Tienda de juguetes

El reflejo desgastado y cansado, contenido en el cristal, era un juez grotesco y desalmado, era el reflejo de un hombre triste y acabado. Tenía una barba corta y desorganizada, ropa de otra época y su figura había sido tallada buscando mostrar lo mejor de otros tiempos, pero con el paso de los años y con el olvido de la moda que había revivido sus mejores temporadas, lucía ahora envejecido y fuera de forma.

Dicen que lo retro no pasa de moda; bueno, no es del todo cierto, siempre está de moda revivir una moda, pero usar algo que no es una convención siempre te hace lucir anticuado, fuera sitio, de tiempo… dislocado. Y las personas que se visten suelen decir que no importa, creer que pueden con eso, que están preparados para ir contra corriente. Necios, los hombres así son necios. Y se les nota que su aislamiento no es voluntario, incluso en el reflejo, porque esos hombres tristes nunca se miran directamente a los ojos así mismos. Quizá es miedo, quizá intuyen que si lo hacen encontrarán tan solo un abismo…

El hombre que evitaba su reflejo, miraba con tristeza la marioneta empolvada y descuidada; no se pude caer más bajo, algo sucio y triste en la exhibición de una tienda de juguetes, es una desfachatez, pensaba. Comenzó a caminar, a alejarse de aquel lugar, y con cada paso sentía la necesidad de volver a verla sin estar seguro de por qué. Llegó a casa, soltó el morral que le pesaba en la espalda y sintió el alivio del peso, se quitó los zapatos, y sintió el mundo expandirse en sus pies, el piso bajo su piel. Caminó hacia la cafetera, olió los granos y se concentró en el aroma, sintiendo alivio en sus hombros. Sacó la picadura de su pipa –ese acto siempre lo hacía sonreír-, pero hoy no, de alguna manera la imagen de la marioneta lo hacía sentirse mal.

Es solo un juguete olvidado, pensaba mientras caminaba por las estanterías de su cuarto junto a los juguetes coleccionados, los libros, los discos; y sin verlos todos, sin leerlos o escucharlos, pensaba: es solo un pedazo de madera vacía, nada es particular en él, nada salvo su contexto, quizá sólo una juguetería que ha perdido su interés en vender juguetes.

Continuaba pensando mientras se acercaba a su escritorio y alistaba las herramientas, estiraba los brazos falsos, alineaba las lupas y sacaba la caja de pinturas. Y comenzaba a tallar, ausente como estaba, actuó por reflejo. No recordaba haber empezado a modelar, y el trabajo fluyó con una memoria muscular prodigiosa, evitó el filo de la cuchilla, y pulió sin notar el polvillo de la madera invadiendo la luz como una tormenta de arena. Tampoco se percató del olor de la pintura, ni de que habían transcurrido casi cuatro horas desde que había vuelto a casa y el tiempo se lo había consumido. Sintió el cansancio justo cuando el reloj de la sala dio la última campanada como cada día; abrumado además, por cómo se va el tiempo.

Se levantó sin notar que había terminado una marioneta igual a él. Con lentes, con un bigote delgado, con una contextura delgada y vientre prominente, que le había pintado sus lunares y sus pecas, y que lo había sentado como él. Caminó rumbo al comedor, comió un sánduche preparado con lo poco que quedaba dentro del refrigerador, y para hacer el té, tuvo que recurrir a la misma bolsa que había usado en la mañana. No eran días fáciles, no eran días ni siquiera, eran semanas, a nada le supo, y entonces durmió.

El titiritero soltó su comando. La figura del titiritero perdió toda la vida, todo el dolor y toda la frustración que su voz había contado, desgonzado. Y sin ningún hilo de voluntad que los sostuviera en pie, se desplomó.

Saber vivir

Hay hombres y mujeres, entre los hombres y las mujeres, que saben, y quiero decir, realmente saben lo que es el placer. Ellos poseen una ventaja, algo que los epicúreos intentaron definir seducidos justamente por éstos, por su imagen, pero nunca pudieron dilucidar bien. No respetan cánones, para ellos el statu quo es una mera casualidad, porque no precisan de lo más costoso o exclusivo, son hombres y mujeres que saben disfrutarse, onanistas en el sentido profundo de la palabra, personas que saben complacerse, que se exploran en gusto, sabor y textura. Tienen pulso se saben vivos y más que eso, es como si conocieran el momento justo en el que van a morir.

Jorge lo sabe, Jorge ama el arte, Jorge ama estar vivo. Desde que su ojo se acercó al visor de la cámara de su papá sabe que a él le parecen más hermosas las fachadas rústicas, los colores quemados por la luz, la fuerza de los motores; a Jorge le gustan las cosas por lo que generan, por la experiencia que brindan, las betas de los techos de madera, las betas de los pisos de madera. Y Jorge no puede dejar de ver a Smith comer, dos mesas a lo lejos, un irlandés calvo que le recuerda a Humpy Dumpty.

—Lleva cinco postres y no ha repetido ninguno, dice, lo envidio, dice.

Jaime mira por encima del hombro -es normal es gordo-, responde con una simplicidad pragmática -y es turista- añade. Como si de repente quisiera justificar que la experiencia de estar en una mesa en un restaurante y pedir cinco postres, antes de cualquier otra cosa, se debiera a las nacionalidades o las divisas.

No se trata de eso, dice Marcela, un arrebol de ojos grandes y labios gruesos. — ¡Já! Ese hombre tiene todo lo que a muchos les falta, él sabe que va a morir, un nihilista; si nada importa, que todo sepa rico, dice con una risita pícara mientras le mete el dedo a su postre y le lame la crema de él. Nada de poseer verdades, él sabe experimentar vidas, es un anárquico, abajo la imposición de entrada, menú y postre, él ha hecho del menú una azucarada delicia, lo mira, y ríe. Aunque bueno, es gordo, y sí, cada postre para él vale centavos.

Desfilan hacia la mesa del huevo gigante mermeladas de fresa, cupcakes de frambuesa, galletas de melocotón, porciones de torta. Es un glotón, dice Jaime. No, dice Jorge, él sabe a qué vino, primero el postre, mierda vamos a comer todos, así que primero el postre, la salud se va a acabar igual, así que primero el postre, el amor se va a acabar igual, así que primero el postre, el sueño no va a alcanzar, primero el postre, no todo es posible y la vida es un sofisma, te levantas, trabajas por necesidad o por gusto, pero trabajas, no tenés tiempo y si tenés no sabés qué hacer con él, querés siempre lo que tenés, deseas algo que no existe. Todo espejismo se pierde al acercarse, así que primero el postre.

Ya saben qué van a ordenar. —Pregunta el mesero

Sí, un pie de limón, una fiesta de frutos rojos y un cheescake de mora.

Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Todos los relojes están corriendo.

—Se nos acaba el tiempo, sabes —dijo con una cierta sorpresa

—No solo éste —le respondí exasperado

Sí era cierto que a las 15 horas que nos habían dado para reunir el dinero ya no quedaba mucho, también era cierto que sin el dinero no solo nuestra vida sino el páncreas que mamá necesitaba iba ser imposible de conseguir, pero no podíamos hacer nada. Preocuparse por el tiempo ahora, justo ahora que ya no quedaba, era una tontería; todo el universo, todo el tiempo y el espacio tienen los relojes corriendo, marcha atrás todos esperando llegar a cero.

¡Vaya insensatez! Lamentarse por el tiempo es estúpido, esas tontas crisis de edad, esa Narcisa obsesión por conservarse. Desde que nacemos los relojes están corriendo, antes de que naciéramos ya lo estaban haciendo. En cuanto conocemos a alguien el segundero despega, tic, tac, tic, tac sumando, sumando, fatigando los materiales, las emociones, los pensamientos, estresando los resortes, la paciencia, tic tac. Cada experiencia inicia un reloj, el mundo está corriendo, pero el tiempo ya ganó, la gente intenta darles cuerda, extenderlos, mantenerlos en movimiento, pero es inútil.

—A qué te refieres —Me interrumpió ella sin saber nada de lo que pensaba, imaginando seguro que otra vez hablaba del dinero, o de mi relación con Helena; a la mierda Helena, pensé, con ella también se me acaba el tiempo, y la paciencia, ya queda poco, casi puedo escuchar la fractura del tiempo bajo nuestros ideales, la expectativa corre más rápido que el segundero, la pobre quiere, pide, reclama, pero no da; la convivencia debe ser horrible, no lava un plato, no cocina un huevo, no necesito que lo haga, pero llegar cansado y descubrir que nada hay esperándote, ni un detalle, ni un  déjame hacerlo; si hubiéramos podido vivir juntos seguro el tiempo se hubiera acabado, pero no, ya tampoco hay que preocuparse por Helena, y si Héctor no llega pronto con noticias de la apuesta, todo carecerá de sentido, estallará nuestro reloj, no podremos pagar la deuda, mamá no recibirá su páncreas, y Helena, Helena no tendrá quien más le cumpla sus caprichos.

—Me refiero a que creo que hay poco tiempo en general, al final no importa que tan larga haya sido tu vida, podrías haber vivido otro día, comido otro bocado de esa comida que tanto te gustaba, follado una vez más, dormido una siesta extra, no hay manera formal de afrontarlo. Cuando el final llega, pensamos: se me ha acabado el tiempo, anhelando un poco más, un abrazo más, un beso más, un baño más; y siempre, sí, queda el recuerdo al que volver en el último minuto, pero recordar el último polvo no es lo mismo que tirarse un último polvo, no es lo mismo recordar el sabor, ni el olor de Helena que sentirlo.

—Calla, si es verdad que el tiempo se acaba, no quiero desperdiciarlo imaginándote a ti y a Helena… no debimos hacerlo.

—No teníamos otra opción, mamá no quería irse aún, incluso si llega el dinero, si podemos pagar nuestra deuda y el páncreas, si la operan puede que muera, pero habremos sabido que hicimos hasta lo imposible, nos jugamos la vida por lograrlo, por eso lo hicimos, para extender el reloj de mamá, para no pensar qué pasaría si lo hubiéramos intentado, es mejor esto que eso, es decir, es mejor morir si no llega el dinero, que vivir sabiendo que no nos arriesgamos y que ahora mamá está muerta.

—Es cierto, tienes razón, no es común, pero cuando la tienes es precisamente en las cosas más tristes, en las decisiones más difíciles, en los peores momentos

—Se me da natural, distingo los patrones, por eso te dije que era una buena idea hacerlo, sin mamá. No, déjame decirlo mejor, sin hacer esto por mamá ninguno seguiría vivo realmente, así que era mejor tasar nuestros órganos, pedir un préstamo vasados en ese premio y apostarlo todo en una sola pelea.

—¿Y si perdemos? Qué piensas ahora

—Pienso igual, ya hemos ganado, al no tener que vivir bajo la duda.

—Todos los relojes estaban corriendo, cuando mamá nos dijo lo del cáncer, yo sentí el tic tac dentro, todo está muriendo constantemente, continuamente, tic, tac. También nosotros.

Retornos

Vuelve solo aquel que nunca pudo irse por completo
El flaco.

Cuando encontré en un papel de galleta del infortunio ese mensaje, supe que basta una posibilidad para que algo se haga real. El papel lo había escrito yo, eran 100 mensajes que había entrado de contrabando a la fábrica de galletas de la fortuna donde trabajaba, y me había costado, resulta que era una broma usual alterar los mensajes. Algunos habían intentado imprimir número de lotería, números de teléfono, chiquilladas, pero yo me proponía algo diferente, algo que necesitaba de 100 hombres.

Había pensado en manipularlos, para construir una pequeña revolución bohemia. Cuatro años se había tardado en diseñarlo todo, necesitaba alterar el orden. Su idea no era cambiar el presente, sentía que por los próximos 30 años todo estaba perdido; así que para iniciar una revolución necesitaba tiempo, y una forma de trascender -un hombre son sus ideas se había dicho- así logró descifrar cómo viajar en el tiempo, aunque fuera solo hacia el futuro, y fragmentar 100 partes de sí que, al estar completas, si todo resultaba bien, crearían un reflejo borroso de sí mismo. 100 hombres sería su nombre, aunque no supieran escribirlo. 100 hombres soñarían sus sueños sin saberlos ajenos. 100 hombres recorrerían sus pasos, sus tristes y cansados pasados.

Era simple enloquecer el futuro, hacerles perder la razón. Había logrado identificar a sus víctimas potenciales, hombres letrados, con buena familia, malos vicios y fascinados con las ideas de la predestinación; era consciente de que no todos cumplirían con su propósito, de 100 quedarán 30, de 30 lo intentarán 10, de ellos quizá 3 lo logren.

Las galletas del infortunio eran el primer paso, así encontraría a los 100. Y justo uno de ellos, uno que había conocido hace poco, uno amable como pocos, había decidido darle su galleta, su comida, su puesto.

No había dejado notas, ni indicaciones, creyó que era un pedido equivocado; algunas semanas atrás había sucedido lo mismo. Seguro había sido él también, pero debido a que estaba poniendo en marcha su plan lo había pasado todo por alto. Como no esperaba bondad del mundo, el azar era una explicación viable. En sus planes jamás contempló el regalo como una posibilidad y ya todo estaba en marcha. A la galleta le seguía un horóscopo, al horóscopo una sesión de espiritismo, a la sesión de espiritismo, un correo con algunas páginas escritas por el flaco. Llegarían por correo, bastaría una o dos, serían remitidas desde Buenos Aires, desde Lima, desde Medellín, Barcelona y Madrid, nada conclusivo, capítulos aparte; las voces serían fuertes, los suficiente para grabarse en sus mentes, lo suficiente para obsesionarlos, los marcaría a fuego por el azar cada uno tenía una idea sencilla.

Desorganizar las bibliotecas, vender películas piratas cambiando el contenido de las carátulas, realizar videos en redes sociales sobre un hombre que hacía árboles genealógicos de los políticos electos para recalcar el poder, y al mismo tiempo hacer videos en otra red social sobre un hombre que critica al hombre que hace estos árboles, y al mismo tiempo hacer un canal con videos de un hombre que toma el video de los otros hombres y los ponía lado a lado. Mandaba a aflojar saleros y pimenteros, a desconectar cafeteras, a llevar pescado en los tupper de oficina y jugo de guayaba en las loncheras de los críos. La revolución de este hombre era un desenfreno de idioteces; les pedía a las personas presionar todos los botones del ascensor al bajar, ser egoístas, mezquinos, una revolución del ridículo.

Los 100 hombres, los 99 hombres y él, hicieron lo propio, se rieron de la galleta, crearon publicaciones sobre el hombre que habría puesto todo en marcha, hicieron podcast, videos, artículos, se convirtió en una leyenda urbana. Los 99 hombres lo habían perpetuado, nacieron los cultos y los fanáticos, los trolls, salieron a las calles a alterar el orden a ralentizar elevadores, a sabotear los buses, 30 años de bromas tontas, 30 años de espera paciente, el fin de los 99, quedaban tres, él incluido, y cada uno recibió una galleta.

Adónde habéis ido, regresad a casa mis niños. El éxodo era masivo, Europa no había sido no sometida sino corrompida por algo de lo que nunca podría librarse, el flaco los habitaba.

Sala de redacción

Aveces algunos escritores necesitan asegurarse de tener lectores. Ellos en el fondo lo agradecen.

Señores Sala de Redacción
Desde algún lugar del mundo

He estado leyendo y quiero compartirles una columna que sin duda será de su mayor interés pues nos brinda luces en un territorio antes inexplorado sobre la obra del sobredimensionado Kafka; he estado pensando mucho sobre la dificultad que me daría el redactarlo y compartirles los hallazgos que les menciono, dado que el tiempo es limitado para mí, saben que los redactores publicitarios somos los únicos que realmente trabajamos, aunque nadie sepa nunca muy bien en qué, pero, les alegrará saber que he encontrado la forma perfecta, la prueba es que se encuentran leyendo estas líneas.

He logrado construir este mensaje con trozos de la redacción de racionales y manifiestos para diferentes marcas. El rey es el argumento, así que después de sorprenderlos con esta delicada confesión, que piensa tanto en su cariño como en su bolsillo, les presento su mejor opción, para la columna abierta.

La pupa, es el estado por el que pasan algunos insectos en el curso de la metamorfosis, la real, no la del librejo aquel, es la que los lleva del último estadio de larva al de imago o adulto. Si se piensa que es un paso inevitable para la transformación, quizá podríamos asumir de Kafka no sabía mucho sobre los insectos, o quizá que en su cabeza Gregorio Samsa era claustrofóbico y conociendo su penoso final, había decidido ahorrarle un sufrimiento al no encerrarlo; hay que convenir que es posible, así como tendremos que aceptar que posible es todo lo que sea imaginable, si no podemos realizar estas dos concesiones, hemos llegado al final de esta dislocación, si por el contrario, afirma sonriente sobre esta pequeña ligereza, por favor no deje usted que se enfríe el café, aromático, delicioso de las mejores montañas de nuestra tierra y continuemos.

Dicen, que muchos insectos se mueren de miedo cuando nuestro producto llega a casa, y que por eso construyen esta pupa o capullo para ocultarse, y si encontramos esto metafórico, entenderemos en sí, que la transformación sufrida por Gregorio Samsa no es tal, ya que, él mismo sería el vehículo de la transformación, es decir el personaje de Gregorio es en sí mismo es la pupa o el capullo, sin saberlo, pues es natural que sufriera como hemos supuesto que podría hacerlo claustrofobia. Imaginen el terror que podría causarle el saber que su único propósito en la vida ha sido realmente el de encerrar a otro, la conmoción podría matarlo y si el capullo se rompe antes de tiempo, suele hacerlo también su contenido; estaríamos entonces perdiendo contenido y contenedor por el precio de uno, pero el beneficio promocional que hoy tenemos, de perder dos seres ficcionales en uno sin mayor justificación que la de una fuerte impresión, parece ser el típico caso, no de una oferta sino de una estafa, por lo que, aunque posible, supongo que estaremos de acuerdo en que no ha sido elegido ese camino.

Bien, retomemos, en ese encierro, metafórico o biológico. Dependiendo de si quien lee esta pequeña dislocación es larva o humano, los órganos juveniles se reabsorben y el organismo adopta una estructura totalmente diferente. Durante este periodo, los seres encapullados, o enpupados, no se alimentan y suelen estar inmóviles, a menos que quien lo lea sea un mosquito, ya que cuentan con la capacidad de movimiento más notoria del mercado, con su revolucionario diseño hacen de estas la mejor entre todas larvas.

Kafka no sabía nada de insectos, aún así eso no es lo importante acá, debemos concentrarnos en que pese a sus limitaciones hemos podido entender que Kafka nos veía a todos como seres expuestos y débiles, viscosos e indignos de llamarnos hombres, hasta que no atravesáramos un paraíso para el descaso y las conexiones con nuestros recuerdos, en un aislamiento, u ocultamiento y la reflexión de nuestra propia realización. Si ha podido asentir, si está de acuerdo, esta es la oportunidad para que sea suyo este pequeño texto y puedo imaginar un poco esa cara de asombro genuino que trae la iluminación de la sabiduría al hombre en medio de la bruma. Hasta pronto y espero no encontrarme con que la impresión de este texto sea desechada y con ella esta maravillosa investigación literaria para publicar cualquier otra tontería sin sentido.

***

La risa estalló en la sala de redacción, no era inusual que recibieran correo de manicomios y agencias de publicidad en las que los olvidados de la literatura solían exponerse como genios genuinos, solían exponerse como adictos a los halagos y por necesidad de una aceptación y reafirmación constante se habían enganchado a un mundo donde lo que hicieran parecía sumamente relevante, pero con el tiempo la idea los desquiciaba, era de entenderse que ningún genio literario consideraría nunca una cuña radial sobre los pañales max 40, una obra publicable, sin embargo para estos Ronroneadores como nos gustaba llamarlos por su confesa necesidad de ser acariciados, la verdad era cruel, si algún día habían tenido talento, lo habían malgastado, y ahora olvidaban que al leer, el lector también se lee, y no dejaban nada para entretenerlo, y casi siempre terminaban mandando eran pequeñas instrucciones, sin embargo cuando aparecía algo de esta calidad se reunían bebían y el autor si se había dignado a poner su nombre ingresaba al salón de la fama y su texto solía publicarse en un compilado anual que titulaban: Señores Sala de Redacción.

Dios es un espejo

Dios hizo un trabajo mediocre hick, Pensaba Julián mientras sostenía su trago. El cuerpo es un instrumento, frágil, incómodo. Su trabajo no vale más que el de un mecánico o el de un vidriero, se quiebra con tanta facilidad que no merece ser alabado.

-Mirá Juan el corazón late 100.800 veces al día, glóbulos rojos, glóbulos blancos, encimas, cada pálpito lleva al cuerpo todo lo que necesitamos para vivir, y en cada pálpito también lleva nuestras emociones. Pero fue incapaz de evitar que el licor llegara al cerebro que nos nubla la mente, y si somos su obra, su creación, a su imagen y semejanza… es porque dios bebe pecados, se embriaga con nuestras penas, con nuestras miserias, dios también es un alcohólico.

Es por eso que somos así, vulnerables, arena en los dedos, licor en su mano, el mundo es su cava, camina por sus interminables pasillos tocando las botellas que son nuestros corazones, nuestras dudas y de repente dice:

uh cosecha del 87, Medellín, sangre joven, sabor a café, obsesión literaria, aroma pacífico, crecido en primavera, maridaje perfecto para las culpas y las derrotas… y plasssss se sampa media botella de un golpe… qué sabor, qué cuerpo, adobado con lágrimas y arrepentimientos… se le hace a uno agua la boca.

Luego nos deja en la estantería y espera a que nuestros dolores le hagan refill a su botella, a nuestros cuerpos, dios bebe de mi boca, y saborea mis pecados, tan culpable de ellos como yo.-

La tesis había silenciado la barra, el bar, la música de fondo acompañaba la noche de manera tímida y al igual de cómo estaba embotado el bar en la discusión, estaban embotados los borrachos en su trago y entonces Andrés revolvió el silencio:

-Jajajajajaja estalló en una carcajada, creo que estás muy borracho, estás llenó de culpas y trago, tenés que entender Julián que nada en esta vida se hace para quedar intacto, que los límites, los miedos y las culpas son diferentes para cada cuerpo, si dios ama el licor de nuestros pecados, no bebería botellas como un alcohólico atolondrado, tendría que beber coktails, sabría combinar los sabores, pensá por ejemplo una copa de adulterio, un vaso de lujuria, agitado, luego granizado y coronado por una rodajita de orgullo y miedo.-

-Vos decís eso por vanidad- interrumpió Juan al barman, y continuó -vos necesitás que dios sea un seleccionador consciente, porque es lo que vos haces, pero un verdadero amante del licor, bebe para no estar solo, porque incluso cuando está solo se siente acompañado de su propio pasado- y añadió servime lo de siempre.

La discusión crecía y los argumentos flaqueaban, todos los borrachos y los emborrachadores, exponían sus creencias, la teología de un alcohólico es algo que desborda en la literatura en algún momento y en una mesa una chica soberbia sonreía.

-Vos, vos que pensás que no haces sino reírte-, dijo el borracho que había comenzado con la discusión que como todo borracho en algún punto aunque acompañado por sus miedos se siente solo contra el mundo.

-Yo, creo que dios es un espejo, una idea que construimos para poder estar a salvo de nuestras decisiones y de nosotros mismos, para mí dios es un ladrón de ideas, y por eso estoy aquí, escribiendo un cuento.- y añadió, esta ronda va por mi cuenta chicos ah y a mí tráeme un cafecito.

Contra todos

Cierro los ojos y cuento: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez… lo hago mientras respiro pausadamente, mientras me quito los lentes y llevo la mano a la parte superior de la nariz, la curvita de donde nace el tabique, hago presión y siento que no funciona pa’ ni mierda, que el resultado será el mismo de siempre, que la estupidez se desborda… el paternalismo se folló a Darwing pienso y entonces escucho.

−Ana, ana, te estamos esperando−

Esa voz solo lo empeora todo, esa voz podría ser perfectamente la causa de todo, tiene ese falso sonsonete de niña bien, pero gangoso, ese osea que no suena a cuna de oro sino a un arribismo impostado, a una imitación tonta de niña tonta

−Ay Ana, linda, estás bien, muñe, me regalas un vasito con agua para Ani porfi−

Levanto la mano y rechazo todo, pido que continúen, intento decirles que no me pasa nada, pero la verdad es que me pasa todo, intento comprender cuanta autoestima tiene uno que tener para estar tan ciego, para no darse cuenta que la ingenuidad después de los quince años es güevonada, y mi problema no es con ella como luce, ni como habla, ni siquiera en lo básico de su pensamiento o en lo simple de sus necesidades, es que en sí ella es un producto y eso es lo que me genera estas ganas increíbles de eliminar la carta aprobada el 10 de diciembre de 1948 o por lo menos ponerle un requisito, alterar ese preámbulo y que diga: Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana; se le reconocerán a todos quienes demuestren coherencia y convicción en su accionar como individuo reflexivo.

Una sonrisa se me escapa, quizá en medio de la reunión se interprete como que todo está bien, pero no sonrío porque todo esté bien, me sonrío porque la idea me hace reír, la cultura impuesta por decreto es tan horrible como cualquier otra medida hecha a la fuerza, pero es que a esta le faltaron correctivos, y yo ya no estoy para andar soportando la incapacidad ignorada, es decir, no soporto es el autoconvencimiento sin argumentos, ni los títulos porque esos la verdad es que lo único que necesitan es de un poco de paciencia y disposición, el Ministerio ya no deja echar a los malos estudiantes, ni a los que roban, a los docentes los evalúan por número de estudiantes que ganan los cursos y se les responsabiliza del aprendizaje, como si ellos pudieran enseñar ganas, como si no tuvieran que lidiar con el producto de la frustración, porque si de algo es producto ella es de la frustración, se nota que en la universidad un profesor o profesora dijo, ay con tal de no verla… que se vaya, que en la escuela alguna o alguno lloró de impotencia.

La reunión continúa y ella sigue hablando, −Gordi, genial, pues a ver, es que es verdad, porque mi perrita cinnamon− otra vez hablando de ella, qué necesidad, pienso, y pienso, será que fue la hermana menor en una casa donde todos hacían todo bien, que necesita amor, comprensión y ternura… sonrío de nuevo, la reunión avanza sin mí, una de las cosas que más me molesta realmente es que saca lo peor de mí, me hace sentir como una fascista, como una camandulera y si hay algo que me moleste es eso, porque en general no soporto los generales, ni los coroneles, ni los curas, pero conocerla me ayuda a entenderlos, es que provoca… lo peor es que todo está tan normalizado y normatizado que ahora resulta que no, que pues como, que a ella hay que entenderla, que si la echo entonces soy una mujer que no apoya la causa, pero es que la causa de que haya opresión es que existan más como ella, sin carácter, sin comprensión de la realidad, sin, sin ovarios, para usar una de esas frases que nos hemos adjudicado.

Eso, eso es lo que más odio, ella me hace incluso antifeminista, no puedo decirle que es tonta porque cómo se me ocurre, saltaría el mundo a decirme que no, que pues cómo, que a ella hay que respetarla y valorarla solo por ser mujer, pero mi problema no es que ella sea mujer, mi problema es que es tonta, y lo peor es que el problema se expande, igual pasa con los afrodescendientes, los gay, las lesbianas, los creyentes… a nadie, a ninguno, a ninguna habría que respetarlo solo por su sexualidad, género, deidad a la que adora o color, el asistencialismo acabó con la meritocracia, nadie debería ser celebrado solo por existir.

−Ani, ¿estás de acuerdo?−

−No, con nada.−

Sabiduría popular

– ¿Vos si crees que estos manes vayan a respetar la paz?-

– No sé, ¿por qué lo decís?-

– no sé, pero es que nosotros no hemos perdido, y yo, bueno no confío mucho en ellos-

– ellos tampoco confían mucho en nosotros, y no, nosotros no hemos perdido, los únicos que pierden acá, son los que se mueren, además, yo no sé vos, pero yo estoy cansado, yo ya llené estos ríos de sangre, y sí, me sentí alegre cuando maté a los que mataron a los del pueblo, pero duró muy poco, y el resto de las muertes, ese resto de gente que nunca vi, de los que nunca oí, a los que nunca conocí… los oí llorar, rezar, antes de mandarlos pal otro lado, y ya estoy mamado de trabajar en un matadero de gente-

– pero si vos igual trabajabas en el matadero del pueblo, matar es lo tuyo-

– yo los únicos humanos que maté por elección, fue por venganza, el resto fueron órdenes, y por más que chille un cerdo, por más coces que lance una vaca, no se compara… la gente sabe y llora, llora porque no van a volver a ver a los suyos, lloran porque son hijos, padres, hermanos, porque son esposos, porque esta guerra se los roba a ellos, igualitico a como se robó a los del pueblo, a como se robó a tu familia y a la mía-

– pero por eso mismo, vos no descansaste hasta que encontraste venganza, ellos tampoco van a hacerlo, ojo por ojo y diente por diente-

– eso no es problema mío, yo estoy cansado –

– y si te matan –

– muerto también se descansa-

– y Dios, no tenés miedo de Dios –

– si existe, él es el que debe estar temblando –

– Dios, temblando por vos –

– sí, le tengo una lista grande, un montón de cosas por las que va a tener que contestar, yo estoy cansado, sí, eso es cierto, pero te juro que si yo cuando muera, llego a una reja dorada, donde un señor de barba me busca un libro y ahí mismito me dice, que no puedo pasar, me alzo otra vez en armas pero en el cielo, porque yo sí te digo una cosa, no es posible que uno pague por los pecados que a él le pertenecen-

– a él, o sea que vos decís que Dios te mandó a vengarte a este mundo… de todo se ve en la viña del señor –

– a mí no me importa a qué me haya mandado él, pero se recuerda del curita misionero que hace dos años tuvimos allá en el campamento –

– sí, claro me acuerdo de él, –

– bueno, él, fue él, el que me dijo antes de que lo matara, tú no te preocupes por mí ni por ti, nada hay en el mundo que esté fuera del plan de dios. –

– y vos le crees-

– a mí me importa muy poco, yo nunca he sido de agüeros ni de creer lo que no vea –

– como Santo Tomás-

– yo no puedo ni quiero pensar que todo esto estuvo justificado, pero te juro que si llega a existir, voy a  verlo a los ojos, y decirle que la próxima vez tenga los huevos de hacer sus cochinadas él y si aun así me culpa de algo, ahí mismito, cojo las armas y lo derroco, así como derrocamos aquí a ese hijueputa –

– Jum, mejor dicho, de las aguas mansas líbrame señor-