mitad de la comida y de los orgasmos serían insípidos sin esta fusión no podrían mantener dura ni el miembro de un adolescente, el aroma es necesario, para darle al sexo su firma, su impronta, para irse con nosotros impreso en el pelo, en la barba, en el cuerpo, sin el olor el sexo es limpio y el sexo limpio es frívolo y triste.

Cuando terminó de leer esa frase, Mariana estaba sonrojada, podía sentir la lubricación escurriéndosele entre en los pequeños vellos de su pubis, y el calor sonrojándole las mejillas, la sangre acelerada, las palpitaciones recordando el aliento del escritor en su cuello, imaginaba de nuevo las manos recorriéndole las piernas, el temblor y el sudor de sus rodillas mientras daba vueltas en su cama, Mariana estaba excitada, como lo estaba al haber escuchado por vez primera las palabras en voz del escritor y recordaba perfectamente que eso la había hecho salir tras él, sujetarle la mano preguntarle por sus cuentos, pedirle que si podía entrevistarlo para una tarea.

Recordaba montarse en su auto, nerviosa, sentir que su humedad, tal y como ahora era abundante, y pensar que sin ropa interior el líquido que escapaba de sus pelitos y se impregnaba en la silla del pasajero, recordaba verlo suspirando, como si supiera, como si oliera su excitación y eso la hacía mojarse aún más.

Y en el trance que se encontraba continuó hablando, el gusto con el oído también combina por que el golpeteo de una lengua contra unos labios hinchados, contra un clítoris endurecido, dirigido como una sinfónica por los gemidos, se hace imprescindible, magnánimo y encantador, un crescendo, un coro exaltado digno de un aplauso.

Y calor que Mariana sentía ahora se trasladaba a sus compañeras, el mismo profesor estaba sonrojado y tenía la respiración entrecortada, su lengua, no la del escritor calentaba a 30 adolescentes que al igual que ella sentían en sus tetas la ausencia de una mano, de un agarre firme, de una lengua hábil, sus nalgas extrañaban la sensación de una pelvis rozando contra ellas y toda intentaban cruzar las piernas para estimular y controlar al mismo tiempo la excitación que se apoderaba de ellas.

El gusto, el gusto lo vale todo, así que por eso escribimos, esa era la respuesta, escribimos por deseo, por el vil y humano placer de escribir, por sentir las letras golpeando contra nuestro paladar al leerlo en voz alta, por sentir la respiración agitada, el miedo, la rabia y el dolor que imaginamos, escribimos porque podemos, aunque tú no nos leas.

Sino

El destino es solo el diario del pasado, no la promesa del futuro.

—Escuché alguna vez de un enano rengo, que la discapacidad solo existía cuando algo que cualquier persona puede hacer, otra no puede hacerlo debido a una incapacidad física frente a los demás, es decir que al sordo no lo hace un discapacitado su sordera, sino la incapacidad que tenemos los que escuchamos para hacer un mundo con el que él pueda relacionarse, igual nos pasa con los ciegos, los mancos, los mudos, ellos son discapacitados no por su condición sino por nuestra falta de imaginación, porque nuestra creatividad para crear un mundo que los incluya está tan limitada como ellos en este mundo que no los ha tenido en cuenta para diseñarse.

La anécdota es fuerte, las palabras lo son, es quizá también lo único que tenga de fuerte el cuento que estoy escribiendo.

—El mensaje lo había enviado a las 8:10 p.m. , al comienzo un solo signo de revisado lo acompañaba, lo que le recordaba que el internet al igual que sus cuentos eran lentos y pobres en conexión, no lo jodía, lo de sus cuentos, lo sabía bien, lo del internet lo mataba, detestaba esperar, y estaba seguro que cuando los signos fueran dos y aunque el color cambiara a azul, igual tendría que esperar, porque el Doctor, aunque amable, solía considerar que su tiempo no era tan valiosos como el suyo, y por ende siempre quedaba en la lista de no prioritarios.

Estaba atado de pies y de manos, no era fácil encontrar un doctor en lenguas que se interesara en leer cuentos y en asesorar durante la creación de algunas piezas, eso y la amistad que los unía desde los 14 años le ataban la furia que sentía, y lo obligaban a esperar.

Así que mientras lo hacía decidió continuar, eran ya las 8:29 p.m. y el segundo signo apenas aparecía, la espera iba a ser larga, el caso fue que continuó o intentó hacerlo, había pasado casi media hora viendo titilar la barra vertical en su pantalla pero las ideas no fluían, pero una vez escritas y re escritas un par de palabras empezó a aflojar la maquinaria.

—Algo similar me pasa a mí, los tullidos no son los únicos que sufren, yo al igual que los locos tenemos un impedimento mayor, sé escribir como ellos respirar, he escrito miles de palabras, he escuchado a la crítica y si bien nunca ha exagerado, cosa que en el fondo siempre me ha alegrado, ha tenido sus comentarios muy positivos, y frente a las opiniones de los lectores, están esos quienes juran que ante mis palabras no hay nada que no se rinda, lo cual es tonto e infantil, las palabras no demandan nunca una rendición, no quieren tregua, las palabras y sobre todo las mías quieren resistencia, voluntad y resistencia, mis palabras solo sirven para provocar, no para asediar, no me gusta robarme nada que en el fondo no quiera dárseme.

— El cuento es sobre un escritor, cobarde y honesto, acabo de escribir un párrafo donde se sincera, sabes que solo escribo de los escritores cobardes porque me encanta hacerlos confesar, los conozco Doctor, los he leído, farsantes, gigolós incapaces de hacerle el amor a la mujer que les gusta, frente a cualquier otra, no les para la lengua pero frente a los partidos importantes, pechos fríos, como gritan en el estadio a los que cobran centenas de millones por achicarse cuando la situación exige grandeza, llenan de valentía a sus personajes pero es solo porque a ellos les falta, no son diferentes de los tullidos, porque al igual que ellos ante las situaciones queda en evidencia que algo les falta.

—el Reloj ahora marcaba las 9:29 p.m. los mensajes entregados y leídos, la respuesta aún sin escribirse, o quizá sin siquiera ascender un lugar en la lista de pendientes, ahora piensa que se siente como debería sentirse el cuento, un segundazos, o tercerazo, sin prisa alguna de ser terminado. Se disculpa con él sin embargo, piensa, me faltan ideas, pero sabe muy bien que quiere escribir, en el fondo sabe que está escribiéndole a ella, a su profundidad, a su anaranjado incendio de pelos, sabe que está escribiendo no solo de un escritor cobarde, sino un poco de él, quizá en el fondo también sea un escritor cobarde, “Un hombre es todos los hombres” piensa tengo derecho a serlo en caso de que lo sea, pero continúa pensando en ella, en la misma forma en como pensó cuando oyó a sus amigos hablar del amor, será amor, la quiero de manera diferente, es decir, es hermosa, siempre lo ha sido, atractiva, inteligente, pero me gusta, de verdad me gusta, es decir la quiero, pero de verdad la quiero.

—Su mente le da tregua, está en calma, en ceros, en blanco, no piensa en ella, no piensa en nada, es una pena porque muy pronto lo notará y extrañará ese lugar, ese breve silencio, esa ausencia de sí mismo, ella lo inundará de nuevo, no tendrá escapatoria más preguntarse, la quiero, la quiero de esa manera, nunca la rechazaría, si tuviera una oportunidad de desnudarla le arrancaría la ropa, la tomaría del pelo y le comería el sexo sin pensarlo, le importaría muy poco, o nada si no estuviera depilada, incluso si tuviera la regla, la única regla que él conoce es que cada oportunidad puede ser la única, así que lo haría, la mordería, la marcaría, con que ganas la tomaría del cabello para guiar su boca a miembro, y con cuanto deseo la levantaría después del cabello, la pegaría contra la pared para luego darle un buen follón, no importa si no se corre, no le importa no venirse si la hace llegar, siempre se esfuerza en los primeros polvos, cada oportunidad puede ser la única se recuerda, la nalguearía, quizá hasta la abofetearía mientras follan, sin violencia, solo como un juego, quizá

—Prrrr prrrrr

Vibra su móvil y sale del trance, mira la barra vertical palpitando en la pantalla toma el móvil.

—Perdona la demora dice el doctor, el primer párrafo si es la anécdota es fuerte, prometedor, tiene una halitosis a realidad que espanta, eso me gusta, el segundo tiene un poco más de esa violencia triste, de esa rabia desbocada, un golpe a la pared, tiene pinta de ser el trago que hace que todo se vaya, quizás deberías mencionarlo después, crear un par más de párrafos intermedios para que vuelva cuando se necesita, ahora es demasiado pronto, sería liquidarlo muy rápido.

Quizá si lo juntas con el otro texto, recuerdas, el del ego, ese en el que dices que el dolor del desamor no es más que el de una alegoría existencial, una reclamo justo frente a la negación de una vida fulminada, ese en el que hablabas del amor castrado, oprimido, era un idea un tanto alocada pero veo que quizá le viene bien al menos como un punto de partida a este, o quizás puedas solucionarlo de una manera más tradicional, probaste emborrachándolo? Espero no lo hayas hecho abstemio, sabés que los personajes necesitan pecar, perderse, sentirse vivos, aunque estén condenados repetirse toda la vida y a recorrer sus pasos en cada lectura como si fuera la primera vez, ya lo  hemos hablado, tu teoría al respecto me gustó, pero luego podemos retomarla, por ahora hacelo sufrir un poco, no le des tregua a los cobardes, alarga, dale esperanzas y luego tiralo al piso, recordá que cuando escribís tu papel no es el de escritor, es mucho mayor, sos el universo y como tal tenés que darle todas las oportunidades y nada de enseñarse con uno u otro personaje, tienen que serte completamente indiferentes, esto si queremos que el lector se sienta identificado.

Mañana me mostrás, necesito un poco de tiempo de calidad antes de dormir.

—El mensaje finalizaba sin dar derecho a réplica, odiaba sus monólogos, se sentía como un pelele cuando lo ninguneaba de esta manera, —mi culpa y mil veces mi culpa, pensaba, y en el fondo quería sumergirse en esa ira, porque aún tenía en su cabeza el recuerdo de la humedad ficcionada, debería planteárselo, decirle, no sé si me gustas, pero me gusta la idea de que me gustes.

—Sonrió aturdido, planteárselo ja, plantearle qué si nada lo tenía claro

—Debería hacerlo, pensaba mientras liaba su cigarro, pensaba mientras lo hacía pensarlo, mientras lo obligaba a pensarlo,

—Ja pobre imbécil, está perdido y envió el mensaje, este no va a dejar de sufrir, se agobia con una facilidad, tiene miedo, miedo, jajajajaja pobre imbécil y va sentirse así en cada lectura, imaginas al desdichado. —Estaba a punto de enviar el mensaje, pero se sintió mal, hacerlo sufrir eso toda la vida, un sufrimiento tan tonto, nada elegante ni simbólico, no, soy mejor que eso pensó, juego a ser escritor no quizá…

Nada, las semanas pasaban y la historia seguía en silencio, también ella, hacía semana que no sabía de ella…

—Prrrr prrrrr

—Era el Doctor, y cómo siguió el paciente, preguntó sonriente,

—Condenado a la única venganza y al único perdón, olvidado.

—Hizo una pausa mientras pensaba en ella, si la quería o no, y luego continuó escribiéndole a su amigo quizá algún día, añadió antes de desearle un feliz día.