A quien corresponda

Quiero contarte algo: he soñado que veía y besaba las tetas más perfectas del mundo; Pero antes de seguir, necesito saber, por qué no has dado aún respuesta a la última vez que te escribí, no sé si lo recuerdas, pero asumo que la carta llegó a su destino porque la empresa de correos no me ha notificado ninguna devolución, ¿o acaso vas a responderme que lo has olvidado?, ¿es eso?, ¿o acaso ya no tienes tiempo para responder las cartas de tu padre?

Ahora, lo cierto es que no tiene relevancia si leíste la carta, pero, ¿recibiste el paquete? Por favor escríbeme, cuéntame… ojalá algún día haya una forma de saber si el mensaje ha sido recibido, pero ahora, el único medio es este, escribirte y confiar en que el cartero no se equivoque, ¿se habrá equivocado?

Discúlpeme, si no debía usted recibir esta carta, perdone mi confidencia inicial, en verdad eran las tetas más hermosas y perfectas del mundo, tamaño, textura, una piel tersa… pero ese mensaje no era para usted, de casualidad no ha recibido usted un paquete el mes pasado, debe haberse entregado por la misma fecha. Si lo hizo, podría intentar que llegue a quien la espera, es vecino suyo, tengo entendido que les pasa a menudo, creo que alguna vez recibió de él un taladro, que, aprovechando el momento, ¿no podría también usted devolvérselo?

Tengo entendido que se ha vuelto usted un poco malumorado desde que lo abandonó, su esposa, sé que es duro que lo engañen, Gloria también engañaba a Alberto, mi hijo, es el vecino suyo, al que va dirigida esta carta, y la anterior, y el paquete y el taladro que usted robó. 

En todo caso, le decía, recuerdo esas cartas largas y graciosísimas que Alberto me escribió contando con total soltura sobre cómo gemía su mujer en pleno horario laboral, ¿aún lo llaman Alce? Perdone, no viene al caso, continúo me ruboricé mucho, escuchando sobre la libertad de la lengua y la capacidad pulmonar de su mujer, dice Alberto que gemía de una manera especial, muy bella, como coro de iglesiía. Así era Gloria también, él me contaba que lo martirizaba mucho, porque desde que se supo que a Alberto lo engañaba Gloria, en la industria nadie volvió a respetarlo. Lo perdió todo, lo que más le costó fue su dignidad. El era, quizá todavía lo sea, un hombre muy pudoroso y cobarde, pobrecito, nunca pudo disfrutar de la carne, me refiero al sexo, crecí creyendo que quizá sería pastor, o sacerdote. Era un chico bien parecido pero muy lerdo, sin malicia, por eso me llam{o mucho la atención cuando me contó lo de su mujer, debe haber sido una delicia en la cama, una pena que ya no vaya a disfrutarla más.

¿Está usted bien?, perdone la ligereza con la que trato el tema, pero mi hijo me ha dicho que todo el edificio lo sabía, incluso en su trabajo y por eso los bomberos le han cambiado el turno a la noche, para evitar que siga usted bebiendo, que se corre el rumor que usted lo sabía pero no le importaba porque le daba una excusa para beber. Déjeme preguntarle por qué no le importaba, de verdad sabía mejor una copa que su sexo húmedo… yo no sería capaz de resignarme, nada sabe mejor que un sexo empapado. Pero para los gustos los colores.

Alberto, aún vive en ese edificio, o se ha mudado, es cierto que me había dicho que quizá se iba, quizá cambió de domicilio cuando se fue su mujer, no tendrá usted la amabilidad de conseguirme la dirección de su ex mujer, quizá se fue tras ella, es un tipo menudo, gafas, nunca mira a los ojos cuando saluda, era el del apartamento 305 o el 405.

Cuando terminó de leer carta Carlos se levantó arrugándola, miró a su cama vacía, el abandonó inexplicable de su esposa hace un mes lo tenía convertido en un despojo lleno de ira, sudaba, y con cierta calma, tosca y torpe caminó dando tumbos hasta el apartamento cerró la puerta del 405 y sin vacilar, caminó hasta la 305 con el taladro en la mano.

Los gritos despertaron a todo el edificio, Alberto murió desangrado antes de conseguir ayuda y Carlos no había negado ni siquiera alegado inocencia.

Cuando Andrés leyó la noticia en el periódico sensacionalista la mañana siguiente sonrió, los había encontrado en un bar hace un par de semanas y hablando con el barman había aprendido de ellos lo suficiente; sacó una lista de su bolsillo aún sonriendo y recortó la noticia del periódico.

Cuando la policía lo capturó pudieron resolver más de un centenar de casos de viejos crímenes inconclusos, con una sola pista en común, una carta dirigida siempre a los perpetradores, todas enviadas desde el mismo buzón.