Humo

Por donde camina hay humo, humo blanco de carbón mojado, de brasa menguada, humo de parrillas que intenta con su olor a madera quemada esconder el que emanan de sus parrillas, parrillas ennegrecidas por los años de uso, y abultadas por la carne carbonizada que se ha solidificado sobre ellas, mira el humo pero intenta no olerlo, sabe bien a lo que huele, toda su vida ha podido reconocer ese olor, piensa en el humo, en la señales de humo, en como el humo cuenta una historia, una cortina de humo hecha de humo, solo identificable para él y para los que son como él.

Le molesta el humo, pero no en los ojos, no en la ropa, lo molesta el humo por todas las veces que pensó que ese era el olor real del humo, de la carne asada, de las reuniones, le molesta porque por ser quien es, por crecer donde creció, lo hizo pensando que así debía oler siempre, por ir a los lugares que iba, los estadios, las afueras de los conciertos, siempre el mismo humo y el mismo olor.

Camina enojado, hace solo un par de años que ha empezado a notar que el humo que conoce miente, está enojado con su ingenuidad y al mismo tiempo con su pasión, su nariz, la que hoy lo saca a flote, también es la que desde hace un par de semanas lo tiene sumido en el aroma de la derrota, siempre tuvo buen olfato pero poco instinto, sabía a qué olían las cosas que conocía, pero no era capaz de intuir de dónde venían los olores, su Cheff le había dicho que tener una buena nariz no era lo mismo que tener un buen olfato y eso lo había dejado realmente dolido, tenía razón, lo que más duele es cuando se tiene todo a la mano, pero nada detrás de los ojos para verlo, el hombre es lo que ve, lo que piensa, y jamás se lo había cuestionado, jamás se había dado cuenta que el hombre, el chef es lo huele, por eso lo sorprendían esas preparaciones de olores sutiles que evocan jardines y perfumes…

Estaba ciego ante sus olores, ante el mundo, el conocía el olor a carbón, a harina de trigo quemada, a maíz con manteca o mantequilla asada, tenía ese toque rústico que lo hacía diferente en la alta cocina, pero tenía también una ausencia, lo delicado estaba en un espectro que desconocía, que escapaba a sus matices… era como ser una mujer bonita que desconoce cómo ser sensual o sexy, incapaz de ser pícara, de provocar…

Era un cocinero no un chef, conocía recetas, pero no sabores, su condición, su vida, su barrio, su paladar era pesado, y había honrado y dignificado lo que conocía, su historia, había potenciado sus sabores, pero ignoraba demasiados matices, estaba frustrado, su nariz estaba abrumada, su paladar hostigado, como un niño gordo que encuentra las galletas que han escondido y no puede parar de masticarlas, lo motiva el recuerdo del sabor, pero no saborea ya entre mordisco y mordisco, un acto reflejo, no es especial, en el fondo es lo que le molesta, aunque ha logrado sobresalir, aunque es diferente, no es especial, aunque superó lo que de él se esperaba, aunque desafió lo que el presente le arrojaba y no le bastaron las migajas, no es especial, no está tocado, ni ungido, no ha sido elegido.

—Qué va a llevar le dicen de una manera brusca y seca

—Qué tiene

—Chuzo de res, cerdo y de mil

—De qué es el de mil

—De mil le responde

Sonrío, qué espero por mil, qué más podrían darme por mil, este es mi menú, mi calle, ese olor, ese humo con este olor a carne quemada por el frío, a res que ha empezado a acercarse peligrosamente al final del camino, alimento de carroña, y entonces lo tengo claro, soy carroña, no hace mucho salió una película donde una rata inofensiva abre su restaurante, no somos tan distintos cuando el humo se desvanece.