Espejismos

El calor refractado dobla el aire y le da forma, lo moldea en una globoflexia imaginaria hasta hacer aparecer, frente a los ojos de quien mira, algo que cree que ve; aparece frente a sus ojos como un cristal inflado, trayendo a la vida lo que el aliento del vidriero desea, sin entender sus formas, sin cuestionarlas o dirigirlas, solo formándose con la voluntad de quien lo representa… Así son los héroes, él siempre se lo dijo: no vengas a mí buscando lo que crees que soy, no me busques, no te acerques, las imágenes se diluyen si lo haces, no soy lo que crees que soy, no soy lo que esperas que sea, no imbuyas en mí el anhelo ni el deseo de ser quien esperas, soy menos, mucho menos, y no me interesa ser más, soy y me basta, no me adornes ni me aclames, permíteme simplemente ser; si vienes esperando algo de mí, no podré más que defraudarte.

Ella no lo escucha, ella camina, se acerca y sigue su instinto un poco nublado, un poco perdido y alejado, y comete el mayor de los pecados: lo mira a los ojos solo para ver el reflejo de los suyos, no lo mira, lo usa, no lo atraviesa, simplemente lo contempla de una manera superficial, simple, no lo mira ni lo traspasa, sus ojos están perdidos en una imagen que no es la suya. Se lo advertí, piensa, le dije que no lo hiciera, y al pensarlo se encoge de hombros y se toma de las manos; la figura exterior no cambia, pero él, adentro de sí mismo y de la imagen traslúcida que ella mira, comienza a quedarse grande.

Intenta besarlo, pero él no se mueve, está incómodo, su cuerpo se contrae, se comprime, sus labios se cierran, se secan, áridos hasta el punto de sangrar un poco, se niega a compartirse y sus ojos simplemente lo miran hacia arriba, tratando de levantarlo, aunque sin notarlo encogido dentro de su propia angustia; él, aunque más grande, mira hacia abajo, cabizbajo, distante.

—Creí que tendrías los huevos para besarme —le dice.

La provocación tiene sentido, es como una piedra a un avispero.

—Ten miedo de mayo y ten miedo de mí —la mira cantándole.

La mira de una forma salvaje y violenta, ella nota el cambio en su mirada, se da cuenta de que no es brillante por la inteligencia de sus palabras como antes lo miraba; ella nota ahora que se agranda y proyecta sus colmillos casi prominentes, la sonrisa agraviante, sin entender por qué, pero su respuesta le dice que todo ha cambiado.

—Los tengo, niña, los tengo, pero no creo que vos tengás cómo bancártela, dudo de vos y de tu intención, dudo de tus ojos que nunca me han visto y de tu imaginación, que no ha dejado de dotarme de lo que no soy ni tengo ni quiero tener. Vos endiosás y creás ídolos falsos, ¿no entendiste que era pecado? Mucho más que el carnal que soñás con cometer conmigo.

Ella no entiende qué pasa, siente que el mango que sostenía arde, que se derrite, que se quema, que pierde el control que imaginó tener durante un segundo; como arena entre los dedos, su idea, su deseo, sus ganas se escapan, se riegan, se le esconden, los ojos ya no le brillan, la pasión se torna de luto y él lo nota.

—Ahora que me ves vas a esquivarme la mirada —la sentencia—, ahora que te acercaste y notaste que nada de lo que esperabas encontrar existe bajo esta carcasa desgastada, agotada y malograda; ahora que me has visto por primera vez humano, rastrero, feroz y fiero, ahora escondes la mano, tan dulce y tan inocente, tan triste te ves que es evidente que se te ha muerto un héroe… Por qué no hiciste caso, por qué te acercaste, lo sabías, te advertí que nada de eso existe, que la idea que tenemos de algo o alguien no es alguien ni algo, es una voluntad y una representación, pero no son ineludibles, no son ni perfectas ni cercanas, no son más que un espejismo, una sombra deformada… Debiste conservar la distancia porque, además, ahora nunca podrás volver a ver lo que antes veías y créeme, te va a hacer falta.

Notable

Por donde camina arrastra miradas como una maldita red de mar arrasando con el juicio, como la red con todo a su paso: las atrapa, las gobierna, las oprime y las asfixia. No es guapa, no canónicamente; no es rubia, sino castaña; no es esbelta, sino troza; no camina con gracia, sino de manera torpe y tosca, extraño para todos menos para ella. Serlo o hacerlo también la tiene sin cuidado. No camina sobre tacones, sino sobre tenis de correr. No tiene una Barbie que la represente y tampoco le hace falta; nada ni nadie lo hace.

Uno diría que tiene cierto encanto, pero no es precisamente encantadora. Hay algo que atrae sobre ella, podría llamarse curiosidad: una apuesta estética grotesca que no puede dejar de verse. Nada está muy fuera de lugar, pero uno no deja de ver que nada encaja. El sudor que expele es agrio y casi podría decirse que arenoso, si los aromas tuvieran texturas. Incomoda, pero no incómoda. Ella no parece consciente de su propia imagen; se ríe con cierta elegancia frágil y agrietada, a punto de romperse, como un cristal astillado, sostenido no más que por una voluntad caprichosa.

No lo nota, no se nota, no toma nota de nada de lo que pasa ni la rodea. Quizá lo más molesto es su forma de ausentarse de la realidad presente, del momento; quizá lo notable es lo invisible que es para ella misma el mundo que la rodea, lo distraída y abstraída que se ve su mirada, su presencia casi intermitente, tan poco, tan simple, tan evitable. La nada estaría bien en su lugar, pero ella la desacomoda, la expande de manera innecesaria, ocupa un lugar en el espacio destinado al espacio y lo ocupa sin ganas, sin intención, sin propósito alguno.

Todo en ella es tan involuntario que parecería incluso que no es su culpa ser así. Por alguna razón, cuando Federico la mira piensa: si se quejó como todos los adolescentes de que ella no pidió nacer, ella tendría razón; ella y solo ella. Aunque nadie haya pedido nacer, para ella aplica, para ella es cierto. Su existencia arrebatada a la ausencia es notoriamente evidente; no hubo nunca la más mínima intención siquiera de intentarlo. Existe como una roca, como una manifestación involuntaria e inconsciente de su propia vida.

Federico se alarma. Hubo entre treinta y nueve millones novecientos noventa y nueve mil y doscientos noventa y nueve millones novecientos noventa y nueve mil espermatozoides más lentos, más sosos, más ausentes. Si Darwin tiene razón, la sabiduría popular también: la naturaleza es sabia, pero la sociedad actúa como muletas para los seres incompetentes del presente. Tan vacía está ella de sí misma que es imposible que hubiera llegado hasta el día de hoy de no ser por los demás.

De repente, Federico lo nota: ella lo mira mirarla, verla, escrutarla y juzgarla, y aun así parece no importarle. Aun así parece inmune al pensamiento y la intención. Aun así ella simplemente parece absorber, como un prisma, el pensamiento y la crítica; no le resbala, la absorbe y la ahoga, la destruye, asfixia todo lo que se le acerca. Él piensa, él sobrepiensa, él no deja de repararla aunque sea irreparable, y ella se le acerca sin despertar ninguna sospecha, sin llamar la atención de nadie. Aunque acorta la distancia, no se siente que llegue con ninguna presencia.

Alza su rostro, lo mira con sus ojos vacíos y abre sus labios sin despertar sospecha alguna de Federico sobre lo que viene, sobre lo que llega. Espeta, con una voz apagada y serena: —No te equivocas del todo, pero no soy yo lo que te incomoda, es, como a todos, el hecho de que les recuerde que ante los ojos de alguien están siendo vistos como ella a los ojos de todos. Yo soy el consenso, pero vos no sos la excepción a la regla…

Federico se queda quieto. La mirada se le apaga. Poco a poco, sus palabras se van haciendo notables.