Contraluz

La hoja en blanco, la garganta llena, los párpados pesados, la boca seca, las ganas agotadas, la rabia distraída, los ojos perdidos…

—Escribí, se dice. Escribí. ¿Sos un escritor, no? ¿Qué te cuesta, si es lo que sos? ¿Lo perdiste? ¿Te perdiste?

El silencio no ayuda. Me escucho, más fuerte, y me duele un poco el vientre. Me caigo pesado, tengo el estómago sensible. No puedo conmigo, con tanta mierda. No mientras estoy sobrio. No tengo la fuerza. Nadie tiene la fuerza. Y lo peor de todo: no soy yo. Yo soy solo la gota que derrama el vaso. Afuera ya hay demasiado como para sumarle lo de adentro. No tengo lo que hace falta para vivir así. Así no puedo. Sobrio, no puedo.

—Escribí, escritor. Sacá las palabras. Jugá con ellas. Llevan mucho ahí, demasiado tiempo guardadas. Están sucias, huelen un poco a humedad, apestan a miedo. Vos tenías tufo casi siempre, pero nunca miedo. Tenías por lo menos eso: agallas. No te callabas, ni siquiera cuando hubieras debido hacerlo. Ladrabas fuerte. Y, cuando hacía falta, mordías. Sabías morder. Pero ahora tenés miedo. Y no de los demás: de vos. De volver a ser vos, de tu voz, de perderla y de usarla. Puedo olerlo.

Sniffffffffff, suena en su cabeza. Snif, snif. Apestás. Apestás a derrota sin riesgo. Apestás a miedo. Sí, tenés tanto miedo que no has vuelto a leer. Sabés que leer te provoca, que encontrar eso que otros no dijeron es gasolina. Lo evitás, pero las imágenes son fuertes y cada vez más constantes: unos zapatos de charol negro con medias con boleros y una falda negra; unas manos sobre un piano presionando las teclas y una melodía intensa; un violín estridente; un saxo profundo. Esas cosas te duelen. El viento y las cuerdas siempre te han hecho eso. Necesitás escribir o emborracharte, pero tenés miedo de ambas. Lo sabés, lo pensás. Pensás que los mareos son en parte eso. Sos una olla a presión y sentís que algo está por estallar: tu corazón o tu cerebro. No sabés qué, pero algo va a estallar.

Mientras se escucha frente a la pantalla en blanco, frente a la hoja en blanco, siente su circulación, su cuerpo, su mareo casi constante, su miedo casi constante.
—¿Será que me voy a morir, joven y sin obra, sin nombre, sin mí?
Piensa, contrariado y distraído. Piensa en esos puntos donde tomó decisiones, en esos pasados donde se vio a los ojos. Ninguna parece causa suficiente para este atragantamiento de palabras, para esta represa de letras. Culpó al cansancio, a la ocupación, pero tiempo ha perdido de otras maneras. Sabe que, al final, no hay excusa.

Así comienza a martillar letras. Comienza a repasar imágenes.

—¿Se siente bien, verdad? Te gusta.

Tiemblan sus manos, y lucha por volver a acomodarlas en el escritorio. Se siente extraño. Ha perdido esa posición que antes le salía natural. Pero, si recuerda eso, puede buscarla. Quizá mejorarla: un lugar donde la tabla no talle, donde sus dedos no tiemblen. Siente el óxido y la torpeza. Martilla donde no van las letras. Llena las páginas de erratas, pero no importa. Puede editar después. Sabe que lo importante es perseguir esa letra siguiente. No es tan diferente de una IA después de todo. Un borracho, un escritor, hace lo mismo que ese estúpido algoritmo: intentar predecir la palabra siguiente, intentar ser el mono infinito. Sonríe. Le gusta la idea. Se siente bien. No sabe de qué va a hablar. Quizá su detective favorita vuelva. Quizá su Sherlock del Magdalena. Quizá hasta él mismo vuelva a la página en blanco.

Los ojos arden de ver el blanco de la pantalla, pero se consuelan con haberlo cubierto un poco. Quizá esa sea la función de un escritor cerca de los cuarenta: eclipsar un poco esa pureza ingenua, oscurecer lo suficiente para que la pupila se acostumbre, para que el destello mengüe, para poder ver las formas y los contornos. Quizá sea eso. Quizá siempre se haya tratado de eso.

—No desvaríes, escritor. No hay un fin en el arte, y mucho menos en la escritura. No hay un porqué ni un para qué. Lo sabés. No existe una razón. Lo que hay es un impulso, una idea. Una que hay que perseguir como un perro loco a los carros, como un fanático a su equipo. Una emoción, una sensación. Sabés que estás vivo por ese deseo de perseguirla, por esa intención de alcanzarla. Porque te impulsa, porque te obliga a incomodarte. Necesitás esa sensación de estar tras de algo, de no perderle el rastro, de sentir su aroma, imaginar su aroma, la temperatura, el roce. Necesitás evocar. Todos necesitamos intuir un poco nuestro futuro para tenerlo presente. Sin eso, el ser humano no es humano. Sin eso, no despierta. Sin eso, no hay más que una hoja en blanco.

No se trata de eclipsar la pureza. Se trata de llenarla, de perderla, de existir, de escribir. Ese es el único ritual. Lo sabés, ¿no? Lo intuís. Bienvenido a casa y a las letras.

Humo

Por donde camina hay humo, humo blanco de carbón mojado, de brasa menguada, humo de parrillas que intenta con su olor a madera quemada esconder el que emanan de sus parrillas, parrillas ennegrecidas por los años de uso, y abultadas por la carne carbonizada que se ha solidificado sobre ellas, mira el humo pero intenta no olerlo, sabe bien a lo que huele, toda su vida ha podido reconocer ese olor, piensa en el humo, en la señales de humo, en como el humo cuenta una historia, una cortina de humo hecha de humo, solo identificable para él y para los que son como él.

Le molesta el humo, pero no en los ojos, no en la ropa, lo molesta el humo por todas las veces que pensó que ese era el olor real del humo, de la carne asada, de las reuniones, le molesta porque por ser quien es, por crecer donde creció, lo hizo pensando que así debía oler siempre, por ir a los lugares que iba, los estadios, las afueras de los conciertos, siempre el mismo humo y el mismo olor.

Camina enojado, hace solo un par de años que ha empezado a notar que el humo que conoce miente, está enojado con su ingenuidad y al mismo tiempo con su pasión, su nariz, la que hoy lo saca a flote, también es la que desde hace un par de semanas lo tiene sumido en el aroma de la derrota, siempre tuvo buen olfato pero poco instinto, sabía a qué olían las cosas que conocía, pero no era capaz de intuir de dónde venían los olores, su Cheff le había dicho que tener una buena nariz no era lo mismo que tener un buen olfato y eso lo había dejado realmente dolido, tenía razón, lo que más duele es cuando se tiene todo a la mano, pero nada detrás de los ojos para verlo, el hombre es lo que ve, lo que piensa, y jamás se lo había cuestionado, jamás se había dado cuenta que el hombre, el chef es lo huele, por eso lo sorprendían esas preparaciones de olores sutiles que evocan jardines y perfumes…

Estaba ciego ante sus olores, ante el mundo, el conocía el olor a carbón, a harina de trigo quemada, a maíz con manteca o mantequilla asada, tenía ese toque rústico que lo hacía diferente en la alta cocina, pero tenía también una ausencia, lo delicado estaba en un espectro que desconocía, que escapaba a sus matices… era como ser una mujer bonita que desconoce cómo ser sensual o sexy, incapaz de ser pícara, de provocar…

Era un cocinero no un chef, conocía recetas, pero no sabores, su condición, su vida, su barrio, su paladar era pesado, y había honrado y dignificado lo que conocía, su historia, había potenciado sus sabores, pero ignoraba demasiados matices, estaba frustrado, su nariz estaba abrumada, su paladar hostigado, como un niño gordo que encuentra las galletas que han escondido y no puede parar de masticarlas, lo motiva el recuerdo del sabor, pero no saborea ya entre mordisco y mordisco, un acto reflejo, no es especial, en el fondo es lo que le molesta, aunque ha logrado sobresalir, aunque es diferente, no es especial, aunque superó lo que de él se esperaba, aunque desafió lo que el presente le arrojaba y no le bastaron las migajas, no es especial, no está tocado, ni ungido, no ha sido elegido.

—Qué va a llevar le dicen de una manera brusca y seca

—Qué tiene

—Chuzo de res, cerdo y de mil

—De qué es el de mil

—De mil le responde

Sonrío, qué espero por mil, qué más podrían darme por mil, este es mi menú, mi calle, ese olor, ese humo con este olor a carne quemada por el frío, a res que ha empezado a acercarse peligrosamente al final del camino, alimento de carroña, y entonces lo tengo claro, soy carroña, no hace mucho salió una película donde una rata inofensiva abre su restaurante, no somos tan distintos cuando el humo se desvanece.

Ecos

Cuando camina cada paso resuena, y eso la hace sonreír, muchos años caminó en silencio, fuera de foco y de escena, sabía pasar desapercibida, pero no le gustaba, sin embargo era más fácil hacerlo que asumir lo que conllevaría hacerse pública, no lo sabía, ni lo entendía, pero era algo que intuía, que dar un paso al frente es adictivo, que tener una visión exige compromiso, fue en un café y como canta Fito que se vieron por casualidad, era un poco verse a un espejo, un tipo frío y aburrido sobre los que cantaba Maná, lo reconoció con facilidad en medio del bullicio porque estaba en lugar que ella hubiera elegido, sentada en la posición que ella hubiera escogido… eso fue devastador, ella era una tipa igual de fría y aburrida, se acercó a él con una pregunta de la cuál ya sabía la respuesta:  ¿No te cansa un poco estar siempre en la parte de atrás de la foto, que tu risa nunca sea una carcajada, no te duele un poco estar en silencio?

Él la miró, trató de encontrarle sentido a la pregunta, la vio bien, vestida para no ser vista, su tono de voz, igual, ella había aprendido a no estar presente para todos, a no ser recordada, a caminar con cautela y pasar desapercibida, aunque su pregunta había quebrado su papel, algo la incomodaba por dentro, y entendió que ella venía a él porque parecía ser igual a ella, en la mesa lejos de los parlantes y la pista de baile, con una naturaleza que no encajaba en el lugar, vestido para no ser ni señalado ni admirado, solo un extra de película, alguien normal, en situaciones normales, con comportamientos normales, si le preguntaras que música oye diría de todo un poco, que qué le gusta hacer, diría que salir y conocer lugares… así lucía, pero no era lo que había… la vio triste así que decidió ser honesto en su respuesta.

­—No, lo que ves no es todo lo que soy, lo que ves es lo que oculta lo que soy, lo que pienso, no me aparto solo para no mezclarme sino para poder tener privacidad querida, no es todo calma bajo el agua, yo vengo a aquí a que me vean, pero deber saber qué estás buscando para encontrarme, no trato de disimularme, simplemente soy.

­­­Ella lo escucha, pero no lo entiende, porque él puede estar en calma siendo tan ausente, tan lleno de silencios, porqué él puede sentirse bien siendo ignorado, tan extranjero en el mundo, porqué ella no puede alejarse de lo que piensa.

­—No te entiendo le dice, ¿no escondes nada entonces?

—No es eso, pero no creo que seamos los únicos que lo hacen, todos aquí escondemos algo, incluso los que bailan, siempre hay segundas intenciones, unos buscan la libertad de la que se privan a diario, otros la fantasía que nunca han cumplido, quela anhelan pero que los confronta, vos detrás de esa ropa casual esconde una mujer cansada de andar en la punta de los pies, quieres hacer ruido, pero quieres hacerlo por ti y no para que ellos te noten, en eso te equivocas, es cuando estás frente al espejo cuando quieres tocarte, sentirte, reconocerte, no aquí y para ellos, quieres ponerte una boticas con adornos de metal y que tus pasas resuenen pero no para ellos sino para escuchar tú el tintineo, con un tacón firme, ahora te confundes y crees que la libertad está en que te vean, pero la libertad está en verte a ti misma y gustarte.

Ella lo mira y asiente, la idea le gusta, pero no lo reconoce, —quizá te equivocas le dice, —quizá, le responde él, hace una pausa bebe un poco de cerveza, pero vale la pena intentar equivocarse, ella sonríe, él continúa, pero aún así, sentemos un terreno en común, ¿crees que la vida tiene sentido?

—Sí, responde ella vacilante

—Uno solo? La pregunta cala, ella lo mira y piensa, pero no responde, —Yo creo que hay dos opciones, que no lo tiene o que ninguno es el correcto, tanto ellos como nosotros escondemos algo, y no es un secreto ni algo turbio, es que ninguno sabe lo que está haciendo, y que no tiene certeza de hacerlo bien, eso hace que busquemos pares, personas que validen aquello que hacemos y en consecuencia se crean bandos, en los que se vinculan y se niegan, vos y yo por ejemplo, “solos” pero a lo lejos alguien nos ve y nos envidia, capaces de encontrar calma incluso aquí, siempre en el centro, y ambos sabemos que es mentira, pero los demás ven lo que quieren ver, yo podría estar usando un plug anal mientras hablo con vos…

—Lo estás usando? —jajajajajaja No, pero podría —Ella se ríe, yo también podría dijo ella, —Sí también podrías y tampoco lo sabría, no a ciencia cierta, y quizá hay en la multitud alguien que lo ha imaginado, pero se trata un poco de esa ausencia de seguridad, nada de lo que ves es real, quizá todos podrían estar usando un plug, y pensar que somos el único distinto que lo tiene.

—Tenés razón, dice, mientras bebé y sonríe, se siente ligera, tranquila, la pregunta no era para vos, dice, la primera pregunta era para mí le dice. —Lo pensé dice, pero es una buena pregunta y brinda con ella. Ya tienes una respuesta, —Sí, lo que decís resuena conmigo, —Y qué vas a hacer, ahora que tienes la respuesta. —Usar una boticas negras con cadenitas que hagan eco al caminar.

Cerca

Estar cerca duele más, eso se decía  así mismo, y lo decía con conocimiento de causa, sé de lo que hablo, se decía, he estado ahí muchas veces, sé lo que duele porque lo he vivido, porque la desilusión pesa, porque estar cerca, sentir la respiración cerca de los labios, verlo entre abiertos, tocar lentamente las comisuras y hacer parte y sentirse parte de siembra una duda, estar demasiado cerca crea un pensamiento del que no es fácil desprenderse, qué me falta, nadie que haya estado cerca se pregunta o enorgullece de lo que tiene, es más fácil hacer eso a lo lejos, sentir que quien observa es abiertamente miope, y ah pasado por alto de nosotros entre tantos, ah pero cuando te miran con detalle, cuando sientes que te han olido, saboreado, cuando sientes que han pasado sobre ti con lupa y cinta métrica, prestando atención a los detalles, tocando con la puntal de un lapicero, golpeando con suavidad con los nudillos, extendiendo los brazo mientras murmuran y toman algunas notas, cuando sientes que hablan de ti, sobre ti y no contigo a pesar de tenerte de cerca, es ahí cuando el miedo asoma.

Estando tan cerca debían haberte visto, respirando tan encima de ti debían ser certeros, encontrar tus virtudes, notar tu valor, estando tan cerca debería besarte, elegirte, estando tan cerca el ascenso debería ser tuyo, estando tan cerca no deberían darte la espalda, no deberían poderse ir sin decirte nada, el ghosting… sabe a mierda.

Estando tan cerca, escuchando ese ahí, ahí, ahí, ahí ahí que nunca se convierte en ahhhhhhhhhh, en uñas en tu espalda, en dientes en tu clavícula, escuchando a lo lejos a alguien más gritar BINGO cuando te falta un número, después de escuchar que anuncian la letra en donde te falta el número… mierda si duele más y sabe más a mierda el que pase cuando estés cerca.

—Mi padre solía decírmelo jugando canicas, cerca de ese agujero donde debía llevar la bola para estar seguro, en la puerta del horno se quema el pan decía, y con una puntería criminal, con una precisión quirúirjica lamía la comisura de su boca, se ría entrecerraba los ojos, con la pericia de un topógrafo que se gana la vida midiendo distancias a cientos de kilómetros calculaba el viento, el peso del cristal en los dedos y lanzaba con una fuerza sobrehumana, como la de todo padre enfrente de sus hijos, y golpeaba fuerte y seco, luego se reía, a carcajadas, nunca comprendí la lección jugando canicas, no era sobre un juego, era más sobre la vida, nunca estás a salvo, no del todo, esa sensación es falsa, eso quería decirme, no te confíes, no estás seguro, eso era lo que debía aprender, ni siquiera el padre tendrá piedad del hijo, eso debía haberme quedado claro cada domingo viendo al primero de los cristianos clavado a una cruz.

De cerca muchas cosas pierden su brillo, había entendido ya al crecer, de cerca las mujeres tienen boso, de cerca, hasta a la mejor depilación se le escapan vellos, de cerca todo es distinto, de cerca nada es lo que parece y por eso duele más cuando te has acercado lo suficiente y escuchas —No cuando estás de cerca y ves de cerca la puerta cerrarse justo en frente de tus narices, ahí entiendes, sientes que entiendes, que papá tenía razón, ahí te das cuenta que las excusas no aguantan un portazo en el rostro, que la verdad es otra y prevalece, al menos para los demás parece serlo.

Estuviste cerca, te dicen cerca sin entender lo que se siente, sin reflexionarlo, creyendo que haberse acercado era la meta, como si no supieran, como si ignoraran que en alguno momentos perder, es un tema más de dignidad que de ego, porque cuando todo ha sido tan cerca solo hay una respuesta posible, ser lo que se es, hacer lo que sabe hacerse… no ha sido suficiente.

Salir del túnel.

Desde pequeño, me han gustado los túneles. Eran puntos de referencia desde la ciudad; estábamos a solo un túnel de visitar a mis abuelos, a dos túneles de los primos y del campo, las vacas, los lagos de pesca, a dos túneles de amigos, frutas, olores y colores diferentes, agua de otros colores, colores de otros colores, más pálidos, más curtidos por el polvo…

Con el tiempo, aprendí a distinguirlos: estaban los que recordaba con cariño, los físicos que atraviesan montañas, y los que como raíces se esconden en las ciudades. También los temporales, los metafóricos y los espaciales; los focales, aquellos que hacen que la vida desaparezca a su alrededor, que el tiempo vuele; esos que a veces parecen eternos, perfectos, en los que más que perderte, pareces encontrarte.

Con el tango, el vino y el tinto, con el pucho, la birra y el corazón roto, entendí que hay unos demasiado oscuros, demasiado profundos; unos que atraviesan las convicciones y socavan las promesas; uno que toma lo que se pensó eterno y lo deja atrás, las amistades eternas, las ideas y los ideales. Y cuando vuelves, cuando atraviesas ese túnel y ves ese pasado, el día se va un poco a la mierda, te deja un saborcito en la boca como el que deja una tortilla quemada, solo lo malo de algo que pudo ser bueno. Exagero un poco, siempre me pasa eso cuando el túnel me lleva a esos momentos que duelen, a esas ciudades a las que sé que nunca podré volver, a esos días más felices, a esos polvos más chimbas, a esas ganas, a esas bocas, a esas otras alegrías que hoy ya ni me alegran ni me mueven, pero que me recuerdan quién fui, y también qué tan lejos estoy de donde alguna vez quise estar…

Y aun así, los túneles me siguen gustando. Incluso aquellos que duelen. Hay otros que abruman, unos que no se visitan de manera personal sino contextual, unos en los que el mundo te monta sin desearte buena suerte, uno en el que te vas sin despedirte, uno en el que te quedas solo porque alguien no llegó a la cita pactada, uno en el que sientes que te empujan a un viaje donde no quieres estar. Esos hacen daño, no solo duelen; esos rompen, no solo aprietan, y parecen eternos.

Al igual que los túneles físicos, hay señales de cuándo alguno se acerca: el tráfico se reduce, la señal de radio se pierde, la brisa se corta y se suben las ventanillas. La oscuridad te rodea y el bullicio natural se reemplaza por un zumbido constante. Afuera, el smog, la vida, los colores; adentro, una sombra, el ronroneo de un motor acondicionado, la vida misma en pausa. Atrás, un pasado pesado; adelante, un futuro incierto. Pero ahí solo estás tú, los que están contigo en ese momento, pero nada puede penetrarlo. Un accidente allí dentro es más grave. Aún así, hay quienes lo transitan en bicicleta, en moto; esa gente sonríe en las tristezas, esa gente está hecha de otra cosa. Uno no, uno va ahí como una maleta en una bodega, con el corazón embalado; a veces, el mismo túnel puede sentirse corto o infinito.

Pero al final del túnel, siempre estás tú. Al final de todo, uno siempre sonríe al verse de nuevo, colorido, al reconocerse. Y no es el ruido o el aire menos denso, no es la música ni la algarabía de la vida, ni siquiera la velocidad que vuelve a ser una opción, ni la brisa que te vuelve a despeinar al abrir las ventanas. No es la luz al final lo que hace que pase, es simplemente saber que de nuevo está todo ahí, todo presente, incluso uno mismo. Al final de cada túnel está su reflejo.

Platos rotos

Lo más irónico es que esto le pase a él, decía mientras veía a lo lejos a Arturo, sentado intranquilo sobre la camilla, nunca lo había visto así, tan ausente, los reflejos estaban, golpeaba en la rodilla y se movía su pierna, tocaba su frente y parpadeaba, lo involuntario, cualquier reacción no mediada esta presente, en su cuerpo, en sus terminaciones nerviosas no había nada malo, pero él no parecía estarlo, estaba aturdido pero en alguien como él era extraño, era rápido, dentro y fuera del ring, sus respuestas llegaban a tiempo, bloqueaba bien, atacaba bien, respondía bien, sus ojos solían ser mucho más rápidos, pero hoy, hoy mientras le vendaba las manos, lo notaba diferente.

—Arturo, rey, estás bien, como parte de su equipo era importante saberlo, —Rey bebiste ayer, fumaste algo antes de venir —era incómodo, sé que no le gusta que le pregunten esas cosas, lo aprendí con los años, pero no tenía de otra, o lo despertaba aquí y ahora o lo despertaban o lo dormían a golpes sobre la lona. La mirada era un derechazo, rápido, directo, un mazazo, no habló pero era fácil entender lo que decía —No me toqués los huevos, claro. No tenía ningún viaje, tampoco estaba mareado, era peor, peor para él y para su contrincante, tenía rabia, estaba fúrico, la rabia es más peligrosa que el alcohol la droga, la rabia ciega, prefiero el miedo, como parte de su equipo prefiero cuando tiene miedo, el miedo te hace listo, la rabia te hace imprudente, el miedo te hace estar alerta, la rabia viola cualquier idea sensata, sodomiza cualquier impulso racional.

Estamos en problemas, se levanta rápido de la camilla y camina de un lado al otro, balbucea, aprieta la quijada, aprieta las manos recién vendadas, quiere tener algo en frente, algo o alguien, necesita una catarsis o una revancha, pero no dentro del cuadrilátero, Conoce al bizco López hace mucho, son amigos, profesionales, saben que los golpes son parte del oficio, nada para llevarse a casa, pero hoy podría ser diferente, el bizco no tiene la culpa, pero el Rey no tiene la cabeza en su lugar, si se descuida puede que pierda incluso la corona.

Se nota, se nota a legua que algo lo tiene mal, justo el día de la pelea, el equilibrio alrededor de algo tan grande termina en vilo por alguna tontería, un mesero maleducado, una recepcionista desconsiderada, algún taxista terco, qué fácil es echarlo todo a perder, qué fácil es hacer que alguien pierda fuera del ring, va a entrar a ahí como mucho hemos deseado a veces, simplemente con el ánimo de demostrar que nada puedo tumbarnos, que somos invencibles, más grandes que nuestras aflicciones, con las ganas de convertir la frustración, en jabs, las lágrimas en ganchos, los gritos en golpes al cuerpo, quiere castigar a todos menos al Bizco a su nuevo manager quizá, a su antiguo entrenador, tiene mucha rabia dentro, y muy pronto pagará la consecuencias, des pues de dos o tres golpes perderá el ritmo del ataque, perderá de vista la técnica, el juego de piernas, después de dos o tres golpes se sacudirá la ceguera y será demasiado tarde.

Pienso mientras que camino de un lado a otro viendo como Arturo se pasea intranquilo, sin calentar, sin hacer sparring con su sombra, sino simplemente atacando a sus recuerdos, tensando la quijada, mordiéndose la boca, debe estar ya llena de sangre, al menos de su sabor, mala cosa, ni siquiera sabrá cuando el protector lo haya lastimado…

Su intranquilidad me intranquiliza, me hace pensar en todo lo que no va bien, maldita sea esto era lo único que iba bien, necesitaba esto, pero todo suele arruinarse, salgo del camerino para tranquilizarme, pero estoy nervioso, la presión en el pecho regresa, las ganas de llorar, la ausencia de ella se hace presente, el silencio de los demás hace el eco perfecto, no estoy cómodo, no estoy tranquilo, me abruma, me abruma todo, lo entiendo, entiendo a Arturo, estoy también a un paso de hacer lo mismo, de no ser yo mismo, no puedo, no debo, tengo que recuperar el centro, pero es tan difícil, camino sin ver por donde voy, sin prestar atención a mis pasos, no veo cuando viene el referí, no veo tampoco que tiene un café que más caliente hierve, no veo y tropezamos, el grito me saca del tranza, el calor en cambio sumerge al juez en uno, me mira, mira los colores en mi camisa y resopla como un caballo… deja mi mano extendida y se va, no será un combate justo, Arturo pagará los paltos rotos.

Frío

Toma café sin darse cuenta de lo que toma, lo toma a sorbos largos, sin saborearlo, nada de juegos ni de delites, no empuja el líquido entre sus dientes, no lo usa para mecer la lengua y sus papilas gustativas, no es justo entonces decir que toma café, no sabe hacerlo, no disfruta de su aroma, no lo siente, lo toma casi que sin necesitarlo, no sabe lo que es tomar, lo que significa, no le hace justicia a la posición, al arrebato, a las ganas, no entiende de nada, la sed no paree treparle por la garganta, lo párpados no parecen reclamárselo, no sabe morder, no sabe luchar por lo que quiere, no, es mucho más triste que eso, nisiqueira sabe lo que quiere, cree saberlo, pero duda, en cada sorbo está la duda.

Toma distancia de la taza, la ver un poco agitada y piensa en todo lo que duda, el vacío se torna más grande, vale la pena se pregunta sin encontrar respuesta, sabe que en el fondo lo sabe, pero hay que escarbar mucho, abrir cicatrices e ir más hondo, herirse, nunca le ha gustado ese dolor que no es físico, ese que no se manifiesta, del que no brota sangre, que no se ve, ese que es invisible y que parece eterno, ese dolor da miedo piensa, es más de lo que puede manejar, es inevitable, omnipresente y todo poderoso, si existe dios se parece más por descripción a un recuerdo doloroso que a un ser benévolo, no es cuando estás a punto de morir que ves tu vida pasar delante de tus ojos  es cuando dudas; ahora lo sabe, ahora las decisiones que está por tomar hacen que piense y piense, que tiemble y tiemble, lo hace como si tuviera mucho que perder, como si no supiera que en el fondo la idea de ganar ya perdió toda su fuerza.

La mirada vacía fija en el vacío da la falsa idea de haber hallado algo, pero por dentro la realidad es angustiante y abrumadora, no hay una luz en el fondo del túnel, el ruido a su alrededor se desvanece, es de esos malos chistes que tiene el universo, le gusta dejarte a solas con los miedos, encerrarte con los temores, no hay duda, si existe un dios, es el miedo.

No quiere comenzar a cavar, no tiene sentido, cierra los ojos para buscar ese pequeña memoria muscular que hace que una especie de color rojo y verde se dibuje dentro de los párpados, esa pequeña huella de esperanza que indica que aún en la oscuridad hay luz, mala suerte, al pensarlo aunque ve, ya no reconfortante, anhela, desea quiere que todo acabe, que pase la oportunidad, que se vaya sin que la decisión se tome, que el azar haga su trabajo, que el maldito azar juegue a su favor, pero nada ocurre, el tiempo se detiene para que cada segundo se sienta más y más y más lento.

No sabe cuanto tiempo ha pasado, no está consciente, sabe que es lo que pasa cuando piensa, sabe que nadie más es consciente de todo lo que pesa o lo que le pesa, o cuánto le pesa, ve caras, rostros, recuerda palabras y sonidos, ha estado ahí tantas veces, un prisión mental donde toda duda se graba, los miedos tienen cuadros del tamaño de las meninas, las ventanas solo llevan a otros momentos de duda, no hay una ayuda, un salva vidas, no hay un rayo, un temblor, una mierda de pájaro, no hay un encuentro inoportuno, una llamada de claro de hacer alguna oferta, tampoco alguna esta piramidal que le pregunte si quiere tener tiempo libre y trabajar desde donde quiera sin cumplir horarios, otra señal de que dios es dolor, y además un sádico.

Estira su brazo, toma el café, aunque no sabe lo que es tomarlo, aunque no entiende cómo tomarlo, lo toma, sorbo tras sorbo, lo toma aunque está frío y aunque no conoce el placer de desear el café caliente, de saborear el café caliente, de querer, de satisfacer la necesidad del café caliente, sabe lo básico, lo mínimo, lo horrible que sabe el café que se enfría.

Derivas

Deambular sin rumbo, sin propósito, casi sin intención, caminar como la reacción encadenada de un paso tras otro, aislado inconsciente, desconectado, cuando pensaba Marco camina así, sin notarlo, había escrito un libro de cuentos y necesitaba en un nombre, uno potente uno certero, marco caminaba sin saberlo buscándolo, caminaba y fumaba buscando rastros en la arquitectura, en los rostros, en los rasgos, caminaba viendo el rostro de los carros, visitando por azar creía él viejos lugares, viejos besos, manoseadas, viejos polvos efímeros, viajas casas, o espacios donde habían vivido sus amantes, ex bares hoy academias de baile, masajes exóticos, ex tiendas, caminaba en la ciudad, se movía en el presente con su cuerpo, pero en su cabeza nunca era hoy, era siempre un momento tras otro, una línea temporal en la que toda su vida volvía a vivirse.

La plazotela cerca a su colegio donde tomaba vino alterado con mentas para potenciar su efecto alcohólico, los parqueaderos donde Azul apurada se había corrido la tanga para que él en un ataque de espasmos y vergüenza pudiera también hacerlo, el poste donde vomitaban, la canalización donde había probado la hierba, luego la calle de los bares donde tantas canción había gritado, donde tantos ojos se había cruzado, pensaba en esas miradas sus miradas, siempre tan distintas a las de azul, tan fría tan poco interesante, ninguna como la de Azul, al caminar visitaba fiestas, con y sin ella, niño y joven, lo de línea se desdibujaba con el recorrido, y se transformaba más en una especia de salto inconsciente y caprichoso.

Él yendo a donde Sandra una veterana cincuentona que a sus 18 le mostro que Azul aún palidecía y que en el canela de su piel madura, de su carne madura, de sus tetas maduras, de su sexo maduro, caliente e insaciable era aún muy débil para colorearle la vida como ella podía, luego la pizza italiana donde otra Sandra, esta más joven y más ingenua lo había llevado alguna vez un poco contra su voluntad a escuchar una tarde de chicas y mercurio retrógrado, aunque siempre quiso a esa Sandra nunca pudo regarle un poco de la vida que ella despreciaba, pero que siempre había estado un poco también dispuesta a probar, tenía miedo, de encontrarse y él de perderse, eran el uno para el otro, por fortuna lograron evitarse, habría sido catastrófico para ambos.

Luego él niño caminando sobre un viaducto en construcción, el jugando con agujas y basura de hospital en un despoblado… esa imagen solía recordarla de manera recurrente, 6 años, tontos e ingenuos, 6 años en medio de bolsas de suero, de soluciones, de mangueras y bolsas, de agujas, agujas sin romper, agujas afiladas, agujas quizá infectadas, agujas que habrían podido matarlo, enfermarlo diezmarlo, más de 20 o 30 posibilidades de haberse evitado el crecer y hacerse mayor, y todas habían fallado, que caprichoso puede ser el azar.

Así caminaba Marco sin rumbo y sin destino cuando pensaba, en cada una de esas caminatas y en esos recuerdos había encontrado siempre la inspiración suficiente; un olor, un color, un calor, un sabor, un dolor, un escozor, un rencor, una flor… siempre algo siempre una miga de pan desde los recuerdos para sus cuentos y hoy caminaba así, en búsqueda de un trozo más grande, del tiempo, del cuerpo, del cuero, hoy buscaba eso que delimitaba y encerraba, eso que contenía, eso que definía qué era lo que quería o tenía, sin saberlo, sin entender que lo que hacía era eso que siempre resultaba, eso que por alguna razón daba siempre un resultado, él quería, necesitaba buscaba crear un nuevo lugar para que todo existiera aunque no era consiente de estar allí, es cierto eso de que a veces lo que buscamos está justo en frente, se daba cuenta siempre al irse, Azul, Sandra, Sandra, Las agujas, siempre tantas cosas que hubieran podido hacerlo feliz, o lo habían hecho feliz, siempre algo tan simple, tan presente en medio de su ausencia, siempre un recuerdo tan próximo de convertirse en cuento, siempre su vida salvando su vida, y el simplemente caminando sin rumbo e inconsciente.

­Hola saluda ella sin lograr hacerlo volver, hola dice asomando su rostro, hola responde él y sigue ahora consiente de que camina, de que camina sin rumbo, de que camina hace mucho rato sin buscar un lugar, que caminaba en su cabeza y se frena, derivas dice, derivas, sonríe y vuelve a casa, derivas, termina de escribir las 8 letras, derivas lee y se dice a sí mismo es cuento y libro.

Sal al gusto.

Te tiene que gustar mucho la mierda para disfrutar lo que haces, me reclamó de frente y mirándome a los ojos, me lo dijo con la cara roja, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, me lo dijo como un grito ahogado de la libertad derrotada, como lo que era, un reclamo tardío, la impotencia hecha palabra, palabras vacía además porque llegaba tarde y cuando algo llega tarde pierde fuerza.

Su ira no era real, era la memoria de una ira guardada, una ira envejecida, mal cosechada, su ira era una rabieta caprichosa, sin sentido vacía y banal, todo lo que llega tarde es así, las ganas que se quitan tardes son más rencor que ganas, las alegrías tardías menguan, tarde, nada vale, ni la palabra indicada es del todo certera, cuando algo llega tarde aunque sea fuerte no puede nunca borrar su demora, la razón de su tardanza, las excusas, las despedidas, si algo llega tarde llega maltrecho.

Y aunque estuviera mala en el fondo, tenía razón, me gustaba mucho, había algo en el trabajo que me gustaba, que siempre me había gustado, hay algo en esos trabajos simples que me cautiva, el hombre avaluado por el músculo, el hombre con fecha de caducidad, la utilidad funcional en venta, el hombre comprado por peso y talla, por cuanto puede cargar y por cuánto tiempo puede cargarlo, sí era fácil y sencillo, sin caprichos, sin mediadores, sin cerebritos ni antojos, en la vida real reina el pragmatismo, el burdo, rústico, directo y esencial. Sí tiene que gustarte y eso es lo que más me gustan.

Sin pleitesías, sin condescendencias clasistas ni morales, todos en el fondo saben que son iguales, que se tienen a ellos, no hay un dios, ni un creo que los soporte, para los pobres diablos como ellos no hay capitalismo, ni socialismo, no hay futuro, pasado, no hay jubilación ni desempleo, solo un eterno trabajo, el retiro es una chaza, una tienda, pero no gloria en el futuro, te tiene que gustar tanto como morirte de hambre escribiendo, pienso pero no se lo digo, me tiene que gustar tanto como le tiene que gustar a un cantante de ópera cantar en bautizos y matrimonios, tanto como al pintor que hace murales comerciales para una alguna marca en alguna publicidad, tanto como a los chef lavar platos, pero cada uno tiene una droga diferente, es esclavo de un gusto distinto, ella no lo entiende, nació después de la pandemia, no sabe lo que es perderlo, cree que gusto es vestir chic y descubrir que hace 20 años lo coquette estuvo de moda.

Me gusta asiento, no lo digo pero asiento, sin presiones, sin medios ni mediadores, sin nada y sin nadie, sí me gusta, solo frente al espejo, solo en medio de las cuerdas, solo como en los viejos tiempos, solo contra la página en blanco, solo con el miedo en frente, solo con el presente, sin reconocer ningún pasado, desconociendo cualquier futuro, sí me tiene que gustar y mucho, pero no puedo explicárselo, algunas cosas se enseñan pienso, otras se aprenden, no es la primera vez que lo pienso, lo pensé antes, lo pensé y lo dije antes, para ella lo que me queda es poco, aunque desconoce lo mucho que vale, me gusta tano que no puedo dejarlo, ella me mira, sabe que estoy pensando porque guardo silencio, lo sabe porque mientras crecía muchas veces me vio hacer lo mismo para luego contestarle algo que la dejaba pensativa, perdida, sí eso le gustaba pero ahora lo odia, me reclama y me odia un poco porque ella apenas empieza a odiarlo y yo no pude nunca aprender a hacerlo, porque las pasiones son así, enfermedades terminales, entonces la miro, la abrazo y le digo, yo siempre te dije que la sal es cuestión de gustos, ella no entiende que jamás fue un gusto por lo que más dijeran, no entiende el gusto que no alaban los que tienen buen gusto, le falta sal para mi gusto. Pienso, pero no se lo digo, hay cosas que se enseñan y otras que se aprenden.