El aroma revela lo que bebe, la postura lo confirma. Luce tranquila: sus hombros no están tensos y sonríe después de cada sorbo. Sorbe antes de cada trazo, solo un poco. Está caliente, aún hay vapor desprendiéndose de la taza. Sonríe cuando lo hace, y lo hace con un placer especial. No es tanto el sabor del té, saborea algo más. Es como si intuyera el trazo que sigue, y el que le sigue a ese. Deja a un lado la taza y traza con firmeza, sin perder la delicadeza. De lejos se nota que no duda, que sigue casi que un impulso para dibujar, para crear. Lo hace siguiendo su instinto; confía ciegamente en él.
Apoya la regla, acerca el plumón y ¡saz! de un tirón demarca, limita, da forma a lo que quiere, a lo que busca. El ritmo no se altera. Demasiado tranquila. Inquietante. De la misma manera en que un mar en calma y extendido me genera intranquilidad: cada que la superficie está en calma es porque debajo no entra la luz. Nota mi mirada y la sonrisa se hace más angular, afilada. Se me eriza la piel de verla así. Sé que no es una buena señal, que suele ser cuando se pierde en una emoción. Y por lo general, no se sumerge de lleno en nada que no le dé placer. En otras ocasiones es divertido: sabes que viene algo delicioso e irrepetible, pero en el trabajo, no es una buena idea.
Termina de rayar, de dibujar. Espera. Se pone de pie frente al plano. Sonríe. Está satisfecha, lejos de orgullosa. Cuando está orgullosa, lleva una mano al rostro y se relame el labio. Cuando está satisfecha, se limpia las manos y luego hace jarras, saca pecho.
—Técnicamente impecable. En esencia, una mierda.
Sé que está pensando en eso. No es un buen momento para llamarla, para preguntarle qué pasa. Espero a que pase por mi oficina.
—¿Te falta mucho? —pregunta.
Su voz me tranquiliza. Está fúrica, pero no es conmigo. Compadezco al pobre desgraciado que haya desatado su ánimo bélico.
—No, estoy apagando —le digo.
Me levanto del puesto, recojo un poco el desorden de la oficina, vacío el cenicero, bebo el último trago del escocés que tengo servido. Caminamos al ascensor. Todo el edificio duerme. Solo nosotros mantenemos las luces encendidas.
—¿Sabías que nos dicen búhos y lechuzas los celadores?
—¿Búhos y lechuzas?
—Sí. Los he escuchado por los radios. Preguntan cuántos búhos y cuántas lechuzas hay anidando cuando tenemos que quedarnos hasta tarde. Es una tontería, pero me hace gracia. Piensan que somos sabios, que salvamos al mundo acá arriba.
—Los búhos y las lechuzas, en cambio, deben estar por perder el control. ¿Te imaginas ser un símbolo de sabiduría y ser comparados con unos animales presas de la estética retrógrada de algún cliente que pide cambios a última hora?… Insensatos ellos.
El chiste me toma fuera de lugar. Me hace reír.
—¿Problemas en el proyecto?
—Ay, no… ahora te cuento. Con un poco de vino te cuento.
Llegamos pronto a casa. Abro la puerta y saludo a los gatos. Ronronean, maau, comida reclaman. Me acerco a sus platos y sirvo un poco: pollo y cordero… Para nosotros, arroz con huevo. No ha habido tiempo para perderlo en la fila de la carnicería y las verduras impacientes se han puesto rancias.
Camino a la nevera, saco su botella de vino. Los miércoles siempre le gusta. Saco mi botella de whisky: su vino es demasiado dulce, no me gustan las golosinas tan tarde. Prefiero ese sabor amaderado, terso; sentirlo adormeciéndome la lengua, las encías.
Destapo su botella y le sirvo una copa. Me mira por encima de los lentes. Quiere que continúe sirviendo. Rebaso la línea invisible de las dos copas, y cuando pasa, dice:
—Detente…
Son casi dos copas y media. A este ritmo la botella le durará solo tres.
—La venganza —dice, mientras ve el rojo dar vueltas en la copa—, la venganza se disfruta fría, pero se planea mejor con un té de manzanilla. Juan es un imbécil. Arruinó todo el plano y no fue capaz de detener al cliente. Arruinó la forma, la cadencia de la caída de las columnas. Ya no tiene nada ese edificio.
—¿Qué le hiciste?
Al preguntarle me he puesto en evidencia. Sabe que la he visto sonreír mientras dibujaba.
—Un par de milímetros aquí y allá. Achuecado las paredes y ampliado algunas juntas. Imperceptible para ellos, pero cualquiera que entienda algo de diseño —de la vida— se dará cuenta de que no es una gran obra, sino una dulce venganza. Una de esas que nunca les permitirá sentirse cómodos ni completos. De las que joden. De las que se preparan con té de manzanilla —dice, sonriendo, mientras extiende de nuevo la copa ya vacía.