No hay barranco que lo ataje

Uno está condenado a repetirse, al fuera de lugar y el destiempo. Uno no tiene otra posibilidad que la de llegar tarde a su propia vida. Bueno, no llegar, sino hacer bien las cosas, es más una cuestión de suerte que de voluntad. Uno acierta por intuición y falla por lo mismo. No hay un conocimiento previo para los momentos importantes, para elegir las palabras correctas… Acertar es una lotería que ganamos sin darnos cuenta siquiera. Astutos nos sentimos, pero no suertudos ni agradecidos, a pesar de que hayamos encontrado la respuesta perfecta a una pregunta imposible. No somos conscientes ni consecuentes con el azar. Somos afortunados de que a él no le sorprendan las probabilidades, que, aunque pequeñas, sabe que siempre juegan.

De los triunfos somos responsables; de los fracasos, en cambio, lo son todos: el caos, la ausencia de conocimiento, de consejos, aunque nunca falte quien dé consejos, aunque nunca esté ausente quien desde la distancia y con mucha condescendencia puede ver la estupidez que estamos a punto de hacer, sin importar cuál sea… Es curioso: nuestra propia historia lo vive, otro indicio quizá de que todos los hombres somos el mismo hombre, el mismo idiota que juega a esconderse del amor, a temer al miedo, a rechazar el rechazo, a callar frente al silencio, y al mismo tiempo —en otro tiempo, en otro momento— a salirle al ruedo a un animal bravísimo que de amor no quiere ni escuchar, a ignorar las señales y mirar a los ojos, justo en medio, y sonreírle de manera descarada y grotesca al final de los tiempos, a abrazar el tedio y el repudio y gritarle cuántos pares son tres moscas a los que escuchan sin inmutarse.

Timing is the answer to success, canta Kevin Johansen después de haberse comido la mierda que todos nos hemos comido.

Así que seguimos temiendo a destiempo, callando a destiempo… La idea se entiende, ¿no? Tarde y en fuera de lugar, quedándonos con cosas por decir, con minutos por correr, con llaves en el bolsillo por entregar, recados por decir, abrazos por dar. Una mezcla de timing y de avaricia, porque hay momentos donde hemos sido todo para todos, para alguien, para quien queríamos serlo, hasta que alguien pensó que quizá lo quería diferente: el beso menos mojado, el mordisco menos duro, el amor más empalagoso y menos libre… Ahí todo se rompe y nada alcanza, y como mudanza de apartamento quedan expuestas y abiertas todas las heridas y los remiendos.

Si vinieran de a una las desgracias y las desgraciadas, si se filaran, si tuvieran orden… Nos gusta pensar que tendríamos oportunidad. Pero la verdad es que cuando la primera aparece, el impacto es devastador: se rompe el piloto del gas, se rompe la ilusión de la suerte, el pago se retrasa, el envío no aparece, los fríjoles se secan, la garganta se seca, las lágrimas se secan, las ganas… El corazón se acurruca en posición fetal e intenta abrazarse sin éxito alguno, sin poder consolarse, sin encontrar una pizca de tranquilidad. Pero no es cierto: cuando hay cagada tras cagada, no hay pañito que no raspe.

También es probable. El azar no se ensaña, no nos determina, ni nos mira a los ojos con una sonrisita burlesca como lo hacemos nosotros cuando nos llamamos astutos por ganarle una mano. No encuentra alegría alguna en la victoria, porque, al igual que en la derrota, era una probabilidad. Y una tras otra, tras otra, tras otra, en fila india e incluso haciendo distancia, parecen filarse para romperme la geta, y entonces uno recuerda que sabios eran los viejos cuando decían:

—Mijo, pise firme, porque cuando uno va de culo, no hay barranco que lo ataje.

Respirar profundo

Mira la pantalla en blanco y piensa: el cuento va bien. La idea de una fuerza magnética que arrastra a las jóvenes hacia los muros, la identidad de los muros y las esquinas como pequeñas naciones que eligen a sus pobladores le parece potente. En su país es potente. Tiene el nombre del personaje, le gusta el nombre. Rubén es el nombre. No es un mal muchacho; ninguno en su país lo es, ninguno de los que creció en los muros lo es. Al menos eso es lo que siempre dicen en los sepelios: era un buen muchacho, algo borracho, un poco drogón, pero nunca mal muchacho. Siempre quieren mucho a su mamá y son buenos con los del barrio, con los que los conocen, con los vecinos de su muro. La idea le gusta. Aún no sabe si Rubén será buen muchacho durante todo el cuento. Sabe que fuma y que bebe, y que sabe muy poco de la vida. Piensa en una metáfora, en un muchacho de pueblo con ríos, de esos que nada de manera torpe pero efectiva, de esos que chapotea sin rumbo, pero contento. Le gusta el personaje.

Habla sobre él con una nostalgia evidente. Piensa en el muro donde él también se crio, en el muro que lo arropó y lo recibió. Aunque nunca se sintió del todo cómodo, al menos tuvo siempre esa sensación de que no duraría para siempre, esa que le ayudó a intuir las partidas, a decir adiós a tiempo y al tiempo. Intenta buscar la forma de honrar la memoria y los recuerdos, de contar algo de su propia historia, de contarse, de encontrarse. En el fondo sabe que es imposible, que ese que fue ya se ha perdido. Lo extraña, se extraña, pero tiene claro que es un sinsentido. Ya casi no puede recordarse; ya casi nada queda de él, de su vacío. No recuerda ya sus miedos, solo esa incomodidad consigo mismo, esa que nunca lo abandonó del todo, esa que aún le palpita cuando la conversación se cansa y descansa, esa que lo incomoda, ese silencio que no deja de gritarle. Pero su imagen difusa sobre el muro le permite sonreír. Siempre que lo logra, lo hace, y por eso sonríe mientras intenta pegar el texto en un nuevo documento. Le molesta una alerta, le molesta haber empezado a escribir sobre otro texto ya olvidado, pero no borrado, sobre un archivo temporal, sobre una recuperación de algo que no valió la pena guardar, pero que, por alguna razón, una memoria, una nube, un uno y un cero insisten en volver a mostrarle. Así que sobrescribe. Pero cuando la alerta gana, cuando ese pequeño letrero que dice «archivo recuperado» gana, no puede hacer más que retirarse. Selecciona todo sobre la pantalla, presiona control + x, y la pantalla queda en blanco.

Cierra el programa y lo abre de nuevo. Mira la pantalla en blanco, esa pantalla blanca del comienzo. Presiona control + v, pero la pantalla continúa blanca. Corre a otro programa y de nuevo presiona control + v, y el pequeño guion titila. Rubén ha muerto, piensa. Rubén ha muerto. Se agita y mira la pantalla con rabia, con dolor. Mira impotente, mira suplicante. Recuerda parte del cuento, recuerda el título del cuento: La hora de la suerte. Recuerda que quiere hablar sobre cómo ese día, a la hora de su suerte con la novia de su amigo, lo tentara. Pudo decirle que no tenía parte de su alma porque el día de las polas dijo mil veces: primero los panas, primero los panas, primero los panas. Piensa en los chistes, piensa en lo que quería contar y decir. Piensa y maldice, se maldice. Otra vez, otra vez. Cierra los puños y martilla el teclado. Otra vez, otra vez. Cierra los ojos y se muerde los labios. Otra vez, otra vez. Piensa y aprieta, asfixiando el llanto. Presiona de nuevo control + v, control + v, pero la pantalla sigue en blanco. Rubén ha muerto, el cuento no se ha escrito, y él sucumbe. Apaga y se retira, respirando profundo.

Contraluz

La hoja en blanco, la garganta llena, los párpados pesados, la boca seca, las ganas agotadas, la rabia distraída, los ojos perdidos…

—Escribí, se dice. Escribí. ¿Sos un escritor, no? ¿Qué te cuesta, si es lo que sos? ¿Lo perdiste? ¿Te perdiste?

El silencio no ayuda. Me escucho, más fuerte, y me duele un poco el vientre. Me caigo pesado, tengo el estómago sensible. No puedo conmigo, con tanta mierda. No mientras estoy sobrio. No tengo la fuerza. Nadie tiene la fuerza. Y lo peor de todo: no soy yo. Yo soy solo la gota que derrama el vaso. Afuera ya hay demasiado como para sumarle lo de adentro. No tengo lo que hace falta para vivir así. Así no puedo. Sobrio, no puedo.

—Escribí, escritor. Sacá las palabras. Jugá con ellas. Llevan mucho ahí, demasiado tiempo guardadas. Están sucias, huelen un poco a humedad, apestan a miedo. Vos tenías tufo casi siempre, pero nunca miedo. Tenías por lo menos eso: agallas. No te callabas, ni siquiera cuando hubieras debido hacerlo. Ladrabas fuerte. Y, cuando hacía falta, mordías. Sabías morder. Pero ahora tenés miedo. Y no de los demás: de vos. De volver a ser vos, de tu voz, de perderla y de usarla. Puedo olerlo.

Sniffffffffff, suena en su cabeza. Snif, snif. Apestás. Apestás a derrota sin riesgo. Apestás a miedo. Sí, tenés tanto miedo que no has vuelto a leer. Sabés que leer te provoca, que encontrar eso que otros no dijeron es gasolina. Lo evitás, pero las imágenes son fuertes y cada vez más constantes: unos zapatos de charol negro con medias con boleros y una falda negra; unas manos sobre un piano presionando las teclas y una melodía intensa; un violín estridente; un saxo profundo. Esas cosas te duelen. El viento y las cuerdas siempre te han hecho eso. Necesitás escribir o emborracharte, pero tenés miedo de ambas. Lo sabés, lo pensás. Pensás que los mareos son en parte eso. Sos una olla a presión y sentís que algo está por estallar: tu corazón o tu cerebro. No sabés qué, pero algo va a estallar.

Mientras se escucha frente a la pantalla en blanco, frente a la hoja en blanco, siente su circulación, su cuerpo, su mareo casi constante, su miedo casi constante.
—¿Será que me voy a morir, joven y sin obra, sin nombre, sin mí?
Piensa, contrariado y distraído. Piensa en esos puntos donde tomó decisiones, en esos pasados donde se vio a los ojos. Ninguna parece causa suficiente para este atragantamiento de palabras, para esta represa de letras. Culpó al cansancio, a la ocupación, pero tiempo ha perdido de otras maneras. Sabe que, al final, no hay excusa.

Así comienza a martillar letras. Comienza a repasar imágenes.

—¿Se siente bien, verdad? Te gusta.

Tiemblan sus manos, y lucha por volver a acomodarlas en el escritorio. Se siente extraño. Ha perdido esa posición que antes le salía natural. Pero, si recuerda eso, puede buscarla. Quizá mejorarla: un lugar donde la tabla no talle, donde sus dedos no tiemblen. Siente el óxido y la torpeza. Martilla donde no van las letras. Llena las páginas de erratas, pero no importa. Puede editar después. Sabe que lo importante es perseguir esa letra siguiente. No es tan diferente de una IA después de todo. Un borracho, un escritor, hace lo mismo que ese estúpido algoritmo: intentar predecir la palabra siguiente, intentar ser el mono infinito. Sonríe. Le gusta la idea. Se siente bien. No sabe de qué va a hablar. Quizá su detective favorita vuelva. Quizá su Sherlock del Magdalena. Quizá hasta él mismo vuelva a la página en blanco.

Los ojos arden de ver el blanco de la pantalla, pero se consuelan con haberlo cubierto un poco. Quizá esa sea la función de un escritor cerca de los cuarenta: eclipsar un poco esa pureza ingenua, oscurecer lo suficiente para que la pupila se acostumbre, para que el destello mengüe, para poder ver las formas y los contornos. Quizá sea eso. Quizá siempre se haya tratado de eso.

—No desvaríes, escritor. No hay un fin en el arte, y mucho menos en la escritura. No hay un porqué ni un para qué. Lo sabés. No existe una razón. Lo que hay es un impulso, una idea. Una que hay que perseguir como un perro loco a los carros, como un fanático a su equipo. Una emoción, una sensación. Sabés que estás vivo por ese deseo de perseguirla, por esa intención de alcanzarla. Porque te impulsa, porque te obliga a incomodarte. Necesitás esa sensación de estar tras de algo, de no perderle el rastro, de sentir su aroma, imaginar su aroma, la temperatura, el roce. Necesitás evocar. Todos necesitamos intuir un poco nuestro futuro para tenerlo presente. Sin eso, el ser humano no es humano. Sin eso, no despierta. Sin eso, no hay más que una hoja en blanco.

No se trata de eclipsar la pureza. Se trata de llenarla, de perderla, de existir, de escribir. Ese es el único ritual. Lo sabés, ¿no? Lo intuís. Bienvenido a casa y a las letras.

Otra vida

En la jarra que hay en medio de la mesa queda aún suficiente cerveza para un vaso más, rojiza, amarga y fría, refleja un poco la luz del bar y crea esa red de luz que se mueve un poco cada que alguien se apoya en la mesa y la hace tambalear, yo no puedo quitarle los ojos de encima, esas cosas siempre han capturado mi atención, las motas de polvo en medio de un rayo de luz, y esas pequeñas chispas que hay en medio de una fogata, como pequeñas estrellas fugaces que salen disparadas del fuego, por alguna razón todas logran abstraerme de la realidad.

En medio de esa ausencia presente todo alrededor se aleja un poco, es como si lo vieja en un ojo de pez, distorsionado y distante, el ruido y las conversaciones del ambiente se transforman en un murmullo lejano, y yo no dejo de sentir que caigo un poco más dentro de mí mismo.

Afuera el mundo continúa igual, los compañeros del trabajo hablan un poco de la semana, sí, no, jajajajajaja contesto en piloto automático, soy bueno disociándome, también ayuda que no he tomado más de medio vaso de cerveza, así que la mente aún no está nublada, comienzo a servir un poco más de cerveza, pido otra jarra, tengo una conversación pendiente conmigo mismo, no quiero soluciones, quiero respuestas, no me interesa un acuerdo, necesito llegar al fondo del asunto, de la jarra, de mi mismo.

Estoy un poco al fondo detrás de las metas y los sacrificios, hay que empujar un poco los fracasos para verme, pero allá al fondo siento que todavía estoy, al que nada le importa, el hastiado, ese que desconoce cualquier autoridad, un recuerdo lejano de mi mismo, pero ya no soy ese, aunque lo extraño, siento que me acerco y que casi puedo tocarlo, pero es imposible, ya no está y no existe, sus sueños ya no son los míos, sus amores ya me rompieron el corazón o los desperdicié algún motel, ya grité sus silencios, ya calle sus lamentos, él, él ya no soy yo, aunque no sé bien cuando empecé a perderlo, cuando algo empezó a importar un poco, hay cosas que se aprenden y otras que se enseñan, por eso aunque quisiera enseñarle sé que él debe aprenderlo solo y lo hará, y va a dolerle y va a morirse. Quizá por eso lo veo pienso, quizá yo también me estoy muriendo y está naciendo otro. Quizá aunque siento que aún soy este.

La espuma turbia se mueve de un lado a otro en la jarra y luego crece en cada vaso, Daniel, escucho por fin a lo lejos, Isabela me llama, me conoce, lo sabe, al verme la mirada con los ojos un poco ausentes -volvé volvé, está muy temprano pa´ que andes perdido adentro tuyo.

-No estoy, le digo burlón, ya no estoy repito pero está vez lo digo para mí, me mira y sabe que algo me pasa, -no pasa nada le digo, piensa que miento, pero es cierto, no estoy donde me deje, no existe adentro mío, soy otro y no me conozco tan bien, supongo que quiero decirle eso, pero no puedo, hay demasiada gente y eso aún lo tengo en común con el muerto, detesto estar rodeado de gente y no poder ser, restringirme, callarme, odio las multitudes, los tiranos existen gracias a los cobardes pienso, tomo cerveza, la miro y brindo… soy un cobarde pienso y brindo, brindo porque empiezo a conocerme, a entenderme, a escucharme, me levanto camino hacia ella y recordando las ganas que le tengo desde la u la beso, me voy digo, te venís conmigo? Quiero empezar otra vida y la mesa queda en silencio, el novio de ella sigue en el baño y yo lo digo enserio.

Última alarma

“En un mundo donde vivir es obligación, la muerte es un lujo”

El Flaco

De todos sus cuentos, al flaco le gustaba hablar siempre de este que no había podido nunca terminar de escribir, comenzaba con un chico porteño de una familia venida a menos en Madrid, le gustaba siempre resaltar esos pequeños detalles, primero porque eran un espejismo, el había vivido en Buenos Aires, lo habían tratado como a uno más, sabía por experiencia propia que el porteño no es frío, sino que es melanco, necesitan profundidad para conectar, son como un buzo, la superficie simplemente no es lo suyo, sabía además también que todas las familias del mundo estaban venidas a menos, porque la inflación siempre crecía y los sueldos llevaban ya congelados 10 años en casi todo el continente, finalmente que un latino con esas características se sentiría menos en España, un hombre así como Cristo, Cristobal, no se sentía menos ante nadie, porque estaba incómodo donde estuviera, su problema no era geográfico ni económico, sino simplemente humano, era humano y por desgracia, frente al espejo se reconocía y se dolía.

Cristo tiene 28 años, su padrastro es evanista su madre. exmonja, se conocieron en el convento donde ella estaba internada, una chica española en su misión al tercer mundo, Pepe, padre cristo era muy bueno con la madera, y yendo a organizar algunas cosas al convento cuando supo que el cura iba a echar a la novicia porque no quería tomarse un bebedizo que era medicina para sus problemas, al notarlo confrontó a Ángel, el sacerdote y terminó por hacer echar a Mar del recinto, ambas familias les habían dado la espalda ante el suceso, pero con la responsabilidad del impertinente decidió que tenía que hacerse responsable y se devolvió con ella al antiguo continente.

Cristo conocía la historia y la detestaba, se hijo de un “Angel” con un padrastro evanista lo hacía blanco de chistes fáciles, pero a sus 29 ya a nadie le importaba mucho, el flaco mencionaba siempre estos elementos del cuento con el único propósito de establecer lo común que puede ser una circunstancia extraña, la falacia del cumpleaños la llamaba, basada en una teoría que habla sobre cuántas personas pueden cumplir años el mismo día, el caso es que en esta Madrid donde ocurre el cuento, a los 30 las personas tienen que tomar una decisión: el día de su muerte, en un gran calendario debe marcar día y hora en el que los basureros han de pasar a recogerte para convertirte abono. La situación llegó a ese punto, decía siempre el flaco porque al sobrepasar 5 de los 9 límites para salvar al planeta no había más solución, tenías hasta los 30 para ahorrar, luego comprabas un par de años, o establecías un contrato a cuotas pensando en los años que quisieras vivir y luego el contrato simplemente se ejecutaba.

Jude, un amigo inglés de Cristo había quedado mal en algunas cuotas y él le había prestado poco más de una década, mucho tiempo si se tiene en cuenta que Cristo quería vivir hasta los 50 años, lamentablemente a Jude lo había atropellado un carro antes de que le pagara y como las deudas entre personas naturales no se aseguraban nadie había respondido por su tiempo, con lo ahorrado Cristo tenía suficiente para 10 años o 3 si realizaba el viaje que había deseado, y recordando una frase que solía decir su mamá optó por el viaje, nadie me quita lo bailado, dijo, y firmó el documento, tres años, tres años le quedaban a Cristo al cumplir sus 30, nadie sabía solo él era dueño de su tiempo.

Se rehusó a hacer la fiesta que se acostumbraba donde las personas solían dar como un regalo esa información a los demás, he decidido pagar 50 años más a su lado, quiero verlos crecer, cuidarlos, quiero darles lo que ustedes me han dado a mí… papanatas, odiaba el hecho de que la vida se pagara a cuotas, de que la gente estuviera orgullosa de hacerlo, se creían especiales, presumían su longevidad, atrás habían quedado el tiempo de las casas y los carros, Cristo tenía claro que no quería eso, había en cambio siempre soñado con vivir hasta los 50, le gustaba el número, era suficiente y digno, le molestaba demasiado la idea de envejecer, la gente que tenía para pagar 100 años tenía que tener para el suero, los cuidados, los enfermeros, sus seguros no eran tampoco baratos, y sobretodo eran inoficioso, para qué vivir hasta los 100 años, ¿solo por presumir su poder?, ¿Su dinero? tanto tiempo reclamándole a los escritores por clichés para pasársela viviéndolos, así que no hubo fiesta, ni comunicado, Cristo vivía pero su contador estaba en marcha.

Magda su casi algo favorito, le preparó una celebración especial, la malas lenguas decían que de especial no tenía nada porque a todos sus hombres al llegar a los 30 les daba lo mismo, una faena imperdible que los acercaba a la muerte en medio de su renacimiento, pero a Cristo no le importaba, y más si era con Magda, la insaciable, Magda encima, abajo, de lado, gimiendo, gritando, arañando, mordiéndolo en la clavícula, en el cuello, rasguñándole la espalda, en lencería y con juguetes, Magda desatada… si algo hacía bien Magda era vivir, porque la faena que daba te mataba un poquito y si hubiera podido escoger un solo regalo, seguro hubiera sido a Magda.

El flaco contaba esto sonriendo, de verdad lo pensaba, vivir es un lujo muy caro y cada vez más, algún día él también iba a escuchar la alarma, la última alarma y a sentir que estaba pagando la vida a cuotas. No era un mal cuento, tampoco era el mejor, pero a él si le daban oportunidad de hablar de un cuento, siempre le gustaba hablar de ese, siempre pendiente, aún en el tintero y lejos del papel.

Desencuentros

La primera vez que me plantó tenía 15 años, nunca ha sido puntual ni de buena memoria, quizá debí haberlo sabido en ese entonces, pero como todo comienzo altera la realidad, no me importó. Pensaba que de todas maneras siempre llegaría tarde porque mi deseo siempre la reclamaría antes. Aprovechaba su demora para leer, en ese entonces y ahora, los libros siempre fueron mi aliado en la espera, mitigaba la ausencia de sus labios, de sus manos alrededor de mi pecho, y disfrutaba en ese otro mundo previo a su llegada.

Llegó tarde a casi todas las citas que tuvimos, incluso alguna vez prometió que no volvería a suceder y pensé que iba a terminarme porque sabía de antemano que nunca, nunca, podría llegar a tiempo. Estuvo cerca, sí, un minuto de más, 2 o 3, en esas ocasiones llegaba risueña, orgullosa, lo había casi conseguido, no tuve el corazón para decirle nunca que dos minutos tarde no era a tiempo. Me gustaba verla sonreír y bailar como lo hacía cuando era feliz con las pequeñas cosas.

Le costaba salir de la cama, siempre quería 5 minutos más y no entendía cómo podía yo pararme de la cama con la primera alarma a las 4 am, si a ella le costaba salir con la tercera de las 7, lo decía con un puchero de culpa, con una cara de inocencia y de angustia, siempre fue tierno verla con esa expresión.

Miro el reloj, 15 minutos tarde, muchas veces han sido 15 minutos, no es grave ni su mejor marca, bajo la vista y sigo leyendo un viejo libro de Pérez Reverte, una novela de perros, Los Perros Duros no Bailan, es graciosa, realmente es un relato más policiaco que otra cosa una especie de thriller pero el recurso refresca y lo hace interesante, quiero seguir leyendo pero no puedo, no deja de llamarme la atención que ahora, justo hoy cuente el tiempo para reunirme con ella, en el fondo sigo pensando que ella nunca llegará a tiempo, que nunca podrá ganarle a mis ganas de que llegue antes, incluso hoy 30 años después desde la primera vez que lo hizo.

El tiempo es un concepto muy abstracto, no sirve mucho hablar de 30 años, pero han sido 10 vacaciones juntos, eso, claro por mi culpa, nunca he sido bueno descansando, tenía cuentas por pagar; si en algún momento va a uno a sacrificarse que sea cuando hay ánimos para ello, quería dejar pagas todas mis deudas antes de cumplir 40 años, lo intenté pero fue imposible, siempre lo supe, eran realmente los 43 la meta pero no dejaba de tentar la suerte a ver si me sorprendía, han sido cientos de tarde de domingos juntos, incontables domicilios, películas, cafés, fantasías gastronómicas, complaciéndonos… al final son esos momentos a los que siempre vuelvo cuando pienso en ella, en nosotros.

Cierro el libro con la certeza de que no voy a poder leer, voy a seguir recordando esos momentos, las caminatas, el despertar juntos, un maldito cliché, la ventana detrás de ella, la luz que llega desde la espalda, la forma en como el cabello le cubre el rostro, ella todavía a sus 30, con el pecho desnudo, en mi cama, en mi casa antes de que fuera nuestra casa, el tiempo derrotado, la vida congelada…

Por fin sale, es una cajita de música, sonrío entristecido, hoy es la última vez que llega tarde, ahora descansa, el cáncer ganó y yo soy el único que pierdo.

Triage

La sala es grande, pero hay tantas personas que se ve pequeña, justa, estrecha, nadie que no lo necesite está aquí, nadie viene aquí a pasar el rato, del otro lado hay pequeñas oficinas, cubículos separados por drywall donde 4 o 5 médicos cansados y mal pagados están frente a un computador, uno lento, con una pantalla a la que le falta brillo, no cuida sus ojos y lo cansa casi tanto como su labor… para poder llegar a ellos hay uno más, un filtro previo, una técnica inhumana como todo lo que venga de la guerra fuera de la guerra, un médico que se encarga solo de valorar las dolencias y los pacientes. 

En la guerra era necesario, había pocos medicamentos, gente muriendo, a los soldados se trataba de salvarles primero la vida a costo de la vida misma, un herido grave con pocas probabilidades de sobrevivir, pero no nulas, se dejaba morir para atender a los otros, se reservaba la anestesia para los casos más graves, miembros que podían salvarse con trabajos dedicados y dosis de medicamentos que escaseaban se amputaban. En la guerra era salvaje, aquí era inhumano. Pero necesario, los borrachos buscaban incapacidades para sus guayabos, los malos estudiantes prórrogas para sus exámenes… no quedó otra opción más que deshacerse de la humanidad.

En la sala hay enfermos leves, personas que no soportan un dolor de cabeza, también hay los que tienen esas migrañas que los dejan ciegos, les inducen nauseas… esos que son torturados en vida por culpa de vegetales alterados, estaban los accidentados, una cortada, un golpe, una caída, un vibrador o una botella atorados…

Todos ellos aguardan, luego estoy yo, esperando mi turno será largo, nada me duele, me siento bien pero no lo estoy, y tendré que convencer de eso a los dos médicos que tengan que verme, tendré que fingir alguna dolencia, saco el celular y busco los síntomas, etapas iniciales, molestias, descripciones y videos, debe hacer un buen trabajo necesito que me crean.

Tengo una bolsa caliente adaptada al abrigo de cuero que llevo puesto, y gracias a la gente que hay en la sala la sudoración no será un problema, debo alcanzar los 38 grados en temperatura corporal, con es mismo efecto bebo un té caliente, para asegurarme que mi boca también lo esté al momento de usar el termómetro, conozco bien el oficio, fui durante muchos años en la escuela de teatro paciente falso, era bueno además, aunque no nunca tuve un papel tan grande, con tantos síntomas difíciles de simular, aún así conozco los trucos, y hoy necesito que todos resulten.

El malestar no es suficiente, debe trascender, debe ser más evidente que algo no está bien, si hay algo peor que vivir del arte, es enfermarse cuando se vive del arte, así que necesito que la medicina pública diagnostique la enfermedad que sé que tengo para que mande los exámenes y puedan atenderme a tiempo, para que cubra los medicamentos y las cirugías, para que pague las hospitalizaciones, solo tengo una oportunidad para convencerlos de que necesito los exámenes, si fallo escribirán en la historia médica que el paciente cree tener, hipocondríaco o alguna cosa por el estilo y mi suerte estará sellada, nadie me creerá hasta que sea muy tarde.

No puedo decirles la verdad, no me creerían que Andrea ha soñado durante cuatro días con un círculo negro que me quema las entrañas, nadie aceptaría como evidencia el hecho de que desde que ella tiene 7 años ha soñados con todas las enfermedades de las personas que conoce, pulmones colapsados, hígados grasos, corazones entumecidos, sería más fácil si me creyeran, tendría más esperanza de vida si pudieran creer mi truco o confiar en la palabra de ella. Pero allá donde le creen no hay hospital, ni consultorio, solo un puesto de salud itinerante donde reciben las excursiones médicas y que tiene alguna utilidad gracias a que para su visita semestral todos los pacientes cuenten ya con su diagnóstico, el que ella les da, pero para ellos su don no es ciencia, y por eso mi vida no está en riesgo.

No van a tomar en cuenta mi palabra ni los sueños de Andrea, odian a los curanderos y más si son mujeres, y con mi pasado actoral, de estafador no me bajarían, así que no tengo más remedio que hacer que funcione… Múnera llaman de recepción, me levanto nervioso, camino al mostrador, se me nubla la vista y caigo con un dolor punzante en las entrañas, sudo un poco, llaman la camilla… quizá ya sea tarde.

Cuentas pendientes

Mientras que espera fuma, Cristofer, siempre ha fumado, pero nunca con tanta intensidad, da una calada, luego otra, y otra, la ceniza se acumula sin romperse, es frenético, pero delicado, mira el celular, mira de nuevo, solo silencio.

Eso de esperar nunca ha sido lo suyo, apaga la colilla, y se levanta nervioso de la mesa, camina de un lado a otro, no puede quedarse quieto, se rasca la palama de la mano, la cabeza, solo cuando fuma tiene algo de control, el humo lo calma, como a las abejas.

La espera se alarga, pide una cerveza la mira como quien busca respuestas, la toma como quien encuentra una gota esperanza, fuma y toma, sus cuerdas vocales se calientan y se enfrían, eso parece ponerlo en un trance, similar a poner un tiburón panza arriba. Olvida, olvida que espera y su semblante cambia.

Ahora observa, ve a la gente pasar apurada, el sol como un reflector sobre ellos, tienen prisa, y caminan sin notar que hace un buen día, el primer día soleado en semanas pero ellos están corriendo, hacia algún lugar, no lo disfrutan ni lo aprecian, en su rostro incluso se ve el desagrado, no los culpa caminar con el sol encima es molesto, por suerte el tiene su cerveza, pide otra, saca otro cigarro, comienza a perderse en la cotidianidad ajena, a pasear a sus perros con ellos, a imaginar sus conversaciones, a adivinar sus emociones.

Se ve Jovial, ya nada lo inquieta, la mala memoria es felicidad, continúa tomando y fumando, de a pocos hace chistes, brinda con otras mesas, se entrega al momento, y olvida, olvida para que es la plata que tiene en los bolsillos, olvida a quienes espera, y el peligro que representan, olvida que la plata debe estar completa, que no hay más oportunidades, que ya no va a haber más plazos. Él brinda, brinda por la vida, porque a pesar de todo, ha sido buena con él, por sus amigos, aunque está solo, por su familia, aunque se ha alejado de ella, brinda porque cada brindis lo ata a su estado de paz, a su presente eterno, y lo aleja de ese otro presente incierto y eso lo lleva al miedo.

El alcohol no le de valor, pero le quita el miedo, y eso basta, toma, brinda, fuma, ha pasado una hora y ya no le queda un solo pensamiento sobre sus acreedores, ni sobre el pago que debe realizar, ahora le importa es que tiene los bolsillos llenos y la botella vacía, pide y el licor llega. Se levanta y va al baño esquiva el espejo, cuando bebe el espejo le habla, le recrimina, no quiere eso, nada que lo altere, sale sin lavarse las manos, enciende otro cigarro y cuando está por llegar se da cuenta; su mesa no está sola, lo esperan.

—Muchachos, concédanme un último deseo, tómense alguito —Les dice conciliador y coherente, la sobriedad le llegó de golpe, como un shot de tertulia. Se sienta, y comienza a hablar —Seamos razonables, y sensatos, ya sé que voy a morirme, no tienen nadie a quien cobrarle después de a mí, y aún tengo casi la suma que les debo, pero igual van a matarme, así que bebamos hasta alcanzar la mitad, y luego hagan lo que tengan que hacer, piénselo bien, ustedes van a cumplir con su trabajo, a recuperar parte del dinero, y además podrían mientras tanto escapar de ese sol horrible, acá en la sombra, con un par de cervezas, no les parece que una buena idea, véanlo como un último deseo de un condenado a muerte, no van a negarle su último desee a un desahuciado, eso no sería muy cristiano de su parte.

Brindemos, por mi hasta hoy buena salud, por ustedes, no, no es broma, no me mire feo, salud por ustedes, los sensatos, los, el dolor en la quijada le impide seguir hablando, el puñetazo lo deja inconsciente.

Se despierta en un sitio oscuro, amarrado y con cinta en la boca.

—Lo que me debés no es tan poco como pa que lo pagués tan barato, matarte no me da nada, con vos es como con los carros, toca desguazarte.

Mira a su alrededor y ve los recipientes llenos de hielo. Debí pedir Whiskey piensa.

Renacimiento

Cuando despertó lucía confundido, la verdad es que le pasa a todos… —Nos pasa a todos querrás decir —No, les pasa a todos, yo soy una futura presente, es decir, nací aquí concebida por futuros pasados, —Esa era la forma en cómo se referían a los hijos de quienes habían viajado en el tiempo y se reproducían allí, eran, como los mismo viajeros irregularidades, anormalidades espacio temporales, los presentistas, hombres y mujeres de la época se habían visto en la necesidad de nombrarlos y de ocuparlos en algo porque con el descubrimiento del viaje en el tiempo y su desafortunado resultado habían tenido que tomar cartas en el asunto.

25 años atrás en el 2987, Adrián, una joven promesa de las ciencias había hecho la primera abducción espacio temporal, el viaje era solo posible hacia el futuro y su tripulantes debían ser personas que habían roto su cadena espacio temporal, en otras palabras suicidas, personas que habían decidido acabar con su vida antes de tiempo, sus intenciones eran buenas y egoístas como casi todas las buenas intenciones, Adrián había quedado huérfano y él se vio obligado a crecer añorando el amor de una familia que había preferido dejar de existir, en el presente futuro, es decir en nuestro futuro y en el presente de Adrián ya no hay religiones monoteístas que condenen el suicidio, los estados tampoco se angustian por eso, la muerte se compra a cuotas, el procedimiento es costoso y muchas personas pasan 20 años trabajando reuniendo el dinero suficiente para poder costearlo.

Cada cuerpo está modificado, en el presente futuro, los cuerpo cuentan con un kit de primeros auxilios, las muertes accidentales han desaparecido, la última real registrada data de 2530, el resto se comprobó que habían sido suicidios, el caso es que con la NanoUCIS es muy difícil morirse, y los resultados de intentarlo son las deformidades, la pérdida de conciencia, y el perdón de los pecados en este nuevo tiempo, ser considerado improductivo. Cuando mis padres escaparon, apenas empezaba la década de las pandemias, el planeta alcanzaba el punto de no retorno y la economía estaba enferma, decidieron suicidarse juntos, quizá por eso sus padres habían sido salvados. El punto es que la NanoUCIS está programada para evitar más suicidas, tenemos miedo de lo que pueda hacer la máquina de Adrián en el futuro.

Pese a que muchos de los problemas que agobiaban a los suicidas en el pasado han sido erradicados en el futuro, sigue allí su miedo irracional y latente, después de 1 siglo sin ellas parece que hemos importado a través del espacio a una enfermedad, por eso existe este departamento, el departamento de dilemas.

—Di-le-más respondió el nuevo recién nacido, el nombre los tomaba por sorpresa a todos, el diálogo de Diana, no estaba ni implantado ni trabajado, sino moldeado. Después de todo ella entendía que la vida iba a un lugar mejor, que no había perdido nada, que sí, que claro, que sin dudarlo ella era hija del futuro, pero no hacía parte de él, pero eso no le impedía disfrutarlo ni tampoco se negaba al placer de la melancolía de no pertenecer, entendía ambas partes, era un sistema limpio, funcional, incluso justo, con tiempo para todos y para todo, sí, claro ella entendía, no era la primera vez en la historia que creía entender al final era el futuro el que decidía qué verdades queremos contarnos. El pasado es un fantasma poderoso, un dolor inacabable…

Bienvenido al futuro, el dilema está en que puede vivirlo o viajar de nuevo.

Tomarle gusto

Dicen que hay sabores naturales y gustos adquiridos, dicen, los que saben, los críticos, los molestos, los quisquillosos que hay cosas que aprendemos a querer a pesar de que el primer, el segundo incluso el tercer contacto no sea el mejor. Sucede con los quesos y los embutidos, con los licores, dicen los que saben dicen que el paladar simplemente no codifica bien sus matices, se abruma y la lengua colapsa, que no resiste la presión y no le queda de otra más que cerrar el apetito…

Yo he aprendido con el tiempo que a ellos pueden gustarle sus quesos putrefactos, sus jamones salados y esos licores que se sirven como bofetadas, se han acostumbrado y ahora según lo que ellos mismos dicen tienen el paladar para disfrutar de sabores que yo no sabría ni siquiera comprender.

No mienten quienes dicen eso que dicen, no puedo apreciar un queso nauseabundo, ni me interesa con qué alimentan al cerdo durante un año para probarlo, no tengo el paladar para encontrar los tonos a mora, tabaco, ni los aromas de lavanda o de zarzamora… no distingo uno del otro, pero he desarrollado otro gusto… a mí me gusta un sabor más fuerte, más abrumador, no solo te cierra el apetito, te cierra la vida si te descuidas. Me gusta ser pobre, Alex pensaba en eso mientras fumaba en su descanso detrás del restaurante donde trabajaba como mesero, había escuchado a muchos someliers hablando de vinos, había visto a muchos chef gritar como desquiciados cuando una carne no estaba del color que le gustaba, también había visto a cientos de niños y niñas lindas dejar su plato servido después de fotografiarlo, todas esas cosas lo enfermaban, Alex vivía con una gastritis punzante, que se agravaba cada vez que un episodio de esos se presentaba, el vino era vino, que importaba a la que oliera, el pollo, el cerdo, el pescado, la res, los cortes raros los desechos, los escupidos y devueltos, la comida en la basura, y su recuerdo de las noches con hambre, de sus vecinos con hambre, de su madre con hambre, la fotos preciosas, con los platos llenos que ni siquiera disfrutaban, le gustaba ser pobre pensaba mientras fumaba.

Jamás  un frívolo engreído, jamás un tonto alienado, prefería acostarse con hambre a convertirse en uno de esos tipos que botaba la comida habiendo gente que se acostaba con hambre, pensaba en su madre fingiendo que no quería cuando solo había una salchicha o un huevo y de inmediato se curaba de los sueños vacíos, de esa estupidez de querer llenarse la barriga con un vino que costaba su año de salario a sabiendas que sus vecinos se acostarían con hambre, Alex le había tomado gusto a conocer el valor de las cosas, a saber de las necesidades y conocerlas, su paladar sabía encontrar un sabor que para ellos, refinados sin entendimiento ni causa era imposible, el sabor del último plato compartido, los años que se había añejado el deseo de compartir con los suyos, el color de un guiso, aunque no tuviera más que cebolla.

Ellos no lo sabrán nunca, y no extrañarán como él los tamales de la abuela, ni los cafés con su tío, jamás sabrán el sabor que tiene un sánguche con mortadela compartido, esos bastardos no tienen el paladar, una sola prueba de mi realidad los dejaría con la guardia baja, con la boca abrumada, con las tripas hechas corazón, él lo sabía, lo había formado, tenía las vísceras para ver a la pobreza a la cara y decirle: Me gustas.