Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Un poco de todo

La clase comenzó puntual como lo habían advertido. Era aterrador el escenario, pasó al frente de todos, una hoja como escudo, y la vida escrita en ella, el dolor, el miedo, uno a uno leían con la garganta cerrada y con el miedo en los ojos. Había de todo, desde lo normal hasta lo extraordinario y en medio de ese pánico cinematográfico, de esa tensión consciente que genera conocer la lista, sabía que se acercaba mi turno, y lento pero preciso el tiempo correría hasta alcanzar mi apellido; allí no habría escapatoria.

Y entonces sucedió, mi apellido resonó fuerte. Me levanté temblando y caminé deseando haber omitido algunas frases, deseando haber escrito algo más, haberles contado sobre cómo fantaseaba con alguien, o hablarles de mi primer viaje, no debí abrir esta puerta, no quiero que nadie se asome, que nadie lo lea, ni mucho menos leerlo, quiero recuperar mi privacidad; pero es tarde, estoy ya frente al grupo y mi voz ya ha empezado a narrar:

El 20 de julio de 2016 Leila Guerrero escribió «¿Les pasa?» Una pregunta que se respondía a sí misma, una conversación silenciosa con la que puedo asentir en silencio.  —Contantemente, Leila, constantemente. Quisiera conocerla para decirle sí me pasa. Quisiera tenerla en frente para decirle algo que ella seguramente ya sabía incluso antes de escribir, que no estaba sola y había un montón de gente sintiéndose igual, adolorida, con más anzuelos clavados en el corazón, que su pregunta intencional y subversiva no solo iba a entrar a confirmar un estado sino a explicar un montón de cosas para mi vida, en especial que estaba bien.

Quizá la pregunta nunca fue para sí misma, quizá era para los demás, para los que estábamos frente a la pantalla, de espaldas al mundo. Quizá fuera para nosotros, la hoja temblaba en mis manos, estoy contando demasiado, sabrán de mi soledad y mi dolor, están viéndome todo, no me siento empelota, no, me siento traslúcido, no solo ven dentro, ven a través, pienso mientras leo, creo que piensan mientras cuento.

Hay silencio, mucho silencio. Seguro no me oyen, seguro se aburren, seguro piensan en alguien más, en algo más, seguro no están aquí conmigo sufriendo este momento tenso, los otros textos han sido superficiales, anécdotas divertidas, adolescentes enfrentando su desamor, su insomnio, despechos juveniles, dolorosos, pero nada trascendentales. Y a mí viene y me da por hablar de que nada está bien, aunque todo esté bien, de esos días donde todo me hastía, de esos momentos en los que yo me pierdo, de ese silencio que aturde, de ese espasmo emocional que me contrae las ganas. Por qué, por qué.

Continúo leyendo, y hablo sobre como me gustaría ver a Leila a los ojos y ver mi reflejo en ellos, sentirme parte de ella como cuando la leí por primera vez, como cuando asentí entre lágrimas y le dije sí, sí me pasa, a una pantalla, como cuando vi el día pasar recordando que un día, un 26 de julio de 2017 leí por primera vez a Leila y nunca pude dejar sus palabras, que siguen allí, atravesadas en el corazón junto al anzuelo que me la recuerda, junto a la vida que pasa sin a veces tocarme. Sí Leila, a mí me pasó, a mí no ha dejado de pasarme.

Escucho aplausos, es mi profesor, me mira riendo. He sufrido, lo sabe, le gusta, sádico hijo de perra.