Remoquetes

Es curioso el poder que tienen las máscaras: no solo oculta lo que hay debajo, también crea una realidad falsa hacia el afuera; no solo podría dejarse de ser débil, sino que además podría parecerse fuerte, violento, capaz de todo, aunque debajo no hubiera siquiera la voluntad de intentar hacerlo… Nos pasa un poco a todos, pienso, mientras dicen que aún falta el sabueso por llegar. Al oír el nombre cambian los rostros. Hay algo en el nombre, en el sobrenombre que los pone alerta: el sabueso es un apodo distinto, suena a expolicía corrupto, a matón de barrio, a hueso difícil de roer, y eso los alerta. Son extranjeros en un país del tercer mundo, en un barrio tranquilo pero con la amenaza latente de estar en una selva en la que matan por un celular o unos tenis; todo significa peligro y el nombre se adapta con facilidad a los arquetipos de las novelas, a ese mal que por negocio hace el bien de cuidarlos.

Esa imagen crecía y se proyectaba como una sombra sobre él: ingresaba a una sala antes que él; una ficción, un hombre diferente en la mente de todos. Imaginaba un poder mental fuerte, un pensamiento indomable; un hombre capaz de doblegar a quien se le acercaba, imperturbable y, al mismo tiempo, incontenible; una fuerza natural de esas que puede movilizar la tierra y desplazar los mares; extraña, intensa, impredecible. Era calma, magia y terror en quien escuchaba su nombre.

Pero no es lo mismo ser narigón que tener una buena nariz; no se trata solo de que parezca buena, de que la veas venir. No basta con que luzca porque, al final, parecer es mucho más fácil que ser: no requiere de tanto… Al sabueso le pasaba. Cuando alguien lo escuchaba nombrar pensaba que era un tipo listo, sagaz, de esos que se las huele en el aire; que notan la tensión en el ambiente, que captura las miradas imprudentes, que detecta a los amantes furtivos y que tienen una intuición inquisidora digna de un detective privado de Londres que fume pipa y que, pese a los rumores, no diga nunca “elemental, mi querido…”.

A él le pasaba lo mismo que le pasa a un perro cuando se le llama Coloso o Titán: si además el perro es de una raza grande o moloso y uno muestra la foto y dice cómo se llama, en la mente de las personas se convierte en un asesino, en un fiero salvaje capaz de morder el mundo en dos. El sabueso tenía eso de su parte: solo con oír su nombre se le consideraba útil y peligroso; con solo mencionarlo se creía que se había uno ganado la lotería porque contaría con un tipo de esos, capaz de conseguirlo todo si se le necesitaba; un hombre que valdría la pena tener cerca, un hombre del que era importante hacerse a sus favores. Qué hombre era el sabueso en la mente de quienes escuchaban por primera vez su sobrenombre.

Siempre ocurría lo mismo, y desde que se lo habíamos dicho a él, desde que le habíamos confesado lo que pasaba cuando la gente oía su nombre… se había transformado, la idea lo fascinaba. Llegaba tarde ya de gusto; dejaba que su mito se expandiera, que la leyenda un poco les asechara, los reconfortara y los persiguiera. Verles cambiar el semblante cuando alguno traducía “we are waiting for the hound”… Se espera un sabueso para empezar una cacería; se espera un sabueso antes de un acto cruel y violento; se espera a un sabueso cuando se está por enfrentar una bestia, un peligro. Y nosotros y ellos esperábamos al sabueso para partir. Así, cuando él llegaba con sus ojeras y sus cachetes, con sus patas cortas y una nariz rinítica, siempre húmeda y goteante, nadie esperaba que fuera él quien impedía que nos moviéramos.

—¡Arriba! —decía, y ladraba—. Woof, woof: ya llegó el sabueso, el mejor chofer de escalera que hay en este país, vociferando como si fuera todo lo que se esperaba de él y no simplemente un petiso gordo con la habilidad de siempre encontrar un buen paradero para almorzar.

Después de la esperanza

—Escúcheme, cuando el flaco comenzó a escribir sabía que era un mal escritor, pero tenía al tiempo de su lado; la juventud siempre cree hacerlo, para ellos el futuro siempre ha sido alcahueta y benévolo. Parece aplazar las verdades, las pruebas, parece alargar los buenos ratos y acelerar en los malos; los llena tan pronto con algo tan nuevo que sienten como si nunca hubiera pasado o como si no tuviera importancia.

Iba por allí rayando hojas con soberbia e ideas comunes, con alguna frase que lo incendiaba y le hacía pensar que mejoraba, que su ritmo, su visión, su filosofía mejoraba; no eran del todo malas, es cierto, pero hay una gran diferencia entre no ser malo y ser bueno; los que son malos de verdad nunca aprenden a verla, eso lo aprendería con los años, releyéndose.

La suerte, al igual que los jóvenes, tampoco diferencia bien; con un poco de ella, todo puede irse al carajo muy rápido. Escribía poemas; le convenía el estilo, podía así esconder un poco su falta de consistencia y eludir los puntos de quiebre con metáforas estrafalarias e impertinentes, golpes secos que se confundían con contundentes por el ruido generado, lo cegaban; solo los poetas y los malos poetas se contentan con la reacción enardecida de un público, los buenos saben que el ruido de un poema despierta es por dentro.

Aun así, le bastó para ser elegido, para ser llamado: debían enviar 20 poemas, su nombre, una pequeña biografía junto a su foto. Era joven y crédulo; a los jóvenes eso también se les da bien: esperan que el mundo sea como ellos lo han planeado, que salga todo bien sin haber hecho nada para eso; sueñan con facilidad y duermen poco, así que corrió a elegir, a buscar, a seleccionar, corrió a escribir sobre sí mismo como si hubiera mucho que contar y tuviera que resumirse, corrió a decirle a un par de amigos, a compartir el mensaje que lo certificaba como un poeta joven como una pequeña brasa de Prometeo…

Y corrió, corrió a la inauguración del festival, corrió a la mesa de libros del evento, preguntó por la antología de jóvenes, tomó una copia y comenzó a buscarse, a leerse, esperando leerse, y los ojos grandes y brillantes, y los nervios torpes y curiosos comenzaron a perderse, a diluirse en una mueca cínica; tres veces intentó, tres veces el índice lo negó. Desconcertado, buscaba explicaciones; aprendería después que no las hay y que, cuando existen, nunca son suficientes, así como el amor que se acaba, así la eternidad prometida puede llegar a ser solo momentánea; así también entendió que no hay nada escrito en piedra y que al futuro fácil se le olvidan las promesas.

Cerró el libro con calma y concentró su amargura con delicadeza. Por fortuna, el vino de caja es dulce, porque el sabor a mierda que tenía era fuerte; a los 16, ese fue un golpe de realidad que casi lo noquea…

El Flaco le contaba la historia sin gesticular mucho; ahora sabía que el ruido de las palabras potentes se hace por dentro, que no requería de una escena para todos sino de un drama para ellos. Habló de su dolor, de su esperanza, de su decepción, y volvió en silencio a la estantería vacía donde hizo espacio para un libro más y se quedó contemplándolo.

—La empleada lo persiguió tratando de ofrecerle de nuevo disculpas, pero, al verlo viendo ese espacio donde estaría su libro, no pudo más que callar e irse; dolía ver a un hombre imponente con la figura desecha frente a un espacio en blanco… Por estar pegada al celular, había empacado mal sus libros y los había enviado a un autor a quien, por sus pocas ventas, habían sacado a última hora de la programación; temiendo eso, le había tardado casi 20 años en confiar en otro concurso… ¿cómo se iba a olvidar de que al que no quiere caldo, se le dan dos tazas! y que después de la esperanza solo queda un sabor amargo que ni el vino dulce