Acarreos

Iván había trabajado 40 años haciendo acarreos, no eran pocos y salvo unos días de vacaciones por fuera o un par de lesiones de rodilla o de columna, y curiosamente una uña encarnada, 13 veces la misma uña, siempre el mismo lugar y por causas similares apoyar el peso de algo en él, generalmente neveras, pero se negaba a usar botas con protección, suficientemente incómodo era ya cargar camas, tablas, colchones y electrodomésticos con sus 70 kilos para agregarles más peso a sus pasos, que se caiga el dedo sino aguanta el trabajo decía como si pudiera conseguir otro.

En esos 40 años y cientos de mudanzas había algo que no cambiaba, un ritual que hace la gente, después de recoger todo, de empacar todo, miraban hacia atrás una última vez, a veces con miedo, a veces con alivio, la gente pensaba él para él, cree que se va dejando todo, escapando de todo… pobres, los fantasmas son los primeros en empacar.

Y cuando no empacan pues ya habitan a donde llegan, la gente cree que son los únicos que escapan de algo, sin pensar que adonde llegan todo los está esperando ya, en cada prenda, caja, libro cargan el peso de los recuerdos, es más muchos de esos fantasmas nacen ahí precisamente, al remover cosas, al encontrar cosas, cartas, camisetas, anillos, aretes, BOMBAS atómicas para la moral, porque cuando los encuentran uno puede ver como se rompen frente al peso de ellos, como su cuerpo cede, como su alma cansada se rinde, y se entrega al dolor.

Si no pasa al empacar, porque han tenido la suerte de que es él o algún otro el que ha empacado o porque en una ira arrasadora había destruido ya toda prueba y recuerdo… ilusos, no saben que las ausencias también recuerdan y llegan a espacios vacíos donde ese portarretratos luciría perfecto, donde la bicicleta, el peluche, su ropa, en cualquier lugar posible ella, él, ellos podían existir, jugar y ese espacio vacío se llenaba de recuerdos y su felicidad se destrozaba…

Los fantasmas no habitan espacios pensaba Iván siempre que veía a la gente cabizbaja antes de irse o recién al llegar, los fantasmas habitan almas, los dolores no se evaden ni se evitan, pensaba Iván cada que apoyaba una nevera en su dedo, sino aguanta el trabajo que se caiga, y caminaba el resto de la tarde con un cojeo divertido.

Él sabia lidiar con sus dolores, tres cervezas eran mejor que cualquier analgésico, mejor cojear que llorar así solo en medio de tanto y en medio de nada, mejor pensaba Iván mientras intentaba acomodar el peso de un televisor, mejor un espasmo o su lumbago que un corazón herido, porque también sabía que dolía mucho mas lo que no se rompía, lo que se abollaba, eso que maltrecho sobrevivía aparentemente intacto, un rayón, una pequeña peladura, eso dolía, lo roto con el tiempo curaba, pero lo herido podía doler para siempre.

Su torpeza era insignificante, el mundo era un lugar mucho más rudo que sus manos llenas de cayos, frágil no era el cristal ni la porcelana, no eran los trofeos, ni los floreros, frágiles eran las personas, e iban por ahí llenos de cinticas, con sus dolores acomodados entre plástico de burbujas, icopor y papel periódico, de espumas y mallas fingiendo que todo había quedado atrás, fingiendo que solo necesitaban un lugar nuevo para escapar de los casi que no habían ocurrido y para dejar atrás todos los ojalá no hubiera pasado, imbéciles pensaba Iván, cargando a todo lado con todo los odiaba, sobretodo a aquellos que no podían llevarse sus miserias a sitios con ascensor.