A Javier le gusta el picante. Cree creer que ha sido desde siempre. No recuerda esos días en los que su mamá untaba su chupo en una salsa espesa de color naranja vivo que resultaba de macerar ají pajarito tatemado, y lo dejaba escurrir y secar antes de dejarlo a su alcance. De esa época no recordaba el efecto casi calcificante que en aquella corta vida parecía generarle, y como no lo recordaba no podía dolerle ni incomodarle. En eso Gabo tenía razón: la vida es lo que recordamos y la forma en como la recordamos para contarla, y como ignoraba su mal comienzo disfrutaba de su buen presente.
Le gustaba en las salsas, crudo y en polvo; le gustaba intenso, suave y gustoso. Era innegociable en eso: que sepa bien, que tenga sabor, que valga la pena los ojos llorosos, el cosquilleo en las manos. Le gustaba prepararlo e inhalar ese humo bravo, ese aroma ácido, esa tos condensada que le secuestraba la cocina al prepararlo; la toleraba sonriente, sabía que el resultado valía la pena. Mezclaba semillas con pimentón, con cebolla y con tomate, con ajo y panela rayada; tostaba y quemaba hasta que la nube le irritaba los ojos, las manos, la garganta, pero valía la pena, sabía que valdría la pena.
Porque recordaba los hoyuelos de las mejillas, profundos y marcados; porque recordaba su carita sonrojada y sus brazos tensos, los jadeos intercalados y los brillantes, y eso lo hacía mantener viva la receta que le torturaba físicamente e intentaba disuadirlo. Qué más daba llorarse un poco. Siempre hay cosas atoradas que vale la pena llorar mientras se pica la cebolla, y otras en qué inspirarse al lavar el cilantro. También había rebeliones que disuadir, así que el humo estaba bien, el humo no importaba porque pronto la vería de nuevo allí frente a él, lamiéndose los labios y cerrando los ojos, haciendo una especie de ritual y paleta, una danza performática que le contraía la piel y que siempre lo llevaba a pensar y recordar esa vez, esa única vez en que tolerar el picante le había parecido imposible, cuando lo hacía su abuela y él salía corriendo de la cocina con los gatos, y la escuchaba reírse a carcajadas. Es cuestión de sabor, ¿por qué se resiste, mijo?, le decía desde lejos, risueña y juguetona. Si no fuera por ella jamás lo habría entendido.
Por eso, cuando supo que había vuelto al pueblo, confiaba en su gusto por el picante, ahora compartido; confiaba en su necesidad fuera igual a la suya; confiaba en que ese sabor que había aprendido a disfrutar cuando ella se fue la haría volver. Creía incluso haber mejorado un poco la receta al incorporarle puerro, cúrcuma, tomillo, una pizca de canela y pimienta de olor. Su abuela nunca se lo había reconocido, pero después de probarlo nunca había vuelto a hacerlo solo como ella lo hacía, y eso decía más que lo que ella callaba. Además, la hacía feliz: es tradición familiar aprender a hacer una salsa para los que se quieren, una para enamorar a los que vienen, para criar a los que siguen, una para conservar como recuerdo cuando una nueva salga.
Javier nunca le había dicho a nadie para quién era la salsa, pero el toque secreto de cáscara de limón rayada, ese toque de melancolía frutal y secreta que su abuela había probado, lo dejaba todo claro: la única persona que faltaba en el pueblo desde que la receta había nacido era una niña con el pelo de manglar, fuerte y traviesa, ágil y sonriente, una muchachita imparable.
La abuela murió sabiendo y Javier la vio morir sin contarle, pero sabiendo que sabía. Quizá ella no decía nada de su picante solo para no hacerlo sentir mal por la ausencia de esa niña, porque fue delante de sus ojos que ella la escuchó decir, después de llenarse los labios de picante: si me das un beso ahora me caso contigo y tengo a tus hijos… Desde ese día Javier se juró, y se cumplió, jamás tenerle miedo a enchilarse, y ahora sabía que era cuestión de tiempo para que ella se acercara, lo mirara a los ojos y fuera él quien se embadurnara los labios.