Llegar a la Meta

Sara se venda los pies con la técnica de alguien que lo ha hecho muchas veces, sabe manera la presión, no mucha como para estancar la sangre, sí lo suficiente para darle la estabilidad que su tobillo necesita, Jaime, su novio la mira enfadado continuar con el ritual, agregar una y otra y otra vuelta alrededor de su talón, luego debajo de la planta del pie, estirando muy poco para generar esa tensión que busca.

Él piensa que no es necesario correr en ese estado, que no vale la pena arriesgarse a dañarse el pie, que vendrán otras carreras, que habrá otro momento, otra oportunidad, que puede hacerlo después, que… piensa sobre todo que tiene razón, y olvida que ella no corre solo por ella, que es como un impulso, que esta carrera no comienza hoy, que empezó hace dos años, que ella lleva entrenando un año y medio para enfrentarla, que no empezó sola, que iba a hacerlo con su amiga, que su amiga ya no está, que hace cuatro meses una enfermedad la postró en una cama, que ha desaparecido casi por completo su masa corporal, que ella que le enseñó a correr ahora no puede ni moverse pro sí sola, que quizá fue culpa que ella esté postrada, fue ella la que la convenció de correr el iron man aunque no tenían suficiente preparación, ella la que corría delante de ella y se lanzó el agua encima, ella quien la hizo correr cuando su amiga le había dicho que no podía más…

Pero el accidente cerebro bascular que tuvo Juliana nada tiene que ver con ese vaso de agua lanzado en el rostro, ni con la presión de Sara, el coágulo estaba suelto en su cuerpo, era cuestión de tiempo, la carrera no ha simplemente sido un mal tiempo, pero Sara se culpa, Sara sufre y asume una responsabilidad que no es suya, por eso hoy Sara lastimada, se venda, se venda estirando con precisión, se mide el zapato con la venda, funciona, camina un poco, no duele, está bien piensa y acelera un poco el paso.

Jaime se enfada, desde que empezó a correr Sara parece correr de todo, piensa él sin entender muy bien que no es cierto, pero la vida ha cambiado, el mercado ha cambiado, sus fines de semana han cambiado, él quiere dormir hasta tarde con ella y levantarla con un beso con un desayuno en la cama, con ganas y hacerle el amor con furia, pero desde que Sara empezó a correr, Jaime nunca puede despertarla, y él ni siquiera entiende porqué se enfada cada sábado cuando despierta y ella ya no está a su lado, se siente abandonado, siente que ha corrido demasiado lejos, que ya no puede verla a la distancia, y refunfuña irritado.

Juliana si pudiera le diría a Sara que no corra, que no vale la pena, que puede estar arriesgando su siguiente carrera, incluso podría estar perdiendo la oportunidad de volver a correr, que es como tener novio, que se está perdiendo a todos los demás por uno solo, que dedique a hacer media carrera, que llegar a la meta no siempre es la meta, que vale la pena retirarse a tiempo.

Sara duda, pero la culpa es grande, no lo hago por mí piensa mientras comienza un pequeño trote, se siente más confiada al notar que la venda funciona, se siente mejor y aumenta el paso, Jaime se enfada, Juliana si pudiera le diría que siempre la sorprende, como siempre le decía, le diría que está hecha de hierro, que su cuerpo es un privilegiado, que ella no podría, pero no puede, está conectada a un respirador con el cuerpo entumido.

Sara llega a la línea de salida, aguarda, respira y corre, corre pensando en llegar a la meta, arranca y la cruza al primer paso y entonces todo termina, pisa mal su tobillo no resiste, bastó un paso y está fuera, llora, llora desconsolada, la logística se acerca a ella, no estuvo tan mal le dice el paramédico que la atiende, si lo mira desde esta perspectiva llegaste a la meta.

Tomarle gusto

Dicen que hay sabores naturales y gustos adquiridos, dicen, los que saben, los críticos, los molestos, los quisquillosos que hay cosas que aprendemos a querer a pesar de que el primer, el segundo incluso el tercer contacto no sea el mejor. Sucede con los quesos y los embutidos, con los licores, dicen los que saben dicen que el paladar simplemente no codifica bien sus matices, se abruma y la lengua colapsa, que no resiste la presión y no le queda de otra más que cerrar el apetito…

Yo he aprendido con el tiempo que a ellos pueden gustarle sus quesos putrefactos, sus jamones salados y esos licores que se sirven como bofetadas, se han acostumbrado y ahora según lo que ellos mismos dicen tienen el paladar para disfrutar de sabores que yo no sabría ni siquiera comprender.

No mienten quienes dicen eso que dicen, no puedo apreciar un queso nauseabundo, ni me interesa con qué alimentan al cerdo durante un año para probarlo, no tengo el paladar para encontrar los tonos a mora, tabaco, ni los aromas de lavanda o de zarzamora… no distingo uno del otro, pero he desarrollado otro gusto… a mí me gusta un sabor más fuerte, más abrumador, no solo te cierra el apetito, te cierra la vida si te descuidas. Me gusta ser pobre, Alex pensaba en eso mientras fumaba en su descanso detrás del restaurante donde trabajaba como mesero, había escuchado a muchos someliers hablando de vinos, había visto a muchos chef gritar como desquiciados cuando una carne no estaba del color que le gustaba, también había visto a cientos de niños y niñas lindas dejar su plato servido después de fotografiarlo, todas esas cosas lo enfermaban, Alex vivía con una gastritis punzante, que se agravaba cada vez que un episodio de esos se presentaba, el vino era vino, que importaba a la que oliera, el pollo, el cerdo, el pescado, la res, los cortes raros los desechos, los escupidos y devueltos, la comida en la basura, y su recuerdo de las noches con hambre, de sus vecinos con hambre, de su madre con hambre, la fotos preciosas, con los platos llenos que ni siquiera disfrutaban, le gustaba ser pobre pensaba mientras fumaba.

Jamás  un frívolo engreído, jamás un tonto alienado, prefería acostarse con hambre a convertirse en uno de esos tipos que botaba la comida habiendo gente que se acostaba con hambre, pensaba en su madre fingiendo que no quería cuando solo había una salchicha o un huevo y de inmediato se curaba de los sueños vacíos, de esa estupidez de querer llenarse la barriga con un vino que costaba su año de salario a sabiendas que sus vecinos se acostarían con hambre, Alex le había tomado gusto a conocer el valor de las cosas, a saber de las necesidades y conocerlas, su paladar sabía encontrar un sabor que para ellos, refinados sin entendimiento ni causa era imposible, el sabor del último plato compartido, los años que se había añejado el deseo de compartir con los suyos, el color de un guiso, aunque no tuviera más que cebolla.

Ellos no lo sabrán nunca, y no extrañarán como él los tamales de la abuela, ni los cafés con su tío, jamás sabrán el sabor que tiene un sánguche con mortadela compartido, esos bastardos no tienen el paladar, una sola prueba de mi realidad los dejaría con la guardia baja, con la boca abrumada, con las tripas hechas corazón, él lo sabía, lo había formado, tenía las vísceras para ver a la pobreza a la cara y decirle: Me gustas.

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Libros viejos

—Hablan distinto, huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel. Cuando dijo eso no puedo evitar reírse. Alirio era viejo como su nombre, viejo como sus libros y viejo como su humor, le encantaban los juegos de palabras y creía genuinamente que solo necesitaba un poco de suerte para encontrar una sonrisa, un comprador, un amigo, a sus 63 años ni siquiera descartaba el amor de su vida. Era inevitablemente optimista como todos los libreros.

La mujer a la que hablaba tenía clase, esa clase que no da el dinero, que de hecho es imposible ligar con él. Una elegancia incorruptible, demasiado sobria, bien llevada, una gracia natural de esas que no puede fingirse, se ríe del chiste, aunque es malo; sabe acercarse incluso a aquellos a quienes su don les ha sido negado.

Alirio es un hombre decente y amable, pero escupe en el piso, es rústico. Puedes sacar a un hombre del campo, pero difícilmente al campo del hombre, y Alirio es así, agreste, aunque bello, tiene esa magia rural, esa simpatía por lo desconocido, no sabe mucho de modales, pero es respetuoso. Y no sabe mucho de moda, pero sí de libros.

—Ese libro señorita, el que lleva ahí se vendió muy bien en los 70, una joya de la literatura erótica. Estuve preso cuatro veces por vender copias del mismo. No recordaba que estaba ahí, dijo señalando la pasta rosada. La sonrisa vertical se leía, La educación sentimental de la señorita Sonia.

Recordó al general Campanella, su bigote espeso, su ira golpista. Atenta contra la moral, decía el joven de 25 al golpear a Alirio de 50. —Es una vergüenza para dios su comunidad y el país, repetía mientras su uniforme se manchaba con la sangre de Alirio, ¡No tiene usted vergüenza! Es acaso usted un animal incapaz de contenerse, le preguntaba mientras llevaba perros entrenados y en celo para montar y violar homosexuales.

—Una época peligrosa para leer, dijo riendo con amargura. Había visto demasiado, incluso para alguien como él que había leído demasiado. Aproveche ahora señorita, ahora no le causará ningún problema, dijo y cerró los ojos recordando su cabello ensortijado, su quijada puntiaguda, aproveche ahora dijo dulcemente sintiendo la libertad que lo rodeaba.

—Es para una amiga, dijo ella sin inmutarse. Yo soy más de libros menos grotescos, no me escandalizan, solo me aburren, prefiero esa escena de María Font seduciendo a Arturo Belano, me gusta más Talita que la Maga, y soy más Sabrina, la adultera inocente que desconoce el real engaño que la sabelotodo que lo planea. Creo que me gusta el erotismo casual, el accidente pornográfico, pero no la película ni la obra. En estos libros todos parecen siempre saber muy bien donde va qué, yo la verdad disfruto más de la sorpresa. Dijo segura de sí misma, jovial, para nada avergonzada o molesta.

Alirio la miraba curioso. —Es un buen libro, no es tan básico, dijo. Pero yo he venido por otra cosa, dijo enseñándole un libro de cuentos infantiles rusos. Alirio se sonrojó, creyó que era madre y por alguna razón creyó que si lo fuera merecía más respeto que antes solo por ser mujer. Incluso sintió vergüenza, ¿cuántos años tiene la criatura a quien lo lleva? Preguntó avergonzado. —35, respondió de inmediato, un ñoño come libros. No se angustie, no esté tenso, nada de lo que ha dicho me ha molestado, es para mi novio, mi amante, para el inocente Arturo Belano, para complacerlo, le gustan los libros, es solo un regalo.

Alirio asintió. —Tiene buen gusto dijo mirándola a ella, los libros viejos huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel, son exquisitos, porque ya han vivido en otras manos, han sido manejados con cariño y con fuerza, saben resistir, dar y recibir, los libros viejos tienen alma. Dijo mientras los empacaba como regalo.

—Me gustan los libros viejos, capaz también y los libreros viejos, sonrió ella.

Al límite

Son las 8 de la noche y siento ganas, quiero sentirte aquí, cerquita, como un vicio te necesito, sé que es mentira, pero te quiero cerca, hago equilibrio y camino por tus deseos y los míos, sabes, no somos tan distintos, los opuestos se tocan en los bordes, y por eso vos y yo caminamos sobre la misma línea, al menos en una o dos cosas importantes.

Si lo entendieras sabrías donde conectar, pero insistes en irte al otro polo, en repelerme, no te das cuenta, pero estamos al límite, en ese borde, pero está bien, a veces pareciera que no solo caminamos en bordes diferente sino también en sentido contrario, pareciera que solo así me vieras, como esas personas que solo se ven cuando es inevitable, como el carro que solo ve una dirección e invade un carril en un giro prohibido para encontrarse de frente el karma, el destino, el castigo e impacta a un motociclista que avanza sin cometer infracciones, como esa gente que va tan pegada al celular que choca de frente con alguien que camina tranquilo conversando y tras recibir el golpe, ambos perplejos miran desconcertados a los causantes ausentes.

Al límite como los escritores que terminan sus noticias viendo en el reloj la cuenta regresiva de la imprenta consumirse, vos no lo sabés, ellos no lo saben, yo tampoco, no tengo ni idea de que estamos tan distantes porque en proximidad nos vemos frente a frente, pero los caminos tienen rumbos distintos… es como ese boxeador que va ganando por puntos, pero está a punto de perder por nocaut, vamos así sin saberlo corriendo con el sombrero en la mano para deslizarnos por debajo de la puerta, el balón en el aire rumbo al aro con el reloj en cero.

No hay otra forma de vivir pienso, no vale la pena de otra manera, pero lo cierto es que no lo creo, es tonto ser terco cuando los límites se marcan, cuando las distancias se establecen, vos y yo vamos a lugares diferentes, así que al carro le hará falta acelerar un poco más para crear la ventana de tiempo adecuada para que la moto pase sin problemas y la estrella, el reloj de la imprenta lanzará la alarma y el escritor acelerado verá partir su oportunidad de sacar primero la nota, porque una llamada para confirmar la información no llegó a tiempo, tras tres jabs consecutivos el boxeador bajará la guardia y un uper cut de derecha lo dejará inconsciente en el suelo, el balón golpeará el tablero, el aro, bailará sobre él y al final cuando todos creen que sí, la fuerza será demasiada y saldrá por el lado derecho del tablero, e Indiana Jhones no lo logra, no es la escena final, sino cualquier ensayo, uno malo, tropezaremos, o quizá no podremos agarrar el sombrero al deslizarnos, nadie dice corte, no se imprime y la escena se repite.

Al límite del entendimiento, pero aún así despiertos, enfrentamos la duda, la enfrento yo, tú no sabes qué estoy pensando, no conoces este límite, esta idea, nunca pude contártela, somo una casa tomada, ruidos y presencias nos expulsan el uno del otro, nos alejamos sintiendo la presión, es un movimiento similar a una prensa hidráulica, algo nos desplaza, algo externo creemos, pero no somos nosotros, que no nos vemos al borde, en el último extremo, al límite de nuestras decisiones, y continuamos entonces yéndonos sin saber lo que hacemos, sin entender que desde antes de empezar a notarlo fuimos siempre solo una línea paralela acercándose hasta casi tocarse.

Pero para los límites, casi no vale, tenemos límites que nos fijan a un espacio en el tiempo, y desde cerca nos vemos partir. Son las 8:15 ya no pienso en verte, ni en tenerte cerca, el gato vomita debajo de la cama.

Instinto

—Darwin trató de advertirnos, dijo Sara sosteniendo la venda sobre su ojo, sobre el rostro y el cuello aún quedaban rastros secos de sangre, el animal evoluciona, pero en su ADN queda el instinto, patrones de comportamiento automáticos, solo necesitan un detonador, un movimiento, un olor, un sabor, y zas de la nada, emergen salvajes y letales.

Es normal, es como en nosotros los humanos, un poco de vino, hormonas y nos comemos a mordiscos, y nos revolcamos en el suelo sudorosos, jadeamos y gemimos, y nos lamemos y chupamos gustosos del cuerpo del amante, incluso en esos lugares que nos cuesta admitir en público, dijo mirando a la enfermera con el ojo bueno, y recordando a esos amantes desparpajados que jamás se habían retirado ante su menstruación ni detenido su lengua solo en su sexo, no es su culpa, le dijo a la enfermera ruborizada y acalorada por la imagen. Es un cachorro, y no me di cuenta de que me estaba cazando.

—La enfermera la miraba de arriba abajo, olía a naturaleza, a césped, a bosque, sus pantalones anchos sucios y sus rastas desordenadas, sí pensaba sin decirle nada, Darwin tenía razón solo somos animales, algunos más que otros, pensó sin pretender ser burlona, más como envidia, se sentía domesticada a su lado, ella no podía vestirse así, verse así, hablar así, necesitaba de la compostura ligada a su profesión, cargo y rol. Práctica, elegante, confiable, extrañaba al versa sus épocas de estudiante, su vida en los paseos y los ríos, extrañaba el campo del que había salido con esfuerzo para nunca cagar fuera de baño de nuevo, para no bañarse con agua helada desviada de una cascada, ni tener que recoger para comer. Qué falta le hacía todo pensó y la miró triste por el recuerdo.

Sara creyó que su herida era grave, —era la única explicación posible a esa mirada lastimera, ha de pensar que soy joven y bella, y que ahora no seré más la segunda, habrá de creer que sin esa sensualidad ingenua mía, sin ese halo de nínfula eterna no podré conseguir un marido que me mantenga, seguro cree que por mis dreadlocks y mi pantalón de MC Hammer soy solo una hippie que creen cuarzos, y en espíritus y en mercurio retrogrado… bah, a esta la tienen bien amarradita del cuello, da la pata de la cama, simula bien sus orgasmos, capaz y tiene a un médico que la ocupa y mantiene desparasitada, vacunada… al pensarlo no puedo evitar verla con una curiosidad desconfiada que erradamente la enfermera confundió con miedo.

—No tema, todo va a estar bien, dijo mientras retiraba el pañuelo del ojo, —la marca era precisa, Buñuel en su máxima expresión, por fortuna para ella en el párpado y no el glóbulo ocular, la profundidad parecía programada en una cortadora industrial ni un milímetro de más, precisa como solo puede ser la suerte.

El párpado había sido atravesado por un objeto cortante, en un solo movimiento y había rasgado toda la membrana. —Tiene suerte le dijo, un poco más de fuerza, un poco más de profundidad y hubiera perdido el ojo, ¿cómo sucedió?, preguntó por fin ya sin suponer nada de ella, sin envidiar nada de ella.

—Mi gato dijo, Sherkhan, aclaró, no me di cuenta, fue mi culpa por no cerrar puerta, tenía ganas y no aguanté a llegar hasta al cuarto, desnudé a mi amante en la sala, y ahí follamos con rabia, animales en celo supongo, con fuerza, -dijo ya sin ver en ella una sumisa educada, lo dijo incluso para tentarla, ella no necesitaba saber nada de eso pero quería torturarla un poco, apretarle los tornillos, rebuscarle los deseos, -sabe de esas veces en que solo quieres sentirlo respirando en tu cuello y su cuerpo dentro del tuyo, los espasmos en las piernas, los empujones fuerte y lentos… —para su sorpresa la enfermera asintió y dijo -Son los mejores. —En fin, dijo ella malhumorada al descubrir que la señora elegante follaba y al parecer follaba bien, pues mi gato ha de haber estado en el mueble, mis dreadlocks los ha confundido con un juguete y ha intentado atraparlo, un solo zarpazo dijo, son animales, son instinto.

—Sí dijo la enfermera, su naturaleza es esa. Descuide, va a estar bien señorita.

—Sara alzó la cabeza, la enfermera la curaba y ella solo pensaba en Sherkhan, en la oscuridad, asechándola, como ella a la enfermera, es simple instinto.

Acarreos

Iván había trabajado 40 años haciendo acarreos, no eran pocos y salvo unos días de vacaciones por fuera o un par de lesiones de rodilla o de columna, y curiosamente una uña encarnada, 13 veces la misma uña, siempre el mismo lugar y por causas similares apoyar el peso de algo en él, generalmente neveras, pero se negaba a usar botas con protección, suficientemente incómodo era ya cargar camas, tablas, colchones y electrodomésticos con sus 70 kilos para agregarles más peso a sus pasos, que se caiga el dedo sino aguanta el trabajo decía como si pudiera conseguir otro.

En esos 40 años y cientos de mudanzas había algo que no cambiaba, un ritual que hace la gente, después de recoger todo, de empacar todo, miraban hacia atrás una última vez, a veces con miedo, a veces con alivio, la gente pensaba él para él, cree que se va dejando todo, escapando de todo… pobres, los fantasmas son los primeros en empacar.

Y cuando no empacan pues ya habitan a donde llegan, la gente cree que son los únicos que escapan de algo, sin pensar que adonde llegan todo los está esperando ya, en cada prenda, caja, libro cargan el peso de los recuerdos, es más muchos de esos fantasmas nacen ahí precisamente, al remover cosas, al encontrar cosas, cartas, camisetas, anillos, aretes, BOMBAS atómicas para la moral, porque cuando los encuentran uno puede ver como se rompen frente al peso de ellos, como su cuerpo cede, como su alma cansada se rinde, y se entrega al dolor.

Si no pasa al empacar, porque han tenido la suerte de que es él o algún otro el que ha empacado o porque en una ira arrasadora había destruido ya toda prueba y recuerdo… ilusos, no saben que las ausencias también recuerdan y llegan a espacios vacíos donde ese portarretratos luciría perfecto, donde la bicicleta, el peluche, su ropa, en cualquier lugar posible ella, él, ellos podían existir, jugar y ese espacio vacío se llenaba de recuerdos y su felicidad se destrozaba…

Los fantasmas no habitan espacios pensaba Iván siempre que veía a la gente cabizbaja antes de irse o recién al llegar, los fantasmas habitan almas, los dolores no se evaden ni se evitan, pensaba Iván cada que apoyaba una nevera en su dedo, sino aguanta el trabajo que se caiga, y caminaba el resto de la tarde con un cojeo divertido.

Él sabia lidiar con sus dolores, tres cervezas eran mejor que cualquier analgésico, mejor cojear que llorar así solo en medio de tanto y en medio de nada, mejor pensaba Iván mientras intentaba acomodar el peso de un televisor, mejor un espasmo o su lumbago que un corazón herido, porque también sabía que dolía mucho mas lo que no se rompía, lo que se abollaba, eso que maltrecho sobrevivía aparentemente intacto, un rayón, una pequeña peladura, eso dolía, lo roto con el tiempo curaba, pero lo herido podía doler para siempre.

Su torpeza era insignificante, el mundo era un lugar mucho más rudo que sus manos llenas de cayos, frágil no era el cristal ni la porcelana, no eran los trofeos, ni los floreros, frágiles eran las personas, e iban por ahí llenos de cinticas, con sus dolores acomodados entre plástico de burbujas, icopor y papel periódico, de espumas y mallas fingiendo que todo había quedado atrás, fingiendo que solo necesitaban un lugar nuevo para escapar de los casi que no habían ocurrido y para dejar atrás todos los ojalá no hubiera pasado, imbéciles pensaba Iván, cargando a todo lado con todo los odiaba, sobretodo a aquellos que no podían llevarse sus miserias a sitios con ascensor.

Copiloto

Hay gente que va al cine, y personas que escuchan radio, hay quienes son incapaces de soltar sus celulares y otros que cargan con su biblioteca de arriba abajo. Están también los que recorren de un lado a otro las barras de los bares y las mesas de las cafeterías con las orejas abiertas y los ojos afilados… —Estos cazadores de historias son aprendices, pensó para sí mismo Jaime y metió su boca y su bigote cano y espeso en un café oscuro; al sacarlo, los vellos alargados y amarillentos se escurrían en el pocillo con la maestría de un pintor avezado, y se despegaban de nuevo sin derramar una sola gota, ese era el motivo de su tono ligeramente amarillento.

Era la mano derecha de la editorial y un ojeador literario de primera, de un solo vistazo podía clasificar a cualquier aspirante a escritor, la mayoría caben en dos grupos: ingenuos o crédulos. Piensan que las formas de contar están en los otros, que las grandes historias ya fueron contadas y que están siempre en el pasado. No tienen voz ni criterio, son imitadores descoloridos, fotocopias mal sacadas que intentan simular una voz nueva, transgresora pero cuidadosa de las viejas costumbres. —No soporto a esos fanfarrones distraídos, el oficio está en riesgo en mano de estos teóricos irresponsables, de esos mequetrefes que solo se han dedicado a estudiar la vida desde las teorías de otros.

Los buenos escritores están llamados a atestiguar la vida, a documentarla más que a repetirla, su obsesión mecánica por despresar los textos, por capturar sus esencias hace que sean excelentes forenses, pero malos médicos, les falta tacto aunque les sobre teoría, saben encontrar las tramas, desactivan con facilidad las maquinarias narrativas, son deshuesadores. Pero al igual que ellos, son incapaces de crear; solo saben desarmar, a ellos también los necesitamos, pero tienen ya una mayoría, y donde sea que la norma supera la rebeldía, el tedio acecha.

Por eso para los que aún tienen salvación, él tiene un arma secreta, un ejercicio simple. —Para los que están dispuestos a escuchar, la vida habla, pensaba. Así que daba la orden de realizar una crónica urbana como copilotos de un “piloto” o “chaperón”, eran conductores profesionales y fascinantes, ex militares, ex presidiarios, ex casi futbolistas y profesionales desempleados. Todos tenían dos cosas en común, les encantaba manejar y conversar, y además poseían las historias más hilarantes. Él mismo los seleccionaba de sus paseos cotidianos, él conocía sus mejores historias y confiaba en que, si alguno de ellos era lo suficientemente bueno, podría con facilidad convertir su viaje en un libro.

Al menos esa era la impresión que había tenido al escuchar la historia del soldado más torpe del país, un hombre asignado a la guardia presidencial que tenía un récord histórico y temerario; era la única persona que había herido de manera repetitiva al presidente en su casa presidencial, el arma, su torpeza ingenua, su falta de atención y las heridas, divertidísimas. Él había sido el culpable de que el presidente cobrará en la cumbre con el polio al dejarle caer un busto con su retrato en el pie mientras ayudaba a mudar algunos elementos al sótano de la casa. Días más tarde lo pisó -mientras entraba el mercado- en el mismo dedo que había casi fracturado antes. Tanta fue su fama que una vez le preguntaron al presidente que sí pensaba en la reelección y su respuesta había sido extraña para los medios: no creo que mis pies lo soporten; pero al conocer su historia la carcajada había sido genuina.

Un buen escritor sabrá que allí hay una comedia y una tragedia, y tendrá que escribirla sin pensar en lo inverosímil de una torpeza recurrente. Un buen escritor sabe que la realidad no necesita ser fiel a su percepción y que las palabras acordes para que sea genuina salen con facilidad de un buen escritor; así que sabrá hablar para que el soldado torpe viva, igual debía pasar con el detector de idiotas, un hombre con una atracción química hacia los imbéciles y los burócratas, un hombre que sin importar lo que hiciera o intentará, siempre, siempre siempre lograba encontrar a la persona menos apta para un trabajo y asignárlselo.

—Sí, pensaba entusiasmado sumergiendo de nuevo su bigote al café, entre tantos debe haber al menos uno que pueda contarme esa historia que sabe que aún no ha sido contada. Lo pensó y olió el café de nuevo, al menos uno dijo viendo por la ventana con la mirada perdida. Necesito al menos un buen copiloto.

Aleatorio

­—Hay una sensación que no olvido Doc, —dijo Mateo mientras estaba sentado frente a su psiquiatra, lo dijo con una tranquilidad genuina, después de tantos años Mateo había optado por llamarlo Doc, le parecía molesto usar su nombre propio, se sentía en confianza pero le estaba pagando y es difícil sentirse íntimo de alguien a quien tienes que pagarle por estar cerca, era la misma razón por la que nunca les decía el nombre a las prostitutas que visitaba, no pago por amistad, en algún lugar debía trazar una línea.

-Es, una espacie de mareo, de desorientación, recuerda las tazas de la feria, ese juego donde uno da vuelta y vueltas, donde se pierde de vista el norte y se deambula por un mundo que se precipita contra sí mismo, donde todo vuelve a uno, y todo se desdibuja, te tumbas en el suelo, cierras los ojos, pero igual todo se mueve, el mundo yira, yira, como dice el tango sabe, no para, no te espera, no te da chance, la gente suele olvidarlo, yo no, a mí esa sensación nunca me abandonó, cada paso doy siento que vuelve, las náuseas jamás se han ido…

El caso Doc, es que cada vez siento que toma más velocidad, una fuerza centrífuga me está consumiendo, siento la piel pegada a los huesos y a los huesos a punto de romperse, siento que el mundo, que el mundo está dentro, no sé si me entiende Doc, —Mateo había hecho una pausa, una pausa inquieta, sacudió con habilidad la ceniza de su cigarrillo dejando solo la brasa en un gesto sutil pero artificial, se nota que lo había practicado, se notaba como todo en él, que era producto de una fórmula, de un mecanismo, que le era impropio, nunca lograba apropiarse de nada, tan solo adaptarlo por la fuerza, con él nada fluía pero todo, absolutamente todo funcionaba, por eso eficaz como siempre, en ese gesto artificial como siempre dejó la brasa perfectamente expuesta.

Luego llevó el cigarro a la boca, inhalo y continuó hablando —¿lo ha sentido Doc?, ¿alguna vez ha sentido que el cuerpo se comprime tanto, que se siente disminuido?, que el mundo lo aprieta, ahorca, y rompe —era curioso que hubiera escogido esas palabras, pensaba el psiquiatra, él era como un alfarero, él ponía sus manos grandes, torpes y pesadas, sobre el mundo, él era su martirio, él precisamente él que se quejaba de cómo el mundo lo oprimía era el mayor opresor, todo el edificio lo padecía la gente a su alrededor estaba cansada de solo estar a su alrededor, su familia ya no tenía energía, su hijos estaban frustrados, a él le pagaban por entenderlo pero el precio era apenas justo para soportarlo, el portero del edificio, los empleados de servicios generales, la recepcionista, la propia administración del edificio había pedido de alguna manera los cambios de horarios para Mateo, y aún así, pero a los horarios incómodos, a los cambios repentinos él seguía apareciendo, era imposible de evadir, una molestia incontrolable.

—Sí, la he sentido Mateo, es abrumadora, una sensación normal pero asusta, perder el poder sobre uno mismo, sentir que el mundo puede dañarte, recordarte que eres vulnerable y que no todo está bajo tu control es intimidante y —No, no es esa la sensación Doc, yo no lo veo nada de malo a que el mundo sea un lugar hostil, así debe ser, el mundo es animal, lo único que me inquieta es porqué ahora pasa más rápido, por qué ahora, por qué justo ahora?

-La pregunta era retórica, pero la interrupción que mateo le había hecho lo había enfadado, así que contestó seco y directo, la pregunta tiene una respuesta obvia Mateo, una respuesta corta, aunque no va a gustarte, el mundo es animal, sus acciones también lo son, el universo no tiene consciencia, vos no le importas al universo y tampoco lo hace tu sufrimiento, simplemente es mala suerte, como la de todos, siempre hay un cretino que nos arruina la vida solo por azar.