Platos rotos

Lo más irónico es que esto le pase a él, decía mientras veía a lo lejos a Arturo, sentado intranquilo sobre la camilla, nunca lo había visto así, tan ausente, los reflejos estaban, golpeaba en la rodilla y se movía su pierna, tocaba su frente y parpadeaba, lo involuntario, cualquier reacción no mediada esta presente, en su cuerpo, en sus terminaciones nerviosas no había nada malo, pero él no parecía estarlo, estaba aturdido pero en alguien como él era extraño, era rápido, dentro y fuera del ring, sus respuestas llegaban a tiempo, bloqueaba bien, atacaba bien, respondía bien, sus ojos solían ser mucho más rápidos, pero hoy, hoy mientras le vendaba las manos, lo notaba diferente.

—Arturo, rey, estás bien, como parte de su equipo era importante saberlo, —Rey bebiste ayer, fumaste algo antes de venir —era incómodo, sé que no le gusta que le pregunten esas cosas, lo aprendí con los años, pero no tenía de otra, o lo despertaba aquí y ahora o lo despertaban o lo dormían a golpes sobre la lona. La mirada era un derechazo, rápido, directo, un mazazo, no habló pero era fácil entender lo que decía —No me toqués los huevos, claro. No tenía ningún viaje, tampoco estaba mareado, era peor, peor para él y para su contrincante, tenía rabia, estaba fúrico, la rabia es más peligrosa que el alcohol la droga, la rabia ciega, prefiero el miedo, como parte de su equipo prefiero cuando tiene miedo, el miedo te hace listo, la rabia te hace imprudente, el miedo te hace estar alerta, la rabia viola cualquier idea sensata, sodomiza cualquier impulso racional.

Estamos en problemas, se levanta rápido de la camilla y camina de un lado al otro, balbucea, aprieta la quijada, aprieta las manos recién vendadas, quiere tener algo en frente, algo o alguien, necesita una catarsis o una revancha, pero no dentro del cuadrilátero, Conoce al bizco López hace mucho, son amigos, profesionales, saben que los golpes son parte del oficio, nada para llevarse a casa, pero hoy podría ser diferente, el bizco no tiene la culpa, pero el Rey no tiene la cabeza en su lugar, si se descuida puede que pierda incluso la corona.

Se nota, se nota a legua que algo lo tiene mal, justo el día de la pelea, el equilibrio alrededor de algo tan grande termina en vilo por alguna tontería, un mesero maleducado, una recepcionista desconsiderada, algún taxista terco, qué fácil es echarlo todo a perder, qué fácil es hacer que alguien pierda fuera del ring, va a entrar a ahí como mucho hemos deseado a veces, simplemente con el ánimo de demostrar que nada puedo tumbarnos, que somos invencibles, más grandes que nuestras aflicciones, con las ganas de convertir la frustración, en jabs, las lágrimas en ganchos, los gritos en golpes al cuerpo, quiere castigar a todos menos al Bizco a su nuevo manager quizá, a su antiguo entrenador, tiene mucha rabia dentro, y muy pronto pagará la consecuencias, des pues de dos o tres golpes perderá el ritmo del ataque, perderá de vista la técnica, el juego de piernas, después de dos o tres golpes se sacudirá la ceguera y será demasiado tarde.

Pienso mientras que camino de un lado a otro viendo como Arturo se pasea intranquilo, sin calentar, sin hacer sparring con su sombra, sino simplemente atacando a sus recuerdos, tensando la quijada, mordiéndose la boca, debe estar ya llena de sangre, al menos de su sabor, mala cosa, ni siquiera sabrá cuando el protector lo haya lastimado…

Su intranquilidad me intranquiliza, me hace pensar en todo lo que no va bien, maldita sea esto era lo único que iba bien, necesitaba esto, pero todo suele arruinarse, salgo del camerino para tranquilizarme, pero estoy nervioso, la presión en el pecho regresa, las ganas de llorar, la ausencia de ella se hace presente, el silencio de los demás hace el eco perfecto, no estoy cómodo, no estoy tranquilo, me abruma, me abruma todo, lo entiendo, entiendo a Arturo, estoy también a un paso de hacer lo mismo, de no ser yo mismo, no puedo, no debo, tengo que recuperar el centro, pero es tan difícil, camino sin ver por donde voy, sin prestar atención a mis pasos, no veo cuando viene el referí, no veo tampoco que tiene un café que más caliente hierve, no veo y tropezamos, el grito me saca del tranza, el calor en cambio sumerge al juez en uno, me mira, mira los colores en mi camisa y resopla como un caballo… deja mi mano extendida y se va, no será un combate justo, Arturo pagará los paltos rotos.

Platos rotos.

La doctora entró taconeando a la oficina, con el ceño fruncido, las manos en la espalda; está desesperada y se despeina, sabe que está despeinada, y porque lo sabe se irrita. Cuando está así de molesta como hoy toma más café del habitual, el café en exceso le inflama el estómago; pero no puede dejarlo de beber cuando está así, siempre lo recuerda tarde, y por el vestido ceñida su abdomen irritado e inflamado asoma, la tela aprieta y la cordura está a punto de saltar por la ventana.

Todos corren a dejar en los lugares adecuados desinflamatorios, analgésicos y remedios para la gastritis, y comienzan a cancelar sus citas, es mejor que no vea a nadie cuando está de ese genio, es una caldera, abrasaría lo que se le ponga por delante, los radios se silencian, las aromáticas comienzan a circular. Está grave, es evidente, suda y comienza a sentir temblores.

Suena el teléfono de la recepción. La recepcionista tiene miedo. Ella escucha su voz temblorosa y pierde la compostura, la recepcionista llora, ella está fúrica, inepta, piensa inepta, llorona; y la recepcionista piensa, frígida mal cogida, yo qué puta culpa tengo. Pero solo dice entre sollozos sí señora, no señora, perdón, sí señora. Acto seguido los analgésicos, los antiinflamatorios, y los remedios contra la gastritis, van hacia su oficina.

Los toma todos. Ella comienza a llamar a sus clientes, no ha venido ninguno a verla, con solo escucharla todos saben lo que ocurre, NO, NO, niegan, fue algo de último momento, no pude hacer nada, la conocen, nadie quiere discutir con ella, ni hablar con ella cuando estás así.

A la tercera llamada desiste. Nadie va a ir, alguien la vio, con alguien se cruzó, no se imagina que es su propio bufete el que la saca del mercado cuando está así, es malo para el negocio, en el fondo ella lo sabe. Lo que le molesta es que alguien haga algo por ella, no lo necesita, puede manejarlo piensa.

Se sienta y nota una presión en las encías, la lengua repasa la superficie irregular de sus dientes, de las encías, succiona, el sonido le aterra. Se siente corriente y vulgar, chupando muela como su tía la gorda, esa badulaque que succiona los huesos de las gallinas, que juega con su dedo gordo y peludo con las chanclas cuando está haciéndole visita, esa torpe mujer que no combina un outfit, y al hacerlo la molesta; sobre todo porque da resultado, porque siente que la presión en su boca disminuye. De nuevo hurga con su lengua junta a junta entre cada diente y entonces la encuentra, algo, una parte, una molesta parte de comida enterrada entre los dientes, corre a su baño privado, sigue con la lengua extasiada removiendo como puede la comida, pero no es suficiente. Toma la seda, la enrolla en sus dedos con exceso de presión hasta que sus yemas quedan blancas y comienza a enterrarlas entre los dientes; se corta, el sabor a sangre en la boca no miente, metalizado, intenso, lo cubre todo; finalmente llega al lugar, aprisiona las sobras mortecinas contra la encía, le duele, lo disfruta, con un leve movimiento la rodea con la seda y entonces tira hacia abajo. La presión desaparece, el dolor cesa, y un leve alivio comienza a esparcirse por todo el cuerpo, succiona la saliva entre sus dientes, la siente pasar libre entre sus juntas, la libertad vale la pena, cueste la sangre que cueste, piensa y sonríe.

Sabe que nadie a tenido la culpa de su mal día, pero alguien debe pagar los platos rotos. Así que levanta el teléfono y marca…