Goteras

Toda gotera es discreta hasta que ya nada puede detenerla. El agua sabe ser paciente, no tiene prisa, se acumula, suma fuerzas, y entonces, emerge, primero imperceptible, luego molesta y finalmente caótica.

Es metódica, constante, una gota de talento puede hacer la diferencia, basta una gota de algo, lo que sea para cambiar radicalmente todo, una gota de suerte, una gota de hambre, una gota, que cae continuamente duele en los lugares correctos, fractura, destruye, solo necesita tiempo…

Las primeras gotas después de un beso, se acumulan y no tardan en convertirse en un caudal de ganas que no deja nada seco a su paso, nada tieso a su paso, nada en orden… es igual en la comida, gota a gota los jugos de un limón, de aceite, de sangre invaden el resto y lo dominan.

Una gota de esmegma o de semen atraviesa un pequeño orificio en un condón y es suficiente para que dos vidas cambian y una más nazca, una gota de sudor corriendo por un brazo ajeno en un sistema de transporte público se acerca a tu mano y el asco se convierte en desesperación, te mueves, intentas huir pero es imposible, el sudor te toca y sientes las náuseas apoderarse de ti.

Un gota de licor toca la lengua de un atormentado y de inmediato se abre un océano de culpa, un deseo intenso de ahogarse en él, una gota, una sola maldita gota puede acabar con el hombre, con la humanidad, con todo, una gota de locura en el hombre que aprieta el botón, que gira la llave y bastaría para que el tiempo deje de correr.

‑¿Lo entiende?

‑Sí, lo entiendo, ya le dije que lo entiendo, como fontanero lo tengo claro, tiene una gotera y eso le molesta, pero no tiene que decirme todo esto, solo donde tiene la gotera, la puta gotera para que vea lo que es una fuerza caótica, solo señale donde tengo que golpear y romper, para canchar, impermeabilizar y sellar esa gotera que lo tiene en un estado tan lamentable.

‑­El hombre mira al fontanero, lo hace como quien ve a una especie de dios, a uno capaz de librarlo de la ira de sus vecinos, de la culpa de su torpeza, de su falta de interés, lo mira como quien encuentra la paz a su sosiego.

-Allá señala al fin

‑El fontanero toma su martillo y lo estrella contra el piso, una y otra y otra vez, consistente, paciente, como una gotera.  

Fecha Límite

No es difícil escribir, pensó el redactor viendo el segundero correr en el reloj de pared, se siente un impostor, es uno de esos días, malos días, sabe que puede decir lo que le plazca, pero no quiere decir nada, no por voluntad propia, mira la hoja en blanco e imagina comienzos, buenos comienzos, de esos que le gustan, los personajes nacen casi desesperados, es como si ellos mismos estuvieran angustiados, quieren correr a estrellarse en cada martilleo de la máquina contra el papel, quieren estar en la explosión de la tinta, embarrarse, cumplirse, ellos quieren existir más allá de la posibilidad, pasar a ser un recuerdo, al menos una anécdota.

Pero él lee, arranca la hoja y la arruga, no siento lo que debería sentir, es basura piensa, aunque sabe que no es cierto, no del todo, sabe que hay potencial, pero odia esa palabra, esa promesa que a veces no se cumple, odia la esperanza que genera, le recuerda a él mismo, le recuerda sus buenos escritos, piensa que está lejos de su mejor versión, piensa, piensa y el tiempo sigue corriendo.

El olor a cigarrillo inunda la sala de redacción, los ceniceros llenos, de colillas, le recordaban que ya la hora normal había pasado, ahora todo era crítico, solo estaba el editor de emergencia, y la guarda, aún así él aún no terminaba.

—Ey, 20 minutos para la imprenta chico, muévete o tu columna irá vacía…

Vacía —pensó el redactor entusiasmado, vacía como mi casa mientras que yo estoy acá, vacía como mi billetera mientras pago la casa que permanece vacía mientras yo lucho contra relojes, vacía como el silencio de la imprenta mientras configuran la impresión, vacía como esta hoja enfrente mía, vacía como mi cabeza de ideas, todo está en blanco y con este pensamiento saltó de lleno a la máquina, aporreaba las teclas y los fierros entintados corrían a estamparse contra el papel.

La historia era simple, un publicista con un ataca de síndrome de traidor se sentaba frente a una pantalla como un televisor, mientras fumaba un cigarrillo electrónico, año 2022 sí 50 años en el futuro era suficiente, era el último en su despacho, las ideas no llegaban, el cliente esperaba, sus compañeros esperaban, el departamento de arte esperaba, sus gatos en casa esperaban, su cita en una mesa con una silla vacía esperaba y el esperaba una idea, una idea para escribir, para cumplir su trabajo y llenar ese televisor de pequeñas letras que pudieran vender cualquier cosa de su futuro estrambótico.

De repente tiene una idea, y escribe, escribe pantalla tras pantalla, sin perder el timo, sin perder el tino, escribe y sonríe, siente que está ganando, siente que el tiempo ha dejado de estar en su contra, escribe corriendo y seguro, escribe alegre.

De repente sucede, la entrega se realiza, sus jefes escuchan el cliente escucha, y él es el único que sonríe. —El trabajo es horrible, lo nota muy tarde, lo ve en las frentes ceñidas de sus jefes, en la desesperación de sus clientes, en el grito ahogado y cargado de quien lo escucha.

El no se detiene a esperar, sabe que la fecha ha llegado, que el dead line se ha cumplido, que no hay ahora escapatoria alguna, que para él no queda otra posibilidad, y camina derrotado hacia su casa vacía, hacia su cama vacía, hacia su vida vacía.

Se imprime justo a tiempo, la columna recibe cartas, hablan del futuro, tienen preguntas. Él sonríe.

Sazón

— La vida tiene sabor, el tiempo aroma, y ustedes, quizá algunos, gusto. Toda su vida de ahora en adelante dependerá de eso. Dijo con una pasión extraña e impropia. El cocinero del batallón 6 era un hombre demasiado viejo para ser enérgico, pero cuando hablaba de la cocina, se aseguraba de que el sonido tuviera los ingredientes necesarios, y hablaba claro y fuerte, era inconfundible, como el sabor del jengibre.

Los reclutas que llegan a la cocina son malos luchadores, pero si vienen aquí creyendo que su trabajo consiste en pelar papas, platos y sirviendo puré, lamento decirles, bultos de estiércol, que están equivocados. La cocina es la peor de las compañías, así que, si sus padres creen que les hicieron un favor al mover sus influencias y enviarlos a este lugar a cumplir con su servicio, quiero que sepan que se equivocan.

Un soldado de infantería debe cargar con su equipo 21.8 kilogramos, ustedes deberán cargar 30 kilogramos de ingredientes para cada cena. Un marino puede aguantar la respiración 24 minutos en apnea estática, ustedes necesitarán pelar 10 kilos de cebolla. El récord en esta cocina es mucho mayor, así que para poder pasar sus días en esta aquí, deberán ser mejores que esos hijos de puta. Además, tienen todo un pelotón dispuesto a patear sus traseros si la comida no les gusta.

Nunca sabrán donde está su enemigo, el crítico idiota que ha olvidado que está en el ejército y que no hay ingredientes frescos, ni sus salsas favoritas. Sólo por eso los odiarán, aunque los extrañarán después de su primer tour y su comida empacada. Procuren sobrevivir estos tres meses. Si lo hacen, y además logran hacerlo bien, esos hombres volverán a sus casas y cuando estén borrachos y traumados reconocerán que ha sido su comida lo que los ha mantenido en pie.

Deben luchar su batalla aquí. Este es su campo de guerra, una tienda de campaña bajo este sol de mierda, sus palabras tienen sustancia, clavan en los cocineros, aquí frente a esta estación de ollas y sartenes pasarán 12 horas pelando, revolviendo, hirviendo, el calor se triplica. Aquí van a sudar más que esos hijos de perra en un tanque, así que si creen que han escapado del calor de la guerra también en eso se equivocan.

Aquí se gana la guerra. De su habilidad depende que esos bastardos malagradecidos tengan la energía suficiente para seguir corriendo cuando las balas rocen sus cabezas, es aquí donde está el verdadero reto, es aquí donde está la prueba real. El soldado mejor alimentado gana, y cuando terminen sus tours y vuelvan a casa, y vean una cocina, sentirán una mezcla extraña entre miedo y deseo, entre alegría y tristeza; una amargura dulce que los acompañará por siempre. Y Dios no lo permita, pero sentirán siempre ese deseo de alimentar a los demás, de darles algo a sus vidas, sazón chicos, sazón, ese será su legado.

Luego daba media vuelta y el vigor del discurso terminaba, envejecido como un champiñón, en el refrigerador comenzaba su retirada.

Libros viejos

—Hablan distinto, huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel. Cuando dijo eso no puedo evitar reírse. Alirio era viejo como su nombre, viejo como sus libros y viejo como su humor, le encantaban los juegos de palabras y creía genuinamente que solo necesitaba un poco de suerte para encontrar una sonrisa, un comprador, un amigo, a sus 63 años ni siquiera descartaba el amor de su vida. Era inevitablemente optimista como todos los libreros.

La mujer a la que hablaba tenía clase, esa clase que no da el dinero, que de hecho es imposible ligar con él. Una elegancia incorruptible, demasiado sobria, bien llevada, una gracia natural de esas que no puede fingirse, se ríe del chiste, aunque es malo; sabe acercarse incluso a aquellos a quienes su don les ha sido negado.

Alirio es un hombre decente y amable, pero escupe en el piso, es rústico. Puedes sacar a un hombre del campo, pero difícilmente al campo del hombre, y Alirio es así, agreste, aunque bello, tiene esa magia rural, esa simpatía por lo desconocido, no sabe mucho de modales, pero es respetuoso. Y no sabe mucho de moda, pero sí de libros.

—Ese libro señorita, el que lleva ahí se vendió muy bien en los 70, una joya de la literatura erótica. Estuve preso cuatro veces por vender copias del mismo. No recordaba que estaba ahí, dijo señalando la pasta rosada. La sonrisa vertical se leía, La educación sentimental de la señorita Sonia.

Recordó al general Campanella, su bigote espeso, su ira golpista. Atenta contra la moral, decía el joven de 25 al golpear a Alirio de 50. —Es una vergüenza para dios su comunidad y el país, repetía mientras su uniforme se manchaba con la sangre de Alirio, ¡No tiene usted vergüenza! Es acaso usted un animal incapaz de contenerse, le preguntaba mientras llevaba perros entrenados y en celo para montar y violar homosexuales.

—Una época peligrosa para leer, dijo riendo con amargura. Había visto demasiado, incluso para alguien como él que había leído demasiado. Aproveche ahora señorita, ahora no le causará ningún problema, dijo y cerró los ojos recordando su cabello ensortijado, su quijada puntiaguda, aproveche ahora dijo dulcemente sintiendo la libertad que lo rodeaba.

—Es para una amiga, dijo ella sin inmutarse. Yo soy más de libros menos grotescos, no me escandalizan, solo me aburren, prefiero esa escena de María Font seduciendo a Arturo Belano, me gusta más Talita que la Maga, y soy más Sabrina, la adultera inocente que desconoce el real engaño que la sabelotodo que lo planea. Creo que me gusta el erotismo casual, el accidente pornográfico, pero no la película ni la obra. En estos libros todos parecen siempre saber muy bien donde va qué, yo la verdad disfruto más de la sorpresa. Dijo segura de sí misma, jovial, para nada avergonzada o molesta.

Alirio la miraba curioso. —Es un buen libro, no es tan básico, dijo. Pero yo he venido por otra cosa, dijo enseñándole un libro de cuentos infantiles rusos. Alirio se sonrojó, creyó que era madre y por alguna razón creyó que si lo fuera merecía más respeto que antes solo por ser mujer. Incluso sintió vergüenza, ¿cuántos años tiene la criatura a quien lo lleva? Preguntó avergonzado. —35, respondió de inmediato, un ñoño come libros. No se angustie, no esté tenso, nada de lo que ha dicho me ha molestado, es para mi novio, mi amante, para el inocente Arturo Belano, para complacerlo, le gustan los libros, es solo un regalo.

Alirio asintió. —Tiene buen gusto dijo mirándola a ella, los libros viejos huelen a otra cosa, incluso al tacto parecería que su papel desempeñara un mejor papel, son exquisitos, porque ya han vivido en otras manos, han sido manejados con cariño y con fuerza, saben resistir, dar y recibir, los libros viejos tienen alma. Dijo mientras los empacaba como regalo.

—Me gustan los libros viejos, capaz también y los libreros viejos, sonrió ella.

Al límite

Son las 8 de la noche y siento ganas, quiero sentirte aquí, cerquita, como un vicio te necesito, sé que es mentira, pero te quiero cerca, hago equilibrio y camino por tus deseos y los míos, sabes, no somos tan distintos, los opuestos se tocan en los bordes, y por eso vos y yo caminamos sobre la misma línea, al menos en una o dos cosas importantes.

Si lo entendieras sabrías donde conectar, pero insistes en irte al otro polo, en repelerme, no te das cuenta, pero estamos al límite, en ese borde, pero está bien, a veces pareciera que no solo caminamos en bordes diferente sino también en sentido contrario, pareciera que solo así me vieras, como esas personas que solo se ven cuando es inevitable, como el carro que solo ve una dirección e invade un carril en un giro prohibido para encontrarse de frente el karma, el destino, el castigo e impacta a un motociclista que avanza sin cometer infracciones, como esa gente que va tan pegada al celular que choca de frente con alguien que camina tranquilo conversando y tras recibir el golpe, ambos perplejos miran desconcertados a los causantes ausentes.

Al límite como los escritores que terminan sus noticias viendo en el reloj la cuenta regresiva de la imprenta consumirse, vos no lo sabés, ellos no lo saben, yo tampoco, no tengo ni idea de que estamos tan distantes porque en proximidad nos vemos frente a frente, pero los caminos tienen rumbos distintos… es como ese boxeador que va ganando por puntos, pero está a punto de perder por nocaut, vamos así sin saberlo corriendo con el sombrero en la mano para deslizarnos por debajo de la puerta, el balón en el aire rumbo al aro con el reloj en cero.

No hay otra forma de vivir pienso, no vale la pena de otra manera, pero lo cierto es que no lo creo, es tonto ser terco cuando los límites se marcan, cuando las distancias se establecen, vos y yo vamos a lugares diferentes, así que al carro le hará falta acelerar un poco más para crear la ventana de tiempo adecuada para que la moto pase sin problemas y la estrella, el reloj de la imprenta lanzará la alarma y el escritor acelerado verá partir su oportunidad de sacar primero la nota, porque una llamada para confirmar la información no llegó a tiempo, tras tres jabs consecutivos el boxeador bajará la guardia y un uper cut de derecha lo dejará inconsciente en el suelo, el balón golpeará el tablero, el aro, bailará sobre él y al final cuando todos creen que sí, la fuerza será demasiada y saldrá por el lado derecho del tablero, e Indiana Jhones no lo logra, no es la escena final, sino cualquier ensayo, uno malo, tropezaremos, o quizá no podremos agarrar el sombrero al deslizarnos, nadie dice corte, no se imprime y la escena se repite.

Al límite del entendimiento, pero aún así despiertos, enfrentamos la duda, la enfrento yo, tú no sabes qué estoy pensando, no conoces este límite, esta idea, nunca pude contártela, somo una casa tomada, ruidos y presencias nos expulsan el uno del otro, nos alejamos sintiendo la presión, es un movimiento similar a una prensa hidráulica, algo nos desplaza, algo externo creemos, pero no somos nosotros, que no nos vemos al borde, en el último extremo, al límite de nuestras decisiones, y continuamos entonces yéndonos sin saber lo que hacemos, sin entender que desde antes de empezar a notarlo fuimos siempre solo una línea paralela acercándose hasta casi tocarse.

Pero para los límites, casi no vale, tenemos límites que nos fijan a un espacio en el tiempo, y desde cerca nos vemos partir. Son las 8:15 ya no pienso en verte, ni en tenerte cerca, el gato vomita debajo de la cama.

Instinto

—Darwin trató de advertirnos, dijo Sara sosteniendo la venda sobre su ojo, sobre el rostro y el cuello aún quedaban rastros secos de sangre, el animal evoluciona, pero en su ADN queda el instinto, patrones de comportamiento automáticos, solo necesitan un detonador, un movimiento, un olor, un sabor, y zas de la nada, emergen salvajes y letales.

Es normal, es como en nosotros los humanos, un poco de vino, hormonas y nos comemos a mordiscos, y nos revolcamos en el suelo sudorosos, jadeamos y gemimos, y nos lamemos y chupamos gustosos del cuerpo del amante, incluso en esos lugares que nos cuesta admitir en público, dijo mirando a la enfermera con el ojo bueno, y recordando a esos amantes desparpajados que jamás se habían retirado ante su menstruación ni detenido su lengua solo en su sexo, no es su culpa, le dijo a la enfermera ruborizada y acalorada por la imagen. Es un cachorro, y no me di cuenta de que me estaba cazando.

—La enfermera la miraba de arriba abajo, olía a naturaleza, a césped, a bosque, sus pantalones anchos sucios y sus rastas desordenadas, sí pensaba sin decirle nada, Darwin tenía razón solo somos animales, algunos más que otros, pensó sin pretender ser burlona, más como envidia, se sentía domesticada a su lado, ella no podía vestirse así, verse así, hablar así, necesitaba de la compostura ligada a su profesión, cargo y rol. Práctica, elegante, confiable, extrañaba al versa sus épocas de estudiante, su vida en los paseos y los ríos, extrañaba el campo del que había salido con esfuerzo para nunca cagar fuera de baño de nuevo, para no bañarse con agua helada desviada de una cascada, ni tener que recoger para comer. Qué falta le hacía todo pensó y la miró triste por el recuerdo.

Sara creyó que su herida era grave, —era la única explicación posible a esa mirada lastimera, ha de pensar que soy joven y bella, y que ahora no seré más la segunda, habrá de creer que sin esa sensualidad ingenua mía, sin ese halo de nínfula eterna no podré conseguir un marido que me mantenga, seguro cree que por mis dreadlocks y mi pantalón de MC Hammer soy solo una hippie que creen cuarzos, y en espíritus y en mercurio retrogrado… bah, a esta la tienen bien amarradita del cuello, da la pata de la cama, simula bien sus orgasmos, capaz y tiene a un médico que la ocupa y mantiene desparasitada, vacunada… al pensarlo no puedo evitar verla con una curiosidad desconfiada que erradamente la enfermera confundió con miedo.

—No tema, todo va a estar bien, dijo mientras retiraba el pañuelo del ojo, —la marca era precisa, Buñuel en su máxima expresión, por fortuna para ella en el párpado y no el glóbulo ocular, la profundidad parecía programada en una cortadora industrial ni un milímetro de más, precisa como solo puede ser la suerte.

El párpado había sido atravesado por un objeto cortante, en un solo movimiento y había rasgado toda la membrana. —Tiene suerte le dijo, un poco más de fuerza, un poco más de profundidad y hubiera perdido el ojo, ¿cómo sucedió?, preguntó por fin ya sin suponer nada de ella, sin envidiar nada de ella.

—Mi gato dijo, Sherkhan, aclaró, no me di cuenta, fue mi culpa por no cerrar puerta, tenía ganas y no aguanté a llegar hasta al cuarto, desnudé a mi amante en la sala, y ahí follamos con rabia, animales en celo supongo, con fuerza, -dijo ya sin ver en ella una sumisa educada, lo dijo incluso para tentarla, ella no necesitaba saber nada de eso pero quería torturarla un poco, apretarle los tornillos, rebuscarle los deseos, -sabe de esas veces en que solo quieres sentirlo respirando en tu cuello y su cuerpo dentro del tuyo, los espasmos en las piernas, los empujones fuerte y lentos… —para su sorpresa la enfermera asintió y dijo -Son los mejores. —En fin, dijo ella malhumorada al descubrir que la señora elegante follaba y al parecer follaba bien, pues mi gato ha de haber estado en el mueble, mis dreadlocks los ha confundido con un juguete y ha intentado atraparlo, un solo zarpazo dijo, son animales, son instinto.

—Sí dijo la enfermera, su naturaleza es esa. Descuide, va a estar bien señorita.

—Sara alzó la cabeza, la enfermera la curaba y ella solo pensaba en Sherkhan, en la oscuridad, asechándola, como ella a la enfermera, es simple instinto.

Copiloto

Hay gente que va al cine, y personas que escuchan radio, hay quienes son incapaces de soltar sus celulares y otros que cargan con su biblioteca de arriba abajo. Están también los que recorren de un lado a otro las barras de los bares y las mesas de las cafeterías con las orejas abiertas y los ojos afilados… —Estos cazadores de historias son aprendices, pensó para sí mismo Jaime y metió su boca y su bigote cano y espeso en un café oscuro; al sacarlo, los vellos alargados y amarillentos se escurrían en el pocillo con la maestría de un pintor avezado, y se despegaban de nuevo sin derramar una sola gota, ese era el motivo de su tono ligeramente amarillento.

Era la mano derecha de la editorial y un ojeador literario de primera, de un solo vistazo podía clasificar a cualquier aspirante a escritor, la mayoría caben en dos grupos: ingenuos o crédulos. Piensan que las formas de contar están en los otros, que las grandes historias ya fueron contadas y que están siempre en el pasado. No tienen voz ni criterio, son imitadores descoloridos, fotocopias mal sacadas que intentan simular una voz nueva, transgresora pero cuidadosa de las viejas costumbres. —No soporto a esos fanfarrones distraídos, el oficio está en riesgo en mano de estos teóricos irresponsables, de esos mequetrefes que solo se han dedicado a estudiar la vida desde las teorías de otros.

Los buenos escritores están llamados a atestiguar la vida, a documentarla más que a repetirla, su obsesión mecánica por despresar los textos, por capturar sus esencias hace que sean excelentes forenses, pero malos médicos, les falta tacto aunque les sobre teoría, saben encontrar las tramas, desactivan con facilidad las maquinarias narrativas, son deshuesadores. Pero al igual que ellos, son incapaces de crear; solo saben desarmar, a ellos también los necesitamos, pero tienen ya una mayoría, y donde sea que la norma supera la rebeldía, el tedio acecha.

Por eso para los que aún tienen salvación, él tiene un arma secreta, un ejercicio simple. —Para los que están dispuestos a escuchar, la vida habla, pensaba. Así que daba la orden de realizar una crónica urbana como copilotos de un “piloto” o “chaperón”, eran conductores profesionales y fascinantes, ex militares, ex presidiarios, ex casi futbolistas y profesionales desempleados. Todos tenían dos cosas en común, les encantaba manejar y conversar, y además poseían las historias más hilarantes. Él mismo los seleccionaba de sus paseos cotidianos, él conocía sus mejores historias y confiaba en que, si alguno de ellos era lo suficientemente bueno, podría con facilidad convertir su viaje en un libro.

Al menos esa era la impresión que había tenido al escuchar la historia del soldado más torpe del país, un hombre asignado a la guardia presidencial que tenía un récord histórico y temerario; era la única persona que había herido de manera repetitiva al presidente en su casa presidencial, el arma, su torpeza ingenua, su falta de atención y las heridas, divertidísimas. Él había sido el culpable de que el presidente cobrará en la cumbre con el polio al dejarle caer un busto con su retrato en el pie mientras ayudaba a mudar algunos elementos al sótano de la casa. Días más tarde lo pisó -mientras entraba el mercado- en el mismo dedo que había casi fracturado antes. Tanta fue su fama que una vez le preguntaron al presidente que sí pensaba en la reelección y su respuesta había sido extraña para los medios: no creo que mis pies lo soporten; pero al conocer su historia la carcajada había sido genuina.

Un buen escritor sabrá que allí hay una comedia y una tragedia, y tendrá que escribirla sin pensar en lo inverosímil de una torpeza recurrente. Un buen escritor sabe que la realidad no necesita ser fiel a su percepción y que las palabras acordes para que sea genuina salen con facilidad de un buen escritor; así que sabrá hablar para que el soldado torpe viva, igual debía pasar con el detector de idiotas, un hombre con una atracción química hacia los imbéciles y los burócratas, un hombre que sin importar lo que hiciera o intentará, siempre, siempre siempre lograba encontrar a la persona menos apta para un trabajo y asignárlselo.

—Sí, pensaba entusiasmado sumergiendo de nuevo su bigote al café, entre tantos debe haber al menos uno que pueda contarme esa historia que sabe que aún no ha sido contada. Lo pensó y olió el café de nuevo, al menos uno dijo viendo por la ventana con la mirada perdida. Necesito al menos un buen copiloto.

Los suertudos

Suele creerse que la suerte es pariente del azar, que cae del cielo. Incluso aquellos más irracionales, piensan que es un derecho divino -nació con estrella-, dicen, con un cuerpo celestial destinado a guiarlo, protegerlo. Tan simplistas.

El único hombre con suerte lo conocí y entrevisté hace cinco años. Phillip era un eslavo que había huido de la guerra en su país y se había refugiado en esta nación tercermundista. Lo conocí gracias a un trabajo horrible en mi primer diario, era un artículo estúpido, pero yo estaba a cargo, una parte más de la sección de curiosidades, era un trabajo monótono e insípido porque consistía en ir a entrevistar personas comunes que habían pedido aparecer en el periódico. Como todos en la sala de redacción lo detestaban, era un trabajo que se reservaba para las personas como yo, recién llegadas al medio.

Había hablado durante meses con personas que encontraban imágenes de diferentes santos y dioses en frutas, panes. Había visto colecciones de cabellos, uñas, cucharas y tazas de té, había visto personas sin talento vanagloriarse de ser genios incomprendidos, pero de todos ellos, de todos los seres lamentables y aburridos, el único que de verdad lo era, era él Phillip, él sí es un genio.

A los 12 años tuvo por primera vez la certeza de que necesitaba hacer algo, gracias a un anuncio de esmaltes… unas uñas moradas, oscuras. No podía dejar de verlo. Algo en su color, en su contraste, en su forma; quería hacerles cosas a esos pies de revista, hermosos, hipnóticos, pero tenía 12 años y no sabía exactamente qué. Su –aún- inocente imaginación, su agonizante imaginación, no supo darle forma a sus deseos, pero supo intuir que lo que deseaba era algo desconocido y tentador. Lo supo porque aún en el invierno eslavo sintió el calor en su cuerpo, sintió su respiración agitada y sus cachetes ruborizados, sintió la presión creciendo bajo sus pantalones y deseó más, deseó sin saber lo que quería.

Hay muchos, dijo Phillip, que se sienten afortunados por una casualidad, un premio en la lotería, un billete en el pantalón o en el suelo. Hay quienes se creen afortunados por un ascenso o una buena nota, hay quienes creen que la suerte está de su lado, porque en su trabajo pagan bien, o porque la demanda laboral de su área de trabajo aumenta… No amigo, suerte, es la mía.

Cuando eso sucedió, dijo Phillip, supe que todo lo demás carecía de sentido, aproveché la guerra para huir, y desde entonces me vine siguiendo las huellas de la intuición. Necesitaba un país tropical como éste. En los inviernos nevados eslavos nunca iba a pasar, tenía que ser acá, donde el calor obliga a la desnudez de los dedos, donde las medias y los zapatos son indeseables, donde el calor sancocha y por eso las sandalias, los tacones boca de pez reinan, un lugar con tanta agua y tantas playas que sea un hábito llevarlas así, siempre expuestas.

Al principio eso bastó, bastaba con verlas, pero con el tiempo pude visionarlo, ahí tomé el curso de podología, y continué con reflexología, luego seguí con el diseño y decoración de uñas, para finalmente abrir este negocio: Huellas Spa, señaló el letrero de la entrada. ¿Puede imaginarlo?, las mujeres me pagan porque les toque los dedos, por masajeárselos, por cuidarlos y decorarlos, por pulirlos y dejarlos suaves… cuando termino los beso, para probar que han quedado perfectos. Como el carnicero que se corta un poco al terminar de afilar su cuchillo, como el barbero que recorre milimétricamente un cabello al afilar su navaja, yo beso sus pies, los huelo y me repito para mí mismo: que suerte es ser podófilo y pedicurista.

La columna salió el lunes. «El único hombre con suerte», así se titulaba, pero solo hablé de cómo había escapado de su guerra, para mí, para mi libro necesitaba la historia de un pervertido feliz. Interrumpió su lectura y dijo, así concluye la primera página de mi primera novela, Los Suertudos.

Un poco de todo

La clase comenzó puntual como lo habían advertido. Era aterrador el escenario, pasó al frente de todos, una hoja como escudo, y la vida escrita en ella, el dolor, el miedo, uno a uno leían con la garganta cerrada y con el miedo en los ojos. Había de todo, desde lo normal hasta lo extraordinario y en medio de ese pánico cinematográfico, de esa tensión consciente que genera conocer la lista, sabía que se acercaba mi turno, y lento pero preciso el tiempo correría hasta alcanzar mi apellido; allí no habría escapatoria.

Y entonces sucedió, mi apellido resonó fuerte. Me levanté temblando y caminé deseando haber omitido algunas frases, deseando haber escrito algo más, haberles contado sobre cómo fantaseaba con alguien, o hablarles de mi primer viaje, no debí abrir esta puerta, no quiero que nadie se asome, que nadie lo lea, ni mucho menos leerlo, quiero recuperar mi privacidad; pero es tarde, estoy ya frente al grupo y mi voz ya ha empezado a narrar:

El 20 de julio de 2016 Leila Guerrero escribió «¿Les pasa?» Una pregunta que se respondía a sí misma, una conversación silenciosa con la que puedo asentir en silencio.  —Contantemente, Leila, constantemente. Quisiera conocerla para decirle sí me pasa. Quisiera tenerla en frente para decirle algo que ella seguramente ya sabía incluso antes de escribir, que no estaba sola y había un montón de gente sintiéndose igual, adolorida, con más anzuelos clavados en el corazón, que su pregunta intencional y subversiva no solo iba a entrar a confirmar un estado sino a explicar un montón de cosas para mi vida, en especial que estaba bien.

Quizá la pregunta nunca fue para sí misma, quizá era para los demás, para los que estábamos frente a la pantalla, de espaldas al mundo. Quizá fuera para nosotros, la hoja temblaba en mis manos, estoy contando demasiado, sabrán de mi soledad y mi dolor, están viéndome todo, no me siento empelota, no, me siento traslúcido, no solo ven dentro, ven a través, pienso mientras leo, creo que piensan mientras cuento.

Hay silencio, mucho silencio. Seguro no me oyen, seguro se aburren, seguro piensan en alguien más, en algo más, seguro no están aquí conmigo sufriendo este momento tenso, los otros textos han sido superficiales, anécdotas divertidas, adolescentes enfrentando su desamor, su insomnio, despechos juveniles, dolorosos, pero nada trascendentales. Y a mí viene y me da por hablar de que nada está bien, aunque todo esté bien, de esos días donde todo me hastía, de esos momentos en los que yo me pierdo, de ese silencio que aturde, de ese espasmo emocional que me contrae las ganas. Por qué, por qué.

Continúo leyendo, y hablo sobre como me gustaría ver a Leila a los ojos y ver mi reflejo en ellos, sentirme parte de ella como cuando la leí por primera vez, como cuando asentí entre lágrimas y le dije sí, sí me pasa, a una pantalla, como cuando vi el día pasar recordando que un día, un 26 de julio de 2017 leí por primera vez a Leila y nunca pude dejar sus palabras, que siguen allí, atravesadas en el corazón junto al anzuelo que me la recuerda, junto a la vida que pasa sin a veces tocarme. Sí Leila, a mí me pasó, a mí no ha dejado de pasarme.

Escucho aplausos, es mi profesor, me mira riendo. He sufrido, lo sabe, le gusta, sádico hijo de perra.