Lagartija

Fabio tiene la cara un poco golpeada por el día; le pasa cada día y él simplemente camina de nuevo hacia cada comienzo, como Alfonsina camina al mar. No hay día que no sienta que es un sparring desparejo, un hambriento y debilucho; aun así, trepa con confianza al ring, aunque sabe que no será diferente. Su vida es poner la otra mejilla, sentir el golpe y el descarte. Él se lo banca como puede, sin orgullo ni mérito, sin nobleza enaltecida; lo hace porque es lo único que puede hacer. No tiene la piel tostada por el sol, no tiene callos en las manos ni los pulmones comidos por el hollín. La ha tenido fácil, piensan muchos al verlo, aunque la cara a veces logra persuadirlos. Parece que algo le pasa siempre, que nunca está en paz; parece cansado, desgastado… aunque su único trabajo real es leer libros y escribir libros; aun así, la vida trapea el piso con él siempre que puede.

—¿Estás bien? La pregunta es cotidiana y simple, pero él nunca la evade.

—No, nadie puede estarlo, pero, por todo lo demás, no me quejo.

La respuesta parece hilarante a algunos, angustiante a otros, dramática a la mayoría, pero Fabio no miente. Así siente que se siente sentir tanto. Es una confesión más que una corazonada; es simplemente lo que tiene para decir y lo dice.

—Siempre optimista —le recriminan, con burla y algo de cariño, los más cercanos, esos que parecen sus sombras.

—Siempre —contesta él, con una sonrisa que parece ignorar la burla y afirmar como postulado su contenido.

Y, cuando nota esa mirada un tanto desorientada e incrédula, se explica, aunque no es necesario, aunque resulte inoportuno:

—Sabés que soy agnóstico, que desconfío de teístas y de ateos por igual, que no me desgasto en controvertir creencias y que no busco demostrar que alguien tiene la razón, aunque no pueda resistirme a señalar uno que otro error; pero no para demostrar que yo no lo esté. Es algo más de estandarizar la posibilidad del reconocimiento de los conceptos. Un mundo en el que la gente esté abierta a sus errores sería un mundo mejor. Pero el caso, amigo, es que puedo contemplar la idea y eso me hace un optimista, porque no es optimista el que cree que todo va bien pese a la evidencia, sino aquel que puede imaginar un presente mejorable y un futuro mejorado.

Puede ver en los rostros de sus interlocutores que la respuesta los deja con mal sabor de boca. Sonríe para sí mismo: es un poco el sabor que él tiene cada día. Ha sido una pequeña cucharada involuntaria de su propia sensibilidad. Cada día la vida le sabe así. No pretendía hacerlo y, para él, no es del todo un mal sabor; es un poco un gusto adquirido. Leer libros, escribir libros… Los abuelos tenían razón: no lea tanto, que se enloquece; no piense tanto, que eso hace daño. Para él, el daño ya estaba hecho, pero siempre le ha gustado hacer daños. Daña ideas. Dañar implica descubrir qué hay dentro de. Para él funciona, pero sabe que es un acto violento el de romper la frágil felicidad para ver qué la compone. Se disculpa:

—Perdoná, no era la intención. Vos sabés que soy así: una lagartija con la piel delgadita, que todo se me cuela, que de cualquier lado me pego, que por todo lado me arrastro, que el mundo lo llevo de cabeza, que tengo la sangre fría y que me escurro por todo lado. No puedo evitarlo —dice mientras saca la lengua por un costado, pintando el cuadro de una forma ridícula y banal.

Se ríen y él respira aliviado. El dolor no es suyo para que lo carguen y no es necesario para ellos; sin embargo, él lo acepta gustoso. Le duele porque está vivo y atento; le duele y, mientras todo le duela, podrá seguir creando; mientras todo lo incomode, tendrá que seguir creando. La vida le duele y, entonces, mientras le duela, sabrá con seguridad que la vida vale la pena. Y sigue su camino con la cara un poco cansada, pero con una sonrisa en el rostro.

—Pobre marica —dice quien se lo cruza—. Tiene la cabeza hecha un costal de anzuelos.

Y no se equivoca, pero a Fabio eso no lo jode: resistir es el precio de estar vivo.

Reloj de pared

De izquierda a derecha sacude la cola a un ritmo placentero y, con su movimiento, marca el avance del tiempo; parece casi contento, diría uno, incluso, que feliz, sin razón, sin motivo y, sobre todo, sin necesitarlo, soberbio como un loro que se ríe justo cuando alguien se cae, él tranquilo mirando una lagartija inoportuna que se niega a moverse esperando que él se canse… si yo tuviera su paciencia, pienso y sonrío… mauuuuuuuuuu, le digo; mauuuuuu, me responde; no nos decimos nada, pero es mi forma de decirle gracias, no nos decimos nada, pero es su forma de decirme que no le pare bolas a eso.

Quisiera, yo quisiera, pero no puedo, no sin traicionarme, no a sabiendas de que si dejara de importarme lo que me importa, si viviera como otros viven, si aceptara de manera tan sumisa, me sería impropio, la pelea hay que darla, tiene que poderse, necesito que se pueda, y si no, por lo menos intentarlo, se puede perder, se vale perder si se pierde con la frente en alto, aunque no sirva de nada, como él gritándole a esa lagartija, como su deseo de saborearla, como su intención de arrancarle las patas y saborearla… quiere, quiero, pero la vida no nos da nada, solo una boca para maullar la rabia y la impotencia de no poder morder, de no alcanzar, de no llegar.

No se mueve y no se altera, en eso me gana, tiene ese instinto de cazador juguetón que a mí me cansa, tiene esa fuerza y ese ímpetu que le permite esperar, sabe que vendrá, sabe que bajará en algún momento, por alguna razón, sabe que es cuestión de tiempo… no es cierto, miento, no lo sabe, pero aun sin saberlo no pierde la calma, le basta excitarse imaginando su sabor, yo no puedo, no me basta, no es suficiente, quiero su boca en mi boca, agarrarla despacito, disfrutarla de a poquitos… pero me cansa esperar, me cansa la conversación tan vacía, tan lejana.

Él parece esperar indiferente, sé que no lo está, deseo que no lo esté, no puede estarlo, no si realmente le gusta, no se puede fingir indiferencia, aunque sí se puede renunciar al deseo, pero no tiene cara de estar cansado, no tiene cara de notar la hora y no ha tenido un día largo que lo atormente, no tiene por qué dar el brazo a torcer, no es como si le hubiera dejado de escribir, no es como si hubieran hablado de algo alguna vez, ella es una lagartija y hace lo que sabe, caminar por los techos, qué culpa tiene ella de que a él eso le guste, nunca lo hizo para él, ni le pidió que la mirara hacerlo, aunque le gusta su atención, le hace palpitar fuerte el corazón y le calienta la sangre fría que le congela el corazón, glu glu glu, le grita en ese juego de escondérsele, porque quiere que la mire, con sus ojos fríos, hambrientos, sedientos, y él acude, con ganas, con la boca hecha saliva… mezquina y manipuladora, casi humana, casi cínica, no tiene mucho adónde ir, hace lo que sabe, es su naturaleza, pero él tampoco tiene cómo resistirse, así es la suya.

Ese cortejo fúnebre, casi triste, es interesante de ver, lo suficiente para no perderlo de vista sin perderla de vista, quiero ver qué pasa, incluso si no pasa nada, no tengo su disposición juguetona hacia la ausencia y la distancia, odio esas frivolidades, pero es mi naturaleza ver, mirar y tratar de entender, esa es la peor parte, cuando después de un rato no hay nada que no pueda justificarse, porque se nota que los sobrepasa, que no es su intención, que nadie intenta dañar a nadie, casi nunca, muy de vez en cuando, que los buenos sí somos más, que los daños son colaterales, que la culpa no es más que un remordimiento frente a un capricho tozudo que no tenía nunca ni futuro ni fundamento, jode verlo, jode darse cuenta viendo un gato ver una lagartija que parece ocultársele mientras hace ruidos para que la vea, para que la encuentre, y en medio de ese caos, cucú, cucú, cucú, cucú, hasta llegar a las 12, y entonces él voltea con su cola como un péndulo tranquila marcando los segundos, viendo la pequeña artesanía de madera aparecer y desaparecer… olvidando que desde el techo lo observan, río de nuevo, no tengo su desinterés natural y maldito mientras le quito las pilas al puto reloj.