Té de manzanilla

El aroma revela lo que bebe, la postura lo confirma. Luce tranquila: sus hombros no están tensos y sonríe después de cada sorbo. Sorbe antes de cada trazo, solo un poco. Está caliente, aún hay vapor desprendiéndose de la taza. Sonríe cuando lo hace, y lo hace con un placer especial. No es tanto el sabor del té, saborea algo más. Es como si intuyera el trazo que sigue, y el que le sigue a ese. Deja a un lado la taza y traza con firmeza, sin perder la delicadeza. De lejos se nota que no duda, que sigue casi que un impulso para dibujar, para crear. Lo hace siguiendo su instinto; confía ciegamente en él.

Apoya la regla, acerca el plumón y ¡saz! de un tirón demarca, limita, da forma a lo que quiere, a lo que busca. El ritmo no se altera. Demasiado tranquila. Inquietante. De la misma manera en que un mar en calma y extendido me genera intranquilidad: cada que la superficie está en calma es porque debajo no entra la luz. Nota mi mirada y la sonrisa se hace más angular, afilada. Se me eriza la piel de verla así. Sé que no es una buena señal, que suele ser cuando se pierde en una emoción. Y por lo general, no se sumerge de lleno en nada que no le dé placer. En otras ocasiones es divertido: sabes que viene algo delicioso e irrepetible, pero en el trabajo, no es una buena idea.

Termina de rayar, de dibujar. Espera. Se pone de pie frente al plano. Sonríe. Está satisfecha, lejos de orgullosa. Cuando está orgullosa, lleva una mano al rostro y se relame el labio. Cuando está satisfecha, se limpia las manos y luego hace jarras, saca pecho.

—Técnicamente impecable. En esencia, una mierda.

Sé que está pensando en eso. No es un buen momento para llamarla, para preguntarle qué pasa. Espero a que pase por mi oficina.

—¿Te falta mucho? —pregunta.

Su voz me tranquiliza. Está fúrica, pero no es conmigo. Compadezco al pobre desgraciado que haya desatado su ánimo bélico.

—No, estoy apagando —le digo.

Me levanto del puesto, recojo un poco el desorden de la oficina, vacío el cenicero, bebo el último trago del escocés que tengo servido. Caminamos al ascensor. Todo el edificio duerme. Solo nosotros mantenemos las luces encendidas.

—¿Sabías que nos dicen búhos y lechuzas los celadores?

—¿Búhos y lechuzas?

—Sí. Los he escuchado por los radios. Preguntan cuántos búhos y cuántas lechuzas hay anidando cuando tenemos que quedarnos hasta tarde. Es una tontería, pero me hace gracia. Piensan que somos sabios, que salvamos al mundo acá arriba.

—Los búhos y las lechuzas, en cambio, deben estar por perder el control. ¿Te imaginas ser un símbolo de sabiduría y ser comparados con unos animales presas de la estética retrógrada de algún cliente que pide cambios a última hora?… Insensatos ellos.

El chiste me toma fuera de lugar. Me hace reír.

—¿Problemas en el proyecto?

—Ay, no… ahora te cuento. Con un poco de vino te cuento.

Llegamos pronto a casa. Abro la puerta y saludo a los gatos. Ronronean, maau, comida reclaman. Me acerco a sus platos y sirvo un poco: pollo y cordero… Para nosotros, arroz con huevo. No ha habido tiempo para perderlo en la fila de la carnicería y las verduras impacientes se han puesto rancias.

Camino a la nevera, saco su botella de vino. Los miércoles siempre le gusta. Saco mi botella de whisky: su vino es demasiado dulce, no me gustan las golosinas tan tarde. Prefiero ese sabor amaderado, terso; sentirlo adormeciéndome la lengua, las encías.

Destapo su botella y le sirvo una copa. Me mira por encima de los lentes. Quiere que continúe sirviendo. Rebaso la línea invisible de las dos copas, y cuando pasa, dice:

—Detente…

Son casi dos copas y media. A este ritmo la botella le durará solo tres.

—La venganza —dice, mientras ve el rojo dar vueltas en la copa—, la venganza se disfruta fría, pero se planea mejor con un té de manzanilla. Juan es un imbécil. Arruinó todo el plano y no fue capaz de detener al cliente. Arruinó la forma, la cadencia de la caída de las columnas. Ya no tiene nada ese edificio.

—¿Qué le hiciste?

Al preguntarle me he puesto en evidencia. Sabe que la he visto sonreír mientras dibujaba.

—Un par de milímetros aquí y allá. Achuecado las paredes y ampliado algunas juntas. Imperceptible para ellos, pero cualquiera que entienda algo de diseño —de la vida— se dará cuenta de que no es una gran obra, sino una dulce venganza. Una de esas que nunca les permitirá sentirse cómodos ni completos. De las que joden. De las que se preparan con té de manzanilla —dice, sonriendo, mientras extiende de nuevo la copa ya vacía.

Perder el control

A veces, la vida parece acelerar de golpe, salirse de control, perder el rumbo y estrellarse contra alguna realidad que se estaba ignorando. —En esos momentos —dijo él, mirándola a los ojos a ella—, es importante saber que nada podía hacerse para evitarlo. Y a lo que me refiero con esto es a estar seguro de haberlo intentado todo, porque rumbo a la colisión uno va a repasar sus palabras, sus acciones, uno va a tener que admitir, aunque sea frente a uno mismo, que tuvo la culpa. No podrá excusarse en la suerte, no podrá verse a los ojos y estar en paz, ni podrá ver a los ojos a ese otro que generalmente está en frente y hacerlo asumir su culpa. Y en ese momento te vas a dar cuenta de que la vida es así, que las acciones tienen consecuencias.

Ella se estremeció al escucharlo, al sentirlo tan cerca, casi susurrando esas palabras, justo ahí, justo en ese momento en que las cuerdas le rodeaban la cintura y le apretaban la piel, en que la fricción del amarre recorría su cuerpo. Estaba excitada, mucho, pero ahora en su cabeza resonaban sus palabras. Comenzó a dudar de sí misma, de si había encerado bien la cuerda para evitar raspaduras, de si había fijado bien los ganchos en el techo para evitar accidentes. Comenzó a recorrer su día, sus palabras, sus acciones, y a repetirse: ¿Por qué justo ahora, marica? ¿Por qué tenías que hablar tan cerquita del orgasmo? ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! ¡Hijueputa! rezongaba en su cabeza.

Él notaba su distracción y comprendió que no lo había entendido como él esperaba, que estaba arruinándolo todo. Ella no tenía culpa alguna. Todo lo había hecho bien hasta ahora. La ropa que había elegido para la ocasión era perfecta, la loción corporal que llevaba olía delicioso. Ella lo había hecho todo bien, se había encargado de que cada cosa estuviera justo en su lugar: obediente, siempre obediente. No entendía por qué lo había dicho. Quería asegurarse de que no perdiera la concentración, y volvió de nuevo a su oído.

—Hay cosas que se aprenden, pero que no pueden enseñarse.

Al escucharlo, la angustia desapareció, pero no lo hacía su ira. Tenía rabia, estaba molesta. Jugaba con ella, era claro que jugaba con ella. No le bastaba tenerla suspendida y excitada frente a algunas personas que escuchaba susurrar, reír…

Abrió los ojos de nuevo y pudo ver que solo quedaban dos parejas. Las dos mujeres simulaban la penetración en un acto juvenil de restregarse la ropa. Ellos lamían sus cuellos mientras tanto, y ambas gemían. La película de fondo también gemía. Lo buscó a él con la mirada y pudo verlo atando otra cuerda, apretando otro nudo. Y se hizo consciente: no hablaba de ella ni de él, sino de ellos. Ahora se reía. Boca abajo podía ver a esas mujeres convertirse en ella, soltarse y entregarse a su deseo. Cerró de nuevo los ojos e intentó agudizar sus oídos, escucharlos mejor. Podía escucharlos susurrarse, podía también sentir sus miradas recorrerla. Lo había logrado. La culpa suya, más que la culpa la gloria y el deseo. Ella, con su cuerpo siempre en disputa, ella con sus gordos y kilos de más, ella la rara, la extraña, tenía el control sobre ellos, sobre los mirones.

Abrió los ojos para confirmar lo que la nariz le indicaba: olía a sexo. Las dos, arrodilladas frente a sus parejas, lamían, escupían y chupaban sus vergas. Todo porque ella colgaba del techo, porque, como un péndulo hipnótico, había convocado un trance erótico. Ella era objetivo de placer y deseo.

Se encontró de nuevo con sus ojos. Él la miraba sonriente. Ella, complacida, no por las cuerdas, no por los amarres ni por la lujuria de la que se sentía presa, sino de tener a alguien que pudiera hacerle abrir los ojos frente al deseo, abrazarlo con fuerza y corrérsele en la cara. Alguien capaz de hacerla sentir y de vivir, de darle el control y de ayudarle a perderlo.

La vida puede acelerar de golpe, se repitió las palabras que hace un momento la habían hecho enojar. Pero se saboreó al comprenderlas: hay cosas que se aprenden pero que no pueden enseñarse, se repitió mientras se saboreaba. Y un espasmo le arrebató toda certeza, le apretó los muslos y le robó la voz. El orgasmo había vuelto, y el control se había perdido para siempre.

A la carta.

Termina el día al comienzo de la madrugada. Jhonathan y David cubrieron el turno de la noche. La cocina está limpia, reluciente, no queda rastro de la batalla. Y aunque hubo muchas felicitaciones, el chef no parece satisfecho. No siente que haya sido un buen día. Son las 3 a. m.; cuando uno trabaja hasta esta hora, es difícil sentir que se tuvo una buena jornada laboral, piensa David sin atreverse a decirlo. Jhonathan ve que lo mira.

—Una foto te dura más, cabezón… ¿qué querés decirme?

La voz del chef es amable y risueña. No sabe acercarse sin lastimar. Es un erizo, él lo sabe y todos lo saben. Ya no lo toma fuera de lugar su reproche.

—Nada, chef. Es solo que no parece feliz, no parece que haya disfrutado la cocina.

—No siempre es fácil. Hoy estuvimos plagados de imbéciles, de esos que, cuando tienen entre las manos el menú, no saben qué es lo que sus dedos tocan ni sus ojos miran. No entienden el peso de las decisiones tomadas. A la mayoría no les importa. La gente elige pensando en la foto que podrá publicar al ordenar el plato. Nos deshicimos de la mayoría al cambiar la carta, al eliminar las fotos, pero aún hay algunos que vienen y piden algo que alguien más pidió, sin tener ningún conocimiento, sin preguntarse qué les gusta o qué les gustaría. Están tan acostumbrados a los domicilios, y eso los convierte en insensatos que terminan eligiendo por la velocidad del plato.

Me pregunto si habrá otros tan desdichados como nosotros, otros que deban ver desde afuera cómo todo aquello que se hace dentro se desprecia. Pienso que es masoquismo, David, que los masoquistas están mal. Si quisieran sentir dolor, deberían dedicarse a la cocina: a quemarse, cortarse, a machucarse los dedos y, sobre todo, a torturarse viendo carnes en el término perfecto de cocción volver al fuego para eliminar la sangre que no existe en ellas. O escuchar las peticiones de postres con leche de almendras, sin azúcar, de cafés americanos… de pastas sin salsas. Es una tortura.

—Cuando pienso en ellos, cierro los ojos, me muerdo los labios. Es como si perdiera el apetito por cocinar. Uno hace lo que hace por pasión, pero necesita del otro. No depende de él, no es su aprobación lo que busco, sino su sorpresa. Uno quiere despertar en el otro algo dormido. Que al probar lo que creamos viaje en sus recuerdos, que encuentre confort, que sepa que algo mejor viene, que lo malo pasará. Uno intenta estimular tanto sus papilas gustativas que quiera utilizar palabras para describirlo, que invente metáforas, que trate de decirle a alguien después que, cuando se tomó esa sopa, se le alegró el día, o que cuando probó esa carne no supo por qué, pero no pudo dejar de recordar ese día en que, en medio de una plaza llena de famas y cronopios, embriagado con vino, supo que al final todo iría de la mejor manera posible. Crear una epifanía que les permita hacer las paces con ellos; que entiendan que no necesitan que todo vaya bien, simplemente que todo vaya, que pueden perder siempre y cuando lo intenten, y que vale la pena hacerlo, porque hay un placer que no reside solo en el hacer ni en el éxito de lo que se hace, uno que está en el ser percibido. Lejos del ego, es por el contrario aquello que vuelve humilde a las personas.

David lo mira, asiente. Hoy el chef está conmovido.

—Toma tiempo, pero piense en los otros, en los más sensatos. Esos que preguntan al mesero qué les recomienda, o si puedes explicarle la carta. Esos que sienten pasión por la cocina, que está allí en las mesas, pero que, cuando están en la cocina, quieren estar junto al fuego, oler, probar, freír, asar. Uno de esos que camina las plazas de mercado persiguiendo los colores y los olores, que sabe que en el tacto hay también parte del gusto, y que hay principios que no se negocian. Ellos también están allí, ellos también ordenan, ellos también comen.

Y cuando no haya suficientes de esos, chef —lo mira, sonríe—, sepa que valía la pena intentarlo. Que uno puede perder, pero que vale la pena hacerlo. Y que uno no necesita que todo vaya bien.

—Papanatas —le dice el chef entre risas—, sos un cretino, pero gracias. Uno a veces tiene las mejores razones para seguirse rompiendo los huevos.

David ríe. —La vida es un mesero mala clase, chef, y al que no quiere caldo le dan dos tazas. Pero al final, cada uno elige a la carta de qué.

—¡Tené cuidado!, le grita Jhonathan a David, —a este paso vas a terminar convertido en crítico y no en Chef.

Bandera blanca

La fila de autos parece extenderse más allá del horizonte. Los veo pasar uno a uno a mi lado; yo me muevo, ellos no. Yo me siento libre, ellos atrapados. Sí, hay diferencias: ni una gota de sudor recorre sus cuerpos, pero yo avanzo, el esfuerzo me hace avanzar. Al final, sé que a muchos solo les importará decir que han llegado antes o sin que les cueste tanto. Pero hay variables: no vamos a los mismos lados, no vivimos las mismas cosas, no tienen, por ende, un punto de comparación real. Yo lo sé, por eso simplemente disfruto el viaje, aunque verlos me hace pensar en su situación.

Es un mal. Cuando te gusta escribir, vas por ahí un poco tratando de adivinar realidades, de crearlas, de ponerte en los zapatos de todos. Uno un poco pierde la noción de sí mismo. Uno puede incluso llegar a justificar casi cualquier comportamiento. Me divierto de esa manera, con las posibilidades. El mundo es una realidad individual, pero una posibilidad colectiva. El poder de las billeteras, los créditos y las tarjetas de crédito hacen fila ordenada, y yo, altivo, altanero, anárquico, voy arreado por mi propio afán, sin un peso en el bolsillo, sin ropa cara, sin tiempo ni posibilidad alguna. Voy por una pequeña senda, sobre piedras, sobre césped, sobre pantano y arena. Un poco me siento libre, fuera de todo margen. Esquivo, adelanto. El viento me hace sonreír. Incluso las motos se amontonan en líneas más pequeñas, detrás de cada semáforo. Pero no hay problema para mí: yo avanzo, me muevo, me adapto. Ja, a mí no me pueden atrapar, pienso. El terreno es plano, no sufro demasiado, las piernas responden.

Un poco me siento como cuando un niño monta por primera vez una bicicleta y doma sus miedos: salvaje. El mundo es un lugar pequeño para una sensación tan grande. Quisiera tener un vaso de plástico conmigo, quisiera bajarme y ponerlo en la llanta trasera. Quisiera jugar de nuevo a soñar ser grande. No puedo, ya lo soy. No se vería bien. No va conmigo el negarme a crecer. Es parte del norte que persigo, es parte de lo que soy. Lo necesito: un lugar a donde llegar, una meta que cruzar. Si no, es difícil moverse. Así que me resisto, aunque sigo pensando en cómo se sentía hace veintisiete años hacerlo. Sonrío de nuevo. Así se sentía. Se avanzaba. Cuando jugaba a ir en carro, me pasaba lo mismo que a ellos: la caja de cervezas o de gaseosas sobre la que me sentaba tampoco avanzaba en ese entonces. Siento que vuelo, siento que nadie puede alcanzarme, y avanzo sonriendo.

Cruzo la calle sin bajarme de ella, saltando sobre las aceras. No viene nadie. Soy un imbécil, pero un imbécil respetuoso. La acera es de los peatones, y si hay por donde cruzo, desciendo y me convierto en uno también. Pero no hay, así que disfruto. De repente, llego a una escalera. Lo veo, lo pienso, encaro el descenso.

Debajo de un árbol, alguien me mira. Sonríe viéndome.

—¡Hágale, pelao! Como cuando tenía doce —grita.

Mi libertad lo hace sentirse menos solo. “Pelao” me dice, aunque ya tengo el cabello lleno de canas, la barba llena de canas. Si no me rasurara, juraría que alguna encontraría en medio de los huevos. La idea de las canas me gana. Que me diga «pelao» me gana. No estoy pa’ estos trotes, no estoy para lanzarme. Desciendo de la cicla.

Me mira decepcionado. Esperaba más de mí. Se nota que esperaba más de mí.

Me mira como yo miraba a los de los autos, con un poco de lástima. Intento negociar con la mirada. Le señalo que hay otra calle abajo, que puede pasar un carro o una moto. No funciona.

—Eso es lo chimba, la adrenalina —me dice serio, con una voz autoritaria, de quien ha escapado de todas las cadenas. Un cínico real, uno consciente. No uno lleno de drogas que se cree invencible, sino uno limpio de ellas que se siente libre.

—Te falta calle —sentencia. No pregunta, dictamina.

Pienso en decirle que no me falta, solo que a él le sobra, pero no caería por un sofisma tan pequeño. No él. El espejismo de la admiración no lo seduce. Agradece sin duda que lo reconozca, que no lo convierta en parte del paisaje, que intente incluso justificarme ante él, que me avergüence frente a él. Pero no lo necesita. Lo recibe con los brazos abiertos, pero los despreciaría en un segundo si intentara usarlo para justificarme.

—Ya no tengo doce —le digo.

Ondeo una bandera blanca, pero no la toma.

—A la libertad no la sostienen ni siquiera cadenas chiquitas, mijo. Usted no está tan amarrado, pero no es libre.

Lo dice con amargura. Lo dice con dolor. La bandera blanca ondea, pero no me trae paz. No es una tregua, es una rendición. Me bajo, camino y me alejo.

Él está encadenado a la locura de la libertad, y yo, a la enloquecedora cordura. Entre los dos, él gana.

Agnóstico

—¿Qué crees? —le preguntó con ese tonito con el que le gustaba alejar a la gente. —Nada, no creo nada. No parece que hayas prestado mucha atención. No tengo que elegir si creer o no; el mío no es un problema de fe, ni siquiera es un problema. Mi percepción sobre tus palabras no tiene efecto alguno sobre la realidad tuya. Vos podés hacer lo que querás, porque no me interesa convencerte ni convencerme sobre algo que, al final, es irrelevante.

Escuchó la discusión a lo lejos y no pudo evitar bajar el ritmo y acercarse a la puerta. Eso era habitual, en ese lugar se daban las mejores peleas; la decoloración notoria de una franja de baldosas en el piso daba crédito a ello. Años de práctica lo habían convertido en un aseador furtivo, sabía trapear en silencio, lo hacía ya de una manera tan natural que nadie sospechaba. Había perfeccionado su técnica y por eso sonreía maquiavélicamente.

—¿No creés nada? ¿O no creés en nada, en nadie, ni siquiera en vos? No sabés ni siquiera quién sos, solo sabés lo que hacés, pero ni siquiera sabés por qué lo hacés. Solo estás ahí, haciendo lo que te dicen que debés hacer. Un muñequito sos, un juguetico, sin peso ni precio, gratis salís caro.

Los gritos le duelen, los argumentos le arden. Tienen rabia, hieden a rabia, se nota en la voz, en cómo flaquea la voz, en cómo tiembla. Tiene también algo detrás, un poco de miedo. Un buen chismoso era como un catador de vinos, le gustaba pensar eso después de aquella vez en la que le tocó trapear un reguero por culpa de un sommelier ebrio que continuaba con su performance aletargado y díscolo en una visita cardenal. Y aunque desconocía en el fondo lo que decía, comprendió su arte: encontrar la causa de los efectos. Y ahora, como buen catador de chismes, aplicaba lo aprendido.

Cuando grita, está claro, la intención es clara: quiere herir. Intenta hacerlo enojar para que reaccione como ella quiere. Es una estrategia rastrera y poco útil. A su edad, eso no funciona. Cuando uno está viejo, sabe lo que hace, aunque desde afuera no parezca. Cuando uno está viejo, tiene más cancha, sabe hasta dónde ir, hasta dónde intentar, sabe evitar el desgaste. Pero no la culpo, es un hábito difícil de perder; casi todos los hábitos lo son. Su análisis se ve interrumpido porque, en medio de un tono condescendiente, la discusión continúa.

—Vos tenés derecho a pensar cualquier cosa, incluso a creerla. Podrías incluso decirla, y eso no le agregará nada de realidad a mi realidad. Tu ficción no desvirtúa lo que soy, lo que hago ni las razones por las que lo hago. Te repito, yo no tengo que creer nada. Nada tenés para tentarme porque el día de elegir decidí, y lo repetiría mil veces: salud, salud, salud.

Por dentro estalla una carcajada; por fuera es apenas una sonrisa, similar a la que esboza un lector cuando encuentra un buen chiste en un libro, lo suficiente para no estallar, una pérdida controlada de la emoción… como las ollas a presión: un poco de aire que sale evita el estallido. Él sabe que eso la enoja, la forma en que lo ha dicho lo demuestra. Es un hombre paciente, también llega eso con la edad, pero tiene algo detrás; más que paciencia es falta de interés. Ha entendido que llega un momento en que uno ya no quiere perder, está cansado de perder, no sabe cómo hacerlo bien, no ve sentido en ello. Uno está cansado de justificarse. A la mierda el mundo y sus verdades, a la mierda la gente y sus opiniones, que la chupen todos esos que se entrometen y dictaminan los debe y los debería, porque los motivos, si se tienen claros, son inmunes a las consecuencias y las causas ajenas son, al final, difusas. Ese sabor amargo de vida y de mierda tienen sus palabras. Del tono intuye que el final se acerca, así que silencia su cabeza, agudiza el oído y presta de nuevo atención.

—No creerme es tu problema, no mío. Tu teoría sobre mí es tu problema, no mío. Los deseos de los demás sobre vos son tu problema, no mío.

Al escuchar eso, sonríe. Que él lo diga le confirma que está en lo correcto.

—Yo sé que no lo entendés, no podrías.

Él asiente. No lo conoce lo suficiente, no se ha tomado el trabajo de escarbar. No sabe cómo abrir camino sin arrasarlo.

—Confundís mi tranquilidad con desinterés, mi paciencia con cobardía. Le otorgás mil nombres y razones a algo evidente: estoy cansado. Lo suficientemente cansado para no perseguir. Aquí se usa el don divino; se confía solo en el albedrío. Quien viene, lo hace por gusto, y a nadie se le obliga. No soy un culto.

El sermón ha terminado. Del otro lado de la puerta solo hay silencio. Si lo conociera suficiente, sabría que cuando calla es porque ha dejado de llorar palabras. Todo lo que ha dicho, aunque ha salido por su boca, ha nacido de sus lagrimales. El viejo es un blando, lo que habla siempre le duele. Por algo le cuesta tanto hacerlo. Fuera de su trabajo teme hacerlo, sabe bien cuánto puede llegar a doler una palabra bien encajada, y nada le duele más que una lanzada con mala intención. Sabe que hay accidentes, que a veces los labios se sueltan y escupen vidrio a los ojos. Por eso, cuando se suelta, cuando no encuentra alternativas, lo dice todo y, de repente, calla. Se calla, se guarda, porque se ha abierto el pecho para hacerlo.

—Ella se enfurruña, alza un poco la voz, pero yo sé que el diablo sabe más por viejo que por diablo. la discusión ha terminado, todo está dicho es triste, porque por semanas arrastrará consigo la pena de no haberse podido callar.

Me alejo despacio de la puerta, enjuago la trapera en el balde y escurro. Qué negra sale el agua, qué limpio se ve el piso… que ha sido pasado y repasado por agua sucia, pero la gente lo ve y cree que está limpio; es igual allá adentro, ella cree creer lo que está mal con él; y él cree creer que todo está controlado, que no hay cura para un cura y que solo dios puede juzgar su debilidad, pero cuenta con su misericordia para salir bien librado. Y yo estoy aquí, sintiendo lo mismo que hace diez años cuando llegué a esta parroquia: que de nada vale creer, porque cada quien tiene su credo y es mejor no depositar la fe fuera de uno mismo.

A la medida

Siempre me han molestado aquellos que dividen al mundo en dos, los que sobresimplifican, los reduccionistas, esos que diseccionan la realidad y la historia, los que por algún motivo motivan a los demás a desconocer los detalles, esos que omiten para beneficiarse de la ausencia, esos que sin titubear se desconocen, porque cualquier ser que evita contarse evita también leerse, conoce sus sombras pero no su reflejo y termina tan desdibujado, tan diluido, que le será imposible darse cuenta; en resumen, no tolero a los cobardes… a esos que se esconden de sí mismos.

Eso no me hizo popular, pero sí necesario. Era una de esas cartas que los directores de los medios se jugaban cuando querían mostrarse como transparentes. —Nosotros somos imparciales, ahí tenemos a Romero —vociferaban cuando eran increpados por amangualados. Mi apellido también lo odiaba porque, para muchos, se convirtió en parte del jueguito. —Si algo huele mal, traigan a Romero. —Los hijos de puta dicen a mis espaldas, piensan que es un juego, que no me importa lo que pasa, que cobro como todos… pero no es cierto, es solo que prefiero ser yo. Alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que intentar implosionar el sistemita, no puedo simplemente rendirme a ser uno de esos payasos que le pide a los candidatos que hagan cabecitas o que les celebran que toquen guitarra. Prefiero ser obtuso que mezquino.

La gente renuncia muy pronto a su criterio, a su capacidad de elaborar ideas o de interpelarlas. El Nadaísmo que soñó Gonzalo Arango ha llegado de la mano de una generación que no entiende de contracultura, que no protesta sino que, alineada por la instagratificación, camina como los avestruces, pero ellos, en lugar de enterrar la cabeza en la tierra, parece que se la enterraran en el culo. A nada le gastan media neurona, pensar por ellos mismos les aterra; ¿para qué, si hay videos de gente que lo explica en YouTube o en TikTok? ¿Para qué el esfuerzo, si alguien lo va a resumir en un meme? Y de interpelarlo ni hablar, jamás cuestionar la falta de razón, ortografía, estética u orden, porque esa es la gracia del meme, dicen… igual a como dicen las mujeres golpeadas, que es por amor que les pegan, que es por su bien, que ellas son las que se lo ganan o se lo buscan. Idiotas, en el más griego de los sentidos.

Y para que no todo esté perdido, aquí estoy yo, necesario pero impopular, el Sísifo moderno, padeciendo primero el peso de la propia palabra, de jamás renunciar a la esperanza, y en segundo lugar, al dolor de intentarlo cada día, de sentir que se estallan las cuerdas vocales, de la fatiga que se extiende y pesa ya en el alma, en las ideas, en las palabras, de esa melancolía atragantada siempre, de esas ganas de llorar acumuladas, de esa culpa que lleva adentro todo el que es condenado siendo inocente.

Pero aquí seguiré, porque aunque para muchos soy un chistecito, para otros soy una piedra en el zapato, lo suficientemente molesto para cambiarles el caminado, para impedirles correr hacia la estupidez, para evitar que se tomen confianza y emprendan su misión de destruir todo lo que creen que no importa, para esos que sienten que solo lo cuantificable es medible, para esos pecesitos dorados que viven en burbujitas llenas de posverdades, esos que vociferan sin reflexionar, esos que piensan que los derechos son solo sus derechos. A todos esos hijueputas les tengo todavía una mala noticia. —Aquí está Romerito, aquí sigue Romerito, impopular pero necesario, empujando estas teclas con fuerza para que al menos haya un papel que pueda repetir las ideas que algún día podrían llevarme a la calle o debajo de la tierra, e incluso ahí, ahí seguirá abriendo y oliendo a Romerito. Entonces, aunque el idiota parezca yo, mientras que no deje de escribir, la pelea está ganada, el desafío está a mi altura, hecho a medida.

Fuera de sí

Era alta, medía con facilidad 1.75, que en Colombia y en Medellín es más que el promedio. Era delgada y tenía una piel pálida. Tendría unos 19 años quizá, o 15 si acaso, y a esa edad un hombre no sabe disimular. A ninguna edad, pero en especial a esa, es torpe hasta para controlar lo que piensa. La miraba con la quijada desencajada, perdido en ese cabello negro cortado en capas. Era un motilado que estaba de moda por un reality, un desbastado progresivo que generaba una visión de niveles de cabello, algo que muchas intentaban llevar, pero que a ella le lucía casi tan bien como a la protagonista del reality que lo había puesto de moda. Tenía, además, los labios rosados y un descaderado de esos que el 2000 imponía. Siendo justos, no era fácil mantener la boca cerrada al verla.

La ve y sabe que ella puede ver su miedo. Le divierte verlo viéndola sin poder controlarse. Lo ve y puede intuir que él no tiene la experiencia necesaria para ella. Aun así, le parece divertido acercarse, caminar directo hacia él. Lo ve y ve una presa fácil. Lo ve y ve que él no tiene oportunidad. El poder le gusta, la idea de poder doblegarlo, usarlo, le parece atractiva. Lo ve y ve que no tiene una sola oportunidad, que es frágil. Lo ve y ve que está solo, que su corazón palpita más rápido de lo que puede pensar, que está paralizado, que su boca temblará con solo responder al saludo, que tendrá que poner las palabras en su boca, que deberá guiarlo, llevarlo de la mano. Tendrá el poder. Esa idea hace que se detenga y apriete fuerte los muslos. Puede sentir las gotas escurriendo y mojando su tanga. La idea hace que lo vea diferente, que piense en él más lascivamente. Respira profundo y retoma su caminata hacia él. Sonríe, porque aunque la mira con ese deseo torpe, lo hace sin entender lo que vendrá, sin comprenderlo. Lo hace de manera instintiva, pero sin ninguna voluntad.

Él ve que se acerca. Piensa en qué decir, en cómo decirlo. Piensa en cómo se verá desnuda. Siempre que ve una mujer, piensa en cómo se verá desnuda. Es normal. En su torpeza y estupidez no tiene otra opción ni otra idea. No ve a la mujer que tiene enfrente, no puede. Ve todo lo que la agranda: ve su seguridad, su cuerpo, su boca entreabierta, sus tetas, su piel blanca, su cabello. Se atraganta, sufre. No ve a una mujer, sino la realización de la mujer. Ve todo lo que le gusta, en las medidas que sueña. Intuye la perfección debajo de la ropa. Su falta de experiencia ayuda, su falta de conocimiento lo gobierna. No sabe cómo dejar de ver, no sabe cómo volver, cómo tenerla enfrente y poder hablar. No sabe cómo disimular su erección en esa sudadera del colegio. No sabe cómo ocultar sus 16 años, su terror, sus hormonas. No es consciente de que no sabe cómo besar, cómo morder, que no tiene idea de qué se siente ni cómo se siente, ni a qué sabe. No sabe nada y ni siquiera es consciente de que ignora tantas cosas.

Ella lo mira y ve una golondrina lastimada, indefensa. Ella lo ve y piensa: por fin, un juguete, un juego. Lo ve y piensa en ella, la primera vez que el que le gustaba la miró y se le encogió el estómago. En la primera vez que sintió los dedos escalando por su abdomen, la mano firme y la presión sobre sus tetas, el movimiento circular sobre sus aureolas y la mano fuerte en su cuello. Piensa en eso y la humedad se intensifica. Lo ve tan perdido y piensa en ese momento en que los espasmos de su entrepierna apretaban la verga que por primera vez la recorría. La textura del látex, la temperatura de un pecho frente a su pecho, el sabor de la espalda que mordía al sentir que ya estaba toda dentro de su cuerpo. Recuerda su propia torpeza, su propio miedo, su propio placer. Lo recuerda y piensa: hoy te toca a ti, hoy vas a sentir que no estás dentro de vos, sino de mí. Y con eso en mente, se sienta a su lado, sonríe, se muerde el labio y, al oído, le susurra:

—No tenés ni idea de lo que te espera…

Respirar profundo

Mira la pantalla en blanco y piensa: el cuento va bien. La idea de una fuerza magnética que arrastra a las jóvenes hacia los muros, la identidad de los muros y las esquinas como pequeñas naciones que eligen a sus pobladores le parece potente. En su país es potente. Tiene el nombre del personaje, le gusta el nombre. Rubén es el nombre. No es un mal muchacho; ninguno en su país lo es, ninguno de los que creció en los muros lo es. Al menos eso es lo que siempre dicen en los sepelios: era un buen muchacho, algo borracho, un poco drogón, pero nunca mal muchacho. Siempre quieren mucho a su mamá y son buenos con los del barrio, con los que los conocen, con los vecinos de su muro. La idea le gusta. Aún no sabe si Rubén será buen muchacho durante todo el cuento. Sabe que fuma y que bebe, y que sabe muy poco de la vida. Piensa en una metáfora, en un muchacho de pueblo con ríos, de esos que nada de manera torpe pero efectiva, de esos que chapotea sin rumbo, pero contento. Le gusta el personaje.

Habla sobre él con una nostalgia evidente. Piensa en el muro donde él también se crio, en el muro que lo arropó y lo recibió. Aunque nunca se sintió del todo cómodo, al menos tuvo siempre esa sensación de que no duraría para siempre, esa que le ayudó a intuir las partidas, a decir adiós a tiempo y al tiempo. Intenta buscar la forma de honrar la memoria y los recuerdos, de contar algo de su propia historia, de contarse, de encontrarse. En el fondo sabe que es imposible, que ese que fue ya se ha perdido. Lo extraña, se extraña, pero tiene claro que es un sinsentido. Ya casi no puede recordarse; ya casi nada queda de él, de su vacío. No recuerda ya sus miedos, solo esa incomodidad consigo mismo, esa que nunca lo abandonó del todo, esa que aún le palpita cuando la conversación se cansa y descansa, esa que lo incomoda, ese silencio que no deja de gritarle. Pero su imagen difusa sobre el muro le permite sonreír. Siempre que lo logra, lo hace, y por eso sonríe mientras intenta pegar el texto en un nuevo documento. Le molesta una alerta, le molesta haber empezado a escribir sobre otro texto ya olvidado, pero no borrado, sobre un archivo temporal, sobre una recuperación de algo que no valió la pena guardar, pero que, por alguna razón, una memoria, una nube, un uno y un cero insisten en volver a mostrarle. Así que sobrescribe. Pero cuando la alerta gana, cuando ese pequeño letrero que dice «archivo recuperado» gana, no puede hacer más que retirarse. Selecciona todo sobre la pantalla, presiona control + x, y la pantalla queda en blanco.

Cierra el programa y lo abre de nuevo. Mira la pantalla en blanco, esa pantalla blanca del comienzo. Presiona control + v, pero la pantalla continúa blanca. Corre a otro programa y de nuevo presiona control + v, y el pequeño guion titila. Rubén ha muerto, piensa. Rubén ha muerto. Se agita y mira la pantalla con rabia, con dolor. Mira impotente, mira suplicante. Recuerda parte del cuento, recuerda el título del cuento: La hora de la suerte. Recuerda que quiere hablar sobre cómo ese día, a la hora de su suerte con la novia de su amigo, lo tentara. Pudo decirle que no tenía parte de su alma porque el día de las polas dijo mil veces: primero los panas, primero los panas, primero los panas. Piensa en los chistes, piensa en lo que quería contar y decir. Piensa y maldice, se maldice. Otra vez, otra vez. Cierra los puños y martilla el teclado. Otra vez, otra vez. Cierra los ojos y se muerde los labios. Otra vez, otra vez. Piensa y aprieta, asfixiando el llanto. Presiona de nuevo control + v, control + v, pero la pantalla sigue en blanco. Rubén ha muerto, el cuento no se ha escrito, y él sucumbe. Apaga y se retira, respirando profundo.

Dormir en paz

Son un poco más de las tres de la mañana. La casa está sola, los gatos despiertos, las ventanas abiertas, la cocina destruida, el baño averiado, la sala llena con los muebles de la nueva cocina. Mauricio llegó hace tres horas en su bicicleta. Trabaja como un burro. El trabajo es lo único que le queda. Trabaja como si eso fuera cierto, aunque no lo es: tiene amigos, tiene vicios, entre ellos el licor y las mujeres. Pero entre semana trabaja como si el trabajo fuera lo único en su vida. Vive como si no tuviera miedo, como si intuyera el camino correcto. No lo hace. Sabe bien que cada paso es en falso, que lo que desea suele ser más rápido que él. Es un mundo de caracoles, piensa. Le gusta esa referencia porque cree que es una metáfora malgastada en matemáticas, cuando debería utilizarse en filosofía. La vida consiste en avanzar y retroceder casi sin notarlo.

Hay una paz en su vida que solo existe cuando él no está presente. Le cuesta darse paz. Hay demasiado ruido cuando despierta, muchas cosas que lo atormentan, demasiada gente en contra. No puede disfrutar de lo que lo rodea, porque por dentro todo está en llamas. No lo adivinarías si lo vieras; no lo aparenta. En realidad, nadie lo hace. A nadie por la calle se le ve realmente una cara que diga que todo está perdido. Y si a alguien se la reconocieras, deberías apartar lentamente la mirada o reconocer tu propia desesperación para apaciguar el dolor que al otro afecta. No es bueno cruzarse con un loco si no se está dispuesto a perder la cordura.

Los gatos corren. No hay mucho viento en esta época del año, así que la vegetación afuera también duerme. Parece ser el cansancio, parece ser la calma que lo inunda todo, pero parece que por fin Mauricio dormirá tranquilo. Lo necesita. Todos lo necesitan. Pero hoy, él de verdad lo necesita. Mañana, si logra dormir lo suficiente, se parará frente al cuadro que hay al salir de su cuarto y leerá el poema con el que intenta reconciliarse con su apartamento. Una casa propia… Siempre lee el título y extraña un poco menos sus ahorros. Como el puto caracol, cambiando ahorros por deuda, piensa. No lo dice en serio, no del todo. No termina de creerlo, pero le cuesta.

Afuera, no maúlla hoy ningún gato callejero. No hay borrachos, no hay fiestas. Podría haberlos, pero está tan cansado que un ruido difícilmente lo despertaría. Está ausente, y hay paz. Pero duerme. Vale bien la pena perdérsela. Hacerlo es también una tregua. Hoy su cerebro ondea bandera blanca. No sueña con entregas o reuniones. De verdad duerme. No recuerda con certeza cuándo fue la última vez que lo había hecho. Podría decirse que está a gusto, pero no: realmente, solo está rendido. Su cuerpo se ha rendido al cansancio. No le ha quedado otra opción más que obedecerlo, y entonces duerme. Por fin duerme.

De repente, siente un movimiento fuerte contrayéndole los músculos. La tensión no disminuye. Siente casi como si un par de manos —¿qué manos?—, de garras, intentaran separárselos. Tiran sin descanso. Él abre los ojos adolorido y asustado. Lleva sus manos a la pantorrilla mientras se retuerce. Intenta soltar esas manos inexistentes masajeándose la pierna, intenta aliviar el dolor con movimientos circulares. Falla en el intento. Se cubre el rostro. Le duele, y no deja de doler. Comienza a estirar a pesar del dolor, y el músculo cede. Se suelta. Lo suelta. Pero él no. El dolor sigue siendo suyo al ver la hora: 3:03 a. m. No ha logrado dormir mucho. Cojea. Le gustaría caminar hacia la nevera. Si pudiera hacerlo, solo encontraría cerveza. No serviría de nada. Está seguro de que, si la tomara, el frío espantaría el poco cansancio que le queda y, con él, la posibilidad de dormir se extinguiría.

Termina el masaje. Los gatos vienen a revisar por qué les interrumpe el juego, por qué los sollozos. Se tira boca arriba y los acaricia. Ellos ronronean y, así, sin darse cuenta, cierra los ojos.

Pasa la página

2024; Si fuera un boleto de lotería, pensé, no lo hubiera comprado. No es un número bello, no me despierta nada. No tiene la magia del 87 ni la del 26; le falta la simpleza del 07. Por fortuna, no era un boleto de lotería. Por fortuna, no era una opción. La suerte estaba hecha, los dados lanzados, la ruleta girando. El 2024 iba a suceder a pesar de mi falta de afinidad numerológica con él.

Es curioso hablar del tiempo como algo relativo, cuando es una medida exacta. Las percepciones personales o las creencias no lo afectan y, sin embargo, no dejaba de pensar en lo largo que se había hecho. Había escrito poco, leído poco, dormido poco. El año fue largo, pero qué poco de mí había en él. Costaba encontrar los pasos; la imagen en el retrovisor era difusa.

Había cosas buenas, grandes, pero qué poca constancia. Un año típico, bisiesto para colmo: un día más, pero tan poco. No fue malo, aclaró su pensamiento. Fue un buen año: hubo abrazos, besos, polvos. Pero no estaba acostumbrado a tanta quietud, y menos a una quietud sin calma. No era lógico. El año había sido una puta turbulencia en un cielo tranquilo, una tormenta sin viento en medio del mar. Un año raro. No tenía la magia del 48 —el número que usaba cuando jugaba por la banda derecha— ni la gracia del 19, uno de los mejores años de su vida, ni tampoco la del 15, ese que vivió al sur. Qué raro había sido.

Pensaba eso mientras acomodaba un par de papeles, mientras escribía un par de sueños: qué dejar atrás y a qué provocar. Quería desprenderse del tedio, del cansancio. Escribía prometiéndose que el futuro se distanciara del pasado, como si no creyera que ese era solo una consecuencia del otro. Ahora que estaba viejo frente al papel, se sentía como cuando era joven y mareado frente a los espejos. Se confrontaba escribiendo, ya no bebiendo; su hígado ya no estaba para eso. No en cualquier derrota ni victoria se malgastan las resacas. Ya no son tantas, tampoco, y sonrió al pensarlo: ya no necesitaba tantas. Es cosa del tiempo, dejar de buscar mucho, apreciar lo poco, entender lo poco. Sonrió con ese pensamiento. No era nuevo, no le servía de nada, pero recordó que no era nuevo, que constantemente hacía eso: encontrar causas evidentes a problemas que ya había previsto. Qué inútil se sentía cuando veía venir la caída y no adoptaba la postura correcta para amortiguar. Sonreía porque era un poco lo suyo: dudar tanto de todo que evitaba incluso hacerse caso. Lo sabía, pensaba mientras escribía, lo sabía.

Lo sabré ahora. El 2025 tampoco era un número con el que resonara. No había nada en él que llamara su atención. Quizá tampoco tuviera mucho para él. Y el sentimiento de antes volvió: no hay mérito en la cantidad, no hay éxito en ella. Mucho, poco, no importa. Pienso mientras escribo: el 2024 no lo hubiera jugado, no lo hubiera elegido, no lo hubiera perseguido ni querido. No existe el «hubiera», porque si mi tío tuviera tetas sería mi tía. Es como en el fútbol: ganar da tres puntos por uno o por diez, y la única forma de perder es perderse. Sonrío de nuevo y bebo. Sonrío de nuevo viendo las luces a lo lejos. No me veo siempre, pero hay rastro. No es fácil de seguir, pero se nota por dónde he caminado. No he ido todo de frente, pero aquí estoy: un poco más al frente. No está mal. No todos los que deambulan están perdidos. Sigue tu nariz, pienso, y me río. Nadie le quita a uno lo leído, ni siquiera en los años donde se lee poco. Escribo, entonces, porque tampoco nadie me quita lo «escribido», ni siquiera el derecho a escribirlo mal. Sonrío mientras pienso en «escribido». Resisto el impulso de tacharlo, de corregirlo. Lo sabía, pienso. Hay cosas que simplemente no quiero evitar, ni siquiera cuando son un error.

Simplemente paso la página. Enciendo el fósforo y me pierdo viendo el azul convertirse en naranja con cresta amarilla: el olorcito a quemado, el humo, la ceniza. Simplemente otro año, otro número. Simplemente, pasar la página.