No vivo en el presente, me es esquivo. Aprendí de chico que la realidad es una posibilidad pero no una camisa de fuerza, que Dios es una costumbre y que nada tenía mucho, que nadie estaba obligado a ser quien decía ser, ni los buenos eran buenos y, en el fondo, los malos no lo eran tanto. Todos simplemente estaban demasiado presentes en sí mismos, en sus talentos, en sus problemas, en sus carencias, en sus dolores, en sus tiempos… y en realidad ni eran sus talentos, ni sus problemas, ni sus carencias: todas ajenas, todas prestadas, todas dictaminadas y recetadas por terceros.
Yo, en cambio, me ausentaba con regularidad, y dejaba ser al niño tímido que era, al niño débil que era, al niño callado que era, al niño tranquilo que era, al niño asustado. Cuando llegaba alguno de esos niños que era siendo niño, simplemente empacaba maletas y corría a una hoja en blanco, trazaba un par de líneas, un par de frases, cantaba un par de canciones inventadas y todo con la mirada al frente, ausente de mí mismo, pero con un as bajo la manga: una memoria muscular precisa para levantar la mano al escuchar mi nombre.
Ausente, siempre ausente. Si se concentrara más, si escuchara más, si prestara más atención… Aprendí que cuando algo cansa, agota, hastía, siempre se le adjudica a una carencia. Pero entendí que en realidad es porque se le da demasiado espacio en el presente a algo, por lo general al anhelo ajeno. Nunca dejaron de ser más que opiniones ajenas sus mandatos. No los incluí en mis miedos: de esos conservo solo los originales, a las alturas y a los ruidos. Por eso me alejo de quienes no escuchan más que su voz y de los que han perdido la posibilidad de verse los pies.
Demasiado ajenos, demasiado enajenados, es mucho un tercer «demasiado». No tengo más que decirles a ellos. El truco está en saber volver, en tener una línea a tierra. No siempre se puede estar ausente: hay que tomar buses, cruzar calles, “te amos” que decir, que sentir, partidas a las que hay que asistir. Hay que atender ciertos momentos, pero nunca quedarse. No siempre, no todo el tiempo. La vida es imposible si se vive de esa manera: solo es tolerable por islas de lucidez, por travesías de olvido.
Un poco como turnarse la conciencia entre todas las posibilidades, pero nunca aceptar solo una, jamás ser solo una cosa. Y menos cuando es la que te han dicho que deberías ser. Yo no estoy para eso. Me niego a ser solo lo que otros esperan que sea. Yo quiero irme de mí y volver a otro yo. Quiero verme llegar y abrazarme porque aún me extraño, y celebrarme las partidas: las de jetas, las de corazón y las de madre, porque ahí se encuentran cosas a las cuales se desea partir.
Ese es otro secreto: estar presente, hoy, aquí, siempre es en el fondo un acto cobarde de quien teme a dónde pueda llegar. Perfecto para esas personas que piden siempre lo mismo en el mismo lugar. De todo puedo ausentarme, de todo puedo perderme, menos de esas ganas de estar en todo lado, de ir, de llegar, de probar y de volver.
“El presente es un regalo”, dice una tortuga con un bastón, jugando con un panda en un lago. Solo uno de ellos. Porque el pasado y el mañana también lo fueron a su debido momento. La cosa es de timing. Uno puede huir a su pasado, escaparse a su futuro y disfrutar de estar presente frente a la alucinación. Por eso nadie está obligado a ser eso que dice ser. No siempre, no todo el tiempo. Hay que escapar, al menos a ratos, de uno mismo y de ese que todos quieren que seas. Ya vendrá otro presente donde ser otro ausente que presencia mi partida.