—No sorprende el resultado viniendo de vos. Tenés eso de tu lado. ¿Cómo hacés?
La pregunta le molesta y lo ofende. La excusa es vulgar. Se lo dicen como implicando que hay algo que él tiene que otros no. Se lo dicen con el mismo tono con el que le recalcaron siempre lo mismo, con el que le hablaban cuando lo opuesto pasaba, y él había aprendido a entender lo que ese tono decía, a descifrar esa mala leche que venía con la expresión. Sabía que ese «no sorprende viniendo de vos» estaba cargado de rabia y de dolor.
Cuando estaba en la dirección del colegio y se lo escuchaba al director académico decírselo delante de sus padres —«Lo que más sabe es perder, parece el equipo lechero. Es que es como si ni siquiera intentara. No recupera un logro ni trayendo el cuaderno de ejercicios. Es que le cuesta hasta poner atención. Está perdiendo hasta la disciplina»—, él sabía escuchar. Más allá de las comparaciones odiosas y creativas, lo que le molestaba era el reclamo de que su fracaso los hacía sentir malos a ellos. Lo convertían a él en su reflejo. Él sabía por qué perdía: no se sacaba de la cabeza lo que le gustaba y no tenía espacio para pendejadas. Pero, si él ganaba, sabía que tampoco los haría a ellos buenos. Eran igual que él, mediocres, pero por lo menos él no era hipócrita ni se mentía al espejo. Sabía lo que era y no se mentía para sentirse mejor.
No entendía nunca por qué la gente suele hacer eso. Por qué quieren mentirse, por qué se evitan, por qué el miedo de aceptar que no sirven para nada. Nadie lo hace. Le costaba entender eso: por qué quieren hacer parecer que algo tiene sentido cuando es evidente que ni siquiera les importa lo suficiente como para intentarlo, para realmente intentarlo. No saben perder en la suya, no saben ser honestos consigo mismos. Se miran al espejo y no se ven. Cobardes, falsos y cobardes.
«No sé cómo hacés, no sé cómo podés». No es que no sepan cómo lo hace, es que no se preocupan por intentarlo, es que no están dispuestos a sacrificar lo que él sacrifica. Lo de ellos les parece insacrificable. Semejante desfachatez la de imaginarse tan importantes, tan intocables, la de creerse mejores como para ensuciarse las manos, como para embarrarse la ropa. Les faltó patio, piensa, les faltó huevo, les faltaron ganas. Creen que sacrifican su vida, no tienen ni siquiera algo para sacrificar y se creen intocables. Qué desgano que les ganen las ganas de no hacer nada, de no darse la oportunidad de aprender algo, de intentar. Tienen tanto miedo de fallar, de que los vean fallar, que se paralizan. Qué ego tan grande y tan frágil, qué fino es el cristal del que están hechos.
Él sabe bien que no es especial, que nada en él es diferente, que es tan común y tan corriente como cualquiera. No está dotado ni tocado por ninguna estrella, no late en su pecho ningún fuego sagrado, no ha sido sumergido en ningún río para bañarlo de divinidad, no es hijo de ninguna paloma ni águila. Sabe que está solo, enfrente del mundo, empujando una piedra que lo arrolla, rogándole al emperador que se aparte de su sol y viviendo en un barril, como toda la humanidad lo está. Sabe que el emperador está desnudo y se niega a fingir que no.
Cualquier otro falso cumplido no le importa, cualquier otro, pero no ese. Ese le despierta algo, le da agriera, comezón, le irrita y lo contractura.
—¿Quién te dijo que se necesita algo especial para hacer algo? ¿No te cansa tener que fingir que alguien más tiene algo que vos no, solo por no aceptar la realidad, querida? ¿No te parece que sería más fácil reconocer tu propia estupidez en lugar de inventar dones astrales y universales dados a otros y no a vos? ¿No se te hace más fácil dejar de mentirte y hacer las cosas como mejor podás y no justo como se esperaba que las hicieras?
»Ah, y de nada, por la tarea y por la terapia. No me preguntes nunca más cómo lo hago. Lo hago y punto.