El gusto

De los sentidos sin duda el más provocativo es el gusto, quizá tenga que ver el hecho de tener un par de kilos de más, sería lógico que lo relacionen con el peso, decía con una pequeña risa dibujada el escritor mientras comenzaba su discurso, lo hacía, saboreándose, con las manos en la espalda, con el placer en el rostro, y la mirada hecha fuego.

Mariana estaba leyendo nerviosa su texto, como toda estudiante de colegio perdía esa impertinencia juvenil cuando perdía el poder el anonimato, cuando sentía que como en todo banco o grupo, si era perseguida las demás la dejaban sola. Así que continuó, con esa fría y falsa postura de nada me importa, también tan propia de su edad.

Por sí solo puede sorprendernos y cuando se combina… ahhhh el paraíso queridos, el paraíso, porque nada puede vencer la fusión del gusto con cualquier otro sentido, el gusto y el tacto por ejemplo, las texturas invadiendo las papilas gustativas, los labios húmedos empapados, la firmeza de un arándano que juega en la punta de la lengua, la temperatura llenando la boca… e igual sucede con todos.

No es casual que El Buen Gusto sea considerado como lo es, un atributo admirable, y olvídense de las posturas acartonadas, o las distinciones sociales, el buen gusto no es como se piensa una postura elitista, la yema de huevo desparramándose sobre el arroz, es de buen gusto, siempre y cuando el huevo no esté con la clara cruda ni quemada, porque no es solo cuestión de estética, sino de naturalidad y de sincronización, de contrastes, de colores, de cortes, moldes y hormas, de encajar.

El gusto con el aroma, la mitad de la comida y de los orgasmos serían insípidos sin esta fusión no podrían mantener dura ni el miembro de un adolescente, el aroma es necesario, para darle al sexo su firma, su impronta, para irse con nosotros impreso en el pelo, en la barba, en el cuerpo, sin el olor el sexo es limpio y el sexo limpio es frívolo y triste.

Cuando terminó de leer esa frase, Mariana estaba sonrojada, podía sentir la lubricación escurriéndosele entre en los pequeños vellos de su pubis, y el calor sonrojándole las mejillas, la sangre acelerada, las palpitaciones recordando el aliento del escritor en su cuello, imaginaba de nuevo las manos recorriéndole las piernas, el temblor y el sudor de sus rodillas mientras daba vueltas en su cama, Mariana estaba excitada, como lo estaba al haber escuchado por vez primera las palabras en voz del escritor y recordaba perfectamente que eso la había hecho salir tras él, sujetarle la mano preguntarle por sus cuentos, pedirle que si podía entrevistarlo para una tarea.

Recordaba montarse en su auto, nerviosa, sentir que su humedad, tal y como ahora era abundante, y pensar que sin ropa interior el líquido que escapaba de sus pelitos y se impregnaba en la silla del pasajero, recordaba verlo suspirando, como si supiera, como si oliera su excitación y eso la hacía mojarse aún más.

Y en el trance que se encontraba continuó hablando, el gusto con el oído también combina por que el golpeteo de una lengua contra unos labios hinchados, contra un clítoris endurecido, dirigido como una sinfónica por los gemidos, se hace imprescindible, magnánimo y encantador, un crescendo, un coro exaltado digno de un aplauso.

Y calor que Mariana sentía ahora se trasladaba a sus compañeras, el mismo profesor estaba sonrojado y tenía la respiración entrecortada, su lengua, no la del escritor calentaba a 30 adolescentes que al igual que ella sentían en sus tetas la ausencia de una mano, de un agarre firme, de una lengua hábil, sus nalgas extrañaban la sensación de una pelvis rozando contra ellas y toda intentaban cruzar las piernas para estimular y controlar al mismo tiempo la excitación que se apoderaba de ellas.

El gusto, el gusto lo vale todo, así que por eso escribimos, esa era la respuesta, escribimos por deseo, por el vil y humano placer de escribir, por sentir las letras golpeando contra nuestro paladar al leerlo en voz alta, por sentir la respiración agitada, el miedo, la rabia y el dolor que imaginamos, escribimos porque podemos, aunque tú no nos leas.

Sino

El destino es solo el diario del pasado, no la promesa del futuro.

—Escuché alguna vez de un enano rengo, que la discapacidad solo existía cuando algo que cualquier persona puede hacer, otra no puede hacerlo debido a una incapacidad física frente a los demás, es decir que al sordo no lo hace un discapacitado su sordera, sino la incapacidad que tenemos los que escuchamos para hacer un mundo con el que él pueda relacionarse, igual nos pasa con los ciegos, los mancos, los mudos, ellos son discapacitados no por su condición sino por nuestra falta de imaginación, porque nuestra creatividad para crear un mundo que los incluya está tan limitada como ellos en este mundo que no los ha tenido en cuenta para diseñarse.

La anécdota es fuerte, las palabras lo son, es quizá también lo único que tenga de fuerte el cuento que estoy escribiendo.

—El mensaje lo había enviado a las 8:10 p.m. , al comienzo un solo signo de revisado lo acompañaba, lo que le recordaba que el internet al igual que sus cuentos eran lentos y pobres en conexión, no lo jodía, lo de sus cuentos, lo sabía bien, lo del internet lo mataba, detestaba esperar, y estaba seguro que cuando los signos fueran dos y aunque el color cambiara a azul, igual tendría que esperar, porque el Doctor, aunque amable, solía considerar que su tiempo no era tan valiosos como el suyo, y por ende siempre quedaba en la lista de no prioritarios.

Estaba atado de pies y de manos, no era fácil encontrar un doctor en lenguas que se interesara en leer cuentos y en asesorar durante la creación de algunas piezas, eso y la amistad que los unía desde los 14 años le ataban la furia que sentía, y lo obligaban a esperar.

Así que mientras esperaba decidió continuar, eran ya las 8:29 p.m. y el segundo signo apenas aparecía, la espera iba a ser larga, el caso fue que continuó o intentó hacerlo, había pasado casi media hora viendo titilar la barra vertical en su pantalla pero las ideas no fluían, pero una vez escritas y re escritas un par de palabras empezó a aflojar la maquinaria.

—Algo similar me pasa a mí, los tullidos no son los únicos que sufren, yo al igual que los locos tenemos un impedimento mayor, sé escribir como ellos respirar, he escrito miles de palabras, he escuchado a la crítica y si bien nunca ha exagerado, cosa que en el fondo siempre me ha alegrado, ha tenido sus comentarios muy positivos, y frente a las opiniones de los lectores, están esos quienes juran que ante mis palabras no hay nada que no se rinda, lo cual es tonto e infantil, las palabras no demandan nunca una rendición, no quieren tregua, las palabras y sobre todo las mías quieren resistencia, voluntad y resistencia, mis palabras solo sirven para provocar, no para asediar, no me gusta robarme nada que en el fondo no quiera dárseme.

— El cuento es sobre un escritor, cobarde y honesto, acabo de escribir un párrafo donde se sincera, sabes que solo escribo de los escritores cobardes porque me encanta hacerlos confesar, los conozco Doctor, los he leído, farsantes, gigolós incapaces de hacerle el amor a la mujer que les gusta, frente a cualquier otra, no les para la lengua pero frente a los partidos importantes, pechos fríos, como gritan en el estadio a los que cobran centenas de millones por achicarse cuando la situación exige grandeza, llenan de valentía a sus personajes pero es solo porque a ellos les falta, no son diferentes de los tullidos, porque al igual que ellos ante las situaciones queda en evidencia que algo les falta.

—el Reloj ahora marcaba las 9:29 p.m. los mensajes entregados y leídos, la respuesta aún sin escribirse, o quizá sin siquiera ascender un lugar en la lista de pendientes, ahora piensa que se siente como debería sentirse el cuento, un segundazos, o tercerazo, sin prisa alguna de ser terminado. Se disculpa con él sin embargo, piensa, me faltan ideas, pero sabe muy bien que quiere escribir, en el fondo sabe que está escribiéndole a ella, a su profundidad, a su anaranjado incendio de pelos, sabe que está escribiendo no solo de un escritor cobarde, sino un poco de él, quizá en el fondo también sea un escritor cobarde, “Un hombre es todos los hombres” piensa tengo derecho a serlo en caso de que lo sea, pero continúa pensando en ella, en la misma forma en como pensó cuando oyó a sus amigos hablar del amor, será amor, la quiero de manera diferente, es decir, es hermosa, siempre lo ha sido, atractiva, inteligente, pero me gusta, de verdad me gusta, es decir la quiero, pero de verdad la quiero.

—Su mente le da tregua, está en calma, en ceros, en blanco, no piensa en ella, no piensa en nada, es una pena porque muy pronto lo notará y extrañará ese lugar, ese breve silencio, esa ausencia de sí mismo, ella lo inundará de nuevo, no tendrá escapatoria más preguntarse, la quiero, la quiero de esa manera, nunca la rechazaría, si tuviera una oportunidad de desnudarla le arrancaría la ropa, la tomaría del pelo y le comería el sexo sin pensarlo, le importaría muy poco, o nada si no estuviera depilada, incluso si tuviera la regla, la única regla que él conoce es que cada oportunidad puede ser la única, así que lo haría, la mordería, la marcaría, con que ganas la tomaría del cabello para guiar su boca a miembro, y con cuanto deseo la levantaría después del cabello, la pegaría contra la pared para luego darle un buen follón, no importa si no se corre, no le importa no venirse si la hace llegar, siempre se esfuerza en los primeros polvos, cada oportunidad puede ser la única se recuerda, la nalguearía, quizá hasta la abofetearía mientras follan, sin violencia, solo como un juego, quizá

—Prrrr prrrrr

Vibra su móvil y sale del trance, mira la barra vertical palpitando en la pantalla toma el móvil.

—Perdona la demora dice el doctor, el primer párrafo si es la anécdota es fuerte, prometedor, tiene una halitosis a realidad que espanta, eso me gusta, el segundo tiene un poco más de esa violencia triste, de esa rabia desbocada, un golpe a la pared, tiene pinta de ser el trago que hace que todo se vaya, quizás deberías mencionarlo después, crear un par más de párrafos intermedios para que vuelva cuando se necesita, ahora es demasiado pronto, sería liquidarlo muy rápido.

Quizá si lo juntas con el otro texto, recuerdas, el del ego, ese en el que dices que el dolor del desamor no es más que el de una alegoría existencial, una reclamo justo frente a la negación de una vida fulminada, ese en el que hablabas del amor castrado, oprimido, era un idea un tanto alocada pero veo que quizá le viene bien al menos como un punto de partida a este, o quizás puedas solucionarlo de una manera más tradicional, probaste emborrachándolo? Espero no lo hayas hecho abstemio, sabés que los personajes necesitan pecar, perderse, sentirse vivos, aunque estén condenados repetirse toda la vida y a recorrer sus pasos en cada lectura como si fuera la primera vez, ya lo  hemos hablado, tu teoría al respecto me gustó, pero luego podemos retomarla, por ahora hacelo sufrir un poco, no le des tregua a los cobardes, alarga, dale esperanzas y luego tiralo al piso, recordá que cuando escribís tu papel no es el de escritor, es mucho mayor, sos el universo y como tal tenés que darle todas las oportunidades y nada de enseñarse con uno u otro personaje, tienen que serte completamente indiferentes, esto si queremos que el lector se sienta identificado.

Mañana me mostrás, necesito un poco de tiempo de calidad antes de dormir.

—El mensaje finalizaba sin dar derecho a réplica, odiaba sus monólogos, se sentía como un pelele cuando lo ninguneaba de esta manera, —mi culpa y mil veces mi culpa, pensaba, y en el fondo quería sumergirse en esa ira, porque aún tenía en su cabeza el recuerdo de la humedad ficcionada, debería planteárselo, decirle, no sé si me gustas, pero me gusta la idea de que me gustes.

—Sonrió aturdido, planteárselo ja, plantearle qué si nada lo tenía claro

—Debería hacerlo, pensaba mientras liaba su cigarro, pensaba mientras lo hacía pensarlo, mientras lo obligaba a pensarlo,

—Ja pobre imbécil, está perdido y envió el mensaje, este no va a dejar de sufrir, se agobia con una facilidad, tiene miedo, miedo, jajajajaja pobre imbécil y va sentirse así en cada lectura, imaginas al desdichado. —Estaba a punto de enviar el mensaje, pero se sintió mal, hacerlo sufrir eso toda la vida, un sufrimiento tan tonto, nada elegante ni simbólico, no, soy mejor que eso pensó, juego a ser escritor no quizá…

Nada, las semanas pasaban y la historia seguía en silencio, también ella, hacía semana que no sabía de ella…

—Prrrr prrrrr

—Era el Doctor, y cómo siguió el paciente, preguntó sonriente,

—Condenado a la única venganza y al único perdón, olvidado.

—Hizo una pausa mientras pensaba en ella, si la quería o no, y luego continuó escribiéndole a su amigo quizá algún día, añadió antes de desearle un feliz día.

Instrumentos de viento

Las cosas no solo tienen nombres, también suenan.

Creo, muy en el fondo casi como una certeza que cuando respiramos ingerimos bocanadas de notas, que tu boca y la mía, tu nariz y la mía, más que oxígeno inhalan dos, rees, miis, que nos hacen sonar, a veces en la misma melodía, ese vientito se desplaza por el cuerpo y cuando resuena en los lugares correctos, nos falta el aire, pero no la música.

Los instrumentos de viento respiran, de una manera diferente, son incapaces de mentir porque requieren de un aliento profundo para sonar, dos pulmones deben hincharse de emociones y luego la boca, debe soltarlas como quién exhala su último aliento.

Si te preguntas a que viene todo esto, es porque la música cambió y pasó de la batería del jazz, al bandoneón, y el segundo siento que me mueve más que el primero… no sé, otra charla para sumar a ese tortoni en que se me convierte la cabeza cuando puedo crear una pequeña idea.

Ese miedo que congela, talvez estoy contándome esto a mí mismo, contando con que lo leas, o quizá estoy leyéndolo en voz alta mientras lo escribo, la idea no es descabellada, la palabras salen antes de que las digite, hay un vaso de ron cerca a la máquina de escribir, es un computador realmente, pero es una máquina y la uso para escribir, así que quiero llamarla, tal vez es media noche, tal vez estoy solo, un poco ebrio, un poco adolorido, talvez, talvez, talvez. Talvez quiero romperme en mil pedazos y decirme que no importa, me jode, me duele, pero NO importa, recordar cuando ella dijo: mirá estoy con otro, no te lo tomés a mal.

¿Lo crees?, ¿que alguien se lee esto a sí mismo en medio de la media noche un poco ebrio, segundos antes de escribirlo?

El bandoneón no da tregua, se expande, se contrae, diría palpita, pero no, es sístole y diástole pero no bombea ni vibra, sopla, sopla, sopla, y nos va dando algo, el hielo cruje en el ron, el vaso suda, yo sudo, no por esfuerzo, no, vivo en una ciudad acalorada, no caliente, no, acá el sol no pega todo el día, ni duro ni constante, pero se concentra, nada escapa de esta puta ciudad, solo ella. El caso es que suda el vaso y el bandoneón cruje también en el oído y el cuello se estremece, es solo un instrumento de viento, pero cada nota se graba mientras vuela.

¿Podés creerlo?, que esto lo escribe un ebrio, en medio de la noche, quizá está sobrio, pero en el fondo lo escribe un ebrio. Es curioso, las canciones recuerdan personas, las canciones completas, pero los instrumentos, al menos los de viento, recuerdan sensaciones, la letra, porque tiene letra lo que escucha el ebrio sobrio, pero la letra no importa, no dejás de pensar en ella, en ella con los ojitos cerrados la téticas pequeñas e hinchadas sobre él, repitiendo: —No sabés lo rico que se siente —Y pensás: —Está cree que está cogiendo sola, como si no sintiera los labios plegándose sobre la verga, la humedad bañándome lo huevos —y él sigo creyendo que sabe que siente perfectamente lo que ella siente mientras se muerde la boca, pero en todo escenario aunque hayan dos instrumentos, aunque los dos sean de viento y aunque los dos soplen las mismas notas, hacen cosas diferentes.

¿Podés creerlo?, que mientras el ebrio escucha un bandoneón recuerda una mujer jardín floreciendo sobre él, lo mejor es que él no tiene ni idea de lo que pasa, ni con la música ni con ella, ella no aguanta, se muerde la boca, y el bandoneón suena y resuena, tan, tan, tan, tan, tan, tan tararán. El escalofrío se agudiza ella tiembla, ella se para, el bandoneón se quiebra una y otra vez y llora las notas, ella gime, el bandoneón jadea, ella aspira sintiendo que se muere y estalla, chorrea, explota, lo baña…

Y él escribe, con Piazzolla en su cabeza, con ella aún sobre él, con ella aún lloviendo sobre él, una y otra vez, creyendo casi como una certeza que es música, que cada que suena un bandoneón, una mujer se viene a chorros, cabecea, la botella de ron mengua, igual que su cordura, el vaso cae, se rompe, se riega, igual lo hace ella, es el bandoneón piensa y duerme…

Final

Escribir tiene sus trampas, sus dolores, sus incógnitas…

—Silenciosos, son silenciosos, caminan con cautela, parecen distraídos pero se mantienen alertas, las orejas abiertas, los ojos también, aguzan el olfato, huele historia dicen, y en el paladar se le pegan las palabras, las que gustan, las que molestan, las que incomodan, las raras, las que tienen CH y RR porque estimulan las papilas gustativas, y si algo debe disfrutar quien escribe es el sabor que queda en la boca cuando el punto final se ha escrito.

—¿Punto final?

—Tiene que haber un punto final

—¿Siempre?

—Un punto final

—Se puede saber qué te pasa con el punto final

—Nada, bueno, no exactamente, todo aunque tampoco

—Hablá claro

—Entiéndame, he estado estudiando a su lado los deberes del escritor, sus fórmulas que parecen infinitas, sus tonos, variados, dispersos como acentos de regiones y países diferentes, hemos hecho un tratado de autoanálisis sobre nuestros propios textos y su fidelidad a estos tonos para crear nuestra carta literaria, con escritor espiritual y ascendente, hemos hecho ejercicios de imitación, ficción, supraficción, metaficción, sacaficción, asficción y en todos estos rituales lingüísticos, nuestra mayor dificultad ante los textos logrados fue siempre ese, el final, nunca era suficientemente bueno, pero lo cierto es que no tienen que serlos, el final de un libro o una historia, no tiene nada de difícil, es un puto punto.

—Mirá que no puedo dejar de mirarte y al mismo tiempo siento un gran deseo de abofetearte, ¿no entendiste nada?, cuatro años de dedicar nuestra energía a esto de la redacción espiritual, del cosmo editorial y seguís creyendo que se trata del signo y no del símbolo, pero te digo algo, no me extraña, siempre sospeche que nunca habías termina de comprender el tratado de semiótica de la gramática, que te sobrepasaba en comprensión su contenido, y aquí está la prueba

—Primero, ese librejo, libruzco, ese ladrillo sintáctico no era canónico de nuestro estudio, sabías bien que era un compilado de la interpretación de los aportes de tus filósofos favoritos, es decir no era más que tu opinión y ni siquiera sé cómo pretendías que lo ignorara, leerlo era aceptar tu hipótesis antes que la mía,  y eso nunca, habíamos ingresado acá precisamente porque no habíamos podido ponernos de acuerdo antes de entrar, no sé como rayos entraste una copia hasta este monasterio, pero era más obvio que no iba a leerlo ni a aceptarlo.

—El abad de los libreros estuvo de acuerdo con que tendría algún valor y me permitió traerlo

—¿Valor?, estás loco, sabes bien que en la torre del diccionario solo se acepta un libro que empieza por la inicial de cada letra de cada de cada de cada país, y sabes perfectamente que el tuyo no es digno de tal destino, el valor que le adjudicas en las palabras del abad, no es más que su valor en bruto, es decir, el cuero de la pasta, el papel, el pegante y bueno digamos que su peso como objeto, porque como obra, ese volumen jamás debió haber recibido el punto final.

—Estás celoso

—No, estoy cansado, no hay más que un punto al final, el comienzo ya lo solucionamos, pudimos encontrar que como causal de un buen inicio la culminación de cualquier pregunta, la promesa de un nombre al azar, o el sentimatopéyico de cualquier orgasmo, pero el final, no sabías como terminar y por eso te dolía, eres incapaz de hacer venir la obra, y por eso extiendes eternamente la proximidad, pero te equivocas,  no hay nada y esta es la prueba.

Falsas palabras

Expresiones

— Tenés que entender que es solo una expresión, que tiene fuerza porque así son las expresiones, incontrolables, delatan, pero sobre todas las cosas, tienen una fuerza única, las expresiones tienen tono y sabor, no está para nada fuera de sitio el hecho de que las expresiones sean entonces tan difíciles de traducir, >Feel like blue< dicen los gringos cuando se sienten tristes, >me cago en dios< los españoles cuando algo les sale mal, >no tienes abuela< los catalanes cuando pretenden borras tu ascendencia genealógica, Eureka supuestamente los científicos ante un hallazgo y…

—Comé puta mierda— interrumpió Alejandro y continuó diciendo: los editores a los escritores Joaquín, no me importan tus expresiones, a nadie le importan estas cosas ya, lo único que te pido que escribás es lo que se vende, no tenés que firmarlo, ser un fantasma como lo has sido con todos los que se han preocupado por vos alguna vez.

—Ah no, eso no, yo puedo desaparecer con facilidad de la vida de las personas, me cansa intentar convencerlas de que me hagan un lugar, o que ellos tienen justo el que merecen en mí, las demostraciones se las dejo a los matemáticos y los físicos, mi amor por los demás es como la prueba de los dioses un salto de fe, el que se va, es porque así lo ha deseado, o porque ha intentado al mejor estilo de los creyentes de closet (así llamaba Joaquín a los ateos, ya que no se explicaba porque dedicaban tanta energía a algo en lo que gritaban a voces no creer) forzar su existencia, de esos y esas puedo hacer así: tronó los dedos y un “zap” retumbó en el pequeño café, pero de la escritura no voy a irme nunca, lo que escriba lo firmo, no quiero que años después si tengo la fortuna de escribir algo algún día que pueda pagar las cuentas que los críticos vayan después a decir que: mientras alcanzaba un lugar en la literatura escribió para no morirse de hambre. Jamás he escrito con ansias de dinero, el que se muere por esa basura sos vos Alejandro, vos, a mí me tiene sin cuidado, la revista va mal, horriblemente mal, pero aún así puedo comer arroz con huevo.

—Vas a quebrar—

—Ese es mi secreto capitán, siempre estoy quebrado—

—No me hablés en frases de películas y memes que sabés que lo odio—

—Es lo mismo que yo te he dicho sobre no proponerme que siga escribiendo cartas y discursos políticos y miranos acá—

—Lo hago porque es lo único que te sale bien—

—Si es lo único que me sale bien, decime Alejandro, porqué estamos teniendo esta discusión—

—Porque por más bella que te parezca la hija de puta expresión, el presidente no puede decir: Al que no quiere caldo se le dan dos tazas, y menos si está hablando de un nuevo impuesto—

—Aligera el golpe—

—Aligera tu cuenta, esto no nos lo van a pagar—

—Solo tienes que decirle que es para que parezca más coloquial—

—No es tan estúpido Joaquiín—

Joaquín estalló en una carcajada, y luego respondió: cómo podés decir eso del tipo que un día leyó: Este es su discurso señor presidente por favor léalo y si tiene alguna duda avíseme y durante una conferencia de prensa.

—Mirá Joaquín de esa no sé cómo volvimos, pero te juro que de esta no salimos así de fácil, si le mandás esto así, tu vida como escribiente ha terminado.

—Una genialidad, eso es lo que quiero, que acabe mi vida de escribiente, que empiece la de escritor.

El editor exasperado rio amargamente y dijo: Esa vida ya la tenés muerto de hambre.

—Ah que dulce expresión— dijo por fin Joaquín levantándose de la mesa, y respondió: —Lo soy, lo soy, soy un escritor sin precio, un impagable, que nadie me ofrezca una moneda, te lo he dicho mil veces, cuando quiero escribir, escribo gratis, olvidaste que tu editorial no me paga.

—No te vendes—

Corrección dijo Joaquín —No me vendes, ese es tu trabajo—

—Cómo voy a venderte si no sos capaz de hacer bien un discurso como el que te encargue—

—El discurso está bien hecho— respondió seco y ofuscado

—EL PRESIDENTE NO PUEDE DECIR ESO AL AIRE—

—Es el presidente, puede hacer lo que quiera—

—Vos estás mal de la cabeza, mirá lo que escribiste dijo y comenzó a leer con vos impostada: En materia económica es innegable que ha habido un crecimiento (hubo un corto silencio) y continuó, un crecimiento en nuestras obligaciones con países extranjeros por eso es momento de entender que en este país las deudas son comunitarias, y que aunque no nos gusten los reajustes financieros, las decisiones deben tomarse y al que no le gusta la sopa, se le dan dos tazas—

Joaquín estalló en una carcajada —es oro puro—

—Nadie va a respetarlo—

—Ese barco ya zarpó—

—No pienso enviarle esto al presidente—

—Joaquín encendió el televisor del café y sintonizó rápido el canal nacional— No es necesario dijo, él ya tiene discurso

—¿ESTE DISCURSO—

—Que te odie a vos por conseguirme este trabajo de mierda, no quiere decir que sea imbécil o que odie el dinero, no, el tiene uno de verdad, así que no te angusties, este mes este muerto de hambre va a darte de nuevo con qué pagar tus cuentas, animal.