Terapia

José Daniel llega a tiempo, saluda:

—Buenas noches, ¿Jairo? —pregunta mientras extiende el casco del servicio solicitado—. ¿Me da el código, por favor?

—6969 —le dice Jairo mientras da la última calada a su cigarrillo.

Le encantan los números que le ha asignado la aplicación y se le nota.

—Le tocó buen código —le dice José Daniel con esa forma en que se repiten las cosas que se aceptan socialmente, con ese tono con el que las ancianas cantan las canciones de Semana Santa, con ese rencor con el que se canta el desamor en la música de carrilera y con esa indiferencia con la que se dice «no sos vos, soy yo», sin ganas, pero con aceptación.

—¿A rumbiar? —pregunta Daniel con la voz un poco medida.

—No, al lanzamiento de un libro —le dice con tranquilidad.

—¿Lee? —le pregunta José Daniel como si fuera algo raro en su vida o en alguien como Jairo.

Quizá le sea difícil entender que alguien que dice 6969 con tanto orgullo haya leído algo, pero Jairo no lo toma a mal, quizá ni siquiera lo nota; solo se engancha con la pregunta.

—Sí, me gusta leer —le dice.

Tiene el cabello blanco y largo; esas cosas hacen que la gente parezca sabia o malvada. Se nota que para José Daniel solo es posible la primera.

—Discúlpeme, usted que lee y que se ve como un hombre maduro, ¿le puedo hacer una pregunta? —dice con una vergüenza impropia de alguien que parece buscar respuestas.

—Claro —dice Jairo—, pregunte —dice como si supiera que sabe la respuesta.

—¿Qué libro o qué autor hay que leer para uno dejar de ser tan güevón con las mujeres? —dice José Daniel con la voz rasgada de ira—. Es que a mí me han hecho de todo. Yo tengo 40 años y estoy solo —dice con un tono de voz que deja claro que para él es horrible tener 40 y estar solo—. Y la última —dice, y lo dice como si de verdad pensara que fuera la última— es que mi mujer me dejó por una mujer.

Lo dice como si pensara que eso fuera grave.

—Yo quiero escribir un libro —dice— que se llama Cómo superar el ego traicionado de haber sido abandonado por una mujer que quería a otra mujer.

«Es un mal título», piensa Jairo, pero no le dice nada. Hay gente que no necesita escuchar nada, solo sentir que es escuchada… Jairo lo intuye y lo deja hablar. Ha visto que eso funciona: uno simplemente hace las veces de un poste de luz al lado del camino, señala hacia dónde deben seguir y ellos simplemente siguen, siguen hablando, siguen llevándose a donde quiera que vayan.

José Daniel, por ejemplo, habla de que viene de un pueblo huyendo de la violencia, habla de haber sido amigo de pillos, de haber visto la muerte de cerca muchas veces, de haberse salvado de milagro de pepazos, latazos y de un par de canazos. Habla con más miedo de los últimos que de los primeros…

—Suena como si el canazo fuera peor —le dice.

—Lo es —le responde—. Uno tiene que ser muy malo para sentirse tranquilo en la cana. Un pepazo al menos a uno lo mata y muerto no hay miedo. Pero aprendí de eso y cambié, entendí algo: el hombre está solo por ego. El primero que sucumbió al ego fue Damián, cuando era un ángel que creía que podía hacer las cosas mejor que Dios —le dice.

Jairo no le responde, pero le parece curioso: acaban de convertir la creación en celos laborales. Es divina la idea de un ángel que piensa lo que todos los empleados del mundo: «Mi jefe es un idiota y yo podría hacerlo mejor». Qué demonio tan humano, qué celos tan pendejos. Pero no lo interrumpe y lo deja hablar. En este punto tiene curiosidad por lo que puede decir José Daniel.

Dice además que un tercio de los ángeles fueron arrastrados con él al infierno solo por oírlo. «Me gusta que en su relato el diablo es un sindicalista y sus compañeros sindicalizados son expulsados junto a él». Es poético si se piensa: un hombre cree que el paraíso fue destruido por celos laborales y, además, que para recuperar la pureza necesitaba salir de todos los que no entendieran el buen trabajo del jefe… «Con esto les da la razón a los costeños», piensa Jairo, «trabajar siempre ha sido un martirio».

José sigue hablando de las decisiones, Jairo trata de interrumpirlo de cuando en cuando con algún chiste pero José Daniel está enganchado a su lógica, los ignora y habla, solo habla, va en rueda libre y solo quiere hablar. «Tiene tantas ganas de hablar», piensa, «que quizá sí escriba el libro. Ojalá le cambie el nombre».

Dice que a todo el mundo le hace la misma pregunta, en especial a los viejos. Dice que los viejos contestan siempre casi de la misma manera: «Uno deja de sufrir por mujeres cuando se le deja de parar». Jairo se pregunta si a semejantes lumbreras también les habrá preguntado si leían.

Las calles quedan atrás y llegan al lugar de destino.

—Gracias —le dice Jairo mientras le devuelve el casco.

—Espero que no le moleste que sea tan hablador. Me hace bien hablar con gente madura como usted —dice José Daniel mientras le recibe el casco, agradecido.

Jairo se da la vuelta y entra a su teatro. «Es una olla a presión el pobre tipo; el día que no hable, estalla», piensa mientras toma un vino de la barra. El lanzamiento aún no empieza y él huele el trago, saborea el trago y bebe hasta saciarse.

—Cada quien hace terapia como puede —le dice a Clara mientras le pide que le sirva otra copa.