Leyes

Él mira el correo y sonríe. Lee con detenimiento y, por un momento, clava sus ojos en los dedos sobre el teclado. Ella tiene razón, no le gusta que la tenga, pero tiene razón. Los acuerdos son de caballeros y gente civilizada; las reglas son de los cobardes, piensa. Los cobardes saben que las leyes y las reglas son flexibles y poco claras, que son difusas, que tienen huecos y vacíos por donde cualquier rata puede colarse. Los acuerdos están cimentados bajo otra lógica, una más honorable: no se trata de que te descubran en medio de un engaño, un acuerdo se hace solamente con la intención de manifestar lo que se intuye, de crear un espacio donde ni la duda ni la incertidumbre existan, piensa todo mientras intenta encontrar las palabras para contestarle…

Las leyes son trampas. Acelera cuando no te vean, reenvíate audios y escúchalos en tu chat para que no sepan que los viste, cambia billetes falsos en las limosnas del domingo donde nadie te vea, niégalo todo y, como canta un jamaiquino, decir que no fuiste vos basta. Si no hay una prueba, basta; si no te pueden culpar, basta. Lo ilegal no es romper la ley, lo ilegal es que te vean haciéndolo, piensa el cobarde que confía en las leyes, el que se arropa con ellas y el que recurre a ellas es astuto, pero poco fiable.

Relee el correo y la sonrisa sigue presente. No es culpa de ella, piensa. Es claro que la omisión o el sobreentendimiento han partido de él, él es el culpable, él fue quien creyó haber acordado, quien supuso que el pacto había sido, pese a los géneros, un acuerdo de caballeros. Olvidó que la mezquindad no tiene solo pronombres masculinos, pensaba que bastaría un acuerdo público y no recurrió a firmar lo pactado… Idiota, piensa y sonríe.

Yo no escuché, afirma ella; yo no puedo demostrar que sí. Yo no puedo probar que el acuerdo quedó claro para todos, porque los cobardes comparten cobija, porque saben que en una situación de mi palabra contra la suya la ley la protege. La ley está siempre del lado de quien quiere evadirla: basta con desacelerar cerca de la cámara de fotomulta, con esconder la mano después de haber lanzado la piedra, basta con mediar el lenguaje y fingir sorpresa, basta un poco de vergüenza y de esa tienen a sacos los cobardes, porque donde el orgullo vacila la mezquindad florece.

Relee y se ofende, pero sonríe. Bien jugado, piensa. Las reglas estaban claras, la omisión también lo estaba, ella actuaba bajo la única regla que conoce, la de la ventaja. No entendí, no escuché, no fue claro, no importaría… La justicia es ciega y solo ve lo que está sobre el papel, solo ve la ausencia del procedimiento. La ley existe porque ellos existen, y está bien que exista, porque la trampa está servida. Una vez se usa, el cobarde se asusta; cuando la luz se enciende, las alimañas se esconden. No tiene realmente nada de qué asustarse, represalias no habrá ninguna externa, es un acuerdo que tiene consigo mismo: no se compite bajo las reglas de otros, no se toman represalias por posturas éticas diferentes, no cambiar lo que se es por mezquino que sea el lugar adonde se vaya.

Una revolución ética solo es posible de esa manera, piensa. En su cabeza la felicita, pero no habrá sermón ni reprimenda. Su castigo será vivir así para siempre, con miedo de ver la luz, con el pánico de ser descubierta. Él olvidará su nombre, su existencia, y será preciso con lo que pida y para cuando lo pida. Que viva ella en el margen de las leyes, de las reglas, en ese otro mundo con quienes no se pactan acuerdos, y él no acordará entonces ayudarle ni cultivar ningún talento. No acompañará más su desarrollo porque todo crecimiento requiere de un acuerdo de sacrificio, esas son las leyes.

Presentes

Jorge se mueve con fluidez entre la gente, no corre de manera agitada, no parece si quiera que esté corriendo, su cabello no se agita, no se revuelve, algo que sería extraño en cualquier otro ser humano, en él es usual, siempre se ve en control, siempre. No empuja ni apresura nadie, esquiva, se adelanta a los hechos y avanza con una facilidad aterradora, yo estoy atrás atrapado en tráfico humano, en este caos indescifrable de compras de último minuto, de centros comerciales atestados de gente, cuánto lo envidio… no solo por moverse más rápido que yo, sino por esa puta costumbre de adelantarse a todo. Un puto enfermo que no puede solo estar aquí y ahora.

La gente me choca y yo les devuelvo el cariño, después de todo soy grande, pesar 120 kilos y medir 1.85 me permite salir sin dolores, no tumbo a nadie, no molesto a nadie, pero a esos que no tropiezan, a eso que tienen afán y que intentan incomodarme, a esos no trato de evadirlos, los busco y los atropello, con fuerza, que reboten, que entiendan que su prisa no es una razón para incomodar al mundo, odio a los egocéntricos, a los impertinentes y los desconsiderados, a todo el que no piensa en el otro, a todos ellos, quiero llevármelos por delante. Evitarlo me dotaría de nobleza, soy capaz de forzarlos, intento no hacerlo, pero estoy cansado de verlos, de permitirles creer que tienen el control y el poder, Jorge es sutil, los esquiva, no se inmuta, fui como el mucho tiempo, pero ya soy incapaz de hacerlo, quizá él siga mis pasos, quizá yo los suyos, pero por ahora no quiero evadirlos, quiero mandarlos a la puta lona donde deberían estar.

Necesito 3 presentes, el centro comercial parece decidido a retrasarme, a negármelos, pero es mi culpa, sé que es mi culpa, soy terco, no aprendo las lecciones, los perfume no combinan conmigo, mi cuerpo no los absorbe bien, pero me gustan, los perfumes tienen cierta magia, crean ambientes, imágenes, hay elevadores que quedan impregnados de aromas e imagino a las personas que los usan, quiero ser esa imagen en la mente de alguien, así que demoro más de lo debido y la hora pico llega antes de terminar las compras, Jorge las tiene listas desde la última semana de noviembre, tiene gusto, mucho gusto, sus regalos nunca dependen de las ofertas de temporada, no son costosos pero son exquisitos, serenos como él, saberlo me recuerda que soy un desastre… quizá el siga mis pasos, quizá yo los de él. Por ahora lo veo escabullirse y llevarme a los almacenes que le gustan. Son comunes, casi invisibles, en ellos no hay filas ni aglomeraciones, el gusto, el buen gusto es así, difícil de encontrar para quienes no reconocemos las señales, son económicos por fortuna, y estando allí no hay pierde.

Encuentro con facilidad lo que necesito, me abruma saber que hay un mundo que no puedo ver, secretos frente a mis narices, quizá él deje de ver el mundo con esos ojos, quizá yo aprenda a ver el mundo como él lo hace, quizá pueda ignorar a aquellos que me roban la paz, la tranquilidad, pero eso implicaría dejarlos ser, y no quiero, necesito darles algo que los despierte, un regalo que les abra los ojos, un derechazo a la quijada…

Él se rie, presiento que sabe lo que pienso, no lo hace, pero pasa con todos los que aprenden a fluir en el mundo, no con el mundo, no mezclan, son como un velero, encuentran las corrientes que los benefician, leen el viento y el mar, saben cómo cruzarlo para aprovecharlo y alejarse de la vida turbia, de las tormentas, están meciéndose en la cresta de la ola, y encuentran en las estrellas, en su instinto ese norte que los lleva siempre a buen puerto.

Yo en cambio me siento como un carguero, pequeño, fuerte y capaz de arrastrar a estos hijos de puta lejos de la orilla. Sí quizá aprenda a ver ese mundo que ve Jorge, mientras tanto a los hijos de puta tengo muchos presentes para darles.