Destinos

Lo mira, desde la distancia lo sigue con sus ojos sin perder de vista cómo se mueve, gira sin mirar y la bandeja que lleva sobre su mano derecha está llena, lleva una sopa, un café, un postre… todo se mantiene dentro de la bandeja por el efecto y el giro de muñeca que contrarresta la fuerza centrífuga que debería desplazarla hacia afuera de ella, no sabe cómo lo hace, tiene talento para las mesas pero no sabe mirar alrededor, es un peligro… y le pasa a muchos, son antónimos de sus talentos, criptonita de su superfuerza, son básicamente torpes agraciados y, aun así, ellos son los únicos inocentes en los accidentes, no existe uno sin ellos.

Mientras que el flaco piensa eso, observa a otro torpe agraciado estirarse olvidando que está dentro de un restaurante, lo ve abrir los ojos al tocar un disco metálico que no esperaba que estuviera allí, lo ve abrir los ojos mientras ve al mesero abrir la boca tan grande como las pupilas, presa del pánico, piensa en la sopa piensa, en el café, pero la verdad es que en su movimiento lleno de pánico solo hay una pregunta atravesándolo: ¿qué pasó?… no lo sabe, no puede saberlo, nunca está atento a su alrededor, así que no puede prever lo que puede pasar, el flaco, en cambio, lo mira consciente de todo, sabe a dónde va, calcula dónde caerá la sopa, dónde el café, dónde la cereza del postre y dónde el postre, sabe que será sobre él, aun así no se mueve, se prepara, sabe que la crema le ensuciará la cara, que la cereza caerá sobre su acompañante y ella estará muy asustada, que la sopa, por fortuna de todos, se estallará en medio del salón y salpicará solo un par de mesas, quedándose en su mayoría en los manteles y un poco en la mano del gordo director de orquesta que ha hecho caer esa torre de pizza.

Hay gritos e improperios, la mayoría del susto, los accidentes los sorprenden a todos, cuando hay sorpresa no hay culpables, solo angustias, nadie ha podido admirar nada con la claridad con la que él lo ha hecho, nadie lo ha visto venir y él finge no haberlo visto, porque ante el caos accidental la gente calla, pero ante la omisión deliberada estalla, podrías haberlo evitado, podrías haber dicho algo, advertirlo… lo sabe, le ha pasado antes, ha intentado ayudar, ha concluido que no vale la pena, la gente se indigna si uno la advierte de su torpeza, exigen formas y maneras, no vale la pena salvar a quien no sabe de qué se ha salvado, si no se siente en riesgo no hay forma de convencerlo de que lo está y mucho menos de que lo estaba, la sangre hace que los predadores pierdan el control; el ego hace que los idiotas lo hagan, así que ha aprendido a disfrutar de pensamiento, obra y omisión, que pase lo que tenga que pasar, que se queme todo, que se rompa todo frente a sus ojos sin culpa ni sospecha, que todo reviente, fue sabio quien dijo que solo la gente muy ingenua da consejos, no vale la pena prevenir nada, a menos de que puedas evitar un gran daño hay que dejar que todo pase, está convencido de que la teoría de la evolución de Darwin venía de una mirada como la suya, inquieta y atenta y cómplice, una que dejaba que el río siguiera su curso, chocarse con las piedras, abrirse camino a través de ellas y caer.

—Qué mala suerte —dice quien le acompaña.

—Qué buena suerte —dice él mientras le señala la sopa muy cerca de ella, incluso mientras le deja ver la crema en su rostro y en su camisa—, pudo ser mucho peor.

—También podría no haber pasado nada y estar todos bien.

—Esa no es una opción o ya hace un rato que dejó de serlo, y no vale la pena ya vivir pensando en ella.

—No puedo creer que nadie haya podido evitarlo.

—Así son los accidentes —le dice.

—Nada es un accidente —dice.

No se equivoca, pero está lejos de acertar la respuesta, así que asiente condescendiente.

—Debe ser el destino —dice con una sonrisa fría y calculadora.

—Sí, debe ser eso: que seas tú la cereza de mi pastel.

Trapitos al sol

Alberto tiene 50 años y camina despreciando las telas que cuelgan de los balcones, camina irritado y tozudo, como camina todo aquel que cree aprehender la verdad y la razón, a un paso constante y firme, las telas de colores lo irritan y lo provocan, antes esto no era así piensa pero no dice nada, guarda su aparente compostura, su frágil paz y su intranquila tranquilidad, el barrio donde soñó vivir y ahora vive le parece menos digno de lo que el sueño lo hacía sentirse, culpa a las sábanas, a las toallas y a los jeans azules, negros y a los vestidos y las faldas, agradece que no hayan calzoncillos a la vista, ni cucos curtidos expuestos, pero el alivio no le da tregua a su incomodidad, él sigue caminando con una falsa dignidad que funciona como un corrector de postura, la quijada erguida, la espalda recta, sin mirar al piso.

Mira siempre al frente como le enseñaron, como le dijeron, hombros rectos, manos sueltas, no hay cadencia en su paso, solo un ritmo constante, tac, tac, tac, parece que marcha aunque camina, es un paso constante, los caminantes dirían que es de los que saben caminar, la camisa va por dentro, planchada, el reloj en la mano izquierda, la argolla de matrimonio puesta, parece un tipo formal, sabe aparentarlo, saluda a los vigilantes de su conjunto por nombre, le gusta la diligencia con la que le responden don o señor, no parece darse cuenta que lo hace más por eso que por otra cosa, no los conoce mucho, les regala algo de vez en cuando, sabe lucir sin lucirse, nadie podría decir que lo hace para ser respetado, parece que lo hace por buen samaritano, como buen feligrés, aunque incluso cada domingo camine tozudo por el templo a recibir el cuerpo del hijo de dios en su boca completamente seguro de que hay allí muchos que no lo merecen porque se alejan de ser eso que él cree se acerca a ser.

La ley que lo gobierna piensa es real, la postura que defiende piensa que es verdad, la fe que profesa piensa es la única y verdadera, si la moral está con él quién podrá con él piensa, por eso se incomoda de que todo aquello que repele se le acerque, qué hacen esas sábanas fuera de una secadora, qué hacen esas ropas de telas corrientes secándose al sol como si el barrio fuera un balneario, qué hacen las personas en pijama en la calle como si, qué hace una tienda con sillas en la calle donde debería haber un minimercado y un parqueadero, qué hace la sociedad acercándosele con esa forma tan rústica, tan corriente… se perdieron los valores, el gusto, las buenas costumbres a las que él siempre quiso estar acostumbrado, su presencia serenamente inquieta es casi un acto de resistencia del tiempo piensa, ahora destaca más, ahora sirve de ejemplo, la moral lo respalda, la suya y la de los suyos, un ciudadano ejemplar preocupado como todo ciudadano por aquello que cree le pertenece.

Alberto camina disimulando sus disgustos, no participa con el afuera, agua y aceite piensa, piensa que es puro y bueno y que el mal no se le acerca, cree en lo que tantas veces se ha repetido y que si a la hora de la muerte el demonio lo tentara le diría que no tiene parte de su alma porque el día de la santa cruz dijo mil veces… mil veces, aunque se cambia de acera cuando viene uno que no luce como él luce, aunque pierde el apetito cuando se le acerca alguien con hambre, aunque su dios hable de amor y paz él sonría ante las muertes de aquellos que atentan contra su tranquilidad; no maltrata a los demás le basta con despreciarlos y señalarlos, a todos quienes no están a su altura social, la sociedad de los zancos, de personas que se hacen grandes a cualquier costo y en cualquier medio, Alberto es de esos que se incomodan por las sábanas que le dañan la vista desde su balcón y su camino pero nunca se incomodan con el espejo, que el asco lo tienen afuera pero nunca como reflejo, es el otro al que hay que examinar con detalle piensa para no ensuciarse, su reflejo solo le sirve para asegurarse que su ropa combine, que sus colores se hermanen, que sí parezca aquello a lo que quiere parecerse.

Un vecino lo mira pasar todos los días, sabe que piensa que la legítima defensa le impide estar mal, por eso lo mira siempre con un poco de lástima, Alberto lo mira y le alza la mano a la distancia, se conocen, él le responde alzando la cabeza desde su balcón con la ropita afuera sonriente, con la camisa arrugada y colorida, con la ropa manchada; sabe que le molesta ver un hombre que como él viviendo como esos que él llama ellos, pero prefiere tener la ropita sucia y la cabeza tranquila, Alberto se inquieta al verlo, tan tranquilo como él aparenta ser sin ninguna razón para serlo, cómo hará se pregunta pero no se lo pregunta… el vecino alza el café que se toma en un gesto amable que no parece digno del momento, pero al fin y al cabo vivir con los trapitos al sol le quita peso a todo lo que hay afuera.

Chuparse los dedos

Es casi un acto reflejo, le ganan las ganas y no, simplemente no puede resistirse a algo tan simple, acerca sus manos a la boca y se lame, el sabor le ha bañado las muñecas, le ha cubierto los dedos y le hace olvidar todo, sabe bien, demasiado bien y es lo único que le importa, sabe que los adultos no se lamen en público, no así, no a medio caminar, es un privilegio de los niños poder hacerlo, valdría la pena nunca crecer para poder hacerlo sin culpa, para disfrutar de ese pequeño placer sin vergüenza alguna, pero, como muchas otras cosas en la vida, uno se deshace de la infancia con un afán precoz.

El sonido de los labios contra la piel le gusta, la saliva, el juego, el jugo, la saliva, los labios, los dientes… le gusta, simplemente le gusta, tiene algo animal, tiene algo que le impide olvidarlo o pasarlo por alto, y cuando llega la oportunidad la toma, parece casi untarse a propósito para tener una excusa para hacerlo, aunque no la necesita, está justificado desde su deseo y anhelo, cada quien sorbe lo que quiere, lo que puede, el tuétano del pollo, el colorante saborizado del raspado, el juguito de la carne del plato, el éxtasis que se escapa de los labios… lo piensa y se relame, piensa también en la lecherita ensangrentada escurriéndole por los dedos, en el glaseado de las batidoras, en todos esos momentos donde, como cualquier pirulito, la vida le entrega el placer justo en la punta de la lengua…

No hay nada que pueda impedirle que lo haga, no le importa, se lame porque puede y porque quiere, porque, al fin y al cabo, no es problema de nadie, su criterio estético que encuentra desagradable su costumbre no es su preocupación ni merece ser honrado por su pudor, lo desprecia, nada peor que una dictadura estética sobre el placer, como si el éxtasis fuera apreciativo y no sensitivo, lo que importa es lo que se siente indiferente de lo que se luzca, más lerdo el que se contiene solo para no incomodar la percepción moral de otro, piensa mientras recuerda las gotas de helado derretido corriéndole por las muñecas, el chantillí recuperado de las mejillas, la natilla de las cucharas de palo.

Todo decoro le parece impresentable, innecesario, el lujo es vulgaridad recuerda casi tarareando mientras de nuevo pega la boca al interior de sus muñecas para levantar un poco de aquello que lo tienta, recuerda la miel de algunos panqueques, el glaseado derretido por los lengüetazos de alguna chuchería y se relame con ganas, tensa la bolsa que tiene entre las manos y se acerca a ella con la misma liturgia que un gato ante un churu y con la misma ansia intenta arrebatar el sabor del envoltorio, se entrega al gusto, al momento y se pierde en cada lengüetazo.

Lo ve de frente y no sabe lo que piensa, lo ve de frente con los ojos cerrados, con la boca levantando unas pequeñas gotas de salsa y un ripio pequeño de papas y virutas de una ensalada, lo asombra su hambre y su apetito, lo asombra que nada le impida llevarse la bolsa a la boca, ni la mugre de sus manos, ni la basura que está aún en ella, ni la posibilidad de pensar en qué más estuvo sobre ella en la caneca de basura de donde la saca, el hambre no admite preguntas ni tiene criterios asépticos, no le desagrada verlo, pero no imagina que él no imagine todo lo que pudo estar ahí y que lo lleve a su boca con tanta complacencia, que los disfrute con tanto placer, se sorprende con la imagen y piensa en qué pensará para disfrutar tanto de una bolsa de hamburguesa salida de la basura, piensa en que algo debe recordar para considerarla un manjar digno de chuparse los dedos… sigue de largo con la idea en la cabeza, cada quien se chupa lo que puede, con las ganas que le dé la gana.

Réplicas

“Todo ya fue, todo ya pasó aunque no haya pasado nada”

El flaco

—Las cosas grandes en la vida, las que son de verdad, pasan una sola vez y el resto son réplicas —dice el flaco sin que nadie se lo pregunte y sin que venga al caso. Lo dice en medio de un asado de unos amigos que celebran su nuevo hogar, lo dice sin contexto y sin mediación, lo dice para él y para todos, lo dice para escucharlo, piensa, lo dice sin ver a nadie a los ojos ni al rostro, lo dice mientras se acalora en el barril, mientras juega con el fuego y el humo, hace señales y no se da cuenta, hace ruido y no se lamenta, así es el flaco, el mar hace olas porque tiene el estómago revuelto y él a veces es igual, tiene sus orillas, sus profundidades y sus torbellinos que pueden tragárselo todo.

No le importa mucho si alguien lo oyó o no, tenía que decirlo, el flaco es así, nunca está del todo bien, no entiende mucho eso de que la gente espere cosas de la gente y por eso no es de extrañar que sea extraño, porque no se regula ni entiende de espacios o momentos, es un impulso, una brasa, por eso mismo no se aleja del fuego, se enfría si se va, se pierde en medio de la gente, le cuesta ser eso que otro espera, pero piensa y arde, y se consume mientras consume todo lo que le gusta y le provoca.

Decirlo lo hace pensarlo, por eso la gente tiene tipos de cosas, tipos de amigos que se replican en otros amigos, tipos de mujeres y de hombres, quizá por eso siempre le llaman la atención las miradas profundas, las almas encendidas, las que admira, el deseo es una convención, nada es deseable fuera de un orden social, pero cada uno desea en el otro lo que espera se desee en uno mismo, un tipo de carne, un tipo de tragos, un tipo de libros, una especie de ecos que resuenan sin algo que los respalde, aromas que atraen, moscas en bocas de plantas carnívoras, peces persiguiendo luces hasta las fauces de un depredador avezado.

La idea no lo suelta, tiene esa mirada presente ausente, esa espacialidad ocupada de distracción, la alarma al fondo resuena, «alarma, mi negro», le gritan desde adentro, lo despiertan, abre, saca, voltea, mira, retira un par de ganchos, está lista la picaña y la bondiola, las retira y vuelve a cerrar, camina a la cocina un poco presente, lo suficiente para no cortarse ni para hacer muchos daños, para interactuar de manera normal, se habla de fútbol, de conciertos, de personas, de momentos, las personas ríen, es bueno ver personas reír, hace eco en nosotros, se siente en calma y tranquilo allí, parte y reparte, olvidó la sal parrillera, no es crucial pero sí importante, eso le pasa no solo a la carne, a uno también, piensa, a uno a ratos le falta sal, o le sobra, a uno a ratos le falta gracia y acompañamiento, le falta término, uno a veces simplemente no le llega al tipo de nada ni de nadie, uno a veces es un mal tipo o un tipo simple, a veces incluso un tipo simplón. Acompaña la ronda de criolla, tapa la ausencia con otros sabores, se hace más pasable, más cercano, más tipo su tipo, la salsa lo arregla todo, piensa, por eso es importante bailar salsa, aunque no baila bien salsa, pero lo importante es moverse, piensa mientras vuelve al barril, a su alrededor todo está bien, parece estarlo, es un eco, una réplica de todo lo que está bien, de esos momentos que se repiten por fortuna aunque no sean a menudo, no importa que sean frecuentes, uno tiende siempre a desear más de lo que le gusta, a extenderlos y a apresurarlos, pero no vale la pena, al final viven en uno, al final son parte de uno.

—Muy rico, negrito —le gritan desde adentro.

—¿Qué tal el término? —pregunta, sabiendo la respuesta.

—Melo, papi, todo está melo.

Y él asiente sonriente porque ya lo sabía, es solo un eco, una réplica de estar juntos.

Andar entre la miel

Fernando trabaja con el ceño fruncido, la acidez en la garganta lo ayuda a apretar el entrecejo, el estrés lo ayuda a no levantar cabeza, el ruido a su alrededor hace que se encorve e intente ensimismarse; parece concentrado, la verdad es que está más constipado que otra cosa, y eso también lo lleva a recogerse más sobre sí mismo. Tiene retorcijones, tiene, podría decirse, razones para estarlo; más que razones, excusas, pero bien reza el dicho popular… untado un dedo, untada la mano.

Recuerda la sensación de la noche anterior: el frío en la sien, la sudoración fría, la idea rondándole la cabeza… ¿será esto un infarto, un derrame? El cuerpo débil, llenándose de náuseas; las manos, llenándose de frío; su cuerpo en el piso, evitando desvanecerse… ¿Qué mierda le pasa al cuerpo? ¿Serán los años llegando con rabia? ¿Será la muerte manoseándole el futuro?…

Siente el tiempo en su contra, siente la saña y venganza, siente al tiempo rencoroso volver de todas esas tardes donde no hizo más que matar el tiempo, que despreciarlo, y no solo lo dejó consumirse, sino que pareció avivarlo con la mayor displicencia posible, viendo pasar el día sin siquiera intentar hacer algo. Parece que el tiempo tiene buena memoria, parece que piensa en esos días, en esos segundos que fueron desperdiciados y omitidos; son todos esos “mañana lo hago”, ese “pa’ qué estresarse hoy”… Las cuentas son largas; si viene a cobrar, el precio es alto, piensa mientras bebe agua tratando de apagar el ardor de su garganta, en la boca del estómago, en la conciencia y todo.

Una viscosidad invisible parece unir una desgracia con otra. —Las desgracias siempre llegan juntas —decía su madre. Lo recuerda y recuerda que la recuerda solo cuando algo que ella decía describe a la perfección lo que siente. Las cuchas tenían razón, piensa, siempre tienen una forma de volver a decirle a uno “¿vio? Yo le dije”, incluso después de que se han ido. El recuerdo interrumpe el mal rato y parece casi romperlo, deja de apretar de más las manos y la tensión libera la circulación.

Respira profundo y, revoloteando provocativo, un aroma dulzón termina por romper el ambiente donde estaba inmerso; un poco ácido, un poco cremoso, un poco húmedo. No puede describirlo por completo, y tampoco liberarse de él. Lo obliga a levantar la mirada y dejar de mirarse las manos. Ya no hay tanta gente alrededor, ni tanto ruido; solo unas teclas martillean al fondo, solo un tac, tac, tac delicado y seco. El teclado no sufre, se acciona; tiene justo esa precisión de medir su fuerza. Y la ve con las pestañas largas, casi haciéndose cosquillas en los párpados, con la boca proyectada hacia el frente como un pez dorado y con los crespos cayéndole como una escalera en caracol desde las orejas hasta los hombros. Puede ser el sueño, no sabe hace cuánto está allí, no sabe cuántas veces ha estado allí, no sabe cuántas veces se la ha perdido por estar mirándose las manos tecleando, por estar en esa espiral hipnótica que lo lleva a descender y con ella a donde ella vaya sin notarla a ella. La duda lo inquieta, pero no tanto como desencadenarla, y sigue disfrutando de verla, de olerla. Es ella la que huele como olían esos otros cuerpos que lo han engatusado, ese aroma irresistible, esa huella recurrente en su cabeza. Huele a ella, a ellas, a otras, a sus otras; huele a musa, a dulce tentación, a ganas, a deseo, a su deseo. Y por eso la mira jugar con su cabello, por eso la mira ignorarlo, tomar café; la mira trabajar, jugar con su cabello, como él quisiera jugar con su cabello, sus dedos de uñas cortas, su belleza casi rústica y simple, su piel amoblada para retozar sobre ella, para cargar y para sostener, para disfrutar, para jugar, para recorrer, lamer y probar. El pensamiento se ancla y la cara le cambia, las miradas se cruzan y, aunque el ceño de ella acompaña la proyección y el puchero de sus labios, él sonríe. Se da cuenta de que ya no le sabe todo tanto a mierda, lo piensa y se ríe: el que anda entre la miel, algo se le pega.