Instrumentos de viento

Las cosas no solo tienen nombres, también suenan.

Creo, muy en el fondo casi como una certeza que cuando respiramos ingerimos bocanadas de notas, que tu boca y la mía, tu nariz y la mía, más que oxígeno inhalan dos, rees, miis, que nos hacen sonar, a veces en la misma melodía, ese vientito se desplaza por el cuerpo y cuando resuena en los lugares correctos, nos falta el aire, pero no la música.

Los instrumentos de viento respiran, de una manera diferente, son incapaces de mentir porque requieren de un aliento profundo para sonar, dos pulmones deben hincharse de emociones y luego la boca, debe soltarlas como quién exhala su último aliento.

Si te preguntas a que viene todo esto, es porque la música cambió y pasó de la batería del jazz, al bandoneón, y el segundo siento que me mueve más que el primero… no sé, otra charla para sumar a ese tortoni en que se me convierte la cabeza cuando puedo crear una pequeña idea.

Ese miedo que congela, talvez estoy contándome esto a mí mismo, contando con que lo leas, o quizá estoy leyéndolo en voz alta mientras lo escribo, la idea no es descabellada, la palabras salen antes de que las digite, hay un vaso de ron cerca a la máquina de escribir, es un computador realmente, pero es una máquina y la uso para escribir, así que quiero llamarla, tal vez es media noche, tal vez estoy solo, un poco ebrio, un poco adolorido, talvez, talvez, talvez. Talvez quiero romperme en mil pedazos y decirme que no importa, me jode, me duele, pero NO importa, recordar cuando ella dijo: mirá estoy con otro, no te lo tomés a mal.

¿Lo crees?, ¿que alguien se lee esto a sí mismo en medio de la media noche un poco ebrio, segundos antes de escribirlo?

El bandoneón no da tregua, se expande, se contrae, diría palpita, pero no, es sístole y diástole pero no bombea ni vibra, sopla, sopla, sopla, y nos va dando algo, el hielo cruje en el ron, el vaso suda, yo sudo, no por esfuerzo, no, vivo en una ciudad acalorada, no caliente, no, acá el sol no pega todo el día, ni duro ni constante, pero se concentra, nada escapa de esta puta ciudad, solo ella. El caso es que suda el vaso y el bandoneón cruje también en el oído y el cuello se estremece, es solo un instrumento de viento, pero cada nota se graba mientras vuela.

¿Podés creerlo?, que esto lo escribe un ebrio, en medio de la noche, quizá está sobrio, pero en el fondo lo escribe un ebrio. Es curioso, las canciones recuerdan personas, las canciones completas, pero los instrumentos, al menos los de viento, recuerdan sensaciones, la letra, porque tiene letra lo que escucha el ebrio sobrio, pero la letra no importa, no dejás de pensar en ella, en ella con los ojitos cerrados la téticas pequeñas e hinchadas sobre él, repitiendo: —No sabés lo rico que se siente —Y pensás: —Está cree que está cogiendo sola, como si no sintiera los labios plegándose sobre la verga, la humedad bañándome lo huevos —y él sigo creyendo que sabe que siente perfectamente lo que ella siente mientras se muerde la boca, pero en todo escenario aunque hayan dos instrumentos, aunque los dos sean de viento y aunque los dos soplen las mismas notas, hacen cosas diferentes.

¿Podés creerlo?, que mientras el ebrio escucha un bandoneón recuerda una mujer jardín floreciendo sobre él, lo mejor es que él no tiene ni idea de lo que pasa, ni con la música ni con ella, ella no aguanta, se muerde la boca, y el bandoneón suena y resuena, tan, tan, tan, tan, tan, tan tararán. El escalofrío se agudiza ella tiembla, ella se para, el bandoneón se quiebra una y otra vez y llora las notas, ella gime, el bandoneón jadea, ella aspira sintiendo que se muere y estalla, chorrea, explota, lo baña…

Y él escribe, con Piazzolla en su cabeza, con ella aún sobre él, con ella aún lloviendo sobre él, una y otra vez, creyendo casi como una certeza que es música, que cada que suena un bandoneón, una mujer se viene a chorros, cabecea, la botella de ron mengua, igual que su cordura, el vaso cae, se rompe, se riega, igual lo hace ella, es el bandoneón piensa y duerme…

Final

Escribir tiene sus trampas, sus dolores, sus incógnitas…

—Silenciosos, son silenciosos, caminan con cautela, parecen distraídos pero se mantienen alertas, las orejas abiertas, los ojos también, aguzan el olfato, huele historia dicen, y en el paladar se le pegan las palabras, las que gustan, las que molestan, las que incomodan, las raras, las que tienen CH y RR porque estimulan las papilas gustativas, y si algo debe disfrutar quien escribe es el sabor que queda en la boca cuando el punto final se ha escrito.

—¿Punto final?

—Tiene que haber un punto final

—¿Siempre?

—Un punto final

—Se puede saber qué te pasa con el punto final

—Nada, bueno, no exactamente, todo aunque tampoco

—Hablá claro

—Entiéndame, he estado estudiando a su lado los deberes del escritor, sus fórmulas que parecen infinitas, sus tonos, variados, dispersos como acentos de regiones y países diferentes, hemos hecho un tratado de autoanálisis sobre nuestros propios textos y su fidelidad a estos tonos para crear nuestra carta literaria, con escritor espiritual y ascendente, hemos hecho ejercicios de imitación, ficción, supraficción, metaficción, sacaficción, asficción y en todos estos rituales lingüísticos, nuestra mayor dificultad ante los textos logrados fue siempre ese, el final, nunca era suficientemente bueno, pero lo cierto es que no tienen que serlos, el final de un libro o una historia, no tiene nada de difícil, es un puto punto.

—Mirá que no puedo dejar de mirarte y al mismo tiempo siento un gran deseo de abofetearte, ¿no entendiste nada?, cuatro años de dedicar nuestra energía a esto de la redacción espiritual, del cosmo editorial y seguís creyendo que se trata del signo y no del símbolo, pero te digo algo, no me extraña, siempre sospeche que nunca habías termina de comprender el tratado de semiótica de la gramática, que te sobrepasaba en comprensión su contenido, y aquí está la prueba

—Primero, ese librejo, libruzco, ese ladrillo sintáctico no era canónico de nuestro estudio, sabías bien que era un compilado de la interpretación de los aportes de tus filósofos favoritos, es decir no era más que tu opinión y ni siquiera sé cómo pretendías que lo ignorara, leerlo era aceptar tu hipótesis antes que la mía,  y eso nunca, habíamos ingresado acá precisamente porque no habíamos podido ponernos de acuerdo antes de entrar, no sé como rayos entraste una copia hasta este monasterio, pero era más obvio que no iba a leerlo ni a aceptarlo.

—El abad de los libreros estuvo de acuerdo con que tendría algún valor y me permitió traerlo

—¿Valor?, estás loco, sabes bien que en la torre del diccionario solo se acepta un libro que empieza por la inicial de cada letra de cada de cada de cada país, y sabes perfectamente que el tuyo no es digno de tal destino, el valor que le adjudicas en las palabras del abad, no es más que su valor en bruto, es decir, el cuero de la pasta, el papel, el pegante y bueno digamos que su peso como objeto, porque como obra, ese volumen jamás debió haber recibido el punto final.

—Estás celoso

—No, estoy cansado, no hay más que un punto al final, el comienzo ya lo solucionamos, pudimos encontrar que como causal de un buen inicio la culminación de cualquier pregunta, la promesa de un nombre al azar, o el sentimatopéyico de cualquier orgasmo, pero el final, no sabías como terminar y por eso te dolía, eres incapaz de hacer venir la obra, y por eso extiendes eternamente la proximidad, pero te equivocas,  no hay nada y esta es la prueba.

Falsas palabras

Expresiones

— Tenés que entender que es solo una expresión, que tiene fuerza porque así son las expresiones, incontrolables, delatan, pero sobre todas las cosas, tienen una fuerza única, las expresiones tienen tono y sabor, no está para nada fuera de sitio el hecho de que las expresiones sean entonces tan difíciles de traducir, >Feel like blue< dicen los gringos cuando se sienten tristes, >me cago en dios< los españoles cuando algo les sale mal, >no tienes abuela< los catalanes cuando pretenden borras tu ascendencia genealógica, Eureka supuestamente los científicos ante un hallazgo y…

—Comé puta mierda— interrumpió Alejandro y continuó diciendo: los editores a los escritores Joaquín, no me importan tus expresiones, a nadie le importan estas cosas ya, lo único que te pido que escribás es lo que se vende, no tenés que firmarlo, ser un fantasma como lo has sido con todos los que se han preocupado por vos alguna vez.

—Ah no, eso no, yo puedo desaparecer con facilidad de la vida de las personas, me cansa intentar convencerlas de que me hagan un lugar, o que ellos tienen justo el que merecen en mí, las demostraciones se las dejo a los matemáticos y los físicos, mi amor por los demás es como la prueba de los dioses un salto de fe, el que se va, es porque así lo ha deseado, o porque ha intentado al mejor estilo de los creyentes de closet (así llamaba Joaquín a los ateos, ya que no se explicaba porque dedicaban tanta energía a algo en lo que gritaban a voces no creer) forzar su existencia, de esos y esas puedo hacer así: tronó los dedos y un “zap” retumbó en el pequeño café, pero de la escritura no voy a irme nunca, lo que escriba lo firmo, no quiero que años después si tengo la fortuna de escribir algo algún día que pueda pagar las cuentas que los críticos vayan después a decir que: mientras alcanzaba un lugar en la literatura escribió para no morirse de hambre. Jamás he escrito con ansias de dinero, el que se muere por esa basura sos vos Alejandro, vos, a mí me tiene sin cuidado, la revista va mal, horriblemente mal, pero aún así puedo comer arroz con huevo.

—Vas a quebrar—

—Ese es mi secreto capitán, siempre estoy quebrado—

—No me hablés en frases de películas y memes que sabés que lo odio—

—Es lo mismo que yo te he dicho sobre no proponerme que siga escribiendo cartas y discursos políticos y miranos acá—

—Lo hago porque es lo único que te sale bien—

—Si es lo único que me sale bien, decime Alejandro, porqué estamos teniendo esta discusión—

—Porque por más bella que te parezca la hija de puta expresión, el presidente no puede decir: Al que no quiere caldo se le dan dos tazas, y menos si está hablando de un nuevo impuesto—

—Aligera el golpe—

—Aligera tu cuenta, esto no nos lo van a pagar—

—Solo tienes que decirle que es para que parezca más coloquial—

—No es tan estúpido Joaquiín—

Joaquín estalló en una carcajada, y luego respondió: cómo podés decir eso del tipo que un día leyó: Este es su discurso señor presidente por favor léalo y si tiene alguna duda avíseme y durante una conferencia de prensa.

—Mirá Joaquín de esa no sé cómo volvimos, pero te juro que de esta no salimos así de fácil, si le mandás esto así, tu vida como escribiente ha terminado.

—Una genialidad, eso es lo que quiero, que acabe mi vida de escribiente, que empiece la de escritor.

El editor exasperado rio amargamente y dijo: Esa vida ya la tenés muerto de hambre.

—Ah que dulce expresión— dijo por fin Joaquín levantándose de la mesa, y respondió: —Lo soy, lo soy, soy un escritor sin precio, un impagable, que nadie me ofrezca una moneda, te lo he dicho mil veces, cuando quiero escribir, escribo gratis, olvidaste que tu editorial no me paga.

—No te vendes—

Corrección dijo Joaquín —No me vendes, ese es tu trabajo—

—Cómo voy a venderte si no sos capaz de hacer bien un discurso como el que te encargue—

—El discurso está bien hecho— respondió seco y ofuscado

—EL PRESIDENTE NO PUEDE DECIR ESO AL AIRE—

—Es el presidente, puede hacer lo que quiera—

—Vos estás mal de la cabeza, mirá lo que escribiste dijo y comenzó a leer con vos impostada: En materia económica es innegable que ha habido un crecimiento (hubo un corto silencio) y continuó, un crecimiento en nuestras obligaciones con países extranjeros por eso es momento de entender que en este país las deudas son comunitarias, y que aunque no nos gusten los reajustes financieros, las decisiones deben tomarse y al que no le gusta la sopa, se le dan dos tazas—

Joaquín estalló en una carcajada —es oro puro—

—Nadie va a respetarlo—

—Ese barco ya zarpó—

—No pienso enviarle esto al presidente—

—Joaquín encendió el televisor del café y sintonizó rápido el canal nacional— No es necesario dijo, él ya tiene discurso

—¿ESTE DISCURSO—

—Que te odie a vos por conseguirme este trabajo de mierda, no quiere decir que sea imbécil o que odie el dinero, no, el tiene uno de verdad, así que no te angusties, este mes este muerto de hambre va a darte de nuevo con qué pagar tus cuentas, animal.