Mil palabras

La imagen es poderosa, dicen, que vale más que mil palabras repiten, repiten sin pensar cómo se dicen tantas cosas, la imagen significa, simboliza, representa, pero solo cuando está presa de una mirada activa, solo cuando que quien mira, busca, porque el que busca encuentra, los gestos ofician casi como susurros y permiten intuir contextos, identificar emociones, el lenguaje del cuerpo sujeto a la eternidad.

Sí, una buena imagen es poderosa si se tiene la perspectiva adecuada, la paciencia suficiente y el instinto del momento justo, alguien puede ver una foto y no notar lo que realmente importa, una mirada perdida, una espalda encorvada… hay espacios que no pueden llenarse en los ojos incorrectos, pasa lo mismo con los libros, un gran hombre me dijo un día, un libro puede solamente responder las preguntas que nos hemos hecho, aunque contenga mil respuestas más, si la duda no nos ha visitado, la respuesta no podrá encontrarnos, debe ser por eso que dicen que las respuestas que buscamos suelen estar dentro de nosotros, la dificultad para hallarlas es solo falta tino al cuestionarnos.

Las imágenes son iguales, no solo iguales a lo que retratan, sino iguales a los libros, en esa caso las palabras y las imágenes parecerían ser equivalentes, y aún así la reputación de unas supera a la otras, no hay comparación para la mayoría y quizá se deba a que la imagen simplifica, visibiliza las metáforas aunque engendre otras en su composición, Fibonacci, por ejemplo, establece una perfección estética imposible de aplicar a la escritura, en la imagen podría deducirse entonces que es más intuitiva, un magnetismo que puede volcarte en la imagen más fácil que en la lectura.
Puede ser también que se deba al hecho en que la imagen no se descompone ni se recrea, solo se intuye, pero en el texto la imagen se recrea, cada palabra debe ser precisa para evocarla, un hombre como descriptor carece de fuerza y de sentido único, mientras que la imagen de un hombre es clara para todos, entonces no basta con decir un hombre, hay que decir que es un en un gesto aniñado, sentado en una tarima de madera donde le cuelgan los pies, con la mirada gacha, con los hombros distendidos y con arrugas llenándole el rostro que sugieren que sonríe, aunque la imagen se potencia, aún es pobre, la sonrisa, como bien sabe Leonardo, es poderosa aunque sea sutil, es cómplice y complaciente, es sarcástica y evocativa, puede ser punzante, malvada, puede ser tan diferente una sonrisa de otra que habría que pensar mejor cómo describirla para hacerla clara en la mente, saber qué tanto achina los ojos quién sonríe, qué mira el hombre que sonríe, y qué relación puede tener el objeto con el hombre con el contexto.

Lo baña una luz azulada, su camisa es negra, su postura es ligera aunque él es a todas luces un hombre pesado, extenso y algo parece sostener entre sus manos, será eso que sostiene aquello puede hacerlo aniñarse tanto, al lado hay una copa de vino pero aún así la imagen de ese hombre no disminuido, no achicado sino enniñecido es poderosa, tiene esa fuerza devastadora que a veces tiene el silencio, esa basta intensidad que a veces tiene una idea, ese hombre en esa posición con esa copa de vino, que juega con algo entre sus manos, con su cabello recogido, con sus lentes gruesos ligeramente inclinados, con sus ojos abiertos aunque esquivos, grande y atentos, esa imagen es su idea, o quizá la mía que lo observa, se intuye algo fuerte en ese hombre, algo le pasa, algo lo atraviesa, y es difícil saber porqué pero no puedo dejar de ver la fotografía, de pensar en el hombre de la fotografía, de entender al hombre en la fotografía, soy yo ese hombre me pregunto, no soy yo acaso todos los hombres? Me respondo con otra pregunta, no somos todos un autorretrato del sufrimiento, del llanto, del dolor, de la felicidad, del orgasmo, no somos un tanto todos el mismo hombre, la misma mujer, el mismo niño, al menos en algún momento de nuestras vidas, no somos acaso tan solo un recipiente de una mirada llena que complemente nuestra existencia vacía al llenarla de sí? ¿Aumenta, crece, es poderosa la imagen y poderosa la pregunta, me alejo, un poco, solo un poco, busco otra luz, otro ángulo, busco otro hombre en ese hombre, a otro que no sea yo, se sentiría así el axolotl de Cortázar al verse en el espejo hecho hombre, o al haber visto tantos ojos negros posarse sobre él, seré yo ese axolotl hecho hombre?

Las miradas pesan, siento el peso que despierta mi interés la imagen que me interesa, puedo sentir la intriga de los intrigados por mi intriga despierta, qué mira piensan, por qué lo mira tanto, de tantas maneras, ahora ellos son también un poco yo, y eso me hermana más con el hombre que está sentado en esa tarima un poco sonriente con los ojos esquivos pero atentos al menos a eso que tiene entre sus manos.

Sería difícil retratarlo con palabras pienso, describirlo con palabras, encontrar las palabras adecuadas, las correctas, pero no dejo de pensar en ellas, en él, en mí, en los que ahora son también un poco yo viéndolo a él, algo de especial tiene la imagen que no para de llevarme a su juego a su tiempo que no parece tan lejano.

Intento irme, pero hay algo me llama de nuevo, una sensación de haber dejado algo en esa foto, pero no, no nada se queda, por el contrario, siento que quizá es que yo llevo algo conmigo que antes no tenía, el alma, le estaré robando el alma a ese hombre de la foto, a la foto, estaba acaso mi alma atrapada en la fotografía de un hombre aniñado en una tarima que mira sonriente algo que sostiene entre las manos, busco el nombre de la obra, mil palabras dice.